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De I. M. Personal e intransferible
ERNESTO
El cuaderno, con su
dibujos de mano débil, paseaba entre las suyas como un dulce recuerdo
protector. E insólitamente creador. Transcurrían los años y a él acudía
para ir llevando una cierta coherencia de aquellos pasos incumplidos,
que ella continuaba adelante a su manera, y que le permitían seguir
teniendo tres hijos.
Allí estaban los otros dos revoloteando la casa con
juegos y estudios, a medida que el tiempo iba dando más importancia a
unos que a otros. Pero Ernesto, el más parecido al padre, con sus
cabellos rubios y la mirada aguada de celeste, se había muerto a los
ocho años. Fueron largos meses de cama, de pretendidas soluciones, de
la certeza del final, de una larga agonía. Y si al principio lo
acompañaban las clásicas historietas, a medida que sus ojos se iban
hundiendo, que sus pasos para el baño eran más breves y difíciles; fue
requiriendo aquel cuaderno donde soles y lunas, casitas y árboles,
caras indefinidas, tomaban las formas que su pequeño autor les acordaba
apretando el lápiz de color que coronaba su obra, utilizando las
fuerzas que cedían. Y entonces se le ocurrió colocarle sobre el pequeño
tablero donde apoyaba sus cosas, los fascículos, cada uno de ellos
dedicado a un pintor, y que su marido compraba como toda colección
parecida, hasta los treinta primeros ejemplares. No imaginó la tremenda
fuerza, entre sedante y alegre, que esas reproducciones despertaron en
el enfermo. Para caer después en el esfuerzo desesperado de las
imitaciones burdas, con la mano que no respondía. Un poquito y a
descansar. Otra mitad de techo pintada y a escurrirse bajo las frazadas
con la boca abierta de cansancio. Hasta que llegaron los amarillos de
Van Gogh y después todo fue amarillo.
Caballos y veredas, cielos y nubes, praderas y
figuras. Y comenzó a retroceder. A las primeras páginas del cuaderno. A
llenarlas de amarillo. Restos de sonrisas caían con cada cuadrito
concluido. Y suspiró, por última vez, con un lápiz en la mano.
La familia fue conociendo con el tiempo la forma
peculiar con que la madre recordaba a su hijo. La ligaba al cuaderno
que quedó bajo llave en el último cajón del aparador. Pero su secreto
aparente, dolido al principio y compañero después, se iba acrecentando
con los pasos que ella daba por el muerto. Así fue reuniendo paletas,
pinceles, pinturas, que aumentaban en importancia, en complejidad, a
medida que los años obligaban al artista ausente a aumentar su
conocimientos, a pulir su incipiente técnica. Y pagó en cuotas un
hermoso volumen de reproducciones del genial holandés. Todo quedaba
guarecido en el cajón. Lo mismo que las velitas con que festejaba cada
cumpleaños, sola, en la cocina, con una taza de chocolate y un pequeño
bizcochuelo con frutas en su mitad. A las tres de la tarde, antes que
llegaran los hermanos del colegio.
La respuesta a este mundo de irrealidades se fue
convirtiendo en nacientes alegrías o en esfuerzos distintivos que la
hacían sentir a su Ernesto bien cerca, pero sin necrofilias ni llantos.
Avanzando en sus estudios, creando, haciéndose muchacho en la vocación
desarrollada a pleno, soñando con exponer por primera vez, en algún
viaje a Europa para perfeccionarse. Asistía a cuanta muestra pudiera,
escuchaba conferencias y la fueron conociendo en la embajada de Holanda
incansable en la búsqueda de cuanto pudiera relacionarse con Van Gogh.
Lo llamaba Vincent para sí, se dolía en cada conocimiento de aquella
trágica vida -padecimientos que no sufriría su Ernesto-, comparaba al
Dr. Gachet con el tío Tanguy y buscaba en otros lienzos la amistad de
Gaugin.
En algún momento pensó que ella misma podría tomar el
pincel e iniciarse. Fantasmas de pensamientos. Si su misión era
solamente ayudar a Ernesto como hubiera hecho cualquier madre. Y el
cajón era el arsenal de elementos y experiencias donde recurrir.
-¿Cuándo? Siempre. Sencillamente siempre. Porque la carrera artística
recién comenzaba y era preciso que no le falte nada.
Cuando cumplió 18 años se atrevió a hacerle agregados
al cuaderno. Lo tomó entre sus manos como cuando lo llevaba de la cuna
a la cama para cambiarlo, con las palmas de las manos lentas y tibias y
fue cruzando cada hoja incompleta con un trazo de acuarela amarillo.
Después lo guardó con el mismo cuidado, para pensar por la noche en que
había desviado el camino, en una intromisión indebida en un terreno que
no le correspondía, siempre coleccionista de lo necesitado; en un
agravio al artista. Y un Cointreau, la ayudó a olvidar la pequeña
traición.
Después se mudaron. Y no se apartó del aparador en
todo el trayecto. Era lo más valioso que se trasportaba. Y la nueva
casa tenía un comedor muy grande donde resaltaban las paredes con los
pequeños cuadritos de flores y frutas que provenían de la anterior. Y
entonces su marido le dijo que hacía falta, por lo menos, un cuadro
grande, alguno que llenara el ambiente. Asintió. Pero no supuso que a
la semana apareciera con uno de autor desconocido que presentaba una
mujer mayor, vestida con un largo traje blanco. Bajo pretexto de
necesarios retoques al marco fue dilatando su presentación. Lo colocaba
a un costado, hojeaba al cuaderno o estudiaba al detalle el tamaño y
forma del pincel adecuado, probando al costado las distintas
tonalidades, los contrastes de luces y sombras.
El hombre se encontró en unos días con el cuadro
colocado. Imprevistamente. Lo advirtió al sentarse a cenar. El largo
traje de la protagonista borroneado de amarillo. Entonces dijo el padre:
-Ernesto puso el color que faltaba. ¿Hermoso, no?
Comieron en silencio. Cada tanto, alzaba su vista, para sonreír orgullosa.
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