Al Dr. Federico G. Walker

 

PENSION ADLERHOF

 

Ya sus ojos se habían cubierto hasta el hartazgo de los prodigiosos paisajes nevados. La excursión bordeó las aguas heladas del Mondsee y del Krotenseee, le hizo sentir la tibieza de un té en las alturas del Wolfgang y permitió enterrar hasta los tobillos aquella nieve ondulada con la que terminó jugando entre las manos. Un turista en Zalzburgo, en pleno mes de enero, deleitándose con las pinturas que dibuja el frío.

Pero eso había quedado atrás. El mismo atardecer, y cuando regresó a la pensión Adlerhof por la cena reparadora, comió envuelto en esas postales. A las nueve todo había concluido y estirado en la cama, fumando, tomó breves notas para el recuerdo de aquella magia. La fecha en el reloj y la certeza del sábado. Involuntariamente quedó detenido en la nostalgia de algunos otros lejanos, en los que su introversión destacaba aún más, las alegrías de los muchachos de su edad. Fue hacia la valija por algunas revistas españolas, cuando escuchó el vaivén de una música cercana. Pasó el comedor donde un solo parroquiano dialogaba con su cerveza. A los fondos, la enorme cocina ocupada por la tarea de limpieza de sus tres habitantes habituales: el dueño poseedor de tics, cojeras y miradas con reminiscencias de guerras cercanas; la cocinera gorda y la hija del patrón, una muchacha casi fea, con la humildad de sus anteojos.

El hombre inquirió por alguna necesidad inexistente, en tanto las dos mujeres corrían hacia una esquina a reírse como era habitual cuando él entraba allí. Y el motivo era sencillo. El turista de la extraña Argentina pretendía explicarse con un cuarto de francés, cien gramos de inglés y las manos. Los dueños de casa en su idioma, con alguna experiencia propia de la actividad hotelera y la muchacha con restos de francés no olvidados. Pero este americano debía batir todos los records de incoordinación idiomática, que en su propia traducción, debía revestirse de vaya a saber qué misteriosas invitaciones a la risa. No se sentía molesto. La risa era limpia y escondida, con deseos de no lastimar. Como la que habrá reprimido la joven -sirviendo como era habitual en el comedor- cuando pidió un vaso de leche tibia como postre en lugar del supuesto helado del menú. Volvió al comedor para descubrir en una pieza lindera al pasillo, el centro de la euforia musical. Sorprendido, los espió desde la puerta. Con sus trajes tiroleses, gentes de toda edad bailaban al compás de dos acordeones que iban ganando en sensibilidad con cada vuelta de cerveza. Se le presentó una alegría desconocida en esos movimientos con requiebro de ballet forzado, las cabezas ladeadas de las muchachas, los brazos sostenidos entre los bailarines y el grito imprevisto de algunos de ellos que parecía encrespar los sones de los instrumentos.

Había prometido, antes de salir de Buenos Aires, no caer en nostalgias fáciles, de esas que impiden gozar de lo desconocido, conocer las gentes, los paisajes, sus libertades serenas, sus culturas milenarias. Y había cumplido. Pero el sábado y los acordeones lo hicieron vacilar. Confió en el gamulán subido hasta la nariz para desafiar el termómetro bajo cero. Y caminó sobre las escarchas de la pequeña villa desierta cruzando el Zalzach y retornó bordeando los negocios cercanos a la estación. Se detuvo en la puerta de la pensión y perdió. Allí se fueron reuniendo -con el telón de la música detrás suyo- sus 17 años parados len Carnaval frente al palco donde Troilo -erguido en su primera entrada y escondido entre sus pliegues a pleno whisky en la última de las tres de la mañana- transmitía la magia de su jaula. Y la voz plena del cantor en el entonces reciente Che bandoneón. Y lo empezó a canturrear como para no perder ánimo y ganarle a los recuerdos, a las callecitas añoradas. Lo hacía para no aflojar, para sentirse igual que a doce mil kilómetros. Prometer lo cumplido.

La muchacha cruzaba desde la pieza de la fiesta a la cocina en busca de más cerveza, aunque lo práctico hubiera sido instalar una cañería. Y en una de sus pasadas en que advirtió sus labios gesticulantes, movió suavemente la cabeza hacia abajo, y siguió sin la risa habitual para sus palabras y sus gestos.

¿Cuándo volver a otra fiesta igual? Quizás nunca. Y pasó a instalarse en la reunión y aceptar la cerveza no muy gustada por él, pero imprescindible para sentirse a tono con el espectáculo. Un joven alto, ya transpirado, quiso sacar a bailar a la muchacha. Esta, sentada a su lado, irguió la cabeza buscando la aprobación paterna que no llegó y que él advirtió en las manos abiertas de desencanto del bailarín. Quedaron las sillas juntas. Ella se quitó los lentes. Pareció algo distinta. Se encontraron en la mirada y él salió del paso, aprobando con un gesto, el sitio donde los incansables danzaban y bebían sin pausas. Palmeó su ancha pollera y se levantó para servirle y servirse. Invitó al choque de las copas con un suave ¡prosit! El le devolvió la mirada con una respuesta suelta a borbotones, a modo de brindis:

-Cuando dos tristezas se encuentran suele nacer alguna emoción.

Por supuesto lo dijo en castellano y ella, en vez de reírse, le devolvió una lágrima, que secó con la punta del delantal.





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Agregado el 15-05-2006