No fue tarea fácil encontrar al astuto mago. Había muchos bosques en
los que buscar, pero sólo un Merlín. Así que el pobre caballero cabalgó
día tras día, noche tras noche, debilitándose cada vez más.
Mientras cabalgaba en solitario a través de los bosques, el caballero
se dio cuenta de que había muchas cosas que no sabía. Siempre había
pensado que era muy listo, pero no se sentía tan listo ahora,
intentando sobrevivir en los bosques.
De mala gana, se reconoció a sí mismo que no podía distinguir una baya
venenosa de una comestible. Esto hacía del acto de comer una ruleta
rusa. Beber no era menos complicado. El caballero intentó meter la
cabeza en un arroyo, pero su yelmo se llenó de agua. Casi se ahoga dos
veces. Por si fuera poco, estaba perdido desde que había entrado al
bosque. No sabía distinguir el norte del sur, ni el este del oeste. Por
fortuna, su caballo sí lo sabía.
Después de meses de buscar en vano, el caballero estaba bastante
desanimado. Aún no había encontrado a Merlín, a pesar de haber viajado
muchas leguas. Lo que le hacía sentirse peor aún era que ni siquiera
sabía cuánto era una legua. Una mañana, se despertó sintiéndose más
débil de lo normal y un tanto peculiar. Aquella misma mañana encontró a
Merlín. El caballero reconoció al mago enseguida. Estaba sentado bajo
un árbol, vestido con una larga túnica blanca. Los animales del bosque
estaban reunidos a su alrededor, y los pájaros descansaban en sus
hombros y brazos.
El caballero movió la cabeza sobriamente de una lado a otro, haciendo
que rechinase su armadura. ¿Cómo podían todos esos animales encontrar a
Merlín con tanta facilidad cuando había sido tan difícil para él?
Cansinamente, el caballero descendió de su caballo.
-Os he estado buscando -le dijo al mago-. He estado perdido durante meses.
-Toda vuestra vida -lo corrigió Merlín, mordiendo una zanahoria y compartiéndola con el conejo más cercano.
El caballero se enfureció.
-No he venido hasta aquí para ser insultado.
-Quizá siempre os habéis tomado la verdad como un insulto -dijo
Merlín, compartiendo la zanahoria con alguno de los otros animales.
Al caballero tampoco le gustó mucho este comentario, pero estaba
demasiado débil de hambre y sed como para subir a su caballo y
marcharse. En lugar de eso, dejó caer su cuerpo envuelto en metal sobre
la hierba. Merlín le miró con compasión.
-Sois muy afortunado -comentó-. Estáis demasiado débil para correr.
-¿Y eso qué quiere decir? -preguntó con brusquedad el caballero.
Merlín sonrió por respuesta.
-Una persona no puede correr y aprender a la vez. Debe permanecer en un lugar durante un tiempo.
-Sólo me quedaré aquí el tiempo necesario para aprender cómo salir de esta armadura -dijo el caballero.
-Cuando hayáis aprendido eso -afirmó Merlín-, nunca más tendréis que subir a vuestro caballo y partir en todas direcciones.
El caballero estaba demasiado cansado como para cuestionar esto. De
alguna manera, se sentía consolado y se quedó dormido enseguida.
Cuando el caballero despertó, vio a Merlín y a los animales a su
alrededor. Intentó sentarse, pero estaba demasiado débil. Merlín le
tendió una copa de plata que contenía un extraño líquido.
-Bebed esto -le ordenó.
-Qué es? -preguntó el caballero, mirando la copa receloso.
-¡Estáis tan asustado! -dijo Merlín-. Por supuesto, por eso pusisteis la armadura desde el principio.
El caballero no se molestó en negarlo, pues estaba demasiado sediento.
-Está bien, lo beberé. Vertedlo por mi visera.
-No lo haré. Es demasiado valioso para desperdiciarlo.
Rompió una caña, puso un extremo en la copa y deslizó el otro por uno de los orificios de la visera del caballero.
-¡Ésta es una gran idea! -dijo el caballero.
-Yo lo llamo una pajita -replicó Merlín.
-¿Por qué?
-¿Y por qué no?
El caballero se encogió de hombros y sorbió el líquido por la caña. Los
primeros sorbos le parecieron amargos, los siguientes más agradables, y
los últimos tragos fueron bastante deliciosos. Agradecido, el caballero
le devolvió la copa a Merlín.
-Deberías lanzarlo al mercado. Os haríais rico.
Merlín se limitó a sonreír.
-¿Qué es? -preguntó el caballero.
-Vida.
-¿Vida?
-Sí -dijo el sabio mago-. ¿No os pareció amarga al principio y, luego, a medida que la degustabais cada vez más apetecible?
El caballero asintió.
-Sí, los últimos sorbos resultaron deliciosos.
-Eso fue cuando empezasteis a aceptar lo que estabais bebiendo.
-¿Estáis diciendo que la vida es buena cuando uno la acepta? -preguntó el caballero.
-¿Acaso no es así? -replicó Merlín, levantando una ceja divertido.
-¿Esperáis que acepte toda esta pesada armadura?
-Ah -dijo Merlín-, no nacisteis con esa armadura. Os la pusisteis vos mismo. ¿Os habéis preguntado por qué?
-¿Y por qué no? -replicó el caballero irritado. En ese momento, le
estaba empezando a doler la cabeza. No estaba acostumbrado a pensar de
esa manera.
-Seréis capaz de pensar con mayor claridad cuando recuperéis fuerzas -dijo Merlín.
Dicho esto, el mago hizo sonar sus palmas y las ardillas, llevando
nueces entre los dientes, se alinearon delante del caballero. Una por
una, cada ardilla trepó al hombro del caballero, rompió y masticó una
nuez, y luego empujó los pequeños trozos a través de la visera del
caballero. Las liebres hicieron lo mismo con zanahorias, y los ciervos
trituraron raíces y bayas para que el caballero comiera. Este método de
alimentación nunca sería aprobado por el ministerio de Sanidad, pero
¿qué otra cosa podía hacer un caballero atrapado en su armadura en
medio del bosque?
Los animales alimentaban al caballero con regularidad y Merlín le daba
de beber enormes copas de Vida con la pajita. Lentamente, el caballero
se fue fortaleciendo, y comenzó a sentirse esperanzado.
Cada día le hacía la misma pregunta a Merlín:
-¿cuando podré salir de esta armadura?
Cada día, Merlín replicaba:
-¡Paciencia! Habéis llevado esa armadura durante mucho tiempo. No podéis salir de ella así como así.
Una noche, los animales y el caballero estaban oyendo al mago tocar con
su laúd los últimos éxitos de los trovadores. Mientras esperaba que
Merlín acabara de tocar Añoro los viejos tiempos, en que los caballeros eran valientes y las damiselas eran frías, el caballero le hizo una pregunta que tenía en mente desde hacía tiempo.
-¿Fuisteis en verdad el maestro del rey Arturo?
El rostro del mago se encendió.
-Sí, yo le enseñé a Arturo -dijo.
-Pero ¿cómo podéis seguir vivo? ¡Arturo vivió hace mucho tiempo! -exclamó el caballero.
-Pasado, presente y futuro son uno cuando estás conectado a la Fuente -replicó Merlín.
-¿Qué es la Fuente? -preguntó el caballero.
-Es el poder misterioso e invisible que es el origen de todo.
-No entiendo -dijo el caballero.
-Eso se debe a que intentáis comprender con la mente, pero vuestra mente es limitada.
-Tengo una mente muy buena -le discutió el caballero.
-E inteligente -añadió Merlín-. Ella te atrapó en esa armadura.
El caballero no pudo refutar eso. Luego recordó algo que Merlín le había dicho nada más llegar.
-Una vez dijisteis que me había puesto esta armadura porque tenía miedo.
-¿No es eso verdad? -respondió Merlín.
-No, la llevaba para protegerme cuando iba a la batalla.
-Y temíais que os hirieran de gravedad o que os mataran -anadió Merlín.
-¿Acaso no lo teme todo el mundo?
Merlín negó con la cabeza.
-¿Y quién os dijo que teníais que ir a la batalla?
-Tenía que demostrar que era un caballero bueno, generoso y amoroso.
-Si realmente erais bueno, generoso y amoroso, ¿por qué teníais que demostrarlo? -preguntó Merlín.
El caballero eludió tener que pensar en eso de la misma manera que solía eludir todas las cosas: se puso a dormir.
A la mañana siguiente, despertó con un pensamiento clavado en su mente: ¿Era posible que no fuese bueno, generoso y amoroso? Decidió preguntárselo a Merlín.
-¿Qué pensáis vos? -replicó Merlín.
-¿Por qué siempre respondéis a una pregunta con otra pregunta?
-¿Y por qué siempre buscáis que otros os respondan vuestras preguntas?
El caballero se marchó enfadado, maldiciendo a Merlín entre dientes.
-¡Ese Merlín! -masculló-. ¡Hay veces que realmente me saca de mi armadura!
Con un ruido seco, el caballero dejó caer su pesado cuerpo bajo un árbol para reflexionar sobre las preguntas del mago.
¿Qué pensaba en realidad?
-¿Podría ser -dijo en voz alta a nadie en particular- que yo no fuera bueno, generoso y amoroso?
-Podría ser -dijo una vocecita-. Si no, ¿por qué estáis sentado sobre mi cola?
-¿Eh? -el caballero miró hacia abajo y vio a una pequeña ardilla
sentada a su lado. Es decir, a casi toda la ardilla. Su cola estaba
escondida.
-¡Oh, perdona! -dijo el caballero, moviendo rápidamente la pierna para
que la ardilla pudiera recuperar su cola-. Espero no haberte hecho
daño. No veo muy bien con esta visera en mi camino.
-No lo dudo -replicó la ardilla sin ningún resentimiento en la voz-.
Por eso siempre estáis pidiendo disculpas a la gente por haberles hecho
daño.
-La única cosa que me irrita más que un mago sabelotodo es una ardilla
sabelotodo -gruñó el caballero-. No tengo por qué quedarme aquí y
hablar contigo.
Luchó contra el peso de su armadura en un intento por ponerse de pie. De repente, sorprendido, balbuceó:
-¡Eh,... tú y yo estamos hablando!
-Un tributo a mi buena fe -replicó la ardilla- teniendo en cuenta que os habéis sentado sobre mi cola.
-Pero si los animales no pueden hablar -dijo el caballero.
-Oh, claro que pueden -dijo la ardilla-. Lo que sucede es que la gente no escucha.
El caballero movió la cabeza perplejo.
-¿Me has hablado antes?
-Claro, cada vez que rompía una nuez y la empujaba por vuestra visera.
-¿Cómo es que te puedo oír ahora si no te podía oír entonces?
-Admiro una mente inquisitiva -comentó la ardilla-, pero ¿nunca aceptáis nada tal como es, simplemente porque es?
-Estás respondiendo a mis preguntas con preguntas -dijo el caballero-. Has pasado demasiado tiempo con Merlín.
-¡Y vos no habéis pasado el tiempo suficiente con él!
La ardilla le dio un ligero golpe al caballero con su cola y trepó a un árbol corriendo. El caballero la llamó.
-¡Espera! ¿Cómo te llamas?
-Ardilla -replicó ella simplemente, y desapareció en la copa del árbol.
Aturdido, el caballero movió la cabeza. ¿Se había imaginado todo esto? En ese preciso instante, vio a Merlín acercarse.
-Merlín -dijo-. Tengo que salir de aquí. He empezado a hablar con ardillas.
-Espléndido -replicó el mago.
El caballero le miró preocupado.
-¿Cómo que espléndido? ¿Qué queréis decir?
-Simplemente eso. Os estáis volviendo lo suficientemente sensible como para sentir las vibraciones de otros.
El caballero estaba obviamente confundido, así que Merlín continuó explicando:
-No hablasteis con la ardilla con palabras, sino que sentisteis sus
vibraciones, y tradujisteis esas vibraciones en palabras. Estoy
esperando el día en que empecéis a hablar con las flores.
-Eso será el día que las plantéis en mi tumba. ¡Tengo que salir de estos bosques!
-¿Adonde iríais?
-Regresaría con Julieta y Cristóbal. Han estado solos durante mucho tiempo. Tengo que volver y cuidar de ellos.
-¿Cómo podéis cuidar de ellos si ni siquiera podéis cuidar de vos mismo? -preguntó Merlín.
-Pero les echo de menos -se quejó el caballero-. Quiero regresar con ellos. Aún en el peor de los casos.
-Y es exactamente así como regresaréis si vais con vuestra armadura -le previno Merlín.
El caballero miró a Merlín con tristeza.
-No quiero esperar a quitarme la armadura. Quiero volver ahora y ser un
marido bueno, generoso y amoroso para Julieta y un gran padre para
Cristóbal.
Merlín asintió comprensivo. Le dijo al caballero que regresar para dar de sí mismo era un maravilloso regalo.
-Sin embargo -añadió-, un don, para ser un don, debe ser aceptado. De no ser así es como una carga para las personas.
-¿Queréis decir que quizá no quieran que regrese? -preguntó el
caballero sorprendido-. Seguramente me darían otra oportunidad. Después
de todo, yo soy uno de los mejores caballeros del reino.
-Quizás esta armadura sea más gruesa de lo que parece -dijo Merlín con suavidad.
El caballero reflexionó sobre esto. Recordó las eternas quejas de
Julieta porque él se iba a la batalla tan a menudo, por la atención que
le prestaba a su armadura, y por su visor cerrado y su costumbre de
quedarse dormido para no oír sus palabras. Quizá Julieta no quisiera que él volviera, pero Cristóbal sí querría.
-¿Por qué no mandarle una nota a Cristóbal y preguntárselo? -sugirió Merlín.
El caballero estuvo de acuerdo en que era una buena idea, pero ¿cómo podía hacerle llegar la nota a Cristóbal?
Merlín señaló a la paloma que estaba posada sobre su hombro.
-Rebeca la llevará.
El caballero estaba perplejo.
-Ella no sabe dónde vivo. Es sólo un estúpido pájaro.
-Puedo distinguir el norte del sur y el este del oeste -respondió
secamente Rebeca-,lo cual es más de lo que se podría decir de vos.
El caballero se disculpó rápidamente. Estaba completamente pasmado. No
sólo había hablado con una paloma y una ardilla, sino que además las
había hecho enfadar a las dos en el mismo día.
Como era un pájaro de gran corazón, Rebeca aceptó las disculpas del caballero y partió con la nota para Cristóbal en el pico.
-No arrulles con palomas extrañas o dejarás caer mi nota -le gritó el caballero.
Rebeca ignoró este comentario desconsiderado, pues se daba cuenta de que el caballero tenía mucho que aprender.
Pasó una semana, y Rebeca aún no había regresado. El caballero estaba
cada vez más impaciente, temiendo que hubiera caído presa de alguno de
los halcones de caza que él y otros caballeros habían entrenado. Se
estremeció, preguntándose cómo había podido participar en un deporte
tan sucio, y se arrepintió otra vez de su horrible equivocación.
Cuando Merlín terminó de tocar su laúd y de cantar Tendrás un largo y frío invierno, si tienes un corto y frío corazón, el caballero le expresó sus preocupaciones con respecto a Rebeca.
Merlín le dio confianza con un alegre verso:
-La paloma más lista que jamás haya volado,
no puede ir a parar a ningún guisado.
En ese momento, una gran parloteo se levantó entre los animales. Todos
miraban al cielo, así que Merlín y el caballero miraron también. Muy
alto, sobre sus cabezas, dando círculos para aterrizar, estaba Rebeca.
El caballero se puso de pie con gran esfuerzo, al tiempo que Rebeca se
posaba en el hombro de Merlín. Cogiendo la nota de su pico, el mago la
miró y le dijo al caballero con gravedad que era de Cristóbal.
-¡Dejádmela ver! -dijo el caballero, quitándole el papel con
impaciencia. Dejó caer la mandíbula con un ruido al tiempo que miraba,
incrédulo, el papel-. ¡Está en blanco! -exclamó-. ¿Qué quiere decir
esto?
-Quiere decir -dijo Merlín suavemente- que vuestro hijo no os conoce lo suficiente como para daros una respuesta.
El caballero permaneció quieto un momento, pasmado, luego lanzó un
gemido y lentamente cayó al suelo. Intentó retener las lágrimas, pues
los caballero de brillante armadura simplemente no lloran. Sin embargo,
pronto su pena le venció. Luego, exhausto y medio ahogado en su yelmo
por las lágrimas, el caballero se quedó dormido.