Cuando el caballero despertó, Merlín estaba sentado silenciosamente a su lado.
-Siento no haber actuado como un caballero -dijo-. Mi barba está hecha una sopa -añadió disgustado.
-No os excuséis -dijo Merlín-. Acabáis de dar el primer paso para liberaros de vuestra armadura.
-¿Qué queréis decir?
-Ya lo veréis -replicó el mago. Se puso de pie-. Es hora de que os vayáis.
Esto molestó al caballero. Estaba empezando a disfrutar de estar en el
bosque con Merlín y los animales. De cualquier manera, le parecía que
no tenía adónde ir. Aparentemente, Julieta y Cristóbal no lo querían en
casa. Es verdad que podía volver al asunto de la caballería e ir a
alguna cruzada. Tenía una buena reputación en batalla, y había muchos
reyes que se sentirían felices teniéndolo a su lado, pero ya no le
parecía que luchar pudiese tener sentido.
Merlín le recordó al caballero su nuevo propósito: liberarse de su armadura.
-¿por qué molestarse? -preguntó el caballero ásperamente-. A Julieta y a Cristóbal les da igual si me la quito o no.
-Hacedlo por vos mismo -sugirió Merlín-. El estar atrapado entre todo
ese acero os ha causado muchos problemas, y las cosas empeorarán con el
paso del tiempo. Incluso podríais morir a causa de una neumonía por
culpa de una barba empapada.
-Supongo que sí, mi barba se ha convertido en un fastidio -replicó el
caballero-. Estoy cansado de cargar con ella y estoy harto de comer
papillas. Ahora que lo pienso, ni siquiera me puedo rascar la espalda
cuando me pica.
-¿Y cuándo fue la última vez que sentisteis el calor de un beso,
olisteis la fragancia de una flor, o escuchasteis una hermosa melodía
sin que vuestra armadura se interpusiera entre vosotros?
-Ya ni me acuerdo -murmuró el caballero con tristeza-. Tenéis razón, Merlín. Tengo que liberarme de esta armadura por mí mismo.
-No podéis continuar viviendo y pensando como lo habéis hecho hasta
ahora -dijo Merlín-. -Fue así cómo os quedasteis atrapado en ese montón
de acero al principio.
-Pero, ¿cómo puedo cambiar todo eso? -preguntó el caballero intranquilo.
-No es tan difícil como parece -explicó Merlín, conduciendo al
caballero hacia un sendero-. Éste es el sendero que seguisteis para
llegar a estos bosques.
-Yo no seguí ningún sendero -dijo el caballero-. ¡Estuve perdido durante meses!
-La gente no suele percibir el sendero por el que transita -replicó Merlín.
-Queréis decir que el sendero estaba ahí pero yo no lo podía ver?
-Sí, y podéis regresar por el mismo, si así lo deseáis; pero conduce a
la deshonestidad, la avaricia, el odio, los celos, el miedo y la
ignorancia.
-¿Estáis diciendo que yo soy todo eso? -preguntó el caballero indignado.
-En algunos momentos, sois alguna de esas cosas -admitió Merlín en voz baja.
El mago señaló hacia otro sendero. Era más estrecho que el primero y muy empinado.
-Parece una escalada difícil -observó el caballero.
-Ése -dijo Merlín asintiendo- es el Sendero de la Verdad. Se vuelve más
empinado a medida que se acerca a la cima de una lejana montaña.
El caballero contempló el empinado camino sin entusiasmo.
-No estoy seguro de que valga la pena. ¿Qué conseguiré cuando llegue a la cima?
-Se trata de lo que no tendréis -explicó Merlín-. ¡Vuestra armadura!
El caballero reflexionó sobre esto. Si regresaba por el camino por el
que había venido, no tendría esperanzas de liberarse de su armadura y,
probablemente, moriría de soledad y fatiga. La única manera de quitarse
la armadura era, por lo visto, seguir el Sendero de la Verdad, aunque
pudiese, en tal caso, morir intentando trepar hacia la empinada
montaña.
El caballero observó el difícil sendero que tenía delante. Luego miró hacia abajo, y contempló el acero que cubría su cuerpo.
-Está bien -dijo con resignación-. Probaré el Sendero de la Verdad.
Merlín asintió.
-Vuestra decisión de transitar un sendero desconocido, teniendo que cargar con una pesada armadura, requiere mucho coraje.
El caballero sabía que tenía que comenzar de inmediato, porque, si no, podría cambiar de opinión.
-Iré a buscar a mi fiel caballo -dijo.
-Oh, no -rebatió Merlín, moviendo la cabeza de lado a lado-. El camino
tiene partes demasiado estrechas como para que un caballo pueda pasar.
Tendréis que ir a pie.
Horrorizado, el caballero se dejó caer sobre una roca.
-Creo que prefiero morir por culpa de una barba empapada -dijo, perdiendo todo el coraje con una rapidez impresionante,
-No tendréis que viajar solo -le dijo Merlín-. Ardilla os acompañará.
-¿Qué pretendéis, que cabalgue sobre una ardilla? -preguntó el
caballero asustado ante la idea de tener por compañera en tan arduo
viaje a un animal sabelotodo.
-Puede que no me podáis montar -dijo la ardilla- pero me necesitaréis
para que os ayude a comer. ¿Quién, si no, masticará las nueces para vos
y las pasará por vuestra visera?
Cuando Rebeca oyó la conversación, voló desde un árbol cercano y se posó en el hombro del caballero.
-Yo también os acompañaré. He estado en la cima de la montaña y conozco el camino -dijo.
La buena disposición que mostraban los dos animales para ayudarle, proporcionó al caballero el coraje que necesitaba.
<<Bueno, bueno -se dijo-, ¡uno de los principales caballeros del
reino necesitando que una ardilla y un pájaro le den coraje!>>
Se puso de pie con gran esfuerzo, indicándole a Merlín que estaba listo para comenzar el viaje.
Mientras caminaban por el sendero, el mago sacó una exquisita llave dorada de su cuello y se la dio al caballero.
-Esta llave abrirá las puertas de los tres castillos que bloquearán vuestro camino.
-¡Lo sé! -gritó el caballero-. Habrá una princesa en cada castillo, y mataré al dragón que la retiene y la rescataré...
-¡Basta! -lo interrumpió Merlín-. No habrá princesas en ninguno de
estos castillos. E, incluso si las hubiese, en estos momentos no estáis
capacitado para rescatar a ninguna. Tenéis que aprender a salvaros a
vos primero.
Tras la reprimenda, el caballero permaneció en silencio, mientras Merlín continuaba:
-El primer castillo se llama Silencio; el segundo Conocimiento y el
tercero Voluntad y Osadía. Una vez hayáis entrado en ellos,
encontraréis la salida sólo cuando hayáis aprendido lo que habéis ido a
aprender.
Desde el punto de vista del caballero, esto no parecía tan divertido
como rescatar princesas. Además, en aquel momento de su vida, visitar
castillos no era lo que más le apetecía.
-¿Por qué no puedo simplemente rodear los castillos? -preguntó malhumorado.
-Si lo hacéis, os extraviaréis del sendero y seguramente os
perderéis. La única manera de llegar a la cima de la montaña es
atravesando los castillos -dijo Merlín firmemente.
El caballero suspiró profundamente mientras contemplaba la empinada y
estrecha senda. Desaparecía entre los altos árboles que sobresalían
hacia unas nubes bajas. Presintió que este viaje sería mucho más
difícil que una cruzada.
Merlín sabía lo que el caballero estaba pensando.
-Sí -afirmó-, es una batalla diferente la que tendréis que librar en el Sendero de la Verdad. La lucha será aprender a amaros.
-¿Cómo haré eso? -preguntó el caballero.
-Empezaréis por aprender a conoceros -respondió Merlín-. Esta batalla
no se puede ganar con la espada, así que la tendréis que dejar aquí -la
tierna mirada de Merlín descansó en el caballero por un momento. Luego
añadió-: Si os encontráis con algo con lo que no podáis lidiar,
llamadme, y yo acudiré.
-¿Queréis decir que podéis aparecer dondequiera que yo me encuentre?
-Cualquier mago que se precie lo puede hacer -replicó Merlín. Dicho esto, desapareció.
El caballero quedó asombrado.
-¡Pero bueno... si ha desaparecido!
Ardilla asintió.
-A veces realmente la hace buena.
-Gastaréis toda vuestra energía hablando -les riñó Rebeca-. Pongámonos en marcha.
El yelmo del caballero emitió un chirrido cuando éste asintió.
Partieron con Ardilla al frente y, detrás, el caballero con Rebeca
sobre su hombro. De tanto en tanto, Rebeca volaba en misión
exploratoria y volvía para informarles de lo que les esperaba más
adelante.
Después de unas horas, el caballero se derrumbó, exhausto y dolorido.
No estaba acostumbrado a viajar sin caballo y con la armadura puesta.
Como de todas maneras era casi de noche, Rebeca y Ardilla decidieron
parar para dormir.
rebeca voló entre los arbustos y regresó con algunas bayas, que empujó
a través de los orificios de la visera del caballero. Ardilla fue a un
arroyo cercano y llenó algunas cáscaras de nuez con agua, que el
caballero bebió con la pajita que Merlín le había proporcionado.
Demasiado agotado como para esperar a que Ardilla le preparara más
nueces, se quedó dormido.
A la mañana siguiente le despertó el sol cayendo sobre sus ojos. La
luminosidad le molestaba. Su visera nunca había dejado pasar tanta luz.
Mientras intentaba entender este fenómeno, se dio cuenta de que Ardilla
y Rebeca le estaban observando, al tiempo que parloteaban y arrullaban
con excitación. Hizo un esfuerzo por sentarse y, de repente, se dio
cuenta de que podía ver mucho más que el día anterior, y que podía
sentir la fresca brisa en sus mejillas.
¡Una parte de su visera se había roto y se había caído!
<<¿Cómo habrá sucedido?>>, se preguntó.
Ardilla contestó a la pregunta que él no había formulado en voz alta.
-Se ha oxidado y se ha caído.
-Pero ¿cómo? -preguntó el caballero.
-Por las lágrimas que derramasteis después de ver la carta en blanco de vuestro hijo -dijo Rebeca.
El caballero meditó sobre esto. La pena que había sentido era tan
profunda que su armadura no había podido protegerle. Al contrario, sus
lágrimas habían comenzado a deshacer el acero que le rodeaba.
-¡eso es! -gritó-. ¡Las lágrimas de auténticos sentimientos me liberarán de la armadura!
Se puso de pie más rápido de lo que había hecho en años.
-¡Ardilla! ¡Rebeca! -gritó-. ¡Espabilad! Vamos al Sendero de la Verdad.
Rebeca y Ardilla estaban tan llenas de alegría con lo que estaba
sucediéndole al caballero que no le dijeron que su rima era malísima.
Los tres continuaron la ascensión de la montaña. Era un día muy
especial para el caballero. Notó las diminutas partículas iluminadas
por el sol que flotaban en el aire, filtrándose a través de las ramas
de los árboles. Miró con detenimiento las caras de algunos petirrojos y
vio que no eran todas iguales. Le comentó esto a Rebeca, que dio
pequeños saltitos, arrullando alegremente.
-Estáis empezando a ver las diferencias en otras formas de vida porque
estáis empezando a ver las diferencias en vuestro interior.
El caballero intentó comprender qué quería decir Rebeca exactamente.
Era demasiado orgulloso para preguntar, pues todavía pensaba que un
caballero tenía que ser más listo que una paloma.
En ese preciso momento, Ardilla, que había ido a explorar, regresaba alborotada.
-El Castillo del Silencio está justo detrás de la próxima subida.
Emocionado ante la idea de ver el castillo, el caballero apuró el paso.
Llegó a la cima del monte sin aliento. Era verdad, el castillo se veía
a lo lejos, bloqueando el sendero por completo. El caballero les
confesó a Ardilla y a Rebeca que estaba decepcionado. Había esperado
una estructura más elegante. en lugar de eso, el Castillo del Silencio
parecía uno más.
Rebeca rió y dijo:
-Cuando aprendáis a aceptar en lugar de esperar, tendréis menos decepciones.
El caballero asintió ante la sabiduría de estas palabras.
-He pasado casi toda mi vida decepcionándome. Recuerdo que, estando en
la cuna, pensaba que era el bebé más bonito del mundo. Entonces mi
niñera me miró y dijo: <<Tenéis una cara que sólo una madre
podría amar>>. Me sentí decepcionado por ser feo en lugar de
hermoso, y me decepcionó que la niñera fuera tan poco amable.
-Si realmente os hubierais sentido hermoso, no os hubiera importado lo
que ella dijo. No os hubierais sentido decepcionado -explicó Ardilla.
Esto tenía sentido para el caballero.
-Estoy empezando a pensar que los animales son más listos que las personas.
-El hecho de que podáis decir eso os hace tan listo como nosotros -replicó Ardilla.
-No creo que todo esto tenga nada que ver con ser listo -dijo Rebeca-. Los animales aceptan y los humanos esperan.
Nunca oiréis a un conejo decir: <<Espero que el sol salga esta
mañana para poder ir al lago a jugar>>. Si el sol no sale, no le
estropeará el día la conejo. Es feliz siendo un conejo.
El caballero pensó en esto. No recordaba a ninguna persona que fuera feliz simplemente por ser una persona.
Al poco rato llegaron a la puerta del enorme castillo. El caballero
cogió la llave dorada de su cuello y la introdujo en la cerradura. Y
mientras abría la puerta, Rebeca le dijo:
-Nosotras no iremos contigo.
El caballero, que estaba empezando a amar y a confiar en los animales,
se sintió decepcionado por que no le acompañaran. Estaba a punto de
decirlo, cuando se dio cuenta. Estaba esperando otra vez.
Los animales sabían que el caballero dudaba entre entrar o no en el castillo.
-Os podemos mostrar la puerta -dijo Ardilla-, pero tendréis que entrar solo.
Al alejarse volando, Rebeca le llamó alegremente.
-Nos encontraremos al otro lado.