PROLOGO



EN ALTA MAR



Al igual que a muchos de antepasados florentinos agradábanle extraordinariamente las joyas a Gaetano Orselli capitán del vapor de lujo Vesubio. En su juventud no había logrado resistir enteramente a la tentación de recargar su persona, sobre todo sus manos con valiosas gemas, Y ahora a los cuarenta años su gusto habiase depurado. Las piedras se habían tornado un culto para el capitán Orselli, quien se contentaba con lucir un solo anillo a la vez y demostraba poseer un cabal sentido de la etiqueta cuando escogía la gema apropiada a la ocasión.

Esa noche dedicábase con verdadero afán a la elección de su anillo. Dentro de un instante debía aparecer en el puente del Vesubio para indicar varias maravillas siderales -estrellas, planetas, constelaciones- aun pequeño grupo de pasajeros distinguidos invitaos por él. En suspenso junto al estuche, vacilaba entre una esmeralda pulida, aunque sin facetas, y un rubí de Burma. Dueño de docenas de sortijas las habría poseído a centenares de no ser por su incurable hábito de regalarla a las mujeres..., sobre todo a las de origen nórdico, de cabellos color trigo, pechos caídos y ojos azules. Luego de elegir el rubí, deslizó el anillo ceremoniosamente sobre la pulida uña de su dedo índice derecho, y haciendo presión sobre él, lo impulsó a través del nudillo. En seguida roció su barba de Reszke con un pulverizador de perfume, y sesgando su gorra bordado de oro según la inclinación de las chimeneas de la nave, observose de frente , de espalda y de perfil en las tres hojas de un espejo de cuerpo entero. Donde otros hubieran visto tan sólo a un hermoso dandy vio el capitán Orselli reflejaba la mas veraz imagen de un noble veneciano del Renacimiento que le sonreía irónicamente desde el espejo.

Mordisqueó el capitán un cigarro inglés con sus finos dientes y marchóse a la cubierta. Era una noche clara y sin luna. Las estrellas trazaban brillantes figuras geométricas en un cielo de aguafuerte . Orselli echó una ojeada al cielo y al mar como un marinero que deseara establecer la posición de la nave casi exactamente como un sextante o un cronómetro. La Estrella Polar y las Bootes le indicaron que el Vesubio navegaba por la ruta atlántica del Noroeste asignada a las naves mayores , y que el Cabo San Vicente , la mas pronunciada saliente del sudoeste de Europa , iba borrándose cada vez mas a estribor. Dos días y medio después de abandonar Nápoles, y luego de atravesar el Mediterráneo y trasponer Gibraltar , se hallaba ya a 50 millas aproximadamente del Gran Círculo del Atlántico , en su viaje a Boston.

Innumerables bombillas eléctricas derramaban su luz desde la barandilla central sobre las grandes banderas italianas pintadas en los costados del buque para prevenir a los submarinos que el Vesubio pertenecía a un país neutral. En su fuero interno estaba seguro el capitán Orselli de que no sería atacado por los submarinos.

En abril de 1915 , en tanto presionaba Alemania a Italia para que se alinease con los imperio centrales contra Francia e Inglaterra, los comandantes de los submarinos mostrábanse respetuosos con los buques italianos. No ofrecían la misma seguridad las minas que flotaban a la deriva en esa parte del océano. La víspera, el buque auxiliar británico Frobisher había chocado con una. Veinticuatro horas antes un destructor francés habíase hundido a causa de otra. Como no había defensa alguna contra aquella arma flotante y erizada de púas, así se marchara a una velocidad de ocho o de dieciocho nudos por hora, ordenó al capitán Orselli navegar a una velocidad constante.
A veinte nudos por hora deslizábase el Vesubio por el Atlántico Norte.
En el puente, a oscuras, y en el que sólo brillaba la caja de bitácoras hallábase un pequeño grupo de pasajeros de primera, seleccionado por el propio capitán, en parte por placer y el parte por cortesía. Ocupaba el primer puesto en las predilecciones un medio soprano sueco-americana con busto de Brunhilda y un collar Psique de oro muerto que caía bastante más abajo de su nuca; conocida bajo el nombre profesional Erna Thirklind, regresaba, según el departamento de propaganda de a bordo, a su América natal, luego de sus grandes triunfos en Milán, Roma, Nápoles. Aunque dudaba de ello, creía, en cambio, el capitán Orselli en otros aspectos interesantes de su persona. Inclinado sobre su mano llamóla ahora diva y no se desconcertó en absoluto por su tibia respuesta. Gaetano Orselli era muy paciente.
Luego saludo a Cornelio J. Deegan, que ocupaba con su esposa y su séquito el departamento llamado de Ildefonso, en la cubierta A. Mr. Deegan, cuyas felices transacciones en grava y ladrillos en la cuidad de Boston habíanle convertido en millonario, regresaba de Roma, donde acaba de iniciarse en la nobleza papal, en mérito a una generosa restauración de la Abadía irlandesa de Tullymara. Un polvo de ladrillos parecía cubrir la rojiza cabeza de este caballero de sesenta años y sus pecosas manos tenían la dureza de aquellos. Acompañaba a Sir Cornelio su esposa Agnes, una gris mujer insignificante para todo el mundo, excepto para su marido, sus siete hijos, unas quince instituciones católicas de beneficencia y un centenar y aun más de parientes pobres.

El capitán Orselli trató a los Deegan con la sobria indiferencia con que un retratista hubiera tratado a una pareja de burgueses que fueran sus modelos. Y dedicó al Reverendo Stephen Fermoyle , enjuto y joven sacerdote que acompañaba a los Deegan , recientemente ordenado, a juzgar por su austera apariencia, esa especial inclinación de cabeza que todo no católico, por anticlerical que sea, dirige a los sacerdotes.
Por ultimo saludo al agregado de la embajada italiana y a su bella esposa, a un banquero ingles que iba a Nueva York en procura de un nuevo empréstito del Almirantazgo y a cierto especialista en derecho canónico, de Chicago que nada había obtenido de la Rota en su demanda de revocación de cierta sentencia.
Después de una breve explicación mecánica celeste comenzó a indicar las estrellas que durante siglos y siglos, son guías y amigos del hombre.
Como a todo navegante trasatlántico, interesábale sobremanera el Norte.
-Mirad la Osa -dijo, en tanto apuntaba a la gran constelación, que ardía como una hoguera cristalizada sobre sus cabezas-. Gira en torno de la Estrella Polar, como un oso en torno de su cola... Hacia la punta del hocico del Oso se halla Algol, la preferida de los camelleros... Y aquellos áureos hilos de luz, entre la Osa y Bootes, son llamados por los poetas la cabellera de Berenice... ¡Sí! Hasta el cielo embellece la cabellera de una mujer. ¿Queréis que os explique el origen de tan bello mito?
El elegante dedo índice, la perfumada barba y el lírico decir de capitán Orselli, fascinaron a los pasajeros congregados en el sombrío puente, tanto como las mismas estrellas que señalaban. Para casi todos ellos constituía un nuevo tipo de Capitán. Aquel jefe de un buque de 25.000 toneladas, lanzado a toda velocidad por unas aguas sembradas de minas, que disponía de tiempo para aceitar su barba y discurrir poéticamente sobre las estrellas, desconcertó enteramente, entre otros, a Mr. Cornelio Deegan . Mucho antes de su designación de Caballero Jefe de la Orden de San Silvestre , habíase constituido en un verdadero pilar de la Moral.
Al oído de su esposa susurró indignado:
- No me agrada esto, Angus ... Creo, que, rodeados como estamos de submarinos , ese hombre debería atenerse a sus obligaciones.
Desdeñando la actitud reprobatoria del irlandés , siguió Orselli navegando a veinte nudos por hora y fascinando a su auditorio con su suave y sugestiva voz. Recitó su estrofa de poeta navegante y arrancó dulces notas a su lira. Al narrar la leyenda de Berenice se proponía transmitir a alguien su mensaje. Nadie ignoraba que ya era un osado capitán . Sus hermosos hombros delataban su fuerza y atraían a las mujeres maduras. La más sensible a su atracción fue la soprano sueco americana que lucía el áureo collar de Psique. Orselli estaba seguro de eso... No obstante, deseaba, también sugerirle que una cabellera del color del trigo excitábale más que los rubíes y que, llegado el caso , olvidaría a éstos por aquélla... Sobre todo en una noche estrellada.
- Era Berenice, una reina egipcia de incomparable hermosura - comenzó. Aunque le hubiera gustado hablar en italiano lo hizo en inglés , para demostrar sus dotes de lingüista. Al efectuar su esposo una peligrosa expedición a Siria cortóse la reina su dorada cabellera - e hizo Orselli con su muñeca cierto movimiento para imitar a la hoz que siega el trigo casi al ras del suelo - y la colocó en el altar de Amón Ra. ¿Existe una mujer semejante hoy en día? - Sacudiendo su pesada barba y señalando con aire ligeramente melancólico la constelación, agregó Orselli -: Para premiar tal sacrificio despliega el dios cabelleras de Berenice en el firmamento . .Por eso un idiotismo inglés se deslizó inadvertidamente por sus labios - marinos y amantes contemplan en las noches de primavera su magnífica cabellera en el espacio.
Discreta fue la acogida del auditorio.
Cornelio Deegan gruñó que hacía frío y el ruiseñor americano levantó su cuello de pieles para cubrir mejor su garganta. Su larga experiencia de actor que actuaba a la luz de las estrellas habíale sugerido a Orselli una más cálida recepción. Pensó entonces que debía haberse puesto el anillo con la esmeralda. A punto se hallaba de repetir su acostumbrado relato de Andrómaca ,cuando una voz de barítono inquirió:
- ¿Qual´e Lucifero ?
La pregunta fue hecha en un tono cortante, medido e intenso.
El capitán sintióse acometido en la oscuridad . Y aunque no logró discernir al que la dirigiera advirtió su acento romano, eclesiástico, adquirido. Sin duda se trataba del joven sacerdote del séquito de Deegan . Y resolvió Orselli reírse a costa del curita.
-¿Lucifer? ... ¿El ángel caído? ¿Por qué desea usted, Padre, localizarlo?- Sus preguntas hicieron reír impensadamente a la concurrencia - ¿Teme Ud., acaso , por su destino?
- Yo temo, tu temes, nosotros tememos - surgió jocosa y cordial, en la oscuridad ,la respuesta . - No, Capitán. Me interesa Lucifer porque , al igual que su tocayo , suele viajar con diferentes nombres.
Agradaron al capitán Orselli la tranquilidad del cura y el tema elegido . Acostumbrado a fustigar , regodéose en el leve golpe que acababa de recibir.
- Tiene Ud. razón, Padre. Esa estrella ha tenido muchos nombres...... Lucifer, Fósforo, Héspero ....... Pero es siempre la misma . - El dedo del capitán indicó el horizonte, hacia el Oeste - . Hela allá , rojiparda, caída, pero aún altiva.
El rubí de su dedo índice reflejando el rojo resplandor de su cigarrillo duplico el color exacto del planeta
Lo mas curioso es que -prosiguió- esa misma estrella se levantara mañana por la mañana de las aguas, blondas y dorada con el nombre de Venus. Maravillosa alquimia de la noche...
Estas palabras un tanto retóricas y al vez sugerentes no requerían ni aguardaban repuesta. La reunión comenzó a disiparse.
Con paso de actor dramático desplasoce Orselli entre sus invitados. En su escaramuza con el joven sacerdote su afán exhibicionista acababa de elevarse al máximo. Alcanzado inesperadamente oculto la pequeña herida tras sus exagerados gestos y palabras toscanos. Inclinose ante los Deegan en una burlesca reverencia y saludo a Sthepen con el tono de un maestro que congratula un novicio por su feliz estocada.
- Ágil muñeca la vuestra, padre . Me alcanzó Usted con su conjugación del Timeo : Yo temo, tu temes , todos tememos ! ¡Ah, que gran verdad! La Soberbia, capitana de los siete pecados capitales , destruye siempre a los grandes... Esa flaqueza última de las almas nobles , afirma vuestro Milton ... ¿ O he citado erróneamente ? -Y volviéndose solamente hacia Cornelio Deegan -: Si no hablamos exactamente, estamos perdidos.
La honesta y visible confusión del Caballero condujo a Orselli mas allá de los límites de la cortesía:
- ¿Qué le parece si continuamos en mi camarote, Padre? - El honor toscano exige una reparación ... y las estrellas indican que es aún temprano ... ¿Se molestarán sus amigos?
Agnes Deegan advirtió que el sudor cubría el cuello de su esposo. Bien sabía que era una señal de peligro : Sir Corny habría apretado ya su pecoso puño y de un momento a otro descargaría un golpe demoledor sobre la fina nariz medieval del capitán.

-Vé con él, Stephen . - dijo Cornelio y yo estamos cansados ... Nos iremos a dormir -Elevó sus ojos al espacio como si lo viera por primera vez-. Ah!... Bella noche para una discusión .
Stephen vaciló . La lisonjera invitación de Orselli le atraía ... Y deseaba, además, sostener un encuentro a solas con aquel dandy arrogante... Pero el desaire inferido a los Deegan era imperdonable.
El joven sacerdote debía escoger entre rendirse al encanto de aquel hombre mundano y fascinante y demostrar su profunda lealtad a Corny y Agnes Deegan.
A pesar de lo mucho que deseaba conocer a Orselli optó por mostrarse fiel a aquéllos.
- Mucho me temo ,capitán ,que tendría usted frente a sí esta noche a un adversario adormilado... No quiero arriesgarme a ser despedazado mientras duermo. ¿Qué le parece si lo dejamos para otra ocasión?
Con el rabillo del ojo vio Orselli al banquero aproximarse a Erna Thirklind. El peligro surgido en el sector inglés le hizo olvidar las dos repulsas del joven y libre sacerdote. Levantando su sombrero bordado de oro dijo:
- Estaré a su disposición en cualquier momento , Padre. Pero no olvide que el viaje es breve... Y que solo dispondremos de siete días para luchar por nuestras almas. - Y mostrando sus hermosos dientes dijo a los Deegan : A Domani.
- A domani, respondió Stephen. Y en tanto se dirigía hacia el departamento de los Deegan , en la cubierta A, preguntóse: "¿cuándo y dónde ví jamás un bellaco tan cabal y fascinante?

El departamento de los Deegan era una versión barroca del lujo que esperaba encontrar todo americano en un vapor italiano de pasajeros en la segunda década del presente siglo. Sus abundantes tapices y dorados ornamentos constituían un marco perfecto para el flamante caballero de San Silvestre quien, luego de sentarse en un churrigueresco sillón de brazos y colocar sus grandes pies, habituados a trepar por innumerables escaleras mientras llevaba cuezos de cemento, sobre un taburete giratorio, dio rienda suelta a sus ásperos sentimientos respecto del capitán Orselli.
-Ese hombre me saca de mis casillas, Stephen... - dijo-, con sus perfumadas patillas y su tonta charla sobre las estrellas... – Al agitarse pareció sacudirse polvo de ladrillo de su cabellera-. Todo eso me disgusta. Pero mas insoportable me resulta un hombre que luce un anillo en el índice.
Stephen Fermoyle consideró justificados los sentimientos de su viejo amigo... ¿Hasta dónde era capaz de comprender y soportar aquello Sir Cornelio? Las últimas veinticuatro horas habían puesto a dura prueba el sistema de valores de los Deegan. Sin embargo, nuevamente sintió Stephen que su propia paciencia vacilaba. No obstante, lealmente aceptó la carga:
-El anillo en el índice es una vieja costumbre italiana, Corny. Todo caballero renacentista, desde Lorenzo abajo, la siguió. Forma parte de una gran tradición.
-En cuanto a eso, nada sé –dijo Mr. Deegan luchando desesperadamente por expresarse en su monosilábico vocabulario-. Pero insisto en que no me agrada ese individuo... Su jactancia y su soberbia... me repelen, Stephen.
Sé lo que quieres decir- dijo el joven sacerdote con tono evasivo.
Aunque comprendía perfectamente a Cornelio, no quiso ahondar la discrepancia por ser su huésped.
-Me sentí orgulloso de ti Stephen, cuando lo hiciste caer de su pedestal con tu aguda referencia a Lucifer – Las mejillas de Cornelio Deegan brillaron de júbilo-. Mis propios labios enterarán al Cardenal de lo ocurrido, cuando lo visite en Boston.
Por favor, Cornelio... No – suplicó Stephen-. Prométeme que no se lo dirás a nadie... Sobre todo al cardenal.
-¿Por qué no?- La energía de los Deegan comenzó a soplar como un viento, nuevamente.
-En rigor, Corny, me siento un poco avergonzado de lo ocurrido en el puente.
-¡Avergonzado? ¿Luego de haber puesto en ridículo a ese engreído italiano y obligarle a dispensarte el respeto que merece un sacerdote? ¿De que tienes que avergonzarte?
A Stephen se le hacía cada vez más difícil explicar ciertas cosas a su anfitrión. Durante un momento lamentó haber aceptado su invitación. Pero no... Eran los Deegan personas generosas y de buen corazón. Pensó entonces que debía aclarar su situación.
-Escucha, Corny – dijo-. Cuando pregunté ¿Cuál es Lucifer?, creé una molesta situación. Lancé la pregunta como una estocada a la vanidad de ese hombre. El la sintió, y, naturalmente, la rechazó, poniéndome, a su vez, en ridículo -Stephen hizo una pausa-.Por supuesto, yo también demostré cierta vanidad al hacer la pregunta en italiano.
-¿No es el italiano? – preguntó Agnes Deegan.
-Sí. Pero en ese momento se expresaba en inglés – recordó Stephen.
Cornelio Deegan, asombrado, hizo un gesto negativo con La cabeza.
-Me divierte tu manera de decir las cosas, Steve... No hablas como un americano. ¿Te enseñaron a pensar así en Roma?
Strephen siguió con su dedo las incrustaciones que adornaban una mesa.
-Nada de particular enseñan allá, Corny. Pero, luego de vivir un tiempo en Roma, se comienza a ver y sentir una fastuosidad lineal en todas las cosas que no se advierte en ninguna otra parte... Como por ejemplo, las incrustaciones de esta mesa. En cuanto al capitán, no me extraña que su presencia te irrite. Pero tienes que admitir, Corny , que Gaetano Orselli es un notable espécimen de una cultura que no logramos comprender y mucho menos reproducir en los Estados Unidos .
- ¿Notable? - ¿Quiere hacerme el favor de concretar?
- Concretaré. Además de navegante y capitán de barco es Orselli lingüista, poeta y gastrómono. .....¡ Qué placer experimenté esta noche al verle comer aquella avefría... ! Es, también, conocedor de vinos, gemas, , cigarros, y .....
_ Stephen trató de dar a su voz una entonación de medio soprano - de óperas . Tal vez cante, o sea, al menos, capaz de tararear las más importantes arias de Wagner , Puccini, Verdi...
Los Deegan enmudecieron de asombro. ¿Cómo conocía un cura, por otra parte ,tan joven ,aquellas cosas tan mundanas ..... y las incluía en su elevada letanía?
Stephen percibió su reprobación.
Oh! ...... supongo que Orselli es un villano agnóstico , un rabioso anticlerical y un hombre sin moral .....No lo defiendo, Corny. Sólo afirmo que estos italianos despiertan en nuestra memoria un sueño ya desvanecido en el mundo occidental. - Y con creciente entusiasmo prosiguió Stephen _: Sin duda reirás o te encolerizarás si te digo que tuve en Roma un profesor de teología , Monseñor Alfeo Quarengui , que, siendo el hombre más ascético y erudito que he conocido , y, sin haber llevado jamás anillo alguno ni perfumado su cabello, viviendo consagrado a la oración y la abstinencia , se parecía sin embargo , a este hombre tan diferente. ... Para mí, Quarengui , elegante, inolvidable, es la antítesis espiritual de nuestro capitán.
Cornelio Deegan consideró que yá era tiempo de enfriar tan ardientes comparaciones .......¿Cómo era posible relacionar a Monseñor con Orselli? ¡Váya!.; si avanzaba un poco más en sus apreciaciones comenzaría el Padre Stephen a acercarse a los herejes!
Sir Corny asió la cuerda de la campana de la Moral y agitóla reciamente.
Sin duda proceden de n mismo ambiente y les son comunes costumbres que no comprendemos en América. Pero os aseguro, Padre –Cornelio Deegan procuró que su opinión sonara clara y fuertemente-, que el capitán Orselli no es más que un charlatán. Carece de fuerza moral. Puesto a prueba se desmoronará enseguida.
Stephen asintió.
-Tal vez tengas razón, Cornelio.
Le pareció una tontería a Stephen disputar con el testarudo caballero contratista, y también que se ponía en ridículo. Sonriendo, extendió la mano para despedirse de su anfitrión.
Cierto matiz de derrota en la actitud de Stphen calmó a Deegan. La áspera prepotencia del caballero desapareció, al igual que su parroquial amor propio. Sólo persistía en su rostro la franca sonrisa, propia del Condado de Wicklow, que había llevado a América cuarenta años atrás, en el timón de un vapor que hacía el viaje en veinte días, desde Queenstown.
-Stephen –dijo mientras asía la mano del joven sacerdote-: se te han contagiado las costumbres italianas. Sabes cuándo debes insistir y cuando has de ceder. He ahí una triquiñuela que desconocía tu padre. ¿Qué dirá Dennis Fermoyle, Dennis Voz Baja, como le llamábamos, cuando se vea envuelto en una disputa con su hijo educado en Roma?
La pizca de orgullo del Padre Steve Fermoyle se desvaneció ante esa observación.
-Jamás discutiré con mi padre, Corny. Puede ganarme cualquier disputa. Lo que más he echado de menos en estos largos cuatro años han sido su gran puño descargándose sobre la mesa, y sus iracundos ojos azules echando chispas, ojala
Dios me haga digno de ser su hijo
Ojala Dios me haga digno de ser su hijo
Sthepen Formoyle arrodilló se junto una dorada silla en su dorado camarote, inclino su cabeza y comenzo a meditar humildemente sobre el asombroso hecho de su condición sacerdotal. No había oración digna de su júbilo , ni palabra capaz de expresar todo el agradecimiento que anhelaba ofrecer a Dios Padre. Durante largo rato permaneció en silencio. Luego con toda su mente y su corazón rezó el padrenuestro muy lentamente , recalcando cada sílaba de su Nombre Su Reino y voluntad.
Después abrió su Breviario y leyó Maitines y Laúdes anticipándose a la mañana. Primero rezó la oración previa al oficio:
Abre oh Dios mío mis labios para que pueda alabar tu nombre; limpia mi corazón de toda idea vana, perversa; ilumina mi mente e inflama mi corazón; para que pueda rezar este Oficio ,digna atentamente y merezca ser yo oído por tu divina Majestad a través de Cristo Nuestro Señor, Amen.
Oh Dios mío al unísono con el divino acento con que Tú, cuando encarnaste, alabaste a Dios, te ofrezco esta Hora.

E internose Stephen en la esfera espiritual del rezo opuestas a las vanas contiendas terrestres. Mientras rezaba los Maitines y Laudes acrecentóse y purificóse su vocación. Como siempre que se arrodillaba a rezar percibió en sí su poderosa atracción al sacerdocio. Stephen Fermoyle se encontraba tan estrechamente ligado a Dios como la fuente al manantial. No aspiraba fundirse místicamente con el Padre. sino que experimentaba la honda necesidad de proclamarse una corriente derivada de aquella fuente. Vástago y lugarteniente suyo resolvió, nuevamente encomendarse a Dios Padre y ser su representante entre los hombres.

- Padre, me llaman... Y Padre seré - juró solemnemente -. Con lealtad y devoción consagraré mi vida a la Santísima Virgen y a nuestra Madre Iglesia. Pero, sobre todo, a tí , primera persona de la Trinidad , os dedico mi ser.
Terminado el rezo, se puso de pié y salió a la noche estrellada . Recostado en la borda observó el mar bello y misterioso. Una estrofa de Keats surgió en su memoria:

Las movedizas aguas en su labor sacerdotal cual pura ablución bañan la costa terrenal...

Labor sacerdotal. Desde que tenía uso de razón había deseado Stephen Fermoyle ser sacerdote... Su vocación había despertado temprano... Apenas contaba catorce años cuando advirtió que su corazón entraba en el santuario de Dios. Era Stephen uno de esos seres afortunados, frecuentes entre los americanos de origen irlandés , sobre quienes desciende pronto y seguramente el Espíritu Santo. Tanto durante su permanencia en la escuela secundaria como en la de enseñanza superior , su aspiración al sacerdocio había surgido claramente. Intimamente consagrado a Dios , aunque sin ser excesivamente piadoso, habíase mostrado a los veintidós años como un sobresaliente candidato digno de seguir un curso especial en la Escuela Superior Norteamericana de Roma.
En cuatro años había llegado Stephen a amar la Ciudad Santa. Como un curso de agua que separase el pasado del presente. - Trajano, Bramante, y Casanova. Hildebrando, Sixto, y Miguel Ángel - había despertado en él una profunda simpatía por la grandeza y perennidad de Roma. Habíanle fascinado su monumentos temporales... Pero mucho más aún que su arquitectura, habíale atraído el espíritu de Roma, más permanente y duradero que sus catedrales.
¡El estilo de Roma! ¿En qué consistía? Stephen, al igual que otros, había fracasado en su empeño de definir aquella combinación de espíritu universal y serena aceptación de su centralismo... ¡Qué intuición de vasto alcance!... Admiraba su habilidad para adaptarse a cualquier región, a la manera de un mecanismo a prueba de climas. Sobre todo a través de Monseñor Quarengui había logrado intuir la universal sabiduría de la Iglesia..., algo que no previera, siquiera, y que no había logrado aún aprehender del todo . Quarengui, con su voz y sus manos tan elegantes, el ascético plano de su cabeza, su quijada y sus hombros..., altos, estrechos y tensos como la empuñadura de una espada de Toledo, constituía para Sthepen el prototipo del sacerdote. El propio eje del cosmos, parecía albergar en su alma. Su conocimiento del mundo y su visión de los problemas sociales corrían parejas con su adhesión a la Iglesia. Diplomático, maestro y, sobre todo, sacerdote, aquel hombre extraordinario había ejercido una poderosa influencia en el joven seminarista.
Otros recuerdos ajenos a la personalidad humana precipitáronse en la mente de Stephen , mientras contemplaba las negras aguas. Su progresiva marcha a través de las órdenes menores del sacerdocio eran inmaculados mojones que marcaban su aproximación a la cabal ordenación. El crisma, las palabras del obispo al ordenarlo : Sacerdote para toda la vida, y la celebración conjunta con otros compañeros del ritual acostumbrado habían dejado huellas indelebles en el alma de Stephen.
Ahora regresaba a América para cumplir sus deberes de cura de parroquia. Sin duda habría viajado en segunda clase con un grupo de condiscípulos..., pero la víspera de la partida había aparecido Corny Deegan en el seminario luciendo una resplandeciente americana de mañana y un pantalón a rayas que contrastaban de manera extraordinaria con los zahones que usara anteriormente . Como antiguo amigo de la familia , había pedido Corny que le permitieran viajar con el flamante sacerdote en el Vesubio . Su condición de caballero papal había influido en la obtención del permiso. Por eso, en lugar de compartir un camarote con un condiscípulo, ocupaba Stephen Fermoyle un compartimiento en el departamento llamado de Ildefonso.
Contaba el joven veintiséis años y era de recia contextura y altivo espíritu. ...Demasiado orgulloso, quizás, para la humilde labor que le aguardaba.
Recordaba las últimas palabras de Monseñor Quarengui: ¡Guárdate, Stephen, , del primer pecado: la soberbia...! La más grande tentación del intelecto . Muéstrate pequeño entre los hombres para parecer más grande ante Dios. Y, luego de indicar el crucifijo que pendía de una cadena de plata, sobre su pecho, había agregado: Este fue su último acto de abnegación. Por él se tornó digno Hijo de su Padre.
Permíteme, Dios mío, oró Stephen , por segunda vez esa noche, ser digno hijo Suyo.

Las barras paralelas situadas frente al camarote de Gaetano Orselli Temblaron bajo la presión de las ciento noventa y ocho libras del capitán. El sudor goteaba de su barba en tanto elevaba sus pies hacia el cielo apoyado en sus manos. Luego al arquearse, hincháronse sus bíceps y deltoides. Por último girando garbosamente sus hombres, abandonó mediante un salto mortal las barras y cayó de pie. Fue un salto de gimnasta que había puesto en peligro su cuello.
Mientras tomaba el sol en su silla Stephen sus palmas y fingió hallarse exhausto.
Otra sesión como ésta y quedaré agotado... Recuerde que me hizo subir para jugar al Muble.
Orselli tomó una toalla y enjugóse la transpiración que corría por su rostro y su pecho. Agradábale exhibir su destreza física ante aquel joven sacerdote americano. Como todos los exhibicionistas necesitaba Orselli un auditorio comprensivo... Y de ahí que Stephen acababa de brindarle las mayores muestras de discernimiento e ironía que recibiera en muchos años. La atracción era mutua. Desde hacía tres días habían paseado y comido juntos, discutido, jugado al handball y al muble, en tanto el Vesubio iba dejando su blanca estela en el Atlántico.
De modo que desea usted que le dé otra paliza, como usted dice al Muble... ¡Bueno! Tendré tiempo para darle otra tunda antes del almuerzo. Le invito a pasar a mi sala de recibo. Este sol es demasiado fuerte para un inglés de sangre débil.
Stephen entró en el camarote de Orselli. Agradábale aquel compartimiento de forma de herradura y casi enteramente de cristal que permitía mirar hacia todos los puntos de la brújula. Caoba, latón y cuero de color Borgoña difundían el correcto matiz masculino puesto en boga en occidente por los clubes eduardinos. Una lámpara con balancín que se columpiaba en el cielorraso y un largo anteojo de larga vista montado sobre un trípode fijo constituían los únicos instrumentos náuticos del lugar. Las paredes del camarote hallábanse
Cubiertas de fotografías con autógrafos: Orselli junto a embajadores. Presidentes, reyes y actrices.
Stephen las observó. Había también una carta de Víctor Manuel, una instantánea de Teodoro Roosvelt, en la que aparecía éste con un brazo sobre el hombro del capitán... Luego de una magnífica travesía. Una artística fotografía de la divina Sarah ostentaba esta inscripción: A Gaetano Orselli, mon Capitaine favori, Bernbardt. Un grupo de hermosas mujeres, desconocidas para Stephen, completaban la galería.
Orselli colocaba en ese instante el tablero de Muble sobre una mesita.
-¡Cuánto lamento, Padre, que su juramento le impida hacer apuestas! ¡Que estragos podría yo hacer en este viaje!...
Orselli era muy aficionado al Muble, especie de ajedrez, damas y chaquete combinados. El secreto del triunfo consistía en prever con tres jugadas de anticipación el movimiento del adversario y adelantarse a sus combinaciones.
Jugaron dos partidas. Stephen perdió las dos veces y apartó, por último, el tablero.
-No soy un gran rival para Ud.,capitán. Algo, en este juego, se me escapa.
- Es el Muhle, un juego muy antiguo y muy europeo, -le consoló Orselli-. Su mentalidad americana no logra comprenderlo enteramente. Es usted muy sincero... Se traiciona usted... No hay sombras en su mente... ¡Vaya!.Tal vez dentro de un siglo comprendan ustedes el valor y la necesidad de las sombras.
Stephen , observó a través de la abierta ventana, las rutilantes aguas. Ninguna sombra vio ... La luz del sol formaba, al quebrarse, verdaderas constelaciones de diamantes sobre el fondo color zafiro de las olas. La hermosura del cielo y de las aguas produjéronle un gran placer. No deseaba disputar con Orselli respecto de la función de las sombras en la vida y en el arte. Sólo sabía que estaba gozando del mas hermoso día de su existencia y que se sentía el hombre mas perezoso y sensible del mundo.
- Fa bella - murmuró.
- Fa, bella, en verdad - dijo el capitán- No hay mejor tiempo que el del Atlántico en primavera. Lástima que no sea del dominio público - y señaló el horizonte.
- ¿Qué quiere Ud. decir?
La voz de Orselli se tornó rencorosa.
-¿Ignora Ud. que es propiedad privada de la Armada Británica?...Nosotros navegamos tan sólo con su permiso... ¡Ah! ¿Conoce la historia de aquel marinero de su Majestad?
-No.
Cierto marinero fue sometido a consejo de guerra por haber golpeado a un comandante de submarino prisionero. Su defensa fue clásica... e imitó Orselli con su acento toscano la voz cockney del acusado-: No me inmuté cuando este individuo intentó torpedearnos, señor... Y me pareció natural que se negara a contestar a cierta cortés pregunta que le hizo nuestro capitán... Pero lo que me pareció intolerable fue que escupiera en nuestro océano...
Rió Stephen ante aquella mezcla de acento florentino y de Houndstich.
- Mucho le agradaría a mi padre esa historia, capitán. Todavía ve a los ingleses como los opresores gobernados por Cromwell.
Cromwell, Clive y Rhodes... -dijo Orseli con aire sombrío- ¿Qué importa el jefe?... El opresor es siempre inglés.
-No obstante, si Italia entra en la guerra combatirá contra Gran Bretaña.
Orselli acarició su barba pensativo.
-A mi patria le convendría permanecer neutral. No se haya preparada material ni ideológicamente para la guerra... Sería fatal para ella... Sin embargo sólo es cuestión de días ahora... -Y golpeándose el diafragma-: ¿Cree usted que he transpirado en las barras por divertirme?...Cuando Italia declare la guerra los oficiales de su Reserva Naval deberán estar ágiles y preparados.
Su desdén por las otras naciones contendía en su espíritu con la convicción de que el esplendor de Italia había pasado.
-Cuando entremos en la guerra perderemos, junto con nuestro prestigio y parte de nuestro territorio, la única institución que elevó al mundo moderno por sobre los bárbaros.
-¿Cuál es?
Orselli estalló en italiano:
-La idea de l'uomo unico... El hombre único y magnífico que surgió a la vida en Florencia, en el siglo trece... El artista, el constructor de ciudades, el poeta, el hombre sediento de gloria que tomó por asalto el paraíso y se regodeó en la belleza terrenal....Su molde era italiano, pero la subsistencia vital, originaria de mi cuidad natal, extendiéndose de allí hacia el Norte...Pero ningún otro lugar de la tierra produjo jamás un tipo de hombre tan lozano y completo, tan universal y personalísimo como Italia- Su voz se tornó melancólica-, L´uomo único fue nuestra mayor gloria. Hoy constituye nuestra mayor desgracia....Abunda tanto en Italia y son tantas las opiniones contrarias y tan violentas las discrepancias que es imposible describir una voz clara en el tumulto.
-Convengo con usted, respecto de L'uomo único- dijo Sthepen-, ....existió y ya no es....Pero puede volver...Cuando ello ocurra vendrá revestido de una riqueza y unas armas puramente espirituales.
-Demuéstremelo, dijo Orselli con un tono cínico que traslucía su esperanza.
-Expondré como ejemplo el caso de Gioacchino Pecci, León XIII. Cuando en 1870 perdió el poder temporal, mucha gente pensó que el papado había muerto. En rigor, renació bajo su dirección. Su ejército consistía tan sólo de un pequeño cuerpo de alabarderos... Pero su energía moral constituyó un espectáculo nuevo en el mundo. Sus encíclicas demostraron que la fuerza material cede bajo la presión de la integridad moral. Pecci insistía en que...
Un joven oficial saludó y dijo:
-Perdón, señor... Desde el puente comunican que han avistado a un crucero inglés a babor, el cual, mediante sus banderas de señales, ha indicado: Deteneos inmediatamente.
El capitán Gaetano Orselli estaba ya de pie. Con sus gemelos comprobó la veracidad del anuncio.
-He ahí a Bretaña - murmuró-. Ved cómo hiende las aguas de su Majestad... Comunique al puente, teniente, que detenga las máquinas Y volviéndose hacia Stephen-: He aquí un huésped digno de un cambio de ropas... No, no se vaya, Padre. Quizás necesite yo un poco de esa fuerza moral de León Xlll que acaba de describirme. ......!Vamos! Eche un vistazo a aquello mientras me visto.
Stephen trató de enfocar al buque con los gemelos . Vio su casco gris y percibió su fuerza material, en tanto se convertía cada vez más en una compleja superestructura que se aproximaba rápidamente al Vesubio.
No creo que l¨uomo unico pueda oponerse , pensó al ver los largos cañones que apuntaban desde las torrecillas de proa y popa.
El capitán Orselli perfumaba, mientras tanto, sus axilas con un pulverizador.
- Trae mis ropas blancas de Bond Street y mis botas londinenses - gritó a su asistente - . Debo presentarme correctamente vestido , L¨Inglese son muy protocolares..... Demostraremos nuestro protocolo .... y algo más. - Y se lanzó a la casilla telefónica desde donde habló al puente.
- Bajen la escala del piloto y salgan a recibir cortésmente a nuestros huéspedes en la escalera de la cámara.
Stephen vió que el crucero inglés se deslizaba a la par del Vesubio , con su cubierta llena de hombres.
Una lancha ballenera fue lanzada al agua. Ocho remeros, con los remos en alto, ocuparon sus puestos. Dos oficiales situáronse en la popa. La lancha ballenera chocó con el agua. Los levantados remos cayeron sobre las escalameras y comenzaron luego a moverse al unísono , en dirección del Vesubio .
Hallábase la lancha del Tritón a doce largos de la escala cuando apareció Orselli en la cubierta abierta luciendo un soberbio traje inglés blanco, un cigarro de la misma procedencia en la boca, y un magnífico diamante que destellaba en el dedo meñique de su mano derecha.
- Se lo que quieren - díjole con calma a Stephen . Venga, Padre... Asista al recibimiento que les haré sobre la parte mas sólida del mundo: el puente de mi barco.
-¿ No se las arreglará mejor solo? - preguntó Stephen.
-Al contrario. Muy conveniente será que asista un testigo americano a lo que pueda tornarse en un incidente internacional . . . Por otra parte, si flaquea mi inglés - agregó sonriendo - , podrá Ud traducir mi pensamiento.
En el puente del Vesubio, un grupo de oficiales italianos saludaron a su capitán.
-Calma, caballeros - dijo Orselli- . Necesito que un taquígrafo registre la conversación. - Y, saboreando su cigarro , echó a andar como quien se pasea por el salón de descanso de La Scala durante el entreacto de una agradable ópera ligera.
Escala arriba desplazábase ya un inglés ,impecable y ceremonioso, delgado, imperial. Sobre su manga veíanse las tres listas de teniente de navío de la Armada Real Inglesa. Su gorro, sin adornos y aplastado , tenía esa apariencia tan cara a los verdaderos marinos de todo el mundo. Advertíase en su paso la energía de un cabal marino de treinta años y en sus ojos la fatiga de un patrullaje de tres semanas por el Atlántico. Detrás de él avanzaba un rubicundo e insolente marinero y, a la zaga de ambos, elevábase el invisible tridente , símbolo del poderío marítimo de Gran Bretaña.
El inglés rozó la visera de su gorro salpicado de sal con dos dedos.
Soy el Teniente de navío Ramilly del barco de su Majestad e Tritón se presentó, a la manera de un vizconde que coloca una joya de oro sobre el mostrador de un fabricante de cigarros. - El Capitán Nesbitt agradécele , por mi intermedio su rápida respuesta a nuestras señales . Lamentamos cualquier molestia que le hubiéramos ocasionado.
- Ninguna , comandante . Cuando retribuya en mi nombre los saludos al capitán Nesbitt dígale que el corazón de cada marino del Vesubio palpita de alegría por el honor que a dispensado a nuestra nave la Armada Británica . . . Fuma, señor Teniente?
El inglés, luego de reparar en el cordoncillo adherido al cigarro, murmuró:
-No, muchas, gracias.
Orselli guardó en el bolsillo su cigarrera de oro y esperó que el representante de la Flota Británica diera a conocer el motivo de su visita al Vesubio.
Su estratégico silencio desconcertó un poco al teniente de navío Ramilly. Había éste guardado una especie de escaramuza verbal.
En tanto observaba el inglés el puente como si esperase que alguien barriera un montón de polvo hacia algún rincón, prosiguió Orselli saboreando en silencio su habano.
He aquí una jugada de ese antiguo juego llamado Muble, pensó Stephen. La ventaja de I'nomo unico acrecentóse ligeramente.
Hasta que no se dirigió Orselli hacia la barandilla del puente e hizo caer la ceniza de su cigarro en el Atlántico, no habló el inglés.
-En su tripulación figura un fogonero llamado Matteo Salvucci -dijo con un tono burocrático y cansado-. ¿Quiere tener la gentileza, capitán, de ordenarle que suba al puente con sus documentos personales?
-¿En qué se basa su pedido? -preguntó Orselli.
El inglés, que estaba muy cansado..., o era muy paciente, cerró sus ojos fatigados al decir:
-Lo sabremos cuando los hayamos examinado.
El capitán Orselli meditó brevemente sobre su próximo movimiento.
-Traed aquí a Salvucci -ordenó.
Los cañones del Tritón elévaronse ominosamente seis veces sobre el océano y se hundían por séptima vez cuando trepó Mateo Salvucci al puente.
Desde su calva cabeza estriada de hollín que él se quitaba con una bola de desperdicios de hilaza de algodón, hasta las negras uñas que asomaban por sus deteriorados zapatos. Era el prototipo de “Giuseppe el carbonero”: macilento y de ojos enrojecidos, transpirado y temeroso del sol.
-¿Es usted Matteo Salvucci?- le preguntó Orselli en italiano.
El hombre asintió con la cabeza y presentó de inmediato su pasaporte al capitán.
Orselli echó una ojeada al documento y lo entregó luego al marino británico.
El teniente de navío Ramilly observó el pasaporte como un procónsul dispuesto a ejercer su doble prerrogativa de acusar y juzgar a un pueblo inferior, en una lengua extraña a éste:
-Donde nació usted, Salvucci?
-En Nápoles.
Al parecer el procónsul imperial no tenía noticia de tal lugar. De un estuche de cartas que llevaba en sus manos el marinero inglés, extrajo el teniente una fotografía y la exhibió como la Prueba Nº 1.
Esta fotografía fue sacada en Hamburgo seis meses atrás... -recitó-. Y pertenece al súbdito germano Rudolf Kasselbohm. ¿Niega usted que es su cara?
La traducción de Orselli provocó un torrente de palabras italianas en boca del fogonero.
-Niega lo que usted dice – expresó Orselli- en su dialecto napolitano que en nada se parece al alemán. Por otra parte, señor teniente, ¿puedo expresarle mis dudas respecto al parecido?
-Al Almirantazgo corresponde dictaminar. Expuesta ya la prueba y oídas las objeciones se produjo la sentencia-:
Lamento, capitán, comunicarle que debo llevar a su fogonero a Londres, para someterlo a un nuevo interrogatorio.
Gaetano Orselli arrojó la colilla de su cigarro, que pasó muy cerca de la nariz del teniente de navío Ramilly, al mar.

Stephen vió que el oficial inglés hacía un esguince y que se le hinchaban de cólera las venas al marinero británico.
-Por mi parte, lamento, señor teniente, comunicarle que no puedo permitir que se lleve usted a este hombre.
Ramilly escogió fríamente las palabras:
-No hay alternativa para usted, capitán.
-¿No? -respondió con tono irónico el italiano-. Muchas son las alternativas que se me presentan, señor teniente. La primera me permite solicitar un momento de silencio para oír mejor los esfuerzos de su marinero para ahogar su ira... Y la segunda, escoltarle hasta su lancha ballenera y proseguir luego mi viaje.
El teniente de navío Ramilly murmuró que esto último provocaría inevitables molestias a todos y reforzó sus palabras con una ojeada al crucero británico.
-Sé -dijo Orselli- que los cruceros del tipo del Tritón están equipados con doce cañones de nueve pulgadas y diez de seis. Una sola granada bastaría para dejarme sin timón o hacer estallar las calderas... Pero hablemos sensatamente, señor teniente... Hasta los oficiales británicos ignoran la actual situación del mundo.
Su tono dejó traslucir una pizca o algo menos aún de piedad por aquella frágil víctima que pendía sobre un abismo de ignorancia.
-Sin duda sabrá usted, Mr. Ramilly, que mientras intercambiamos bromas aquí, la diplomacia británica..., ¿cómo dicen ustedes?..., se esfuerza por atraer a Italia a su campo en esta desdichada contienda. ¿Qué impresión le causaría a vuestro admirable primer ministro, Mr. Asquith, y a vuestro no menos admirable Lord Grey, el siguiente título en el Times de Londres: Barco de guerra inglés hace fuego sobre un vapor italiano de pasajeros? -y se acarició gravemente la barba-. ¿Cómo..., le pregunto a usted, señor teniente..., cómo impresionaría a los lectores italianos un título semejante? ¿No cree Ud.. que hay que prever las complicaciones políticas?
¡ Si estuviese aquí Corny Deegan! , pensó Stephen.
El inglés se empecinó :
_ Muy interesante me parece su punto de vista ,capitán. Pero lo cierto es que el Tritón tiene orden del Almirantazgo de llevar a este hombre a Inglaterra. ...Y la orden debe ser cumplida.
Nelsón miró con ojos penetrantes a Lorenzo y éste sonrió.
- ¿ De veras ? preguntó Orselli -. Me parece , señor teniente, que el Almirantazgo se basó en cierta premisa . . . , según la cual ninguna orden suya es resistida . . . . Así ha ocurrido siempre. Las búsquedas y capturas efectuadas por los ingleses y sus baladronadas en alta mar tuvieron siempre éxito. . . Y esta orden fue emitida dando por sentado que sería acatada.
Toda la dignidad y el desdén contenidos durante seis siglos trascendió de las palabras del italiano.:
- Pero ahora yo, el florentino Gaetano Orselli , resisto una orden inglesa. La resisto moral y políticamente . Alguien acaba de aceptar el desafío del baladrón británico . Lo único que puede Ud. hacer , es telegrafiar al Almirantazgo que Gaetano Orselli , capitán del buque neutral Vesubio , no entregará al fogonero - Y adoptando un tono confidencial: - A mi entender recibirá usted la siguiente respuesta.: que el Vesubio prosiga su viaje sin ser molestado , Churchill.
El teniente de navío Ramilly pensó , de repente, que debía consultar con sus superiores.:
Debo comunicar su respuesta al capitán Nesbitt. Aguarde hasta nueva orden .
-No_ dijo Orselli . Tan pronto haya sido Ud. escoltado hasta la escala de cámara el Vesubio reanudará la marcha. . . El Tritón, si lo juzga conveniente, podrá seguirnos a una prudente distancia mientras aguarda la orden de alejamiento del Almirantazgo... Y ahora, señor teniente -y extrajo Orselli nuevamente del bolsillo su cigarrera tachonada de diamantes-, ruégole entregar este obsequio al capitán Nesbitt, como una muestra de mi estima por él... Aunque muy valiosa, contiene media docena de excelentes cigarros londinense.
El oficial inglés, que debía mantener una vieja tradición, estuvo casi a la altura de las circunstancias.
-Al capitán Nestitt le agradarán, sin duda, más sus cigarros que mi respuesta y saludó para irse-, ¿Me permitirá usted agregar, capitán , sobre todo como ejemplo para mi piloto, que de ser yo el comandante del Tritón arrojaría sobre su barco una muy persuasiva andanada metálica desde doscientas yardas?
-Giovanezza rió Orselli-, ¡Ah juventud..., impulsiva juventud! Cuando se halle usted en edad de comandar un crucero, será más sobrio en sus juicios, Mr Ramilly.
Luego de hacer una reverencia y acompañar al inglés hasta la escala de cámara, volvióse hacia el oficial de cubierta.
-En marcha ordenó.
Lanzando gritos de triunfo precipitáronse los oficiales sobre su capitán. Le aporrearon amistosamente, le abrazaron y besaron en la nuca y las mejillas con inocultable emoción.
-¡Bravo! -gritaron-. ¡Viva Orselli! ¡Viva Italia! ¡Viva el Vesubio!
Viva l´uomo unico, pensó Stephen.
Mas tarde estrechó la mano de Orselli.
-Estuvo usted magnífico -dijo-. ¡Que hermoso espectáculo! La más fina demostración de malabarismo diplomático que jamás presencié... El inglés nunca se explicará qué fue de sus cañones... Estos, simplemente, desaparecieron... -y mientras estrechaba fuertemente la mano a Orselli, admirativamente-: ¿Cómo se las arregló usted? Mas bien debería Ud decir que sorprendí a L´ingleseen el mar de la política - rió Orselli - .Por fortuna estaba yo muy bien informado . Aun rodeado por toda la Flota Británica, los cañones habrían enmudecido , impotentes, ante las fuerzas internacionales hoy en su juego.
- Pero hubo algo más . .... -insistió Stephen-. Sin duda Ud le aventajó en información política. . . No obstante , su fuerza estribó, sobre todo . . . ,en su valor moral, en su fé en l´uomo unico.
Orselli mostróse extrañamente modesto.
-¿ Pero es ello raro en un italiano? ¿Olvidó Ud. ya su breve homilía sobre Giocacchino Pecci y las proezas que efectuó con su puñado de alarbaderos? . .. Afirmó Ud. que hay otras armas mas efectivas que las temporales . . . ¡ Vaya !- la risa burbujeaba en su recia garganta -. Luego de mi encuentro con L´inglese estoy comenzando a creer , también, en ello. . .. . ¿Qué le parece si damos un paseo?
Juntos se dirigieron al camarote de Orselli, y desde la estratégica cubierta superior observaron cómo la torre de batalla del Tritón se columpiaba como un péndulo invertido sobre el horizonte. Orselli sacó su reloj y aguardó, exactamente, veinte minutos para hablar.
- Ahora nos hallamos fuera del alcance de los cañones ingleses - dijo - . Ningún florentino ha sido más feliz que yo en este momento, durante estos últimos seis siglos.
En tanto escuchaba al capitán , vio Stephen a un hombre y a una mujer que se paseaban del brazo por la cubierta inferior. Ella era Erna Thirklind, y en el hombre ,que se inclinaba cortésmente hacia su pareja, reconoció al banquero inglés. Un traje tailleurde franela azul marino acentuaba las formas llenas de la soprano y hacía resaltar su pálida piel y su dorada cabellera del color del trigo .Su profunda excitación acentuaba el matiz de sus aceites. Sin saber por qué , deseó Stephen que Orselli no los viera. Pero éste vio a la pareja.
Durante un largo espacio de tiempo contempló a los dos paseantes. Luego, sus hombros se elevaron en un encogimiento muy toscano y su abierta barba descendió como un semáforo que anunciaba el final de una carrera.
-Jamás se halla uno -observó disgustado- fuera del alcance de la artillería inglesa.

La última noche de la travesia , cuando acababa el Vesubio de trasponer el canal de Milos , llamó Orselli a la puerta del camarote de Stephen.
- He venido a despedirme, Padre. Mañana por la mañana habrá demasiado movimiento y confusión. . . . . Muchos encuentros y despedidas.. . . Sin duda su familia estará aguardándolo en el embarcadero.
- Así lo espero ,capitán.
- ¿Irá con ellos a su casa?
- No. Debo presentarme inmediatamente en la cancillería de la Arquidiócesis , o sea, ante la autoridad central. Allí recibiré instrucciones. . . . Una especie de licencia eclesiástica para ejercer mi misión. Después, si tengo suerte, me incorporaré a alguna parroquia de las afueras de Boston.
El capitán dejó caer una mano sobre el hombro de Stephen .
Dichosa la parroquia que cuente con usted. ¿Me permite hacer una profecía?. . . Irá Ud. muy lejos en su carrera.
- No deseo subir mucho. Mi única ambición es ser un buen sacerdote.
- Lo será, sin duda alguna . . . . Pero subirá muy alto .....¿ Sabe Ud. por qué?
- ¿Por? ...
-Porque no le espanta lo mundano -dijo Orselli-. No quiero decir que sea usted mundano... Todo lo contrario... Pero sabe usted adaptarse a todo tipo de persona... Demuestra con ello un talento no muy frecuente en América... Lo he observado en su trato con su honesto amigo Deegan y he percibido su simpatía hacia mi -y adoptó Orselli el ingenuo todo de un colegial- en el asunto del blondo ruiseñor... Fruslerías..., bagatelas, que demuestran, sin embargo, una comprensión humana que la Iglesia utilizará en el buen sentido.
Orselli sumergió sus dedos en una pequeña faltriquera de su chaqueta y extrajo un anillo de oro , que mantuvo entre el índice y el pulgar.
- Los toscanos solemos hacer bellos regalos al buen amigo que parte.¿ Me honrará aceptando este recuerdo?
Stephen observó la joya. Era una oblonga amatista profundamente labrada ,bordeada de pequeñas perlas y montada en un anillo de oro macizo. Su primer impulso fue rechazar tan valioso presente.
- Es un hermoso anillo, capitán. Aprecio en todo su valor la simpatía que le merezco . Pero no puedo aceptarlo . ¿Cree Ud. que un cura de parroquia puede lucir, en América, semejante anillo?
- No es un anillo de cura , sino de obispo- dijo Orselli; y cerrando los dedos de Stephen sobre la amatista , agregó ........Pero cuando, finalmente, lo coloque en su dedo, reze una oración por el anticlerical florentino que se lo regaló.
- Yá empecé a orar por él hace una semana - dijo Stephen sonriendo entre burlón y cariñoso.
Agudo chillido de una sirena. . . . .
- Ya sube el práctico - dijo Orselli , en tanto asía la mano de Stephen -. El Vesubio no volverá a Boston hasta de aquí mucho tiempo. . . .Pero cuando regrese . . ., recuerde que estamos destinados a encontrarnos. Adiós, Padre.

-Hasta más ver... Dios le bendiga -dijo Stephen.
A media noche dejó de funcionar la gran hélice del Vesubio. Sus ásperos cables invitaban a los pequeños remolcadores a arrastrarlo. Hacia la madrugada todavía trataban estos de encauzarlo hasta su amarradero en el muelle del Commonwealth. Mientras se afeitaba sintió Stephen un casi imperceptible choque. El buque acababa de rozar las costas de América. Se hallaba en su patria.
Cuando descendía con los Deegan por la planchada bajo el sol de abril, vio a sus padres que le saludaban con las manos en alto entre la multitud que aguardaba en el muelle.
Su rostro se bañó en lágrimas cuando sintió en sus mejillas el bigote de morsa de Dennis Fermoyle. Y se mezcló su llanto con el de su madre cuando Celia Fermoyle levantó los brazos hasta colocarlos en torno al cuello sacerdote.
Una flaca muchacha de negra cabellera dijo:
- Yo soy Mónica.
- Stephen no lograba identificar a la joven con su pequeña hermanita , a quien viera la última vez con trenzas. También estaban allí Bernard y Florrie, abrazándole , lanzando exclamaciones y sacando sus pañuelos.
! Cuánto amor, y cuánta ansiedad en los hombres! ! Y qué hermoso participar de todo ello!
Durante las dos horas siguientes olvidó Stephen Fermoyle que era un sacerdote recién ordenado y se tornó en un hijo y un hermano que amaba hondamente a su familia y era a su vez amado por ésta, entrañablemente.



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Agregado el 03-07-2006