L I B R O P R I M E R O
CAPÍTULO I
EL SACERDOTE
¿Qué vehículo color verde botella , con forma de arca, inseguro al andar, desvencijado, constituía un objeto familiar en las planicies cercanas al Mystic River, entre Boston y Medford , en los comienzos del siglo actual?
!Fácil es adivinarlo! ... El tranvía Nº 3 , naturalmente ... un armatoste de cuatro ruedas que había trasportado alrededor de seis millones de pasajeros, a razón de un níquel por cabeza , hasta las conejeras en que oficiaban de dependientes, por las mañanas, y de regreso a sus madrigueras suburbanas, por la noche. El esfuerzo habíale agotado. El Nº 3 habría sido una maravilla mecánica en su juventud , pero en 1915 semejaba un caballo viejo y mañanero. Su trole resbalaba en el cable; también se movían las zapatas del freno de manera irremediable ; su reóstato demostraba una gran debilidad y sus fusibles una clara tendencia a quemarse en las mañanas frías y en las tardes calurosas. Cómo se atrevía a correr por la calle, detenerse, gruñir y arrancar de nuevo , era un misterio que preocupaba al personal de reparaciones del cobertizo de Medford , dónde pasaba la noche el Nº 3 , en su desviadero , cual un caballo de cabriolé con esparavanes que reparaba energías para el esfuerzo del día siguiente.
Según Bartholemew (Batty), Flynn, principal capataz y metafísico del cobertizo, el Nº 3 manteníase en pie mediante un puro acto de fe de su motorista, Dennis Fermoyle. Según las propias palabras de Batty: La razón flaquea en este asunto. El coche de Din debería estar ya convertido en una mera ficción. Pero la fe sobrepuja a la razón. Ergo: el Nº 3 se mantiene en pie por la fe más que por la razón, o -agregaba siempre astutamente- los trabajos de reparación.
Estas sutilezas no llegaron nunca a oídos de los Fermoyle.
Bien conocida era la opinión de Din sobre el Nº 3. Sus bigotes de morsa habríanse endurecido como dos colmillos si alguien le hubiese sugerido la convivencia de arrumbar aquel tranvía para reemplazarlo por otro más nuevo y digno, por la belleza de sus líneas , sus dieciséis ruedas y sus frenos de aire , de tan veterano conductor. El respeto hacia su persona o, posiblemente, el temor a sus bigotes, tornaba sumisos a los inspectores y silenciaba a los obreros del taller de reparaciones. Ni siquiera los torturados pasajeros que se colgaban de las raídas agarraderas de cuero del tranvía Nº 3 , osaban expresar su anhelo de que el vehículo se desplomara definitivamente, fuera retirado del servicio o entregado piadosamente a las llamas.
Cierta tarde de primavera , en las postrimerías de abril de 1915 , dirigíase a tumbos y a toda velocidad el Nº 3 , o sea, a nueve millas por hora, hacia el cobertizo de Medford. Manejado por Din Fermoyle y llevando en su plataforma trasera a Marty Timmins , el expendedor de billetes, dobló por la Higland Avenue . Sus ruedas chillaron de manera fantasmal y se precipitó el vehículo por la suave pendiente Próxima a la meta de aquella suburbana carrera de obstáculos . Al pasar ante la puerta principal de la iglesia de la Inmaculada Concepción , la mano derecha de Dennis abandonó el freno para quitarse su gorra de motorista. No le habría bastado el superficial ademán de rozar con los dedos la visera. Fue, en verdad, una excéntrica demostración de fe hacia la Presencia que moraba, no habría sabido él explicarlo, en el tabernáculo del altar mayor. Doce veces había ejecutado ese acto aquel día: seis mientras corría hacia Boston y otras tantas cuando se dirigía hacia las cocheras. La víspera y el día anterior a la víspera se había quitado el sombrero en igual número de oportunidades. Desde hacía veinticinco años, o sea, desde que fueron tendidos los rieles, descubríase al pasar ante la puerta principal del templo. Y si las várices de su pierna derecha no le llevaban antes a la tumba, esperaba repetir el ademán respetuoso y devoto durante otro cuarto de siglo... Bueno..., quince años más, tal vez... Luciría entonces ocho galones en la manga de la chaqueta... Toda una vida dedicada a una sola faena...
Cada vez que se descubría expresaba Dennis algún deseo. Su frase predilecta era: Bendita sea la Sagrada Familia. Pero a menudo decía algo en consonancia con su estado físico o espiritual. Si le molestaban las venas de la pierna, como en ese instante, murmuraba: Bendita sea la Sagrada Familia. Pero a menudo decía algo en consonancia con su estado físico o espiritual. Si le molestaban las venas de la pierna, como en ese instante, murmuraba: Benditas sean las heridas de Jesús. Y si le ardía la garganta, cosa frecuente en él al caer la tarde: Bendita sea su- Santa Sed. Duraba ello un segundo. En seguida un profundo bienestar arrancaba de su garganta una canción que brotaba con la fuerza de un géyser.
Con su bien afinada auque ronca voz de barítono cantó ahora, Dennis la primera estrofa d la Falsa Novia de O´Rourke, cantilena en boga en su juventud, en Cork. Los fatigados pasajeros sonrieron al oír elevarse aquella melodía céltica por sobre el chirrido de las ruedas del tranvía y se guiñaron mutuamente los ojos, como suelen hacer las personas vulgares en presencia de un ser característico. Aun El Grasiento, McNbb, el vigilante secreto de la compañía, ansioso como estaba de sorprender a Marty Timmins en el acto de robar monedas, tuvo que guiñar un ojo y sonreír. A pesar de su certeza de que Marty era un ladrón y del rencor que sentía por el veterano expendedor, tan hábil para ocultar sus raterías, la canción de Din Fermoyle impregnóle en su dulzura y, diluyendo su encono, transportóle a las hondonadas pobladas de zarzas de Connaught y olbligole a guiñar un ojo precisamente al hombre que trataba de apresar.
He aquí un trabajo para un severo protestante, pensó El Grasiento.
En medio de su melodía, Dennis Fermoyle desplazó sus ciento noventa libras de peso hacia su pierna izquierda, oprimió escrupulosamente con el dedo derecho de aquélla el botón que en el piso hacía vibrar la campanilla y dejó que el tranvía se deslizara sobre la maraña de rieles y agujas que se hallaban frente al cobertizo. Era un maestro consumado en el arte de detener el vehículo sin que saltase... En aquella ocasión procedió como un verdadero virtuoso. Sólo él y Marty advirtieron la maniobra. Los pobres pasajeros salieron, pálidos, a la luz del sol cada vez más prolongado de abril. Marty hizo sonar dos veces la campanilla. ¡Ding...,ding!... Luego, la lenta entrada en el largo y frío cobertizo, bajo los propios cañones de varios enormes artefactos de seis ruedas, en dirección de su lugar de reposo, situado en un rincón.
Dennis quitó la llave de control, pulida por el largo contacto de su guante de algodón, y la guardó en uno de los bolsillos de su chaqueta azul con botones de latón. Al día siguiente por la mañana volvería a colocarla en el cuadrado eje... Hasta entonces nadie podría poner en marcha el coche de Dennis Fermoyle..., si es que alguien deseara hacer tal cosas, pues, miserable como era el artefacto, le pertenecía.
Dennis avanzó por el coche vacío en dirección de la plataforma trasera, donde Marty Timmins, con los ojos inyectados de sangre, atisbaba las cifras registradas en una especie de reloj ubicado sobre la portezuela.
Con grandes rodilleras en los pantalones, y los bolsillos hinchados, el hombrecillo parecía el prototipo de esos seres inermes que despiertan en los jurados el deseo de condenarlos a simple vista. Su mansedumbre podía confundirse con debilidad y su timidez como una treta. Una barba recién brotada cubría su barbilla de conejo y una perenne gota pendía de la punta de su nariz.
Luego de anotar una cantidad en su libreta, la cerró rápidamente, antes de que llegara Din a su lado.
-¿Qué tal, Marty? ¿Va todo bien?
El expendedor de boletos enjugó la gota que pendía de su nariz con el revés de su mugrienta manga y asintió con la cabeza. Sin palabras para expresar el desconcierto en que vivía desde el año anterior, Marty Timmins solía guardar silencio... Desde que perdiera a su esposa Nora, después del sexto hijo y tres abortos, sólo dos cosas lo consolaban en su terrible infortunio: el whisky y la manaza de Din sobre su hombro... En ese momento, ésta acababa de descender sobre él... Luego llegaría el momento de beber whisky.
Por delicadeza no se refirió Din a la presencia del Grasiento McNabb en el tranvía, ni se atrevió a sermonearle entonces ni después sobre sus borracheras.
Sus gruesos dedos aprisionaron débiles hombros y sus callosas manos golpetearon la encorvada espalda.
-Buenas noches, Marty. Ve a tu casa en seguida.
-Buenas noches, Din... Así lo haré.
Eran compañeros de viaje... Las millas que recorrieran juntos en el Nº 3 sumaban diez veces más que el diámetro terrestre.
Frente a un pequeño portillo próximo a los portones del cobertizo, acercó Dennis Fermoyle sus bigotes de morsa a una verja de hierro.
-¿Tienes algo para mí, Angus?
El hombre situado detrás de la verja asió una pequeña caja de sobres, extrajo uno y se lo entregó por debajo del postigo. Din presintió varios billetes doblados y una moneda de medio dólar: su paga semanal, o sea, 27,65 dólares. Ganaba a razón de cuarenta céntimos por hora, fuera de los veinticinco céntimos adicionales que recibía por cada una de las oblicuas listas doradas de su manga y trabajaba once horas por día. Metió Din el sobre en un bolsillo y se desplazó hacia el Oeste, hacia la luz color salmón del sol de las seis de la mañana. Con el paso duro de quien ha pasado casi todo el día en un mismo sitio afanóse a lo largo de una fangosa acera flanqueada de trecho en trecho por casas de tres pisos y terrenos baldíos.
Para que el fresco aire primaveral enjugara su frente echó hacia atrás su gorra de conductor. Una profunda línea roja debida al tafilete de su gorra se hizo entonces visible: el mejor galón y la señal más segura de su vocación.
Un agudo dolor ascendió desde uno de sus tobillos hasta la ingle. Din aceleró el paso. El movimiento alivióle un poco impulsando a su perezosa sangre a través de sus anudadas venas. El dolor cesaría, estaba seguro, en cuanto se sentara en la mecedora, en la cocina y colocase la pierna en otra silla. La idea de su próximo bienestar sostúvole mientras doblaba hacia la suave pendiente de una arteria lateral: la Woodlawn Avenue. Lo mejor estaba aún por llegar para él ese día: la botella de cerveza que Celia extraería, goteando, de la nevera apenas oyese sus paso en el porche trasero, el fino y gordo bacalao relleno de miga de pan que se estaba dorando en ese instante en el horno, la mesa oval y el rostro de los niños, crecidos ya, pero todavía formando un bello grupo a su lado.
Bendita sea la Sagrada Familia...
Esa noche la sinfonía familiar tendría un todo especial; abundarían las blancas servilletas, descollaría un cántaro con legumbres en escabeche sobre la mesa y brillarían como nunca los negros ojos de Celia.
Stephen cenaría con ellos... Stephen..., el devoto sacerdote, el joven de andar altivo..., el elocuente primogénito de Dennis y Celia Fermoyle... Stephen, el hijo del motorista, que durante cuatro años de estudio aprendiera a amar la Santa Cruz... Steve cenaría esa noche con ellos por primera vez desde que arribara procedente de la Universidad Norteamericana de Roma.
Lo habían visto durante un momento cuando bajó del buque, pero apenas habíanle echado una ojeada, excitados como estaban... Pero esa noche podría Din paladear, por decirlo así, las cualidades de su hijo, cómodamente..., provocar la chispa, tal vez, alguna discusión y enfrentar la elegancia verbal de su hijo con alguna rápida y ruda respuesta. Deseaba con toda su alma irlandesa amante de las disputas que Steve no se mostrase tan altivo como para no discutir con él.
Al llegar a la última casa, sobre lo alto de la calle, glorificó Din al Señor. A pesar de su fea apariencia de cajón color castaño y de su horrible escalinata, era la vivienda de 47 Woodlawn Avenue toda una casa, después de vivir en ella casi veinticinco años. Din era ya casi su propietario. Escatimando monedas y negándoselas a los suyos había podido depositar un dólar por semana en el Banco de Préstamos Para Construcciones y reunir mil ochocientos dólares en quince años. Todavía pesaba sobre la casa una hipoteca de mil doscientos dólares... Más fácil le sería a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un motorista con seis hijos lograr el título de propiedad de su casa.
Al entrar por la puerta trasera, como un peón, un heterogéneo olor de pescado al horno, de jengibre y estropajos húmedos, proveniente este último de un gabinete situado en la parte posterior de la casa, anunciáronle que estaba en su hogar.
Celia, que se hallaba junto al horno, dio una media vuelta, sonrióle a medias y lanzó, también, a medias un beso en dirección de la inclinada cabeza de su esposo. Rolliza y garbosa aún a los cuarenta y cinco años y a pesar de sus anchas caderas y su desaliñada cabellera gris, manteníase Celia Fermoyle bien erguida. Había sido una infatigable bailarina y la beldad más notoria en muchos bailes irlandeses de su tiempo. En la actualidad era una buena esposa y una buena madre que, segura de si misma, no le temía al mundo.
Expectante, extendió Celia la mano.
Dennis Fermoyle extrajo el sobre con su paga del bolsillo y lo depositó en la palma extendida. Celia ocultó el sobre en su pecho y, en lugar de agradecer con palabras a su esposo, hizo algo mucho mejor: se condujo como una esposa diligente:
-En seguida te traeré la cerveza, Din. Primero limpiaré el fregadero para que te laves.
celia Fermoyle era una buena cocinera y una prudente administradora..., pero no daba mucha importancia a la higiene. Su cocina era un babel de cacerolas, fuentes, baldes y ropas sin planchar.
Luego de hacer un claro en medio de las cacerolas del fregadero, puso una jofaina de estaño bajo el grifo, arrojó un trocito de jabón en ella y tiró de la toalla sinfin hasta que quedó a la vista un trozo de aquélla razonablemente limpio.
-Ya está listo, Din.
-Lavabo -canturreó Dennis Fermoyle.
Después de colgar su gorra y su chaqueta en la percha habitual, arremangóse y despidiendo agua ruidosamente como un narval lavóse manos y cara. Mientras se secaba con la toalla sinfín Celia destapó una botella de cerveza y la colocó sobre la mesa de la cocina. No había aún aprendido a verter el liquido como él deseaba. Ahora sirviose Din según su propio gusto, echó al garguero de un tirón un vaso de cerveza, frotó con la palma de la mano sus bigotes salpicados de espuma y asió la edición del día de El Globo. A la manera de un juez de apelaciones dispuesto a revisar un difícil proceso, comenzó a considerar las noticias.
-Eh, Celia... Oye esto -rugió, y leyó en alta voz un encabezamiento del ancho de toda la página-: Inglaterra retrocede a sus puertos del Canal... Von Falkenhayn está trayendo a mal traer a los cangrejos (
Era Bernard, el hijo segundo de Din, un entusiasta cantor...,aunque, a decir verdad, no muy descollante.
Con el jarro de cerveza y el diario sentóse Din en un sillón de brazos de cuero artificial y escuchó, como quien se reserva el derecho de opinar, hasta que el cantor remató su actuación con un do agudo y perfecto.
-¿Algo nuevo, Bernie?
El joven asintió con la cabeza.
-La última canción de Chauncey Olcott titulada: Irlanda debe ser el Paraíso porque allá nació mi madre -gorjeó el joven-. Va a dar el golpe en el Gamecock.
-¿El Gamecock...? ¿El teatro de variedades de la Washington Street?
-Es un cabaret, papá... -rectificó Bernie-. Mañana a la noche rendiré prueba de capacidad allí... Si salgo bien cobraré veinte dólares por dos semanas.
¡Si salgo bien!... ¡Vaya, y cargando el acento en la palabra Si... Así hablaba Bernard. Din levantó su pierna y la colocó sobre un escabel cubierto con un tapete.
-Canta El Bautizo de Fingarry... Vamos... Sé bueno...
-Está bien, papá...
Amable, como de costumbre, echó Bernie hacia atrás su cabeza reluciente de fijador y cantó la primera estrofa de una balada que se refería a las excentricidades de varios elegantes celtas durante el bautizo de un bebé al que llamaban siempre el dulce bebé Dennis.
Vagamente recordaba Bernie la primera estrofa. En cambio la segunda surgió nítida en su memoria:
Toda la nobleza asistió a la tertulia:
el valiente McCarthy, fuerte y cordial
y Bridget Bedelia Fogarty
francesa (así dijo ella) según su nombre.
La cerveza excitó a Din, quien se puso a cantar al unísono con su hijo:
Luego fueron todos a almorzar
y crujieron dientes y mandíbulas
en tanto los comensales bebían
café, té, whisky y vino.
El pacífico "concierto" fue interrumpido al abrirse la puerta principal y entrar en la sala de recibo Florence Fermoyle, quien tenía el aspecto de un gendarme, no muy grave, anchas caderas y una recia barbilla. A pesar de sus veinticinco años, carecía de agilidad física, mental y de toda gracia en su manera de ser. Desde hacía seis años trabajaba de tenedor de libros en una casa de automóviles y ganaba ya tanto como su padre... Dentro de poco le superaría y sería quien ganase más de las personas que vivían en 47 Woodlawn.
-¿Ha llegado ya Stephen?... ¿Quién está ayudando a mamá en la cocina?... ¿Dónde está Mona?
Las preguntas brotaron incisivas, como un chorro, en tanto quitaba los alfileres de su sombrero y miraba con exagerado disgusto a los dos hombres que holgazaneaban en la sala de recibo. Apenas disimuló su rostro la idea de que nada se hacía allí si no lo efectuaba ella misma... Era Florence una mandona.
¡Con razón espanta a los hombres!, pensaba Din.
-¿De modo que compraste los de gamuza? -dijo, girando alrededor de su hermano para echar una ojeada a sus zapatos-. ¡Te di los diez dólares para que compraras un buen par de zapatos... y apareces con semejantes ejemplares presuntuosos! ¿Qué te propones?
-¡Vaya!... ¡Ejem!... Te diré, Florrie... Necesito presentarme un poco acicalado a la prueba.
Y para poner punto final al debate elevó Bernie su mano izquierda y se remontó al plano lírico de la canción:
En medio del festín Mike Cronin,
Mighty Cronin, sin un gemido engulló
una libra de paté de foie gras
hecho de hígado de ganso y grasa...
Nuevamente la melodía fue interrumpida por la voz de sargento de Florrie, que desde el pie de la escalera centrar gritaba:
-Mona... Mona... Baja a poner la mesa. Mamá se está matando en la cocina y el Padre Steve llegará de un momento a otro... ¡Baja de una vez!
Mónica bajó.
Contaba dieciséis años y era una frágil beldad de porcelana... Su cara lisa como un rostro de muñeca se arrugó al enfurruñarse. En las últimas dos horas habíase dedicado a lavarse el cabello, a secarlo, peinarlo y sujetarlo de diversas maneras... En ese momento semejaba una lustrosa aureola azul oscura en torno de su cabeza. Arrancada de su ocupación predilecta: el mirarse en el espejo, tenía la esperanza de que su padre la defendería contra la intromisión de Florrie. Para ganarse su protección estampó un beso en su mejilla y sentóse como una gatita en el brazo del sillón.
Su padre le hizo cosquillas con el índice en la barbilla, como si fuera todavía una chiquilla.
Aquél cuadro enfureció a Florrie..., y la impulsó a lanzar un dardo que tenía preparado para más tarde. Afinando la puntería lo arrojó directamente hacia el blanco.
-¿Será verdad lo que me han dicho?... Anoche te vieron pasear por los alrededores del Depósito..., a la hora en que debías estar en la Congregación.
Todos sus recursos femeninos falláronle a Mona. Sus mejillas se tornaron tan blancas como la porcelana.
-¿Quién..., quién dijo que estuve paseando por los alrededores del Depósito?
-¡Oh...! -dijo Florrie, resoplando con desprecio-. Todavía se permite interrogarme.
-¡Por Dios, Florrie -intervino Bernie-, deja de sermonear a la pequeña!
-Dejaré de sermonearla cuando no vaya a esconderse en el monte con Ikey Rampell.
Mona se volvió con aire desafiante.
-No se llama Ikey, sino Benny.
-Ikey o Benny, lo mismo da... Habiendo tantos muchachos católicos en la parroquia ¿por qué prefieres pasear con ese judío trapero?
La gatita se trocó en un verdadero gato de largas uñas.
-Benny no es un trapero -dijo-. Es el muchacho más distinguido de la escuela secundaria y estudiará odontología.
Pero percibió, al mismo tiempo, la inutilidad de su defensa. Florrie, la acusadora, habíala derrotado. Mona rompió a llorar y echó a correr escalera arriba.
Molesto por aquella disputa entre hermanas, Din elevó su voz para condenarla. Aceptaba los impactos y los argumentos hirientes en las discusiones políticas, pero no podía tolerar las riñas verbales entre mujeres.
-No quiero que esta escena se repita...¿Me has entendido, Florrie? Te harás odiosa a tu hermana con tus continuos regaños.
-Lo hago por su propio bien, Papá.
Azules chispas de cólera brotaron en los ojos de Din. Aun cuando Florrie contribuía en la misma medida que él al sostenimiento de la casa, todavía se consideraba el jefe de la familia.
-A mi y a tu madre nos corresponde decidir qué es bueno y qué es malo para nuestros hijos -tronó-. Luego, conteniendo su ira con la decisión con que frenaba su tranvía, agregó-: Debemos mostrarnos en armonía cuando llegue Stephen. ¡Vamos! Refresca tu cara con una toalla húmeda, Florrie. Te hará mucho bien. Bernie, toca el piano.
-Está bien ,Papá. ¿Quieres que toque Demasiada Mostaza?
-Toca cualquier cosa que ahogue el rumor de las disputas en esta casa.
Bernie oprimió fuertemente con su zapato de gamuza el pedal del instrumento y descargó sus manos de tal manera sobre las teclas que el piano tembló ante su ataque.
Tocó Demasiada Mostaza, una canción sin letra, improvisó luego un acompañamiento para las primeras estrofas de No quiero que mi hijo sea soldado y comenzó, de pronto, a cantar:
No quiero que mi hijo sea soldado.
Lo he educado en el bien y la alegría.
¿Quién osará poner un arma sobre su hombro
para que mate al hijo amado de otra madre?
-Más fuerte, Bernie -le aconsejó una suave voz desde el vestíbulo-. Para que te oigan en el cobertizo.
Bernie giró en su taburete. Dennis dejó caer El Globo de sus manos.
-¡Steve! -gritaron al unísono, y se dirigieron juntos hacia el joven sacerdote, que se hallaba en el vano de la puerta.
Descarnado, tenía el tipo ideal del corredor de la milla... Caderas estrechas, largos fémures y hombros anchos y ágiles. Ligero como Celia, tenía, en cambio, una imponente cabeza semejante a la de su padre... Pero sus colores eran propios. Sus cabellos y sus cejas, negros, hacían resaltar dramáticamente la blancura de su rostro. Las delgadas ventanas de su nariz, reveladoras de su tendencia ascética, estaban coronadas por una magnifica frente que se elevaba, a pico, sobre sus ojos azul oscuros. Tenía el aire ensimismado de un virtuoso que se sienta al piano para empezar un concierto...
Pero ese aire desapareció barrido por la alegría de encontrarse ante su padre y su hermano.
St. Dennis será siempre insuperable -exclamó mientras sacaba de su bolsillo una roja lata de tabaco-. He aquí algo para tu vieja pipa irlandesa de barro.
Seguía, pues, fiel a su vieja costumbre de hacer regalos.
Luego entregó un paquete de cigarrillos a Bernie, y observó la ceñida espalda de su traje y sus zapatos de gamuza, divertido y con aire de aprobación.
-¡Estupendos Bernie!..., sobre todo los zapatos... Aunque no muy apropiados para un joven sacerdote... -intercaló Stephen una bien pulida frase de Oxford, luego del vulgar comienzo-, para una representación teatral...
-¡Eso es! -respondió Bernie entusiasmado-. Para una representación teatral hay que vestirse así..., con elegancia. El público lo exige.
Celia, que llegaba de la cocina, vio a su primogénito a través de la cortina bordeada de cuentas. Acostumbrada ya a la ausencia de Steve, debía ahora habituarse a verlo otra vez en ella.
-Steve -dijo, extendiendo sus brazos como sólo una madre sabe hacerlo.
Demasiado pequeños para abarcar a su hijo, dejó que los de éste la estrecharan.
-He traído algo para ti, madre - Y levantó Stephen la tapa de una pequeña caja de cartón, dejando al descubierto un Agnus Dei bellamente bordado-. Es del Cenáculo de Santa Teresa y ha sido bendecido por el Santo Padre.
-¡Por el Santo Padre! -repitió Celia con acento respetuoso, en tanto mostraba el disco de cera grabado a su esposo-. Lo guardaré.
El Padre Steve miró a Din y ambos echaron a reír. La costumbre de Celia de guardar cosas, había dado siempre lugar a muchas bromas en la familia. Manteles, sábanas, toallas, porcelanas, vajilla de plata, vasos... todo guardaba ella para una ocasión que nunca llegaba.
Su manía de guardar era un consecuencia de su pobre infancia.
-¿Para qué vas a guardarlo? -preguntó Steve-. Úsalo como indicador en tu misal y reza por tu hijo cada vez que lo veas.
-¡Mamá! -gritó desde la cocina Florrie-. El bacalao está ya casi asado.
-¡Virgen Santa! Lo había olvidado. Sube, hijo a lavarte... Espera; te daré una toalla -Y se precipitó Celia sobre el cajón del aparador donde guardaba su mejor ropa blanca.
-No hace falta, madre. Me secaré con algún trozo limpio de la toalla sin fin.
La mera idea de que un sacerdote se secara con una toalla sinfín violaba todas las reglas del decoro, según Celia.
-No harás tal cosa -dijo mientras le entregaba una bordada toalla para huéspedes que había ganado quince años atrás en una partida de whist realizada en la parroquia.
-Hay quien se ríe cuando guardo algo -dijo Celia mirando a su esposo-, pero la risa se congela en su semblante cuando descubre por qué la he guardado.
Con la toalla colgando de su muñeca a la manera de un manípulo pasó Steve por la cocina en dirección al piso superior.
Florrie, con el rostro encendido por el calor del horno, estaba pelando patatas hervidas para luego aplastarlas.
Conocía su trabajo.
Steve la abrazó con un brazo.
-¡Hola, Steve! -dijo Florrie, prosiguiendo su faena.
Cierta rivalidad o, más bien, tirantez sobre todo por parte de Florrie, había existido siempre entre ambos.
¿La ablandaré con el frasquito de perfume que tengo en el bolsillo, pensó Steve. No... Lo traje para Mona.
-Bajaré en seguida - dijo, salvando de a dos en dos los peldaños de la escalera secreta.
Sus ojos advirtieron el mismo viejo linóleo sobre aquéllos y las mismas grietas en el yeso.
¿Nada había cambiado durante los cuatro años que pasara en Roma?...
Nada, en verdad... Ni aun los accesorios de la instilación de agua corriente.
Seguían goteando las llaves y aun permanecía en el cuarto de baño la vieja bañera de cinc con sus patas de hierro colado.
¡Cómo duran las cosas transitorias!, pensó Stephen.
Jabonose las manos con un trocito enroscado de jabón, roció con agua su rostro y secóse luego con la toalla de lino.
Sintió apetito, alegría de hallarse en su casa y deseo de comidas y conversación caseras.
Una intimidad forjada en múltiples escenas infantiles impregnaba la casa. Observó el desdibujado papel color castaño de los muros, grasiento y desprendido junto a los zócalos; los picaportes color chocolate y la deshilachada alfombra... ¡Qué hermosa habíale parecido cuando, con los pies desnudos, pasara sobre ella el día que la colocaron!
De todas las cosas emanaba un indefinible perfume familiar.
Allí, a la izquierda, estaba el cuarto de Ellen, vacío desde que ésta ingresara en la Hermandad de las Carmelitas para dar cima, con su traje de monja, al místico sueño que la poseía desde la niñez. A través de la cerrada puerta parecía brillar la radiante pureza de su hermana...
¿Cómo podía arder tan frágil cirio de manera tan firme, sin consumirse y trocarse en cenizas?...
Porque lo alimentaba el corazón...
En el pasillo estaba la escalera que conducía al desván que sirviera de dormitorio a Stephen y su hermano George. Un hondo impulso hízole subir los peldaños para ver de nuevo la buhardilla, el dormitorio de los chichos, como decía Celia, donde había dormido y estudiado hasta los dieciocho años.
Estaba el desván ahora mejor amueblado. Vió un nuevo quiqué, otra silla de brazos, y varias hileras de volúmenes de juresprudencia anunciáronle que era el estudio de su hermano George... Pero la buharda, que miraba hacia los tejados y los jardines de ruibarbos de la Woodlawn Avennue, revivió en Stephen emociones más profundas aún que sus recuerdos. En aquel cuarto había resuelto un día ser sacerdote. Allí, junto a aquella amplia cama, habíase puesto de hinojos para orar y ofrecer su vida al servicio del Señor, quien, con ademán imperioso, habíale respondido: ¡Levántate, toma mi mano y ven conmigo!
Nuevamente se arrodilló, ahora ligera y fugazmente, sobre una rodilla para agradecer al Señor, y se retiró presuroso, en seguida, escalera abajo.
Al pasar ante la puerta de Mona percibió un sonido gangoso, como de llanto.
¿Lágrimas?
Golpeó suavemente e hizo girar luego el picaporte. Su hermana menor lloraba, con el rostro oculto en la almohada. Silenciosamente sentóse en el lecho, a su lado, y acarició su cabellera, junto a la nuca.
-Mi querida Mony -así la llamaba siempre-. Soy yo, Steve. ¿Qué te pasa?
Monta pateó furiosamente los pies de la cama.
-¡La culpa es de esa odiosa de Florrie!
-Florrie esta cansada y un poco trastornada por algo... Por eso dice cosas que no piensa.
-Es una mas pensada... Si, una mal pensada -y aplastó Mona su rostro, enjugado por el llanto, sobre la almohada-, Me trata como una chiquilla.
-¿Y no eres una hermosa chiquilla? -dijo Steve-. ¡Vamos! Date vuelta y déjame ver tu cara.
Apoyada en su espalda, miró Mona desde abajo a su hermano. Las lágrimas, cual gotas de belladona, habían tornado más brillantes y oscuros sus ojos.
-¿Crees de veras que soy bella, Seteve?
La vanidad, a pesar de hallarse a mitad de camino entre la niña y la mujer, fue despertada en ella por aquel hombre, casi desconocido, que la miraba desde lo alto.
-Tan bella como un ángel de Rafael... Nadie debería ser tan hermosa... Pero tú lo eres. Sin duda enloquecerás a los muchachos con esos ojos y esos cabellos tan negros.
-Quisiera ser rubia y tener ojos azules -suspiró Mona.
-¿Rubia de ojos azules? No seas ridícula. Sospecho que no tienes noticia de las palabras que a cierto gran poeta inspiró su Musa morena.
-¿Qué dijo él?
-¿Qué dijo?... Virtualmente zambullóse en el idioma en busca de palabras dignas de la negrura de sus ojos y sus cabellos, y luego de arrojar al canasto vocablos tales como perla y oro, escogió el damasco color ébano y las alas de los cuervos.
Stephen ignoraba hasta qué punto resistiría Mona la presión emocional. No quería espantarla con la magnífica retórica de aquel soneto... Pero debía hacer algo para calmar su dolor.
Por último, decidió recitar la primera estrofa, a manera de ensayo. Con el tono más tierno posible recitó:
Amo tus ojos, ¡ay!, porque se apiaden
de quien tu dulce corazón desdeña,
que si de luto están tus bello ojos
sea porque comparten mis tristezas.
Fascinada por un lenguaje que no entendía y un tono de voz que jamás escuchara, siguió Mona mirando desde abajo a su hermano sacerdote. No sintió curiosidad por conocer el nombre del poeta ni tenía la suficiente inteligencia para comentar la calidad ni el contenido de la estrofa. Sólo dio a entender el asombro que le producía la mera existencia de aquellas palabras y su revelación a través de la voz de un sacerdote.
Stephen cambió de tema.
-He traído algo para ti, paloma -y colocando el frasquito de perfume en la palma de su mano, agregó-: El perfumista me dijo que bastaban unas pocas gotas... Y ahora, levántate, pues abajo nos esperan para comer.
-Eres muy amable, Steve -dijo Mona.
Quiso añadir que se parecía, en cierto sentido, naturalmente, a Bennie Rampell... Pero la ocasión pasó. Irguiose, enjugóse los ojos con el blanco pañuelo de Stephen y del brazo bajó con él al comedor.
Las comidas de los Fermoyle consistían siempre en un solo plato, una vianda única y substanciosa, sin aditamentos inútiles. Apenas bendijo el Padre Steve la mesa comenzó Celia a amontonar en el primer plato bacalao y patatas aplastadas y a verter sobre él una verdadera cascada de huevo y una gran cucharada de legumbres en escabeche, para darle sabor y color.
En su casa servían, siempre, primero a Din. Aun en esa ocasión, en que comía con ellos su hijo sacerdote, sirvió Celia primero a su esposo.
-Un hombre hambriento está siempre enojado -dijo en tanto pasaba a Din el plato, bien colmado.
Sin aguardar a los demás, cayó él sobre la vianda con entusiasmo de sibarita.
-Como puedes ver, Steve, pocos cambios se han producido aquí -dijo entre dos bocados-. Todavía no hay quien supere a Florrie en la manera de verter el té. Nos lo sirve caliente, fuerte y negro -y extendió su taza hacia su hija mayor-, como me gusta a mí.
El elogio de su té hecho por el padre era un vestigio del tiempo en que la pequeña Florrie tenía el privilegio de acurrucarse en su regazo mientras leía aquél El Globo. Posteriormente nuevas hermanitas la desalojaron de aquel puesto, pero retuvo parte de las preferencias paternas al serle confiadas tareas que la tornaban en una segunda ama de casa. El servir el té era lo único que recordaba el cariño existente en otro tiempo entre el padre y la hija. Recordó entonces Steve la violenta riña provocada en cierta ocasión por su hermana Rita, cuando intentó servir el té. Ahora, en tanto veía desempeñar a Florrie su papel de vestal indiscutida, comprendió Steve que asistía a un piadoso ritual. El rubor de alegría que teñía las mejillas de Florrie, por primera vez esa tarde, distendió, también, su rostro. Y Steve comprendió, entonces, todo su amor frustrado por su padre, y se explicó su tensión y su mal humor.
-¿Qué impresión te ha causado Monaghan, tu pastor, Steve? -preguntó Din.
-Apenas he ido una o dos veces a Santa Margarita -dijo Steve-. Y aún no me ha invitado el párroco a pasar a su sala de recibo. A decir verdad, se mostró muy ceñudo al recibirme. Creo que no le agradan los rótulos en italiano pegados en mi maleta.
-Ya lo ablandarás -dijo Celia alegremente, demostrando una magnifica confianza.
-Me han dicho que es uno de los más grandes recolectores de dinero de la Diócesis -dijo Din.
Sólo un verdadero católico tenía el derecho de hablar así y Din, que era muy piadoso, aunque demostraba muy poco respeto, ejercitaba el derecho cuando lo consideraba oportuno.
-El Padre Monaghan no se parece, precisamente, a El Poverello -dijo, riendo, Steve-. Pero si consideramos que está construyendo una nueva escuela y piensa levantar la casa parroquial, cuando esté concluida aquélla..., debemos reconocer que necesita mucho dinero.
-La casa parroquial de la iglesia de Santa Margarita debe de tener noventa años -dijo Celia, que conocía todos los templos de la Diócesis-. Decayó mucho mientras fue párroco el Padre Ned Halley, un santo sacerdote. El umbral se hundió cuando fui allí para hacer de madrina de Delia Doherty, la segunda hija de Annie, en mayo de 1907, esto es, hace nueve años. ¿Han hecho algo desde entonces, Steve?
-Todavía se parece mucho a una barraca... pero el Padre Monaghan la ha mejorado notablemente, según me han dicho. La ha hecho pintar y ha renovado las cañerías de agua. Es un gran administrador.
-Y se las ha arreglado para comprar un Packard la semana pasada -observó Florrie-. Lo pagó al contado.
-El pastor de una parroquia importante necesita un buen automóvil -dijo el Padre Steve con firmeza.
-Su antecesor, el Padre Halley, no lo tenía -dijo Celia-. Iba a visitar a los enfermos a pie... Hundidos los pies en el lodo atravesaba toda la ciudad de Malden, sin llevar, siquiera, zapatos de goma. De haberlos tenido se los habría regalado al primer mendigo que encontrara, según decían.
Stephen Fermoyle miró a su madre con curiosidad.
-He oído hablar mucho del Padre Halley - Y su interés por conocer la etapa final de la vida de sus colegas le impulsó a preguntar-: ¿Qué fue de él?
-Se fue de aquí a cierto lugar próximo a Taunton..., no recuerdo ahora el nombre..., seguido por muchos feligreses francocanadienses. Delia Doherty, que fue a visitarlo, volvió diciendo que se había separado de la Iglesia Católica. Más tarde le envió un dólar, cierta Navidad, y luego no volvió a saber más nada de él.
Con la destreza de quien sospecha que pisa un terreno peligroso dio Celia otro giro a la conversación:
-Y ¿qué te parecen los otros curas?
-Creo que simpatizaré con ellos. Sobre todo con el Padre Paul Ireton. Es un excelente y pacífico sacerdote que cumple muy bien su labor de cura auxiliar... En mi opinión, le gustaría poseer una iglesia propia.
-Tendrá que aguardar mucho tiempo -dijo Dinn. La posibilidad de una áspera controversia endureció su mentón-. Si el cardenal, en su augusta sabiduría, decidiera subdividir las grandes parroquias y estrujar a varios viejos sacerdotes, a quienes bien conozco, par extraerles un poco de grasa, los sacerdotes jóvenes dispondrían de templos en seguida.
Sus ojos brillaron de esperanza. ¿Se lanzaría su elegante hijo, de frente altiva, sobre aquel anzuelo que incitaba a la disputa?
Fue Celia quien se arrojó sobre él.
-Cuando Su Eminencia necesite consejo respecto de los nuevos templos, irá a buscarlo a la cochera de tranvías -dijo, y sazonó tan fuertemente su bacalao con pimienta, que inició una serie de estornudos-. Perdón, hijo mío... Se me fue la mano con la pimienta... ¿Qué opinas del otro sacerdote?
-Es el otro -y sonrió Steve a medias- un modesto y piadoso individuo llamado El Lácteo Lyons. Le apasiona la música gregoriana y desea organizar un coro de canto llano, pero -y elevó Steve sus negras cejas, como quien mira con simpatía una cauda perdida- Monaghan no quiere saber nada del proyecto.
-¿Por qué le llaman El Lácteo? -preguntó Mónica.
-Porque su piel y hasta su voz recuerdan un reluciente vaso de leche. O es neutro o...
La respuesta del Padre Steve fue interrumpida por una poderosa voz que resonó en toda la casa:
-¡Stephen...! ¡Vaya! ¡De modo que estás aquí!
George Fermoyle, todo un hombre ya a los veinte años, arrojó un montón de libros en el aparador y se aproximó a su hermano con los brazos extendidos para saludarlo.
No se veían desde hacía cuatro años.
Se abrazaron y golpearon mutuamente como dos jugadores de rugby después de un touchdown. Luego se separaron para juzgarse a sus anchas.
-Dónde está aquel granujiento chiquillo que dejé al irme? -preguntó Stephen contemplando los anchos hombros, la gran mandíbula y la lisa piel de George.
-En el mismo sitio en que desapareció el seminarista con cara de urraca... ¡Vaya! Estás más grande y más buen mozo... Los pantanos de Roma..., mejor dicho, su aire marcial debe haberte sentado muy bien.
-Así debe ser, Gug... Siéntate y come un poco de ese bacalao patentado por Mamá... Es maravilloso... Y háblame de ti.
-Dispongo de muy poco tiempo, muchacho,- Y estiró George el cuello para mirar el reloj de la cocina-. La clase de Notas y Certificados comienza a las ocho... Pero como me quedaba una hora libre después de salir de mi empleo corrí hacia aquí para verte.
Sentóse George en el sitio que Celia y Florrie le indicaron y comenzó a comer el bacalao.
-Has cambiado mucho, Gug -dijo Steve-. Cuando dormía contigo en la cama de tres cuartos, en el desván, ni siquiera te movías. Ahora, en cambio, recorres cinco millas expresamente para venir a verme. Ego te absolvo... ¿Te agrada la jurisprudencia?
-Es una austera amante, Steve. Advocati nascitur non fit, como dijo Cicerón.
-Advocatus, Georgie. En latín como en inglés, sujeto y predicado deben concordar en número.
-Me explicaré -George apeló a los que le rodeaban-: en el caso de Cuello al Revés contra el Erudito Caballero, el acusado, o sea, yo, el Latinista, no tengo probabilidad alguna de vencer al profesional... ¿Recuerdas cuando pasabas la noche en vela preparándome en latín para mi ingreso en el Colegio de la Santa Cruz?... Me dijiste entonces qué verbos y qué parte de la sintaxis debía estudiar... Pues bien -y atrajo George a sus oyentes fascinados al círculo mágico de la anécdota-, cuando recibí el cuestionario en la escuela hubiera jurado que Steve lo había visto antes clandestinamente... Todas las preguntas que dijiste que me harían estaban allí... Sinceramente, Steve, ¿cómo te informaste?
-No conocía y las preguntas, George. Simplemente conocía al examinador: Lawrence Burke, de la Compañia de Jesús... Un terrible profesor. De modo que pensé en lo que un terrible examinador podía preguntar...
-Y ¡diablos!... El terrible examinador me preguntó, precisamente, eso -dijo Bernie y arrugó la cara al imitar el gesto de un irlandés de vaudeville.
Su grotesca expresión caricaturesca hizo reír a todos. Din, satisfecho de sus tres hijos varones, que parecían pasarse una pelota, en una especie de juego verbal, miró de soslayo a Celia.
Nuestros hijos, pareció decir su mirada. La escena constituía un regalo del cielo, algo que sólo podía ocurrir en el seno de una familia. Una segunda etapa de aquella cena feliz estaba ya a punto de iniciarse.
Din extendió de nuevo su mano con la taza para que su hija mayor volviera a servirle té.
-Otra taza, Florrie.
Gotas de té pendían en sus bigotes. Steve observó a Florrie en tanto se inclinaba ésta sobre su padre, servilleta en mano, para enjugarlas. Amor y censura confundianse en su expresión... ¡Pobre Florrie!
-Cuéntanos algo de la Ciudad Eterna, hijo -dijo Celia-. ¿Es tan maravillosa como dicen? ¿Está llena de santuarios y catedrales resplandecientes de cirios y es cierto que a toda hora del día y de la noche se ofician allí actos religiosos?
Stephen engulló un trozo de salado bacalao y de corteza de pan dulce.
¿Cómo describir con unas pocas frases, en una mesa familiar, la grandeza y perennidad de Roma..., sus monumentos temporales y su ansia de eternidad, con vocablos que Celia comprendiera?...
Al menos, debía intentarlo.
-Roma es más maravillosa aún de lo que dicen, Mamá. El tiempo sigue allá dos direcciones..., una, lleva al comienzo de la historia del mundo... La otra se dirige hacia el futuro, hacia algo que abarcará todo el mundo, universal. -Y, para adaptar su descripción a la mentalidad y las necesidades de su madre, agregó-: ¡Si vieras cuántas iglesias hay allá! Hay cientos de templos dedicados a santos desconocidos en América: Apollinare, Filippo Neri, Cosmas y Damián. Cada uno es un himno tallado en una piedra diferente.
-¿Los visitaste a todos?
-A la mayor parte, madre.
-¿Viste, también..., al Santo Padre?
-Muchas veces... En la coronación de Benedicto XV todos los seminaristas nos alineamos a lo largo de las naves de San Pedro. ¡Qué magnífica procesión! Dorados candelabros lanzaban llamas semejantes a las lenguas del Paracleto. En tanto descendía sobre nosotros la música de los coros acompañados por el órgano, cardenales de todas las naciones, luciendo sus grandes capas pluviales color púrpura, agitaban sus incensarios mientras se aproximaba Benedicto al trono del Pescador. -Stephen hizo una pausa para que su descripción adquiriese perspectiva-. ¿Y qué crees que ocurrió; de pronto, en medio de tan grandiosa escena?
-¿Qué pasó, hijo?
-Cuando el ritual se tornaba ya casi agobiador un monje con cogulla adelantóse hasta situarse frente al Papa y detuvo a la procesión elevando una mano en la que humeaba un trozo de estopa..., media pulgada de cuerda ardiendo.
Celia no comprendió el símbolo.
-¿Por qué hizo eso, Stephen?
-El trozo de estopa representa la fugacidad de las glorias terrenas condenadas a disiparse, a tornarse en puñado de cenizas en un segundo.
Celia suspiró.
-cuán maravillosamente bien explicas todas las cosas, Steve. Naciste con ese don... Cuando eras pequeño me explicaste un día cómo opera el pararrayos..., tan claramente que todavía lo recuerdo -y añadió-: Desde entonces no he temido jamás a los rayos.
-Será porque estás en perfecto contacto con la tierra, madre -dijo George.
Sólo Steve comprendió el retruecano.
Bernie, desconcertado, se regodeó con una rebanada de pan de jengibre untada con manteca y suspiró por sus canciones favoritas.
-¿Qué opinas de la guerra, Steve? -preguntó Dennis, con la esperanza de que el fino disertante diera un paso en falso y comenzase la anhelada controversio.
-Tarde o temprano nos veremos envueltos en ella -dijo Stephen con calma-. Mucho nos debe ya Inglaterra y los créditos crean compromisos. ¿No crees que no debemos permitir la derrota de nuestros queridos primos, los británicos?
La mano en que Din tenía el pan de jengibre detúvose a mitad de camino entre la mesa y su boca.
-¿A quien... dices que les hemos prestado?
-A los ingleses... Un billón de dólares... ¿No lo sabéis aún en Boston? ¿No lo ha dicho El Globo?
-No es verdad. ¿Dónde oíste semejante monstruosidad?
-Lo supe, primeramente, por boca del Monseñor Quarenghi, mi profesor de teología sagrada, cuando regresó el último otoño, después de la derrota británica en Mons. En su opinión, Wilson será obligado por los Morgan a unirse a los aliados y no podrá volverse atrás -Steve miró en torno de la mesa-. Es voz corriente en todas las cancillerias europeas... Wilson se halla en un lío, suele decir Quarenghi, dando a entender que una horrible brecha se ha abierto entre los ideales del presidente y la postura que los banqueros internacionales le están obligando a adoptar... Sin duda no estoy diciendo una primicia.
-Para mi lo es -dijo George.
Steve comprendió que también lo era para Din.
La mera idea de que América estaba prestando dinero a los cangrejos hizo temblar los bigotes de Fermoyle y apagó el brillo potente de sus ojos. Contra su costumbre, no dejó caer esa vez su puño sobre la mesa para refutar a su antagonista. Las palabras de Steve habíanle desarmado enteramente... Con todo, no podía convencerse de que hubiera encontrado su hijo una fuente de información más fidedigna que El Globo.
Durante un momento, abatido, mascó Din su pan de jengibre.
-¿Has recibido noticias de Ellen, mamá?
La pregunta de Steve fué como un disparo hecho al aire por un duelista.
Celia Fermoyle hurgó en el bolsillo de su delantal y extrajo una carta.
-La trajo el cartero esta tarde, Steve. Tu padre aun no la ha leído. Léela en voz alta, para todos, hijo.
Steve sacó una humilde hojuela de papel y contempló durante un momento la familiar escritura de su hermana: etérea, leve, casi vaporosa, como si su bondad la hubiese impelido a no oprimir demasiado la pluma.
Mis queridísimos padres y hermanos:
Sé que os alegrareis tanto como yo cuando os diga que estoy preparándome para hacer promesa solemne de consagrarme a Dios dentro de pocos días. Con la aprobación de mi Superiora he escogido los nombres Humilia Teresa. El primero para demostrar mis pocos méritos y el segundo en honor de la Gran Alma de la fundadora de la Orden. Os pido que oréis por mi, para que mis pobres ruegos personales sean reforzados por vuestras amadas oraciones.
Mi corazón rebosa de temor y alegría a medida que se aproxima el gran día. Os ruego que me creáis cuando os digo, mis queridos bienamados terrenales, que pienso en vosotros constantemente. También quiero que sepáis que jamás me siento sola al servir al Ser a quien he entregado mi corazón. Con creciente amor por vosotros, a través de Él, se despide.
Vuestra amante hija y hermana
ELLEN
La carta hizo vibrar una cuerda oculta en el corazón de cada miembro de la familia. En el de Dennis Fermoyle renovó la pena que experimentara cuando ingresó su hija en el convento. La carta indicaba que la perdía para siempre. Las reglas de la orden establecían que sus miembros debían aislarse enteramente del mundo y no volver a ver, siquiera, a su familia. Duro habíale resultado no ver más la suave presencia de Ellen. Nunca se había acostumbrado Din a la idea de la separación. En cuanto a Celia, se refería siempre, afligida, a sus débiles pulmones. ¿Cómo podría una muchacha tan enfermiza soportar el duro régimen de las carmelitas?
Florrie, por su parte, aunque no lo admitiese, había experimentado un verdadero alivio cuando partió Ellen para el convento: ello significaba que se iba otra rival que le disputaba el afecto de Din.
Stephen percibió el éxtasis místico de que estaba impregnado aquel pobre papel gris... Reconoció en su hermana la voz auténtica y rara de una verdadera mística que anhelaba perder su identidad al fundirse con un Ser más vasto y tornase una gota de agua dentro del inmenso mar del amor de Dios.
-Ojala tenga salud -dijo Celia-. La harán caminar descalza sobre frías baldosas... Y deberá hacer largos ayunos.
Steve la conformó.
-No te aflijas, Mamá. Los místicos son los seres más resistentes del mundo... ¡Vaya!... Santa Teresa, apenas comía... Escucha... Te contaré algo de su vida -y comenzó el Padre Steve a describir la vida y las obras de la santa-: Reformó la Orden de las Carmelitas, construyó conventos y dispuso de tiempo todavía para escribir su autobiografía... Y estaba, sin embargo, tan terriblemente enferma que debían llevarla de un lado a otro en una sábana.
-Debe de haber sido una mujer muy pura -dijo Celia.
-Más que pura, fue una santa... Y también un genio. La santidad era sólo una faceta de su personalidad... Fue Teresa una creadora, una artista tan grande como Rafael, Shakespeare y Dante y otro grandes hombres que han conmovido al mundo.
Solo George conocía aquellos nombres.
Para seguir oyendo a su hijo sacerdote, preguntó Celia:
-¿Por qué no hay santo hoy en día, Steve?
Celia sabía siempre estimular el afán de exhibicionismo de su hijo mayor.
-¡Vaya! En rigor, Mamá, parece que la santidad como vocación desapareció bruscamente de la tierra alrededor del año 1400... Muchos fueron los motivos... Un ejemplo: cuando Petrarca, de pie sobre una pequeña colina, concibió la idea de dedicar sus poemas, no ya a una dama celeste, sino a Laura, una mujer terrenal, comenzó a prevalecer una nueva tabla de valores... El geocentrismo y otro valores terrenales reflejáronse en las pinturas de Giotto y Masaccio... Extraño resulta ello cuando se piensa que poco más tarde demostró claramente Galileo que no era la tierra el centro del Universo.
Durante un momento creyó Steve contemplar el enjuto y castaño rostro de Monseñor Quarenghi, quien asentía a sus palabras como para estimularle. Era éste el tema predilecto de su profesor. Pero la visión se esfumó en cuanto advirtió Steve que su auditorio daba muestras de cansancio. Avergonzado de sus escarceos intelectualistas, calmóse el Padre Stephen.
No se hallaba ante Quarenghi, sino ante un grupo de personas comunes a quienes amaba profundamente... No era ése el momento de hacer gala de sus conocimientos... Debía pensar y hablar, en adelante, de manera de ser comprendido por los corazones sencillos y las mentes de quienes le rodeaban... Debía contener el Pegaso de la inspiración y hacerlo andar al paso lento de un rocín de coche de punto.
-A ver, Bernie, un poco de música -sugirió.
-Una magnífica y constructiva idea -dijo Din.
George atisbó el reloj de la cocina.
-Tengo que irme. De lo contrario, perderé la clase. Lamento arruinar la recunión -dijo, y besó a su madre. Luego tomó su montón de libros.
Steve le acompañó hasta la puerta de calle.
-Espero que nos veremos a menudo, George -dijo mientras estrechaba la mano de su hermano.
-Depende del tiempo de que usted disponga, Padre -contestó George, deslizando afectuosamente su brazo en torno de Steve.
Y echó a correr escalinata abajo.
Seguida por el doctor John Byrne, llegó Rita a la casa alrededor de las nueve. Morena como todos los Fermoyle, era más delgada que Florrie, menos frágil que Ellen y no tan bella como Mona. Pero era, sin embargo, la hermana predilecta de Steve, su antípoda vital, su equivalente emocional. Maestra en una escuela publica, mantenía un perfecto equilibrio entre la razón y la sensibilidad, cosa común entre las muchachas americanas de la clase media. Su rostro y su voz dejaron traslucir un gran placer cuando abrazó a su hermano.
-Steve... ¡Qué buen se siente una a tu lado! Eres hermoso... Las feligresas de Santa Margarita se van a volver locas por ti.
-Lo mismo dirás a todos los sacerdotes jóvenes -rió Steve-. ¡Hola, John! -y extendió su mano cordialmente al doctor Byrne, un hombre alto, huesudo y muy pálido, a causa de sus tareas de médico interno. Su frente trascendía una auténtica probidad; un amigo ideal para la familia.
Me alegro de su regreso, Padre Steve -y el doctor Byrne se sentó quedamente en el sofá, para permitir que la cargada atmósfera reinante en la habitación se despejara.
La corriente que unía a Rita y Stephen era polar: no existía rivalidad alguna entre ellos. Se contemplaban y trataban muy afectuosamente, sin tensión, porque no competían en ningún plano.
Mostró la joven a Steve su anillo de compromiso: delgado aro de oro, en el que brillaba un minúsculo diamante engastado en la bruñida y áurea circunferencia.
Jamás había visto Steve una piedra más pequeña. Recordó entonces la vieja frase jocosa: El amor es ciego como la piedra. Pero no se atrevió a repetirla en voz alta para no enturbiar la felicidad de Rita.
-Es hermoso -murmuró.
-Nos casaremos en cuanto termine John en Maternidad.
Steve se dirigió, entonces, a John:
-He oído decir que es una de las mejores de Boston... Yo creía que las del Back Bay Brahmins monopolizaban esas tareas.
-No pueden rechazar pacientes -dijo Din.
Un doloroso calambre avanzó por las venas de su pierna hinchada y se reflejó en un movimiento de su boca. Pensó, entonces, que le convendría irse a la cama antes que la mirada profesional del doctor John se detuviera en él más largamente. Bajó la pierna de la silla y comenzó a ponerse de pie. Pero su misteriosa actitud despertó el ojo clínico del doctor Byrne.
-¿Siempre el dolor en las venas, Mr. Fermoyle?
-Apenas una punzada de vez en cuando.
Celia, sintiéndose rodeada de aliados, intervino:
-Que el Espíritu Santo te perdone, Dennis Fermoyle, por la mentira que acabas de decir -Y volviéndose a Steve-: Tiene unas protuberancias como huevos en la pierna... Y dice que no tiene nada.
-¿Cómo huevos?... -dijo Steve-. Si hubiera algún médico en la familia...
Gravemente aceptó el Dr. John Byrne la invitación.
-Las várices pueden tornarse peligrosas, Mr. Fermoyle.
Y poniendo una mano sobre el hombro de Din-: ¿Qué le parece si subimos para echarles un vistazo?
No había escapatoria para Din. Con el aire huraño de un oso bigotudo subió cojeando la escalera con Steve. El doctor los seguía.
-Desvístase y métase en la cama -dijo el doctor Byrne.
Poco después sus huesudos dedos y su impersonal mirada palpaban clínicamente la pierna derecha del Dennis Fermoyle y tomaban nota del feo aspecto de las venas, azules y distendidas, agarrotadas... Luego movió en uno y otro sentido su pie, lo dobló suavemente en el tobillo y oprimió con un dedo el arco de la rodilla.
-Se ha descuidado usted mucho. Ahora hay que operar, Mr. Fermoyle.
-¿En el hospital?
-Sí. Mejor será en el hospital, Mr. Fermoyle... Es una operación sencilla. Los hermanos Mayo la están practicando con mucho éxito... Y yo mismo he obtenido buenos resultados... -el cirujano Byrne opinaba que había que explicar los detalles a los pacientes-. La operación consiste en cortar la vena enferma y mantener al paciente en cama hasta que la sangre se encauce por la venas menores hacia el corazón. En dos semanas se hallará usted bien.
-¡Dos semanas! -vivamente excitado, intentó Dennis Fermoyle levantarse de la cama-. ¡No!... ¡No!... No podría pasar yo dos semanas afuera.
Steve le contuvo, colocando una mano sobre el pecho de su padre.
-Debes afrontar el caso de esta manera, Papá: o dos semana ahora en el lecho..., o... -y se volvió hacia el doctor Byrne para que confirmara sus palabras- o toda la visa en cama, lleno de dolores y con muletas, quizá. No podrás manejar tu tranvía con muletas... ¿Qué prefiere ser: inválido o motorista?
Din contemporizó.
-Costará mucho -gruño.
-Dos dólares por día la cama -dijo el doctor Byrne-. Yo nada le cobraré.
-Es usted muy bueno, doctor. Pero... -Din luchaba por zafarse de la trampa.
-Pero ¿qué? - preguntó Steve.
Comprendió éste que no era el dinero lo que preocupaba a su padre... y que tampoco se negaba Din por mera testarudez.
-¿Qué le parecen las medias de goma? -un ingenio diabólico habíase posesionado de Din esa noche.
No acostumbraba el doctor Byrne empeñarse en inducir a toda costa a sus enfermos a ser operados.
-En mi opinión, de nada le serviría ya a su pierna una media de caucho... Pero si quiere usted probar... -y sacó una estilográfica del bolsillo del chaleco y escribió un nombre y una dirección en una tarjeta-. Vaya a ver al señor McGuire. Él le dará lo que necesita.
Y dejando caer la tarjeta en un escritorio, salió el doctor John.
Ya a solas con su padre, estalló Steve:
-Eres tan testarudo, Papá, como el cerdo de O'Shaugnessy... ¿Para que dices tonterías? ¿Por que hablaste de gastos y de las medias de goma? Sinceramente, dime: ¿por qué no quieren atención médica?
Dennis Fermoyle rió burlonamente.
-¿Estamos en el confesonario?
-En un confesionario en que padre e hijo hablan francamente... ¿Por qué te niegas, Papá?
Dennis tomó la fina mano de su hijo entre sus callosas palmas.
-Siéntate en la cama, Steve, y escúchame... Quizá no comprendas... No es extraño que un joven, aun siendo sacerdote, no comprenda... Es necesario vivir más para ver claro.
Din vaciló.
-La verdad es, Steve, que Marty Timmins, desde que murió su esposa, se dedica a robar centavos a la compañía.
-¿Qué tiene eso que ver con tus várices?
Din clavó su vista en el cielorraso.
-No te imaginas, hijo mió, el vínculo que une a dos hombres que han recorrido en el mismo vehículo un millón de millas. Llegan a ser complementarios... Hasta dos animales que tiran del mismo carromato experimentan un sentimiento parecido... ¡Vaya! En tanto no le quito el ojo de encima, Marty procede honesta y rectamente... Pero si lo dejara solo dos semanas, comenzaría a guardarse las monedas de la compañía y le prenderían por ladrón... Iría a parar a la cárcel... Por eso no puedo alejarme de él, Steve.
-¿Has hablado de ello con él?... ¿Le has prevenido contra lo que podría ocurrirle?
-Muchas veces... Cuando me oye hablar así, llora, y me promete que no se dejará tentar... Pero al día siguiente me dice que se siente tentado de nuevo. Es una lucha interminable Steve. En cualquier momento puede sucumbir a la tentación. Para mí es un placer ayudarle en los instantes difíciles.
El locuaz Padre Stephen Fermoyle quedó mudo.
¿Qué podría responder a aquel hombre grande y testarudo tendido en el lecho? Imposible era resolver el problema de la debilidad de Marty o liberar a Din de su deber de ayudar a su abúlico amigo. ¿Cómo habría enfocado aquel problema Monseñor Quarenghi?... ¿Había algo en Aquino o Ligorio aplicable al caso? Los ojos de Steve recorrieron el miserable cuarto y terminaron por descansar en un pequeño crucifijo de ébano que pendía sobre la cama de su padre, en el descolorido papel del muro.
-Probaremos las medias de goma durante un tiempo -dijo.
Habría podido decir a aquel hombre muchas cosas sobre el empréstito británico de guerra, la influencia de Petrarca en el pensamiento occidental y los rumores que poblaban las cancillerias europeas, pero nada podía añadir a su interpretación personal del Sermón de la Montaña.
Dió, pues, las buenas noches a su padre y cerró muy suavemente la puerta del mal ventilado dormitorio.
Mientras descendía por la escalera en dirección a la cocina, reinaba ya en la planta baja el silencio que se posesionaba de la casa a partir de las diez de la noche. Bernie había ido al Gamecock. Florrie y Mona se habían acostado y el doctor Byrnes y Rita aprovechaban en lo posible la soledad de que disfrutaban en la sala de recibo. En la cocina Celia Fermoyle amasaba. Rápidamente lanzaba de una mano a la otra el amasijo antes de ponerlo en la asadera. La mujer que amasaba su propio pan dirigió una mirada profundamente maternal a su hijo. Siempre se mostraba afable, jamás enojada. En ese momento preocupábale la salud de su esposo.
-¿Qué dijo el doctor John de la pierna de Papá?
-Le aconsejó usar medias de goma.
Celia metió un pan ovalado en la asadera.
-Lizzie Gillen dice que la alivian mucho. Siéntate, Stevie y como un poco de pan con melaza, antes de ir a dormir.
-¿Ensortijará mis cabellos?... Así me decías cuando era yo pequeño, mamá.
Sentóse Stephen sobre la mesa de la cocina y contempló a su madre mientras sacaba ésta el pan y la melaza. Estaba despeinada ya y su oscura piel habíase tornado purpúrea, según podía verse a la luz de la desnuda bombilla eléctrica. Los nudillos de sus dedo estaban rojos y agrietados. Sus uñas, descuidadas. En tanto se movía en la cocina parecióle a Steve que había perdido algo de su elasticidad de antaño.
-Debes de estar cansada, Mamá.
-No -dijo ella alegremente-. Hace una hora sí... Pero en este momento me hallo perfectamente bien. Florrie lavó los platos... Hacer un poco de pan no es un trabajo del otro mundo... Una noche de descanso bastará para que mañana me sienta como nueva.
¡Siempre tan baladrona! Steve se enorgullecía de aquella herencia más que de un tesoro.
Celia cortó el pan, vertió melaza en un platillo y se sentó, por último, frente a su hijo. Sus antebrazos, todavía rollizos y bien formados, reposaron sobre el hule estampado. Sus ojos, castaños como el líquido que acababa de verter, estaban fijos en su hijo sacerdote, en tanto éste pasaba una rebanada de pan casero por el resto de melaza que quedaba en el platillo.
-¿Recuerdas cómo solía yo engullir melaza? -preguntó el.
-Nada de lo que hacías he olvidado, hijo mío: las funciones que dabas en la oscura despensa, con la linterna mágica, la máquina de imprimir que tenías en el sótano, tu telescopio en el desván, los conejos en el patio trasero, tu mandolina en la sala de recibo, los caramelos que hacíamos en la cocina, el juego de béisbol en el verano y el hockey en el invierno, los bailes, los cantos a la manera tirolesa..., y la época en que deseabas ser ventrílocuo... Tampoco he olvidado la pila que hiciste para el timbre de la puerta de calle, el trineo con el que casi se mató Mona cuando descendiste con ella la Crescent Hill y el hilo telefónico que colocaste en el patio trasero... Todo lo recuerdo, hijo mió... Hasta las muchachas que te gustaban y las que se volvían locas por ti.
celia hizo una pausa en su nostálgica enumeración de recuerdos y dirigió a su hijo una mirada inquisitiva.
-Desde que me dijiste que deseabas ser sacerdote he querido preguntarte algo, Steve... Quizá no reciba la respuesta que espero... Pero dime, hijo, sinceramente..., ¿influyó mi deseo de que fueras sacerdote en su decisión?
Stephen meditó durante un momento.
¿Se atrevería a revelar a su madre la dura verdad? ¿Osaría decirle que un amor más inmenso aun que el que sentía por ella habíale impelido irresistiblemente al sacerdocio uniéndolo a él de por vida?... ¿Cómo explicarle que la profundidad y la fuerza de aquel gran amor eran insondables? ¿Cómo decirle que henchía todo su ser, que lo dominaba totalmente y era más fuerte que el que podía sentir el mejor hijo por su madre?
Con la mayor franqueza posible se dirigió a la fatigada mujer que estaba sentada frente a él.
-No, madre. Tu deseo de que fuera yo sacerdote no influyó en mi decisión. Cuando era yo ás joven solía hacerme la misma pregunta que acabas de dirigirme. Pero ahora estoy seguro de que sólo aspiro a ser sacerdote sobre la tierra. He ahí la simple verdad … Y jamás cambiaré de idea.
Temblaron ligeramente los rugosos extremos de la boca de Celia.
-Esa es la respuesta que aguardaba, Steve. Hay madres que insisten de tal manera en que sus hijos sean sacerdotes que ellos, por amor filial o por debilidad, confunden ese cariño con una verdadera vocación y son, después, muy infortunados.
La voz de Celia Fermoyle dejó traslucir su gran coraje y su buen sentido. No obstante, Stephen comprendió que su respuesta habíale producido cierta desilución.
¡Vaya! Trataría de hacerle llevadera aquella idea de la manera más amable posible.
-Te dedicaré mi primera misa, que oficiaré mañana -comenzó a decir y echó, de pronto una ojeada al reloj de la cocina.
-¡Las diez y media! Monaghan me matará. Debo entrar en servicio a las once.
Y, luego de asir rápidamente su negro gorro colgado en la percha inclinóse para besar la mejila de su madre.
-Dame tu bendición, hijo mío.
Hizo Steve el signo de la cruz sobre la inclinada cabeza.
-Bendíceme tú, ahora, madre … Valdrá más que la mía.
Mientras se dirigía rápidamente hacia los cobertizos por la Woodlawn Avenue sentía aún la presión del pulgar de su madre al hacer el signo de la cruz en su frente.
Una ligerísima lluvia primaveral caía de lo alto. Un indescriptible júbilo y un exhuberante sentido del deber hacían casi correr a Stephen.
Cuando vio la luz delantera del tranvía deslizándose fuera del cobertizo echó a correr y se encaramó en aquel de un salto.
Mientras el vehículo saltaba en dirección de la Mulden Square, leyó Stephen el oficio del día. Luego cerró su breviario. El eco de los maitines seguía resonando en sus oídos:
"Yo soy la vid, repetía el eco, y nosotros las ramas. Quien mora en m da muchos frutos. Aleluya. Aleluya."
Poco después entraba Stephen Fermoyle en la casa parroquial del templo de Santa Margarita y ascendía en puntas de pie, por la escalera cubierta por una delgada alfombra.
El reloj del cuarto del Padre Monaghan dio la hora. La puerta estaba ligeramente abierta.
De pronto, en lo alto de la escalera apareció una figura voluminosa: la imponente presencia de William Monaghan.
-¿A esta hora acostumbra usted entrar en servicio, Padre Fermoyle? -preguntó el párroco con tono sarcástico y fanfarrón.
![]() |
![]() |
Agregado el 05-07-2006