José Artigas


I. EL TIEMPO DEL CAUDILLO.

 

Una elemental cortesía rioplatense ha evitado que la historiografía liberal de este lado del estuario haya proseguido lanzando contra Artigas las invectivas que inauguraron Mitre y López. Los uruguayos han inferidos a Artigas la condición de héroe nacional y eso reviste al caudillo oriental de una suerte de inmunidad póstuma. Si no hubiera sido así, si Artigas no fuera el "héroe epónimo" de las efemérides escolares y las reiteradas ofrendas florales en la Plaza Independencia, aún estaría sepultado por la versión liberal de la historia.

Sin embargo, aunque su tranquilizadora profesión de héroe nacional lo salve del destino que corrieron otros caudillos de su laya, es difícil encontrar en nuestros historiadores académicos el cabal reconocimiento de las dimensiones del Protector de los Pueblos Libres, en verdad excepcionales. Porque fue, realmente, el fundador del federalismo rioplatense, estuvo infundido por una obsesión emancipadora que lo aparea con San Martín o Bolívar y pasó con dignifad la prueba suprema del infortunio, que es la definitiva piedra de toque para evaluar la calidad humana de los conductores de pueblos.

No debe extrañar la inclusión de Artigas en esta corta galería de caudillos argentinos. Toda su lucha estuvo enmarcada en el contexto nacional, del que jamás quiso salir. Como se verá más adelante, la actitud de Artigas no fue nunca separatista -mal que pese a los autores de su leyenda negra- ni aceptó los ofrecimientos que se le hicieron para constituir la Banda Oriental en una entidad nacional independiente. Cabe bien, entonces, el protector de los Pueblos Libres al lado de otros jefes populares argentinos ya que no podemos sentir como ajeno a este oriental eminente -como no lo sentimos al país que se creó sobre la provincia cuya autonomía defendió con tenacidad.

La historia de Artigas está imbricada con la historia de nuestros primero pasos independientes. Tenía 47 años cuando ocurrió la Revolución de Mayo. Había nacido en Montevideo, de una familia de estirpe aragonesa. Su abuelo había venido con el fundador de la ciudad y fue estanciero y a veces militar, condición que también ejerció su padre. Gervasio José de Artigas 1 trabajó desde joven en tareas camperas, en estancias propias o ajenas, mientras prestaba servicios más o menos permanentes en el cuerpo de blandengues, especie de policía rural creada para defender la campaña oriental de las incursiones de indios, portugueses y cosntrabandistas. Durante veinte años recorrió el futuro caudillo las cuchillas de la Banda Oriental en estas funciones, ascendiendo lentamente y a través de varios años al grado de capitán hacia 1810.

Se había casado en 1805 con una prima suya, de la que sólo hubo un hijo varón; años atrás había engendrado un hijo natural con una muchacha de la campaña. No fue el suyo un matrimonio feliz; su esposa cayó al poco tiempo en un estado de demencia del que salía raramente. Hacia 1810 era Artigas un hombre prestigioso en su comarca: la conocía como pocos y contaba en ella relaciones y sólidos compadrazgos. Durante las invasiones inglesas había desempeñado un brillante papel, permaneciendo insumiso durante todo el período de ocupación británica, llevando y trayendo mensajes de Liniers. Aunque no tenía una posición económica desahogada, contaba con un discreto pasar. Se supone que en esos tiempos era Artigas un hombre de buena planta, pero lo cierto es que no hay retratos auténticos de él; ni de éstos ni de posteriores años. Los artistas uruguayos han tenido que alimentar el natural patriotismo de su país con composiciones que presentan a su fundador como un gallardo cuarentón, de cuadrado rostro y espesas cejas; en realidad, el único retrato del natural data de 1848, cuando Artigas tenía 84 años. Parece una viejita desdentada, afilado el rostro, gastado ya por el tiempo y el silencio. Testigos de la época lo describen como "un hombre... de figura agradable" y también como "de regular estatura, ancho y cargado de espaldas, de rostro agradable, algo calvo, de tez blanca...". Durante sus campañas no solía vestir uniforme militar, magüer la inconografía habitual, sino una levita azul con botones militares, sobre la cual ceñía su sable.

Cuando se produjo en Buenos Aires la deposición del virrey Cisneros y la instalación de la Primera Junta, los orientales que miraban con simpatía estas ocurrencias hablaron con Artigas para inducirlo a encabezar un movimiento afín en la región sujeta a la jurisdicción de Montevideo. Poco se sabe de estas conversaciones; pero lo cierto es que a mediados de febrero de 1811 Artigas abandona su regimiento de blandengues, situado en la Colonia, costea el Uruguay acompañado de dos amigos porteños y de Paysandú cruza a Arroyo a Santa Fe y llegar a Buenos Aires en los primeros días de marzo. En la ciudad porteña, ofrece sus servicios a las autoridades de la Junta y un mes después reaparece en su patria, ascendido a teniente coronel de blandengues y dispuesto a cooperar con las fuerzas que debían moverse en la Banda Oriental contra el poder realista asentado en Montevideo.

Comenzaba así la carrera de este singular personaje cuya pertinacia y férrea voluntad habría de dar muchos disgustos a los dirigentes porteños. "Artigas será el caudillo de mayor prestigio en el litoral argentino, el primer hombre que levantará las masas y el primero que infundirá un aliento popular a la revolución, sacándola del conciliábulo y la trastienda en que se había mantenido hasta entonces. Será también Artigas el primero que rechazará la máscara de Fernando y pedirá que sea declarada la independencia de las provincias" dice J. L. Busaniche. Porque conviene advertir desde ya que en los nueve años de su actuación en el escenario mayor de esa época, Artigas libró invariablemente una lucha orientada en dos direcciones: contra el enemigo externo -llamáranse españoles o portugueses- y contra el poder centralista de Buenos Aires. Emancipación y federalismo serían, entonces, los dos objetivos perseguidos por Artigas con una constancia y una lucidez asombrosas.

Y también conviene insistir que su actitud federalista nunca cayó en el separatismo: Artigas jamás aceptó la idea de hacer de la Banda Oriental un estado segregado de la antigua comunidad virreinal. Incluso rechazó ofrecimientos que en tal sentido se le formularon desde Buenos Aires. Fue entrañablemente argentino (si puede usarse esta palabra en relación a aquellos años de confusas determinaciones nacionales) y además practicó un tipo de democracia mucho más sincera y auténtica que las ficciones rousseaunianas que manejaban por entonces los dirigentes de la revolución.

Porque el prestigio de Artigas era de ésos que denamizan una causa por el solo hecho de pronunciarse; su deserción de las filas realistas había sido como una tácina seña para el paisanaje de la campaña. Cuando repasa el río Uruguay ya están levantándose decenas de espontáneos contingentes. Los españoles, sorprendidos por el súbito pronunciamiento del país vánse retirando hacia Montevideo: la toma de San José es la primera victoria importante de los patriotas. Muere en ella un hermano de Artigas y su resultado pone al caudillo a la vista de Montevideo. Y es entonces cuando recibe un ofrecimiento de las autoridades españolas: el grado militar que quiera, una fuerte suma de dinero y la jefatura de la provincia oriental. No es el primer soborno que se le ofrecerá, ni será la única vez que lo rechace con palabras indigadas.

El 18 de mayo de 1811 se formaliza la primera gran batalla de la campaña, frente a Las Piedras. Casi diez horas dura el encuentro, librado con un feroz entusiasmo por las bisoñas tropas de Artigas. Este aprisionó personalmente al jefe español y debió entreverarse a veces en las líneas para frenar el excesivo fervor de sus hombres. La derrota española fue total y cuando Artigas puso sitio a Montevideo -con el flamante grado de coronel discernido por la Junta de Buenos Aires en premio a la victoria- pareció que la rendición de la plaza era el coronamiento lógico de aquella fulminante y exaltada excursión militar. Pero el virrey Elío era un español empecinado y valiente: armó la defensa de la ciudad y esperó. En junio llega el general Rondeau enviado por la Junta de Buenos Aires para hacerse cargo de las fuerzas que Artigas había organizado y llevado al triunfo: el coronel de blandengues le entrega el mando y continúa sirviendo a sus órdenes. Sólo faltaba un último esfuerzo para derribar el baluarte de la resistencia realista en el Río de la Plata.

Y entonces ocurre lo increíble. El primer Triunvirato -que había sustituido a la Junta- firma con los sitiados un tratado incalificable, reconociendo la "unidad indivisible de la monarquía española... que no tiene otro soberano que el señor Don Fernando VII" y comprometiéndose a retirar las tropas patriotas de la Banda Oriental en toda su extensión, reconociendo al virrey Elío jurisdicción sobre este territorio y los pueblos entrerrianos situados sobre el río Uruguay.

¿Qué había ocurrido? Resultaría extremoso relatar los pormenores de las intrigas que precedieron a ese absurdo armisticio con un enemigo casi vencido. Sólo apuntaremos que en el asunto anduvieron el desaprensivo Manuel Sarratea, miembro del Triunvirato de Buenos Aires y Lord Strangford, ministro británico ante la Corte portuguesa de Río de Janeiro; y que la política de los dirigentes  porteños, siempre timorata en todo lo relativo al proceso emancipador, les hizo admitir la clausura del frente oriental ante el mal suceso del ejército patriota derrotado en el Alto Perú. Lo cierto es que el armisticio con los realistas de Montevideo permitió a éstos mantener durante tres años una pistola apuntando al corazón de la Revolución y además, abrió la primera fisión de desconfianza y decepción entre la autoridad de Buenos Aires y Artigas. Pues el jefe oriental no se resignó a aceptar las consecuencias de un instrumento que restauraba el antiguo orden de cosas en su provincia. De todas partes llegaban familias a cobijarse bajo su protección, eludiendo la restauración del poder español y huyendo de los portugueses -que, aprovechando la guerra, estaban ocupando distraídamente el territorio oriental, como solían hacerlo desde mucho antes y lo seguirían haciendo hasta mucho más tarde. Una enorme peregrinación popular empezó a caminar lentamente al lado de Artigas por la costa del río Uruguay; en algunos pueblos sólo quedaban los viejos para morirse. Casi mil carretas transportaban a no menos de 16.000 personas -hombres, mujeres, niños- con sus ganados y pertnencias. Cruzaron el río, y se instalaron en improvisados vivacs hasta asentarse bajo los palmares del arroyo Ayuí, cerca de la actual Concordia. Había trascendido Artigas su condición de jefe militar para convertirse por espontánea decisión de sus paisanos, en un conductor de pueblos. En el caos inaugural del campamento del Ayuí el nombre del caudillo adquiría un prestigio legendario que habría de extenderse por las Provincias Unidas. Se afirma, también, un proceso de ruda democracia agraria cuyas líneas habrían de contraponerse más agudamente con la política que desde Buenos Aires manejaban los dirigentes del Triunvirato; los mismos que luego serían derectoriales y más tarde unitarios. Un bullente proceso popular, emancipador y regionalista hervía en el Ayuí y su expresión cabal era el antiguo blandengue, convertido por la fuerza de las cosas en el vocero de un pueblo que se intuía traicionado o al menos mal interpretado por sus lejanos y desconocidos dirigentes.

Sin embargo, todavía Artigas reconocía formalmente su dependencia de las autoridades de Buenos Aires, recibía de ellas algunos auxilios y alojaba en su campamento a Sarratea -el fautor del tratado de la derrota- designado ahora general de las fuerzas que debían intentar la toma de Montevideo, roto ya el armisticio con Elío. Tres meses pasa el flamante "general" en el campamento artiguista, intrigando con la oficialidad del caudillo y tratando de anular su predicamento. Artigas había formalizado, en su desconcierto, un acuerdo con el Paraguay, ya consolidado en su actitud aislacionista: este hecho, que no tuvo trascendencia en ese momento, pero inauguró una política que seguiría después el Partido Blanco hasta sus últimas consecuencias, ahonda la desconfianza entre el jefe oriental y los dirigentes porteños. Las negociaciones con Sarratea se arrastran todo el invierno de 1812; son inoperantes pero sirven para que Artigas elabore progresivamente su pensamiento federalista. Y contribuyen también a agriar su carácter, naturalmente receloso e introvertido, al punto de devolver sus despachos de coronel a Buenos Aires.

Entretanto, en octubre de 1812 el primer triunvirato es sustituido por otro y el general Rondeau -nominalmente segundo jefe de Sarratea- arriba a la Banda Oriental con un pequeño ejército. Después de ganar la batalla de Cerrito, Rondeau traba en diciembre un riguroso sitio de Montevideo. El nuevo jefe patriota, viejo amigo de Artigas, comprendía la importancia de la colaboración del caudillo oriental: harto de las intrigas de su "general", dio un corte militar a la situación de Sarratea obligándolo a marcharse; lo que hizo el ex triunviro no sin declarar por su cuenta traidor a Artigas. Apenas alejado Sarratea, las fuerzas del jefe oriental -que ya estaban en las cercanías de Montevideo esperando la definición de su situación- se unen jubilosamente al ejército de Rondeau, rodenado la ciudad con un anillo de hierro que los realistas debieron ver como un ominoso presagio de derrota: una derrota que todavía demoraría un año y medio. En ninguna región de las Provincias insurgentes se llevaría la lucha emancipadora con una grado tan alto de adhesión popular. Sólo en la frontera norte, años más tarde, otro caudillo popular lograría convocar el fervor de los paisanos en torno a la lucha por la independencia con el mismo éxito conseguido por Artigas en la Banda Oriental.

 

Deliberaba en Buenos Aires, desde enero de 1813, la Asamblea General Constituyente prometida a los pueblos desde 1810; la que la historia conoce como "Asamble del año XIII". el envío de los diputados orientales estuvo precedido por un compulsa popular exhaustiva para la época; veintitrés pueblos eligieron sus representantes, que se reunieron en Tres Cruces, en la vecindad del campamento sitiador. Artigas pronunció levantadas palabras ante la asamblea regional: "Mi autoridad emana de vosotros y ella cesa por vuestra presencia soberana" -dijo-. Durante varias jornadas los representantes estudiaron los puntos que deberían presentar los diputados orientales a la Asamblea General y las instrucciones a que deberían ajustarse. Estos documentos tenían un contenido que sería explosivo para los sinuosos dirigentes porteños: exigían la declaración de la independencia absoluta de España, la organización de estas provincias en un sistema federativo, la designación de una capital que no fuera Buenos Aires... Posteriormente Artigas precisará otras pretensiones: que las tropas porteñas enviadas a la Banda Oriental tengan carácter de meras auxiliares de las locales, que Rondeau continúe al frente de todas las fuerzas patriotas, que los pueblos de las Misiones, ocupados todavía por los portugueses, sean considerados como sujetos a la juresdicción de Montevideo. La reunión de Tres Cruces se disuelve después de designar al caudillo "gobernador militar". Y Artigas y sus tropas juran frente a Rondeau su fidelidad a la Asamblea.

A fines de mayo los diputados provinciales parten a incorporarse a la Asamblea: en junio, el cuerpo rechaza sus diplomas con razones curialescas. La verdad es que las instrucciones de los diputados de la Banda Oriental eran indigeribles para este cuerpo, dominado por una excesiva timidez para toda decisión que no se situara en el plano puramente retórico. El rechazo era una nueva bofetada al jefe de los orientales, agravado por un simulacro de elección de nuevos diputados que debió amañar Rondeau obedeciendo órdenes de Buenos Aires, con expresas instrucciones de impedir que ningún artiguista integrara la representación... Súmense todos estos agravios a la represión que el gobierno de Buenos Aires había ordenado perpetrar en la costa del río Uruguay contra los elementos considerados artiguistas y que se desarrolló sangrienta y prolijamente durante todo el año 13, y se comprenderá que la paciencia del caudillo -que ciertamente no era mucha- estaba ya agotada. En Buenos Aires no entendían que el jefe oriental exigía solamente una razonable cuota de autonomía para su comarca y cierta ayuda para terminar con los españoles de Montevideo y con los portugueses que usurpaban todavía las Misiones y el norte del territorio. A cambio de estas concesiones -y alguna más destinada a salvar su lastimada vanidad- Artigas ofrecía la absoluta adhesión de la provincia oriental a la confederación que debía organizarse sobre la base de la independencia y la igualdad recíproca. En Buenos Aires, todo esto se oía con escándalo: la sola idea de una federación parecía anárquica y se tildaba de bárbaro y salvaje a todo el que osara oponerse a la política de los dirigentes porteños que conducían el proceso de la revolución. Además, las exigencias de una pronta declaración de independencia enredaban los complicados hilos de las intrigas diplomáticas que se desarrollaban por entonces en Europa por parte de agentes de Buenos Aires; del mismo modo que las exigencias republicanas de los lugartenientes de Artigas echarían a perder, años más tarde, los negociados monarquistas del Directorio. Todos estos equívocos y malentendidos, todos estos desaires y agravios separaban cada vez más a Artigas actitud separatista. Pero en los hechos se estaba convirtiendo en el protagonista provinciano de la oposición contra Buenos Aires, cuya política e intereses no variaban aunque cambiara su gobierno y se llamara ora Triunvirato, ora Directorio.

Todos estos antecedentes ayudan a comprender el progresivo distanciamiento entre Artigas y Rondeau, representante militar del gobierno de Buenos Aires. El caudillo desconoce el congreso reunido por aquél y explica a los cabildos del territorio oriental su posición. día a día se agrava el conflicto entre los dos jefes: hay recelo en el campamento patriota entre las fuerzas que dependen de uno u otro. Al fin, en enero de 1814 el caudillo oriental se aleja del campamento sitiador. Solo, sin escolta siquiera, se dirige hacia la costa del río Uruguay, por donde presume que puede venir el ataque que Buenos Aires le está preparando desde Entre Ríos. A la noticia de su marcha, sus partidarios empiezan a abandonar en pequeños grupos las posiciones e instintivamente siguen su itinerario: todo el regimiento de blandengues deserta, además de otras fuerzas. Es una grave actitud -abandono del campo frente al enemigo- que los historiadores académicos han reprochado acerbamente a Artigas, sin intentar señalar sus elementos de comprensión. Se han cebado en la deserción de Artigas frente a los realistas como si fueran el el eco del Director Posadas -nuevo titular del poder ejecutivo de las Provincias Unidas- que al saber su marcha lo declaró infame, traidor y enemigo de la Patria, lo puso fuera de la ley y ofreció 6.000 pesos a quien lo entregara vivo o muerto...

Los realistas de Montevideo quieren aprovechar esta bolada y hacen nuevas gestiones ante Artigas y algunos de sus lugartenientes para obtener su deserción de la causa patriota. "Basta ya de sufrir el duro rigor de la intemperie -le escribe el Cabildo de la ciudad sitiada- de la desnudez, del hambre, de las miserias y demás infortunios". Se le ofrecen distinciones y el grado de general. Pero Artigas es un disidente: no un traidor. Con sus 3.000 hombres organiza la defensa de la línea del río Uruguay y se dispone a pasar a Entre Ríos para apoyar desde allí la guerra que sus jefes están llevando contra las fuerzas porteñas -mandadas por el barón de Holmberg, alemán. Su abandono del sitio le birlaría la gloria de entrar triunfante en Montevideo, que quedó reservada a Alvear.

En los primeros meses de 1814 los jefes artiguistas habían derrotado ya a todas las fuerzas directoriales que operaban sobre Entre Ríos y Corrientes. Estas derrotas alarman en Buenos Aires; los dirigentes porteños caen en cuenta que pueden acelerar el malestar ya existente en muchas provincias, el mismo que estallará un año después en Fontezuelas. El Director Posadas se ve obligado a negociar con el "infame traidor a la Patria". Envía emisarios de paz que encuentras a Artigas en un plan de verdadera moderación: sólo exige que se derogue el decreto infamante contra su persona, que no se moleste a los pueblos de Entre Ríos, Corrientes y de la Banda Oriental y que se advierta que la proclamada independencia de estos pueblos no importa una independencia nacional. Tan razonables parecieron sus pretensiones, que los enviados firmaron de inmediato un tratado con Artigas. El caudillo devolvió sus prisioneros y asumió el título de "comandante general de la provincia y frontera de la Banda Oriental" reconocido por el convenio. Por esos días le llegaba un mensaje del virrey del Perú, semejante en su intención al de los montevideanos: "yo no soy vendible -contesta el caudillo- ni quiero más precio por mis empeños que ver libre a mi Nación"

Ante el Tratado firmado, Posadas se ve obligado a derogar el decreto de infamia y los pueblos mesopotámicos izan la bandera artiguista -que es la de Belgrano con el aditamento de unas franjas rojas para simbolizar la sangre derramada por la causa federal, adelantándose a los dirigentes porteños, que todavía hacían flamear el pabellón español en lo alto del Fuerte de Buenos Aires... Y cuando en junio de 1814, cae Montevideo, el último reducto realista del Río de la Plata, su lucha de más de tres años queda justificada.

Pero nadie se llamaba a engaño sobre este arreglo. Ni el Directorio lo había aceptado sinceramente ni Artigas creía ya en la buena fe de los porteños. Alvear, por su parte, que estaba instalado en Montevideo, juega también a hacer su propio convenio con Artigas y firma cualquier cosa a fin de darse el tiempo necesario para lanzar contra el jefe oriental todas sus fuerzas: el joven triunfador estaba en pleno ascenso político y buscaba a toda costa cortar el nudo gordiano del artiguismo. En una conjusa campaña de marchas y contramarchas, los lugartenientes del caudillo -Otorgués, Fructuoso Rivera, Lavalleja- derrotan a las fuerzas directoriales, que terminan por evacuar toda la Banda Oriental en los primeros meses de 1815; atrás del último soldado directorial llegan a Montevideo las primeras avanzadas de Artigas, desmelenadas y andrajosas. Cuando el Cabildo de Montevideo elige gobernador a Otorgués -con el beneplácito del jefe supremo, que está en La Bajada (Paraná)- tienen que prestarle al nuevo mandatario hasta la levita que debe ponerse y algunos muebles para su residencia oficial, tal era el estado de indigencia de aquellos magníficos soldados... Casi contemporáneamente a la desocupación de la Banda Oriental por las fuerzas directoriales y a la suplantación de Posadas por Alvear en la dirección suprema del Estado, el caudillo recibe a diputados de Córdoba que ofrecen la adhesión de esta provincia; y dos meses más tarde los santafecinos derrocan al gobernador delegado de Buenos Aires y conquistan su autonomía con el auxilio de fuerzas artiguistas. Invitado por el nuevo gobernador, Artibgas es recibido triunfalmente en Santa Fe. El régimen directorial, ni siquiera con la dinámica y fluída personalidad de Alvear al frente podía soportar semejantes embates; el desprestigio aparejado por sus maniobras diplomáticas -que iban desde ofrecimientos de sumisión a Fernando VII hasta pedidos de protectorado a los ingleses- habían creado una atmósfera irrespirable en torno a los dirigentes porteños. Alvear sabía bien que en la medida que Artigas siguiera extendiendo su influencia, el fin de su régimen se aproximaba; envía un ejército a Santa Fe y las tropas se le sublevan en Fontezuelas (abril de 1815). A tres meses de su exaltación, el flamante Director Supremo debe renunciar. Es el triunfo de Artigas.

Ha llegado acaso al cenit de su trayectoria. Su estrella luce en todo el ancho territorio acuchillado que cabe entre el Paraná y el océano, entre el río de la Plata y las selvas del Matto Grosso y aun brilla mucho más allá, en las provincias mediterráneas. Su constancia ha culminado ahora con la derrota de una política que nunca creyó en el pueblo, que llevó miedosamente el proceso emancipador y que desconoció drásticamente la realidad del país. Por su parte, Artigas vuelve a la Banda Oriental pero no irá a Montevideo: instala una especie de campamento estable en la meseta del Hervidero, cerca de Salto, sobre los acantilados que dominan esa parte del río Uruguay ("La Purificación"). Se hace llamar el "Protector de los Pueblos Libres" y desde ese estratégico punto desde el cual se peude estar en un galope en Montevideo, en la frontera portuguesa o frente a la costa entrerriana, empieza a manejar firmemente los hilos de su propia política. Allí recibirá innumerables delegaciones, emisarios y negociadores: a todos sorprenderá el ascetismo franciscano en que vive, la modestia de sus maneras, su vestimenta civil. Lo que muchos no saben, en cambio, es que en su casa de Canelones su mujer -todavía insana los más de los días- y su hijo pasan miserias y privaciones, al punto que su madre política debe rogarle que los auxilie. El Cabildo de Montevideo concede una pensión a su mujer y ofrece hacerse cargo de la educación de su hijo, que ya tiene nueve años: el caudillo rechaza la pensión, agradeciéndola, y acepta sólo que se paque a su hijo la enseñanza que necesita. Con idéntica serenidad recibe la noticia de que en Buenos Aires los decretos infamantes contra su persona han sido quemados por mano de un verdugo o pone en libertad a oficiales porteños que habían luchado contra él y a quienes el nuevo director había remitido para que los fusilara, si le placía.

Pero en Buenos Aires las cosas sólo habían cambiado en apariencia. El Cabildo -institución puramente municipal- habíase arrogado el derecho de designar al nuevo Director Supremo de las Provincias Unidas y lo hizo en la persona de Rondeau, prometiendo convocar a un Congreso General para suavizar la pésima impresión que produjo en todo el interior esta nueva maniobra porteña para retener el poder. El nuevo director -o mejor dicho su sustituto, Alvarez Thomas, que ejerció el poder por ausencia de Rondeau- intentó llegar a un acuerdo con Artigas y envióle emisaios para negociar: el Protector repitió sus postulaciones de 1813: la Banda Oriental está dispuesta a formar parte de las Provincias Unidas del Río de la Plata con iguales derechos a todas las otras provincias y en pleno goce de libertad y derechos.

Pero los dirigentes porteños prefieren que este molesto y empecinado federal se aleje del conjunto nacional. Repitiendo una actitud anterior de Alvear ofrecen a Artigas reconocer la independencia total de la Banda Oriental... Parece asombrosa esa renuncia que los dirigentes directoriales hacen de una rica y extensa parte del antiguo Virreynato: se adelantan a la intención que los diplomáticos ingleses instrumentarán diez años más tarde, para hacer de la Banda Oriental, hasta entonces parte indivisa de la comunidad nacional, un estado independiente. El hombre menos ambicioso del mundo hubiera aceptado esa proposición, que lo convertía automáticamente en jefe absoluto de un país soberano: Artigas la rechazó. No era separatista. Quería un sistema federal pero se sentía parte integrante de la comunidad de las Provincias Unidas.

A mediados de junio de 1815 se reúnen los delegados de las provincias artiguistas en Arroyo de la China ("Congreso de Oriente"). Indios de las antiguas Misiones y enviados de la Banda Oriental, Entre Ríos, Corrientes, Santa Fe y Córdoba deliberan sobre las bases de la futura organización nacional, con la presencia de Artigas. Una comisión de este congreso popular fue destacada a Buenos Aires para hablar con el director interino y establecer una paz definitiva. Repitiendo las torpezas de Posadas y Alvear, Alvarez Thomas hizo detener a los comisionados, se negó luego a recibirlos y un delegado del gobierno que finalmente los atendió les planteó una alternativa drástica: independencia total de la Banda Oriental o envío incondicional de diputados al Congreso que habría de reunirse en Tucumán. Las tratativas concluyeron rápidamente y los comisionados retornaron, vejados y resentidos, a Arroyo de la China. Era nuevamente el conflicto entre el poder centralista y "los pueblos libres". De modo que todo el proceso que culminó en el Congreso de Tucumán se hizo con la indiferente ausencia de las provincias sujetas al dominio artiguista: la Banda Oriental, Entre Ríos, Corrientes y Santa Fe. Indefinidas las relaciones entre los "pueblos libres" y el poder central, existía una separación de hecho entre aquellas provincias y las restantes. Mientras persistía esta situación y el Directorio intentaba recuperar por la fuerza a Santa Fe -lo que consiguió por poco tiempo- el caudillo sancionaba normas de gobierno para los territorios bajo su jurisdicción: un reglamento tendiente a repartir tierras con el criterio de que "los más infelices serán los más privilegiados" y se incluiría en el reparto a "los negros libres, los zambos de toda clase, los indios y los criollos pobres", es decir todo ese lumpen que la burguesía porteña enclavijaba contemporáneamente con la "ley de vagos". Crea una escuela y una biblioteca pública en Montevideo ("sean los orientales tan valientes como ilustrados"), dicta medidas contra los especuladores, difunde el uso de la vacuna. Todo esto desde su campamento de la Purificación, sobre el Hervidero, en medio de un barullo constante, y una indetenible actividad de comunicaciones con todas las provincias, cercado por las cariñosas chacotas de sus oficiales y una gloriosa probreza. Haciendo una excepción a la austeridad de sus costumbres, el caudillo tiene a su lado, desde fines de 1815, a una muchacha paraguaya, la Melchora Cuenca, con la que mantiene una relación que trata de no hacer pública y que le dará un hijo y una hija.

Son, tal vez, tiempos felices para el Protector. Aunque sabe que sus enemigos porteños siguen tramando su destrucción, se siente firme y seguro con el sólido apoyo de los "pueblos libres" y está governando con prudencia y sentido de progreso un amplio territorio a través de un equipo de colaboradores que le idolatran.

Pero ahora es Director Supremo de las Provincias Unidas Juan Martín de Pueyrredón. Presionado por la necesidad de complacer a Portugal para impedir su alianza con España -posibilidad fatal para la revolución- y obnubilado por su odio contra Artigas, el nuevo Director entrega la suerte de la Banda Oriental. Los portugueses tandrán piedra libre para ocupar todo el territorio que existe entre el río Uruguay y el mar. Ellos se encargarán de la faena que el poder porteño no ha podido llevar a cabo: liquidar a Artigas. Por supuesto, no son motivos de necesidad nacional los únicos que inducen a Pueyrredón y su partido a formular esta inquietante concesión a los portugueses. El rencor porteño contra Artigas es epidérmico: ¿como podría tolerar el partido directorial, que es centralista, promonárquico y oligárquico, la existencia de esa democracia popular con arrestos autonomistas? ¿Cómo podía admitir la existencia de ese poder que reparte tierra entre los gauchos pobres e impone normas a los comerciantes extranjeros? Para la oligarquía porteña, Artigas era un peligro por el solo hecho de existir. Originaba un riesgoso "efecto de demostración" sobre los pueblos del interior, cada vez más desconfiados de esos sinuosos dirigentes porteños que andaban mercando coronas en Europa. Con la ayuda portuguesa y los ataques que una y otra vez llevarán las tropas directoriales contra los artiguistas del litoral, Pueyrredón esperaba extraer rápidamente esa espina.

De todos modos, la guerra contra los portugueses no era nueva para el caudillo oriental. Virtualmente los había enfrentado desde el principio de su trayectoria. Sus lugartenientes en las Misiones libraban una lucha de años contra las fuerzas irregulares riograndesas que periódicamente saqueaban los pueblos indígenas, una tradición que venía desde los tiempos de los "bandeirantes". Pero ahora la invasión portuguesa era formal: no menos de 15.000 hombres -muchos de ellos veteranos de las guerras napoleónicas- marcharon sobre la Banda Oriental.

Artigas se prepara para sobrellevar esta ordalía. "El que conspire contra la Patria, sea fusilado inmediatamente" -ordena. Insta a los municipios de los territorios amigos para que le envíen armas y hombres. Denuncia públicamente y con justificado énfasis la colusión entre el gobierno porteño y la Corte del Janeiro. Y dispone los movimientos de sus lugartenientes empezando por Andresito, que habrá de aguantar la invasión por las Misiones. Desde mediados de 1816 hasta principios de 1820 durará su resistencia, tan heroica como desafortunada, en alternativas de diverso ritmo guerrero. Las veteranas tropas portuguesas entrarán en Montevideo en enero de 1817 y batirán prolijamente a las fuerzas del caudillo en un itinerario de gloriosas derrotas: Santa Ana, Corumbé, Arapey, India Muerta, Catalán, Queguay Chico... La dulce toponimia de los arroyos y cuchillas uruguayas resulta corta para referenciar la gesta del caudillo; en tanto, Pueyrredón y su partido contemplan impasibles la instalación del enemigo histórico del otro lado del estuario y reprimen incompasivamente cualquier reproche a esta actutud suicida.

Es que el Director Supremo está embarcado en una sinuosa acción diplomática que tiene como eje la complacencia de Portugal y cuyas alternativas varían entre la sumisión total de las Provincias Unidas a la corona portuguesa hasta la proclamación de un hijo del rey de Francia previo casamiento con una infanta portuguesa o la exaltación al trono de estas tierras de un sobrino de Fernando VII. Y como la condición indispensable para cualquiera de estas maquinaciones era la liquidación del artiguismo, Pueyrredón envía entre 1816 y 1819 no menos de tres expediciones armadas contra Entre Ríos, dos contra Santa Fé y una intriga para derrivar la situación correntina, con la intención de completar un movimiento de pinzas no declarado pero real, con los portugueses. Pero en Entre Ríos estaba Francisco Ramírez y en Santa Fe, Estanislao López; y estos improvisados jefes logran rechazar invariablemente a las tropas directoriales que son, por sarcástica paradoja, las que habían resistido en la fronter norte la invasión española, activada después de la derrota patriota de Sipe-Sipe.

En estos rigurosos años, Artigas crece en su condición de patriota intransigente. La agotadora guerra que debe librar no abaja sus animos. Rechaza las sugestiones de algunos orientales aportuguesados que quieren llegar a un acuerdo con los invasores: "el jefe de los orientales -responde- ha manifestado en todos los tiempos que ama demasiado a su patria para sacrificar este rico patrimonio al bajo precio de la necesidad". Más tarde, ante la reiteración de sus derrotas, dirá que cuando se le acaben los soldados, "peleará con los perros cimarrones". Y casi en los finales de su carrera, al recibir un ofrecimiento del jefe portugués para que abandone la lucha y acepte el grado y sueldo de general del rey, fusilará al portador del mensaje por toda respuesta. Es un criollo enloquecido de patriotismo. No podía sobrevivir a esos sutiles tiempos de diplomacias secretas, intrigas en alto nivel y encubiertas traiciones.

Pero Artigas era, al propio tiempo, un hombre realista y sus empeños guerreros no limitaban su ancha capacidad de maniobra política. Por eso aprovecha todas las oportunidades para instar a Pueyrredón a abandonar su política de mutilación territorial y cuando aqués es sustituido por Reondeau como Director Supremo (junio de 1819) el caudillo oriental escribe a su viejo compañero de luchas: "cuatro renglones habrían bastado a llenar la unión deseada...; empiece usted con el rompimiento con los portugueses y este paso afianzará la seguridad de los otros". Frente a este clamor, Rondeau -siguiendo la línea de todos sus antecesores- pedirá al jefe de las fuerzas portuguesas "que acometa con sus fuerzas y persiga al enemigo común hasta el Entre Ríos y Paraná... obrando en combinación con nosotros".

Artigas no se amilanaba por sus contrastes militares ni por el cerco político que lo aislaba crecientemente. Mantenía sus gobiernos adictos en Entre Ríos, Corrientes y Santa Fe, a pesar de los ataques directoriales y sabía que la campaña oriental le pertenecía de corazón en todo su ancho, y de hecho en tanto se mantuviera sobre ella. Buscando ampliar sus bases de apoyo recibe una delegación de americanos del Norte que informarán al gobierno de Estados Unidos sobre su lucha, escribe una carta al presidente Monroe y tiene la satisfacción de saber que en el Congreso de Washington se elogia y defiende su actitud de resistencia contra el invasor portugués y su posición republicana. Envía emisarios al Paraguay para intentar arrancar al dictador Francia de su huraño aislamiento. Y llega a firmar con el jefe de las fuerzas navales británicas y el cónsul de Gran Bretaña en estas provincias, un tratado de comercio que no tiene mayor trascendencia práctica pero que importa, en los hechos, un verdadero reconocimiento de su jefatura.

Todo esto, mientras debe librar una desigual guerra contra el portugués, soportar la indiferencia o la abierta hostilidad del Directorio y aun reprimir la inconstancia de algunos de sus lugartenientes, que le planteaban la necesidad de someterse al poder de Buenos Aires para resistir en mejores condiciones. Ni siquiera puede contar con su subalterno, Francisco Ramírez, empeñado como está en defender su propia provincia de las expediciones porteñas, ni con los santafecinos, qu deben hacer lo propio. Pero ningún infortunio puede doblegar la entereza de este hombre de hierro: ni siquiera la pérdida de sus dos mejores jefes -Lavalleja y Andresito, al que los portugueses darán trato de esclavo- capturados por el enemigo en sendos entreveros. Al entrar el año 19 -cuya cifra estará asociada a la Constitución monarquista que el Congreso Directorial habrá de sancionar en Buenos Aires- el jefe de los orientales sólo manda un batallón de seiscientos hombres cuyo uniforme es "un chiripacito para cubrir las partes" -cuenta un testigo-, que al toque de diana "salían a formar arrastrando un cuero de vaca para taparse"...

Seguramente intuye que su resitencia no puede durar mucho tiempo. A mediados de 1819 instruye a su hijo mayor sobre el sostenimiento de sus hermanastros y la pequeña clientela de criados familiares y dispone de sus magros bienes como si estuviera testando. Cruza el Uruguay para abastecerse en las provincias  mesopotámicas. Pero Estanislao López declina proporcionarle fuerzas. Después de permanecer una temporada en Corrientes retorna a la Banda Oriental. Ha conseguido que López y Ramiréz lleven una ofensiva contra Buenos Aires y alivien así uno de sus flancos. Pero la campaña de los entrerrianos y los santafecinos -que culminará victoriosamente en Cepeda- ya no podrá mejorar su propia situación: la empeorará, inclusive, al revestir al caudillo de Entre Ríos de una personería que inmediatamente opondrá contra su antiguo jefe.

Ya está viviendo sus propias vísperas. Como si quisiera dejar todos los testimonios necesarios para el juicio de la historia, Artigas envía notas al Congreso responsabilizándolo por su connivencia con los portugueses y por "la sangre americana que en cuatro años ha corrido sin la menor consideración"; al general San Martín, señalándole que en sus manos está "la resolución del problema" y a Belgrano, reprochándole estar sirviendo la causa directorial. Luego se instala en su postrer campamento, el de Mataojo, a principios de enero de 1820. Apenas lo rodean 800 hombres. Parte de esta fuerza es destruida por los portugueses en la Quebrada de Belarmino; las que quedan no pueden reunirse con el resto por causa de unas fuertes lluvias que impiden la reunion. Y el 22 de enero a la madrugada, los portugueses caen sobre los sobrevivientes del ejército artiguista en Tacuarembó y acuchillan a los misioneros -los fieles, constantes misioneros- sin darles tiempo ni a enfrenar los caballos. Los que quedan llegan a Mataojo donde el caudillo recibe con estoicismo la noticia. Todavía le queda Rivera, Don Frutos, el guerrillero indomable: al filo mismo de la derrota se entera que Rivera se ha sometido a los invasores, seducido por sus promesas..

Nada resta ya por hacer. A los 56 años de edad, el Protector de los Pueblos Libres decide licenciar a ese fantasma de ejército, a400 harapientos orientales emperrados en su libertad. Cuando ordena romper filas, nadie se mueve: en los pómulos aindiados corren lágrimas y las jetas de los morenos se tuercen en la mueca del llanto. Han terminado los trabajos del Protector. ¿Han terminado? En un botecito cruza el río Uruguay seguido por unos pocos oficiales. Se dirige a Mandisoví, al Noroeste de Entre Ríos -a tres leguas del río- donde está la Melchora con sus dos hijos. Entre Ríos todavía pertenece formalmente al concierto de los pueblos libres aunque no ignora Artigas que su influencia no puede subsistir si su fuerza militar es nula. Durante unos días queda en silencio, en la estanzuela de Mandisoví, gozando de esos hijos que casi no conoce. Pero súbitamente, a fines de febrero, se abre para él una inesperada perspectiva. "¡Gloria a la Patria y honor a los libres!" clama el parte que recibe de Ramírez, desde los campos de Cepeda, donde acaba de caer el régimen directorial. La larga lucha de Artigas contra el poder de Buenos Aires ha culminado ¡al fin! por mano de su lugarteniente, cuyo parte victorioso se cruza con la noticia de la derrota de su antiguo jefe. Victoria del artiguismo, pero sin Artigas. Basta, no obstante, la noticia de Cepeda, para que el derrotado de Tacuarembó recobre su legendaria energía. Desde Mandisoví sale un torrente de oficios y órdenes; pero la situación se le ha escapado ya de las manos. Un jefe derrotado no puede imponer su voz a su lugarteniente victorioso. Y Ramírez está negociando con los dirigentes porteños, a quince días de distancia del refugio del jefe de los orientales. Artigas espera que el convenio entre los vencedores y Buenos Aires incluya -además de los principios federalistas que descuenta- la formal declaración de guerra contra los portugueses. Nada de eso se habla en la capilla del Pilar. En verdad, los vencedores de Cepeda tenían sus motivos para no plantear por entonces el problema portugués: pero cuando Artigas lee la copia del Tratado del Pilar que le envía Ramírez, estalla en ira. Lo considera una traición; piensa que el entrerriano se ha confabulado con sus enemigos de siempre para destruirlo. Justo en el momento de su triunfo, de su justificación histórica, cuando ha caído el régimen directorial que él ha denunciado incansablemente, debe el viejo jefe volver a pelear, ahora contra sus subordinados de ayer.

sin vacilar, saliendo de la nulidad de fuerzas en que se encuentra, Artigas se dispone a castigar lo que cree una traición. Lo hace como quien marcha hacia algo definitivo. Se despide de la Melchora y de sus pequeños hijos, prohibiéndole que lo siga, y la envia de regreso a la Banda Oriental; ignora que por esos días su esposa ha fallecido, sin salir de su estado de demencia. Su único hijo legítimo está al lado de la madre y en esta tierra oriental que es casi una provincia portuguesa, José María de Artigas, con sus 15 donosos años, ignora si su padre es un bandolero, como le dicen, o un patriota: pero ciertamente le es un extraño. Durante todo el mes de abril el Protector se instala en Paso de los Libres, moviendo sus hilos y polemizando duramente con Ramírez. En el pueblito correntino de Ávalos reúne los delegados de la Banda Oriental (que sólo representaban un territorio ocupado por el enemigo), Corrientes y Misones y se hace designar jefe de las fuerzas que deben "sostener una guerra ofensiva y defensiva por la livertad e independencia de estas Provincias". Con la ayuda de los correntinos y la convocatoria de sus prestigios logra sacar de la nada una fuerza de 3.000 hombres a caballo. Una de sus columnas logra triunfar en una escaramuza contra un capitanejo de Ramírez, sobre la frontera de Entre Ríos y los artiguistas saquean varios pueblos. Estos hechos crean en la provincia un ambiente hostil a su antiguo jefe. En Las Guachas se enfrentan por primera vez Artigas y Ramírez; es un combate feroz que dura varias horas y cuyo resultado queda indeciso. El jefe oriental marcha luego con rumbo al río Paraná, reuniendo grupos dispersos y rehaciéndose mientras avanza hacia la capital de la provincia. El 24 de junio de 1820 se produce la batalla definitiva en Las Tunas, cerca de La Bajada. Ramírez, dueño del terrno, logra derrotar a Artigas y desde entonces comienza una persecución en la que el oriental se verá muy apretado. Durante casi un mes Ramírez pisa los talones de su antiguo jefe, le va destruyendo sus retaguardias, no le da alce. Artigas escapa en más de una una ocasión en ancas de caballos ajenos. Va hacia el norte, picado por su umplacable ex subordinado. A su paso, los indios de las Misiones salen a pedirle la bendición y se unen espontáneamente a su reducida columna. Dos caciques vienen del Chaco apra ofrecerle sus lanzas... Artigas va como en sueños, siempre hacia el norte, dejando atrás las cuchillas entrerrianas, las praderas laguneras de Corrientes, la tierra colorada de Misiones.

A principios de setiembre está frente al alto Paraná, en el espeso corazón msionero. Al otro lado del río se divisa el hermético misterio del Paraguay bajo la dictadura del Dr. Francia. Artigas puede aprovechar el ofrecimiento de amnistía con que lo han beneficiado las autoridades portuguesas por esos días, siempre que admita confinarse en Río de Janeiro: pero el caudillo ni piensa aceptar la oferna de quienes siguen ocupando su patria. Tampoco acepta otro ofrecimiento del cónsul norteamericano en Montevideo que pone a su disposición transporte y medios para trasladarse a Estados Unidos. Prefiere internarse en el Paraguay. Escribe al dictador solicitándole asilo: es un nota revestida de grandeza y dignidad. Luego se reúne con sus últimos seguidores. Abre sus petacas y entrega a un oficial todo el dinero que le queda para que se meta selva adentro y lo entregue a Lavalleja, prisionero en Río de Janeiro, a fin de remediar las necesidades de los patriotas que están en cautividad. Después hace licenciar a su guardia personal: que vayan donde quieran: la guerra ya ha terminado. Y el 5 de setiembre de 1820 cruza Artigas el río Paraná por Candelaria, con un centenar de fieles que también han decidido seguirlo. Desembarca en Itapúa, donde un destacamento paraguayo lo conducirá hasta Asunción. En aquel pueblito quedan casi todos los que han cruzado con él. Sólo acompañarán a su jefe un ordenanza, el moreno Ansina, y un par de sargentos. Artigas no lleva un cobre en sus bolsillos. Ha entregado su glorioso sable. Viste una chaqueta colorada y lleva en la mano un par de alforjas. Así, desnudo de todo bien material, en estado de total desposesión, entra el Protector de los Pueblos Libres en una tranquila agonía que durará treinta años, cabalmente hasta el 23 de diciembre de 1850.

 

Lo qu sigue es sólo una crónica menor: la vida de un exilado solitario defícilmente constituye sustancia en la historia. Al llegar a Asunción se le dio alojamiento en una dependencia del convento mercedario: el trato era correcto pero su incomunicación, prácticamente total, salvo eon el prior de la casa y un ayudante del Dictador, que diariamente venía a preguntar por su salud. El Dr. Francia no accede a entrevistarse con Artigas, pese a sus instancias. Dos o tres meses después, el asilado, harto de la vida conventual, contestando a la pregunta cotidiana, prorrumpe:

-Cómo me ha de ir... ¡Soldado entre frailes! -que recuerda bastante a la célebre respuesta del Chacho en Chile. Ante esta manifestación, el Dictador lo hace internar en Caraguaty, a unas 80 leguas de Asunción. Le provee de abundante ropa, enseres y provisiones y manda pasarle una subvención mensual. No se lo vigila pero el aislamiento del pequeño pueblo hace imposible cualquier intento de evasión, si es que Artigas deseara hacerlo. Aquí permanecerá el caudillo durante veinte años, labrando la tierra en compañía de Ansina y los dos sargentos, que habían venido con él. ¡Veinte años! En total soledad, acompañado por sus recuerdos, en una pacífica vida de labriego que era como la contraexistencia de sus agitados lustros anteriores; veinte años sin tener la menor noticia del exterior ni recibir otra visita importante que la del sabio Aimé Bonpland, que en 1831 fue a saludarlo llevándole un ejemplar de la Constitución del Estado Oriental creado el año anterior. Contaba más tarde el eminente sabio francés que el desterrado besó el ejemplar con emoción, agradeciendo a Dios haberle dado vida para ver a su patria independiente.

Cuando murió el Dr. Francia, en 1841, Artigas sufrió algunas penurias. Tenía ya 76 años pero el nuevo gobierno lo hizo engrillar y lo retuvo detenido medio año. al salir de la prisión -merced a empeños de Carlos Antonio López, nuevo hombre fuerte del Paraguay- el anciano encontró que su chacra estaba arruinada y sólo quedaba a su lado el negro Ansina. Cuatro años siguió viviendo en Caraguaty, casi de limosna. Sin embargo, no se dignó a contestar los pliegos enviados por Fructuoso Rivera, su antiguo lugarteniente, ahora presidente del Estado Oriental, que le ofrecía repatriarlo. Quería terminar sus días en tierra paraguaya, y así lo manifestó varias veces.

En 1845 lo invitó López a radicarse en un suburbio de Asunción, en Ibiray. Aquí pasó los cinco últimos años de su vida, frecuentado por algunas personalidades que no querían perder la oportunidad de conocer al legendario caudillo, muerto años atrás en la creencia de muchos: el general José María Paz, un médico francés -autor, probablemente, del retrato litografiado de que hablamos al principio-, el ministro basileño en Asunción, el hijo de López (Francisco Solano), algunos pocos viajeros. En una oportunidad recibió un emisario de Juan Manuel de Rosas, portador de algún ignorado mensaje. Al poco tiempo de instalarse en Ibiray había llegado su hijo José María -ya un hombre grande- que intenta persuadirlo para que retorne a la patria. El anciano se niega: no quiere ser juzgado por ninguna facción y no ignoraba que el territorio oriental era teatro de una larga guerra civil. No seducía a su espíritu el ofrecimiento de las glorias de una repatriación interesada; tal vez su vieja misantropía descansaba en esa soledad tropical por donde a veces andaba, con un sombrero de paja y un poncho paraguayo, apoyado en un largo báculo, traslúcido casi, fantasmagórico. Todavía le quedaba un zaino que había traído de sus campañas, bichoco e inservible: el único testimonio vivo, con su asistente, de sus épocas de gloria...

Dulcemente, de vejez, se iba muriendo. A mediados de setiembre de 1850 -tenía 87 años- quisieron trasladarlo a la casa de López, su protector. No quiso ir: en su delirio gritaba que le trajeran su caballo, el "Morito", y daba órdenes a sus antiguas sombras. El negro Ansina, más viejo que él, lo encontró muerto al otro día. Los uruguayos repatriaron sus restos seis años más tarde. En realidad, las reliquias del Protector de los Pueblos Libres pertenecían a la comunidad rioplatense, que había contribuido a crear con su temple indoblegable.

Porque este Uruguay colegiado y quinielero por el que sentimos una ternura idéntica a la que nos inspira nuestra propia patria -hasta en la exasperación que nos provocan sus frustaciones, que son también nuestras- no ha sido obra de Artigas. Si por el caudillo hubiera sido, la actual República Oriental del Uruguay integraría hoy una gran nación del sur del continente y la historia argentina, por su parte, se hubiera ahorrado varias infamias. La mutilación del Uruguay no fue obra de Artigas. Por eso el jefe de los orientales pertenece también a los argentinos como un protagonista mayor de su gesta emancipadora, de su epopeya federalista y de su tumultuosa evolución democrática: tres procesos vitales que todavía están en marcha, que no se han cerrado, que todavía convocan nuestro fervor y nuestra preocupación.

 



1 - El "Gervasio" es aditamento posterior de los historiadores. Aunque el caudillo cargaba ambos nombres de pila, siempre firmó "José Artigas".



Image


Volver a la página anterior Ir a la página siguiente