PREFACIO



" Los hombres extraordinarios desbordan del mundo moral: son como las fuerzas físicas de la Naturaleza, como el agua y el fuego". GOETHE

 

La he encontrado, al fin, a orillas del Nilo; pero el norte la absorbía por completo; Egipto le era extraño. Su ambiente estaba en realidad en la otra orilla; un viento marino sopla en su historia.

De todas las biografías que yo he escrito, ésta se distingue por una ausencia casi total de citas. Aquí he tenido que prescindir de los documentos íntimos, cartas, memorias o conversaciones, que acumulo en general para permitir a un carácter iluminarse con su propia luz, con la de sus amigos y la de sus enemigos. Las cartas de amor de Cleopatra se han perdido; otro tanto puede decirse de la correspondencia privada de Antonio y César. La historia solo ha podido conservar tres frases de Antonio, que pertenecen a una misma carta. Y si la vida pública de Cleopatra nos es perfectamente conocida - a excepción de un breve período, que permanece en la sombra -, se debe, principalmente, a que los tres romanos en torno a los cuales se ha enlazado su vida pertenecen a la historia del mundo.

Sin embargo, los rasgos de su carácter se encuentran perfectamente definidos en media docena de escritores antiguos. Es sobre todo Plutarco, mi maestro, al que yo sigo aquí paso a paso, por primera vez en mi carrera, porque si mi raza, mi vida y mi cultura me hacen mediterráneo - y discípulo de la antigüedad -, yo nunca he pintado personajes griegos sino en los dramas, jamás en una biografía.

Después de los ingenuos y refinados relatos que nos han dejado los escritores antiguos, los de los modernos no me han parecido dignos de tenerse en cuenta; solo he utilizado para mi obra la gran Historia Romana , de Ferrero, y las bellas obras de Stahr y Weicall sobre Cleopatra. ( 1 ) Porque si bien Plutarco no es tan moderno como los analistas de hoy, vivió, puede decirse, más cerca de sus personajes. Cuando él escribe que su abuelo obtuvo en Alejandría, del cocinero de Antonio, el secreto de ciertos asados, este solo detalle me emociona y me interesa mucho más que las discusiones de dos sabios que se reprochan mutuamente haber creído demasiado a Apionio o a Suetonio.

La escacez de documentos psicológicos me ha permitido dedicarme con más atención a los monólogos y a la descripción de los estados del alma, más libremente de lo que me hubieran tolerado fuentes de información más abundantes. Cuando en el año 1919 inauguré con mi historia de Goethe, ( 2 ) una nueva fórmula biográfica, hube de recurrir al monólogo. Y en mi Napoleón, también. Después, jamás.

Pero aquí, ante la carencia total de documentos psicológicos, he tenido que adoptar esa forma literaria. La autenticidad de la acción es, desde luego, garantía de la verdad en todo momento; los sentimientos, Plutarco mismo no ha podido obtenerlos sino por vía deductiva: Y, sin embargo, ninguna batalla, ninguna querella de los bandos de esa época despierta nuestro interés. Solo los sentimientos nos interesan verdaderamente, porque pertenecen a todos los tiempos y son los nuestros. Gracias a ellos nos vemos reflejados en los personajes del pasado.

Henos aquí, pues, en los linderos mismos de la novela; linderos que jamás he traspasado. Porque he tenido buen cuidado de callar aquí, como en todas mis obras, esa multitud de diálogos, de historias breves, de detalles, que tanto seducen a un auditorio cuando se le habla de historia, pero que no suelen tener fundamento sólido. Por eso me he limitado a beber en las fuentes de los escritores antiguos. Mis escrúpulos han ido más lejos que los de ellos: yo cito textualmente las raras palabras que pongo en la boca de mis personajes.

Por lo tanto, este relato está consagrado casi totalmente a la historia psicológica de mi heroína y de sus tres personajes romanos. No se encontrará en estas páginas, desde luego, esa Cleopatra forjada por la leyenda, que nos la hace aparecer como una enamorada insaciable, a despecho de los textos antiguos, sino, al contrario, una Cleopatra que es, a la vez, madre, guerrera y reina.

Que mis lectores, olvidándose de la forma y del ropaje de las palabras, vean en estas páginas una nueva contribución a esa historia del corazón humano, a la que me entrego desde hace unos treinta años.

E.L.

Moscia, enero de 1937

( 1 ) De 1864 y 1927, respectivamente.

( 2 ) Goethe: Historia de un hombre, traducida por Alexandre Vilatte.



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Agregado el 03-03-2007