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AFRODITA



"La mujer es superior al hombre, porque si añade la energía a sus otras cualidades, crea una nueva mujer, que no podría imaginarse más perfecta. " GOETHE

En lo alto, a la sombra de las columnas, frente a la abierta ventana, contempla el mar una princesita de once años. Con las manos cruzadas detrás de la cabeza, entre sus negros cabellos, sentada como los niños, sobre los talones de sus sandalias, aparece apenas cubierta con una camisa de seda amarilla, única prenda que lleva y que la brisa hincha en torno de dos pequeños y agudos senos.

Es una muchacha; en el norte le supondrían quince años; pero estamos en un país mediterráneo, en la costa africana, en un palacio de Alejandría.

No es corpulenta, sino prodigiosamente ligera. Si se le ocurriera saltar desde la ventana, el eunuco que monta guardia abajo llegaría demasiado tarde para recogerla: tan ingrávida es.

Desde la sombra, el eunuco puede vigilarla, pensando que la niña no lo ve. ¡Gran error! Nada se le escapa a la princesa; mientras contempla a lo lejos con sus ojos de venturina la gran vela ante el faro, ha captado la húmeda mirada del eunuco, que frota su espalda con una fina tela de seda. Nada le importa lo que pueda sentir el centinela: no es un hombre, es un esclavo, un animal. Luego percibe un intenso olor de brea y comprende que bajo sus ventanas deben de haber colgado las mojadas cuerdas con las que, la víspera, han amarrado su nave de placer.

Inmóvil, el esclavo fija su mirada en la princesita. " Es blanca - piensa el eunuco -. Berenice, su hermana, es cobriza; en cambio, el rey, su padre, es casi negro. Pero ella no será siempre tan blanca. El amor y el vino encenderán sus colores. ¿Por qué se agitan las aletas de su nariz? Piensa, seguramente, en la mejor manera de envenenar a su hermana. Ese es un servicio que yo le prestaría inmediaamente si se confiara a mí. Su solo timbre de voz vuelve loco a uno. Loco, como mi padre el día en que mató al tío-abuelo de esa pequeña... Y por eso le cortaron la cabeza... Pero, ¿qué más da...? ¿No había de morir algún día...? " Y sus ojos siguen fijos en la princesa.

Ella permanece inmóvil, con las manos en la nuca, sentada sobre sus talones, contemplando el mar. Cuando distinga la nave real, habrá terminado su cautiverio. Pero ha pasado tanto tiempo que puede que hayan matado a su padre. ¿En Roma? ¿A bordo? Quién sabe si mañana mismo arribará al puerto una vela latina trayendo un romano de severas facciones, breve túnica y corta espada, que vendrá a destronar a la maldita hermana de Cleopatra y la liberará a ella en nombre de su padre.

" ¡Todo bien y todo mal vienen de Roma! - se dice la princesa -. ¿Por qué de Roma? ¿No sale todas las primaveras la mitad de la cosecha en los largos veleros egipcios hacia los puertos de la península? Y los tejidos más bellos, y las brillantes amatistas que esconden el secreto de Dionisos, y el dorado ámbar y el almizcle y el incienso, todo cuanto llega a nuestro puerto - ¡y a qué precio...! - ¿no es descargado aquí para salir inmediatamente hacia Roma a bordo de nuestras naves indígenas? ¿Y qué dan ellos, los romanos? Cada dos o tres años, el rey, mi padre, tiene que extraer de su tesoro grandes barras de oro y mandarlas a Roma. ¡Mil talentos, miles de talentos cada año hacia Roma! ¡Cuanto más compran, más tenemos nosotros que pagarles! ¿Por qué? ¿Por qué?

" Hace ya dos años que mi padre está allá, en casa de Pompeyo, discutiendo el precio de su corona. ¡Es preciso que pague para conservarla! ¿Qué son, pues, esas gentes, de las que solo se obtienen exigencias y amenazas? Ese gran Pompeyo, ¡cómo muestra su cabeza de plebeyo en los sestercios! César, el otro, es mejor, al menos en apariencia; de todos modos, aún no hemos visto monedas de él. ¡Advenedizos nada más; mercaderes o capitanes de fortuna! Y nosotros, que venimos de Alejandro; nosotros, raza de reyes que cuenta trescientos años; nosotros, descendientes, representantes de los dioses en la tierra, tenemos que ir a Roma a mendigar que se tolere nuestra presencia en nuestro palacio... ¡Calla: otra galera que pasa la barra del puerto, cargada de trigo..., de un trigo que los romanos jamás pagarán...!"

Y, de pronto, la princesa comprende: le parece ver la cabeza de su padre, su rostro mofletudo; recuerda su conducta en la capital del reino; ¡aquella falta de dignidad! ¡Un rey que era amigo de los danzantes, que tocaba la flauta en plena calle para hacer bailar a los esclavos! No hay un solo niño en la inmensa ciudad que no le llame Auletes. ¿No le han visto tambaleándose por las calles? ¿Qué mujer no ha tenido que rechazarle a empujones? Nada de extraño tiene, pues, que Roma, escandalizada por la conducta de su padre, el rey, lo haya depuesto, proclamando en su lugar a su hija Berenice. ¡Berenice, su hija mayor, que su padre, bastardo a su vez, tuvo con una esclava negra!

" ¡El veneno! ", piensa la princesa, como otros Tolomeos, el cuarto de cuyo nombre estranguló a su hermano y a su hermana. Y cuando su preceptor le habla en su lección de historia de un rey asesinado, siempre es como consecuencia de una conjura. ¡No, no; ella no puede engañarse, porque posee todavía otros recursos!

" Tener por padre y por rey un bufón - sigue pensando -. Una madre que desapareció y de la que nadie sabe nada. ¡Una perdida por hermana, por reina!

" Y así, ¿cómo es posible que el pueblo y los esclavos puedan creer todavía que el rey es la imagen viviente de Amón, el elegido de Ptah, cuando va hacia el templo revestido de púrpura, con la serpiente real sobre la frente? ¿Pueden, acaso, ensalzarlo los escritores? ¡Si hasta llegó a amenazar de muerte a Demetrio, el gran sabio, si no se emborrachaba con él en plena calle!"

¡Aquí aparece Demetrio! ¡Cómo sabe inclinar su bella frente! ¡Se diría que va a tocar el suelo! Es el hombre que habla mejor el griego de toda la ciudad. ¡Sabe tantas cosas de los dioses, tantas cosas de los elementos...! Cuando le da clase, ella se pregunta si, como le ha enseñado el filósofo judío, el espíritu es más precioso que la corona; pero en seguida sonríe; no lo cree...

De todos modos es preciso aprender, aprender todo cuanto saben los griegos para estar un día a la altura de los romanos, que solo saben combatir. ¡Toda la sabiduría, toda la belleza, vienen de Atenas! Esto es lo que le han enseñado los tres profesores que acuden a palacio cada mañana; porque la princesita tiene un ansia insaciable de saber; aprende y sabe más que su padre, más que sus hermanos, más que su misma hermana Berenice, la reina. Todos los profesores saben que en palacio, por primera vez al cabo de cien años, hay una princesa que quiere aprenderlo todo y cuya memoria retiene cuanto se le enseña una sola vez. Todo cuanto encierra la gran sala de estudios, lo conoce ya la princesita: los dibujos, la mecánica, la construcción de navíos, el esqueleto del cuerpo humano, las monedas - esas monedas donde ella aprende a leer en las fisonomías -; sin contar media docena de idiomas mediterráneos. Su mayor placer consiste en ponerse ante el gran mapa y trazar con el dedo una frontera imaginaria, con mano que nunca tiembla. Aprieta los labios, el Epiro; abarca luego Brindisi, y después, dejando Italia, baja nacia el sur, buscando su ciudad, como si quisiera unir su patria todo el este mediterráneo, todas aquellas costas, bajo el cetro de Egipto. Solamente Roma queda siempre fuera de la línea que traza la princesita.

Y, sin embargo, para ella Egipto no es más que un nombre. No conoce mejor el alto Nilo que sus padres. No practica su culto, no adora a sus dioses; el Nilo, para ella, no es más que un río extraño, que no se ve desde aquí, desde la laguna. Alejandría no es el Nilo, como Memfis: es un trozo de mar griego. Y en griego sueña la princesita; en griego aprende y en griego habla; griegos son sus padres y es Grecia la que preside la arquitectura de los palacios, el barullo del puerto, donde se mezclan cien razas y cien lenguas. Y cuando atraviesa las grandes y sonoras salas de palacio con su paso gentil que apenas toca el suelo, son los bustos que no tienen ciertamente el perfil griego de Alejandro, de aquel Alejandro que, desembarcando en los desiertos del litoral egipcio, decidió fundar allí la capital del mundo. ¿No lo es, ya, Alejandría?

Al caer la tarde, la princesita sube a la terraza de palacio; desde allí sus ojos pueden contemplar todo cuanto se abarca desde el faro; quizá Chipre, tal vez Atenas, ¡quién sabe si la misma Roma! Las naves parecen dormir, ancladas cerca de la orilla. Sueñan tal vez con su carga, con la loza, con los papiros, con sus viajes a través de los azules mares, con el puerto próximo, con las manos callosas que tiran de sus cuerdas, para acercarlas a la orilla, y las descargarán...; sueñan con su vida incierta, con los inmensos problemas de la tempestad que las acecha para destrozarlas. Esos mensajeros de tantas razas..., portadores de trigo, de guerra y de potencia, siempre singlando ante el peligro, pues si se retrasaran en el puerto morirían en él de podredumbre.

La princesa sigue la estela de las naves, pero ya no sueña con ellas. Un día - le dice su corazón ardiente -, un día - le repite su clara razón - tú irás en uno de esos rápidos veleros hacia Siria, hacia Capadocia, seguida de 600 galeras de tres puentes; ¡partirás hacia Éfeso, hacia Corinto! ¡Todas esas islas serán tuyas! ¡Berenice errará ya en el reino de las sombras...; tú ostentarás la corona, tú llevarás la serpiente real - Afrodita e Isis - y el sello de tu sortija rezará así: "Cleopatra VII, Reina de Egipto". Solo Roma podrá equipararse con tu reino. Y entonces... ya se verá si el trigo de Egipto sigue yendo hacia los puertos de Italia gratuitamente; y entonces se verá si el oro de Alejandría sigue saliendo para Roma. En lugar de ello, de Roma vendrá el oro hacia Alejandría sin cesar. ¡Sí, el oro, los homenajes de esa Roma continental, a la deslumbradora capital del universo!

Al cerrar la noche, todos estos sueños orientales se desvanecen con los últimos resplandores del día.

Lo que Cleopatra sabe de Roma, sea por su mentor el filósofo, sea por el capitán de la guardia de palacio, sea por los eunucos, es oscuro y difuso, como el pasado de su padre y el presente de esta república romana, cuya estrella empieza a declinar.

La princesita sabe ya lo que ocurrió durante los diez años de su corta existencia: trece antes de nacer ella, un Tolomeo legó Egipto a Roma, pero ésta no quiso aceptar la ofrenda, porque todos los personajes romanos del Senado recelaban y envidiaban al futuro pretor o gobernante de la nueva colonia. Los romanos acabaron por decirse que un rey débil sería menos peligroso en el delta del Nilo que un pretor de Roma. Así, pues, se dio Egipto y Chipre a dos hijos bastardos del rey de Egipto, creyendo que el poder y la realeza los degradarían y perderían. Y cada uno de los tres o cuatro personajes romanos que andaban en el juego esperaba en secreto el día en que se sintiera lo suficientemente fuerte para apoderarse de aquel país fabuloso, cuyas riquezas admiraban y asombraban a Roma.

Fue el juego del ratón y el gato; se encarcelaba al real flautista y se le llevaba a Roma; luego se le soltaba para que fuese a sacar oro del fabuloso tesoro de los Tolomeos que había de llevar a Roma. Al fin, y en gracia a los servicios que había prestado, se le hizo reconocer su título por el Senado y el pueblo romano.

Esto ocurría en el año ab urbe condita, que correspondía al 59 antes de nuestra era. César era el cónsul, pero no tan poderoso como para impedir que Clodio, su enemigo, descontento, destronara al rey de Chipre, hermano y vasallo del de Egipto. Los bienes del chipriota fueron confiscados y Chipre se convirtió en provincia romana, pero el rey de Egipto fingió no interesarse por la suerte de la isla. Es más: aprovechó la circunstancia para arrancar al soberano destronado algo así como treinta millones de francos oro para pagar al partido de César sin tocar su propio tesoro.

Entonces se produjo la sublevación de Alejandría: a los cortesanos de palacio, los notables, los sacerdotes, los nobles, los grandes propietarios y los oficiales de la Corte les fue fácil probar a un pueblo caprichoso y ávido de novedades la infamia de su soberano. El rey tuvo que huir a Roma; el partido de Berenice eleva a la princesa al trono; y el rey de Chipre se envenena.

Cleopatra, que tenía diez años, quedó asombrada ante esta noticia. Habíase derramado mucha sangre en la historia de su dinastía; durante 250 años trece Tolomeos habían reinado dominados o perseguidos por sus propias mujeres y por sus hijos, como ocurrió con los Faraones que les habían precedido en el trono del Nilo. El veneno y el puñal habían intervenido constantemente en el destino de sus abuelos: hermanos que asesinaban a sus hermanas, príncipes que asesinaban a sus padres, reinas que mataban a sus esposos, que eran a la vez sus hermanos. Y todo esto por sed de poder, por ambición, cuando no para salvaguardar la propia vida. Pero aún no se había suicidado ninguno. Y he aquí que hoy, un heredero tardío de esta raza que naufragaba en la vergúenza se acordaba del antiguo orgullo. Al fin veía alzarse entre las ruinas un digno sucesor de aquellos griegos cantados por la leyenda, cuyos versos acudían a la memoria del joven destronado al llevar a sus labios la copa del veneno...

La princesita quedó atónita al enterarse de la tragedia. Y, del mismo modo que sentía profundo desprecio hacia su padre, que había de mendigar su poder y su corona en Roma constantemente, ahora experimentaba un irresistible deseo de honrar la memoria de su hermano. ¿Era, pues, verdad que existían cosas más altas y estimables que la misma corona, más valiosas que el oro? Cleopatra aprende, a los diez años, que para un rey el orgullo, la altivez, están por encima del poder mismo, y que la esclavitud y la sumisión, como las de su padre, eran cosas indignas, y el veneno un remedio rápido y eficaz. Y esta lección se graba en lo hondo de su alma para siempre.

Ahora está decidida a romper las cadenas con que le retiene su hermana. Esta hermana, esta Berenice, ¿es una mujer dichosa? El primer hombre que compartió su lecho, un primo lejano escogido solamente para asegurar las descendencia del trono, era un ser tan corrompido que al cabo de poco tiempo hubo que hacerlo asesinar. El segundo fue un poco mejor; pero, a fin de cuentas, ¿era verdaderamente hijo del rey de Persia, como él sostenía? Además, ¿quénes eran aquellos persas? Magníficos jinetes, con ceñidos pantalones, pero desconocían la cultura y los refinamientos de Grecia. Por otra parte, ¿era un hombre libre o estaba dominado por los eunucos de palacio? ¿Amaba a su mujer? ¿O la despreciaba, en el fondo? ¿Pasaban un solo día sin temer a Roma? ¡Aquella Roma exigente, insolente, que permanecía invisible, allá en el norte! ¡Aquella Roma feroz, que podía venir cualquier día y matarlos, robando y destruyéndolo todo!

Su padre se había hundido en el deshonor; pero como era imposible gobernar sin Roma, había que entenderse con ella. Esto lo comprendía la joven princesita. Las gentes de Alejandría también, asimismo la pareja real. Por eso habían enviado al monarca depuesto con cien notables encargados de decidir a Roma a aliarse a su partido. Pero, ¡ay!, los meses habían ido transcurriendo, sin que se supiera noticia alguna de aquella embajada. La princesita solitaria es, quizá, la única persona de Alejandría que se alegra de lo que ocurre. Porque si su padre triunfara en Roma, se desvanecerían sus sueños de ser alguna vez reina de Egipto.

Cuando, luego de un invierno sin arribar navío alguno llegan los primeros veleros, Cleopatra se entera, como todo el mundo en Alejandría, que su padre, Auletes, ha hecho asesinar a todos los miembros de la misión. Pero, impaciente por concer lo que ocurría en Roma, Cleopatra ha enviado un emisario secreto, que le trae noticias que los otros ignoran: su padre ha ofrecido 6.000 talentos de oro para recobrar el poder, y Roma, vencida por los persas, se encuentra arruinada; Craso y César, Pompeyo y Craso, intrigan los unos contra los otros, ansiosos todos por apoderarse de Egipto y del fabuloso tesoro de los Tolomeos, a fin de dominar a sus rivales. Ahora se trata, pues, de que su padre escoja el que ha de recibir los 6.000 talentos, y entonces salir de Roma, no como vencido, sino como aliado de los romanos.

Y he aquí que, de pronto, llegan nuevas noticias de Roma. César, de vuelta de las Galias, ha promulgado las Leyes Julias, y ha proclamado al Rey Flautista "amigo y aliado del pueblo romano". Pero, al mismo tiempo, su camarilla ha obligado arteramente al rey a que contraiga deudas de millones con los usureros de Roma; como le será imposible pagarlas, se le tendrá siempre sometido.

Entonces se forma en Alejandría un partido alrededor de la princesita oprimida. Los descontentos aspiran a un nuevo cambio. Auletes ha dado en secreto la orden de obedecer a Cleopatra, y mientras intriga en Roma para recuperar su trono, en Alejandría se labora también a favor de la joven princesa.

Por último suena la hora esperada. Un general romano del ejército sirio, no pudiendo pagar a sus cohortes, llega a la ciudad para reclamar los 12.000 talentos que el rey ha fijado como premio de su trono. Varios millares de soldados, atravesando el desierto, se presentan en Pelusio, en el delta oriental, precisamente en el lugar por donde, trescientos años antes, pasara Alejandro y por donde, en tiempos aún lejanos, cruzaron con sus huestes tantos generales hebreos, persas o asirios.

¡Es la salvación de Cleopatra, aunque venga de la odiada mano de los romanos! La princesita siente palpitar su corazón, escondiéndose de su poderosa hermana para arengar o animar a sus partidarios. Se acerca la batalla a Alejandría, saltan las puertas de las murallas, aparecen pelotones y pelotones de jinetes... y los hombres huyen, se esconden o se rinden.

Cleopatra acaba por descubrir el rostro de su propio padre, que viene, mezclado entre las legiones extranjeras, a recuperar su trono y su patria; ve luego el cadáver desfigurado del joven rey, contempla la sumisión de los nobles y de los sacerdotes, y la impotencia de los papanatas alejandrinos que empiezan a jurar fidelidad al rey..., a este mismo rey al que antes habían destronado y despreciado. Finalmente, ¡ve rodar por la arena la cabeza de su detestada hermana Berenice, condenada a muerte por su propio padre! Primer paso hacia el camino del poder. Entre ella y el trono ya no queda más que un viejo criminal al que debe llamar padre. ¡Ah, qué día de mudo triunfo el día en que ha rodado esa cabeza!

Más grande todavía es la emoción de la princesita al examinar detenidamente el aspecto de los soldados extranjeros. ¿Éste es el ejército romano? Germanos rubios; hombres de salvaje apariencia del fondo de Asia, que no sabían contestar en lengua alguna; pequeños asiáticos de mirada cruel; judíos de grandes ojos; bizantinos de estrechas frentes.... Pero la princesita contemplaba ahora una hueste romana descompuesta, un ejército formado de mercenarios, no el verdadero ejército romano, no las fuerzas de aquella Roma a la que temía tanto. Y su antiguo miedo empezó a disminuir.

Algo llama luego más profundamente su atención. Un alto jefe de caballería, el mismo que ha tomado Pelusio y ha conducido a las tropas victoriosas hasta Alejandría, está ahora sentado a la mesa, al lado de su padre. Rodeado de los honores que se deben a un general, aparece como superior al mismo rey de Egipto. ¡Es un romano, pero al mismo tiempo un hombre! El cinturón que ciñe su amplia túnica, la gran espada colgándole a un costado, medio recostado en su asiento, muestra a los asistentes su cabeza de Hércules, su corta barba y su aguileña nariz. Y la princesita, en silencio, rectifica la opinión que tenía de los romanos...

El victorioso jefe no advierte la emoción de la princesita. Tenía 27 años y Cleopatra 14 cuando se encontraron por primera vez en esta real ceremonia. Habían de alterarse ríos y torrentes, estremecerse las montañas , agitarse mares y ciudades, y le destino del héroe madurar y cumplirse, y transcurrir trece años antes de que estos dos seres volvieran a reunirse. Quizá no habrían vuelto a verse si en este día hubiera mediado entre ellos algo más que palabras y miradas; quizá de haber florecido en ellos el deseo ahora, en esta primavera, no habría llegado nunca el verano y sus espléndidos frutos en la existencia de los dos.

Pero allí están los dos sentados a la regia mesa, la Afrodita semejante en luminosidad a la luna creciente, y el Hércules de los rasgos juveniles, imagen lejana aún de los maduros dioses que llegarán a ser algún día. Una tierna virgen griega y un jefe del ejército romano: Cleopatra y Antonio.

Tres años más tarde, Cleopatra era reina de Egipto.

El país estaba en disolución. El real flautista todavía pasó los últimos años de su vida en combinaciones financieras. Un ministro romano había regido en realidad el país y cuando el rey intentó expulsarle, Roma decretó que Egipto había de ser anexionado, lo mismo que todas las costas mediterráneas. E incluso el delta del Nilo habría sufrido la misma suerte si los persas, el mismo año, no hubieran derrotado por completo el ejército de Craso. Salvado por este azar, el reino de Egipto estaba en estado de descomposición al morir el rey, quien, solemnemente, hizo al pueblo romano ejecutor testamentario suyo; porque habiendo designado a Cleopatra, que entonces tenía 17 años, y a un pequeño Tolomeo, que contaba 10, para sucederle en el trono uniéndose en matrimonio, aunque fuesen hermanos, según costumbre faraónica, temía las tradicionales intrigas que a su muerte no dejarian de surgir entre estos dos hijos y otros dos: Arsinoé, joven de 13 años, y otro pequeño Tolomeo. ¿Cuál de los cuatro aplastaría a los otros, los desterraría o los asesinaría? ¿Qué partido prepararía los crímenes? Y como se ruega a Dios, aquel miserable Egipto pedía al pueblo y al Senado romanos que velaran por el orden y la paz de su reino, ya que Roma, tarde o temprano, habría de anexionarse y dominar Egipto, cumpliendo la ley del más fuerte.

El matrimonio de Cleopatra con su joven hermano no llegó a consumarse. Se ignora por completo lo que hizo ella desde los diecisiete a los veintiún años: es la única laguna que hay en su historia. Y, sin embargo, durante esa época ocurrieron en Egipto sucesos de enorme trascendencia, ya que Cleopatra se vio destronada y tuvo que reconquistar su trono. Y no podemos imaginar sus sentimientos de soberana más que a través de cierta aventura que nos refiere una autor antiguo.

Reinaba Cleopatra desde hacía poco tiempo. cuando el procónsul de Siria envió a su hijo a Alejandría para recoger las tropas romanas de ocupación que dejara Antonio. El emisario, en vez de legiones bien organizadas, se encontró con indisciplinadas hordas germanas y celtas, que solo pensaban en pasar el tiempo lo mejor posible con sus esposas egipcias, sin sentir ningún deseo de ir a hacerse matar por los persas. Al enterarse de la misión que traía el emisario, le asesinaron y echaron a sus compañeros.

¿Qué hizo la reina? ¿Su amor propio no debía quedar satisfecho al ver desobedecer la orden del distante romano por estos otros romanos que eran medio súbditos suyos...? Pero Cleopatra no era reina que obedeciera a sus pasiones: hizo detener a los asesinos y los envió a Siria cargados de cadenas, para que el procónsul romano, padre de la víctima, los condenase.

Pero el procónsul no era tampoco hombre que se dejara llevar pos sus impulsos; en vez de castigar a los asesinos de su hijo, los devolvió a Egipto, haciendo saber a la soberana que los soldados romanos no podían ser arrestados por nadie que no fuera el Senado de Roma o sus legítimos representantes: ¡Ruda lección para la orgullosa Cleopatra! ¿Qué hará ella?

Poco tiempo después aparece otra nave. Cneo Pompeyo, el hijo del dictador, llega con la orden de recoger aquellas mismas tropas para su padre. Esta vez, las hordas deciden inmediatamente: ahora se trata de combatir a las órdenes del jefe guerrero más grande de la época; ¡y de combatir contra César! Es el último episodio de una lucha terrible por la conquista del supremo poder: es preciso ponerse en seguida al lado de Pompeyo!

Cleopatra, pues, entrega las tropas y facilita cincuenta de sus naves para transportarlas. Bien es verdad que Pompeyo ha utilizado como mensajero a su hijo, un muchacho más joven y arrogante que aquel Antonio que ella había conocido. ¡Ah, si todos los romanos fueran así! Si el padre obtiene la victoria ella habrá prestado un gran servicio a un antiguo amigo de su casa.

De César, al contrario, solo le había hablado su padre de un modo ambiguo. Las leyendas que de César han llegado a Egipto resultan, desde luego, más apasionantes que las que se cuentan de Pompeyo; pero la reina nunca ha visto monedas que reflejen su rostro, mientras el otro le envía la más bella imagen de sí mismo Un Pompeyo más joven, más brillante. Si no se trata de un recurso psicológico, resulta verdaderamente un feliz azar el que haya venido a verla aquel joven emisario, porque la reina no ve en la rivalidad de César y Pompeyo más que la lucha de dos viejos y poderosos guerreros.

La insólita visita del joven romano fue explotada con maligno placer por los enemigos del interior. ¡La reina, pues, estaba de acuerdo con Roma! Había entregdo al romano la flota de Egipto. ¡Corazón frágil! Unas musculosas piernas habían bastado para seducirla. ¿Qué podía esperarse de semejante soberana...?

En realidad, la camarilla de Cleopatra la encontraba demasiado independiente. El muchacho que compartía el trono con ella sería más fácil de conquistar. A los doce años seguía siendo un "retrasado". ¿Había algo más fácil que demostrarle el desprecio que le inspiraba a su hermana? ¿No se negaba Cleopatra obstinadamente a cumplir con él sus deberes conyugales? ¿No dejaba a su joven esposo tremante de deseo tras la cerrada puerta de su regia cámara? ¡Ah, todo se sabía en palacio!

Los tres mentores del joven rey - un filósofo, un general y un eunuco - acabaron por sublevar a la Corte, al ejército, a los notables del reino, al pueblo mismo contra Cleopatra, una reina que vendía el país a los romanos.

Nadie sabe cómo se tramó el complot; lo cierto es que, un buen día, la reina, que entonces tenía veinte años, tuvo que huir. ¿Adónde? ¿A Roma, cuyo Senado y pueblo garantizaban el testamento de su padre? Pero la joven Cleopatra, que sabía ahogar sus sentimientos cuando se trataba de sus intereses, y no atender sus intereses cuando se trataba de su amor propio, rechazó la idea inmediatamente. ¿Ir ella a Roma, a pedir que la repusieran en el trono, como hiciera su padre, y por lo que tanto le había despreciado? ¡Antes morir...! ¡Antes repetiría el gesto de su hermano envenándose cuando todo estuviera perdido!

Al fin decidió huir hacia el mar Rojo, acompañada de algunos soldados. Allí se encontró con varias tribus árabes, cuyo idioma y costumbres había estudiado, y reclutó entre ellos un ejército firmemente decidido a dar la batalla a su hermano y a sus inspiradores. ¿No conocía su debilidad? ¿No conocía asimismo la inconstancia de Aquilas, el jefe guerrero, que mandaba en la capital? Entonces, bordeando el Nilo, atravesando el desierto, Cleopatra avanzó con sus fuerzas hacia Pelusio, como nueva amazona. Aquilas acudió allí con su ejército. La batalla iba a decidir los destinos de Egipto en este extremo oriental del país, el más antiguo del mundo.

Pero los ojos de las naciones no se dirigían ahora hacia el Nilo: era hacia Grecia donde todo el mundo miraba. Dos poderosos ejércitos iban a chocar allí de un momento a otro, disputándose algo más grande e importante que el destino de Egipto. No se trataba del choque del ejército de una amazona con un a horda de aventureros, sino de los dos más grandes capitanes de la época, que iban a disputarse en realidad el dominio del mundo.

Y mientras los dos Tolomeos se enfrentaban y se espiaban junto al Nilo, César venció a Pompeyo en la terrible batalla de Farsalia. Fue una derrota absoluta, y la nueva se extendió por todas las costas mediterráneas, haciéndolas temblar; porque precisamente Pompeyo pasaba por invencible.

Al llegar la noticia a orillas del Nilo, los dos enemigos, aterrados, esperaron, incapaces de lanzarse a la lucha. Y en seguida, tras esta noticia, llegó otra más asombrosa, si cabe, que fue recibida por el soberano legítimo: el poderoso romano que pocos años antes era todavía tan fuerte que podía hacer y deshacer los reyes de Egipto, fugitivo ahora, y seguido de dos mil soldados, triste vestigio de su brillante ejército, se disponía a venir al delta para pedir asilo al hijo del Rey Flautista... Y un mes después de perder la batalla, Pompeyo se encontró ante Pelusio.

Pompeyo intentó desembarcar, pero el consejo de los dioses y de los hombres había decidido otra cosa.

Fotino, el eunuco, que en realidad era quien regía el gobierno contra Cleopatra, ha resuelto asesinar al vencido inmediatamente; de este modo se ganaría el favor de César, el nuevo amo del mundo, y no se vería más a los ejércitos extranjeros invadir o venir a luchar en el país. El general egipcio, cuando se acerca la embarcación de Pompeyo, sale a su encuentro con una nave rodeado de asesinos pagados.

Se hace saber a Pompeyo que no puede desembarcar por el poco fondo del puerto. La mujer de Pompeyo, Cornelia, presiente la emboscada, y, temblando, pone en guardia a su marido. Pero Pompeyo, viendo la costa llena de soldados romanos, sube a su embarcación, no sin dificultad, porque el mar está agitado, la barca es muy pequeña y al vencido le pesan ahora como nunca sus sesenta años. Y en el momento de poner pie en tierra se le apuñala por la espalda. Su mujer presencia la escena desde la cubierta de la galera; ve rodar la cabeza de su marido; grita, llora... Los asesinos conservan la cabeza y el anillo de su víctima; pero el cuerpo es arrojado al mar.

Tres días después, César, vencedor, llega a Alejandría y ordena a los beligerantes por medio de sus embajadores que cada cual retire sus fuerzas a sus campos respectivos. Luego, en tono grave, añade que viene a restablecer el orden en Egipto.

"¿El orden?", se dijo Cleopatra, pensativa.

Y se dejó caer sobre los almohadones de su tienda de campaña. Luego, como hacía siempre antes de tomar una grave resolución, se echó de bruces y permaneció inmóvil con la cabeza entre las manos, ligeramente levantada sobre los codos para respirar y pensar libremente.

Hacía ya varias semanas que vivía en aquella tienda, desde donde observaba, al borde del desierto, los movimientos del enemigo. Y esta vida de soldado no ha hecho sino fortalecer más su naturaleza de amazona.

¿Recibía Cleopatra al final de aquellas tórridas y peligrosas jormadas a un hombre en su tienda? Lo ignoramos. Los historiadores antiguos, que militaban en general en el partido de los adversarios de la reina, no mencionan ninguna aventura amorosa de Cleopatra durante esa época. Sin embargo, la soledad, el clima, el azar, el mismo temperamento de aquella mujer, hacen poco verosímil la idea de una Afrodita virgen a los 21 años. Pero hay que tener también en cuenta que el guerrero temperamento de Cleopatra dejaba en ella poco espacio a la voluptuosidad; si cogía una presa amorosa, la rechazaba inmediatamente para que su corazón y su cabeza permanecieran siempre serenos.

Ahora la vemos echada en su tienda, reflexionando sobre el gran suceso: su ciudad está ocupada por un romano, de cuyos actos la van informando sus espías; su soberano, hermano y esposo, se ha fortificado en un campo próximo a orillas del Nilo; dispone de agua, de un país rico a su espalda, y tiene, en suma, una posición muy superior a la de la reina destronada. En cuanto a ella, rodeada de varios miles de salvajes, comprende que no la protegerán las lanzas de estas gentes sino hasta el día en que un rico guerrero enemigo les pague para que la entreguen muerta o prisionera. Su hermano obedecerá seguramente a los romanos. ¡Cómo, pues, podían pretender oponerse sus consejeros al más poderoso capitán del mundo, a un jefe sin rival, siendo un ejército de aventureros que había dejado de servir a Roma!

No tardará su hermano en ir a Alejandría a prosternarse como su padre ante el victorioso guerrero, entregando también el oro y, uniendo sus tropas a las de César, para apoderarse, en un santiamén, de la indócil soberana.

Pero el nerviosismo podía hacer que los alejandrinos se rebelaran contra el extranjero. ¿Sería eso posible? Se dice que César ha llegado con una pequeña flota de 32 navíos. No puede haber traído por lo tanto más que unos 4.000 hombres, mientras que su hermano dispone de 20.000. ¡Si se pudiera entretener al romano por algún tiempo, impidiendo que lleguen las tropas de Siria para reforzar su ejército! ¿Por qué los miserables que el rey tenía colocados a lo largo de la costa, acordonándola, han dejado desembarcar al romano? Cleopatra sabe que nada hicieron para impedirlo. César ha llegado con el orgullo romano; ha dispuesto sus lictores que, con sus fasces, aparatosamente, desfilan a lo largo de la calle principal abriendo paso al cuerpo expedicionario, que entra precedido de música, con su jefe luciendo un brillante casco de oro.

No obstante, cierto tiempo después estalló la revuelta.

"¿Cómo empezó aquello?" , piensa Cleopatra. Y recuerda otros casos semejantes. Seguramente algún soldado romano silbó, alguien le contestó insultándole, entonces se unirían veinte o treinta alejandrinos y apedrearon a los invasores; el populacho se unió a los revoltosos y estalló el motín, que obligó a los invasores a refugiarse en palacio. Desde allí era fácil defenderse, y luego vendría la reconciliación con las gentes del país. Bastaba decir: "Nosotros venimos como hombres de paz, somos aliados del gran Egipto!"

¡Ah, cómo conoce Cleopatra los astutos recursos de un conquistador apurado! Pero, de todos modos, ¡el verse obligado a contemporizar con las gentes del país, a los dos o tres días de su llegada, suponía una gran humillación para César!

Si Cleopatra estuviera en su palacio y fuera en estos momentos reina de Egipto, ¿cuánto tiempo conservaría el poder?

Aun suponiendo que pudiera asesinar al guerrero extranjero y hacer levar anclas a su flotilla, ¿no volvería con mayores fuerzas para convertir el país en una provincia romana? Esto era lo que el Senado de Roma había decretado ya por dos veces.

Pero de pronto llega a su tienda un nuevo emisario con noticias: el pequeño rey ha ido, en efecto, a postrarse a los pies de César, y con él - ¡lamentable trío! - el jefe de su ejército, el filósofo y el eunuco. El intruso, haciendo de anfitrión, les invita con gran cortesía a quedarse en su propio palacio, que él no necesita por ahora.

¡Órdenes! Es lo que tiene siempre en la boca. El testamento del rey debe cumplirse: hay que licenciar el ejército; hay que pagar las deudas del difunto monarca al contado y en oro. Y cuando todo esto se haya cumplido, la paz reinará entre ambos pueblos, ya que nadie ha pensado en atacar ni vulnerar la libertad de Egipto.

"¡Oh! ¡Hay que matar a ese hombre, hay que envenarlo!", piensa la reina.

Despide entonces al mensajero y se pone a pasear nerviosamente por su tienda con las manos a la espalda y la cabeza algo inclinada, en tanto sigue el curso de sus ideas. ¿No habrá salida alguna para esta situación? ¡Ah, si ella pudiera disponer de los 20.000 hombres que tiene su hermano en el campo enemigo! Pero, ¿y Fotino? ¡Es un asesino! ¿Cómo no se le ocurrirá suprimir al romano? ¿No ha hecho ya asesinar a Pompeyo? ¿Por qué no a César ahora? Seguramente que cuando Fotino se inclina ante el jefe enemigo es para disimular la verdad de su odio, que brilla en sus ojos. Es seguro que algo traman... Aquilas, aunque solo fuera por unas semanas, podría conseguir la victoria. Los romanos eran poco numerosos para resistir. ¿No podrían, asimismo, defender el acceso del mar?

Sí, pero en tal caso ella estaría perdida. Toda Alejandría se levantaría para ayudar al glorioso vencedor a aplastar a la reina fugitiva. Sería el final del drama.

Entonces comprende que no tiene más que una salvación: poner al romano de su parte. Pero, ¿quién es aquel romano? ¿Quién es César en realidad?

Sale de su tienda, como buscando aire para sus pulmones, tratando de hallar alguna luz. ¡Ah!, pero fuera reinan las tinieblas y el viento noroeste, que sopla del mar en invierno, es glacial y corta la cara; siente un intenso frío; aquel viento le da miedo.

Los centinelas montan la guardia alrededor de las hogueras gruñendo ligeramente como los perros cuando oyen venir al amo. "Qué vida de perro, en efecto!, piensa la reina. ¡Qué vida de perro lleva hace varios meses! Allá, al oeste del delta, posee un palacio suntuoso, y ahora son aquellos bárbaros del norte los que se reclinan en sus cojines de seda. En cambio, ella, la reina, siente la arena en sus sandalias y no sabe si a pocos pasos, entre estas gentes que rodean las hogueras, hay alguien que por dos monedas de oro será capaz de cortarle la cabeza.

No ve la luz del faro; las palmeras y los accidentes del terreno lo ocultan. Además, Alejandría está lejos. Temblando de frío vuelve a la tienda, se sienta hecha un ovillo, como hacen los niños, y se pone a pensar en lo que debe hacer al día siguiente.

Si ataca Alejandría con sus tropas, como quiere el romano, ¡qué cuadro más horrible! Porque las gentes de la ciudad reirían de buena gana al contemplar aquel ejército de gentes miserables, de pobre nómadas del desieto, entre los esplendores de la urbe. Y los romanos reirïan también a su vez. En cuanto a César..., se dice que no ríe nunca, que solo sabe sonreir.

Su pensamiento vuelve a aquel extranjero que pocos meses antes era solo un aventurero y que ahora se había convertido en el dueño del mundo, un hombre que hace temblar a Egipto y a quien ella no ha visto jamás: A través de lo que conoce por su padre y otras gentes se ha forjado una imagen de este hombre, pero le faltan datos concretos: no dispone de un verdadero retrato, ni de un pobre dracma que le sirva de punto de partida a su intuición femenina. Porque todo cuanto ella está pensando y proyectando esta noche depende de la clase de carácter del jefe, hombre cuya conquista aseguraría su vida, y el fracaso, por el contrario, significaría la muerte.

Pero eso que cuentan de César son las mujeres, los amigos, la leyenda, los partidos y la calumnia solo es un tejido de contradicciones; gran conocedor del sexo débil, dicen unos; pero, por otra parte, quincuagenario; tres o cuatro veces casado, pero sin hijos; extremadamente reservado en amor, y sin embargo el primer romano que pronunció en público una oración fúnebre ante el cadáver de su mujer; viril, y, no obstante, dispuesto a creer a viejos chismosos siempre rejuvenecidos por el epigrama, él había jugado un papel muy femenino junto al rey Nicomedes. Se decía también que una vez fue engañado. Pompeya, su esposa, en la fiesta Bonne Decsse no se había mostrado insensible a las insinuaciones amorosas de un desvergonzado que se mezcló entre las sacerdotisas vestido de mujer. Y sin duda, César diría en público que no creía semejante historia, pero pidió la separación. La mujer de César no debía dar lugar a habladurías.

"¨Qué enigmático es ese hombreª", piensa Cleopatra.

Dicen que no es muy alto, eso es cierto; pero tiene la piel muy blanca, como ella, y que es muy pulcro hasta en la guerra. El rumor público añadía también que llevaba consigo hasta en la campaña losas de mármol y pisos de mosaico para sus tiendas. Las matronas de la vieja escuela ponen en guardia a sus hijas contra el seductor, que, por otra parte, se rodea de bellos efebos y esbeltos esclavos cuyo alto precio no se atreve a anotar en sus cuentas.

¿Qué clase de hombre es, pues, este César? ¿Quién le ama? La plebe, ¡hecho extraño! Los libertos, los obreros, las gentes humildes, a las que él proporciona trigo y diversiones. Cierto día, incluso, víspera de una fiesta, les hizo rasurar gratis, ganando con ello varios millares de electores. En campaña se le encuentra junto al soldado, comparte su rancho, le llama camarada. ¿Cómo habla este hombre? Dicen que tiene una voz grave y llena, no busca las frases ingeniosas como los tribunos, ni pretende ser brillante como Cicerón; se expresa sencilla y llanamente. Pero lo que todo el mundo admira y nadie comprende es aquella especie de ubicuidad que desconcierta: aparece rápidamente y rápidamente circulan sus informaciones (sus mensajeros recorren todo el Mediterráneo), y la misma rapidez tienen sus palabras, que se transmiten con la celeridad del rayo para alcanzar sus fines, estendiéndose, convertidas en órdenes, por el universo entero. Por eso se decía que César era el hombre más rápido de su época.

¿Qué le cuesta a César todo esto? No le preocupa. ¿La fama no ha sido con él tan pródiga como rápida, tan rica como generosa? ¡Qué extraño cónsul es, en suma!

Se decía que , de joven, había derrochado de tal modo el dinero, que sus acreedores le impidieron marchar a España, hasta que eoncontró un rico fiador. Luego, para pagar otras deudas, saqueó los templos de las Galias. Y, cosa peor, se añadía también que, siendo ya cónsul, había vaciado el tesoro del Estado del Capitolio con el mismo fin, sustituyendo las monedas de oro por otras de bronce dorado. Con semejantes métodos, naturalmente, pudo pagar doble sueldo a sus cohortes, liberar centenares de esclavos suyos y hacer del festín de los funerales de su hija una fiesta popular como jamás se había visto en Roma.

"¿Por qué, además - se pregunta Cleopatra -, le atraen tanto los niños?". Durante su consulado distribuyó tierras a las familias numerosas. ¿Habría repudiado a sus mujeres porque no le dieron descendencia? ¿Sería precisamente por creerse padre de Bruto por lo que colmó de honores a Servilia? Fue una mujer que tuvo por mucho tiempo. Hasta que un día ella le entregó su propia hija.

Aquella historia de Servilia y César, que fue durante varios años el escándalo y el tema de conversación de todos los salones mediterráneos, olvidada ya, intriga a Cleopatra; por un lado esta mujer marchita, por el otro aquellos bellísimos esclavos que César mantiene con largueza; su antigua fama de pederasta, sin hijos pero deseando tenerlos... Todo ello le hace adivinar a la reina que es un hombre maduro y lleno de experiencia, al que solo se le podrá conquistar con refinamiento. ¿Iba a fracasar la soberana de Egipto en aquella empresa? ¿No poseía ella mármoles, sedas, vasos de oro, telas maravillosas como seguramente jamás las habrían visto los ojos de aquel hombre? ¿Qué deseos del maduro patricio no podría colmar una Corte que desde hacía tres siglos venía estudiando los secretos eróticos del Oriente? ¿No poseía ella infinidad de esclavos, hombres de todos los aspectos, jovencitos, cortesanas, danzarinas cuya sola vista excita los sentidos tanto como los caprichosos platos que empieza a proyectar para su mesa?

¿Y si a César no le interesaba nada de esto? ¿Y si fuera solamente de ella de quien le han hablado? Quizá en este mismo instante tiene entre sus dedos alguna imagen de la reina, que ha hecho desenterrar de las cuevas donde escondieron todo cuanto la recordaba. Quizá a César, el rápido, el generoso, el vencedor que perdona al enemigo y es capaz de elevarlo a los más altos cargos; el romano, el dictador, el dueño del mundo en esta hora, puede que se le haya metido en la cabeza ir a ver en el delta del Nilo a la joven reina cuya fiereza constituye la comidilla de Roma.

Ya no duda mucho de que sea ella y no Pompeyo lo que ha traído a César a estas orillas. De todos modos, si al principio no fue ella el motivo, ahora lo era. ¿Por qué si no la habría mandado llamar? El oro no se halla aquí, en el desierto, está en el tesoro de Alejandría: en el trigo, en los tejidos suntuosos, en los impuestos, es decir, donde está el César, no donde ella se encuentra. Y sin embargo, ya por dos veces le ha enviado mensajes. Sí; ahora lo comprende: es ella quien le interesa. El único problema es aparecer ante aquel hombre inesperadamente, producirle una grata sorpresa.

Habá que tomar grandes precauciones - sigue pensando Cleopatra -, porque sin duda los partidarios de su hermano tendrán muchos espías, tantos como César alrededor de palacio, y podrían hacerla desaparecer fácilmente a la sombra de las palmeras, en los meandros de los canales.

La reina se levanta. Ha trazado su plan. Sabe ya cómo sorprender a César.

Dos días después, también al caer la tarde, César descansa en uno de los suntuosos lechos del palacio de Cleopatra, sosteniendo en las manos un "volumen" que le dio un sabio, un técnico que había construido un autómata. Agitado como está, es incapaz de prestar atención, atormentado por aquel nerviosismo que le había atacado tantas veces en campaña cuando tenía que pasar sin la compañía de alguna mujer -aunque ahora con menos frecuencia-, deja caer un almohadón y coge otro pergamino. Se trata de unos extractos de Escritura judía que le había enviado un escritor en la traducción griega preferida por los filólogos de Alejandría. Por dos veces ya, César había ido a visitar el Museum, magnífico palacio de dos plantas, y pudo admirar el grande y suntuoso vestíbulo con sus modernas ventanas por donde penetraba la luz cayendo desde lo alto sobre el verde pavimento. Este salón estaba lleno de estanterías conteniendo varios millares de obras: era la mayor biblioteca del mundo. ¡Qué práctico resultaba todo y qué bien organizado estaba! Cada obra tenía su etiqueta con el correspondiente título. Este ingenioso sistema de clasificación y ordenación permitía que se encontrara en seguida lo que se buscaba.

Vio también el faro, el faro más grande del mundo, con su gigantesco espejo que aumentaba su potencia luminosa; y al gran Poseidón en la cima de la torre; y los palacios, las rectilíneas calles que se cruzaban en ángulo recto... Al comparar todo aquello con la confusión de su vieja Roma, experimentaba un asombro sin límites. En una palabra: en las dos semanas que llevaba en el país había aprendido mucho.

De todos modos, lo que más impresión le produjo fue el cadáver de Alejandro. Ya no estaba encerrado en su antiguo sarcófago de oro, robado hacía tiempo; pero cuando César entró en el templo y levantaron para él la tapa de bronce, pudo contemplar, en un ataúd de cristal, el cadáver del gran hombre, medio descompuesto solamente, mantenido con indulgente gracia por vendas y tiras de seda, bajo el grisáceo brillo del viejo cristal. Estaba enterrado allí desde hacía tres siglos y, sin embargo, se conservaba lo suficientemente fuerte como para servir de modelo a un romano. ¡Solo por haber podido contemplarlo con sus propios ojos quedaba justificado el viaje!

Desde hacía varios días, César se preguntaba por qué demoraba su marcha, por qué permanecía allí tanto tiempo. Las miradas entre furtivas y ansiosas del joven rey del país, la actitud como expectante de sus consejeros, las murmuraciones que adivinaba al pasar, entre la servidumbre de palacio, la misma curiosidad de los esclavos parecía advertirle que la gente se daba cuenta del peligro que corría, a pesar de toda su gloria. ¿Qué sería de él, si el gran ejército de los Tolomeos le prepara una sorpresa? Cierto que era el dueño del puerto, pero en Pelusio estaban las galeras de Egipto, que podían bloquearle entre el faro y el palacio, a una orden del jefe enemigo. ¿Cómo parar el golpe con tan pocos barcos y el efectivo de una sola legión? ¿Por qué no se iba? ¿Qué esperaba?

¡El oro! ¡Eso era lo que le retenía! Había reducido mucho sus exigencias; quedaron en 10 los 18 millones que el difunto rey de Egipto debía a sus acreedores de Roma. Y aquellos diez millones los necesita; porque si bien ha sido grande su victoria sobre Pompeyo, no encontró oro en el campo enemigo y necesitaba el oro que le había fallado para pagar a sus tropas de Italia y de Egipto, que no se contentaban con los laureles del triunfo. Y quería justificar ante sus propios ojos su larga permanencia allí, con la necesidad del oro.

Al oir sus razonamientos, los hombres a sus órdenes movían la cabeza con signos de duda, y a través de sus miradas adivinaba lo que pensaban. ¡Qué! ¿Había vencido él a su último enemigo solo para esperar allí infructuosamente? ¿Para esto había conseguido la descompuesta cabeza de Pompeyo que los egipcios le remitieron solemnemente? Incluso se apresuró a enviar a Roma por el más rápido de sus mensajeros el anillo del emperador con su sello, para que pasara de mano en mano, haciendo comprender a todo el mundo que era preciso colocarse al lado del vencedor. En cuanto a la cabeza de su enemigo, mucho más viejo que él, aunque había sido su yerno, estaba ahora en un pequeño santuario que César había hecho levantar en honor de la diosa Némesis. Pero ahora, luego de perseguir a su rival, después de encontrarlo, después de vencerlo, hasta tener su cabeza, ¿qué buscaba aquí ya? ¡No tenía más que coger el oro y dar media vuelta hacia Roma!

¿Comprendía él mismo por qué retardaba su marcha? Sí. Era preciso arreglar el asunto de la sucesión del difunto monarca, poner paz entre los hermanos. Pero, ¿habría concedido él tanta importancia a esta cuestión si uno de los herederos no hubiera sido una mujer? César se sentía esta noche desasosegado, porque le faltaba la compañía de alguna mujer; las que había visto en la corte le dejaban frío o le hacían sonreir. En campaña, corrientemente, tenía que coger lo que se le ofrecía. Había gustado de todo. Pero para interesar ahora a este cincuentón se necesitaba algo nuevo, algo verdaderamente extraordinario. ¿Dónde encontrarlo?

Recordaba la conversación que sostuvo el día anterior con aquel discípulo de Epicuro. Era preciso gozar el placer donde se encontrara, multiplicar los instantes de felicidad sin temer a la muerte. ¡La muerte! Él, César, no la había temido jamás. ¿Y la vida? ¿No la había dejado escapar entre sus dedos, en medio de todas aquellas guerras? ¡Diez años entre los bárbaros, tan pronto en las Galias como en Germania, guerreando o negociando con docenas de tribus, temiendo constantemente emboscadas y traiciones, construyendo puentes, puentes, siempre puentes; caminos, siempre caminos; y lanzando proclamas y discursos..., librando batallas, siempre nuevas batallas! ¿Con qué fin? Para conquistar en la colonia el lugar que debía tener en Roma. Y en aquella Roma, ¡cuántas fiestas ha tenido que dar, cuántos ediles y pretores que comprar para ganarse a los humildes y al Senado, hasta el día que solo tuvo que enfrentarse con un rival! ¡Y por fin, aquella última batalla, en la que había caído Pompeyo! Ahora ya estaba en la cima; había conseguido la mayor altura que puede alcanzar un hombre.

César experimentaba en aquellos momentos la vaga tristeza que producen los proyectos realizados. Y se preguntaba si todo esto valía verdaderamente una vida, si la del escritor de ayer no había sido lo mejor de ella. ¿Qué sensación nueva podía producirle el verse aclamado por las muchedumbres, como vencedor, al llegar a Roma? Experimentaba el taedium vitae... y surgían en su mente cínicos pensamientos acerca de la venalidad de los hombres, y la rapidez y mudanza del destino, como bien se lo había demostrado la corrompida cabeza de Pompeyo. En el espíritu del vencedor se precisaba esta pregunta: Y ahora...¿qué?

En el desierto se hallaba una mujer joven, a la que él podía reponer en su trono. César no quería confesarse a sí mismo la curiosidad que le inspiraba la bella amazona egipcia; pero, hombre experimentado en amor, se daba cuenta de la sensación enervante que le había invadido, de la tensión, al mismo tiempo, de sus músculos, de aquella especie de dulce calma de un organismo que solo espera la chispa que sepa hacerlo arder... En una palabra: César se hallaba en el estado de duda e inquietud en que lo había imaginado Cleopatra a aquellas horas.

Se abrió una puerta. Un esclavo de elevada estatura, quizá un soldado, apareció en el umbral, donde quedó inmóvil; sobre sus hombros llevaba un gran fardo. César preguntó en tono breve: "¿Qué hay...?". Un oficial explica que vienen a ofrecerle un maravilloso tapiz como homenaje del rey Tolomeo. "¿No habrá peligro?", parece decir César con la mirada. El oficial deniega con la cabeza. Entonces el emperador ordena al esclavo que pase y extienda el tapiz. César contempla curioso la operación. El esclavo pone el tapiz en el suelo, lo empieza a desenvolver..., y del tapiz surge Cleopatra.

No es un cuento esto que narramos a nuestros lectores. Es un texto que hemos copiado del mismo Plutarco.

Esto no es un sueño, se dijo también César, que voló en auxilio de la bella aparición para ayudarla a levantarse. La reconoce inmediatamente; éste es el resultado del inquieto estado de ánimo con el que ha contado Cleopatra. César la interroga con risueña curiosidad, mundanamente. Ella no se sorprende y le cuenta cómo Apolodoro - éste es el nombre de su fiel esclavo - ha rodeado el delta del río a remo, deslizándose luego entre los navíos de la flota, y, al fin, envuelta en el precioso tapiz, se la cargó a la espalda, subió las escaleras del desembarcadero de palacio y pasó ante los centinelas hasta llegar aquí. Sonriendo, la reina despide al esclavo.

César no ha entendido todo, solo ha escuchado el sonido de la voz. No se le ocurre pensar como un guerrero en semejante circunstancia, en lo poco protegido que está contra un posible intento de asesinato. Solo ve realizado su sueño, una obra maestra de gracia y de ingenio. Lo reúne todo; sonrisa, audacia, fantasía, y la boca más preciosa del mundo. Cleopatra no es un mancebo; se adivina por las delicadas formas que se acusan bajo su túnica; tiene algo de adolescente que atrae de un modo irresistible. Cuando mueve sus bucles y se estira ligeramente para devolver la flexibilidad a su anquilosado cuerpo, él cree descubrir a Afrodita, una Afrodita alejandrina y decadente, una pequeña diosa que conoce todas las ternuras de la tierra.

Si triunfa tan rápidamente es porque se olvida de sí misma. Su innato arte de seducción ha desaparecido ante César. Ha olvidado los gestos y actitudes que traía preparados. Como olvida también en el primer momento que ha salido del tapiz completamente despeinada. El aspecto de aquel hombre la impresiona. Es cierto que tiene poco cabello, pero ese detalle no llama su atención. Solo la atraen sus negros ojos de mirar autoritario, su viril y fina boca de imperioso gesto, sus bronceadas mejillas, su cuello recio y corto, que sostiene con orgullo la firme y redonda cabeza de Julio César.

Todo la atrae en este hombre: su fortaleza, la larga mano que le tiende, su penetrante mirada, el perfume que se desprende de su piel, la arrogancia de aquella cabeza. Luego, cuando al fin se sientan uno junto al otro, después de un largo cambio de miradas, dejan de hablar y sonríen. La sonrisa de la mujer expresa miedo y arrogancia a la vez; la del hombre es de triunfo.

Los dos se admiran; sus dientes rivalizan en blancura.

A la mañana siguiente, cuando César hizo llamar al rey de Egipto, que llegó luciendo su diadema, el joven monarca, golpeando rabiosamente el suelo con el pie, empezó a insultar a su hermana - que sonreía mirándole burlonamente tras la sombra de César -, echándole en cara su traición. Fue Fotino quien aconsejó al Tolomeo que adoptase esta actitud; todo el mundo sabe ya en palacio lo ocurrido aquella noche. El último de los ganapanes conoce la nueva, y cada cual la refiere a su modo.

No le era difícil al joven, que ya contaba catorce años, hacerse el ofendido, pues, constantemente rechazado por ella, comprendía que aquella actitud de Cleopatra duraría siempre. Sin embargo encontraba a su esposa legítima en una situación que no dejaba lugar a dudas, con un hombre que podía ser su abuelo, y que había llegado al país como conquistador. Su rabia, pues, no necesitaba los consejos de nadie para estallar durante esta escena, al final de la cual arrojó furioso su diadema contra el suelo y salió como un loco.

Sonreían todavía César y Cleopatra cuando oyeron un gran tumulto de voces y gritos que procedían de la calle.

César hace seña para que le traigan sus armas, y luego, asomándose a una ventana invita al pueblo a acudir al día siguiente al Gimnasio. Cleopatra le escucha, asombrada de su serenidad. Cuando vuelve a su lado, no se atreve a preguntarle nada. A César no se le debe interrogar. Ella lo sabe. La reina solo ve el resultado de las primeras decisiones: guardar las habitaciones de la reina; traer al rey a palacio, buscar a Fotino. ¿Qué piensa hacer?, se pregunta Cleopatra cuando vuelve a quedarse sola. Comprende que se trata de la Corona, y por eso César ha convocado al pueblo.

Mientras tanto, ella recorre lentamente los salones de este palacio que ha tenido que sustituir, durante seis meses, por los rigores de los vivaques. Pasa junto a los cojines de seda que sabe tan tibios, junto a las altas columnas de mármol, que exhalan frescura; toca las puertas de ébano, aspirando su suave perfume; acaricia con sus manos las estatuillas, los objetos preciosos de marfil o de oro..., con lentos y voluptuosos movimientos de felino. Luego coge una estatuilla de Afrodita, que le gusta particularmente, y pasa sus dedos por sus líneas de bronce; después acaricia su propio cuerpo.. No queda descontenta de la comparación porque sonríe.

Cada mañana descubre en sí misma muchas cosas que permanecían en la penumbra antes de su contacto con el romano. César le parecía un hombre de gran experiencia, pero no viejo; viril y valiente cuando se dirigió a la revuelta muchedumbre; delicado sin blandura, enérgico sin tiranía, silencioso y, por lo tanto, galante. En suma, era un hombre extraordinario.

"¡Qué aventura!", se dice la reina poco después, al entrar en el baño.

Y sonríe al recordar el tapiz en el que se había hecho envolver para que la llevaran al palacio de sus padres, y cómo ha podido encontrar y despertar al dueño del mundo, en medio de su profunda soledad.

Todo la sorprende de nuevo; es joven y curiosa; y se ríe sola de su aventura.

Por fin se pone seria. Piensa exigir sus derechos. ¿Qué pasará mañana? ¿Y si César se embarca y se va...? ¿Y si permanece aquí? ¿Quién gobernará efectivamente. ¿Por qué no mata a su hermano? ¡Se trata del poder, es decir, se trata de la vida en un país como aquél! Y Cleopatra está decidida a vigilar sus propios sentimientos.

Mientras sale del baño piensa que no es tiempo, sin duda, de dar una fiesta en palacio. César se limitará hoy a presentarla como reina de Egipto a sus guerreros: los romanos que llegaron a su casa como ladrones y, sin embargo, le rinden homenaje. Todos le parecen curiosos y desconcertados a la vez, pues nadie sabe todavía quién reina verdaderamente en Egipto. Los mismos romanos lo ignoran. Todo lo que ayer al caer la tarde había empezado de forma tan fantástica, le parece ahora vacío, y Cleopatra se pregunta cuánta gente reirá con disimulo al conocer la extraña aventura.

Aquella noche, a solas otra vez con César, Cleopatra le encuentra de nuevo galante y cordial. Le habla como de pasada de sus planes para el día siguiente: piensa dar lectura ante el pueblo del testamento del difunto rey y la repondrá en el trono, con su hermano. Después piensa devolver Chipre a los dos hijos más jóvenes del fallecido monarca tanto para evitar que se reproduzcan en palacio las intrigas, como para demostrar a los egipcios la amistad de Roma.

César cambiando de tono luego, se pone a alabar la túnica de seda de Cleopatra, un tejido maravilloso, traído de Sidón.

La reina, admirada, guarda silencio. ¿Cuándo se ha opuesto nadie jamás de esta manera a sus deseos, deseos de mujer imperiosa? Su padre no tenía ninguna autoridad, ella le despreciaba. Sus ministros, aunque al principio oía sus consejos, luego, al encontrarlos demasiado estúpidos, los despreció también, y solo se atuvo a sus propias decisiones. Pero este romano, este hombre que está sentado frente a ella, al otro lado de la mesa, ante su plato de oro, y que parece penetrarla a cada instante con sus negros ojos, este romano cuya alma permanece todavía cerrada, este César dispone de su destino como un amo. ¿En qué funda semejante privilegio? ¿En la pequeña y pobre legión que guarda el puerto y el palacio? ¿En su gloria? ¿En el abandono amoroso de la reina?

Cleopatra sigue guardando silencio para no interrumpir el curso de los pensamientos de aquel hombre. Luego se dice que entre los proyectos de César y los que ella tiene, el romano ha escogido en realidad la única salida. Pero le ha anunciado fríamente su decisión, sin previa consulta, sin procurar saber lo que ella piensa; esto es lo que no puede soportar.

Por dos veces Cleopatra ha intentado hablar, pero las dos veces le ha faltado voz..., y cuando al fin se abren sus labios, es solo para responder con una sonrisa a la escrutadora mirada del romano.

El enemigo vino a interrumpir el idilio de un modo ruidoso. Apenas se había acabado de leer en el Gimnasio la la fría proclama de César, ante una compacta muchedumbre, cuando las gentes de palacio iniciaron un verdadera revuelta contra el invasor. Fotino se vengaba, en eunuco, acusando secretamente a la reina de ser pura y sencillamente una perdida que entregaba el poder al extranjero, en cuanto a César, Fotino añadía que acaso en la alcoba quedara victorioso, pero que en pleno campo sería prontamente vencido, pues sus escasas tropas no podrían resistir el empuje de todo su pueblo. ¡Con un golpe de fuerza Egipto se vería libre para siempre de los romanos!

Como César comprendía que le era imposible intentar un ataque contra el ejército de Aquilas, situado junto al delta, ni tampoco contaba con fuerzas suficientes para echar mano al tesoro, envió dos mensajeros a Pelusio con la orden de que fueran licenciadas las tropas en nombre del rey.

Por toda respuesta, Aquilas hizo matar a los dos emisarios y marchó contra Alejandría. Y 20.000 infantes y 2.000 jinetes se presentaron una mañana ante las murallas de la ciudad, tomando posiciones frente a las puertas e invadiendo los suburbios exteriores. El dueño del mundo, aislado de sus bases, debe aceptar la batalla en este litoral extranjero, contra un enemigo cinco veces superior a su ejército. Solo cuenta con una cuarta parte del palacio, el puerto, una pequeña flota, y, para colmo de males, el joven rey y el eunuco están contra él. El eunuco continúa intrigando entre el pueblo y en palacio. Un día hace servir la comida a César en escudillas de madera, y cuando el emperador le pregunta con los ojos qué significa aquello, responde con un simple encogimiento de hombros que los agentes de Roma se han llevado el oro. Otro día, durante una fiesta, el eunuco intentó envenenar a César; éste, advertido por su barbero, ordenó que se diera muerte al eunuco en el acto y que, en adelante, se vigilara estrechamente al joven rey. Al mismo tiempo, César enviaba un agente tras otro a lo largo de la costa, para procurar levantar el bloqueo a que le tenía sometido el enemigo.

Por desgracia, César se vio pronto cercado: por tierra, el ejército de Aquilas le impedía la llegada al mar; por mar, las galeras enemigas cerraban la bocana del puerto; y cuando intentó forzar el bloqueo, fracasó ruidosamente, perdiendo en el intento muchos de sus hombres, ya bien mermados en realidad.

De todos modos, el peligro le hizo recobrar sus bríos juveniles:"¡Incendiad los barcos enemigos!", ordena. Y 90 galeras egipcias empiezan a arder al pie del faro; arden los cargamentos de trigo, arden los depósitos de víveres, uno tras otro..., el incendio se propaga a la ciudad, y al mediodía las llamas envuelven también la maravillosa biblioteca.

Con ella se consume todo cuanto Roma había aprendido de su gran modelo, origen de todas las ciencias, de la sabiduría y de la belleza que debían hacer de este Mediterráneo, a través de los siglos, maestro de razas y de pueblos...

¿Y quién destruía todo aquello? ¿Es acaso, un soldado bárbaro, elevado al poder por la fuerza estúpida? No, es César, el más inteligente de los romanos; César, que ha nutrido su espíritu en los senos de la noble Grecia, para elevarse por encima de todos los grandes hombres. ¡Sí, es él quien, sin saberlo, ha destruido su propio pedestal!

Los sabios, los hombres cultos, desde lo alto de una colina tras el palacio, elevan los brazos al cielo; ¡400.000 obras se convertían en cenizas, la más grande y hermosa biblioteca del mundo! El paladín eterno del saber, los bienes de su vida interior. ¡Y ellos tenían que presenciar la catástrofe!

Pero César no tiene tiempo de pensar. Ha de estar en todas partes. Se encuentra en su galera dirigiendo la batalla. Las flotas combaten a la salida del puerto. La galera se hunde, todos huyen, todos saltan a otros barcos.. César se echa al agua y va a nado a atender a otro navío. Lleva su manto de púrpura entre los dientes. Con la mano izquierda sostiene fuera del agua un pergamino, que quiere salvar a toda costa, con la diestra nada como puede, esquivando los golpes del enemigo. Traza zigzags, se sumerge, cambia de rumbo...Al fin tiene que desprenderse de su manto pero salva el precioso pergamino y logra subir a otra nave. Ahora es solo un quincuagenario que desea dejar el puerto para refugiarse en palacio. Cuatrocientos de sus hombres se han ahogado. La batalla se ha perdido.

Los alejandrinos recogen el manto de César y lo exponen para irrisión en la barra del timón de una de sus naves.

Al mismo tiemnpo, las noticias amenazadoras se multiplican; se dice que las gentes de Pompeyo, rehechas de la primera derrota y viendo a César cogido en un cepo, se agrupan alrededor del hijo de su viejo jefe. En vez de explotar su victoria y deshacer definitivamente el resto del ejército de su rival, el gran dictador emplea sus fuerzas en los canales y en las calles, luchando con un enemigo que se ha creado él mismo, pero del que no puede escapar.

Para colmo de males, una mañana le anuncian que Arsinoé ha desaparecido. La muchacha que él convirtiera en reina de Chipre había huido durante la noche con su profesor y amante, Ganímedes. Entonces, al frente de su pequeño ejército, marcha al encuentro de Aquilas y se entablan negociaciones para un armisticio. Los dos bandos están contentos; así podrán ganar tiempo. Las últimas noticias que llegan de César son que los persas y los judíos se disponen a desbloquearle.

¡Un poco de paciencia! La liberación se aproxima y podrá atacar por dos lados. Mientras tanto, los romanos vencen en los canales, en los meandros del delta; todos los barcos vienen con las luces apagadas para burlar al enemigo, y los hombres toman tierra en la parte pantanosa entre las dos grandes embocaduras del puerto. En esta parte avanzada de Egipto, que ya no es río, pero que todavía no es el mar, se libra durante largos días una confusa y tenaz batalla; es la que al fin hace caer al fatigado Egipto en el laberinto de sus propias aguas, bajo los remos y las espadas de un enemigo más joven. El rey, que que se ha portado valientemente en el último momento, se ahoga en el Nilo, bajo el peso de su coraza de oro. Arsinoé vuelve prisionera a palacio. El resto de los personajes palatinos cae también bajo la espada del triunfador romano. César vuelve a entrar en Alejandría; y esta vez las gentes, vestidas de luto, vienen a prosternarse ante sus águilas y sus vergajos. La guerra, que ha durado todo el invierno, acaba al fin, La primavera hace su aparición.

Durante aquella campaña terrible, César y Cleopatra habían podido conocerse. La reina vive con él, César mismo lo contado a sí a la posteridad, en la sola frase en que menciona el nombre de la reina, frase que se encuentra en su Bellum Alexandrinum; es ésta: "César devolvió la Corona a la reina Cleopatra porque se unió fielmente a su partido y permaneció a su lado en el cuartel general durante toda la campaña".

En estás frías palabras, escritas por una mano que manejaba la pluma como una espada; en este mensaje al Senado, al pueblo y a la historia, en el que el autor inmortaliza al guerrero; se encerraba la primera parte de una novela de la que iba a salir un nuevo mundo.

César habia conocido muchas mujeres: la hermosa Cornelia, que se decía haber sido el único amor de su juventud, a la que se encontró cuando él contaba diecisiete años y perdió a los veintitrés; la deslumbrante Pompeya, nieta de Sila, que le engaña con Claudio; la insaciable Servilia, que era una llama viva de pasión; la noble Calpurnia, con la que durante diez años compartió hogar y honores, y como entretenimiento, esposas de senadores, princesas extranjeras, hijas de soldados a capricho del azar o del propio capricho. Una le había atraído por su ciencia amorosa, otra por su dulzura, alguna por un paso de danza o por su sensatez o por su valor. Había cambiado tanto de mujeres porque solo dentro de esta variedad podía encontrar la imagen del sueño de su juventud.

Pero es ahora, al final de su madurez, cuando se encuentra una mujer maravillosa que parece encarnar verdaderamente su ideal : Cleopatra. Cleopatra parecía, en efecto, reunir todos los contrastes. Tan valiente como ingeniosa, audaz y astuta a la vez, tenía siempre tres planes de repuesto para cuando le fracasaba algún proyecto; fría en el combate, positiva en el peligro, y, por lo tanto, del día a la noche se metamorfoseaba por completo. Se diría que al ponerse su casco cambiaba también de sexo y de alma. ¿Necesitaba César un informe sobre los canales? ¡Cleopatra se lo facilitaba! ¿Había perdido su caballo? Si el que le ofrecían para sustituir la vieja montura no le convenía, ni el segundo, ni el tercero, Cleopatra encontraba el cuarto y asunto terminado. ¿Desconfiaba el Consejo de Guerra de la lealtad de algún agente? Ella ponía en claro se verdadero carácter. Además, nadie sabía descubrir antes que la soberana a un hombre sobre un camello en el desierto. A gran distancia distinguía si una embarcación era griega o romana y, echándose de bruces al suelo, contaba, por el ruido, los escuadrones enemigos.

Al cabo de pocos días de guerra. César la buscaba con los ojos como a un hijo heroico. Y pocas semanas después, la reina era al mismo tiempo ayudante de campo, ministro, juez, espía y hasta consejero de César.

Si se hacía un alto en la lucha, encontraba a Cleopatra transformada: era a la vez la soberana y la dueña de casa que lo mismo gobernaba varios centenares de esclavos que un millón de ciudadanos. César se daba cuenta, observándola desde lejos, de su talento, de su ecuanimidad para mandar y decidir, de su serenidad para no dejarse arrastrar por los rencores ni por la venganza, siempre dispuesta a sacar el mayor provecho de las cosas. Entonces no era un hijo jovencito, sino una reina, fría como la esposa de un Faraón.

Por la noche aquella frialdad desaparecía; no quedaba nada de la reina ni de la jovencita heroica. Le bastaban unas cuantas lámparas y dos o tres tapices arreglados por sí misma - ella modificaba siempre el decorado de sus habitaciones, que hacìan sus esclavos -, para transformar en un nido de olvido, la tienda de campaña que ocupaban todavía de vez en cuando al final de la guerra, y sobre todo el palacio que, poco antes, había servido de fortaleza. César, entonces, sentía que le metamorfoseaba la sangre de aquella gens Julia que se decía descender de Venus; él no era más que un hijo de Marte, y Venus aquella mujer que le desnudaba su espada.

Cleopatra se había dado cuenta inmediatamente con su infalible instinto de mujer extraordinaria de lo que este hombre maduro podía desear todavía. Por eso procuraba mostrarse más apasionada que él. Sus nocturnos transportes amorosos siempre los interrumpía algún grito, el ruido de pisadas, como el roce de unos dedos en su puerta, porque, durante tan trágicas semanas, el enemigo se encontraba apenas a cien pasos del palacio.

Lo que les une es precisamente este peligro cotidiano, este constante desvelo con que ambos defienden el poder de Roma y el de Egipto. Un destino amenazador que solo puede ser vencido con ánimo alegre, y cuyo final aparecía dudoso a pesar de todo: el vivir siempre pendientes de las emboscadas de un enemigo próximo, el ver vacilar su vida como una llama en noche de tormenta para reavivarse en seguida con mayor intensidad...; sí, era el soplo de la guerra el que unía los destinos del más grande general y de la más asombrosa mujer de su tiempo con una violencia que aquel hombre maduro no había conocido hasta entonces y que la joven reina no conocería más.

De esta compenetración de sus espíritus, que acompañaba y seguía a los transportes de la pasión en César y en Cleopatra, surgían luego graves preocupaciones. Pensaban en sus países respectivos,en la manera de unirlos tan estrechamente como ellos mismos. César sentía como si el sueño de Alejandro hubiera de ser posible ahora, partiendo de esta Alejandría donde se encontraba... Le bastaba aquella prodigiosa mujer que había venido a su encuentro como una última reina de sangre griega. Cleopatra, por su parte, adivinaba tales pensamientos; se encontraba nuevamente ligada a Roma, a aquella Roma a la que, unas veces por odio, otras por sentimientos de venganza,y ahora por amor, había estado unida siempre. Y del sueño amoroso de aquellos dos seres surgía la imagen de un mundo que obedeciera a un solo rey.

Y, sin embargo, el amor de Cleopatra crecía también como el de César, libre de toda ambición, de todo fin utilitario, en aquellos instantes arrancados a la vida en que, la voluptuosidad satisfecha, el odio linda con el amor y se orienta la decisión del alma. Hasta entonces, como una joven palomita, ella no había soportado a ningún hombre más que por capricho, por juego, o por astucia, para rechazarlo inmediatamente y volver a los libres espacios. Ahora la mirada de César, que se había vuelto soñador, su breve aliento, sus pausas silenciosas de hombre que empieza a envejecer, despertaban en el corazón de Cleopatra sentimientos que jamás había conocido; en aquellos momentos en que el descendiente de los dioses permanecía a su lado, completamente inmóvil, ella se sentía madurar de pronto, como si hubieran pasado muchos años, y se preguntaba si, más que amante, era hija suya.

Y así como Cleopatra, apenas entraba en la vida, experimentaba en los brazos del hombre amado los placeres de una mujer madura. César, a su vez, creía rejuvenecer en aquellas horas de olvido. El hombre se sentía entonces transportado al seno de no se sabe qué nubes, de aquel movible y vaporoso éter, en el claroscuro de los sexos y de las generaciones Éste era el sueño creador de una pareja guerrera, un mundo de presentimientos, en la propia escala del globo.

Al final del invierno, Cleopatra le anunció que le daría un hijo aquel verano. César, para disimular la emoción que le produjo la noticia, sonrió, preguntándole cómo sabía de antemano el sexo de la criatura que iba a nacer. Cleopatra, mirándole gravemente, repitió sus primeras palabras.

Al terminar la guerra, César devolvió el trono a Cleopatra, para que lo compartiera con el más joven de sus hermanos, un chiquillo sin ningún talento, con quien ella debía casarse, según costumbre faraónica.

En cuanto a Arsinoé, cautiva de César, que había osado imaginarse que podría algún día disputar el cetro a su hermana Cleopatra, ésta le profesaba un odio mortal. Los millones en oro estaban dispuestos; y Egipto, que el dictador habría podido convertir en provincia romana, conservaba su independencia, aunque seguía siendo fiel aliado de Roma, cosa que jamás hubiera podido soñar el más orgulloso de los romanos: un hijo del dictador y de la reina iba a nacer pronto.

Cuando terminó el invierno llegaron los veleros. ¿Qué noticias traían?

Todo el mundo esperaba a Céssar. Con temor o con esperanza. Roma, Italia, Atenas, las Islas, todas las ciudades esperaban a César. Las sillas curules, abandonadas por los pompeyanos, estaban vacías; vacíos los escaños del Senado; centenares de altos funcionarios habían ido a refugiarse en casa de amigos que vivían en pueblecitos de la costa. Nadie sabía quién gobernaba en Roma en realidad, ni lo que haría el nuevo amo; no había, por tanto, seguridad alguna en Italia, ¿Acaso existía todavía la República? ¿Qué nuevos derechos iba a exigir del Senado el dictador después de su aplastante victoria? Antonio, que reemplazaba a César durante su ausencia, intentaba, desde luego, mantener el orden por la fuerza, pero, ¿quién sabía si sus decisiones estaban verdaderamente inspiradas por su superior? Por otra parte, los ricos parecían aún demasiado poderosos, y los patricios estaban decididos a aprovechar las disensiones entre los cesarianos mientras su jefe permaneciera en Egipto.

Ya está el vencedor en su palacio de África; un mensajero le trae cartas; un secretario, la historia de la campaña cuya lectura escucha César con gran atención, no despegando los finos labios más que para hacer alguna pregunta. De pronto, una noticia le sorprende extraordinariamente. ¡Antonio y Dolabella, los más íntimos familiares de César, han recurrido al Foro porque uno de ellos le ha robado la mujer al otro! Luego vienen otras noticias: en toda Italia se levantan estatuas al amo del momento, pero los hijos de Pompeyo se preparan para vengarse de la derrota de Farsalia, secundados por Catón, el hermano de la mujer a quien César amó apasionadamente en otro tiempo; huelgan forzosamente los mejores soldados, y como no tienen noticias de César desesperan de tocar alguna vez su sueldo o las tierras prometidas, lo que hace que se pasen al partido contrario. El mundo, en fin, parece carecer de jefe.

César, en tierra extraña, deber creerse semejante a Zeus, que abandonó a Europa y a la que Eros viene a contar las angustias de la virgen que sufre lejos de él, horrorizada por su fuego, inmóvil, aterrada.

Y, sin embargo, ¡cuántos años ha tenido que combatir para contemplar algún día a aquella Europa a sus pies, para conseguir el poder, el dominio sobre los hombres! Desde que la gloria de Alejandro apareció el cielo de su juventud como una especie de estrella polar, no ha cesado de dirigir sus ojos hacia el Foro y el palacio del Gran Pontífice. ¡Ah, ser dueño de Roma, pero serlo sin compartir el poder con nadie! ¡Sin tener que rendir cuentas a los cuestores, a los ediles, a 200 senadores, a una nube sin fin de abogados! Éste era el objeto de su vida. Y ahora todo lo tenía al alcance de la mano: un sitial le esperaba en Roma, que solo necesita nuevo nombre para convertirse en trono. ¿Por qué duda César? ¿Por qué no regresa a Roma en el más rápido de sus veleros dejando todos los demás asuntos?

En el cenit de su gloria, vencedor de Farsalia, el hombre más poderoso de la época, ha combatido como un aventurero, al frente de una simple legión, en una tierra inhospitalaria, donde pudo hager fenecido, y entonces solo habría restado de César una gloria truncada. Pero había permanecido en Egipto, primero por inquietud, luego por una necesidad a la vez material y espiritual: o sea, por amor.

¡Pero ahora! ¿Qué le impoide ahora regresar a Roma, para recoger el fruto de tanta lucha? ¡Porque Roma para él significa la consagración de su gloria! ¿Cleopatra? Pero Cleopatra es una mujer que está esperando un hijo, una mujer privada de la mitad de sus encantos, que cada día se ve más entorpecida, menos ligera. ¿No debía huir de su lado un hombre de su experiencia amorosa, para guardar la imagen intacta de aquella maravillosa Afrodita: de los primeros días de su pasión? ¿Qué obstáculo le impide, pues, volar hacia Roma y realizar en seguida la más grande ambición de su vida?

¡Nada, sino el deseo de ver a su hijo! César está decidido a contemplar con su propios ojos, antes de marcharse de esta costa exztranjera, al heredero que se le ha prometido.

Y Cleopatra, siempre ingeniosa, encuentra el medio de impedir que el hombre amado se aburra junto a ella durante aquellos últimos tres meses que faltan aún para que nazca su hijo: hace equipar un barco e invita al dueño del mundo a que la acompañe en un viaje por el Nilo.

Thalameyos, el navío real, una extraordinaria embarcación que ningún Faraón había poseído todavía, era un verdadero castillo flotante. Los bajorrelieves de madera de cedro y de ciprés, en la gran sala, recordaban los modelos indígenas que se encuentran a la orilla del Nilo, patriarca de la historia fluvial. La reina ha querido que el resto del navío fuera decorado al estilo griego. Por lo demás, a excepción de las fiesta y las solemnidades tradicionales del país, en que tenía que seguir las costumbres del reino, los Tolomeos habían vivido siempre como griegos. Afrodita y Dionisos nunca habían cesado de reinar en su bello santuario de mosaicos, y los mismos muros de la regia alcoba de Cleopatra se decía que estaban decorados con frisos que representaban ciertos paisajes de la Ilíada.

¿Había preparado la reina todo aquello para incitar a nuevas hazañas el ánimo de aquel hombre que comenzaba a envejecer?

En la real embarcación había para cada estación del año puentes que costaban verdaderas fortunas, un sistema de tiendas y pequeños jardines debían proteger a los viajeros contra los ardores del sol, que en aquel país privado de lluvia se hacía cada vez más implacable a medida que remontaban el Nilo. Esclavos y danzarinas, comediantes y actores trágicos, los mejores cocineros deAlejandría y los más caprichosos instrumentos musicales acompañaban en pequeñas embarcaciones aquel palacio flotante que iba remontando el Nilo, unas veces a la vela, otras a remo. En una palabra: todo cuento podía contribuir a distraer el espíritu de césar o sus sentidos, había sido reunido en la flotilla maravillosa por aquella mujer para hacer agradable la vida de su huésped.

Porque - y esto era un verdadero triunfo para la reina - César, al cabo de veinte años, se concedía un descanso bien ganado. Cleopatra, por instinto o por su gran inteligencia, encontraba simpre la manera de entretener el reposo de aquel espíritu luchador, de modo que incluso lejos de sus costumbres, de sus recuerdos y de sus intereses, podía soportar su descanso. Al mismo tiempo, para nutrir aquella inteligencia inactiva ahora, llevaba con ellos sabios, escritores, hombres de ciencia, o los hacía subir a bordo cuando pasaban por ciudades importantes del alto Nilo, para que explicaran a César los misterios, la grandeza o las obras del país.

Porque este César que empezaba a declinar no podía pasar tres días inactivo, en aquella ociosidad en que había transcurrido su juventud. Un día sin dar órdenes le parecía un día perdido. Muchos millares de legionarios le seguían durante este viaje en 400 galeras: César no pensaba atacar a nadie, no quería conquistar nada; pero, ¡quién sabe las sorpresas que podían reservarles las orillas del gran río! Dada la importancia del personaje, había que pensar en una posible emboscada de los árabes para apoderarse de él. La seguridad en el Alto Egipto era entonces mucho menor que mil años antes, cuando Tebas era la capital. Desde Alejandría hasta las fronteras de Nubia se remonta el curso de la historia, a la vez que el del Nilo.

César contemplaba aquella legendaria corriente con los ojos de hombre genial, es decir, de hombre imparcial y al mismo tiempo con el espíritu crítico de un experto organizador. Se iba dando cuenta de cómo ls crecidas del río, su estiaje,su extensión, su violencia, la altura de sus riberas, determinaban la cosecha del trigo, origen de la riqueza de Egipto. Al pasar, César no dejaba de advertir inmediatamente un brazo de canal estancado, pero sabía disimular ante la reina la sonrisa que le arrancaba la negligncia de sus servidores, mientras ella anatematizaba al culpable. César había tenido que construir, en sus campañas del norte, demasiados puentes y diques para no apasionarse por todas aquellas cosas de esclusas, de norias o de ruedas hidráulicas. Como ningún país de la tierra dependía más que éste, por su falta de lluvia, del ingenio de los hombres para aprovechar el agua, Ramsés y Joseph se habían preocupado también en otros tiempos de este problema. César, pues, no había sido el primero.

Cuando pudo contemplar, al pie de las Pirámides, el camino por donde vino Alejandro desde el santuario de Amón al Nilo, se sintió cogido en el engranje de cuatro siglos y se asombró de encontrarse tan cerca de él ; le parecía seguir sus mismos pasos.

En vez de disminuir, a medida que se alejaban de la ciudad que llevaba el nombre del conquistador, aumentaba cada día la mágica influencia del gran macedonio sobre César. Ante las gigantescas columnas de Amón y de Osiris, solo experimentó la curiosidad de un ingeniero, preguntándose cómo se las habrían compuesto para levantar bloques graníticos de semejante dimensión, sin ayuda de máquinas. Luego, al descubrir otra vez la mano de los Tolomeos en el templo de Edfou, y en Filaé, el romano vuelve a encontrar su modelo y siente una supersticiosa emoción.

Se emocionaba oyendo el griego puro en que se expresaban los sacerdotes, o la lengua de los aldeanos que le hablaban por medio de intérpretes. Constantemente se preguntaba qué habría hecho él de haber reinado allí, qué mejoras hubiera realizado. Los nombres de los pueblos que seguían las dos grandes vías del Nilo hacia el mar Rojo, llevaron su pensamiento a la ruta de Indias, y de nuevo surgió en su espíritu la imagen de Alejandro, de aquel Alejandro pérsico, y luego la imagen de la misma Persia, la enemiga ancestral de Roma, y el recuerdo de Craso, que había vencido allí, y todo aquel enigma asiático. Luego volvía a Egipto, a su forma de comerciar, al valor de sus ganancias: una serie de detalles concretos ocupaban cada día al moderno Faraón,que se apasiona por los arreos y la montura de un camello, por la cadena de cangilones de barro de una noria que vio en una aldea, para elevar el agua generosa del Nilo.

Este viaje, en fin, se iba desenvolviendo como una gran lección de cosas, una interesante lección de la vida oriental; porque César podía olvidar momentáneamente sus grandes asuntos, pero no permanecer ocioso.

César era, sin embargo, el huésped de Cleopatra. Sabe lo que le debe a la reina del castillo flotante, cuando, después de una comida exquisita que han compartido con los oficiales, se sienta ella a su lado, entre los almohadones, y contempla la puesta del sol al fondo de los desiertos de Libia mientras palidece el ardiente día y empieza a descender una fresca brisa.

Cleopatra permanecía allí, envuelta en vaporosos chales, en la misma actitud que cuando era niña, apoyada la barbilla en sus manos, mirando con sus dorados ojos de halcón al hombre silencioso que estaba a su lado, que intentaba ocultar su calvicie con disimulados movimientos. César sabe que Cleopatra desea que él le cuente alguna cosa de su vida.

Quizá César, durante aquellas tardes, fue relatándole en efecto su historia a la reina, callando, desde luego, ciertos detalles que permanecían ocultos para todo el mundo, incluso para esta mujer que tanta confianza le inspiraba.

Al preguntarle Cleopatra cierto día qué le había parecido un refinado plato que les habían servido en la comida, César aprovechó la oportunidad para contarle que recientemente, durante la guerra civil, él había tenido que comer raíces y había pasado muchos días sin agua. Fue poco antes de Dyrrachium, la única batalla que había perdido en su vida. ¡Cómo se portaron aquel día los legionarios! Los mismos jefes venían a la tienda del gran guerrero, pidiendo que se les castigara por la derrota.

Toda la legión fue disuelta como medida de castigo. ¿Y había frecuentes levantamientos? De tiempo en tiempo, si. Una vez, en las Galias, encontrándose en un caso de aquéllos, gritó a los amotinados: "¿Queréis licenciaros...? Marchaos, pues, ciudadanos". Pero ellos, vejados, le respondieron: "¡Soldados! ¡Nosotros somos soldados!".

¿Le querían sus hombres? Sí, le querían cuando le veían vencedor. ¿Les amaba él? Sí, fue allá abajo, en el gran norte, donde los soldados romanos demostraron lo que eran capaces de hacer. En los diez años que pasó en las Galias no tuvo ninguna derrota, ni que castigar casi nunca a su gente, que estaba contenta y jamás murmuraba si tenía asegurado el pan, buenas sandalias y mujeres en algunas ocasiones. A condición, claro está, de que llegado el momento el jefe compartiera con ellos el peligro..., lo que tuvo que hacer cuando luchaban contra los nerviones y, más recientemente, en Egipto.

Pero el pensamiento de César vuelve siempre a Pompeyo. ¿Por qué su rival no había aprovechado la victoria? ¿Se sentía demasiado viejo, acaso, demasiado débil? ¿Se debe renunciar a los cincuenta años a mandar un ejército? La victoria podía haberle dado a Pompeyo el dominio del mundo; es más: en aquella guerra sin combates, Pompeyo debia incluso haber evitado Farsalia. ¿O era que Pompeyo había sido desde su infancia demasiado mimado por la fortuna? ¡Siempre rico, siempre célebre, él lo había poseído todo sin esfuerzo! En cambio, él, César, siempre en desgracia, siempre rechazado por la sociedad cada vez que pretende elevarse, tiene que ir subiendo apoyándose en el pueblo, escalón tras escalón, duramente, para verse, a los cuarenta años, cónsul de una provincia bárbara de las más pobres del Imperio. ¿Por qué los dioses y el Senado habían mimado tanto a Pompeyo? Y el despecho, el rencor, le quitaban a César el sueño: haber llegado a los cuarenta años sin haber conquistado la cima del poder; tener que acabar su vida en disputas de partido, como los oscuros abogadillos, o los aventureros...

Amargado por el despecho y con el recuerdo de Alejandro, aquella tarde... aquella tarde... en Rimini - ¿habían pasado ya tres años ?-, tras vacilar una media hora, decidió pasar el Rubicón y marchar sobre Roma...

Esto le ponía fuera de la ley... ¡Sí, sí, solo, sin ningún voto particular! ¡Cómo se había reído el Senado! ¡César atacar a Pompeyo! ¡El gran Pompeyo! ¿Tomaba a este vencedor por un pobre jefe de suevos, de bárbaros habitantes de los bosques?

¿Pero había consultado a los oráculos?, inquiere entonces Cleopatra. El dictador sonríe. ¿Sus oráculos? ¡Sus oráculos eran su fuerza, el número de sus jinetes, y el poderío de sus máquinas de guerra, su tren de batalla y sus víveres y municiones! ¿Sus sacerdotes? Algunos jefes que no tenían miedo a nada. ¿Antonio? ¡Sí, el mejor de todos! Precisamente entonces, Antonio había venido de Roma hasta el campamento de César, disfrazado de esclavo; y César, aprovechando la circunstancia, lo presentó de aquella guisa a sus cohortes, aregándolas para indignarlas contra un gobierno de partido que obligaba a huir así a los hombres honrados.

Cleopatra le escucha con gran atención. La voz de César ha adquirido un hiriente tono metálico, como si despertaran sus viejos rencores. Pero al hablar de Antonio, se diría que su voz se serena y se dulcifica, que su frente se aclara. César debe amar hata las flaquezas de este amigo, porque son inseparables de sus méritos. La reina pregunta dos o tres veces por hechos referentes a Antonio. ¿No es Antonio uno de los romanos que a lo mejor conoció ella, en su adolescencia? El otro es el hijo de Pompeyo, del que se guarda muy bien de hablar; pero Antonio era aquel jefe de caballería que tanto la impresionara cuando contaba catorce años...A Cleopatra le gustaría saber más de él, algunos detalles íntimos.

César habla siempre de Antonio como de un joven alocado, al que hay que tratar paternalmente, por su valor y abnegación. Avaro de elogios en general, a él, sin embargo, no se los escatima.

Solamente cuando Cleopatra pregunta si Antonio haría un buen rey, César niega con cierto ardor. ¡No!; como segundo es más fuerte, es un hombre inigualable, pero para ser jefe supremo le falta paciencia, seriedad. Su carencia de ponderación le ha costado ya la confianza del pueblo; seguramente ahora trata de gobernar en Roma, premieado o castigando en nombre de César, unas veces con justicia y otras no, según el humor del momento.

Él solo hace lo que se le ocurre a la picante Citeria, con la que pasea por las calles de la capital en un litera arrastrado por dos leones.

Cleopatra aguza el oído al escuchar estas palabrasl La voz de César se anima, cosa rara en él. Pero la reina no piensa en César, sino en el otro, en aquél que la turbó ya en su adolescencia con su cabeza de baco y que ahora parece gobernar Roma, satisfaciendo los caprichos de una cantante. ¿En una litera?. ¿Tirada por dos leones? ¡Qué locuras inventaban en aquella Roma! ¡Qué de cosas le oculta la vida, que César a sus años, debe conocer sobradamente! A Cleopatra, como es joven, le encantan tales fantasías su vida apenas empezará seguramente para ella. Allá, lejos, en las tumbas que se ocultan bajo las rocas, a la entrada del desierto, están, envueltas en vendajes, las momias de las reinas de Egipto. ¡Quién sabe si alguna vez Hatchepsut se vio paseada también en una litera arrastrada por leones, a través del valle del Nilo! Y en tanto el pueblo entero se prostenaba ante Isis resucitada, tal vez su amante divino le acariciaba las rodillas mientras ella hacía esfuerzos para contener la risa.

César no sabe adónde puede llevar su imaginación a esta mujer encinta. Pero se da cuenta de que Cleopatra está ausente este momento. Entonces se pregunta qué habría ocurrido en la corte de Egipto cuando la visitó a Antonio. ¿Por qué ha preguntado Cleopatra varias veces por él? Antonio es más joven... ¡Sí, sí! Tiene veinte años menos que César...

El emperador se levanta y se dirige a proa; levanta los ojos buscando su estrella Venus, aquella Venus de la que desciende su raza.

"¡Está inquieto y preocupado! -piensa la reina - ¡Se diría que el presentimiento del porvenir se mueve en su cerebro, como el hijo que llevo en mi seno!".

Y continúa monologando:

"¿He rogado a todos los dioses para que mi hijo sea varón? ¿No he olvidado nada? Quizá debería informarme de las costumbres de los persas en estos casos; los persas preocupan mucho a César en este momento. César está muy silencioso hace algunos días. Se creería que siente el agobio de la inmensa responsabilidad que le confiere su poderío. Otras veces, en cambio, parece alegre, rejuvenecido. Después vuelve a ensombrecerse; como poco, bebe poco, sus mejillas se hunden; parece presentir una nueva crisis de esa enfermedad que dicen que él padece; en seis meses no le ha sobrevenido ningún ataque. ¿O quizá la tal enfermedad es solo una fábula? Sin embargo, hace cosas raras; a menudo, cuenta o sueña en voz baja...Pronuncia cifras... Después permanece callado durante una media hora, con la vista perdida en el vacío. ¿Qué es lo que pasa entonces por él?

"La noche pasada se quejaba, como si tuviera una pesadilla; y cuando lo desperté me miró con los ojos muy abiertos; después, al recobrarse del todo, dijo algo, luego preguntó la fecha al médico de a bordo y a la mañana siguiente ordenó que continuara el viaje. Y no fue por simple atención hacia mí, sino porque quiere tener a su hijo en los brazos para señalarle sus grandes destinos.

"Los hijos de los hombres de cierta edad suelen ser delicados, enfermizos - sigue pensando Cleopatra-. Además dicen que el primer parto es muy peligroso, que puede costar la vida. Yo sé que el médico hará lo imposible porque todo salga bien; él sabe que lo matarían si yo muriera en el trance. ¿Qué harán los sobrinos de César cuando vean aparecer un heredero directo? Si César se fuera para no volver, yo tendría que buscarle otro padre...Pero ¿por qué me atormento con semejantes ideas? ¡César desea este hijo! ¿Iba a abandonarlo a él y a mí? ¡Oh, no! ¡Desde hace diez siglos ningún niño, al nacer, ha tenido ante sí un porvenir semejante."

"Qué cosa tan extraña! -piensa César por su parte, de pie en la proa del navío-. En ciertos momentos Cleopatra hace un gesto con la mano que me recuerda a Cornelia a los treinta años."

Y, de repente, parece darse cuneta de lo joven que es la reina. Cornelia tenía aproximadamente su edad cuando nació su hija Julia; la mujer de Alejandro era también muy joven cuando fue madre. ¿No resultaban demasiado jóvenes aquellas mujeres para tener hijos verdaderamente fuertes? Si Julia hubiera vivido más tiempo, si Pompeyo hubiera tenido aún aquella esposa, la guerra civil jamás se habría producido. ¿Pero él lo habría deseado? Pompeyo había sido siempre dichoso hasta el momento de morir trágicamente. ¡Mejor habría sido que lo hubieran asesinado en pleno triunfo! Así se habría evitado la derrota de Farsalia. Entonces, ¿qué se debía desear?, ¿nacer ya poderosos? ¿No pasar veinte años luchando, comprando al pueblo, al Senado, teniendo que pagar a los soldados, a las mujeres..., para llegar por último a la cima fatigado, calvo, con los miembros hechos trizas? ¡Sobre todo en aquella ciudad sin cerebro! Conquista Germania, las Galias; sale vencedor en treinta batallas,, y cuando al cabo de nueve años regresa, ¿de que habla Roma? ¡ Del destierro de Cicerón! ¡Ah, nacer ya con un cetro en la mano. Ser rey a los dieciocho años! ¡Sí, a los treinta, como Alejandro! Se puede llegar a conquistar el mundo entero cuando se empieza bien la vida.

Y César sigue en la proa meditando.

"Se diría que Cleopatra no se da cuenta de que todo el mundo se prosterna a su paso. Ninguna carrera, por rápida que sea, puede reemplazar a la majestad que confiere el nacimiento, como le pasa a ella. ¿Acaso no son más felices estos reinos tropicales que nuestra frías repúblicas? Y, sin embargo, ¿quién era al fin y al cabo el antepasado de Cleopatra que se hizo coronar rey de este país? Un simple jefe del ejército de Alejandro, de escaso talento! ¿Conoce algún niño de la escuela el nombre de una sola batalla ganada por él? ¡No! Y, no obstante, trescientos años más tarde, su nieta sigue ocupando el mismo trono...¡Sí, hay que acabar! La divinización es un honor harto trivial que además no obliga a nadie. La victoria, por grande que sea, es una cosa efímera que se olvida; los mismos hijos de los dioses no pueden estar muy seguros de contar con el respeto de los hombres. Ningún general divinizado ha fundado aún una dinastía. Con la corona, en cambio, se tiene la seguridad de una cosa: la sucesión pasará de padres a hijos, de un modo regular, como una cadena eterna. ¿No me ha afirmado Cleopatra que será un hijo varón? ¡Si fuera verdad! Porque, ¿dónde encontrar en el mundo una reina de raza más antigua y de más gloriosa dinastía que ésta greco-egipcia, doblemente rica, por lo tanto? ¿O vamos a ir a buscar las madres de nuestros hijos entre los groseros sicambros o entre los nebulosos pictos? ¡No! ¡Es de verdadera sangre oriental, de la raza de Alejandro de donde debe salir el nuevo dueño del mundo! ¡Él restaurará el poderío de Roma sobre todos los pueblos orientales! ¡Unamos a todos esos pueblos bajo una misma corona, aunque ésta tenga que ser de hierro! ¡Cuando se tiene un hijo, ya no hay aventura que no valga la pena emprender! Dentro de diez años, mi hijo estará criado y educado, en vías de ser el dueño del mundo! ¡Venus brilla todas las noches en estos países de maravilla! ¡Y nosotros, los hombres de raza Julia, descendemos de los dioses! ¡Hay que acabar ! ¡Mi hijo nacerá de un rey!"

Quince días después de regresar el fabuloso navío, Cleopatra, que entonces tenía veintidós años, dio a luz, en el palacio de sus padres, el hijo que había prometido a su amante.

Le pusieron el nombre de César, pero las gentes de Alejandría le llamaron Cesarión, y en las inscripciones consta como César Tolomeo. Como los Faraones quince siglos antes, Cleopatra hizo grabar en los muros de los templos la imagen de Amón, la fuerza que concibe, y los dioses se alegraban por el nacimiento de su nueva progenitura, y los sacerdotes explicaban al pueblo que Amón había escogido al gran César romano, cuya raza descendía de Afrodita, para fecundar a la reina, bajo forma humana. Los escépticos alejandrinos se reían de tales historias que solo creían las mujeres y los niños.

Quizá los padres mortales del niño sonrieron al recibir para firmarlas las proclamas de aquellos sacerdotes. Pero, al tener el niño en sus brazos, César ya no sonreía, porque el triunfo de todos los proyectos que había hecho durante seis meses dependía enteramente del sexo de la criatura que iba a nacer, y del éxito del parto.

El conquistador permaneció en Egipto hasta que la reina estuvo fuera de peligro.

Los mensajeros acuciaban a César para que volviera a Roma, donde Antonio parecía querer sobrepasar el dominio de la extravagancia y todo amenazaba con desplomarse.

Pero César tenía que ocuparse, ante todo, de los persas que, como sus padres, continuaban hostigando a los romanos en Asia Menor.

Arsinoé, prisionera, fue enviada a Roma, en espera del triunfo (*) de César. En Egipto quedaron tres legiones. Y para no confiar el mando de las tropas a un guerrero de jerarquía superior, César lo confió a un liberto. Pero, ¿aquellas tropas quedaban allí para proteger o para vigilar? ¿Representaban al aliado o al opresor? Esto solo iba a depender de Cleopatra y de sus sentimientos hacia Roma.

Cuando César le dijo adiós, la reina le pareció tan joven como aquel día en que salió del maravilloso tapiz. Dejaba su hijo como en rehenes. Había convenido con Cleopatra que

la reina iría a Roma el año siguiente a terminar una alianza solemne con el pueblo y el Senado. La acompañaría su marido legítimo, el pequeño Tolomeo. César, a los ojos de los sacerdotes egipcios, era igualmente esposo de Cleopatra, pese a que ciertas gentes satíricas escribían en los muros epigramas y frases picantes acerca del Amón romano. Muchos decían que con aquel hijo de César, Egipto no tardaría en descender de jerarquía para convertirse en una simple colonia romana; otros no veían en el pequeñuelo más que el símbolo de una alianza; y otros, en fin, temían por la suerte de Egipto, si al padre le sobrevenía alguna desgracia.

En el momento que partía su amante, Cleopatra estaba sentada sobre los talones, junto a una ventana de su cámara, como otras veces. Las embarcaciones enfilaron la salida del puerto; Cleopatra sabía que él iba en la mayor, y también lo que pensaba en aquellos momentos, porque ella pensaba lo mismo: como los de la reina, los ojos de César buscaban a lo lejos una silueta, asomada en una ventana del palacio. Cada uno de ellos pensaba en el otro, en esta portentosa aventura que los había reunido y que parecía destinada a modificar la historia del mundo.

Una reina destronada había sido repuesta en su trono por su ingenio y su atractivo, y había conocido al mismo tiempo, en el curso de aquellos meses, la camaradería, el amor y la maternidad, gracias a un hombre casi tres veces más viejo que ella. Y un gran guerrero victorioso, libre de un peligro mortal, se había rejuvenecido con el amor y había recobrado el gusto por el poder y por la misma vida, teniendo por añadidura, la satisfacción de ser padre. Pero la reina y el emperador se habían unido sobre todo para legarle el mundo a su hijo.

¡Pensamientos arrogantes! ¡Vuelo de dos ambiciones temerarias sobre el Mediterráneo...! Luego, sus espíritus vuelven a la hora mágica de su primer encuentro. Y una gran tristeza invade al hombre, en la cubierta de su nave..., y a Cleopatra, en su ventana... La distancia va creciendo entre el velero y la costa, separándoles cada vez más. Un presentimiento angustioso les asalta a los dos, como si temieran no volver a verse nunca. Mudo, sombrío por la incertidumbre del porvenir, mira desde la proa de la nave aquella cámara del gran palacio. Cleopatra permanece ante la ventana, sentada sobre los talones, con las manos cruzadas tras la nuca entre sus negros bucles; ella está segura de la victoria, segura del porvenir, y sonríe.

(*) El triunfo llamaban los romanos a la entrada triunfal de un emperador o un personaje que regresaba a la capital victorioso. En el desfile que se organizaba en tales ocasiones figuraban, entre miles de legionarios y jinetes; los reyes, príncipes o los jefes enemigos vencidos, con lo principal del botín (Nota del traductor).



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Agregado el 03-03-2007