Capítulo I
EL AREA MESOAMERICANA
Habitaron esta aérea diversos pueblos cuyos descendientes nahuas, otomíes, totonacas, zapotecas y tarascos aún hablan las diferentes lenguas.
En el siglo XVI los españoles establecieron contacto con los aztecas y los mayas, y los cronistas describieron las culturas de estos dos pueblos, tal como se presentaban entonces. Constituyen asimismo las más conocidas de las América precolombina. Pero las excavaciones de los últimos años permiten conocer, al menos parcialmente, la evolución de dichas culturas y de aquellas que se desarrollaron a su alrededor.
LA MESETA MEXICANA
Cultura medias
La meseta mexicana no nos ha suministrado hasta el presente vestigio alguno de las civilizaciones paleolíticas correspondiente a los tipos Folsom-Cochise. Las pocas puntas de lanza y los cuchillos de silex y obsidianas de Santa Isabel Ixtapán no se diferencian de los instrumentos usuales en épocas más recientes.
En cambio, se han hallado, y todavía se los encuentra, innumerables fragmentos de alfarería muy primitiva y de ídolos de barro cocido que demuestran la larga vida en estos parajes de poblaciones sedentarias y sumamente densas durante la época llamada de las “culturas medias”. Si bien estamos aún en la imposibilidad de fijarse con exactitud una fecha, sabemos al menos que fue anterior a nuestra era; en efecto, dos localidades, Copilco y Cuicuilco, que pertenecen a esas culturas, fueron cubiertas por una ola de lava resultante de la erupción del volcán Xitli que, afirman los geólogos, se produjo hace por lo menos dos mil años.
Al parecer ejercieron atracción sobre esas primeras poblaciones las orilla del lago Texcoco, donde se asienta la actual ciudad de México. Aclaremos que la superficie del lago se redujo enormemente, desde los tiempos antiguos, a causa de los sucesivos desencadenamientos y que su margen actual no coincide con la de la época precolombina. El arqueólogo norteamericano George Vaillant halló, en el linde de la primitiva orilla, rastros de aglomeraciones en Zacatenco, El Arbolillo y Ticomán. Descubrió lugares de deposición donde, generación tras generación, estos pueblos antiguos arrojaban los residuos domésticos. Sólo el espesor de esos depósitos__ uno de ellos mide más de 8 m:: aporta ya la prueba de la ocupación extremadamente prolongada de un mismo sitio. Han sido además fuentes de valiosas enseñanzas, que han mostrado en la excavación verdaderas capas de cultura sucesivas.
Vaillant reunió abundante material arqueológico clasificado cronológicamente. El estudio comparativo de ese material y del que se había hallado antes en Copilco y Cuicuilto permitió agrupar los objetitos en dos categorías: los objetos de Zacatenco son análogos a los de Copilco, mientras que Cuicuilco proporcionó un material más evolucionado cuyas réplica se encontró en Ticomán. Sábese así que las civilizaciones medias engloban dos épocas: la primera, correspondiente a Copilco_Zacatenco, debió prolongarse por un tiempo muy largo, quizás durante siete siglos; la siguiente, la de la Cuicuilco-Ticomán, fue más breve, de trescientos años aproximadamente.
Las habitaciones de la época Copilco debieron ser chozas debieron ser chozas cubiertas de paja; de ellas no quedan ningún rastro, Las gentes de Cuicuilco, por lo contrario, edificaron una construcción maciza, en forma de círculo, con un diámetro de base de 123 cm y una plataforma de 20m de altura que sostenía un altar.
Este edificio parece ser la primera construcción mexicana de piedra.
El modo de enterrar a los muertos difería según los sitios. Por lo general, el muerto está solo, en posición extendida o con los miembros replegados. Las
Tumbas de niños son anormalmente numerosas.
A menudo se hallan junto al difunto armas de piedra, láminas, puntas, raspadores de obsidiana y vasos de muy variada formad. La alfarería comprende asimismo pequeñas estatuillas antropomorfas, de detalles obtenidos mediante pastillaje e incisión. Las figurillas que representan mujeres resulta notables por su acentuada esteatopigia: muslo y nalgas particularmente desarrollados, en tanto que los brazos y piernas son simples muñones.
En las postrimerías de esta época surgió un nuevo estilo, Los primeros ejemplares han sido descubiertos a algunos kilómetros de la capital en una cantera de arcilla de Tlatilco. Se extrajeron figurillas de estilo muy evolucionado y de nivel artístico de gran superioridad con respecto a las de Zacatenco o Ticomán. Las figurillas de Tlatilco padecen poseer cierto parentesco con objetos fabricados por otro pueblo de México, los olmecas, al cual nos referiremos mas adelante. Éstos alcanzaron muy temprano gran desarrollo artístico y se ha sostenido la hipótesis de que el pueblo olmeca fue uno de los primeros en llevar la cultura a la meseta.
Cultura de Teotihuacan
Hacía fines de las culturas medias, los estilos que se habían desarrollado sobre la orilla sudoeste del lago Texcoco hicieron su aparición en la zona nordeste, en Teotihuacan, donde en el transcurso de los siglos ulteriores, durante el período clásico, habría de expandirse una de las culturas más grandiosas de que haya sido teatro el valle de México.
No se sabe exactamente quiénes fueron sus creadores; se ignoran su nombre y el idioma que hablaron.
Se supone únicamente que provenían de alguna región de la costa del golfo de México; determinadas similitudes estilísticas podrían sugerir, como en Tlatilco, un parentesco con los olmeca. Sea como fuere, el monumental conjunto de Teotihuacan atestigua la riqueza y complejidad de la sociedad que le dio nacimiento.
Teotihuacan, ciudad exclusivamente religiosa, se mantuvo floreciente por lo menos durante dos milenios. Se construyó en diversas etapas, de acuerdo con estilos netamente diferenciados. La dominan dos grandes pirámides, la de Sol y la de la Luna.
A diferencia de la de Egipto, la pirámide mexicana es siempre truncada. Constituye en suma un terraplén que sostiene un templo. No obstante, se conocen desde hace algunos años muchos casos en que la pirámide recubre una tumba. Según las últimas evaluaciones, la pirámide del Sol de Teotihuacan parece haber sido construida hace dos mil años.
Por sus 60m de altura, se destaca netamente de la ciudad que se extiende a sus pies.
Constituye una enorme mole de 1.300.000m3 de terraplén que mide 224m de lado, flanqueada en la pared oeste por una escalera que conduce a la plataforma cuyo templo se halla hoy destruido . Está emplazada al este de una avenida de unos cuarenta metros de ancho y cerca de 2km de largo, que, partiendo de la pirámide de la Luna, atraviesa la ciudad en pleno, de norte a sur, bordeada a derecha e izquierda por otros montículos, restos de pirámides pequeñas y templos.
Es la avenida de los Muertos 1 que desemboca al sur, ante un amplio edificio al que se ha dado el nombre de Ciudadela.
Forma esta “ciudadela” un cuadrilátero, delimitado por cuatro terrazas de 400m de lado, que encierra un pequeño patio en el cual penetra a través de una abertura practicada en la terraza occidental . Sobre las plataformas y en el centro del patio se elevan pequeñas pirámides escalonadas. Al fondo del patio se ve un edificio extremadamente interesante: una pirámide de terrazas múltiples, la cual, en el curso de las excavaciones se reveló construida encima de otra más antigua.
Con el objeto de conservar un modelo de cada uno de los dos periodos de construcción, los arqueólogos practicaron un corte en el espesor y despejaron la fachada de la pirámide antigua. De tal suerte que, actualmente; ambos edificios son visibles: el nuevo desde el exterior y el antiguo por intermedio del corredor practicado
También la antigua pirámide estaba construida en forma de terraza dispuestas en disminución progresiva las unas respectos de las otras; subsisten cuatro de las seis que la constituyeron originalmente. Se la llama el Templo de Quetzolcoatl en razón de las esculturas que ornan sus paredes y en las que predominan las representaciones de ese dios: cabezas de serpiente con adorno de plumas destacándose de bulto entero sobre un motivo floral en relieve. La cabeza de Tlátoc, el dios de la lluvia, alterna con la de Quetzalcoalt; se la recose por los ojos rodeados de gafas. Éstas son las únicas esculturas que poseen atributos que permiten identificarlas.
(1) Los nombres de los edificios fueron adjudicados por los aztecas o los españoles. Nada indican en cuanto a su destino original.
La escultura alcanzó un alto grado de perfeccionamiento en Teotihuacan (fig. 3, )Produjo gran número de máscaras funerarias en piedra diversas, alabastro, calcedonia, diorita, pórfido, etc., de rasgos realistas y bien proporcionados, notables por su fuerza expresiva. Esas máscaras se fijaban al envoltorio de los muertos y se hallan en general peroradas con tres o cuatro orificios destinados a tal fin.
La escultura alcanzó un alto grado de perfeccionamiento en Teotihuacan (fig. 3, )Produjo gran número de máscaras funerarias en piedra diversas, alabastro, calcedonia, diorita, pórfido, etc., de rasgos realistas y bien proporcionados, notables por su fuerza expresiva. Esas máscaras se fijaban al envoltorio de los muertos y se hallan en general peroradas con tres o cuatro orificios destinados a tal fin.
Arquitectos y escultores, los teotihuacansnos eran además pintores de suma habilidad que descollaban en el arte del fresco. Los frescos de Tepantiplán, localidad situada a un kilómetro del centro, son de un estilo extremadamente vivo y testimonian la asidua observación de la naturaleza. Informan, en parte, acerca de las actividades cotidianas de esta época: se encuentran representadas, entre otras la confección de las tortillas o tortas de maíz. En Atetelco, los basamentos de tres edificios presentan el decorado de un friso de jaguares en camafeo rojo. Los frescos descubiertos en Tetitlán pertenecen por lo contrario, a una inspiración que casi podríamos calificar de surrealista. El principal de ellos representa una combinación de manos con las uñas pintadas de rojo.
Aún cuando conocemos poco la religión de Teotihuacan, resulta verosímil que Tlátoc haya constituido, por lo menos durante un tiempo, la principal divinidad, Se supone que un templo donde se encontró gran número de figurillas que ostentaban sus atributos, le fue dedicado; los extraños signos grabados sobre las losas de piedra conocidas generalmente con el nombre de “Cruz de Teotihuacan” sólo configuran en realidad estilizaciones muy refinadas de los atributos de ese dios: motivo de los labios que terminan en una voluta llamada “yacas meztli” y puntiagudos dientes que emergen de la boca. Las excavaciones del templo de Quetalcoatl han proporcionado igualmente incontables vasos con la efigie de Tlátoc: el difunto se aproxima llorando a un río que atraviesa antes de permitírsele la entrada al paraíso y las floridas volutas pintadas frente a su boca indican que canta alabanzas al dios.
A partir de Teotihuacan, se vuelve a encontrar al dios Tlátoc en las manifestaciones artísticas de todas las culturas del México antiguo. También volveremos a hallar más tarde, en otras regiones, la serpiente emplumada que se vio aparecer por primera vez en Teotihucán. Supónese, por añadidura, que una de las estatuas más famosas, halladas en Teotihuacan, en las proximidades de la pirámide de la Luna, representa a la diosa azteca del Agua: Chalchiuhtlicue; es posible que haya sido venerada en esta época. Independientemente de estas nuevas divinidades, el panteón de Teotihuacan comprendía a Huchueteotl, “el viejo-viejo dios” o dios del Fuego, tal vez más antiguo de todos.
Cultura Tolteca
La declinación de los teotihuacanos, producida en el siglo X, se mantiene inexplicada hasta el presente. Sus monumentos, empero, no quedaron sin empleo. Fueron utilizados por los miembros de una tribu nahua que después de recorrer las llanuras y desiertos del noroeste, se dispersó en diferentes localidades tales como Mazapán, a las puertas de Teotihuacan, Colhuacán y Rula, Tocaría a los toltecas, pueblo semilegendario, dejar su marca no solamente en el valle de México, sino también en Yucatán y se les ha atribuido durante largo tiempo todas las manifestaciones culturales que datan de épocas anteriores a los aztecas. Fueron ellos quienes aportaron los elementos de civilización definitivos, en particular el calendario y los signos gráficos con los cuales registraban las fechas. Aún cuando estas últimas todavía dan lugar a controversias, entramos de todas maneras con los Toltecas en el período protohistórico del valle de México.
El jefe y fundador de la primera dinastía, Mixcoatl, encontró a su arribo al valle oras tribus nahuas ya instaladas al sur y en los actuales estados de Morelos y Guerrero; libró con ellos muchas batallas con el fin de expulsarlos, pero fue asesinado en 935_ o__ 947por un usurpador, de nombre Ihuitimal, Poco antes de su muerte le había nacido un hijo, “Ce Acatl Topiltzin”; al llegar a la edad adulta éste vengó a su padre, asesinando a su vez al usurpador, se hizo reconocer sacerdote supremo y encarnación de Quetzalcoalt, la serpiente emplumada, e instaló su capital en Tollán (Tula). Allí reinó hasta 987 fecha en la que, según la leyenda, partió en dirección al país maya. Instauróse entonces en Tula, Matlacxochitl, una segunda dinastía cuyo postrer representante, de acuerdo con los datos históricos, fue Huemac (1098-1188), si bien se menciona inclusive en 1246 una derrota sufrida por los toltecas en Cohuacán.
Tula, la capital de los toltecas, constituyó, a juzgar por sus ruinas y la gigantescas figuras que subsisten, una metrópoli impresionante. La pirámide principal comprende un templo consagrado a Quetzacoatl: Los muros norte y este se hallan decoradas con una especie de metopas esculpida en bajo relieve y dispuestas en muchas hileras, Se ven allí representaciones de Quetzalcoatl, águilas, urubúes, coyotes y jaguares. Entre los escombros del templo se encontraron algunas cariadse formadas por cuatro piezas encajadas unas sobre otras y que median en total 4.69m. Representan un guerrero lujosamente ataviado y ornato de un pectoral en forma de mariposa. Muchos pilares de igual altura ostentan en sus cuatro caras esculturas en relieve de guerreros, vistos generalmente de perfil y que sostienen en la mano un propulsor y una espada curva.
Decora un anexo de la pirámide -el “coatepantli” o muro de las serpientes- un friso de relieves policromos que representan serpientes en vías de decorar un cadáver antropomorfo de cráneo descarnado. Este friso tiene marco de otros dos, de grecas también policromas.
Tula contaba con dos estadios destinados al juego de pelota, que ya esa época había alcanzado en México gran difusión y que se ha conservado en Nayarit hasta nuestros días. Todos los grandes centros precolombinos poseen un juego de pelota; Teotihuacan constituye la única excepción. Uno de los que corresponden a Tula fue excavado y reconstruidos; trátase de una cancha cuya forma esquemática recuerda la de una T con barras en ambos extremos; en medio de la cancha han sido fijados a los lados unos anillos. El partido se disputaba entre dos equipos; los jugadores arrojaban una pelota de caucho haciendo uso de las caderas o de los pies, sin tocarla jamás con las manos, y se empeñaban en hacerla pasar por los anillos. Era un juego de carácter ritual y su resultado daba lugar a presagios.
En Xochicalco, que parece haber sido un segundo centro tolteca, se conservan diferentes edificios escalonados en la ladera de una colina; en el punto más alto se levanta una pirámide cuyos relieves, de bello y elegante estilo, revelan influencia maya: personajes sentados, con la frente huyente, vistos de perfil y que alternan con motivos serpentiformes.
Una inscripción en relieve, cerca de la escalinata central, representa dos fechas registrada en caracteres diversos, una en maya con rayas y círculos, la otra en nahuas, únicamente con círculos. Estos últimos son los caracteres empleados por los aztecas en sus inscripciones y manuscritos, hecho que permite colegir que el sistema numérico maya, el primero en usarse, fue sustituido por el sistema nahua, aplicado por primera vez en Xochicalco; así se explica la tradición azteca según la cual el calendario en su forma definitiva, era obra de los toltecas.
Cultura Azteca
Cada vez que los aztecas, herederos de os toltecas, mencionan a éstos, lo hacen en los términos más elogiosos. Sin embargo, habían construido activamente a su declinación cuando su jefe Huitzilopochtl libró con ellos sangrienta batalla en el monte Coatepee, en los alrededores de Tula.
La unidad cultural realizada en primera instancia en Teotihuacan, y luego en zonas tolteca, se había disgregado como consecuencia de disensiones entre las tribus. Los chichimecas, bárbaros venidos del norte, habían invadido la región, que atravesó un largo período de perturbaciones jalonado por guerras fratricidas.
Se establecieron entonces muchas ciudades-estados: Colhuacán, Tenochtitlán, Texcoco, Azcapotzalco, holula, Colhuacán, que constituyó una de las etapas de los toltecas, ejerció al principio la dirección; los colhuas fueron posteriormente sustituidos por los tepanecas, quienes apoyados por los tenochca se instalaron en Azcapotzalco. Tuvieron un jefe, Tezozómoc, que se hizo famoso y atacó a los habitantes de Texcoco en las orillas del lago. En el primer momento consiguió vencerlos, pero las tres ciudades, Tenochtitlán, Tlacopán y Texcoco se aliaron seguidamente para liberarse del yugo cada vez más pesado de Azcapotzalco. La derrota de los tepanecas fue completa, fue muerto su jefe Maxtla, hijo de Tezozómoc, e incendiada su metrópoli.
A pesar de hallarse siempre en guerra las unas contra las otras, estas diversas tribus estaban más o menos ligadas en si totalidad por lazos de parentescos; todas hablaban el náhuatl, como los toltecas; tenían las mismas costumbres de convivencia en la tribu, idéntico estilo en la arquitectura y escultura.
Habremos de referirnos aquí exclusivamente a una sola, la que se impuso a todas las demás y ejercía la supremacía en el valle de México cuando penetraron allí los españoles: la de los tenochca.
Diversos manuscritos del siglo XVI relatan su origen más o menos legendario: su hábitat atávico, Aztlan, se dice que estuvo en algún punto al noroeste de México, quizás en Michoacán. Encontraron en una caverna el ídolo del hechicero colibrí Huitzilopochtli, quien les transmitió consejos de tanto valor que hicieron de él sus dios tribal. Quizás iniciaron su larga migración en compañía de otras tribus de las cuales se separaron seguidamente. En el transcurso de su peregrinación, se detuvieron en muchos lugares de la meseta, tales como Tula y Zumpango. Se evidencia su rastro en Chapultepec, donde vivieron apaciblemente por espacio demás de una generación; luego, al parecer por su culpa, las guerras los opusieron a sus vecinos y tuvieron para ellos mal fin: la mayor parte se exiló en el estéril páramo de Tizapán, infestado de insectos y serpientes venenosas.
Algunos insurgentes se refugiaron en las islas del lago de Texcoco donde fundaron en 1325 la ciudad de Tenochtitlán, México actual, que se convirtió en su capital.
No nos detendremos en las vicisitudes de Tenochtitlán durante los años que siguieron. La consolidación de la triple alianzas Tenochtitlán _ Texcoco_ Tlacopán configura el punto de partida de ascensión definitiva. Mediante el aniquilamiento de los tepanecas, los tenochcas afianzaron su supremacía militar. Tratábase de guerreros extraordinariamente audaces. Armados de mazas de madera con incrustaciones laterales de hojillas de obsidianas, que utilizaban para el ataque, y de escudos redondos para la defensa, se lanzaban a la lucha cuerpo a cuerpo con una temeridad que los hacía invencibles.
Con la dirección de Itzcoatl, comenzaron por someter a la mayoría de las tribus del valle todavía independientes. Luego Moctezuma I, su jefe de 1440 a 1472, llevó la guerra más allá del valle hacia la región de Puebla en el sur. El hijo de Moctezuma I, Axayacatl, condujo a su ejército aún más lejos, hasta Oaxaca; atacó asimismo a los matlazincas y a los taracos al oeste, pero estos últimos, atrincherados en el lago Pátzcuato, le inflingieron una aplastante derrota y se mantuvieron independientes. A Tízoc, que murió envenenado en 1486, lo sucedió Ahuitzotl, quien marchó a combatir hasta Guatemala. Fue durante el reinado de Moctezuma II , hijo de Axayacatl cuando arribaron a México los españoles. Desembarcaron en el actual puerto de Veracruz y se dirigieron inmediatamente hacia la meseta. En mitad de camino, los acogieron los habitantes de Tlaxcala, que estaban en guerra con los tenochca y se mostraron enteramente dispuestos a conducir a los extranjeros hasta las puertas de Tenochtitlán.
En 1519, Moctezuma II fue ejecutado por los conquistadores. Los últimos jefes de los tenocheas fueron Cuiláhuac, cuyo reinado sólo duró breves meses, y Cuauhtemoc, quien ensayó vanamente la organización de la resistencia contra los invasores y murió ahorcado en 1523 ó 1524 .
En el orden interno, la organización política de los aztecas era democrática. Las familias estaba repartidas en clanes patrilineales o calbulli. Tenochtitlán constaba de veinte clanes agrupados en cuatro secciones o fratrías a cada una de las cuales se le destinaba un barrio particular de la ciudad.
El clan gozaba de cierta autonomía: poseía una divinidad propia, un templo, tierras y una administración. El calpullec, su principal funcionario, era algo así como un secretario _ tesorero: a él incumbía la tarea de mantener el equilibrio económico.
Cada clan enviaba un delegado al consejo supremo de Tenochtitlán. Los miembros de este consejo denominábamos tlatoani, o voceros. Cumplían funciones administrativas, políticas y jurídicas.
Repartían las tierras ente los clanes, designaban aquellas parcelas de las que la renta debía cubrir los gastos ocasionados por el culto, por el Estado y por las guerras; parcelas que eran cultivadas e común.
También eran ellos quienes elegían a los cuatro oficiales que tenían a su mando las fuerzas militares de las cuatro fratrías de la ciudad.
También eran ellos quienes elegían a los cuatro oficiales que tenían a su mando las fuerzas militares de las cuatro fratrías de la ciudad.
Elegíase entre esos cuatro oficiales al jefe supremo. Se lo llamaba tlacatecubtli, vale decir, “jefe de los hombres”. Sus funciones eran casi exclusivamente militares, en tanto que la política interior de los tenocheas estaba sujeta a la dirección de cihuacoatl, o serpiente hembra, el más importante de los dignatarios después del “jefe de los hombres” y qué generalmente lo sucedía al morir éste.
Teóricamente el consejo supremo podía destituir a los dos grandes jefes. En realidad, jamás ejercía ese derecho; inclusive parece que en el momento de la conquista el sistema político de los aztecas se había transformado casi por completo en una monarquía hereditaria. Por otra parte, los cronistas otorgan al “jefe de los hombres” el título de rey.
La jurisprudencia azteca se establecía sobre bases sólidas: El castigo tendía primordialmente a la reparación de la ofensa. El ladró debía restituir íntegramente el producto de su robo si no quería ser condenado a la esclavitud; los delitos irreparables implicaban la pena capital: ahorcaba se al asesino, el adúltero era lapidado, el traidor descuartizado. Eran asimismo pasibles de la pena de muerte los ladrones de maíz, de oro, de plata o de jade, el culpable de incesto y el hechicero que practicaba la magia negra.
A los difamadores se les cortaban los labios y las orejas.
La sociedad azteca se dividía en clanes netamente diferenciados.
Los nobles encabezaban la jerarquía. Pertenecían a muchas categorías, cada una de las cuales se caracterizaba por un traje particular: sacerdotes, miembros de la familia del “jefe de los hombres” o sus allegados inmediatos, guerreros que se habían distinguido en las batallas; estos últimos podían tener acceso a la orden de los caballeros-águila ; en ocasiones recibían tierras dentro de las regiones conquistadas; pero los privilegios inherentes a la nobleza - el principal de ellos era la exención de impuestos- sólo se les otorgaban como usufructo personal y no se transmitían a los descendientes.
El pueblo comprendía a los cultivadores y a los artesanos. Cada clan se consagraba a una actividad determinada y como tenían zonas bien delimitadas en el interior de la ciudad, las corporaciones se hallaban allí repartidas en barrios: existía el barrio de las orfebrerías, el del mosaico, el de las piedras preciosas, el de la pluma, etcétera.
Los servidores y los esclavos ocupaban el último nivel de la escala social. Era descendientes de poblaciones subyugadas, de delincuentes comunes o de prisioneros de guerra. Más frecuentemente , estos últimos eran sacrificados a los dioses; pero se perdonaba a algunos, principalmente a los obreros especializados. Los esclavos no eran maltratados, hasta tal punto de los holgazanes, reacios a los fastidiosos trabajos de la vida cotidiana, o las gentes muy miserables del pueblo, se ofrecían a sí mismos o vendían sus hijos como esclavos.
Los mercaderes o pochteca formaban una clase aparte. Viajaban a través de todo México, transportando los productos de la meseta para intercambiarlos por los de las tierras cálidas. Pero su actividad excedía el marco comercial. Se dedicaban, en los países que recorrían, a un intenso espionaje y traían a Tenochtitlán cuanto dato lograban recoger sobre las fuerzas militares de las tribus vecinas.
De ese modo, eran valiosos auxiliares de los jefes militares. En la ciudad tenían su barrio propio y una divinidad especial.
La continuidad de esta rígida organización social estaba asegurada por un sistema educativo sumamente estricto cuyo objeto principal era la formación profesional y cívica del individuo. Hacía los quince o dieciséis años antes de considerarlos mayores, los varones debían cursar estudios en una escuela. Había dos clases de escuelas: el calmecae, y el telpochcalli, destinado a la instrucción de los hijos del pueblo en el manejo de las armas, en historia y religión, y que los preparaba para cumplir exactamente las funciones que les correspondían en su clan.
Los mozos podían contraer matrimonio a partir de los veinte años, las muchachas a los dieciséis. Antes de decidir en casamiento, se consultaba al sacerdote para saber si los dioses favorecían el proyecto. Desarrollábase a continuación un extraño procedimiento: el padre del mozo enviaba presentes al de la joven, por intermedio de dos ancianas; generalmente, esté comenzaba por rechazar los regalos, pues su valor debía equipararse al de la dote de la novia; las ancianas iban y venían de una casa a otra hasta que los padres se ponían de acuerdo: Fijábase entonces la fecha de la boda. En la víspera , una de las venerables mujeres transportaba sobre la espalda a la novia hasta la puerta del mozo; el matrimonio se celebrara primero simbólicamente con un festín, en el curso del cual se consumía gran cantidad de una bebida embriagadora llamada pulque; la joven pareja ayunaba seguidamente por espacio de cuatro días; sólo transcurrido este período de purificación se consumaba el matrimonio.
El divorcio estaba admitido: un hombre podía rechazar a su esposa si ésta no le daba hijos; una mujer podía abandonara su marido si no subvenía a las necesidades familiares o inclusive simplemente porque tuviera mal carácter . Asistía a la mujer divorciada el derecho de contraer, a su elección nuevas nupcias; pero la viuda debía abstenerse de tomar por segundo esposo al hermano de su marido difunto. En lo tocante a los hombres, podían éstos tener muchas mujeres, pero la primera esposa conservaba prioridad sobre las demás. Se admitía que los hombres mantuvieran, extramaritalmente, relaciones sexuales con otras mujeres, con la condición de que estas no fuesen casadas ; existía la prostitución; era frecuente que las gentes del pueblo otorgasen a los nobles sus hijas como concubinas.
Igual que todas las tribus aztecas, los tenochca fueron en su origen agricultores. Siendo su isla demasiado estrecha para llevar a cabo los cultivos , imaginaron la creación de las chinampa o jardines flotantes, islas artificiales formadas con lodo amontonado y fijado mediante hierbas y arbustos, entre los cuales circulaba el agua por canales. Todavía en nuestros días existen chinampas en Xochimilco, de donde proviene la mayoría de los productos de huerta consumidos en la capital.
Los aztecas conocían el maíz, diferentes variedades de judías, la chía, el melón, la vainilla, el pimiento, los tomates, muchas variedades de algodón. Cultivaban choclatl, término náhuatl que los españoles llevaron a su regreso a España. El maguey les suministraba su savia, con la que preparaban el pulque mediante la fermentación, y las fibras textiles de sus hojas. Había, por último, plantaciones de tabaco, que se fumaba en las ceremonias religiosas.
La cría de animales era escasa. Se criaba una especie de perros sin pelo sumamente apreciados por su carne. La única ave de corral conocida era el pavo.
Se comían perdices, patos y ocas salvajes.
Una rama importante de la economía estaba constituida por el comercio. Todas las ciudades aztecas, y Tenocthtitlán en particular, contaban con un mercado de gran movimiento donde se reunían millares de personas venidas de muy lejos. Como se desconocía la moneda, en el sentido moderno, se efectuaba un intercambio de productos. Determinaba el valor de éstos su mayor o menor escasez; así valían más que el oro, piedras preciosas tales como los jades, las jadeítas, las piedras nefríticas y las turquesas. Para facilitar los canjes se saldaban los restos de una cuenta con semilla de cacao.
El arte de los aztecas es esencialmente religioso.
Su arquitectura se mantuvo dentro de la tendencia iniciada por las culturas medias, la cual había alcanzado su apogeo con la construcción de las grandes pirámides de Tenochtitlán. Lamentablemente, la pirámide mayor de Tenochtitlán fue destruida por los españoles y los escasos vestigios extraídos no proporcionan más que una imagen muy imperfecta de su antiguo esplendor. La verdadera fuerza artística de los aztecas se manifiesta en la escultura de piedra. Configura por lo general una combinación de signos simbólicos con motivos más o menos realistas. Los más célebres representan a Quetzacoatl, la serpiente emplumada, y a Coatlicue, diosa de la Tierra.
Se conocen bastantes manuscrito aztecas ilustrados con estampas coloreadas que representan a divinidades y con signos relativos al calendario. Existieron diversas escuelas de pintura, algunas de las cuales lograron un nivel artístico muy alto. Su centro estaba probablemente al sur de la zona azteca, en la región conocida con el nombre de Mixteca. La pintura azteca se prolongó durante muchas decenas de años después de la conquista, pero visiblemente influida por los españoles.
En las artes menores, la cerámica produjo gran número de estatuillas que a menudo representan dioses lares como Xochiquetzal, Quetzalcoalt, Xipe Tótec, Chalchiuhtlicue, etcétera.
El trabajo de la madera proporcionó algunas obras maestras como los “tambores con lengüetas” (teponaztli), los instrumentos más típicos del México antiguo. Finalmente, muchos museos europeos conservan maravillosos ejemplares del arte decorativo azteca: mosaicos de jade y turquesa que recubren máscaras, cráneos humanos y utensilios con magos de madera.
La cultura de los aztecas, su historia, su sociedad, sus artes, no pueden describirse más que en estrecha correlación con sus creencias religiosas, tiránicas doctrinas donde no aparece el menos elemento de esperanzas ni siquiera de virtud en el sentido cristiano.
El principio dominante del mundo espiritual de los aztecas es el dualismo: lucha cotidiana del día y la noche, del sol y la luna...... A menudo se concreta bajo formas inesperadas, como es el caso de águila que se pone al tigre, encarnado la primera a la luz y el segundo a las tinieblas.
Idéntico dualismo se manifiesta inexorablemente en el panteón azteca. Los dioses han sido creado por Ometecutli y Omecihuatl __ nombres cuyas traducción es “2 macho” y “2 hembra” (Ome=2) – que reinan en el Omeyocán (“2 lugar”). La humanidad tiene así dos creadores: Tezcatlipoca y Quetzalcoatl que luchan uno contra otro.
Tezcatlipoca, el “espejo humeante”, venía del país mixteca 1 donde
reinaba en las cuatro direcciones con un color distinto para cada uno de ellas.
Desde su punto de origen, difundióse su culto hasta el valle de México, pero quedó a su vez en cierta manera desnaturalizado: el Texcatlipoca rojo del Oeste tomó el nombre de Xipe Tótec; el azul del Sur el de Huitzilopochtli; el blanco del Este se transformó en Quetzacoatl; sólo mantuvo su identidad el Tezcatlipoca negro del Norte. Se lo presentaba generalmente con un solo pie y reemplazado el otro por una cabeza de serpiente. Trátase tal vez del dios más poderoso, aquel que se presenta bajo las más diversas formas; es la providencia, el inventor del fuego, preside las liberaciones y los banquetes, rapta a Xochiquetzal, la diosa de las Flores, esposa del viejo Tlátoc, dios de la Lluvia.
También éste es un dios foráneo adoptado por los aztecas; lo hemos encontrado en Teotihuacan. En Tenochtitlán su imagen está en el gran templo, junto a la de Huitzilopochtli, con sus atributos distintivos: ojos rodeados de gafas, grandes colmillos que emergen de la boca, y el labio superior recubierto por un ornamento de volutas.
En cuanto a Quetzacoatl, que fue el dios tribal de los toltecas, al adoptarlo, los aztecas lo hicieron dios de la vida y de los gemelos. Es el lucero de la mañana y también el de la noche, lo cual significa que ambas estrellas no constituyen más que una, el planeta Venus, representado en las horas matutinas por Quetzalcoatl, durante la noche por su hermano gemelo, Xolotl. Pero eso no es todo: Quetzalcoatl es también dios del viento, y , en tal caso, le corresponde atributos determinados.
Según vemos, la mitología azteca reviste extremada complejidad, consecuencia de los sucesivos aportes de las poblaciones conquistadas cuyas concepciones se fusionaron relativamente bien con las de sus conquistadores.
La divinidades son innumerables; además de los creadores y de los grandes dioses las hay para las estrellas, para la tierra, la muerte, la fertilidad, la lluvia, el agua, el fuego, la bebida ritual llamada pulque, y decenas más Es imposible describir la lista completa dentro de los límites de este estudio.
Mencionaremos solamente algunas de las que regían los elementos y la vegetación, y cuya benevolencia, por lo tanto, importaba mucho a los aztecas propiciar.
Veneraban especialmente a dos divinidades del agua: Tlátoc era la más poderosa, pero hay también muchas estatuillas que representan a Chachiuhtlicue, cuyo nombre, “la de la falda de piedras preciosas”, traduce con bastante precisión el gran valor de la lluvia en ese país que conocía ocho meses anuales de sequía.
El maíz dependía asimismo de dos divinidades, una masculina, Cinteotl, otra femenina, Chicomecoatl (7”serpientes); esta última luce con frecuencia espigas en la cabellera. Xochipilli y Xochiquetzal, divinidades de las flores, de la juventud y dela belleza, son inseparables; quizá fuera Xochiquetzal la más popular; se encontraba en todos sus hogares y le estaban consagrados la mayoría de los dioses lares.
Recordemos por último al joven dios que personificaba a la eterna primavera; Xipe Tótec, “Nuestro Señor Desollado”, así llamado por hallarse cubierto con la piel de un hombre despellejado.
Huitzilopochtli, el dios tribal de los tenochca, es un recién venido. Encarna a la vez al dios de la guerra y a una manifestación del Sol, amo del mundo. Nace cada mañana del seno de la tierra; muere todas las noches. Se le oponen los astros, sus hermanos y la luna, su hermana. El sol siente hambre y sed; sólo lo alimenta la carne de los enemigos, sólo se refresca con la sangre de los enemigos; para saciarlo es necesario ofrendarle regularmente víctimas propiciatorias elegidas entre los prisioneros. Queda explicado así por qué la historia de los aztecas consiste en una larga enumeración de contiendas: les era imperioso renovar continuamente su provisión de cautivos.
Moctezuma I aportó empero una relativa morigeración a la cruel exigencia de Huitzilopochtli. Cuando, mientras reinaba la paz, le acontecía la falta de prisioneros para las ceremonias religiosas, organizaba torneos denominados “guerras floridas” (xocbiyaoyotl); los sacerdotes se hacían cargo de los vencidos destinándolos a los sacrificios, el dios era apaciguado y los gastos de la guerra evitados.
Los toltecas se habían limitado a ofrecer flores a sus divinidades. Los sacrificios humanos constituyen una innovación de los aztecas. Su repetición a intervalos fijos subraya aún más la fanática ferocidad de los tenochcas.
Poco numerosos en su principio, los sacrificios se multiplicaron a partir del reinado de Ahuitzotl. En el momento de la Conquista, según lo manifiestan los cronistas españoles, no pasaba día sin que se inmolara por lo menos una persona.
El sacrificio tradicional de más dramatismo acontecía una vez por año, el quinto día del mes Tóxcatl, en honor de Tezcatlipoca. Con un año de anticipación los sacerdotes designaban a un joven cautivo para representar al dios. Durante el año que precedía a la ceremonia, lo instruían en las artes nobles; por ejemplo aprendía a ejecutar en la flauta de arcilla. Vestía suntuosos atavíos y todo el mundo lo reverenciaba como la imagen viviente del dios. Al iniciarse el mes Tóxcatl, se le hacía contraer matrimonio con cuatro vírgenes (que llevaban los nombres de las diosas Xochiquetzal, Xilonen, Atlatonan y Uixtocluatl).
Cuando más se aproximaba la fecha fatídica, mayor era el fausto de las fiestas organizadas en su honor. El día señalado, se embarcaba con sus compañeras en un velero que lo conducía a un islote donde se erigía el templo. Entonces las mujeres lo abandonaban y se dirigía solo hacia la pirámide.
Trepaba con lentitud la escalinata, quebrado sucesivamente sobre los peldaños las flautas que había empleado durante el año en que había personificado al dios.
No bien llegaba a la plataforma del templo, cuatro sacerdotes lo acostaban sobre la piedra del sacrificio sujetándole los brazos y las piernas; el quinto le abría rápidamente el pecho con un cuchillo de sílice y, hundiendo allí la mano, le arrancaban el corazón que tendía al cielo, ofrendándolo a la divinidad.
La famosa “piedra del sacrificio” que día del reinado de Tizoe, consiste en un enorme caso donde se quemaba el corazón de las víctimas. (Fig 5)
También acostumbraban los aztecas otra forma de inmolación humana que puede compararse con el suplicio de los cristianos librados a los gladiadores en las arenas de la Roma antigua. La víctima debía combatir sucesivamente, con armas ficticias, a muchos guerreros bien pertrechados; si lograba derrotar al primero, caía inevitablemente bajo golpes de los siguientes.
Estas ceremonias se regían en su totalidad de acuerdos con un calendario litúrgico denominado Tonalpobualli el cual duplicaba al calendario solar en lo relativo a la vida rural. Este doble calendario puede compararse con el de los mayas a quienes nos referiremos ampliamente más adelante (Fig.6)
A cada mes correspondía una divinidad con sus fiestas determinadas. Existen muchos calendarios de la época anterior a Cortés, el más famoso de los cuales, el Codex Bobonicus, se conserva en la Biblioteca de la Asamblea Nacional de París. No contienen texto alguno; sólo son imágenes y era tan complicado el sistema vigente y tan esotéricos los diseños que probablemente jamás nos habría sido dado leerlos de o mediar las anotaciones que los primeros cronistas españoles os transmitieron, basados en las explicaciones verbales de los propios aztecas
La gran “piedra del calendario” erigida en Tenoctitlán durante el reinado de axayácatl, nos revela mediante jeroglíficos esculpidos, la concepción azteca del origen del mundo. Vemos allí la representación de las cuatro edades que, según pensaban los aztecas, precedieron a nuestra era y se desvanecieron por efectos de sucesivos cataclismos. La primera, presidida por Tezcatlipoca, se llamaba “4 Jaguar”; los hombres y los gigantes de esta época fueron devorados por jaguares mientras Tezcatlipoca convertíase en sol. La segunda “4 viento”, que tenía por jefe a Quetzalcoatl, resultó destruida por las tempestades y los hombres se transformaron en monos. Tlátoc dirigía a la tercera, “4 lluvia”, que desapareció por obra del fuego. Chalchiuthlicue, diosa del agua, presidía la cuarta edad que se desvaneció al producirse un diluvio y sus hombres se transformaron en monos. Tláloc dirigía a la tercera,”4 lluvias”, que desapareció por obra del fuego. Chalchiuthlicue, diosa del agua, presidía la cuarta edad que se desvaneció al producirse un diluvio y sus hombres se metamorfosearon en peces. Nuestro mundo, llamado “4 movimiento”, habría de ser destruido a su vez por temblores de tierra con lo cual el sol que nos controla, Tonatiuh, desaparecía.
El universo azteca estaba dividido, en el plano horizontal y verticalmente en muchas zonas de significación religiosa. La división horizontal comprendía cinco direcciones: los cuatro puntos cardinales y el centro, gobernada cada una de ellas por un dios. El dios del Fuego, Xiuhtecuhtli, (nuevo nombre del “viejo dios” Huechueteotl al que ya hemos encontrado entre los teotihuacanos), el más antiguo del panteón mexicano, presidía el centro.
Las demás direcciones tenían las siguientes divinidades: el Este, a Tlátoc, dios de la Lluvia y Mixcoatl,
Dios de las Nubes; al Sur a Xipe Tótec “Nuestro Señor Desollado” y Macuilxóchitl “ 5 flor”; el Oeste, a Quetzalcoatl, “serpiente adornada de plumas del pájaro quetzal”; el Norte, a Mictlantecuhtli, dios de la Muerte.
La división vertical distinguía trece mundos superiores y nueve inferiores. Los dioses habitaban los mundos superiores, el Creador en el cielo más alto.
Los guerreros muertos e combate o sacrificados y las mujeres que perecían de parto (considerábase que se habían inmolado para traer el mundo futuros guerreros) tenían acceso a mundos superiores. Todos los otros muertos iban al Mictlán, los muertos debían para por una serie de pruebas en el curso de un terrorífico viaje de cuatro días: preservase de serpientes y cocodrilos, deslizarse entre montañas oscilantes, atravesar desiertos, soportar un viento cargado de cortantes láminas de sílice, cruzar un río sobre el lomo de un can rojo..Cuando el difunto se encontraba por fin en presencia del dios de los muertos, aún le restaba comprar su admisión e una de las nueve regiones con los presentes que con tal fin habían depositado sus deudos en la tumba.
Esta religión ejercía un dominio total en la tribu de los tenochcas y absorbía la mayor parte de sus fuerzas. Los dioses reinaban tanto sobre el Estado como sobre el individuo. Desde el día de su nacimiento hasta el de su muerte, éste quedaba implacablemente sujeto a la disciplina decretada por los sacerdotes, únicos intérpretes de los dioses. Por otra parte, no existía una división propiamente dicha entre el Estado y el clero, siendo la organización política de los aztecas sólo una teocracia militar.
En ello radicó su poder: la sanguinaria tiranía de sus dioses lo estimuló de tal modo que en pocos siglos lograron imponer su régimen de terror a todo el valle de México y aun más lejos. Pero también constituyó su perdición: entre los mitos toltecas transmitidos a los aztecas, se contaba el de Quetzalciatl quien, bajo su personificación de dios civilizador blanco con barba, había desaparecido por el oeste y debía regresar por el este; surgió Cortés, era blanco y llevaba barba; fueron muchos los que lo tomaron por Quetzacoatl reaparecido para reinar sobre sus súbditos; originóse de ello tal confusión que algunas centenares de españoles bastaron para subyugar al pueblo más belicoso de América.
Costa del Golfo de México
Sobre la costa atlántica se desarrollaron tres grandes grupos de culturas. Se las designa con los nombres de olmeca, totonaca, y huaxteca.
Cultura Olmeca
Todavía no ha sido resuelto el programa de los olmecas; parecería sin embargo que, entre las grandes culturas mexicanas, la que designamos con su nombre es la más antigua. En el curso de las excavaciones de estos últimos años, se comprobó que la cultura olmeca se presenta en las capas más profundas de múltiples centros arqueológicos. Ya hemos hablado de ella al referirnos a Tlatilco (cerca de México ) y a Teotihuacan 1 . También la mencionaremos cuando describamos las capas más antiguas de Monte Albán (sur del país zapoteca). Su verdadero centro parece estar situado en la costa atlántica, en el Estado de Tabasco, donde las grandes estatuas monolíticas, las gigantescas cabezas de La Venta, que se cuentan entre las esculturas más extraordinarias de los tiempos precolombinos, pueden señalar el apogeo de su arte.
En Tres Zapotes (Estados de Veracruz), donde metódicas investigaciones han demostrado la presencia prolongada de ese pueblo, se manifiesta una evolución del arte olmeca.
Los personajes olmecas se distinguen por los carrillos inflados, el vientre grande y una particular expresión de los labios denominada “boca desdeñosa”. El “Dios Gordo” es típico. Se conoce una categoría con el nombre de Baby Face (Rostro inocente o cara de niño. N. del T.) . Son frecuentes las estatuillas de jade que representan a tales tipos, particularmente apreciadas por los aficionados al arte precolombino.
La estatua de un luchador, proveniente de Uxpanapán ( Estado de Veracruz), figura entre las obras más perfectas del arte mexicano; puede parangonársela con las mejores esculturas del arte griego.
El extraordinario desarrollo del arte olmeca en una época que parece muy anterior al apogeo de los restantes pueblos mexicanos constituye uno de los enigmas de la arqueología precolombina. Es evidente que, pese a su antigüedad , la producción olmeca no configura el principio de una evolución. Nos vemos pues inducidos a preguntarnos si la civilización olmeca se desenvolvió en el sitio o bien si se benefició con aportes foráneos. La cuestión se halla en estudio.
Cultura totonaca
La cultura totonaca, que floreció entre los siglos V y XI , aproximadamente en la región que ocupan los actuales indios totonacas, tuvo por centro a El Tajín, cerca de Papantla (al norte del Estado de Veracruz). La pirámide de El Tajin es una de las construcciones más características de todo México.
Sus cuatro lados están perforados por nichos, trescientos sesenta y cinco en total, cada uno de los cuales corresponden a un día del año. A escasos centenares de metros de esta pirámide se yergue otro grupo de cinco construcciones llamado El Tajín Chico, que pertenece a época posterior. Los artistas totonacas poseían un sentido decorativo sumamente desarrollado, a juzgar por los paneles de motivos geométricos entrelazados.
Parece que en un momento dado, El Tajin experimentó una influencia maya, mas no perdió por ello su carácter. Determinados arqueólogos han atribuido a los totonacas la construcción de los grandes monumentos de Teotihuacan pero no han podido ofrecer prueba alguna en apoyo de su suposición.
No es inverosímil que al correr del tiempo se hayan establecido relaciones entre la zona totonaca y la meseta, pero esto sólo debió producirse en época relativamente reciente: un bajo relieve del juego de pelota de El Tajín representa un sacrificio humano tal como se lo practicaba en las épocas tardías en el valle de México.
La mayoría de los objetos totonacas que se conocen ha sido descubiertos accidentalmente, de modo que sólo contamos con nociones muy imprecisas acerca de esta cultura. Por ejemplo, se ignora completamente a qué corresponden las extrañas piezas denominadas “yugos” y “palmas” en razón de su forma y que son las más típicas de ese pueblo. No obstante lo cual, el pulido de la piedra y la perfección del grabado revelan en los totonacas la condición de escultores muy evolucionados.
También se ha descubierto el rastro de los totonacas en la isla de los Sacrificios, cerca de Veracruz, donde una alfarería pintada recuerda por su decoración de motivos entrelazados a los bajos relieves de la pirámides de El Tajín.
A la decadencia de El Tajin corresponde el desarrollo de Cempoala, que por su arquitectura se aproxima más a los estilos de la meseta. Su pirámide circular, especialmente, recuerda mucho a la de Calixtlahuaca (Estado de México). La alfarería presenta semejanzas con la de Cholula, clasificada
generalmente en la época azteca.
Cultura huaxteca
La cultura huaxteca se localiza al norte de la de los totonacas. Se centralizó aparentemente en el curso del río Pánuco. Siendo la lengua actual de los huaxtecas un dialecto maya, cabría la creencia de que su antigua cultura se vinculaba igualmente a la maya. No es igualmente a la maya. No es así y debe suponerse que se separaron muy temprano de su linaje. Por otra parte, los estudios estratigráficos han revelado una prolongada duración de las huaxteca.
El apogeo de su arte, que alcanzó gran refinamiento, pertenece a fecha relativamente reciente. Son peculiares las estatuas de piedra por el tratamiento del detalle; están cubiertas de ornamentos grabados o modelados tanto en el frente como en el dorso y sin embargo jamás se experimenta la sensación de hallarse ante esculturas de bulto; trátase de estatuas-relieves, destinadas ser vistas de frente, o de dorso, pero nunca de perfil; los hombros se destacan, la frente es a menudo huyente.
En materia de cerámica nos encontramos con las formas más extrañas, de las que no hay dos iguales. Los vasos tienen a menudo forma esférica e invariablemente llevan asa; la decoración consiste por la general en pinturas negras sobre fondo blanco.
Estos vasos en nada se aproximan a los tipos conocidos.
Si bien los artistas huaxtecas fueron grandes escultores, descuidaron, en cambio, la arquitectura.
EL MUNDO MAYA
Un célebre arqueólogo expresó que los mayas fueron los griegos del Nuevo Mundo. En efecto, la cultura maya constituyó la de mayor prestigio entre todas las de América Central y ejerció sobre los demás, particularmente en lo que se refiere al mundo azteca, una influencia enteramente comparable con la e los griegos respecto de los romanos.
La zona ocupada por los antiguos mayas comprendía los actuales Estados de Yucatán, Campeche, Tabasco, una parte de Chiapas y el territorio de Quintana Roo en México; el departamento de El Petén y las altiplanicies de Guatemala; la sección occidental de Honduras y todo el territorio de Belice; en conjunto, alrededor de 325.000 km2. La lengua maya y sus dialectos se hablan todavía en todas las regiones indicadas y asimismo en la franja de la costa atlántica mexicana llamada huaxteca, de la que ya hemos hablado en el capítulo anterior.
Se considera que la población maya actual se eleva a dos millones, de los cuales hay un millón cuatrocientos mil en Guatemala. Mencionaremos entre ellos a los escasos centenares de miembros de la tribu de los lacandones, quienes han escapado hasta el presente de la influencia de los blancos.
Estos territorios está poblados desde hace alrededor de cinco mil años, si bien la historia de los mayas sólo comienza con nuestra era. Desígnanse sus predecesores con el nombre pre- mayas. En un principio desconocimiento tanto la cerámica como la agricultura; no comenzaron a cultivar el maíz, sino hasta el año 1000 antes de nuestra era, siguiendo si duda el ejemplo de sus vecinos occidentales de Guatemala. Apareció igualmente en esta época la cerámica, cuyos primeros testimonios: casos, estatuillas y cabezas modeladas del tipo llamado Mamom, hallados en diferentes puntos de Guatemala, Honduras y El Salvador, no carecen de analogía con las cerámicas más antiguas de la meseta mexicana y de la región de Tres Zapotes (zona olmeca). La fase postrera de esta cultura aborigen parece haberse iniciado hacia el año 350 antes de nuestra era; presenció las primeras construcciones de piedra, terrazas y pirámides, en Uaxactún y Yucatán. Es la época de la cerámica denominada Chicanel, cuyas formas y decoraciones ostentan mayor variedad que durante el período Mamon. Este lapso, el primero que se ha logrado establecer, se prolongó hasta los comienzos del siglo IV de nuestra era.
En lo que respecta al origen de la cultura maya propiamente dicho, aún se hallan divididas las opiniones. Algunos sabios se inclinan a creer que nació en algún punto de la costa de Veracruz; otros, en El Petén, Tikal o Uaxactún. Sea como fuere, la fecha más antigua que se conoce corresponde a la de la placa de jade proveniente de la región de Tikal y conservada en el Museo de Leyden; pertenece al año 320 de nuestra era. Es a partir de esa fecha cuando comienza la historia maya.
Se la divide, por lo general, en dos grandes períodos: el Antiguo y Nuevo Imperio. No debe buscarse aquí ningún sentido político a la palabra Imperio; trátase de un término puramente cultural Empleado para designar un conjunto artístico y espiritual.
Para reconstituir la historia del Antiguo Imperio, solamente disponemos de documentos de orden arqueológico. Las ciudades mayas del Antiguo Imperio tenían el hábito de erigir cada veinte años una estela conmemorativa. A veces se conmemoraba la finalización de la mitad de un período; inclusive se ha encontrado en Piedras Negras una estela que señalaba el término de un cuarto de período. Las fechas grabadas en tales estelas permiten seguir la evolución de ciertas ciudades, su florecimiento y decadencia. Entre todas las estelas que se conocen hasta el presente, la más antigua y la más reciente han sido descubiertas en Uaxactún; la primera lleva una fecha que corresponde al año 328 de nuestra era, la segunda del año 889.
El estudio de dichas estelas ha permitido distinguir tres fases en la historia del Antiguo Imperio; en el curso de la primera, de 320 a 633, ya existían ciudades importantes; denomínase Tzakol a la cerámica característica de esta primera fase. El segundo período, relativamente breve, puesto que duró apenas un siglo, se singulariza por un nuevo tipo de cerámica llamado Tepeu. El tercero de 731 a 987, fue testigo, sobre todo, del apogeo de grandes centros tales como Palenque, Yaxchilán y Piedras negras; la escultura alcanzó su máxima expresión, pero el desarrollo cultural no se mantuvo en ese nivel durante mucho tiempo, surgió pronto la decadencia y una caída vertical puso término a esta primera etapa.
Ningún acontecimiento histórico facilita una explicación del derrumbe del Antiguo Imperio, Se han emitido a este respecto muchas hipótesis, la más verosímil de las cuales consiste en el agotamiento del suelo:
Los mayas efectuaban los cultivos en chamiceras, método que creaba en derredor de las ciudades zonas estériles paulatinamente ampliadas; es posible que los habitantes se vieran finalmente obligados a emigrar hacia regiones donde poder abrir nuevos claros y cultivar un suelo todavía virgen.
Mientras que las civilizaciones del Antiguo Imperio se diseminaron por el Sur de México, Guatemala y Honduras, las del Nuevo Imperio se acantonaron en la mitad septentrional de la península de Yucatán. Su historia comienza hacia fines del siglo X. Es una época de migraciones a consecuencia de las cuales se estableció un nuevo sistema cultural y religioso, diferente del que había funcionado hasta entonces.
Una de las migraciones más fecundas en resultados fue la de la tribu de los itzá, que abandonó Chacanputún, en la costa sudoeste, para venir. A instalarse en Chichén, lugar de Yucatán ya ocupado durante el Antiguo Imperio, donde fundó una nueva dinastía. Luego un jefe mejicano llamado Kukulkán ( que no es otro que Quetzalcoatl, a quien hemos visto partir de Tula encabezando a los toltecas camino hacia Yucatán 1)`pasó por Chichén Itzá, pero pronto se alejó para establecerse en una nueva ciudad, Mayapán . En esa misma época un jefe de la familia Xiu, cuyo nombre parece ser de origen mexicano, fundó a Uxmal.
Las tres ciudades se confederaron formando la Liga de Mayapán, la cual rigió al país durante más de doscientos años. Esos dos siglos presenciaro un extraordinario florecimiento de todas las artes; es probable que ese “Renacimiento” se haya debido al aporte tolteca: los monumentos de Chichén Itzá se aproximan totalmente al estilo tolteca.
Se ignora el motivo de ruptura de la Liga, pero era ya un hecho cumplido en 1194, cuando una guerra enfrentó a Chichén Itzá y Mayapán. Mayapán resultó victoriosa y redujo la población de Chichén a la esclavitud, dominando en toda la región por espacio de más de dos siglos. Después, en 1441, los mayas de Chichén se rebelaron, ocuparon a su vez Mayapán, se apoderaron de su jefe y le dieron muerte lo mismo que a sus hijos. Con el fin de Mayapán desapareció toda autoridad, la desorganización política fue completa y cuando cincuenta años más tarde los españoles invadieron el país, el esplendor de la cultura maya había cedido el paso a un estado caótico en que ya se habían olvidado las grandes tradiciones de los siglos precedentes. Es indudable que los manuscritos indígenas encerraban el secreto, pero el primer obispo de Mérida, Diego de Landa, los hizo quemar en 1532.
Los relatos de ese mismo obispo constituyen los únicos documentos que nos proporcionan algunas nociones relativas a la organización política y social de los mayas.
La zona maya comprendía, políticamente, cierto número de ciudades-estados, situación semejante a la de la antigua Grecia en la época de Atenas y Esparta. Cada Estado estaba gobernado por un halach uinic ( el verdadero hombre). Si bien su cargo era hereditario, no se trataba de un monarca absoluto; lo secundaba un consejo de estado compuesto por jefes principales, sacerdotes y algunos consejeros especiales. El halach uinic dirigía la política interna y exterior de su Estado y percibía impuestos. Una de sus atribuciones principales consistía en someter a examen a los candidatos para el puesto de batab.
El batab era un jefe local encargado de asegurar la buena marcha de su villa. Representaba allí al halach uinic pero no percibía impuestos; no obstante era mantenido por aquellos que dependían de administración. En los asuntos locales lo asistían dos o tres consejeros, cada uno de los cuales se ocupaba de un barrio y sin cuyo consentimiento nada podía hacerse. El batab tenía a su cargo la jurisdicción de la villa y el mando de sus soldados, pero debía plegarse a los planes estratégicos elaborados por el jefe militar o nacom.
Este último era elegido por un período de tres años.
Sumamente venerado casi siempre, tocábale seguir un régimen especial, abstenerse de comer carne y de todas relación con mujeres.
Los funcionarios menores eran los tu piles, suerte de policía encargados de hacer respetar la ley.
La sociedad maya estaba dividida en cuatro clases: los nobles, los sacerdotes, el pueblo y los esclavos.
Los nobles, “los que tenían padre y madre”, suministraban en general los jefes locales. Los españoles les atribuyeron el título de caciques. Les preocupaba enormemente su cuna, como lo prueba los diferentes árboles genealógicos que se han conservado.
Quizás gozara mayor prestigio la clase de los sacerdotes. Existía un gran- sacerdote, por lo menos a fines del Nuevo Imperio. Su cargo era hereditario, como casi todos los puestos administrativos. Al parecer correspondían a los sacerdotes las más diversas atribuciones; unos velaban por el culto propiamente dicho con todo lo que éste implicaba: sacrificios, ofrendas, etc; otros se consagraban a las ates y las ciencias: astronomía, cronología, escritura, adivinación.... Los chilanes o adivinos eran particularmente estimados por el pueblo. En cambio el nacom o sacrificador (no debe confundírselo con el jefe militar) estaba muy mal conceptuado; tenía cuatro ayudantes llamados chaces.
El nombre genérico de sacerdotes era abkin al clérigo católico.
El pueblo suministraba la mano de obra para la agricultura y la edificación. Los mayas fueron ciertamente uno de los pueblos más laboriosos de la América precolombina. Cuesta imaginar la cantidad de horas de trabajo que habrá demandado la construcción de las múltiples terrazas sobre las cuales se asientan, por ejemplo, los edificios de Uxmall, teniendo en cuenta los rudimentarios instrumentos de trabajo de los precolombinos, que desconocían el uso del hierro
Los esclavos formaban la última clase de la sociedad. Generalmente se trataba de prisioneros de guerra o de infractores del derecho común; estos últimos eran privados de su libertad y condenados a trabajar hasta pagar su crimen. Un esclavo se compraba igual que una mercancía. La Malinche, la famosa amante de Cortés que le sirvió de intérprete ante los caudillos mexicanos y facilitó su victoria, era una esclava de lengua maya.
La economía maya estaba esencialmente basada en la agricultura. El trabajo de la tierra se efectuaba con métodos primitivos: se destrozaba mediante el fuego la parte que se proponían sembrar y, sin abono alguno, se depositaban los granos en agujeros abiertos por medio de un palo puntiagudo. El cultivo fundamental era el del maíz, pero también el algodón y una especie de pita de fibras textiles (henequén). El cacao es oriundo del país maya y más especialmente de Tabasco.
La agricultura en Yucatán tropieza con un problema difícil de resolver: el del agua. Una temporada de sequía de ocho meses y la ausencia de cursos de agua obligó a los mayas a elegir, para instalarse, la cercanía de lagos naturales o cenotes como en Chichén Itzá. A falta de cenotes, recogían en cisternas el agua de lluvia. Sólo en la época moderna se abrieron pozos
La cultura maya debe sus ascendiente a sus manifestaciones intelectuales. Los mayas elaboraron un sistema. Jeroglíficos muy complejo. Muros enteros, la totalidad de estelas y los tres manuscritos que escaparon de la destrucción están cubiertos de jeroglíficos que e nada recuerdan a lo sistemas de escrituras conocidos y que hasta el presente han tenido preocupados a los especialistas mas competentes.
Únicamente han conseguido ser traducidos los signos relativos al cómputo del tiempo.
La aritmética había alcanzado extraordinario desarrollo y permitía cálculos astronómicos de pasmosa exactitud. Basábase en el sistema vigesimal; vale decir que las unidades de los diferentes grados, en vez de ser mayores o menores de diez en diez, en forma similar a nuestro sistema decimal, lo eran de veinte en veinte. Así, la unidad de primer grado = 1; la de segundo grado = 20; la de tercer grado = 40, etcétera.
Para la numeración escrita se empleaban puntos (que valían 1) y rayas ( que valían 5) hasta19,
El número 20, que equivale a una unidad de segundo grado, se representaba por medio de un punto colocado encima de la línea reservada a las unidades de primer grado, Por ejemplo, 24 se escribía:
.
. . . .
Señalemos que los mayas inventaron el cero; lo hacían intervenir en sus cálculos y lo representaban por un signo especial.
El cómputo del tiempo se basaba sobre un sistema análogo, con una ligera infracción a la regla en lo que respecta a las unidades del tercer grado, con el fin de que el calendario se aproximara más al año solar.
El día o kin constituía la unidad de tiempo. La unidad de segundo grado, el uinal comprendía, veinte días. El tun o año correspondía dieciocho uinal, o sea trescientos sesenta días a los que se agregaba un corto uinal suplementario de cinco días.
El sistema vigesimal proseguía con el katún o veinte tun, luego el baktún o veinte katún. Ya hemos dicho que la finalización de los katún ( o períodos de veinte años) se celebraban con la erección de una estela conmemorativa.
Las fechas históricas se calculaban a partir de la iniciación de la era maya la cual, por una razón que ignoramos, al parecer corresponde al año 3113 a. C. Estas fechas expresan el número de días, convertido en baktún, katún, tun, uinal y kin que transcurrieron desde el comienzo de la era.
Por ejemplo 9. 8. 15. 0. 0. debe traducirse: 9 baktún, 8 katún, 15 tun, o uinal, o kin, o sea en total 1.459.000 días.
Por lo tanto esta fecha corresponde probablemente al 628 de nuestra era. Las fechas ya mencionadas, que figuran en las estelas grabadas de Uaxactún, son: la más antigua 8, 14, 10.13.15. o sea 328 y la última, 10.3.0.0.0., vale decir 889.
Cada uno de los veinte días llevaba un nombre que a continuación anotamos (fig 7) : Imix,Ik, Akbal, Kan, Chicchán, Cimi, Manik, Lamat, Muluc, Oc, Chuen, Eb, Ben, Is, Men, Cib, Cabán, Eznab, Cauac, Abau. En forma similar designabase los dieciocho uinal con los nombres siguientes: Pop, Uo, Záp, Zotz, Tzec, Xul, Yaxkin, Mol, Chen, Yax, Zac, Ceb, Mac, Kankin, Muan, Pax, Kayab, Cumbu. En cuanto al uinal de cinco días complementarios., llamábase Uayeb.
Los días comprendidos por cada uinal eran numerados.
El primero llevaba el número 0, el último el número 19.
Designábase un día determinado por su número en el uinal y el nombre reservado a ese uinal. Ejemplo: 13 Yax. Por consiguiente el mismo día volvía a encontrarse en idéntico lugar en todos los uinal de un mismo año, pero al próximo , en razón del decimonoveno uinal de cinco días, estaba cinco números adelantado. Al cabo de cinco años, había recuperado su posición inicial. Vale decir que sólo cuatro días podían llevar el número 0.
Independientemente de tal calendario solar, los mayas poseían un calendario litúrgico, el Tzolkin. El año litúrgico no abarcaba más que doscientos sesenta días; se componía de la serie de los veinte nombres de días; repetida trece veces y de una serie de los trece primeros números, repetía veinte veces. En otras palabras, el primer día de la serie llevaba el número 1; el decimotercero el numero 13, pero el decimocuarto retomaba el número 1; el último de la serie de días, el vigésimo, llevaba el número 7; recomenzaba después una nueva serie de veinte días numerándose 8 al primero, etc.
De manera transcurrían doscientos sesenta días antes que el mismo nombre de días reaparecían con el mismo número. Por lo tanto el nombre y el número reunidos situaban exactamente al día dentro del año litúrgico. Ejemplo: 4 Abau.
Ambos sistemas, calendarios solar y Tzolkín se combinaban: una fecha maya estaba formada de cuatro elementos; dos para el Tzolkin ( cifra del 1 al 13 y nombre de día) y dos para el calendario solar ( cifra de 0 a 19 y nombre de uinal). Ejemplo: 4 Abau, 13 Yax. Un día dado, que llevara una cifra dada y ocupara en un uinal dado una posición dada, sólo podía reaparecer cada cincuenta y dos años. Este ciclo desempeñaba un papel de importancia en la vida religiosa de los mayas.
Para finalizar, los mayas aún tomaban en consideración el año venusino. A los efectos de que la reunión de signos que designaban un día se reprodujera conjuntamente en los tres calendarios, sagrados, solar y venusino, eran necesarios cuento cuatro años, o sea dos ciclos de cincuenta y dos años, acontecimiento que se celebraba con una fiesta de particular brillo.
La cultura maya ha creado algunas de las obras de arte más notables de todos los tiempos. La arquitectura es principalmente religiosa: los edificios se agripan para formar un centro consagrado al culto, en tanto que el pueblo vive disperso en las chozas de las inmediaciones. Los centros más importantes del Antiguo Imperio son Copán, Quiriguá, Piedras Negras, Tikal, Uaxactún, Palenque y Yaxchilán; los del Nuevo Imperio: Chichén Itzá, Uxmal, Mayapán y Labna . Dada la superior calidad de los materiales de construcción, el estado de conservación es mejor que en el centro de México.
Distínguense dos tipos de edificios: los templos y los palacios. Los templos, de forma rectangular, están edificados en la cumbre de una pirámide truncada adonde se llega mediante escalinatas laterales, la principal de ellas practicada en el lado frontal (fig 8).
El interior de lo templos comprende una o varias salas, la principal de las cuales se consagra al santuario propiamente dicho, Es en Palenque donde por primera vez se encontró una tumba debajo de una pirámide. Un sarcófago cerrado mediante una losa suntuosamente esculpida y que contenía los restos de un gran jefe, adornando con una cantidad de jades, estaba colocado en una cámara funeraria de muros cubiertos de relieve.
Los palacios, probablemente moradas de los sacerdotes, han sido edificados sobre plataformas más bajas; contienen generalmente gran número de estancias que reciben luz por la puerta; algunas de ellas poseen además ventanillas trilobuladas o diminutas aberturas rectangulares o en forma de T.
Todas las construcciones interiores están cubiertas por una falsa bóveda o bóveda de saledizo, típica de esta cultura. Los mayas jamás se aventuraron a construir cielos rasos planos y si bien estuvieron muy próximos a la concepción de la bóveda, en realidad no llegaron a ella. Se limitaron a edificar dos muros opuestos de espesor creciente que se iban acercando uno a otro a medida que aumentaba su altura, hasta que una piedra bastaba para clausurar el espacio abierto.
Debemos ceñirnos a una breve descripción panorámica de uno de los grupos arquitectónicos mayas. Elijamos Uxmal, uno de los más típicos. Una gran pirámide, denominada El Adivino, de pendiente extremadamente empinada, sostiene dos templos adosados uno a otro, y a los cuales se logra acceso por medio de dos escalinatas distintas. Contiguo a ella se eleva el cuadrilátero de las Monjas, que se compone de cuatro cuerpos de edificios dispuestos alrededor de un patio rectangular, cuyas fachadas dan al patio. Se penetra allí por una puerta en forma de arco de falsa bóveda abierta en el centro del edificio meridional. El edificio septentrional, frente a la puerta, posee una fachada muy alta, de decoración particularmente rica.
Los restantes edificios de Uxmal, cada uno de los cuales se asienta sobre una terraza, se escalonan hacia el sur. En la parte más baja existió un juego de pelota cuyos vestigios aún se observan. Una primera plataforma estaba destinada a un edificio relativamente pequeño; de allí se pasaba a otra plataforma mas elevada de dimensiones muy grandes; sobre esta última se había construido una tercera que servia de base a uno de los edificios más bellos de la arquitectura maya en su conjunto, el Palacio del Gobernador. Tiene un centenar de metros de largo y formas rectangular y posee rara elegancia; toda la fachada está adornada con relieves geométricos y figurillas que nos hacen evocar un tapiz decorativo, interrumpido únicamente por dos grandes arcos en saledizo a cada lado de la parte central del edificio. Frente al palacio se encuentra otra plataforma, todavía más alta que las otras, destinada sin duda a sostener una pirámide que jamás se construyó. Tal como se presenta, este grandioso bloque de terrazas sucesivas crea una perspectiva de equilibrio tan perfecto que se diría ha sido concebido de un solo trazo.
Quizás parecería demasiado macizas las estructuras arquitectónicas mayas si se excluyeran los bajo relieves de estuco modelado o los sillares esculpidos que las revisten. Uno de los rasgos más característicos del arte maya consiste en la habilidad con que escultores y modeladores colaboraron con los Arquitectos; la armonía de sus ornamentos y las proporciones de sus figuras, la manera con que supieron utilizar los juegos de luz y sombra, sitúan a esos escultores en una categoría superior. La escultura del bulto es relativamente poco usual, si bien se han hallado en Copan admirables estelas. La escultura maya es esencialmente decorativa. Por doquier nos encontramos con decoraciones esculpidas; espléndidos bajos relieves que representan divinidades, sacerdotes o jefes decoran las grandes estelas de Copan. Estas figuras ha sido talladas, en ciertos casos, con tanta profundidad que transmiten la ilusión del bulto; en otros están cinceladas con tal delicadeza que evocan el grabado.
Existen neta distinción entre la escultura del Antiguo Imperio y la del Nuevo Imperio. El estilo del primero es realista. Logra una calidad jamás superada en parte alguna del mundo, con los relieves de estuco y piedra del Palacio de Palenque, donde se ven diversas series de personajes, representados en diversas actitudes,y con los de Yaxchilán, entre los cuales cabe citar al hombre que se inflige la penitencia ritual de atravesarse la lengua con una cuerda (fig.9) . Este estilo es monumental e impasible: ninguna sonrisa, ninguna reacción humana trasuntan los impenetrables rostros.
La escultura del Nuevo Imperio es, por lo contrario, simbólica y abstracta. Basta una simple voluta para representar a Chaak, dios de la lluvia. Las fachadas del anexo del Templo de las Monjas y de la Iglesia, en Chichén Itzá por ejemplo, están ornadas de motivos, el principal de los cuáles consiste en la estilización de este dios, repetida en dos hileras. Idéntico motivo constituye el tema dominante en la fachada del edificio más destacado de Kabah. La decoración invade con tal profusión todas las superficies que la arquitectura queda abrumada. El estilo es anguloso, quiebra con frecuencia las formas y se hace inorgánico.
Poco queda de la pintura maya. Sin embargo, los frescos de Bonampak atestiguan al alto grado de perfección que también alcanzó este arte. Dichos frescos son tan bellos que se los ha comparado a los del Renacimiento italiano. Revelan sentido dela perspectiva y una intuición muy viva dela composición.
No es menos notable la alfarería maya por su elegancia y la variedad de su decorado polícromo.
Aún nos toca mencionar las figuritas de arcilla, probables representaciones de las divinidades; los objetos de jadeíta y otras obras maestras que dejan constancia de todas las artes menores, excepto la orfebrería, que era casi totalmente desconocida por esta cultura; las escasas piezas de oro de importación extranjera.
Para nosotros la religión de los antiguos mayas permanece oscura. A falta de documentos precisos, suponemos que los pre- mayas de las épocas Mamon y Chicanel deificaron a los fenómenos del mundo físico. En los mitos de los mayas actuales encontramos personajes tales como dioses de la lluvia, genios de los maizales, sirenas malignas, etc., que quizás sean reminiscencias de las más primitivas religiones, en tanto que la cosmogonía, la teogonía el ritual de las grandes épocas, de todo lo cual los relieves y las esculturas, lo mismo que los códices, nos suministran ilustraciones, fueron completamente abolidos por el cristianismo.
Según la cosmogonía maya, nuestra época estuvo precedida por otras edades que desaparecieron sucesivamente en un respectivo cataclismo universal.
En la primera vivieron los enanos, en la segunda unas gentes llamadas dzoloob, en la tercera los mayas, La cuarta edad, o actual en la cual coexisten todos los pueblos anteriores, presenció el florecimiento de la cultura maya, pero está amenazada por una suerte análoga a la de las tres primeras.
El universo constaba de trece cielos superpuestos, llamados Oxlahuntikú; nuestra tierra constituía el cielo inferior; por debajo de ella se escalonaban nueve mundos subterráneos denominados bolontikú, el más profundo de los cuales pertenecía al señor de la muerte.
Por lo demás, cada uno de estos mundos tenía su dios propio, igual que cada fenómeno de la naturaleza y los días, los uinal, los katún, pues el panteón maya estaba extremadamente poblado.
Entre los mayas como entre los aztecas el dualismo era una de las características de la religión: divinidades tales como las de la lluvia, del trueno y del rayo, poseían índole bienhechora y se oponían a una serie de dioses dañinos: los de la sequía, de la tempestad, de la guerra, etc., funestos para los humanos.
El creador del mundo era Hunab; y se creía que su hijo Itzamná, señor de los cielos, de la noche y del día, había otorgado a los mayas la escritura, los códices y quizás el calendario; se lo invocaba en las ceremonias propiciatorias del Nuevo Año con el fin de evitar desastres públicos. Su culto estaba asociado a menudo con el de Kinch Agua, dios del Sol.
Chaak, dios de la lluvia, desempeñaba un importante papa el en razón del clima, especialmente en Yucatán. Por lo general, se lo representa con una gran nariz, tanto en los códices como en las esculturas. Se lo asociaba a Kukulkán, el dios del Viento.
El dios del Maíz o de la Agricultura se representaba con los rasgos de un hombre joven portador, en ocasiones, de una espiga de maíz, Su nombre nos es desconocido; con frecuencia se lo designa mediante la letra E.
Ah Puch era el dios de la Muerte. A modo de cabeza tenía un cráneo descarnado y llevaba una cantidad de cascabeles. Como divinidad maléfica se vinculaba al dios de la Guerra, Ek Chuah.
Todos estos dioses eran objetos de un culto muy complejo cuyo ritual se observaba estrictamente. Las ceremonias religiosas estaban precedidas de ayunos o de severas abstinencias. Los sacrificios cumplían un papel preponderante: uno de ellos consistía en hacer manar la propia sangre traspasándose el lóbulo de la oreja con un cuchillo de sílice o una espina de pescado. Los sacrificios representados durante el Antiguo Imperio son casi siempre pacíficos: ofrendas de alimentos, animales u objetos preciosos. Sólo más tarde aparecen en Yucatán (templos de los Jaguares y de los Guerreros de Chichén Itzá) las representaciones de sacrificios humanos.
Anotemos finalmente que un antiguo rito maya subsiste entre la mayoría de sus descendientes actuales: el que consiste en quemar copal durante las ceremonias.
ZONA MERIDIONAL DE MÉXICO
Culturas zapotecas y mixteca
De todas las culturas que florecieron entre la zona maya y el valle de México, la de los zapotecas es la mejor conocida. Su centro era el Monte Albán, montaña de mediana altura que domina el punto de unión de los valles de Zaachilán y de Oaxaca, donde se yergue actualmente la capital del Estado de Oaxaca. En los comienzos de la década de 1930 se iniciaron en este sitio metódicas excavaciones que se prolongado por espacio de más de quince años.
Casi en los comienzos de los trabajos se descubrió la famosa “tumba Nº 7”,que guardaba el tesoro de un jefe mixteca; constituye el conjunto más fabuloso del joyas de oro que se haya encontrado e todo México. Se exploraron sucesivamente plazas, templos y habitaciones; los vestigios demostraron datar de épocas diversas. Con el fin de clasificarlos cronológicamente, se procedió a comparar tiestos de cerámica extraídos a distintos nivel de los pozos estratigráficos.
Ahora sabemos que aún antes de los zapotecas, Monte Albán fue ocupado por una población olmecoide a la cual se deben muchas construcciones y los famosos relieves de los danzarines, esculpidos en grandes losas de forma irregular. Este pueblo había alcanzado un alto grado de perfección artística; cuidaba principalmente el contorno sin detenerse en el detalle. Una de las estelas, probablemente de la misma época, ostenta inscripciones jeroglíficas. En cerámica son mas frecuentes las formas simples.
Se atribuyen los dos primeros períodos de Monte Albán a esta cultura que quizás existió durante los seis primeros siglos de nuestra era. Los zapotecas parecen haber llegado a fines del segundo período.
Ellos construyeron la mayor parte de los grandes edificios sobre terrazas que proporcionaron a Monte Albán su imponente carácter. Pero también se encuentra su rastro en muchas otras zonas de Estado de Oaxaca. Son constructores de urnas funerarias de cerámica cuyo decorado se muestra tan rico y detallado que podría hablarse de un estilo barroco de la época precolombina (Fig. 11). Como hecho curioso señalemos que casi no se conocen esculturas de piedra de la época zapoteca.
Monte Albán ha debido ser ocupado por los mixtecas en el siglo XV. Eran hábiles artesanos, pero no tenían dotes de arquitectos. Ninguno de los edificios de Monte Albán posee su estilo. Sin embargo, se les atribuye la construcción de los correspondientes al vecino lugar de Mitla, cuyos muros están cubiertos de grecas en relieve (Fig.10). Su sentido decorativo también se manifestó en los frescos, lamentablemente muy deteriorados, pero que revelan evidentes vínculos con las culturas de la meseta mexicana. Por otra parte, una de las principales escuelas de pintura de donde provienen los manuscritos jeroglíficos conocidos generalmente con el nombre de códices, estaba situada en la región mixteca 1. Refinados orfebres, los mixtecas introdujeron en México el trabajo del oro. Fabricaban joyas de todo tipo, collares, colgantes, aretes, diademas, etcétera, de exquisita delicadeza, con metales preciosos, jade o turquesa.
CULTURA DEL NOROESTE
Colima y Nayarit
Son escasos nuestros datos acerca de las culturas que existieron al noroeste de México en la época precolombina. Fueron, empero, abundantes y poseyeron un sentido artístico muy personal. Durante largo tiempo se las designó en bloque con el nombre del pueblo que ocupa actualmente gran parte de ese territorio, los tarascos.
Pero hay motivos para suponer que la cultura tarasca propiamente dicha estuvo localizada alrededor del lago de Pátzcuaro (michoacán) y en Chupícuaro (Guanajuato).
Las culturas más importantes del noroeste fueron las de Colima y Nayarit. La cerámica es de técnica. Relativamente primitiva. Pero de un estilo muy particular que revela un agudísimo sentido de la observación. Comprende diversos personajes y animales representados en actitudes tan expresivas que evocan a los títeres de guiñol y asimismo escenas domésticas y grupos de danzarines. Constituyen las piezas más notables, casitas o templos en cuyo interior hay muchas figurillas. Lamentablemente, no se ha efectuad en estas regiones excavación sistemática alguna, de modo que por el momento estamos incapacitados para determinar un cuadro cronológico de las culturas que allí se sucedieron.
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