LIBRO PRIMERO
Primera parte
I
A finales de noviembre, a las nueve de la mañana de un día de deshielo, el tren de Varsovia se acercaba a todo vapor a Petersburgo. Era tanta la humedad y la niebla, que a duras penas si la luz del día se abría paso; a diez pasos a derecha e izquierda de la vía era difícil distinguir nada desde las ventanillas. Entre los viajeros había quienes regresaban del extranjero; pero los vagones más llenos eran los de tercera, ocupados por gente modesta y que acudían de puntos cercanos a resolver sus asuntos en la capital. Todos, como es lógico, daban muestras de cansancio; después de la noche de viaje todos tenían los ojos pesados, todos estaban ateridos, sus caras eran de una palidez amarillenta a la luz que se filtraba a través de la niebla.
En un coche de tercera se habían despertado, al clarear el día, uno frente a otro, junto a la misma ventanilla, dos viajeros: ambos eran jóvenes, ambos con muy poco equipaje, modestamente vestidos, de caras bastante notables y que, en fin, deseaban entablar conversación. Si hubiesen sabido, el uno del otro, lo que en aquellos instantes los hacía particularmente notables, se habrían admirado, claro, de que el destino les hubiera puesto uno frente a otro en un vagón de tercera clase del tren de Varsovia-Petersburgo. Uno de ellos era más bien bajo, de unos veintisiete años, de pelo rizado y casi negro y de ojos grises y pequeños, pero que parecían dos ascuas. Su nariz era ancha y aplastada; su cara, de pómulos salientes; sus finos labios se plegaban sin cesar en una sonrisa descarada, burlona y hasta maligna; pero su frente era alta y bien formada, lo que embellecía la parte inferior del rostro, de innoble trazo. Era particularmente notable en aquella cara la mortal palidez, que daba a toda la fisonomía del joven un aspecto de agotamiento, a pesar de su complexión, bastante fuerte, y, al mismo tiempo, algo apasionado, rayano con el dolor, que no armonizaba con la sonrisa descarada y grosera ni con la penetrante y satisfecha mirada. Iba bien abrigado, con un capotón negro de piel de cordero forrado de paño. Así, durante la noche no había pasado frío, mientras que el vecino había debido aguantar en su temblorosa espalda todas las delicias de la húmeda noche de noviembre rusa, para la que, al parecer, no estaba preparado. Este último llevaba un capote bastante amplio y grueso, sin mangas, con un capuchón enorme, exactamente igual que los que a menudo usan en invierno los viajeros lejos, en el extranjero, en Suiza o, por ejemplo, en el Norte de Italia, sin pensar, se entiende, en una distancia tan larga como la que separa Eudkunen de Petersburgo. Pero lo que servía y satisfacía por completo en Italia, no resultaba del todo satisfactorio en Rusia. El propietario del capote del capuchón era un hombre joven, también de unos veintiséis o veintisiete años, de estatura algo superior a la media, pelo muy rubio y espeso, de mejillas hundidas y barbita recortada en punta, casi albina. Sus ojos eran grandes, azules, y miraban fijamente; esta mirada apacible, pero pesada, tenía la expresión que permite adivinar a primera vista a las personas aquejadas de epilepsia. Por lo demás, el rostro del joven era agradable, fino y delgado, aunque descolorido, y en aquellos instantes estaba amoratado por el frío. Llevaba en sus manos un hatillo de viejo satén desteñido, que, al parecer, constituía todo su equipaje. Calzaba unas botas de gruesa suela con polainas, lo que no era nada ruso. El vecino de pelo negro y capotón miraba todo esto, en parte porque no tenía otra cosa que hacer, hasta que, por fin, preguntó con el tono burlón y poco delicado en que a veces, sin cumplidos y miramientos, expresa la gente su satisfacción ante las desdichas del prójimo:
-¿Tiene frío?
Y se encogió de hombros.
-Mucho -contestó el vecino con extraordinaria presteza-. Y fíjese que está deshelando. ¿Qué sería si helase? No podía pensar que aquí hiciese tanto frío. He perdido la costumbre.
-¿Viene del extranjero?
-Sí, de Suiza.
-¡Fu! Hay que ver...
El del pelo negro lanzó un silbido y se echó a reír.
Entablaron conversación. La prontitud con que el joven rubio del capote suizo respondía a todas las preguntas de su moreno vecino era asombrosa; no sospechaba en absoluto lo que en algunas de esas preguntas había de desenfado, falta de lugar e inconveniencia. Explicó, entre otras cosas, que, en efecto, llevaba mucho tiempo fuera de Rusia, cuatro años y pico; que había marchado al extranjero por motivos de salud, a causa de una extraña enfermedad nerviosa, algo parecido a la epilepsia o al baile de San Vito, que le producía temblores y convulsiones. Al escucharle, el pelinegro sonrió varias veces. Le hizo reír en particular cuando a su pregunta de si le habían curado, el rubio contestó que no, no le habían curado.
-¡Je, je! Quiere decirse que ha gastado el dinero en balde. Y nosotros creemos en esa gente -observó en tono mordaz.
-¡Es la pura verdad! -terció en el diálogo un señor que ocupaba el asiento contiguo, mal vestido, con el aspecto de covachuelista, de unos cuarenta años, complexión fuerte, nariz colorada y cara salpicada de granos-. Es la pura verdad, se nos llevan de balde todas nuestras energías.
-En lo que a mí se refiere se equivoca -replicó el paciente suizo con voz apacible y conciliadora-. Claro que no puedo discutir porque no lo sé todo, pero mi médico me pagó el viaje con el último dinero que le quedaba, y antes me había mantenido casi dos años a sus expensas.
-¿Es que no había nadie que pagase? -preguntó el pelinegro.
-No, el señor Pávlischev, que corría con mis gastos, se murió hace dos años. Escribí entonces a la generala Epánchina, parienta lejana mía, pero no recibí contestación. Esa es la causa de mi venida.
-¿Y adónde viene?
-¿Quiere decir que a casa de quién vengo?... La verdad es que no lo sé todavía.
-¿Aún no lo ha decidido?
Y ambos oyentes volvieron a soltar la risa.
-¿Es que no lleva más equipaje que ese hatillo? -preguntó el del pelo negro.
-Apuesto a que es así -insistió con aire de extraordinaria satisfacción el funcionario de la nariz colorada- y que no ha facturado nada aparte.
Y aunque la pobreza no es un vicio, es cosa que no puede por menos de saltar a la vista.
Resultó que era así: el joven rubio se apresuró a reconocerlo inmediatamente.
-Su hatillo, sin embargo, tiene cierta significación -prosiguió el funcionario cuando se hubieron hartado de reír (es de señalar que el propietario del hatillo empezó también a reírse al verlos, lo que aumentó todavía más la jovialidad de los otros)-. Y aunque se puede asegurar que en él no hay paquetes de monedas extranjeras, de napoleones y federicos, ni siquiera de florines holandeses, cosa que también se puede deducir por las polainas y por sus botas extranjeras, si a su hatillo se añade una pariente como la generala Epánchina, entonces adquiere una significación distinta; se comprende, en el caso de que la generala Epánchina sea realmente pariente suya y usted no se haya equivocado por distracción... lo que es muy propio de personas que poseen... una imaginación excesiva.
-También ha vuelto a acertar -asintió el joven rubio-. Porque, en efecto, casi me he equivocado, quiero decir que casi no es pariente mía. Hasta el extremo de que no extrañé lo más mínimo cuando no me contestaron. Así lo esperaba.
-Podía haberse ahorrado el dinero del franqueo. ¡Hum!... Al menos es usted sencillo y franco, lo que es de elogiar. ¡Hum!... Al general Epánchin le conocemos en realidad porque todo el mundo le conoce; y también conocemos al señor Pávlischev, el que sufragaba sus gastos en Suiza, si es que se trata de Nikolai Andréievich Pávlischev, porque eran dos primos. El otro sigue residiendo en Crimea. Nikolai Andréievich, el difunto, era un hombre honorable y con muy buenas relaciones, en otros tiempos poseía cuatro mil almas...
-Efectivamente, se llamaba Nikolai Andréivich -contestó el joven, quedándose mirando atentamente y con curiosidad al señor que todo lo sabía.
Estos señores sabelotodo suelen encontrarse y hasta bastante a menudo en cierta capa social. Lo saben todo, toda la inquieta curiosidad de su mente y sus facultades tienden irresistiblemente hacia un punto, claro que a falta de más importantes aspiraciones e ideas en lo referente a la vida, como diría un pensador contemporáneo. Lo de que «lo saben todo» debe entenderse, por lo demás, en lo relativo a una esfera bastante reducida: dónde Fulano de Tal presta sus servicios, qué conocidos tiene, cuál es su fortuna, dónde fue gobernador, con quién está casado, cuál fue la dote que la mujer aportó, de quién es primo carnal y en segundo grado, etc., etc., y así por el estilo. En su mayor parte, estos sabelotodo van con los codos rotos y perciben un sueldo mensual de diecisiete rublos. Las personas de las que saben hasta los últimos pormenores no se imaginarían, ciertamente, qué intereses los guían, aunque muchos de ellos alcanzan su propia estimación y hasta un alto grado de satisfacción espiritual con estos conocimientos, que equivalen a una auténtica ciencia y les sirven de consuelo. Es, además, una ciencia seductora. He visto a hombres de ciencia, a escritores, a poetas y a políticos que encontraron y encuentran en estos conocimientos el supremo fin y contento y que sólo gracias a ello hicieron carrera.
En el transcurso de esta conversación, el joven pelinegro bostezaba, miraba por la ventanilla, sin ver nada, y esperaba impaciente el fin del viaje. Parecía distraído, incluso muy distraído: oía y no escuchaba, miraba y no veía y, en ocasiones, se reía sin él mismo comprender la causa.
-Permítame, ¿con quién tengo el honor...? -preguntó de pronto el señor de la cara llena de granos al joven rubio del hatillo.
-Con el príncipe Liev Nikoláievich Mishkin -contestó con presteza el interpelado.
-¿El príncipe Mishkin? ¿Liev Nikoláievich? No lo conozco. Ni siquiera he oído hablar de él -comentó perplejo el funcionario-. Es decir, no me refiero a su nombre, que es apellido histórico y se puede y debe encontrarse en la Historia de Karamzín, sino a la persona; hace ya mucho que no se tropieza uno con un príncipe Mishkin, ni siquiera se oye hablar de ellos.
-¡Claro que no! -asintió el príncipe-. En la actualidad el único príncipe Mishkin que existe soy yo; creo que soy el último. En cuanto a mis padres y abuelos, fueron gente muy modesta. Mi padre, por lo demás, fue subteniente, antiguo suboficial. No sé cómo la generala Epánchina llegó a tener lazos familiares con los príncipes Mishkin. También es la última en su género...
-¡Je, je, je! ¡La última en su género! ¡Je, je! ¡Qué bien le ha salido! -rió el funcionario.
También rió el del pelo negro. El rubio se asombró de que hubiera podido hacer un retruécano, por lo demás bastante malo.
-Ni siquiera había pensado lo que decía -explicó, por fin, admirado de sus propias palabras.
-Se comprende, se comprende -asintió alegremente el funcionario.
-Y qué, príncipe, ¿estudió allí con algún profesor? -preguntó de pronto el de pelo negro.
-Sí que estudié...
-Pues yo nunca estudié nada.
-No puede decirse que fuera mucho -añadió el príncipe, poco menos que disculpándose-. Mi enfermedad no me permitía un estudio sistemático.
-¿Conoce usted a los Rogozhin? -preguntó con frase rápida el del pelo negro.
-No, no los conozco en absoluto. En Rusia conozco a muy poca gente. ¿Es usted Rogozhin?
-Sí, Parfión Rogozhin.
-¿Parfión? ¿De los Rogozhin que...? -empezó con acentuada gravedad el funcionario.
-Sí, de esos mismos -le interrumpió rápidamente y con descortés impaciencia el del pelo negro, quien, por lo demás, no se había dirigido ni una sola vez al funcionario de los granos, sino que desde el comienzo mismo hablaba sólo al príncipe.
-Pero... ¿cómo es eso? -exclamó el funcionario perplejo, con unos ojos que casi se le salían de las órbitas y cuyo rostro adquirió al instante una expresión de unción y servilismo, hasta de miedo-. ¿Es hijo de Semión Parfiónovich Rogozhin, heredero de un honorable ciudadano que hace un mes murió dejando un capital de dos millones y medio de rublos?
-¿De dónde sacas que dejó un capital de dos millones y medio de rublos? -le interrumpió el del pelo negro, sin dignarse tampoco esta vez mirar al funcionario-. ¡Vaya! -añadió, señalándolo con un gesto al príncipe-. ¿Qué les importa a estos lacayos, que inmediatamente se le pegan a uno como moscas? Es verdad, sí, que mi padre murió, yo estaba en Pskov, y al cabo de un mes vuelvo a casa poco menos que descalzo. Ni el miserable de mi hermano ni mi madre me han mandado ni dinero ni noticia alguna. ¡Como si fuese un perro! He estado en Pskov todo el mes enfermo con calenturas.
-Y ahora recibirá de una vez un milloncejo y pico. Eso por lo menos. ¡Qué cosas ocurren, Señor! -exclamó el funcionario, juntando las manos.
-¿Podría decirme qué le importará a él? -preguntó Rogozhin colérico, señalando de nuevo al funcionario-. Porque aunque andes de cabeza ante mí no te he de dar ni un kópek.
-Pues andaré, sí que andaré.
-No te daré nada, no te daré nada aunque te pases bailando una semana entera.
-¡No me lo des! Eso es lo que yo necesito. ¡No me lo des! A pesar de todo, bailaré. Abandonaré a mi mujer y a mis hijos pequeños, pero bailaré ante ti. ¡Para adularte, para adularte!
-¡Puaf! -exclamó con asco el del pelo negro-. Hace cinco semanas -se volvió hacia el príncipe- me escapé de mi padre, sin más equipaje que un hatillo, a Pskov, para refugiarme en casa de una tía; allí caí en cama con calenturas y, mientras tanto, él murió. De un derrame cerebral. Que Dios lo haya acogido en su santo seno, pero entonces estuvo a punto de matarme a palos. ¡Créalo usted, príncipe, se lo aseguro! Si no me hubiese escapado, me mata de una paliza.
-¿Le había irritado usted? -preguntó el príncipe, mirando con cierta curiosidad particular al millonario del capotón.
Mas aunque pudiera haber algo digno de llamar especialmente la atención en lo del millón de la herencia, lo que al príncipe asombraba e interesaba era algo distinto. El propio Rogozhin había elegido por ciertas circunstancias al príncipe en calidad de interlocutor, si bien su necesidad de conversar con alguien parecía más mecánica que moral. Más para distraerse que para explayarse. Lo hacía movido por la inquietud, por la agitación, aunque sólo fuese para mirar a alguien y tener un pretexto para la charla. Parecía como si siguiera enfermo de calenturas, o al menos en un estado ligeramente febril. En cuanto al funcionario, estaba tan pendiente de Rogozhin que no se atrevía ni a respirar; cazaba y sopesaba cada palabra como si buscase un brillante.
-Irritarse sí que se irritó, y acaso tuviera sus razones -contestó Rogozhin-. Pero el que más me fastidiaba era mi hermano. De mi madre no hay nada que decir; ya es vieja, lee las «Vidas de los santos» busca la compañía de otras viejas y lo que dice Senka, mi hermano, es lo que debe ser. ¿Por qué él no me lo hizo saber a su tiempo? ¡Lo comprendo muy bien! Cierto que yo entonces estaba sin conocimiento. También dicen que pusieron un telegrama a mi tía pidiéndole que acudiera. Pero ella enviudó hace treinta años y se pasa todo el tiempo, de la mañana a la noche, con los lisiados. No es monja, es todavía peor. Tuvo miedo del telegrama y, sin abrirlo, lo llevó a la comisaría, donde sigue hasta ahora. Me salvó Vasili Vasílich Kóniev, fue el que me lo escribió todo. Por la noche, mi hermano cortó del paño de brocado que cubría el féretro de mi padre las borlas de oro, pensando que valdrían algún dinero. Esto podría costarle ir a Siberia si yo quisiera, porque se trata de un sacrilegio. ¡Eh, tú, espantapájaros! -se volvió hacia el funcionario-. ¿No es según la ley un sacrilegio?
-¡Un sacrilegio! ¡Un sacrilegio! -se apresuró a confirmar el funcionario.
-¿Mandan por eso a Siberia?
-¡A Siberia, a Siberia! ¡A Siberia inmediatamente!
-Ellos creen que yo sigo enfermo -prosiguió Rogozhin, volviéndose hacia el príncipe-. Yo, sin decir una palabra a nadie, sin que nadie lo advirtiese, he tomado el tren y allá voy. ¡Abre la puerta, hermano Semión Semiónich! El trató de enemistarme con mi difunto padre, lo sé. Y por culpa de Nastacia Filíppovna éste se enfadó, también es cierto. De eso soy el único culpable. Me empujó el pecado.
-¿Por culpa de Nastasia Filíppovna? -preguntó servilmente el funcionario, como considerando algo.
-¿Es que la conoces? -le gritó impaciente Rogozhin.
-¡Sí la conozco! -contestó triunfalmente el funcionario.
-¡Bah! ¡Pues sí que no hay pocas Nastasias Filíppovnas en el mundo! ¡Qué bicho más descarado eres! Ya sabía que cualquier tipo como éste se me iba a pegar en seguida -prosiguió, dirigiéndose al príncipe.
-¿Y si la conozco? -insistió el funcionario-. ¡Lébedev la conoce! Su Alteza me cubre de improperios, pero ¿y si demuestro lo que digo? Es la Nastasia Filíppovna por culpa de la cual su padre quiso darle una somanta. Nastasia Filíppovna es Barashkova, una señora, por así decirlo, muy distinguida y también una princesa en su género; tiene amistad con un cierto Afanasi Ivánovich Totski, un terrateniente y capitalista, que es miembro de compañías y sociedades comerciales, razón por la cual es muy amigo del general Epanchin...
-¡Hola! -acabó de asombrarse Rogozhin muy de veras-. ¡Diablos! Es verdad que está enterado de todo.
-¡Lébedev lo sabe! ¡Lo sabe todo! Yo, Alteza, estuve dos meses con Alexandra Lijachov, y también después de la muerte de su padre; conozco todos los rincones y recovecos y las cosas han llegado a un punto que sin Lébedev es imposible dar un paso. Ahora me encuentro en la sección de deudas, pero entonces tuve la oportunidad de conocer a Armance, a Coralie, a la princesa Pátskaia y a Nastasia Filíppovna. Pude enterarme de muchas cosas.
-¿A Nastasia Filíppovna? ¿Es que ella y Lijachov...? -preguntó Rogozhin colérico, y hasta palidecieron y temblaron sus labios.
-¡Nada de eso! ¡Nada de eso! ¡No hay nada de eso! -se apresuró a protestar el funcionario-. ¡Ningún dinero le valió a Lijachov para acercarse a ella! No hay más que Totski. Por las tardes va al Gran Teatro o al Teatro Francés, donde tiene su palco. Los oficiales podrán decir lo que quieran, pero ni ellos mismos pueden probar nada: «Esa es Nastasia Filíppovna», y nada más. Por lo demás, nada. Porque no hay nada.
-Así es -confirmó Rogozhin, sombrío y ceñudo-. Eso mismo me dijo entonces Zaliózhev. Entonces, príncipe, yo cruzaba la Avenida Nevski con la pelliza de mi padre, que se la hizo hace tres años, cuando ella salía de una tienda y tomó su coche. Algo me abrazó por dentro. Me tropecé con Zaliózhev, no me puedo comparar con él: anda siempre como un dependiente que acaba de salir de la peluquería y gasta monóculo, mientras que yo me había vuelto un salvaje en casa de mi padre, con las botas engrasadas con sebo y una mala comida. «No es para ti -me dijo-, es una princesa y se llama Nastasia Filíppovna Barashkova; vive con Totski, quien ahora no sabe cómo deshacerse de ella, porque ya es un hombre maduro, ha cumplido los cincuenta y cinco y quiere casarse con la mujer más guapa de Petersburgo.» Añadió que aquel día podía ver a Nastasia Filíppovna en el ballet del Gran Teatro, en su platea. En casa, con mi padre, si uno trataba de ir al ballet ya sabía el castigo, ¡lo mataría! Sin embargo, yo fui, procurando que nadie se enterara, y de nuevo vi a Nastasia Filíppovna; aquella noche no pude dormir. Por la mañana, el difunto me dio unos bonos del Tesoro del cinco por ciento, de cinco mil rublos, con el encargo de que los hiciese efectivos, entregase siete mil quinientos en la oficina de Andréiev y, sin ir a ningún sitio, le llevase el resto de los diez mil; él me estaría esperando. Vendí los bonos, pero no fui a la oficina de Andréiev, sino que me dirigí directamente a la joyería inglesa, donde escogí unos pendientes con un brillante cada uno del tamaño de una avellana; me faltaban cuatrocientos rublos, pero di mi nombre y me los fiaron. Con los pendientes, acudí a Zaliózhev y le pedí que me acompañase a casa de Nastasia Filíppovna. Fuimos allá. No sé ni recuerdo lo que pisaba, ni lo que tenía ante mí ni a los lados. Nos hicieron pasar directamente a la sala y ella salió a recibirnos. Entonces no me di a conocer. «De Parfión Rogozhin -dijo Zaliózhev-, en recuerdo de su encuentro de ayer. Dígnese aceptarlo.» Ella abrió el estuche, miró los pendientes y sonrió. «Dé las gracias -dijo- a su amigo, el señor Rogozhin por su gentileza», hizo un saludo y se retiró. ¡Por qué no me quedaría muerto entonces! Y si salí de allí es porque pensaba: «¡Es lo mismo, vivo no volveré aquí!» Lo que más me indignaba era que ese animal de Zaliózhev se había apropiado de toda la gloria. Yo soy más bien pequeño, iba vestido como un criado y había permanecido callado sin apartar los ojos de ella, porque sentía vergüenza, mientras él, vestido a la última moda, muy repeinado y emperifollado, con su cara colorada y su corbata a cuadros, se pavoneaba y presumía. ¡Sin duda debió tomarlo por mí! «Bueno -le dije cuando hubimos salido-, olvídame, como si no me conocieras.» El se echó a reír: «¿Qué cuenta vas a presentar ahora en Semión Parfiónivh?» La verdad, entonces, sin volver a casa, sentí la tentación de tirarme al agua, pero pensé: «Da lo mismo», y me fui allá como un condenado.
-¡Ah! ¡Oh! -exclamó el funcionario torciendo el gesto, y hasta se estremeció-. Porque el difunto era capaz de mandar al otro mundo no por diez mil rublos, sino por diez -se volvió hacia el príncipe.
Este contemplaba con curiosidad a Rogozhin, que parecía aún más pálido que antes.
-¡Mandar al otro mundo! -replicó Rogozhin-. ¿Qué sabes tú? Inmediatamente -siguió explicando al príncipe- se enteró de todo, porque Zaliózhev se lo fue contando a cuantos encontraba. Me agarró mi padre y me encerró en la parte alta, donde estuvo una hora entera dándome la lata. «Esto -me dijo- no es más que una advertencia, esta noche vendré a despedirme de ti.» ¿Qué crees? El viejo se fue a casa de Nastasia Filíppovna, le hizo reverencias, le suplicó y lloró. Ella acabó por sacar el estuche y se lo tiró: «Ahí tienes -le dijo-, viejo barbudo, tus pendientes. Ahora los estimo diez veces más, cuando sé que Parfión se expuso a semejante riesgo. Saluda de mi parte a Parfión Semiónich y dale las gracias.» Mientras tanto, yo, con el consentimiento de mi madre, pedí prestados veinte rublos a Seriozhka Protushin y tomé el tren de Pskov; llegué con fiebre. Las viejas empezaron a leerme las «Vidas de los Santos», mientras que yo estaba como borracho. Luego me fui por las tabernas, me gasté hasta el último kópek y anduve toda la noche por las calles sin saber qué era de mí; por la mañana estaba con calentura, además de que durante la noche los perros me habían mordido. No sé cómo recobré el conocimiento.
-¡Bueno, bueno! ¡Ahora haremos cantar a Nastasia Filíppovna! -exclamó el funcionario, frotándose las manos y dejando escapar una alegre risita-. ¡Ahora verá lo que son pendientes! Le regalaremos unos...
-Si dices una palabra más de Nastasia Filíppovna, como hay Dios que te pego una paliza. ¡Aunque hayas estado con Lijachov! -exclamó Rogozhin, agarrándole con fuerza el brazo.
-¡Si me pegas, eso significa que no me volverás la espalda! ¡Pégame! Pégame, así me acordaré mejor de ti... ¡Pero ya hemos llegado!
En efecto, el tren entraba en la estación. Aunque Rogozhin había dicho que había salido de Pskov sin que nadie lo advirtiera, unas cuantas personas le estaban esperando. Al verle lo llamaron a gritos y agitaron los gorros.
-¡Vaya, también Zaliózhev está aquí! -balbució Rogozhin mientras los miraba con una sonrisa triunfal y como rencorosa. De pronto se volvió hacia el príncipe-. Príncipe, no sé por qué, pero te he tomado afecto. Acaso por haberte encontrado en un momento como éste, pero también he encontrado a ese otro (y señaló a Lébedev) y no le he tomado afecto alguno. Ven a mi casa, príncipe. Te quitaremos esas polainas, te vestiré con un abrigo de piel de marta de primera calidad; mandaré que te hagan un frac de primera, un chaleco blanco o del color que prefieras, te llenaré los bolsillos de dinero y... nos iremos a ver a Nastasia Filíppovna. ¿Vendrás o no?
-¡Piénselo bien, príncipe Liev Nikoláievich! -terció Lébedev con acento solemne, tratando de convencerlo-. ¡No deje pasar la ocasión! No la deje pasar...
-Iré con mucho gusto. También agradezco muy de veras el afecto que le he inspirado. Es posible que vaya hoy mismo si es que tengo tiempo. Porque, francamente, también usted me ha agradado, sobre todo cuando contaba lo de los pendientes de brillantes. Ya antes me agradaba, a pesar de su sombría cara. Le agradezco también el traje y el abrigo que me ha prometido, porque la verdad es que lo necesitaré pronto. En este momento no tengo casi ni un kópek.
-Habrá dinero, esta tarde lo habrá. ¡Ven!
-Lo habrá, lo habrá -insistió el funcionario-. ¡Lo habrá toda la noche, hasta que se haga de día!
-Y en lo que se refiere a las mujeres, príncipe, ¿es usted muy aficionado?
-¿Yo? No... Porque... acaso no lo sepa, pero debido a mi enfermedad congénita no conozco en absoluto a las mujeres.
-Pues si es así -exclamó Rogozhin-, tú, príncipe, eres un pobre de espíritu. Dios quiere a los hombres como tú.
-Dios quiere a esos hombres -confirmó el funcionario.
-Tú, cigarra, sígueme -dijo Rogozhin a Lébedev, y todos se apearon del vagón.
Lébedev había terminado por salirse con la suya. Pronto, el ruidoso tropel se alejó en dirección a la Avenida Voznesenski. El príncipe tenía que torcer hacia la Litéinaia. Hacía mucha humedad y chispeaba. Preguntó a los transeúntes: hasta el lugar a donde debía dirigirse había tres verstas, por lo que se decidió a tomar un coche de punto.
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Agregado el 12-06-2006