III
El general Iván Fiódorovich Epanchin, de pie en mitad del despacho, contempló con extraordinaria curiosidad al príncipe al tiempo que éste entraba; incluso dio dos pasos hacia él. El príncipe se acercó y se dio a conocer.
-Muy bien -dijo el general-. ¿En qué puedo servirle?
-No traigo ningún asunto urgente; lo único que deseaba era, sencillamente, conocerle. No querría molestarle, pero como no sé el día en que recibe ni las normas de la casa... Acabo de dejar el tren... vengo de Suiza...
El general dejó esbozar una leve sonrisa, pero lo pensó mejor y la cortó de golpe; luego pensó algo más, arrugó los párpados y volvió a mirar a su huésped de pies a cabeza. A continuación le indicó con gesto rápido una silla, se sentó ante él de medio lado y se volvió hacia el joven con viva impaciencia. Gania estaba en un rincón del despacho, ante un escritorio, examinando ciertos papeles.
-No tengo mucho tiempo para conocer caras nuevas -dijo el general-, pero como usted vendrá sin duda con algún propósito...
-Ya lo presentía -le interrumpió el príncipe-, me figuraba que usted habría de atribuir a mi visita un fin particular. Pero le aseguro que lo único que me trae es la satisfacción de conocerlo.
-También yo tengo mucho gusto, se entiende, aunque no todo es distracción. A veces, ¿sabe?, también se tercian asuntos... Además que hasta ahora no acabo de ver, por así decirlo, lo que entre nosotros puede haber... de común...
-Causas, indudablemente, no las hay; es muy poco, se entiende, de lo que de común hay entre nosotros. Porque el que yo sea príncipe Mishkin y su esposa pertenezca a nuestro linaje, eso, se entiende, no es razón. Lo comprendo muy bien. Sin embargo, es lo que me movía a venir. He estado cuatro años y pico fuera de Rusia, y además, ¡cómo me encontraba cuando me fui al extranjero!: ¡casi no estaba en mi sano juicio! Entonces no sabía nada y ahora tanto menos. Necesito personas buenas; tengo, sí, un asunto y no sé qué hacer. Ya en Berlín pensé: «Son casi parientes, empezaré por ellos; acaso podamos sernos útiles, ellos a mí y yo a ellos, si es que son buenas personas.» Y he oído decir que lo son.
-Muchas gracias -se asombró el general-. Dígame, ¿dónde se hospeda?
-Por ahora en ningún sitio.
-¿Ha venido directamente de la estación? ¿Y... con el equipaje?
-Todo mi equipaje se reduce a un hatillo con unas mudas, no traigo nada más. Lo llevo conmigo. Tengo tiempo de tomar una habitación en cualquier hotel.
-¿De modo que tiene el propósito de tomar habitación en un hotel?
-Sí, claro.
-A juzgar por sus palabras, había pensado que usted venía directamente con la intención de hospedarse en mi casa.
-Podría hacerlo, pero sólo en el caso de que usted me invitara. En cuanto a mí, se lo confieso, no me quedaría aunque me invitase, no por nada, sino... por cuestiones de carácter.
-Quiere decirse que he hecho bien en no invitarle. Permítame una vez más, príncipe, que termine de una vez las explicaciones: nos hemos puesto de acuerdo en que entre nosotros no se puede hablar de parentesco alguno, aunque, se comprende, ello sería para mí muy halagador, así que...
-¿Que lo único que me queda es levantarme y retirarme? -preguntó el príncipe incorporándose y riendo jovialmente, a pesar de la visible dificultad en que se encontraba-. Verá, general, aunque prácticamente no conozco nada en absoluto de las costumbres que aquí rigen, aunque no sé nada de cómo la gente vive, pensaba que todo habría de resultar como ha sido. Puede que deba ser así... Ya entonces no contestaron a mi carta... Bueno, adiós y perdone la molestia.
La mirada del príncipe era en aquel momento tan cariñosa y su sonrisa tan carente del menor matiz de oculto desagrado, que el general, de pronto, quedó suspenso y pareció mirar de un modo nuevo a su visitante; todo este cambio se produjo en un abrir y cerrar de ojos.
-¿Sabe, príncipe? -dijo con un tono de voz casi completamente distinto-. A usted no le conozco, pero Elizaveta Prokófievna acaso desee ver a una persona que lleva su mismo apellido... Espere si quiere, si es que tiene tiempo.
-¡Oh, claro que lo tengo! Mi tiempo es absolutamente mío -y el príncipe dejó sobre la mesa su sombrero flexible de ala redonda-. Se lo confieso, también me figuraba que Elizaveta Prokófievna podía recordar la carta que le escribí. Antes, un criado suyo, cuando estaba esperando, sospechó que yo venía a pedirle una limosna; lo advertí y es posible que usted haya dado severas instrucciones en este sentido; pero la verdad es que no he venido por eso, lo único que me ha traído es el propósito de relacionarme con ustedes. Una circunstancia me preocupa, el pensar que haya podido molestarle.
-Verá, príncipe -dijo el general con una alegre sonrisa-, si usted es en realidad lo que parece, tendré mucho gusto en cultivar su amistad; ha de tener en cuenta, sin embargo, que soy un hombre muy ocupado; ahora mismo tendré que volver a examinar y firmar algún documento; luego he de ir a ver a Su Alteza, a continuación a la oficina, así que, aunque me agrade tratar con personas... buenas, es decir... Por lo demás, estoy seguro de que usted ha recibido una excelente educación, que... ¿Cuántos años tiene usted, príncipe?
-Veintiséis.
-¡Oh! Creí que tenía muchos menos.
-Sí, dicen que represento menos edad de la que tengo. En cuanto a lo de no molestarle, aprenderé pronto, porque no me gusta ser un estorbo... Me parece, en fin, que somos personas muy diferentes... por muchas circunstancias; que entre nosotros no pueden existir muchos puntos comunes. Pero tampoco de esta idea estoy muy seguro, porque con gran frecuencia suele ocurrir que parece que no existen puntos comunes, aunque en realidad los hay... Es la pereza lo que hace que los hombres se juzguen unos a otros a primera vista y no pueden encontrar nada... Por lo demás, acaso le esté aburriendo. Parece que...
-Dos palabras: ¿posee usted siquiera sea ciertos medios de fortuna? ¿O tiene el propósito de buscar un empleo? Perdóneme que yo...
-Por favor, estimo mucho y comprendo muy bien su pregunta. Carezco de recursos y en el presente no tengo ningún empleo, aunque debería tenerlo. El dinero que me queda no es mío, me lo dio Schneider, mi profesor, con el que yo me traté y estudié en Suiza; me dio lo necesario para el viaje, pero tan justo, que ahora, por ejemplo, apenas si me quedan unos kópeks. Traigo un asunto entre manos, cierto, y necesito asesorarme, pero...
-Dígame, ¿cómo piensa vivir entre tanto y cuáles son sus propósitos? -le interrumpió el general.
-Querría trabajar en cualquier cosa.
-¡Oh! Usted es un filósofo; aunque por lo demás... ¿Tiene usted alguna capacidad, alguna aptitud de esas que proporcionan el pan nuestro de cada día? De nuevo le ruego que me perdone...
-No me ha ofendido. No, creo que no tengo ninguna aptitud ni capacidad especial; más bien al contrario, porque soy un hombre enfermo y no he aprendido nada conforme a un orden. En lo que se refiere al pan, me parece que...
El general le interrumpió de nuevo para proseguir sus preguntas. El príncipe volvió a contarle todo lo que ya queda dicho. Resultó que el general había oído hablar del difunto Pávlischev y hasta lo había conocido personalmente. Por qué Pávlischev se había interesado por su educación, el propio príncipe no podía explicarlo: acaso fuese por la vieja amistad que le había unido con su difunto padre. El príncipe era muy pequeño cuando quedó huérfano, siempre había vivido en la aldea, pues también su delicada salud requería el aire del campo. Pávlischev lo había confiado a unos viejos propietarios, parientes suyos; tomaron para él al principio una institutriz y luego un preceptor; por lo demás, añadió que, aunque lo recordaba todo, no podía explicarlo de un modo satisfactorio, porque había muchas cosas de las que no llegó a darse cuenta. Los frecuentes ataques de su enfermedad lo habían convertido poco menos que en un idiota (así dijo el príncipe, idiota). Contó, finalmente, que Pávlischev se había encontrado en Berlín con el profesor Schneider, un suizo especializado precisamente en estas enfermedades y que tenía su clínica en Suiza, en el cantón de Valais; que trataba con arreglo a un método propio, con duchas de agua fría y gimnasia, el idiotismo y la locura, a la vez que daba clase a los pacientes y se preocupaba de su desarrollo espiritual; que Pávlischev lo había mandado a él haría cosa de cinco años y que hacía dos había muerto repentinamente, sin testar. Schneider, a sus expensas, había seguido el tratamiento. Aunque no lo había curado del todo, se encontraba mucho mejor. Finalmente, accediendo a sus propios deseos y en virtud de cierta circunstancia, lo había mandado a Rusia.
El general quedó muy asombrado.
-¿Y aquí, en Rusia, no tiene a nadie, absolutamente a nadie? -preguntó.
-En estos momentos, a nadie... espero, sin embargo... Además he recibido una carta...
-Por lo menos -le interrumpió el general, que no había oído lo de la carta-, usted habrá aprendido algo. Su enfermedad no le impedirá desempeñar una ocupación, algo que no sea muy difícil en una oficina.
-De seguro que no. En cuanto a lo del empleo, me agradaría mucho, porque yo mismo desearía ver de qué soy capaz. He estudiado cuatro años seguidos, aunque no muy sistemáticamente, con arreglo a un método especial. He tenido ocasión de leer muchos libros.
-¿Libros rusos? ¿Quiere decirse que también sabe escribir sin faltas?
-Claro que sí.
-¡Perfecto! ¿Y la letra?
-La letra excelente. Para esto tengo una capacidad especial; soy lo que se dice un calígrafo. Permítame, le escribiré algo para que juzgue -dijo con vehemencia el príncipe.
-No faltaba más. También esto es necesario... Me agrada su buena disposición, me es usted muy simpático.
-¡Qué magnífico escritorio! ¡Cuántos lápices y plumas! El papel es muy bueno... ¡El despacho es admirable! Este paisaje lo conozco, es una vista de Suiza. Estoy convencido de que el pintor lo tomó del natural. Este lugar lo he visto: es del cantón de Uri...
-Muy bien pudiera ser, aunque lo compré aquí. Gania, dale papel al príncipe; aquí tiene papel y plumas. Siéntese en esta mesita. ¿Qué es eso? -se volvió el general hacia Gania, que había sacado de su cartera y le entregaba una fotografía de gran tamaño-. ¡Bah, es Nastasia Filíppovna! ¿Te lo ha mandado ella misma? -preguntó a Gania con muestras de viva curiosidad.
-Me la ha dado ahora, cuando acudí a felicitarla. Hace mucho que se lo tenía pedido. No sé si se tratará de una alusión a que he acudido a ella con las manos vacías, sin un regalo, en un día como éste -añadió Gania, sonriendo desagradablemente.
-No -le interrumpió el general con acento seguro-, no sé qué ideas se te ocurren. No es una mujer como para hacer esas alusiones... no tiene nada de interesada. Además, ¿qué le ibas a regalar? ¡Porque harían falta miles de rublos! ¿Tu retrato acaso? A propósito, ¿no te ha pedido nunca tu retrato?
-No, aún no lo ha hecho; y es posible que nunca llegue a pedírmelo. Usted, Iván Fiódorovich, recordará sin duda la fiesta de hoy, ¿verdad? Porque está expresamente invitado.
-Lo recuerdo, lo recuerdo, se entiende, y acudiré. ¡No faltaba más, cumple los veinticinco años! ¡Hum!... ¿Sabes una cosa, Gania? Seré franco contigo. Prepárate. A Afanasi Ivánovich y a mí nos ha prometido que hoy dirá la última palabra: ¡ser o no ser! Así que tenlo presente.
Gania se turbó tanto que incluso se puso un poco pálido.
-¿Es seguro que lo ha dicho? -preguntó con voz temblorosa.
-Anteayer nos dio su palabra. Insistimos tanto, que la obligamos a hacerlo. Lo único que nos rogó fue que de momento no te lo dijéramos.
El general se quedó mirando atentamente a Gania, como si la turbación de éste no le agradase.
-Recuerde, Iván Fiódorovich -dijo Gania, inquieto y vacilante-, que ella me había dejado en plena libertad para decidir hasta tanto no resolviera ella misma, y aun entonces sería yo el que pronunciara la última palabra...
-Es que tú... es que tú... -se asustó de pronto el general.
-No, nada.
-Por favor, ¿acaso quieres jugarnos una mala pasada?
-Yo no me niego. Es posible que no me haya expresado bien...
-¡No faltaba sino que te negases! -articuló irritado el general, que no quería seguir disimulando su disgusto-. No se trata, amigo, de que tú no te niegues, sino de tu buena disposición, del placer, de la alegría con que aceptes sus palabras... ¿Ocurre algo en tu casa?
-¿Qué importa eso? En mi casa todo depende de mi voluntad; lo único que ocurre es que mi padre, como de costumbre, hará el tonto, pero ya se sabe lo aficionado que es al escándalo; yo no me hablo con él, pero lo tengo en un puño y, la verdad, si no fuese por mi madre ya le habría puesto en la calle. Ella, naturalmente, llora; mi hermana se irrita, pero yo les he dicho que soy el dueño de mi destino y que deseo que en casa me... obedezcan. A mi hermana, al menos, le he hablado muy claro en presencia de mi madre.
-Pues yo, amigo, sigo sin entender -dijo pensativo el general, encogiendo un tanto los hombros y abriendo un poco los brazos-. También Nina Alexándrovna cuando vino, ¿lo recuerdas?, no cesaba de gemir y lamentarse. Le pregunté qué le ocurría. Resulta que se creía deshonrada. ¿Qué deshonor puede haber en esto? ¿Quién puede reprochar lo más mínimo a Nastasia Filíppovna o decir algo de ella? ¿Que estuvo con Totski? ¡Pero eso es un absurdo, sobre todo atendidas las circunstancias! «Usted -me dijo- no permite que sus hijas vayan a casa de ella.» ¡Vaya con Nina Alexándrovna! No comprender, no comprender...
-¿Su situación? -apuntó Gania al general, que no acertaba con la palabra-. La comprende, no se enfade con ella. Por lo demás, entonces le di un lavado de cabeza para que no se metiera en asuntos ajenos. Y sin embargo, hasta ahora en casa todo se mantiene porque la última palabra no ha sido pronunciada y la tormenta está por venir. Si hoy se pronuncia la última palabra, todo se pondrá en claro.
El príncipe escuchaba esta conversación apartado, mientras realizaba su prueba caligráfica. Cuando hubo terminado, se acercó a la mesa y entregó el pliego.
-¿De modo que está es Nastasia Filíppovna? -dijo, examinando atenta y curiosamente el retrato-. ¡Es hermosísima! -añadió con vehemencia. Se trataba de una mujer de belleza realmente extraordinaria. Había sido fotografiada con un traje de seda negra, muy sencillo y elegante; los cabellos, al parecer castaños, estaban recogidos con sencillez, con un peinado de andar por casa; los ojos eran oscuros y profundos; la frente, pensativa; la expresión del rostro era apasionada y un tanto altiva. Era un semblante algo delgado y acaso pálido...
Gania y el general miraron estupefactos al príncipe...
-¡Cómo Nastasia Filíppovna! ¿Es que usted la conoce? -preguntó el general.
-Sí, no llevo en Rusia más que un día y ya conozco a semejante beldad -contestó el príncipe, y acto seguido habló de su encuentro con Rogozhin, refiriendo todo lo que éste le había contado.
-¡Vaya novedad! -exclamó el general con nuevas muestras de inquietud después que hubo escuchado atentamente el relato y volvió su inquisitiva hacia Gania.
-Seguramente se trata sólo de un escándalo -balbució Gania, también un tanto confuso-. El hijo de un comerciante que se corre una juerga. Ya había oído hablar algo de él.
-También yo, amigo -dijo el general-. Entonces, después de los pendientes, Nastasia Filíppovna me refirió el lance. Pero lo de ahora es distinto. Puede que haya realmente un millón de por medio y... una pasión, una pasión repugnante, admitámoslo, pero pasión al fin; y ya se sabe lo que esos señores son capaces de hacer cuando el vino se les sube a la cabeza... ¡Hum!... ¡A ver si nos vemos metidos en un lío! -concluyó el general, pensativo.
-¿Teme por lo del millón? -preguntó sonriente Gania.
-¿Es que tú no temes?
-¿Qué le parece, príncipe? -se volvió de pronto Gania hacia éste-, se trata de un hombre serio o es simplemente un tipo que le gusta el escándalo? ¿Qué piensa usted?
Algo particular le ocurría a Gania al formular la pregunta. Era como si una idea nueva hubiera surgido en su cerebro y brillase impaciente en sus ojos. En cuanto al general, dominado por una sincera y auténtica inquietud, también volvió la vista hacia el príncipe, aunque como quien no esperase gran cosa de su contestación.
-No sé qué decirle -dijo el príncipe-. Me ha parecido que está dominado por una gran pasión, incluso por una pasión morbosa. Además parecía estar todavía enfermo. Es muy probable que a los pocos días de estar en Petersburgo tenga que volver a guardar cama, sobre todo si se dedica a la juerga.
-¿De veras? ¿Así le ha parecido? -se asió el general a esta idea.
-Sí, esa es mi impresión.
-Pues lances de ese género pueden producirse y no dentro de unos días, sino hoy mismo, antes de que se haga de noche -dijo Gania sonriente al general.
-¡Hum!... Naturalmente... Y entonces todo dependerá de lo que a ella se le ocurra -manifestó el general.
-¿Es que no sabe usted cómo se pone a veces?
-¿Que cómo se pone? -exclamó el general, que había llegado a un extraordinario grado de agitación-. Escucha, Gania, me harás el favor de no llevarle hoy la contraria; trata de... en una palabra, de serle agradable... ¡Hum!... ¿Por qué tuerces el gesto? A propósito, Gavrila Ardaliónovich, sería muy conveniente decirle ahora: «¿Para qué nos tomamos tanto trabajo?» Compréndelo, en lo referente al beneficio personal, que eso pudiera proporcionarme, yo ya lo tengo asegurado hace mucho; de un modo o de otro, resolveré el asunto a mi favor. La decisión de Totski es irrevocable, estoy completamente convencido. Y si ahora deseo algo, únicamente es tu propio beneficio. Juzga tú mismo: ¿Es que no confías en mí? Eres un hombre... un hombre... en una palabra, un hombre inteligente, y yo confiaba en ti... En este caso eso es... es...
-Es lo principal -terminó Gania la frase, ayudando una vez más al general, que no acertaba con la palabra, y arrugando sus labios en una sonrisa venenosa que ya no trataba de disimular. Miraba con sus inflamados ojos a los del general como deseando que éste leyese en su mirada cuanto él pensaba. El general se puso rojo y montó en cólera.
-¡Sí, claro, lo principal es la inteligencia! -exclamó, mirando duramente a Gania-. ¡Qué ridículo eres, Gavrila Ardaliónovich!, lo advierto, parece como si te alegrases de que lo de este comerciante me saque de mis casillas. Debemos afrontar todo esto con la mente serena desde un principio. Hay que comprender y... y obrar por ambas partes honrada y abiertamente, o advertirlo de antemano para no comprometer a los demás, tanto más que ha habido bastante tiempo para ello, e incluso ahora lo hay (el general enarcó significativamente las cejas), a pesar de que no quedan más que unas horas... ¿Has comprendido? ¿Has comprendido? ¿Lo quieres o no lo quieres en realidad? Si no quieres, dilo y todos tan contentos. Nadie te retendrá, Gavrila Ardaliónovich, nadie te llevará por fuerza al cepo, si es que aquí ves un cepo.
-Sí que quiero -articuló Gania a media voz, pero con firmeza, bajando los ojos y encerrándose en un sombrío silencio.
El general quedó satisfecho. Se había acalorado, pero parecía arrepentido de haber ido demasiado lejos. De pronto se volvió hacia el príncipe y pareció, a juzgar por su cara, que le hubiese asaltado una molesta idea, ya que el príncipe estaba allí y lo había oído todo. Pero al instante se tranquilizó: con sólo mirarle era bastante para calmarse por completo.
-¡Hola! -exclamó, mirando la muestra caligráfica que el príncipe presentaba-. ¡Qué caracteres! ¡No son muy corrientes! ¡Mira, Gania, tiene verdadero talento!
En un grueso pliego de papel de barba el príncipe había escrito con caracteres rusos medievales:
«El humilde abad Pafnuti firmó de su puño y letra.»
-Se trata -explicó extraordinariamente satisfecho y animado- de la firma auténtica del abad Pafnuti, según un autógrafo del siglo XIV. Todos aquellos abades y metropolitas nuestros tenían unas firmas admirables, ¡con qué gusto, con qué interés firmaban! ¿No tiene usted la edición de Pogodin, general? Porque aquí he escrito con otros caracteres: se trata de la escritura francesa, grande y redonda, del siglo pasado; algunas letras se escriben incluso de otro modo. Existe la escritura de los memorialistas, tomada de sus originales (yo tengo una): convendrán conmigo en que tiene sus méritos. Miren esta d y esta a redondas. Yo he llevado los caracteres franceses a las letras rusas; era muy difícil pero resultó bien. Aquí tienen otro tipo de letra aún más bello y original, miren esta frase: «El celo todo lo vence.» Es el estilo ruso, de amanuenses y, si lo quieren, de los amanuenses militares. Así se escribían los documentos oficiales dirigidos a una importante personalidad; es también letra redonda, la letra negra, escrita con tinta negra, pero de un gusto excelente. Un calígrafo no se permitiría estos rasgos o, mejor dicho, estos intentos de rasgos, estos rabos a medio terminar, fíjense, pero el conjunto mantiene bien el carácter, la verdad es que se advierte todo el espíritu del escribiente militar: querría dar rienda suelta a la imaginación, dar muestra de su habilidad, pero la gorguera militar le aprieta, la disciplina se deja sentir incluso en la escritura. ¡Un encanto! Hace poco me llamó la atención una muestra de esta clase, la encontré casualmente, figúrense dónde, en Suiza. Aquí tienen la letra inglesa más pura, sencilla y ordinaria; no se puede concebir mayor elegancia, todo es encantador, cada letra es una perla; algo perfecto; aquí tiene otra variante francesa, es de un dependiente de comercio de aquel país, que viajaba por Suiza: la letra es también inglesa, pero la línea es un poco más gruesa y negra, la proporción de luz resulta alterada; observen también que los óvalos cambian, son algo más redondos y aparecen los rasgueos; ¡el rasgueo es una cosa peligrosísima! Exigen un gusto fuera de lo común, si bien cuando se acierta con la proporción, esta letra resulta incomparable, es como para enamorarse uno de ella.
-¡Hola! ¡A qué sutilezas llega usted! -rió el general-. Usted no es un simple calígrafo, sino un verdadero artista. ¿No te parece, Gania?
-¡Es asombroso! -exclamó el interpelado-. Hasta posee consciencia de su misión -agregó, sonriendo burlonamente.
-Ríete, ríete -replicó el general-, pero con esto se puede hacer carrera. ¿Sabe, príncipe, a qué persona le vamos a encargar a usted que le escriba las cartas? Se le puede fiar, para empezar, un sueldo de treinta y cinco rublos mensuales. Pero ya son las doce y media -terminó, consultando su reloj-. Al grano, príncipe, porque tengo que darme prisa y acaso hoy no volvamos a vernos. Siéntese un momento; ya le he explicado que no podría recibirle muy a menudo; deseo sinceramente ayudarle un poco, un poco, se entiende, es decir, en lo más indispensable y en el sentido que usted mismo prefiera. Un pequeño empleo en una oficina se lo encontraré, eso no requiere un gran esfuerzo, pero sí puntualidad. Ahora, acerca del futuro: en la casa, es decir, en la familia de Gavrila Ardaliónovich Ivolguin, mi joven amigo, de quien desearía que usted también lo fuese, su madre y su hermana han preparado dos o tres habitaciones amuebladas que alquilan a huéspedes muy bien recomendados, con mesa y servicio. Estoy seguro de que Nina Alexándrovna atenderá mi recomendación. Para usted, príncipe, esto es más que un auténtico tesoro; primero, porque no se verá solo, sino, por así decirlo, dentro del seno de una familia, siendo así que, en mi opinión, no puede verse sin compañía alguna desde el primer momento en una ciudad como Petersburgo. Nina Alexándrovna es esposa de Ardalión Alexándrovich, un general retirado, antiguo compañero mío de servicio con el que, debido a ciertas circunstancias, dejé de tratarme, aunque, por lo demás, eso no es óbice para que lo estime a mi modo. Le explico todo esto, príncipe, para que comprenda que, por así decirlo, le recomiendo personalmente y, por tanto, salgo fiador. El precio de la pensión es muy módico y espero que, dentro de poco, con el sueldo que perciba tendrá de sobra para satisfacerlo. Cierto que uno necesita algo para sus gastos, aunque sea poco, pero no se ofenda, príncipe, si le indico que es preferible evitar esos gastos y, en general, no llevar dinero alguno en el bolsillo. Le hablo así porque esa es mi opinión. Y como ahora su bolsillo está completamente vacío, permítame ofrecerle para empezar estos veinticinco rublos. Ya me los devolverá, claro; y si en realidad es usted una persona tan sincera y cordial como de sus palabras se desprende, entre nosotros no puede haber desavenencia alguna. Si me intereso tanto por usted, es también porque abrigo ciertas intenciones respecto a su persona; más adelante las conocerá. Espero, Gania, que no te parecerá mal que el príncipe se acomode en tu casa.
-¡Todo lo contrario! También mi madre se alegrará mucho... -confirmó Gania, cortés y solícito.
-Porque, según tengo entendido, sólo tenéis una habitación alquilada. Ese Fred... Fre..., o como se llame.
-Ferdischenko.
-Sí, eso es. No me agrada el tal Ferdischenko: es un indecente bufón. No comprendo por qué lo defiende tanto Nastasia Filíppovna. ¿Es de veras pariente suyo?
-¡No, se trata de una broma! No lo es en absoluto.
-Bueno, ¡que se vaya al diablo! Así que, príncipe, ¿está usted satisfecho?
-Sí, general, le quedo muy agradecido. Se ha portado conmigo como un hombre buenísimo, tanto más que no le había pedido nada; no digo esto por orgullo, en realidad, no sabía qué hacer. Cierto que antes me había invitado Rogozhin.
-¿Rogozhin? No, no. Paternalmente, o si lo prefiere amistosamente, le aconsejaría que olvide al señor Rogozhin. Y, en general, le aconsejaría que no se apartase de la familia con la que usted va a vivir.
-Ya que es usted tan bueno -empezó el príncipe-, tengo un asunto... He recibido una notificación...
-Perdóneme -le interrumpió el general-, pero ya no dispongo ni de un minuto. Ahora le hablaré de usted a Lizaveta Prokófievna: si desea recibirle en el acto (en este sentido trataré de hablarle), le aconsejo que aproveche la ocasión y procure serle simpático, porque Lizaveta Prokófievna puede resultarle de gran utilidad, no en vano ustedes dos tienen el mismo apellido. Si no lo desea, no lo tome a mal, ya lo arreglaremos para otra ocasión. Tú, Gania, mira mientras tanto estas cuentas; hace un rato, Fedoséiev y yo no hemos podido sacar nada en limpio. No te olvides incluirlas...
El general salió sin que el príncipe hubiese podido exponerle el asunto que, por cuarta vez, había tratado de explicar. Gania encendió un cigarrillo y ofreció otro al príncipe; éste lo aceptó, pero permaneció en silencio, para no molestarle, y se puso a examinar el despacho; sin embargo, Gania apenas si echó una mirada a la hoja de papel, llena de números, que el general le había indicado. Estaba distraído: su sonrisa y su mirada le parecieron al príncipe más pesadas cuando se quedaron solos; estaba más ensimismado. De pronto se acercó al príncipe, que en aquel instante se encontraba de nuevo contemplando el retrato de Nastasia Filíppovna.
-¿Le gusta esta mujer, príncipe? -le preguntó, clavando en él una penetrante mirada. Era como si abrigara algún propósito extraordinario.
-¡Es un rostro prodigioso! -contestó el príncipe-. Estoy seguro de que su vida no ha sido nada vulgar. Es una cara alegre, pero ha sufrido horriblemente, ¿verdad? Lo dicen sus ojos, estos dos huesos, estos dos puntos debajo de sus ojos y en el comienzo de las mejillas. Es una cara orgullosa, terriblemente orgullosa, aunque no sé si esta mujer es buena. ¡Si lo fuese! ¡Entonces todo se habría salvado!
-¿Se casaría usted con una mujer así? -siguió Gania, sin apartar de él la inflamada mirada.
-Yo no puedo casarme con ninguna, estoy enfermo -dijo el príncipe.
-Y Rogozhin, ¿se casaría? ¿Qué piensa usted?
-Casarse, creo que lo haría mañana mismo; se casaría y al cabo de una semana es muy posible que la matase.
Apenas había dicho esto el príncipe cuando Gania se estremeció tan violentamente que el joven Mishkin estuvo a punto de lanzar un grito.
-¿Qué le pasa? -dijo, cogiéndole del brazo.
-¡Alteza! Su Excelencia le ruega que tenga la bondad de pasar a sus habitaciones -anunció un criado, apareciendo en la puerta.
El príncipe lo siguió.
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