
Capítulo I
INTRODUCCIÓN
El lector
debe aceptar por el momento como razonable la afirmación
empírica según la cual en una parte del mundo, beneficiada
durante siglos por un intenso proceso civilizador, surgió poco a
poco un pueblo, no muy numeroso, ni tampoco temible por su poder,
ni por cierto bien organizado, que forjó una concepción
absolutamente nueva sobre la vida humana y que mostró, por vez
primera, cuál debía ser la función del espíritu el hombre.
Esta proposición será ampliada, y espero que también
justificada, en las páginas siguientes. Podemos empezar ahora
mismo esta ampliación observando que los propios griegos se
sintieron, de un modo simple y natural, diferentes de los otros
pueblos por ellos conocidos. Los griegos, por lo menos los del
período clásico, dividían habitualmente la familia humana en
helenos y bárbaros(1). Un griego preclásico, Homero por
ejemplo, no se refiere a los "bárbaros" de esta
manera, y no porque fuese más cortés que sus descendientes,
sino porque esa diferencia no se había aún manifestado en toda
su fuerza.
participaba en la administración pública -la democracia, según el griego
la entendiò, llegò a ser una forma de gobierno que el mundo
moderno no ha conocido ni puede conocer-; mas si no llenaba esa
exigencia, él, por lo menos, se convertía en
"miembro" y no en súbdito dentro del sistema y los
principios por los cuales éste se regía eran conocidos. El
gobierno arbitrario constituía para el griego una ofensa que lo
hería en lo más íntimo. Por eso cuando consideraba los países
orientales, más ricos y civilizados, veía en realidad cómo un
régimen de palacio, encabezado por un rey absoluto, gobernaba no
según las normas de los primitivos monarcas griegos, normas
procedentes de Temis o que respondían a una ley derivada del
Cielo, sino de acuerdo con su voluntad personal, la cual no era
responsable ante los dioses, porque él mismo resultaba dios. El
súbdito de tal amo vivía en la condición de esclavo.
Pero
eleuthería -de la cual "libertad" es solo una
traducción incompleta- encerraba una concepción más amplia que
la que da a entender esta palabra moderna, aun cuando ella
significa mucho. La esclavitud y el despotismo constituyen
estados que mutilan el alma, pues, como dice Homero, "Zeus
despoja al hombre de la mitad de su hombría, si llega para él
el día de la servidumbre". La modalidad oriental de la
obediencia chocaba al griego como algo no eléutheron;
como algo que a sus ojos afrentaba la dignidad humana. Incluso
ante los dioses oraba el griego erguido como un hombre, aunque
conocía tan bien como cualquiera la diferencia entre lo divino y
lo humano. Sabía que no era dios, pero tenía, por lo menos,
conciencia de ser hombre. Sabía que los dioses se hallaban
siempre dispuestos a castigar implacablemente al hombre que
imitase a la divinidad y que entre las cualidades humanas les
complacían sobre todo la modestia y la veneración. Recordaba,
sin embargo, que el dios y el hombre tenían la misma prosapia:
"Una
es la raza de los dioses y de los hombres; de una sola madre (2)
obtenemos ambos nuestro aliento. Pero nuestros poderes son
polos separados, pues nosotros no somos nada y para ellos el
refulgente cielo brinda por siempre segura morada".
Así dice
Píndaro en un admirable pasaje, a veces mal traducido por los
eruditos que deberían conocerlo mejor, y que le hacen decir:
"Una es la raza de los dioses y otra la de los
hombres." Pero el pensamiento fundamental de Píndaro es
aquí la dignidad y la fragilidad del hombre, lo cual constituye
el origen primordial de esta nota trágica que resuena a lo largo
de toda la literatura griega clásica. Y esta conciencia de la
dignidad de ser hombre es lo que infunde tal impulso y tal
intensidad a la palabra que impropiamente traducimos por
"libertad".
Pero hay
algo más. Existían otros bárbaroi además de los que
vivían bajo el despotismo oriental. Estaban, por ejemplo, los
pueblos del Norte, que vivían en tribus, estado del que no
hacía mucho habían salido los propios griegos. ¿En qué
residía, entonces, la gran diferencia entre tales bárbaroi
y los griegos, si ello no se basaba en la superior cultura de
éstos?
Era la
siguiente: los griegos habían desarrollado una forma de
comunidad que grosera y erróneamente traducimos por
"ciudad-estado", debido a que ninguna lengua moderna
puede hacerlo mejor.
La pólis
estimulaba y satisfacía a la vez los más elevados instintos y
aptitudes del hombre. Mucho tendremos que decir sobre la
"ciudad-estado"; baste señalar aquí que éste, en su
origen una asociación local para la seguridad común, se
convirtió en el centro de la vida moral, intelectual, estética,
social y práctica de un nuevo hombre, aspectos que desarrolla y
enriquece como ninguna sociedad lo hizo antes o después. Ha
habido otras formas de sociedad política de tipo estable; la
"ciudad-estado" fue el medio por el cual los griegos se
esforzaron en hacer la vida de la comunidad y del individuo más
excelente que antes.
Lo que un
griego antiguo hubiese puesto en primer término entre los
descubrimientos de sus conciudadanos era, por cierto, que ellos
habían hallado el mejor modo de vivir. Aristóteles en todo caso
pensaba así, pues la frase suya que habitualmente se traduce por
"El hombre es un animal político", quiere en realidad
decir: "El hombre es un animal cuya esencia es vivir en la
"ciudad-estado". Si no vivía así, el ser humano se
colocaba muy por debajo de su verdadera condición en cuanto
tiene de más elevado y característico. Los bárbaros no
alcanzaron este nivel de existencia; en ello residía la valla
que separaba ambas concepciones.
Al
compilar esta reseña de un pueblo sobre el que tantas cosas
pueden decirse, me he permitido el lujo de escribir acerca de
algunos puntos que me interesan personalmente, en lugar de
intentar abarcar el ámbito total de un modo sistemático y tal
vez apresurado. Además, me he detenido en Alejandro Magno, es
decir, en el período de declinación de la ciudad-estado. Esto
no se debe a que considere a La Grecia de las centurias
siguientes como carente de significación, sino por el contrario,
a que la creo demasiado importante para resumirla en un somero
capítulo final, tal como suele hacerse por lo general. Si los
dioses me son propicios, me referiré a la Grecia helenística y
romana en el segundo volumen.
Me he
esforzado en hacer hablar a los griegos por sí mismos, siempre
que me ha sido posible, y espero que del conjunto ofrecido surja
un cuadro claro y ecuánime. No he querido idealizar, aunque me
refiero más a los grandes hombres que a los pequeños y trato
preferentemente con los filósofos y no con pícaros. Los
panoramas deben divisarse desde las cumbres; los bribones, por lo
demás, son casi iguales en todas partes, si bien en la índole
del pícaro griego la dosis de malignidad parece haber sido
superior a la de estupidez.
(1) Usaré
el término "clásico" para designar el período que va
aproximadamente desde la mitad del siglo VII antes de Cristo
hasta las conquistas de Alejandro en la última parte del siglo
IV.
(2) "La Madre Tierra."
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Agregado el 17-05-2008

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