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El señor Yolza se frotó la barbilla con aire preocupado. Su trabajo consistía en atender vecinos quejosos, empleados irresponsables, inspectores corruptos, sindicalistas prepotentes, alumnos groseros (como yo) y padres de familia desequilibrados (como el mío). Sin embargo, no parecía haberse acostumbrado del todo a tales situaciones.
Tomó asiento y con ademán cortés invitó a papá a hacer lo mismo frente a él. También a mí, con una mirada, me indicó que me sentara.
-¿Quiere explicarme de qué se trata exactamente, doctor Hernandez?
-Ayer mi hijo Saúl se fue de la casa.
-¿De veras? preguntó interesado-. ¿Y qué le hace suponer que fue por mi culpa?
-Que no había necesidad de llamarme para darme la queja. Todos los jóvenes llegan al sexo con sus novias.
El director abrió el cajón central de su escritorio para extraer una cajita con pastillas medicinales; tomó una y se la echó a la boca de inmediato mientras movía la cabeza negativamente (¡vaya manera de empezar el día!). Acto seguido descolgó su intercomunicador para pedirle al archivista el expediente de Saúl y el mío. Sin quererlo salté de mi silla. ¿El mío? Yo solamente estaba de mirón, no tenía vela en ese entierro. ¿Por qué pediría también mi expediente?
Me volví a sentar. Hubo un silencio desagradable. Finalmente la secretaria entró presentándole las carpetas y el licenciado comenzó a decir con voz firme:
-Doctor Hernández: su hijo Saúl tiene antecedentes muy graves y fue admitido aqué condicionalmente. Aún así, su historial está lleno de irregularidades. Ayer no hubo tiempo de analizarlo, pero fumar en clase, contestar altaneramente a los profesores, no cumplir con tareas e irse de pinta son notas comunes y repetitivas en este registro. Además, ya había estado a punto de ser expulsado en otra ocasión. Mi padre alzó las cejas simulándose indignado y me reí interiormente de él-. Se dio de golpes con otro joven que al parecer pretendía a su novia en turno. En esa oportunidad armó un gran alboroto. Vinieron patrullas y los vecinos me citaron para hacerme prometer que eso no volvería a suceder en esta calle. Lo tuve detenido en mi oficina durante casi una hora. Intentamos comunicarnos con usted, pero fue inútil. Tampoco su esposa pudo ser localizada. Así que llené su forma de expulsión y se la entregué. Entonces su hijo me dijo que me odiaba, que odiaba este mundo, esta vida, esta escuela y a sus padres. Después de eso se echó a llorar y su llanto demostraba una congoja enorme. El licenciado se levantó ligeramente apuntando con el índice-:
Doctor Hernández, si no ha visto a su hijo llorar de esa manera
últimamente,
usted está muy lejos de él para poder ayudarle. Volvió a sentarse y antes de continuar pareció escoger las palabras-: Ante una situación tan patética no pude dejar de darle otra oportunidad. Sentí que, en el fondo, Saúl no era culpable de sus yerros. Un joven que se desprecia tanto a sí mismo debe tener una pésima familia. El origen de la autovaloración de un individuo se halla en su familia. La gente se comporta en la calle como aprendió a hacerlo en su casa. Si Saúl está en malos pasos no hay más culpables
que usted y su esposa
Mi padre estaba petrificado. El matiz sanguíneo de sus mejillas me hizo percibir su cólera. Ésta era tal que no podía hablar. El director, en cambio, se mostraba mucho más seguro e impertérrito que al principio.
Seguidamente abrió mi expediente y comenzó a hojearlo con detenimiento.
-Su hijo Gerardo es otra muestra de lo que estoy diciendo.
Para que se callara lo miré con todo el repudio que pude, pero al individuo pareció no importarle mi amenaza visual.
-Es impuntual, faltista, flojo. Los profesores lo reportan como un alumno de última categoría. Por si no lo sabía, el también ha estado a punto de ser expulsado. No por irregularidades graves sino por una infinidad de reportes sencillos de indisciplina y apatía. Gerardo es un cabecilla para los malos actos. Incita a sus compañeros a cometer pillerías encontrando siempre la forma de salir exculpado, los maestros y yo nos hemos dado cuenta de su juego. Detrás de las infracciones de sus amigos siempre está él.
Reconozco que es muy inteligente y estoy casi seguro de que también en su casa
aparenta ser un buen hijo, pero secretamente acumula un gran rencor que lo hace atentar contra todos cuando se siente resguardado.
Mi padre, mordiéndose feamente el labio inferior, se volvió hacia mí con claras intenciones de matarme, pero yo me hice el disimulado clavándole la vista al directorsucho. Tarde o temprano me las pagaría.
Papá se puso de pie listo para salir de allí.
El señor Tadeo Yolza levantó la voz con firmeza de alguien que ha ganado un envite.
-Doctor Hernández sus rabietas de padre indignado no andarán en nada: Sus hijos son listos pero terriblemente infelices. Tanto Saúl como Gerardo necesitan recuperar en primer lugar su autoestima.¿Entiende esto? ¿Cómo suele corregirlos?¿Se acerca a ellos para tratar de entender sus razones y después los guía con mano fuerte pero amistosa, o simplemente les grita, los insulta y abofetea, como hizo ayer con Saúl en esta oficina? ¿Permite que en su hogar se apliquen sobrenombres, se hagan burlas y críticas destructivas, se exalten las capacidades de unos para menospreciar las de otros, se invoquen deseos de que tal o cual hijo sea distinto, o se admiren envidiosamente las condiciones de otras familias? Si así ha sido, usted ha creado en ellos una autovaloración peligrosamente pobre. Todo ser humano aprende a autovalorarse en el lugar donde crece, ayudado de las personas con quienes convive. En la familia nacen las expectativas del individuo, su moral, su forma de sentir, su personalidad...
El director parecía ansioso de continuar hablando, como si hubiese esperado durante meses la oportunidad de decirles todo eso.
Mi padre se volvió hacia él con la vista desencajada. Por un momento pensé que se le echaría encima.
-Ustedes, los ma... maestros tartamudeó visiblemente afectado-, son demagogos y engreídos. Creen tener el derecho de meterse en la vida de los demás como si fuesen perfectos.
-Doctor Hernández, usted y yo ya nos conocíamos. Yo lo consideraba un hombre sensato, pero en estas dos últimas entrevistas me he percatado de que necesita una gran ayuda. Si sus hijos se pierden o fracasan no habrá otro responsable directo más que usted.
Vi cómo mi progenitor apretaba los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Su siguiente objeción apenas fue inteligible:
-Ustedes los maestros se creen sabios...Le devuelven la responsabilidad a uno pero son incapaces de hacer algo por los muchachos.
Cabizbajo, dio la vuelta y sin despedirse salió bruscamente del lugar.
Al verlo alejarse, por primera vez me percaté de que no era tan inmune como yo había pensado. Sentí lástima por él. Además, su estatura me pareció más baja de lo que siempre creí.
El director corrió para alcanzarlo. Posiblemente no deseaba que la desavenencia terminara de ese modo.
Me quedé en la oficina solo. Miré a mi alrededor buscando algo, algo... no sabía qué... ¡El portafolios personal del señor Tadeo Yolza estaba a un lado del escritorio! Lo tomé y salí como relámpago para evitar ser detenido por la secretaria. En la calle los dos adultos aún discutían. No me detuve: no quería saber más nada del asunto.
Durante horas caminé por las avenidas abrazando fuertemente el portafolios robado. Sentía ganas de llorar, pero no comprendía la razón. Quizá por haberse dicho en mi presencia conceptos muy serios en los que jamás había pensado. Uno especialmente cruel y verdadero me taladraba las sienes: que mis hermanos y yo éramos inteligentes pero terriblemente infelices.
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Agregado el 26-05-2006