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TRES PASOS PARA LA
SUPERACIÓN PLENA



El regresar la casa parecía velatorio: para llegar temprano, papá no dio consultas en la tarde; Laura no salió con su amiga; y mamá se pasó todo el día llorando como Magdalena.
Habían investigado en hospitales, delegaciones, centros de asistencia social... y nada, no había rastros de Saúl. Lo que menos quería yo era aumentar la mortificación general, de modo que tras sopesar lo acaecido en la mañana, no comenté con nadie lo ocurrido.
No obstante, intenté hacerlo mientras cenábamos. Hacía años que no cenábamos todos juntos. Normalmente cada uno se preparaba lo que podía y se iba con el plato a ver la televisión de su cuarto. Pero, cosa rara, esa vez mamá hizo de cenar. La silla de mi hermano necesitó estar vacía para que eso ocurriera.
-Creo que Saúl se fue de la casa para darles una lección -proferí audazmente rompiendo el silencio.
-¿Qué dices? -saltó papá.
-Digo que a esta familia le hace falta amor. ¡Saúl se los está gritando! ¿No se dan cuenta?
Mi padre se puso de pie diciendo que no estaba de humor para tolerar mis impertinencias. Le contesté que él nunca estaba de humor cuando se trataba de escuchar a sus hijos. Y después de enrojecer sobremanera, manifestó haber perdido el apetito. Se retiró a su habitación indicando que el paquete cerrado sobre la mesa era un pastel que había llevado para la cena. Las mujeres de la casa se conmovieron y comenzaron a llorar, rogando al varón que regresara al comedor, pero él no las oyó. Fue una bofetada con guante blanco para mí. A mi padre le gustaba dar ese tipo de bofetadas y yo lo detestaba por eso. No quise retractarme ni pedirle disculpas. Para mi gusto su paternidad dejaba mucho que desear.
Mi mamá se puso de pie y se enjugó las lágrimas con un trapo de cocina; luego comenzó a reprenderme, a lo que le contesté petulante. Entonces suavizó su tono y trató de explicarme que papá se hallaba sumamente tenso y nervioso. No la escuché. En esa casa nadie escuchaba a nadie, así que ¿porqué tenía que hacerlo yo? Mamá se acercó empalagosamente y me acaricio la cabeza. Yo no toleré el cariño y, a mi manera, repetí la misma escena de papá: aventé la servilleta y me fui a mi habitación. Las dos mujeres de la casa se quedaron solas. No creo que hayan podido cenar.
En mi recámara me senté en la cama y me pasé varias horas pensando sin poder moverme. Me sentía triste, arrepentido, melancólico, nervioso. ¿Por qué mi padre era tan orgulloso y difícil?
Con la respiración alterada extraje los borradores de los documentos con exhortaciones bíblicas y comencé a pasear la vista sobre ellos. Sentí una ansiedad sofocante al hallar recomendaciones que valía la pena hacérselas conocer a mi padre.
Tomé pluma y papel y comencé a transcribir los consejos. Una vez terminada la labor salí con intenciones de deslizar la hoja por debajo de la puerta del cuarto de papá. Era la única forma de hacérsela llegar, pues si llamaba, era seguro que además de o abrirme me lanzaría algún insulto.
Miré el escrito anónimo dudando y al levantarlo vi cómo mi mano temblaba. Por eso, antes de decidirme lo leí por última vez:

Cuando estés en tu casa evita gritar.

Sé presto para escuchar y tardo para la ira.
(Santiago, 1, 19)

Una respuesta suave calma el furor y detiene peleas a tiempo. (Proverbios, 15, 1)
La lengua mansa es árbol de vida; la perversa rompe los lazos de afecto. (Proverbios, 15, 4)

No devuelvas nunca mal por mal ni insulto por insulto. Sé compasivo, ama sin condiciones; sé dócil y fiel, así bendecirás tu hogar. (I Pedro, 3, 89)

Cuando estés tentado a condenar a alguien, detente y recuerda que todo el que peca no sabe lo que hace y merece ser perdonado... (San Lucas, 23, 34)

Moví negativamente la cabeza. Mi padre era doctor y los doctores que yo conocía, además de nunca tener tiempo para su hogar, creían ser los poseedores exclusivos del don de la "sabiduría infinita".
No. Si arrojaba la hoja por debajo de la puerta le daría elementos para condenarme y de ninguna manera lo haría cambiar.
Regresé a mi habitación y nuevamente me refugié en los escritos de Yolza. Los hojeé un rato y al fin extraje uno de la segunda carpeta (su material para conferencias).
Por aquellas coincidencias extrañas de la fortuna, en esas notas se me dieron con enorme claridad las respuestas que buscaba.
Antes de atreverme a comenzar con la lectura leí varias veces el título.

 

TRES PASOS PARA LA SUPERACION PLENA

Introducción

Las Verdades del Amor existen desde siempre. Son parte de la creación divina.
Para CRECER verdaderamente es imprescindible que te pongas en contacto con ellas. Búscalas en los buenos libros de superación personal, en la Biblia, en conferencias sobre el éxito, en homilías, en tratados de moral, en consejos de amigos, en poesías, en canciones. Las Verdades del Amor están a tu alcance y debes empaparte de ellas. Con su ayuda irás descubriendo una poderosísima energía interior que hay dentro de ti y que hasta ahora desconoces. Una energía con la que lograrás la realización diaria y la felicidad.
Las formas en las que las "verdades" se nos dan son extraordinariamente variadas, bien que por lo mismo existe el gran peligro de quedar inmune a ellas. Casi cualquier persona ha escuchado muchas a lo largo de su vida y eso les hace suponer que lo saben todo. Por eso es tan difícil aconsejar a un adulto y por eso las personas adultas se superan con tan vergonzosa lentitud (en comparación con la celeridad con la que los jóvenes se superan)
Todo lo que digas a la mayoría de los adultos respecto a cómo mejorar, son sentencias que de una u otra forma ya conocen; pero no es suficiente con manejar los conceptos o recitarlos como predicador; hay hombres que atesoran toda la sabiduría del éxito y sin embargo son unos perfectos fracasados.
Así pues, es imprescindible leer mucho, documentarse ávidamente y, al hacerlo, seguir cuidadosamente tres pasos para que todas las leyes leídas funcionen:

Primer paso: Doblega tu orgullo

Imagina que estás al borde de una montaña, justo en el punto en que si das un paso más caerás al precipicio. Te detienes y miras. Frente a ti, cerca pero inalcanzable, se halla otro monte con verdes prados; puedes verlo perfectamente, pero no puedes cruzar. Necesitas un puente. Exactamente así está la gente que presume de poseer sabiduría, pero que es desdichada. Conoce y es capaz de mencionar los secretos para triunfar, pero no puede vivirlos. Se halla al borde del precipicio y aunque vislumbra la montaña de la superación con toda claridad, ésta forma parte de su entendimiento pero no de su vida. Le falta un puente para poder cruzar hacia ella: EL PUENTE DE LA HUMILDAD.
Cuando escuches consejos de amor reconócete imperfecto; por más que te quieras a ti mismo, date cuenta que aún te falta mucho por aprender y que incluso un niño puede enseñarte si eres receptivo. Sensibilízate y deja a un lado el orgullo y la vanidad. No pierdas el tiempo murmurando sobre las apariencias. Evita a toda costa distraerte haciendo críticas insanas con relación al aspecto o voz del orador en una conferencia; no te recrees inútilmente buscando errores al estilo de un escritor; no te burles de las expresiones confusas; no censures los defectos del maestro. Sé humilde y permanece atento para que seas capaz de traspasar la densa niebla de las apariencias y recibas el chispazo de la luz que se te dará. Tu vanagloria puede impedirte entender hasta las verdades más evidentes. No seas como los necios que se creen superiores al que está narrando una historia sólo porque ya la han oído antes y se adelantan ufanos contando el final.
Exclúyete y aprende.
Nunca pienses "es obvio", "eso yo ya lo sabía", "no es nada nuevo para mí", "tanto llegar para algo tan conocido". Los adultos estancados repiten estas frases con frecuencia. No basta con saber las cosas, hay que vivirlas.

El que abre su mente es sencillo de corazón y guarda silencio dispuesto a aprender, consigue asimilar lo que el ufano sólo consigue oír. No hay otro primer paso hacia la grandeza: doblega tu orgullo.
Al hacerlo comenzarás a cruzar el puente de la humildad y entonces ocurrirá en ti el fenómeno ineludible: te sensibilizarás y conmoverás. Inclusive llorarás. Cuando el orgulloso logra quebrantar su ego, se emociona y con lágrimas en los ojos reconoce: ¡Realmente es grande y poderoso esto que escucho; yo lo sabía pero nunca lo había meditado tan a fondo! Y sólo entonces empieza a crecer.

Segundo paso: Persevera En Soledad.

¿Qué hay del otro lado del puente de la humildad? ¿Qué ocurre en la mente humana después de que lo cruza, se conmueve y llora?
Se pisa un prado en el que podemos vivir en carne propia los conceptos de superación y nos inundan enormes deseos de cambiar. Anhelamos ser mejores, hacemos planes, nos abrasa la llama de la auto motivación y nada más. Casi siempre hasta ahí llegamos para después de unos días regresar por el mismo puente rumbo a la mediocridad de antes, sólo que ahora creyendo tener la experiencia y la sapiencia de palabras hermosas, aunque inútiles.
Lo anterior nos ocurre al volver a las actividades y problemas diarios después de un retiro espiritual, una conferencia, o la lectura de un libro que nos hizo reflexionar.
Es un fenómeno del hombre ordinario: siempre olvida sus propósitos y vuelve a ser como antes.
Si quieres superarte, debes tener la precaución de no regresar.
Una vez que aprendas algo y te propongas aplicarlo, hay que dar el segundo paso:
Luchar en soledad para interpretar a tu modo los conceptos.
La filosofía del éxito es como un perfume que no puede olerse hasta que lo combinas con tu propia esencia. No aceptes sin pensar las cosas que se te digan porque sería igual que si no se te hubieran dicho. Sólo cuando dilucides a tu manera las teorías de otros las convertirás en tu verdad.
Al llegar a este punto debes entablar largas pláticas a puerta cerrada contigo mismo; debes orar, meditar, relajarte, hacer que los conceptos penetren en tí, llegando a tus propias conclusiones, poniéndote de acuerdo contigo y nada más que contigo de la manera en que aplicarás en tu vida lo aprendido. Esta práctica en soledad es imprescindible y debe ser constante, debe volverse un hábito. Sólo en ella el concepto de "Dios" deja sus matices mitológicas para brindarte alternativas de realidad.
Hay mucha gente que le teme a la soledad, que apenas se ve apartada enciende la televisión o llama a algún amigo por teléfono; es gente que nunca deja el fango de la mediocridad. Aprende a encontrarte contigo mismo para disfrutar de tu propia compañía. Sólo así asimilarás la sabiduría que te llevará a la cima.

Tercer paso: Da Testimonio De Tus Conclusiones

Una vez que hayas permanecido en el valle de la meditación a solas, deberás compartir tus conclusiones con la gente. No tengas miedo de decir algo que ya se ha dicho. Tu manera de comunicarte puede ser, para muchos, más poderosa y reveladora que las que conocieron anteriormente. Dios puede usar tu estilo único de expresarte para salvar alguna vida perdida. Así que habla, escribe, dicta cursos, da consejos, conviértete en pregonero del amor que has logrado asimilar y vivir en soledad.
Sólo cuídate de no volverte un charlatán o un presumido. No te ufanes de tus conocimientos, no enseñes con altivez. Para hablar debes practicar constantemente la humildad de espíritu y la meditación en soledad. Si así lo
haces, aconseja sin miedo. No importa que aún no hayas comprobado la eficacia de tus teorías, porque nunca lo lograrás hasta que las compartas. Hay gente muy profunda que no dice cuanto sabe porque espera que sus secretos la transformen primero en alguien superior. Pero eso nunca ocurrirá. Para que las verdades del amor transformen a una persona debe cerrarse el círculo de compartirlas. Es una especie de broche de oro que sólo muestra su brillo cuando se exteriorizan los nobles ideales. Es una ley infalible: los escritores de superación, los psicólogos, los laicos y hasta los sacerdotes mismos sólo empiezan a vivir plenamente las ideas en las que creen hasta que se comprometen con ellas al divulgarlas.
Los grandes tesoros que no se comparten se vuelven agua estancada que en poco tiempo se descompone y hace daño a quien la tiene.
Es importante recordar que para lograr el éxito en la vida se requiere, primeramente, ponerse en contacto con los conceptos del amor, y una vez frente a ellos seguir tres simples pasos:


1.- La humildad de corazón.
2.- La meditación en soledad.
3.- El testimonio de tus conclusiones.


No puede faltar ninguno de los elementos.
Ahora ya lo sabes. El camino hacia el éxito está a tu alcance. Sólo falta que lo transites.

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Agregado el 27-05-2006