Estaban comenzando a bajar la pesada cortina de herrería cuando entré al establecimiento. Mi respiración era agitada y sonora. Tal vez por eso decidieron atenderme, aun cuando fuera hora de cerrar.
-Quiero una copia de cada hoja -dije jadeando, al momento que depositaba sobre el mostrador el voluminoso contenido de las tres carpetas.
-Tienes que dejarlas y recogerlas después.
-No puedo. Me urgen. Debo devolverlas mañana temprano.
Era verdad.
La empleada hizo un gesto de franca molestia y volteó a ver a su patrón. Éste personalmente se acercó y tomando los folios comenzó a fotocopiarlos.
Me entregaron las hojas terriblemente desordenadas. Pasé casi una hora acomodándolas en mi casa. Pero valió la pena. No podía devolver el portafolios a su propietario sin conservar para mi copias del material que había causado tan excitante revolución en mi estado de ánimo.
Con la calma de quien ve los toros, ya no desde la barrera sino en la comodidad de su sala en una videocinta retrospectiva, puede decir ahora que fotocopiar esas hojas fue el acto más sensato que tuve en mi juventud. Cuanto hoy delineo con la pluma son recuerdos de hace muchos años que, aunque escritos cronológicamente, los extraigo de un banco de memoria en el que aparecen unidos, revueltos y enmarañados. Desde aquella época ya pensaba en escribir lo aprendido, pero ahora me doy cuenta que no podría hacerlo fielmente careciendo de esas copias fotostáticas en las que me apoyo tanto y que, por cierto, a lo largo de mi vida he leído y releído. Me percato, incluso hoy, que quizá por esa influencia tan grande he adoptado una forma de redactar muy similar a la usada por el director en sus apuntes. Por eso los comentarios hechos aquí y puestos en la boca del joven que yo era entonces probablemente no correspondan al lenguaje florido y vulgar que realmente solía usar.
Al día siguiente llegué muy temprano a la escuela. Antes que el señor Yolza y que Gabriela. Espié durante unos minutos al aseador y cuando éste salió de la oficina trapeando con la vista fija en el embaldosado, me escabullí para depositar sobre el escritorio de la dirección el portafolios de piel. No dejé ni una nota ni quise esperar al propietario. Entré a clases como saeta, frotándome las manos sudorosas en el pantalón.
Otra vez me había salido con la mía.
No iba a ser siempre así.
Nuestro profesor llegó tarde a la clase. El aula estaba ligeramente sobreocupada, así que la algarabía de los pupilos sin quehacer era casi una romería. Unos vocalizaban, otros, en grupitos, contaban chistes de alto contenido erótico-filosófico, otros se jaloneaban y se golpeaban en un retozo brusco y peligroso. Unos pintarrajeaban las paredes mientras otros jugaban al perro y la liebre persiguiéndose groseramente sobre los pupitres y compañeros como si no existieran. Los vapores iban subiendo de tono al paso de los minutos.
Un profesor impuntual en una escuela preparatoria puede ser el culpable de que los alumnos terminen quemando las instalaciones. Y el profesor Ricardo era impuntual, además de tímido y ansioso.
Cuando entró al salón con cuarenta minutos de retraso, nadie hizo el menor intento por comportarse. El recinto se había convertido en una bacanal. Pululaban los gritos y quejidos, émulos de aullidos, balidos, mugidos y bramidos. Esos encima de éstos opinaban sobre las chicas y las chicas se quejaban agrediendo como respuesta a aquéllos. Hacía calor y había humedad. El profesor intentó callarnos, pero fue abucheado estrepitosamente, a más de recibir proyectiles manufacturados con bolas de papel, cuadernos y lápices. Como niño asustado se cubrió el rostro impotente y todos nos reímos de él. No éramos un grupo de delincuentes como los que se ven en las películas estadounidenses de pandilleros; sólo éramos muchachos comunes y corrientes empuñando erróneamente el estandarte de la libertad. En esa escuela casi cualquier maestro hubiera podido detener la batahola y controlarnos, pero no Ricardo. Le faltaba autoridad. Siempre le había faltado.
- Jóvenes - nos esperaba casi inaudiblemente -: tranquilícense o llamaré al director.
Pero, sabíamos que no se atrevería a hacerlo; era como declarar abiertamente ante su jefe lo incompetente que era.
Si embargo, infiero que el ruido producido ese día en ese lugar traspasó uno tras otro los canceles de la escuela porque repentinamente la puerta se abrió y apareció el señor Yolza. Los gritos fueron bajando de intensidad hasta convertirse en murmullos.
Todos volvimos a nuestro sitio en la quietud del grupo. Nadie estaba dispuesto a dejarse culpar por lo allí ocurrido.
El director entró al aula haciendo a un lado con los pies la basura que encontraba en su camino. Fulminó con la mirada al profesorucho, quien bajó la vista avergonzado, y luego nos miró a nosotros. El hombre tenía presencia y autoridad. En varias ocasiones se lo había visto expulsar sin ningun temor a compañeros altaneros dos veces mas corpulentos que él. Además: era su escuela.
De inmediato me percaté de que en la mano derecha traía la carpeta azul del portafolios, la que contenía sus apuntes a máquina, como si al estar revisándolos hubiese tenido que venir de prisa al salón trayéndolos consigo sin darse cuenta. Me sentí sumamente angustiado al pensar que pudiera mencionar algo del botín recientemente recuperado, así que me agaché tratando de pasar desapercibido.
Se paseó frente al pizarrón sin hablar; cuando advirtió de reojo las obras pictóricas en él realizadas, se dejaron oír unas risillas furtivas: plasmada sobre el encerado estaba la caricatura flacucha y larga del profesor Ricardo unida morbosamente a la rechoncha efigie de la profesora Anita. Dentro del contorno, como una radiografía clandestina, se habían dibujado los entes sexuales de los docentes: un renacuajillo narigón arrojándose sobre una pelotilla sonriente que le alargaba los brazos.
Yolza tardó un poco en reaccionar. Finalmente empuñó el borrador e hizo desaparecer con mano firme la ilustración.
"Es una lástima", pensé, "realmente era un buen dibujo".
Luego pasó la mirada sobre un caprichoso público y movió la cabeza. Lucía cansado y preocupado. En su talante no se advertía enojo alguno, era más bien algo parecido a la desilusión.
-No me molesta lo que ha pasado aquí - dijo finalmente con voz grave -, son jóvenes, están llenos de energía, la euforia se desborda por sus músculos - se encogió de hombros -. No me molesta..., es normal... Quiero decir, yo también fui estudiante y era divertido alocarse y desafiar a la autoridad. Yo entiendo eso...
Parecía un cenobita luchando por comprender filosofías ascéticas. Comenzó a caminar de un lado a otro del salón muy lentamente. Los alumnos estábamos desconcertados. Esperábamos una fuerte reprimenda y he ahí que el máximo censor se paseaba frente a nosotros como si tuviera un gran problema y necesitara de nuestra ayuda.
- Estoy tratando de entender - comenzó a alzar la voz - por qué jóvenes mayores, como ustedes, que deberían estudiar ya en la Universidad, han decidido echar a perder su vida. Por qué no están preocupados por salir del hoyo, por qué siguen reprobando materias con tan despreocupado descaro, por qué se siguen comportando como adolescentes de trece años....
¿Por qué...?
Al llegar a este punto había aumentado tanto el volumen de su voz que los murmullos iniciados cuando lo vimos titubear desaparecieron totalmente.
Yolza levantó con la mano derecha la carpeta azul que contenía los apuntes de superación y espetó:
- He pasado noches enteras tratando de descifrar la razón por la que tantos muchachos, aparentemente normales, hijos de buenas familias, se dejan arrastrar por la abulia y se vuelven rebeldes fracasados. Pero me faltan elementos - dejó caer el legajo sobre el escritorio como si nada de lo que hubiese en él sirviera - Ustedes son esos jóvenes, y una de dos: o hay algo en sus sentimientos que aún desconozco o son una sarta de necios "cuadrados"...
Las palabras del director provocaron excitación en el ánimo de varios de nosotros. Él no había ido a corregirnos ni a castigarnos. Tenía finalidades distintas. Quería meterse en nuestras vidas y eso, por desusado, nos puso inmediatamente a la defensiva; pero a la vez, cosa curiosa, nos agradó sobremanera.
- Quiero hacer hoy lo que nunca he hecho. Hablar con ustedes como un amigo. Un amigo que se interesa por ayudar, pero a la vez necesita ayuda. Me quita el sueño pensar que la fiesta romana que se armó aquí hace unos minutos es el común denominador de sus vidas. Y no sé si me entiendan, pero si soy incapaz de cambiar eso, mi trabajo en este lugar pierde totalmente su sentido.
Yo sí lo entendía. Mis compañeros no. Pero nadie habló. Todos parecíamos dispuestos a escuchar. Los inteligentes presentían algo benéfico y el resto al menos estaba dispuesto a participar de esa clase tan fuera de lo común.
- Voy a comenzar dándoles mi punto de vista, pero les advierto que no he venido a sermonear. Quiero escuchar lo que piensan, quiero debatir y que me rebatan. Hoy todos vamos a sacar algo bueno de esta sesión. ¿De acuerdo?
Nadie contestó. Estábamos acostumbrados a los regaños, las amenazas y los gritos y esa actitud de complicidad nos desconcertaba. El director parecía ávido de comunicarse, como si estuviera seguro de que obtendría algo, ya de esos jóvenes desconocidos, ya de esa sarta de necios "cuadrados".
Recordé que la sencillez de corazón era el primer paso para aprender; recordé que para poder recibir un mensaje no debía criticar, ni buscar defectos, ni censurar la apariencia del expositor y, puesto que estaba recibiendo un ejemplo claro de humildad, yo mismo quise concentrarme en ella.
Ignoro lo que mis compañeros pensaban, pero se adivinaba un ambiente ansioso. Lo que sí sé es que ninguno imaginó que esa ocasión se convertiría en una de las lecciones más inolvidables de nuestras vidas.
- He llegado a la conclusión de que la mayoría de ustedes son maduros en muchos aspectos, excepto uno: su sentimiento de aceptación social. Por eso han fracasado en los estudios y por eso hacen tantos dislates. La gente necesita ser aceptada y querida por los demás. Es una necesidad psicológica del ser humano; prueba de ello es que cuando nos vemos desplazados o ignorados, la ira se despierta fácilmente en nosotros. Así de simple: ustedes no se sienten lo suficientemente queridos y aceptados...
Nadie pareció en un principio muy de acuerdo con el diagnóstico y varios de mis compañeros se adelantaron al borde de su silla dispuestos a protestar. Me emocioné un poco. La polémica se ponía interesante. El director caminó hacia el escritorio, tomó la carpeta azul entre sus manos y hojeó el contenido hasta que se detuvo y comenzó a leer.
- El individuo que se cree poco aceptado adopta algunas de las siguientes actitudes:
1 - Se retrae para convertirse en un ser callado, tímido y huidizo.
2 - Hace bromas, chistes pesados o protagoniza agresiones, siempre escondido entre los demás.
3 - Tiene una marcada tendencia a hablar de sí mismo y no es capaz de escuchar a alguien sin pensar a la vez en lo que contestará para seguirse vanagloriado.
4 - Adopta actitudes fingidas y acomodaticias. Para ser aceptado aparenta ser lo que no es y dice pensar lo que no piensa.
5 - Es tímido y servil con los poderosos y autoritario y burlón con quienes cree tener poder.
6 - Se auto etiqueta en casi todo. Con frecuencia se clasifica diciendo "yo soy de las personas que..."
7 - Se preocupa excesivamente por su apariencia física.
8 - Critica constantemente a los demás.
La voz del señor Yolza resonó en el aula como si tuviera eco. Cerró su carpeta lentamente y nos miró a uno por uno por primera vez. Mis compañeros, que parecían dispuestos a objetar, lo habían pensado mejor. Así que cuando levanté la mano todos me observaron ansiosos. Yo mismo me asombré de haberlo hecho, pero eso que el maestro leyó me parecía desmedido. ¡Me identificaba con los ocho puntos!
Cuando Yolza me dio la palabra, el corazón comenzó a latirme hasta el dolor. De algo pude estar seguro en ese instante: nadie saldría de ahí sin haber aprendido algo.