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UN ABRAZO FRATERNAL

Hice antesala cerca de quince minutos, lapso en el que más de una vez estuve tentado a retirarme. La incertidumbre se agrandaba dentro de mí por un infortunado temor, para decrecer después ante la casi certeza de que el director me ayudaría.

La noche anterior la pasé entre vigilia y duermevela, fantaseando con la efigie de mi hermano Saúl. Su auto destierro había llegado a latitudes imprevistas. En casa mi padre parecía estar acostumbrándose a su ausencia, a la par que acumulaba animadversión contra él. Si seguía demorando su retorno quizá ya no podría recobrar el lugar que le había pertenecido. Además, el hecho de que no hubiera vuelto después de casi una semana me hacía adivinar que su turbulencia anímica no era producto de una simple desavenencia pasajera sino de una crisis francamente peligrosa.

No se encendió el foquito del intercomunicador indicando a la secretaria que podía recibirme; fue el director de la escuela personalmente quien abrió la puerta de su despacho para invitarme a pasar; sonriendo me tendió la mano excesivamente firme y en ademán de cortesía me cedió el paso. Una vez dentro, tomé asiento sin hablar.

- ¿En qué puedo servirte, Gerardo?

Yo no sabía si era culpa del sistema emocional o de qué rayos, pero parecía que una papa cocida se me hubiese atorado en el pescuezo.

- Quiero agradecerte por haberme devuelto mi portafolios - agregó al verme callado.

Asentí. "No tiene por qué darlas. Son galanterías que acostumbro", pensé socarronamente.

- Me alegra que vengas a verme - continuó entusiasmado simulando no percatarse de mi inhibición - porque el próximo viernes voy a iniciar una serie de conferencias para padres de familia. Es algo que vengo planeando desde hace muchos años de estudio y trabajo. Es tan poderoso que, créeme, vale la pena escucharlo. Debes tratar de convencer a tus padres para que asistan.

- Los apuntes de sus tres carpetas - dije al fin - los fotocopié.

Yolza frunció el ceño confundido, pero casi de inmediato la desconfianza lo hizo saltar como impulsado por un resorte.

- ¿Los fotocopiaste? ¿Para qué?

Tal vez me gustaba jugar con la gente porque no había necesidad de confesar eso, o tal vez por primera vez comenzaba a tratar de no jugar ante la enorme urgencia que tenía de ser honesto.

El director tomó asiento parsimoniosamente sin apartar la vista de mi rostro como un cazador vigilando a su presa. ¿Pretendería yo chantajearlo con sus cartas personales o algo así?

- Si usted quiere se los devolveré íntegros - proferí si mucho entusiasmo.

- ¿Qué estás tramando, Gerardo?

- Nada licenciado. Lo hice porque de manera increíble eso que le robé para desquitar mi coraje fue el principio de una transformación enorme en mis pensamientos. Con sus apuntes, señor, entendí cosas que nadie había logrado hacerme entender. Aunque usted no lo crea, me volví menos agresivo, y sentí que si los conservaba podría apoyarme en ellos en el futuro. Tengo que prepararme mucho para ayudar a mi hermano Saúl cuando regrese.

El hombre pareció preocupado. Se frotó los ojos como si quisiera sacarlos de su lugar, y suspiró. Parecía más tranquilo, aunque definitivamente no de acuerdo.

- ¿Qué has sabido de Saúl? ¿Tienes noticias de dónde se halla?

- Mas o menos, señor director. Ha telefoneado a una amiga común. Hoy en la tarde iré a buscarlo.

- ¿Por qué no has ido hasta ahora?

- Está fuera de la ciudad.

Se quedó pensando con las pupilas fijas un largo rato.

- Pobre Saúl. Necesita muchísima ayuda.

Entonces vi la oportunidad para ensamblar el rompecabezas y no la dejé pasar.

- Usted ya conocía a mi hermano antes de entrar a estudiar aquí, ¿verdad?

Asintió:

- A tu hermano y a tu padre...

- Usted fue quien levantó una demanda judicial a Saúl por la que fue detenido hace cinco años, ¿no es cierto?

Tardó en contestar. Pero antes de que lo hiciera, su actitud absorta ya era para mí una afirmación. El corazón me latía a mil por hora.

- Han pasado muchas cosas desde entonces - suspiró con catadura melancólica -. En aquellos tiempos yo trabajaba como capacitador para empresas y mi esposa como maestra de idiomas. Siempre nos había unido la similitud de nuestros puestos y creíamos que ya no teníamos más que hacer - se puso de pie y cerró lentamente las persianas de su privado -. Desde mi nueva perspectiva he llegado a comprender que tanta perfección en realidad era una tétrica monotonía. Nuestro matrimonio había caído en un estado de homogeneidad que resultaba fastidioso. Entonces, deseosos de revivir la alegría en nuestro hogar, decidimos tener otro bebé, pero su gestación nos fue negada durante varios meses. Tras luchar tanto, el haber logrado finalmente nuestro propósito fue una verdadera fiesta familiar. Necesitábamos más a ese hijo de lo que habíamos necesitado a los otros dos. El embarazo trajo consigo nuevos vientos de popa al matrimonio. Todo marchó a la perfección hasta que un día apareció en escena tu hermano Saúl...

Volvió a sentarse acariciándose muy despacio el mentón, como dudando si seguir adelante o no. Pero ya era demasiado tarde para volverse atrás. Mi mirada ansiosa se lo decía a gritos.

- Era un alumno brillante del primer semestre de preparatoria al que mi esposa daba clases. Brillante pero arrebatado y con algunos desplantes de franco machismo. Primero se acercó a ella para pedirle que fuera su "amante platónica"; mi esposa le agradeció el cumplido y le recordó que era casada. Pero Saúl siguió acosándola, mandándole recados y cartas que, debo reconocer, en un principio fueron tiernas y dulces para después convertirse en atrevidas e insultantes. Ella no me comentó su problema para no provocarme enojo o preocupación. Decidió arreglarlo sola, pero erró el sistema. Pensó que al poner en ridículo a tu hermano frente a sus compañeros él dejaría de molestar y leyó en el grupo su carta más insolente; ante las risas y burlas de los demás el joven se puso de mil colores. Ese día la esperó junto al coche para reclamarle lo que hizo. Mi esposa trató de quitárselo de en medio con intenciones de abordar su automóvil, pero tu hermano la sujetó fuertemente por los hombros. No sé lo que pasó por su mente, pero al verla debatirse entre sus brazos intentó besarla. Mi esposa se defendió gritando y por azares de la fortuna, en la pugna Saúl propinó un fuerte golpe al abdomen de mi esposa, un golpe que por su intensidad y colocación fue suficiente para provocarle una ruptura de membranas y con ello un aborto de emergencia en el que su vida peligró grandemente. Hubo testigos de lo ocurrido... Y bueno, suena mal, pero tu hermano cometió infanticidio imprudencial con agravantes de alevosía, ventaja y lesiones tanto físicas como psicológicas. De haber sustentado la acusación, en este instante él estaría purgando su condena.

No me percaté de estar con la boca abierta sino hasta varios segundos después de que el director dejó de hablar. El resto de la historia ya la conocía yo por sus escritos.

- Todos los acontecimientos que el hombre califica como desgracias, Gerardo, a la larga son bendiciones ingentes de Dios. Ese aborto quebrantó nuestro orgullo y nos hizo humildes para entender la vaciedad que había en nuestras vidas. De no haber ocurrido, quizá yo seguiría siendo el tipo engreído y ególatra que fui, preocupado únicamente por mi familia y por mi superación. La fatalidad marcó el inicio de una nueva era para nosotros. Fue nacer y morir en un todo ante la contemplación directa del poder de Dios. Dejamos de ufanarnos por nuestra vida "perfecta" al comprender que todo por lo que podíamos presumir eran regalos de Él, regalos que, así como se nos habían dado, se nos podían quitar. Nos entregamos a Dios y Él derramó su amor en nuestro hogar brindándonos una paz que no habíamos conocido antes. Después de perder un hijo y no nos importaba perder nada más; le ofrecimos nuestro trabajo, nuestros bienes materiales, nuestra salud, nuestra familia. En realidad todo eso era de Él antes de entregárselo, pero la entrega le dio sentido a todo. En la víspera del día en que se iba a dictar la sentencia a Saúl, tu padre acudió a vernos para suplicarnos que levantáramos los cargos, pero fue una visita innecesaria porque nosotros ya habíamos decidido hacerlo.

- Director - lo interrumpí fascinado por la explicación de algo que me entristecía, tanto por lo que debió haber sufrido mi familia como por la forma en que me estaba enterando de ello -. Al fundar esta escuela ¿usted alguna vez imaginó que mi hermano podría llegar a estudiar aquí?

- Sí. Siempre tuve la inquietud de volver a verlo para decirle que no había rencor y tenderle mi mano amiga. Una tarde, revisando las tarjetas de inscripción de la semana, vi su nombre en una de ellas. Un poco atemorizado por el reto que el destino me presentaba, a la mañana siguiente vigilé la entrada de los alumnos. Cuando él me vio parado en la puerta de la escuela se turbó a tal grado que dio la impresión de estar a punto de volverse por donde había venido, pero lo detuve, le brindé mi amistad y mi apoyo, le dije que esta escuela era suya y que nada me haría más dichoso que poder ayudarlo. Su estancia aquí fue irregular; varias veces nos encerramos a solas, como lo estamos tú y yo ahora, para analizar cómo vivir plenamente el momento presente sin ser perseguido por los fantasmas de la culpa. Pero las semillas de la inseguridad y el auto desprecio habían echado ya raíces profundas en él. Lamento no haber podido arrancárselas.

Observé fijamente la expresión de cariño sincero que manaba de los ojos del maestro y sentí nacer en mí una gran admiración por él.

- ¿Me dijo usted que el curso para padres comenzaba mañana? - le pregunté.

- Así es. Haz lo posible para que los tuyos asistan.

- ¿Puedo venir yo también? ¿De oyente? Por favor...

Tardó más en contestar esa pregunta que cualquiera que le hubiese hecho antes. No era prudente que un joven estuviera presente cuando se dieran recomendaciones a los adultos sobre cómo tratarnos, pero el director sabía que la iniciativa de los muchachos cuenta y mucho para el mejoramiento del ambiente familiar. Además, tal como se había planteado que debía ser la comunicación entre padres e hijos en la práctica del día anterior, no había nada de malo en que los chicos conocieran los deberes de sus progenitores y viceversa; en la familia no debía haber secretos ni estrategias unilaterales, no se trataba de una guerra de manipulaciones sino de un encuentro de amor en el Amor.

Me miró fijamente. Algo similar pasó por su mente antes de contestarme:

- Serás bienvenido en la práctica si quieres.

- ¿Y es cierto que esa reunión de padres la ha deseado hacer desde hace mucho tiempo?

- Tú mejor que nadie puedes asegurarte de eso.

Fruncí el entrecejo sin entender.

- En marzo de hace cuatro años lo pensé por primera vez - y esbozando una grata sonrisa de complicidad agregó -: puedes consultarlo en tus copias de mis apuntes.

Casi de inmediato reparé en que había dicho "tus" copias. Me puse de pie y le tendí la mano conmovido. Tuve deseos de abrazarlo, pero me contuve. Él no. Me atrajo hacia sí para darme un fuerte abrazo fraternal. Salí de su oficina sin poder, ni querer, ocultar mis lágrimas.

Mi padre avisó que no iría a comer. Era algo muy usual. Me urgía hablar con él, así que le telefoneé al hospital y, luego de esperar varios minutos, contestó con voz cansada y malhumorada.

- ¿Sí?

- Papá, habla Gerardo.

- ¿Pasa algo malo?

- No. Llamo para pedirte permiso para no dormir en casa hoy. Una amiga de la escuela me comentó que Saúl le había hablado por teléfono desde Guanajuato y quiero ir a buscarlo. Si tú me dejas, por supuesto.

Del otro lado de la línea sólo se escuchó silencio. Lamenté no poder ver la reacción de su rostro. ¿Había ansiedad? ¿Gusto? ¿Indiferencia? Hacía tiempo que mi padre no quería hablar de mi hermano y cuando lo hacía sólo era para despreciarlo e insultarlo. La última vez que Laura lo mencionó en su presencia, dijo que no quería volver a saber nada de ese hijo ingrato. Mamá lloró mucho y yo me pregunté si esa reacción de repulsa repentina no sería el reflejo de un inconfesable sentimiento de culpa.

- ¿En qué te irías?

- En autobús, papá. Sé moverme, te lo aseguro. No tienes por qué preocuparte. Alguien debe ir a buscar a mi hermano... Por favor.

- Él se merece todo lo malo que pueda estar pasándole.

"Y tú mereces..." Pero me detuve antes de decirlo. Si no comenzaba a poner en práctica lo recién aprendido, mi familia terminaría en los sedimentos de las cloacas.

- De acuerdo... Pero yo quiero ayudarlo. Y no voy a irme sin permiso, ni aún por algo tan justo. Dame tu autorización. Dormiré en la casa de un ex-compañero escolar con quien me dijeron que estaba Saúl y mañana a mediodía regresaré... espero que con él.

- Tu hermano no volverá a ser bienvenido.

- Eso es mentira. Tú eres el más preocupado y triste de todos nosotros. Por favor, déjame ir.

Para decirme que "estaba bien, que fuera" se demoró más de un minuto. Tuve que lidiar mentalmente contra el silencio del aparato para no soltar una mala palabra por su sandez. Finalmente obtuve el permiso, pero antes de cortar la comunicación le comenté lo de la conferencia que se daría en la escuela al día siguiente, suplicándole que no dejara de asistir, a lo que me contestó emitiendo un largo gemido gutural.

Papá se consideraba a sí mismo un hombre letrado y en sus entendederas no cabía la idea de que otro pudiera darle consejos.

Informé a mamá de lo mismo y, a su vez, le pedí autorización para lo que pretendía. No sólo obtuve su venia con harta mayor facilidad, sino suficiente dinero como para hospedarme en un hotel en caso de necesitarlo y un taxi que mandó pedir para que me llevara a la central de autobuses. Sentí compasión por su secreta pesadumbre y le di un fuerte abrazo antes de salir.

Hacía muchos años que no nos abrazábamos y ella empapó mis mejillas con sus lágrimas.

Ese día experimenté el extraño poder contenido en el contacto físico de un abrazo. Primero el director y luego mi madre. Había algo en el calor de sus cuerpos que me había hecho sentir un ser humano digno y bondadoso.

Subí al taxi y dije adiós con la mano, como un niño pequeño que se despide de su madre para ir al jardín de infantes.

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Agregado el 30-05-2006