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LEY DE EJEMPLARIDAD

El cartel anunciaba la ley con grafías rojas brillantes:

"LOS HIJOS CARGARÁN

EN EL SUBCONSCIENTE MUCHOS AÑOS,

LOS PATRONES DE CONDUCTA

QUE OBSERVARON EN SUS PADRES"

Después de un breve silencio, el maestro continuó:

- ¿Entienden esto? Los actos valen mil veces más que las palabras. No es conveniente sermonear continuamente a los hijos pues ellos observan mucho más de lo que escuchan. Denles un ejemplo digno y cabal y las palabras de corrección saldrán sobrando. De todo lo que les digan a sus hijos, únicamente el diez por ciento será recordado por ellos; sin embargo, siempre los acompañará el noventa por ciento de cuanto les vean hacer. Nuestra influencia se da en esa escala: diez por ciento con palabras y noventa por ciento con actos.

Mientras el maestro daba la vuelta al enorme pliego de papel rotulado, me detuve a reflexionar en lo que acababa de decir.

Yo le hallaba correlación con una desagradable experiencia vivida mucho tiempo atrás, cuando tenía alrededor de siete años de edad y sorprendí al catequista que me preparaba para hacer la primera comunión robando las limosnas de los fieles. A partir de entonces me negué a ir a la iglesia y todo cuanto había aprendido en varios meses con palabras lo desaprendí ante la contemplación de un ejemplo en dos segundos; me rebelé contra todo lo que se me había enseñado y algunos días después fui detenido en un supermercado por hurtar una bolsa de dulces.

- ¿Está usted sugiriendo que por culpa de los malos ejemplos inculcados los hijos nunca podrán ser mejores que sus padres? - preguntó una señora de peinado alto y maquillaje indiscreto.

- La ley de ejemplaridad es muy clara - contestó el expositor -, no dice que es imposible la superación de los descendientes; dice que las actitudes observadas se grabarán en ellos para acompañarlos durante años, y esto no deja de ser grave. Es cierto que casi todos los hijos superan a sus padres porque, de modo consciente, detectan sus errores y se prometen a sí mismos no cometerlos jamás, pero también es cierto que en el plano subconsciente llevan latentes los ejemplos recibidos y que éstos dan información "inexplicablemente" a su temperamento. En el nivel exterior se despliega lo que queremos ser y en el interior lo que somos realmente, pero los patrones de este último afloran de modo involuntario una y otra vez. Si son observadores, seguramente se habrán sorprendido a ustedes mismos diciendo o haciendo cosas que sus padres decían o hacían y han confrontado más de una vez a su voluntad de no querer hacer algo con su hábito de hacerlo. No hay mucho que podamos debatirle a esta ley: Los hijos cargarán en el subconsciente los patrones de conducta que observaron de sus padres.

La sentencia flotó en un aire cargado de vibraciones reflexivas pero confusas. Si esa primera ley era cierta, ¿qué utilidad tenía para mí, como hijo, conocerla y que utilidad para los padres presentes? Más que una guía de superación familiar parecía una maldición.

El director Yolza tomó aire para puntualizar con tal potencia que me erizó la piel:

- El gran reto de la paternidad, señores, si entienden lo que acabamos de decir, no estriba en cómo tratar mejor a nuestros hijos sino en cómo darles un mejor ejemplo. Y para esto, la única fórmula infalible es nuestra superación personal. Solo siendo mejores como individuos engrandeceremos el modelo que les brindemos.

- Señor - dijo un hombre con aspecto de típico padre dominante no muy instruido -. Yo no bebo, no ando con mujeres, no le pego a mis muchachos ni a mi esposa, soy trabajador y honrado, así que me considero un buen ejemplo y aún así, mis hijos han resultado tremendamente ingratos.

- Perfecto, señor - contestó Yolza sin ocultar su exasperación -: usted se considera buen ejemplo. Pues déjeme decirle que por el simple hecho de considerarse así demuestra no serlo. El padre que cree estar haciendo todo bien es el que más profundamente graba en sus hijos el dañino patrón de la arrogancia, y eso los convertirá "incomprensiblemente" en malos muchachos. ¡Que nadie cometa el grave error de creerse perfecto porque entonces dejarán de crecer y mejorar! Y no hay nadie en la Tierra que no pueda ser mejor. Esto es definitivo.

El hombre se quedó callado pero visiblemente indignado. En principio me reí interiormente de él, pero luego me reprendí a mí mismo por tal acción.

- Yo no me considero perfecto - comentó otro hombre -, pero mis hijos se han rebelado contra todo lo que les enseño. Por más que lucho no veo que mejoren.

- Enseñar sin esperar resultados es la ley del buen maestro. Si se quiere que los niños aprendan, no debe pedírseles a cada instante que demuestren lo que saben. Un padre cabal vive dando ejemplo recto y no exige resultados inmediatos. El ejemplo lo hace todo firmemente, pero a largo plazo. Su misión no es levantar la cosecha, señor; su misión es sembrar.

Hubo un silencio total. el licenciado Yolza aprovechó para extraer de su vademécum un paquete de hojas que extendió sobre la mesa para que se hicieran circular.

- Este escrito les ayudará a entender mejor la importancia de superarse a ustedes mismos antes de pretender obligar a sus hijos a que se superen.

Se trataba de un texto de Ignacio Larrañaga. Me gustó y ayudó tanto que, más tarde, no sólo lo memoricé sino que me motivó a investigar respecto a la obra del autor. Cuál no sería mi sorpresa al hallarme con un inmenso páramo de sabiduría y paz que al paso de los años se convertiría en una de mis más firmes y poderosas guías vitales.

¿Quieres ayudar? Ayúdate primero.

Sólo los amados aman.

Sólo los libres libertan.

Sólo son fuentes de paz quienes están en paz consigo mismo.

Los que sufren, hacen sufrir.

Los fracasados necesitan ver fracasar a otros.

Los resentidos siembran violencia.

Los que tienen conflictos provocan conflictos a su alrededor.

Los que no se aceptan no pueden aceptar a los demás.

Es tiempo perdido y utopía pura pretender dar a tus semejantes lo que tú no tienes.

Debes empezar por tí mismo.

Motivarás a realizarse a tus allegados en la medida en que tú estés realizado.

"Amarás al prójimo como a ti mismo", pero no perderás de vista que la medida eres "tú mismo".

Para ser útil a otros, el importante eres tú mismo.

Sé feliz tú, y tus hermanos se llenarán de alegría.

Ignacio Larrañaga

Había quedado claro que antes de pretender ser un mejor padre se debía luchar por ser una mejor persona. Esto conllevaba a reflexiones interesantes: los presentes habían acudido a un curso de superación familiar cuando seguramente podría serles de más provecho en su paternidad tomar un curso de superación individual.

Quedaba, sin embargo, un resquicio de duda que impedía dar por terminado el asunto. ¿Qué ocurría con el mal ejemplo que ya se había dado? ¿El hijo erróneamente aleccionado no tenía esperanzas de superarlo? La ley era muy severa al respecto y habíamos algunos inconformes con ello. Finalmente, uno de los padres de más distinguido aspecto se atrevió a intervenir:

- Hay algo que no comprendo aún. ¿De qué manera puede superarse una persona que en la infancia recibió malos ejemplos de sus padres si toda su voluntad razonada no sirve para nada cuando el subconsciente entra en acción?

- Muy buena pregunta. Precisamente es un punto que merece la pena aclararse detalladamente.

El licenciado Yolza dio la vuelta al enorme pliego del rotafolios y apareció una inscripción en elegantes letras manuscritas:

Para penetrar hasta la médula del banco de hábitos adquiridos y poder cambiarlos, sólo hay dos caminos. Ambos arduos y fatigosos, pero definitivamente seguros:

1 - La repetición perseverante.

2 - El aislamiento voluntario.

- El primer punto significa - explicó el director de la escuela - que para que una nueva conducta se convierta en parte de nosotros y se grabe en el subconsciente se requiere verla, experimentarla, leerla, oírla, vivirla, un significativo número de veces. Así trabaja la ejemplaridad del padre. Sus actitudes repetitivas comienzan a formar parte de la personalidad de los hijos sin que ninguna de las partes involucradas se dé cuenta.

Haciendo una pausa en la explicación, aprovechó para acercarse a la mesa y tomar un poco de agua. El silencio estaba cargado de cierta glotonería intelectual. Todos queríamos saber más y más...

- El segundo punto para superar los modelos subconscientes y mejorar de raíz - continuó - depende de la frecuencia con que se acostumbre reflexionar, o sea penetrar en soledad a la zona de intimidad absoluta. Una zona en la que se incursiona cuando se desea meditar e inducir sosiego a turbulencias que no son para describir ni compartir. Ni el más íntimo amigo tiene cabida en esta zona en la que se debaten dudas, temores, propósitos de enmienda, oraciones y luchas espirituales. Sólo inmersos en ella el alma del hombre crece, pero para moverse en sus dominios se requiere de un aislamiento voluntario, aislamiento que debe ser respetado cabalmente por nuestros allegados so pena de afectar gravemente la relación. Para entender mejor esto imaginen, por ejemplo, a un padre terriblemente enojado. Sin que él pueda controlarlo, sus modelos subconscientes salen a flote: se altera, grita, agrede y amenaza lleno de rabia para después retirarse deseoso de estar lejos de todo ser humano. En ese confinamiento voluntario comienza su lucha interior. Hizo mal, lo sabe, pero no pudo dominarse; además, tenía razones para enfadarse, aunque le molesta haber gritado de esa forma. Esta lucha hacia la paz debe liberarse a solas. ¡A SOLAS!, ¡grábense muy bien esto!, porque con frecuencia los familiares profanan la zona de intimidad de la persona aislada inmiscuyéndose en su espacio para hablar, buscar arreglo a la desavenencia y, en muchas ocasiones, hasta seguir discutiendo. Es típico que al furor anterior se le sume la cólera de no haberse permitido el recogimiento y un problema sencillo se agrave con frases tales como "déjame en paz", "desaparécete de mi vista", "me das asco", "no quiero verte", o "lárgate". Profanar la zona de intimidad de alguien enojado o que simplemente se encuentre en la contemplación de sus pensamientos, es el peor error que se pueda cometer. La ira de la persona denigrada por tal acto suele llegar a extremos inusitados tales como romper cosas, llorar, irse de la casa. La introspección de algunos de nuestros familiares es algo que debe respetarse pacientemente y con agrado, porque es parte de su proceso de superación.

El director se detuvo para consultar sus notas y terminó diciendo:

- Primero con repeticiones continuas de las verdades del amor y segundo en íntima soledad es como se consigue cambiar los hábitos de destruir los modelos de conducta que fueron inculcados por el mal ejemplo de los progenitores, pero ambos procesos requieren disciplina, lo cual dificulta gravemente el asunto. Ustedes deben vencer la dificultad porque esos dos son los únicos procedimientos garantizados para mejorar como personas y, con ello, corregir los ejemplos de actitudes que están dando a sus hijos. No olviden jamás que los muchachos observan todo y lo registran calladamente. Sobre vuestros hombros de padres descansa la gravísima responsabilidad de ser observados diariamente por esos seres receptivos, ávidos de aprender.

Nadie dijo ni objetó nada. Todo estaba muy claro. Era bueno saberlo, pero a la vez daba miedo. Pensé en los principios de Newton, Boyle, Pascal y de tantos otros científicos cuyas conclusiones teníamos que memorizar en la escuela. ¿De qué servían las leyes académicas cuando no se conocían ni remotamente las leyes para vivir mejor?

Se anunció que tendríamos diez minutos de descanso. La gente comenzó a ponerse de pie. Yo me quedé sentado.

- ¿No vas a saludarme?

Al reconocer la voz de mi querida amiga Sahian volteé instantáneamente. Estaba más linda que nunca. Me levanté de mi silla para estrechar su mano pero ella se acercó desenvuelta dándome un beso en la mejilla.

- Qué bueno que viniste. ¿Cómo te permitieron entrar?

- Le pedí permiso al director. ¿Y tú como le hiciste?

- Igual... No fue fácil.

- Sahian, ¿me acompañas a hablar por teléfono?

Tenía que averiguar si ya había alguno de mis padres en casa e insistirle en que se presentara en la escuela.

Pero sobre todo tenía que saber si Saúl había vuelto y cómo fue recibido.

- Claro - me contestó mirándome fijamente con sus dulces ojos grises.

No dejé mi carpeta sobre la mesa, como hubiera sido propio, sino que la llevé conmigo debajo del brazo.

Nos tomamos de la mano y bajamos corriendo las escaleras sin parar de hablar y reír.

Después de marcar escuché sonar hasta que se cortó automáticamente. Era inútil volver a llamar. En mi casa no había nadie. Me froté la cara espirando un lamento de preocupación. Mi dulce amiga me miraba extrañada.

- ¿Pasa algo malo?

- No lo sé.

Sin volver a pedirle permiso a la secretaria, tomé nuevamente el aparato y disqué el número de mi tía Lucy. Si se hubiese presentado algún acontecimiento de trascendencia en mi familia la hermana de mi madre estaría enterada. Eran íntimas confidentes.

Mi tía descolgó el auricular casi de inmediato. su voz me pareció extremadamente fría y cortante, como si estuviese intensamente enojada o preocupada.

- ¿Tía? Habla Gerardo... ¿Cómo están?

No contestó.

- Tía, ¿me escuchas?

- Sí...

- ¿Sabes dónde está mi familia?

Silencio

- ¿Me escuchas tía?

- ¿Aún no lo sabes...?

- ¡No! ¿Qué pasa?

Evadió mi pregunta haciéndome otra.

- ¿Dónde estás?

Hay ocasiones en que la información que recibes por teléfono no es tan confusa que ansías el adelanto de la ciencia para poder transportarte súbitamente al otro lado de la línea y ver en el rostro de tu interlocutor lo que te quiere decir, o no te quiere, decir.

- En la escuela.

- No te muevas de ahí. Voy a encontrarme con tus padres. Les diré que vayan por tí. Espéralos.

Y cortó.

¿Qué rayos estaba sucediendo? Me quedé con el auricular en la mano unos segundos escuchando el tono intermitente.

Luego, con un incontenible temblor en las manos y especialmente en los dedos, marqué el número del hospital de papá.

- ¿Me comunicaría con el doctor Hernández, por favor?

- Hoy no vino a trabajar.

- ¿No...? Gracias.

Bajé la cara tratando de recuperar el control de mis pensamientos.

Sahian me miraba sin comprender:

- ¿Hay problemas?

- No sé....

En mi mente crepitaban como relámpagos mil posibilidades siniestras. Moví la cabeza negativamente y repetí:

- No ... no los hay...

¿Qué ganaba con preocuparme? En mi casa los conflictos no podían estar peor de lo que ya habían estado... Así que, ¿por qué mortificarme y echarme, y echarle a ella, a perder la conferencia?

Nos tomamos de la mano para subir las escaleras. Lo hicimos muy lentamente, sin hablar y sin reír.

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Agregado el 30-05-2006