Llegué a la escuela y me paré en la puerta mirando de un lado a otro. Cada automóvil que se acercaba por la avenida me parecía igual al de mis padres y el corazón me latía con fuerza. Al poco tiempo el cielo se oscureció e impresionantes descargas eléctricas comenzaron a surcar el espacio. No me refugié de la lluvia cuando ésta se precipitó sobre mi cabeza. Tomé asiento en la banqueta y me dejé empapar, escuchando las elucubraciones de mi mente. Cavilaba con mezcolanza y desorden como deben discurrir los desdichados que han perdido el juicio, primero abstraído con la desgracia de mi hermano mayor, luego preocupado por el evidente atraco que había acaecido en mi casa y después enfrascado en las consideraciones sobre cómo mejorar nuestra situación familiar. Era un letargo similar al sueño de Eutico que se relata en el capítulo veinte del libro de los Hechos. No sé cuánto tiempo estuve en esa posición, sólo recuerdo que comencé a sentir frío y, hecho una sopa, me puse de pie para entrar a la recepción de la escuela.
La secretaria me proporcionó una toalla y quiso enterarse de la razón de mi llanto. No lo toleré y le supliqué, con una ansiedad que la dejó sin habla, que en cuanto mis padres llegaran me mandara a llamar: estaría en el tercer piso escuchando la conferencia.
Obviamente, en el tiempo que permanecí afuera se expusieron algunas ideas que no me gustaría dejar al margen del presente relato.
Gracias a que Sahian y yo posteriormente hicimos "algo más" que una amistad entrañable, ella ha supervisado y corregido lo descrito en estas páginas, amén de relatarme detalladamente cuanto ocurrió en mi ausencia, razón por la cual me atrevo a escribir lo expuesto en el salón con la conciencia de que es fidedigno.
La tercera ley se presentaba en los pliegos de papel bond del rotafolios con las mismas gráficas brillantes que mostraban las anteriores.
- Cuentan que a un circo muy famoso llegaron dos leones para ser amaestrados - relató el licenciado Yolza -. Uno fue confiado a un entrenador que desde el principio estableció patrones de recompensas y castigos perfectamente claros: le prohibió al animal que le gruñera ferozmente o lanzara zarpazos, de modo que en cuanto lo hacía recibía un inmediato, aunque corto, castigo físico. Además le enseñó pacientemente a realizar ciertas rutinas después de las cuales invariablemente lo recompensaba con comida y agua. Por su parte, el segundo león fue puesto en manos de un entrenador neurótico. Este hombre en ocasiones le permitía al animal gruñir y amenazar con las garras sin darle mayor importancia a la agresión y en ocasiones, si no estaba de humor, lo azotaba ante la menor manifestación de rebeldía. Además, si el felino hacía las cosas que se le pedían, no recibía una recompensa clara: cuando el entrenador estaba de buen humor le daba enormes cantidades de alimento, le aplaudía y lo felicitaba efusivamente, pero cuando estaba de malas simplemente consideraba el acierto del animal como si hubiera cumplido con su deber y salía de la jaula sin darle la menor gratificación. El primer león, tratado con un código de reglas justas y constantes, aprendió rápido y no sólo se convirtió en la estrella del circo sino que adquirió cariño y respeto de su entrenador; en cambio, el segundo león, educado a la libre reglamentación emocional, acabó asesinando a su instructor y atacando a cuanta gente se le acercaba para intentar enseñarle, así que tuvo que ser sacrificado...
Se había encendido un proyector que proyectaba en la pared las fotografías de las fieras cuando llegaban al circo, cuando eran entrenadas y cuando la primera hacía sus actos con extraordinario éxito mientras la otra era llevada a la cámara para animales salvajes indomesticables.
- Esto es exactamente lo que ocurre en un hogar, tanto cuando hay reglas establecidas clara y públicamente, como cuando no las hay. ¿Cómo se manejan las normas en una casa? ¿Se permite en unas ocasiones algo que está prohibido en otras? ¿Pueden los padres realizar a veces actos vedados a los hijos? ¿Fortuitamente, tal o cual hecho bien puede ser motivo de regaños y feroces castigos? En la buena educación la razón debe prevalecer ante la emoción. Ya se dijo que no es suficiente con amar incondicionalmente a los hijos; éstos deben ser amados inteligentemente. Establezcan ustedes reglas justas y háganlas valer. Señores: las normas de disciplina son vitales en la familia, pero no pueden ser secretas ni cambiantes. Se recomienda que se escriban en un papel y se coloquen en un lugar visible para todos. Determinen clara y públicamente el camino a seguir ¡y nadie se apartará de él! Inténtenlo, por favor. Si lo hacen, no habrán desperdiciado su tiempo viniendo a esta plática; es una de las principales recomendaciones para superar su calidad familiar. No pierden nada con probar y en cambio no imaginan todo lo que pueden ganar.
- Oiga... ¿Y los hijos deben cooperar para la creación de las reglas? - preguntó la mujer solitaria.
- No necesariamente. Es importante, sí, que ellos no acaten las normas por la fuerza sino que las entiendan y acepten de buena gana, incluso que las comenten, enriquezcan y critiquen; pero los únicos que poseen el derecho y la responsabilidad de dictarlas son los padres, como también serán los únicos con el poder de actualizarlas cuando vayan tornándose obsoletas, o ampliarlas, reducirlas y hasta hacerlas flexibles si alguna circunstancia específica lo requiriera.
- ¿Pero no dicen que las leyes se hacen para ser violadas? ¿No será que los hijos las respetarán sólo mientras estemos observándolos?
- Eso dependerá de la forma cómo se las maneje. Las reglas oscuras e inexplicables se desobedecen siempre. Sólo las prohibiciones que los hijos se hagan a sí mismos con base en lo que están convencidos serán eficaces. Así que antes de darles órdenes, convénzanlos. No pretendan que sus hijos acaten las prohibiciones de ustedes sino las de ellos.
- Estoy de acuerdo en que haya reglas, licenciado, pero debe existir una guía para no caer en extremos represivos.
- Muy buena observación, señor. Existe una guía infalible para establecer bien los preceptos. Simplemente la disciplina debe cumplir cuatro objetivos: no importa lo que esté prohibido o permitido si se logra la consecución de esas cuatro metas.
El maestro hizo una pausa mientras revolvía su material en busca de la siguiente lámina a proyectar.
Yo entré precisamente en ese momento al aula. Algunos padres me recriminaron francamente con la mirada por mi interrupción, pero Yolza no.
Tomé asiento desganado en mi antigua silla, aún tiritando por la reciente ducha pluvial. Sahian me miró con asombro y tuvo intenciones de acercárseme para.... ¿ayudarme?, ¿secarme?, ¿preguntarme? ¿Para qué...? Pero se quedó sentada en su lugar sin apartar la vista de mí aun cuando el maestro había comenzado a hablar.
La carpeta de argollas estaba intacta en el mismo sitio. La abrí y la volví a cerrar.
No me costó mucho comprender que había llegado en un momento neurálgico de la exposición. Me agradaban las cosas simples y acertadas, de modo que si establecer reglas en un hogar dependía de cumplir cuatro sencillos requisitos, me interesaba conocerlos.
No era el único atraído por esa idea. Los asistentes se olvidaron casi inmediatamente de mi inesperado arribo y Sahian terminó por volver la cabeza hacia el frente.
El director colocó la ilustración sobre la placa iluminada y apareció en la pared un rectángulo con una palabra en cada vértice:

- Analicemos el primer requisito: RESPETO. ¿Cómo definirían ustedes el respeto en un hogar?
Una señora entusiasmada con el tema levantó la mano para opinar:
- Es no ser grosero, o sea: ser educado
Ante la dificultad que se presenta cuando se quieren definir los conceptos más simples, no hubo ningún otro voluntario.
- El respeto es una línea imaginaria - explicó el licenciado - trazada de mutuo acuerdo entre dos personas. Un límite que nunca se deberá propasar. Es cierto que en algunos consanguíneos su línea de respeto les permite hablarse a gritos, diciéndose malas palabras, sin que ninguno se ofenda; pero a cambio existen otros casos en los que un simple alzar la voz, mostrarse burlón o decir una grosería puede significar una falta de respeto. Entre gente que vive bajo el mismo techo, aunque no sean familiares, la línea del respeto es algo que debe estar claramente delimitado por las reglas.
- ¿Y cómo se hace eso?
- Las normas que se dicten deben incluir algunos conceptos, tales como la prohibición absoluta de burlarse de los errores de los demás y de mencionar las frases tan comunes: "cállate", "no seas tonto", "te creí mas listo", "estás loco", "estás idiota", "te faltan sesos", "¿tu cerebro no alcanza para más?".
Las prohibiciones referidas me parecieron tan usuales que no pude evitar sonreír. Si se pusieran en práctica en mi casa, ¿de qué hablaríamos entonces?
- El segundo objetivo que deben cumplir las normas disciplinarias es la UNION - continuó el expositor después de una breve pausa en la que no hubo comentarios -. La unión es lo que hace fuerte a las familias. Estar unidos es compartir juntos tanto los momentos importantes como los nimios. Hay hogares cuya unión es tan precaria que cada quien llega y se va a la hora que quiere sin avisar, come lo que hay en el refrigerador o el guiso de alguien, no importa quién, hizo el favor de dejar sobre la estufa; los hijos rarísima vez salen con los padres y éstos son tan indiferentes que ni protestan por la indiferencia de aquellos. No hay nada más absurdo que una familia desunida. Si no es como un equipo, si no hay mutuo interés por los demás miembros y ayuda espontánea, si no se solucionan juntos los problemas individuales, la familia no tiene sentido de existir.
- Antes los hogares eran más unidos, licenciado - interrumpió un señor -.¿ Por qué es tan común ahora la disgregación?
- Porque hemos confundido los valores. Todos poseemos algo precioso e insustituible que, una vez que se da, no se repone jamás: NUESTRO TIEMPO. Es el mayor tesoro con que contamos y solemos regalárselo a raudales al trabajo, a las amistades y a satisfacciones como comer, dormir y divertirnos, pero en cambio lo escatimamos terriblemente cuando se trata de brindárselo a nuestra familia, ¡siendo ésta la prioridad principal de todo hombre de bien! ¡Debemos dedicar más tiempo "de calidad" a nuestros hijos y cónyuge! Es una advertencia grave. No la tomen a la ligera.
- ¿Nos podría dar algún ejemplo de reglas que persigan la unión?
- Dénmelas ustedes.
- ¿Podría ser que todos los domingos se reservaran para salir o convivir juntos?
- Perfecto. ¿Alguna otra?
- Que se debe hacer por lo menos una comida al día reunidos.
- Que los miembros de la familia deben practicar un deporte juntos.
- Que nunca se deje solo a alguien que tenga algún problema.
La lluvia de sugerencias fue interrumpida por la brusca entrada de mi padre al salón.
¡Mi padre!
Me puse de pie como movido por un resorte.
Todos sin excepción, volvieron la cabeza para ver al recién llegado. Hubo un silencio incómodo en el recinto. Venía vestido con un traje negro liso y elegante que sólo le había visto en algunas ocasiones, no recordé en cuales. Traía la mano derecha vendada en cabestrillo, un parche en la frente y el cabello despeinado en forma inusual. Pero lo realmente grotesco de su apariencia era su rostro evidentemente hinchado y rojo.
Moví la cabeza. No me cupo la menor duda de que tomó parte en la lucha que dejó la casa hecha un desastre.
Me miró con un gesto que no le conocía, entre enfadado y suplicante.
- Vámonos - dijo en voz baja con articulación babosa.
¿Habría vuelto a tomar? Cinco años antes, cuando Saúl tuvo el problema con el matrimonio Yolza, a mi padre le dio por emborracharse. La primera vez que lo ví así me sentí muy deprimido, más que por su estado por la impactante realidad de que aquel héroe infalible no era tal. Fue el día en que dejé mi infancia atrás.
Me puse de pie nervioso y apenado por la desagradable interrupción. El director se adelantó para invitar al recién llegado a quedarse.
- ¿Por qué no escucha la plática? Le aseguro que puede serle útil.
Era obvio que mi padre estaba a punto de realizar una majadera escenificación de insensatez, pero su enajenación tomó matices contradictorios. Hizo un gesto feo y se dejó caer en la primera silla que encontró. Parecía un enorme bebé malcriado. Una de las edecanes se apresuró a darle un lápiz y papel que él tomó mecánicamente con la mano sana, como si estuviese hipnotizado. Vaya extraño padre que Dios me había dado.
Al ver que todo parecía nuevamente dispuesto a permitir que la sesión continuara, Yolza se aclaró la voz para hablar con una fuerza y entusiasmo que no había usado hasta ese momento.
- El tercer objetivo que deben perseguir al determinar las reglas es la PROSPERIDAD. Los padres deben ser muy firmes y estrictos en el cumplimiento de las normas que persigan la prosperidad, porque de ellas dependerán gran parte de los buenos hábitos inculcados por la vida. No importa cuánto se quejen o protesten los hijos, éstos deberán aprender a ser perseverantes y diligentes.
- ¿Quiere decir que debemos exigirles que sean buenos estudiantes? - preguntó una señora.
- Eso y mucho más. ¡En toda familia digna la ociosidad debe estar terminantemente prohibida! - y al decir esto dio un golpe en la mesa que me hizo saltar -. Por ningún motivo deberá permitirse desertar del colegio o darle la espalda a las responsabilidades. Los jóvenes no pueden optar por la vagancia frente a la nariz de un buen padre. Las normas de prosperidad son las más graves y las más difíciles de hacer cumplir porque requieren un grado mayor de energía. Los padres débiles e ineptos fracasan con ellas y permiten a sus hijos fracasar.
- Pero si los muchachos no quieren estudiar, ¿cómo va uno a forzarlos?
- ¡Como sea! ¡Por la buena o por la mala!
- ¿Está usted sugiriendo que seamos duros?
- Si. Ningún correctivo será lo suficientemente fuerte para llevarlos a la senda del trabajo. ¡No debe tolerarse que los hijos se vuelvan perezosos! No les den a escoger. No les digan: "si no quieres estudiar te voy a conseguir un empleo de obrero o de criada". Simplemente ellos no tienen que opinar al respecto. Si quieren vivir en su casa deberán obedecer las reglas y una de la más importante es que por ningún motivo podrán evadir sus deberes.
Mi padre levantó su ojerosa vista y pareció interesarse un poco en lo que se estaba exponiendo.
- La "prosperidad" también significa "seguridad". Todo padre sabe que por la noche las calles de la ciudad están atestadas de vagos, pandilleros, buscapleitos, ladrones, borrachos y demás; por lo tanto es lícito que haya una hora estipulada como límite para llegar a dormir. No voy a sugerir ninguna. Los padres decidirán eso según su criterio, pero la hora que estipulen será respetada. Es un hábito de decencia en toda persona prudente estar en casa a una hora segura. Los hijos tampoco tienen que opinar al respecto. No importa si el jovencito llora y patalea porque a "esa hora las fiestas apenas empiezan a ponerse buenas". No hay excusa pueril que los padres se traguen con más frecuencia. Si eres un buen dirigente de familia aprende a decir "¡lo siento mucho, hijito!" En el hogar el progreso y los buenos hábitos van unidos al amor. Sólo el que no ama a sus hijos evita un buen correctivo a tiempo. En el terreno de la prosperidad entran reglas que controlan el fumar, el beber alcohol, el levantarse y dormirse después de determinada hora, ver la televisión, tender la cama, comer de cierto modo, ser cortés, sincero, honesto, no robar, no mentir, etcétera. Los buenos hábitos son el camino a la superación y deberán adquirirse proteste quien proteste.
El director terminó de hablar usando tal energía que me puso un poco nervioso. Todos los presentes estaban con los ojos muy abiertos, embragados por un sentimiento similar.
Yolza le pidió a mi padre que pasara al frente a leer una pequeña pero extraordinaria carta ilustrada de lo anterior..
Papá pareció no escuchar la invitación. Miraba al frente como narcotizado, sin pestañar. El corazón quería salírseme del pecho. Ese no era mi padre. Daba la impresión de estar desmayado con los ojos abiertos. Todo cuanto ocurría respecto a él era demasiado extraño.
Otra persona se levantó, tomó la hoja que le ofreció el ponente, y comenzó a leer con excelente dicción:
Hijo mío:
La familia es como una empresa. En las empresas existen lineamientos y políticas establecidas por los directivos. Estas políticas no se discuten. Se cumplen.
A mí me ha tocado ser el directivo de esta familia. Fue Dios quien me lo dispuso así, no yo. De modo que, te guste o no, yo pongo las reglas.
Quiero que siempre hablemos de frente y con el corazón. Somos amigos, pero entre nosotros hay un límite que no debes olvidar. La conducta respetuosa, unida y próspera de los miembros de esta casa no se puede negociar. Me gusta la modernidad, mas la columna vertebral es intocable, no se moderniza.
En ocasiones duele obedecer, pero en la vida tendrás que sufrir cualquiera de los siguientes dos dolores, (no te escapas y la elección es tuya): El dolor de la disciplina o el dolor del arrepentimiento.
El padre que hereda sólo dinero, deja a sus hijos en la pobreza; el que hereda principios, les da un motivo de vivir. Esta carta la escribí por eso. Te amo infinitamente. Daría la vida por ti.
TU PADRE ... (C.C.S.)
Cuando el lector voluntario volvía a su silla, aproveché para echarle una mirada a papá. Me asusté de lo que vieron mis ojos. Su rostro carmín se había matizado de morado, tenía la boca seca y grandes orejas grises. Él también aprovechó el movimiento de sillas para ponerse directamente de pie y salir del lugar. En su caminar hacia afuera detecté un ligero bamboleo, así que procurando a mi vez desplazarme sigilosamente para no interrumpir la plática, salí tras él.
Lo hallé recargando en el barandal de la escalera con la cabeza gacha. Al sentirme cerca se incorporó y comenzó a bajar los escalones. Caminé a sus espaldas sin hablar, pero apenas habíamos descendido tres peldaños se volvió hacia mí y me indicó que lo dejaran en paz, que solo quería tomar aire fresco. Le dije que necesitaba saber lo que mi tía Lucy no consideró pertinente confiarme, a lo cual respondió gritándome, con una hosquedad tan humillante como incongruente:
- ¿Qué no eres capaz de acatar una orden simple? Ve al salón y déjame solo. Yo volveré enseguida.
- ¿Regresarás por mí, verdad?
No contestó. Me quedé paralizado con un terrible nudo de frustración en la garganta viéndolo alejarse escalones abajo. Había olvidado lo recientemente expuesto referente a la zona de intimidad de las personas, por lo que me sentí sumamente desdichado.
Sahian me alcanzó en la escalera y se detuvo frente a mí mirándome con ese chispazo de inteligencia y ternura que brillaba siempre en sus ojos; luego me tomó del brazo sin decir palabra para conducirme escalones arriba de regreso al salón. No tuve fuerzas para resistirme a su cariñoso gesto. Me dejé conducir como un muñeco. Había comenzado a perder el control de mis pensamientos.