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LEY DE COMUNICACIÓN PROFUNDA
- Golpear a un hijo es una táctica que no está vedada del todo -sentenció Yolza ante mi sorpresa-. Y digo táctica porque debe usarse como eso, como un recurso extremo y eventual que no debe ir acompañado jamás con ira; es algo reservado para circunstancias delicadas tales como grandes transgresiones a las normas de respeto y prosperidad, o desobediencias que no podemos darnos el lujo de permitir que se repitan.
-Se dice fácil -protestó papá-, pero ¿existe alguna señal que nos indique cuándo y cuánto debemos castigar?
- Sí: la violación a los principios. Únicamente al acaecer ésta el padre tiene derecho a regañar. La represión es lícita sólo ante la desobediencia. Si un jovencito hace algo malo sin el antecedente de haber sido advertido de no hacerlo, amonestarlo será injusto. Por muy enojados que estemos con su acción, deberemos limitarnos a explicarle por qué estuvo mal lo que hizo y sentar el precedente de una nueva regla - Se dirigió al resto de los oyentes para advertir -: Padres, si no han establecido un código de normas en la casa, sus castigos serán tildados de tiranías y sus enfados de histeria. El pecado sólo se verifica ante la inminencia de haber hecho algo que se tenía prohibido.
-Pero usted no ha satisfecho mi duda -retomó papá-. Si los azotes están reservados para faltas graves, ¿cómo castigar entonces normalmente?
-Con palabras firmes, demostrando enojo de forma inmediata. No importa cuántas veces se cometa la misma transgresión , siempre deberá corregirse. Es imprescindible que ambos progenitores estén de acuerdo, pero si uno llegara a no estarlo, evitarán a toda costa discutir frente a los hijos. El castigo impuesto deberá levantarse apenas el joven haya comprendido su error. La clave de una reconvención eficaz estriba en no prolongar demasiado el enojo. Hay gente que permanece enfadada durante días o semanas: nada es más insano y tonto que eternizar innecesariamente un disgusto. Casi inmediatamente después del regaño se debe HABLAR; la reprimenda será explicada por los padres y comprendida por los hijos.
-¿Y si los hijos no entienden?
-Si los hijos no entienden es señal de que no se les ha hablado con suficiente amor. Amor incondicional, doctor Hernández. No hay ser humano que se resista a él.
Los ojos de mi padre se cristalizaron con gotas de confusión. Por un momento me pareció un impostor. Yo siempre creí que ese hombre no tenía lágrimas. Nunca en mi vida lo había visto llorar, ni aun cuando falleció su madre, así que verlo afligido era todo un acontecimiento para mí.
-Yo los he guiado con dureza y les he pegado cuando han desobedecido -musitó-. Usted se rozó con mi hijo Saúl. Un mal muchacho incorregible. Nada funcionó con él. Si supiera lo que me hizo
Y sus palabras se fundieron en un sollozo ahogado. No se tapó la cara con las manos. Sólo frunció el entrecejo y dejó que las lágrimas corrieran por sus mejillas ante la mirada absorta de los asistentes.
Sentí que unas tenazas ardientes me apretaban el cuello y los ojos se me humedecían. La preocupación de lo que hubiera pasado en la víspera no tenía la menor importancia en contraste con el impacto que me causaba ver a mi padre en ese estado. Tuve deseos de levantarme y acercarme a él ¿Cuánto tiempo hacía que no lo tocaba?
-La dureza en la educación, doctor Hernández, debe ir acompañada de una comunicación abundante y profunda. Si no se hace de ese modo, los hijos acumularán rencor y deseos de venganza. ¿Sabe lo que pasa por la mente de un muchacho que ha sido golpeado o reprendido con severidad? Haga un poco de memoria: usted debe haberlo vivido. Después del azote el aprecio hacia el padre corrector y hacia sí mismo merma irremisiblemente; la ira se torna indignación y ésta inquina. El daño es tal que aunque después la tempestad se convierta en calma, las huellas del odio quedan grabadas en lo más profundo.
Mi padre controló sus gemidos y yo, a mi vez, me apresuré a respirar hondo intentando calmar mi creciente turbación.
-Para que ello no ocurra, debemos aplicar constantemente la cuarta ley: COMUNICACIÓN PROFUNDA. Digamos que castigar a un hijo es como producir una herida necesaria, similar a la incisión que practican los cirujanos para extirpar un tumor. No basta con hacer la hendidura y extraer el quiste de la desobediencia, es indispensable coser cuidadosamente la abertura y protegerla de toda infección. Los padres que no aplican la comunicación profunda después de un azote, son como cirujanos que tras la intervención permiten que el paciente vuelva en sí con la herida abierta y sin suturar.
Se volvió de espaldas y desplegó en el rota folios el enunciado de la cuarta ley:
LEY DE COMUNICACIÓN PROFUNDA
UN PARÁMETRO FIEL PARA DETERMINAR LA CALIDAD DE UNA FAMILIA ESTÁ DADO POR EL NÚMERO Y FRECUENCIA DE CONVERSACIONES SERIAS ENTRE SUS MIEMBROS.”
Las luces se apagaron y de inmediato se proyectó en la pared un cuadro explicativo de la ley:
EXISTEN TRES FORMAS DE CONVERSAR:
Primer nivel de comunicación.- (Superficial). Se utiliza para comentar asuntos sin sustancia ni trascendencia. Es el tipo de plática que se da entre gente que se conoce pero no se estima. En este nivel trivial es fácil insultar, vituperar o criticar sarcásticamente, por lo que con frecuencia se comete el error de herir a quien nos habla con mayor profundidad. Nada es más dañino en la familia que una constante comunicación superficial.
Segundo nivel de comunicación.- (Social). Participa uno en él cuando se comentan ideas, experiencias, vivencias o inquietudes personales en forma fría y calculada, sin involucrar sentimientos.
Tercer nivel de comunicación.- (Profundo). Sin máscaras ni escudos. Se da sólo entre personas que se quieren, y al acaecer, se abre el cofre del tesoro en el que se guardan las dudas, temores, los anhelos, dolores, tristezas, gustos, quereres. Un cofre que debe estar siempre abierto para nuestra familia.
Curiosamente el licenciado Yolza no explicó este cuadro. Se limitó a dejarlo proyectado un largo rato. Cuando comenzó a hablar su voz era -como un buen ejemplo de comunicación profunda- suave e íntima.
-Al correr el tiempo muchas experiencias se han borrado de mi mente, pero la que voy a relatarles, jamás. Hace muchos años, cuando yo estudiaba el tercer grado de secundaria, un día llegué a la casa con amigos, ufanándome de mi machismo y exigiendo de comer. -Se detuvo ensimismado. Tal parecía que la anécdota que estaba a punto de compartir con nosotros había sido trascendente para él. Casi inmediatamente se animó y continuó-: Esa tarde, al no ver nada en la estufa le grité a mi madre que dónde rayos estaba, que si esa era la forma en que “le había enseñado” a recibirme. Mi mamá se presentó con los ojos muy abiertos asombrada por mi insolencia y yo, luciéndome frente a mis compinches, le pregunté qué había hecho toda la mañana ya que no veía ollas de guisado … La tierra se abrió bajo mis pies cuando vi a mi padre aparecer detrás de mamá. ¡Dios mío! ¡No pensé que estuviera en casa! En una ocasión anterior él me había advertido que, bajo mi responsabilidad, yo podía hablarle groseramente a mi madre si así lo quería, pero que me cuidara de que él no me sorprendiera nunca hablándole así a su esposa. Como era lógico, esa vez se adelantó para pedirle a mis amigos que se fueran y de inmediato se sacó el cinturón. Antes de pegarme me dijo que cuando recibiera los golpes debía dar gracias a Dios por tener un padre que me corregía. Fue una paliza sin igual; a cada golpe, llorando le hablaba a Dios, y poco antes de que la tunda terminara yo estuve seguro de que El me oía.
La semioscuridad en el recinto y el silencio absoluto dieron a la anécdota un impactante matiz de seriedad. Sólo la parte izquierda del rostro del expositor estaba parcialmente iluminada por el reflejo de la luz proyectada en la pared.
-Subí a mi cuarto bañado en lágrimas -continuó el licenciado Yolza-. El ardor de los azotes me impidió recostarme, así que me encerré en el armario. Lloré desconsolado sintiéndome degradado, indigno, lleno de rencor y odio contra todo el mundo. Sólo pensaba en morir. Entonces ocurrió algo que cambió mi vida. Mi padre entró al cuarto a buscarme. Oí su llamado y me negué a salir de mi escondite, pero él no dudó: abrió la puerta corrediza y se agachó para tenderme sus brazos. No pude contener los sollozos y terminé abrazándolo lleno de aflicción. Entonces me acarició la cabeza diciéndome todo lo que me amaba. Con enorme pesar confesó lo mucho que le dolía haberme castigado, pero no se mostró arrepentido. Me dijo que con todo el dolor de su alma tendría que corregirme siempre que lo requiriera, y me pidió que lo entendiera. Mi insolencia había sido tan seria que él pudo haber prolongado su enfado durante días e incluso nunca olvidar el agravio que cometí contra mi madre (y su esposa), pero lo fabuloso de la lección fue que a los pocos minutos de haberme propinado la merecida paliza, olvidó todo y me perdonó. Me hizo ver la forma en que yo le importaba y, señores, mi padre temblaba al acariciarme porque hablaba con el corazón. Lloró cuando me abrazaba. Olvidé la molestia de los golpes y me bebí sus lágrimas con besos. Su fuerte y prolongada opresión me apretó el alma misma.
El licenciado Yolza hizo una pausa en su relato para respirar y controlar la avalancha de emociones que ese capítulo de su ayer le provocaba. Cuando se recuperó, continuó:
-Si yo tuviera que mencionar una vivencia a la que deba todo lo que ahora soy, sin ninguna vacilación elegiría aquella. Probablemente no hay nada que dé más gusto a Dios que ver a un padre cumplir con la obligación de disciplinar y verlo después acercarse a su hijo para hablarle con el alma y decirle todo lo que lo quiere. De una cosa al menos sí estoy seguro: no hay método más poderoso y eficaz en la educación.
En sus palabras había una convicción tan firme que a nadie le quedó duda de su franqueza.
-Jamás se incrementó tanto en mí el respeto hacia mi padre como en aquellas ocasiones que lo vi afligido -continuó-. A muy corta edad llegué a la conclusión de que mis progenitores eran seres humanos con errores, pero de buenos sentimientos, seres que amaban y merecían ser amados. Ellos solían dejarme solo en la lucha diaria, pero cuado las cosas me iban mal, siempre estaban allí para apoyarme y mostrarme su amor incondicional. Entiendan esto: ¡la comunicación en la familia debe ser de tercer nivel! ¡Todo ser humano tiene necesidad de comunicarse en forma profunda y sincera! La insatisfacción de esta necesidad en casa arrojará a sus hijos a la calle en busca de quienes estén dispuestos a intimar con ellos, y en la calle todo puede suceder. Pierdan el miedo a abrir sus sentimientos y luego pierdan el miedo a disciplinar. Si los hijos faltan a las reglas, castíguenlos con dureza; no duden en reprender si la falta lo amerita. Pero después del regaño o de la zurra, abrácenlos, bésenlos, desnuden su alma hablándoles con el corazón en la mano, demostrándoles sin cortapisas todo lo que los aman. Por favor, ¡no esperen a que estén dormidos para ir a besarlos y acariciar sus cabezas! La verdadera dirección eficaz está acompañada de una lealtad y honestidad tal que nos concede el deleite de mostrar el cariño que sentimos cara a cara. Un padre no será menos hombre al besar a su hijo varón ni éste perderá virilidad al estrechar a su padre. Esos son complejos machistas que, al acogerse, se inculcan en los hijos con graves consecuencias. La familia sana debe abrazarse, besarse y hablarse habitualmente con mucho afecto. Los padres que coartan la comunicación profunda tarde o temprano lo lamentan …
Unos gemidos entrecortados pero lastimeros se escucharon en la penumbra. Antes de que el licenciado Yolza le indicara a la edecán que encendiera la luz, yo ya sabía de quién provenían.
Cuando la claridad de las lámparas fluorescentes nos inundó, me percaté de que había varios adultos con los ojos llorosos, pero que se cuidaban muy bien de no hacerlo notorio.
Sólo a mi padre no le importó demostrar su deplorable estado de ánimo.
-Yo tengo que aportar algo a lo que usted ha dicho -anunció entre sollozo y sollozo-. Todos los aquí presentes deben saber lo que me ha pasado antes de que algo similar les suceda.
Caminó lentamente hacia mí haciendo una enorme inhalación. Fue un recurso efectivo porque se controló. Se detuvo a mi espalda y yo sentí que la ansiedad me mataba.
Todos nos miraron.
Finalmente, apoyó sus manos sobre mis hombros y comenzó con resolución ingente:
-Saúl, mi hijo mayor, hace cinco años estuvo a punto de ir a la cárcel porque golpeó a una maestra embarazada y le produjo un aborto.
Hubo una pausa incómoda en la que mi padre dudó si abrirse o no por completo.
-El señor Tadeo Yolza conoce muy bien la historia. El niño perdido en esa desgracia era su hijo … Y la señora atacada su esposa.
Un murmullo de asombro se levantó. Yolza miraba a mi padre con vista de lince. Por primera vez ví en los ojos de Sahian asomarse las lágrimas. Bajé la cabeza avergonzado.
-Gracias a que el licenciado fue considerado y levantó los cargos, Saúl no tuvo que ir a la correccional. Ahora me doy cuenta que hubiera sido lo mejor. -Una contracción involuntaria de su nariz le impidió continuar con soltura. Estaba anormalmente rojo y las lágrimas bañaban literalmente su cara-. En casa nada volvió a ser igual. El muchacho se convirtió en un hijo rebelde y grosero y yo me convertí en un padre intransigente. No supe enderezar su camino torcido. Ahora veo con toda claridad en lo que fallé: usé la fuerza, pero nunca le hablé …
Sahian estaba pálida con los ojos abiertos tan desmesuradamente que parecía que hubiese visto un fantasma … Se estaba hablando de un Saúl Hernández … ¿Acaso mi padre se refería a Saúl, el compañero que le había telefoneado desde Guanajuato para confiarle su desdicha? Como corolario ¿Saúl era mi hermano …? Asentí con la cabeza lentamente contestándole sin palabras esas preguntas que, a la distancia, sin palabras me formuló.
-Saúl era alumno de esta escuela hasta que fue expulsado la semana antepasada. Se lo sorprendió … cuando estaba con su novia en el sanitario …
¡Caramba! Esa parte del testimonio pudo haber sido omitida.
-Yo personalmente vine a recoger su documentación y me sentí tan defraudado que lo insulté y lo golpeé frente al director … No hay que asombrarse de lo que ocurrió después: se fue de la casa.
Por un momento pareció que nadie respiraba. Las manos de mi padre se crisparon sobre mis hombros lastimándome.
-Ayer por la noche volvió
Comenzó a llorar y a hablar mezclando las palabras con sus lamentos de un modo francamente desgarrador.
-¡Dios mío! ¡Dios mío! No supe recibirlo. Lo traté mal. ¿Por qué, Señor? Lo insulté, lo humillé … Pero es que no sabía qué era lo correcto. Sólo quería que él entendiera que lo que hizo estuvo mal No supe comunicarle mis sentimientos. Lo amaba. Y creo que él también.
Un quejido impresionante le cortó el habla.
Me volví para mirarlo y sentí que mis entrañas se destrozaban de un tajo al darme cuenta que ese traje negro que traía sólo lo usaba para ir a los velorios.
Apenas escuché lo que dijo después.
-Mi hijo se suicidó anoche No dejó ni un recado Él tampoco aprendió a comunicarse.
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