17
REENCUENTRO
La conferencia para padres no continuó al día siguiente, como originalmente se había planeado. El director, su esposa, varios maestros, alumnos, y padres de familia asistieron al sepelio.
A lo largo de mi vida he tenido la oportunidad de presenciar un buen número de inhumaciones, y aunque evidentemente en todas ha prevalecido la tristeza, no recuerdo ninguna tan aplastante y tétrica como aquella. Es muy distinto, por ejemplo, dar sepultura a un anciano que disfrutó, sufrió, construyó y vivió, en suma, cuanto tenía que vivir, a hacerlo con un joven que cortó voluntaria e innecesariamente su existencia. En el primer caso, una vez llevado a cabo el entierro los deudos llegan a sentir cierto sosiego y resignación; pero en el segundo no: en nuestro caso, el ambiente estuvo cargado de un dolor pasmado, increíble, inenarrable, que no menguó -acaso incluso se incrementó- con la consumación del hecho.
Los días que siguieron al sepelio fueron casi infernales. Laura se fue con mamá. Y papá y yo nos quedamos solos en la casa pero casi no nos hablábamos. Él no soportaba la presencia de nadie, así que despidió a la sirvienta y solicitó licencia en el hospital para descansar.
Nuestro hogar se convirtió en un inmueble sucio, gélido y hosco. Ni él ni yo hicimos el menor esfuerzo por reacomodar los libreros o reponer los vidrios rotos; pasábamos sobre ellos pateándolos. Ni él ni yo levantábamos un trapo. La cocina se fue llenando de desperdicios, mugre y moscas; los muebles de polvo; las recámaras de ropa sucia.
Sahian me llamaba por teléfono y, aunque nunca contesté, era agradable oír sonar el aparato insistentemente una y otra vez. También fue a buscarme en un par de ocasiones: no le abrí.
Un día que no pude soportar más la situación, me bañe, me afeité, me puse ropa limpia y salí en busca de mi amiga.
Me recibió con un enorme gesto de asombro y alegría.
-¿Dónde has andado, Gerardo? No he parado de buscarte. ¿Tu padre y tú se medaron?
-No … Hemos estado allí dentro, aplastados por la depresión.
-¡Pero no puede ser! ¿Han pasado dos semanas ocultos, con las luces apagadas y las cortinas cerradas?
Asentí.
-¿Has visto a Laura y a mamá?
-Sí -bajó la mirada-. Tampoco están bien. Las he visitado casi a diario. Tu tía Lucy me ha pedido ayuda. Laura se ha recuperado casi por completo, pero tu madre …
-¿Qué pasa con mi madre? -le insistí ante su interrupción-. ¿Es que puede pasar algo peor de lo que ha pasado?
-Me temo que si -Sahian se encogió de hombros indecisa. Parecía no saber cómo expresar lo que debía decirme-. La muerte de Saúl es sólo el inicio de una cadena de cosas terribles que están a punto de ocurrir. Si no haces algo …
-¿Pero cómo está mi mamá?
-Pálida … Demacrada … Canosa … Con la misma ropa desde hace días. Y algo más … Algo que tu tía Lucy no ha querido decirme … Pero me da la impresión de que necesita ayuda psiquiátrica. Tu madre está cambiando, Gerardo. ¡Despierta, por favor, y haz algo!
Me sentí abatido. La desdicha era demasiada como para que se siguiera incrementando.
-¿Qué puedo hacer?
-Procura que tu papá vaya a buscarla. Sólo Laura y tú pueden propiciar el reencuentro … Y créeme: si ellos no se reconcilian los infortunios los aplastarán a todos.
-No creo que pueda.
-Ese es tu problema.
Observé a mi linda amiga frente a mí y me sentí tan atraído por la paz de sus ojos que me acerqué a ella.
-Ayúdame, Sahian … Por favor.
Entonces la abracé y me abrazó. Permanecimos enlazados varios segundos. La calidez de su cuerpo fue derritiendo lentamente la congelación de mi alma.
Deseaba entregarle toda mi intimidad. Contarle de la gran pena que inundaba mi ser, de la falta de aire que se sentía en mi casa; de ese tener sueño pero no querer dormir; sentir hambre, sed, pero no apetecer nada; de ese dolor agudo e incesante clavado en la parte más sensible de mi naturaleza; de esa repentina y enfermiza misantropía de papá … Y, sobre todo, de esa terrible paranoia que nos hacía ver a mi hermano detrás de cada puerta que abríamos.
Separándome un poco, intenté hablarle de todo eso, pero en cambio articulé palabras muy distintas:
-Quiero pedirte algo desde hace tiempo.
Me miró fijamente, como esperando que le hiciera una solicitud de suma importancia. Y así era:
-¿Quieres ser mi novia …?
-¿Hablas en serio? ¿Cómo puedes pensar en eso ahora?
-Pienso en ello desde que te conocí … Y precisamente ahora es cuando estoy más seguro. No te lo pido porque me estés ayudando, ¡y de que forma!, a salir de este atolladero, sino porque me gustas de veras y sobre todo porque te quiero. Si tuviera que elegir una compañera para toda mi vida no lo dudaría ni un momento: te escogería a ti.
Guardó silencio y bajó la vista.
¿No te parece que cuando la situación se estabilice tendremos mucho tiempo para hablar de eso?
¡Dios mío! Qué dulce y hermosa me parecía.
-Si -convine-. Tienes razón.
Y cambiamos el tema de la plática.
-¿Sabes? -me dijo-. El licenciado Yolza pospuso la impartición de la quinta y última ley varios días esperando que ustedes pudieran asistir. Mis padres y yo estuvimos allí cuando la expuso. No te imaginas lo impactante que resultó. El tema sobre desarrollo espiritual fue más poderoso que todo lo que se dijo antes.
-Qué lástima que no hayamos podido ir …
-¿Por qué no hablas con él? Quizá nos ayude a reconciliar a tus padres.
-Quizá …
-Gerardo. En la última plática el licenciado Yolza nos repartió unas tarjetas con cinco sentencias que resumían las leyes expuestas. Me pareció un recuerdo muy bello y le pedí una extra para ti.
-¿De veras?
No me contestó. Entró a su casa y regresó de inmediato.
-Aquí está. El maestro recomendó memorizar los principios con estas frases cortas y llevarlos en la mente literalmente siempre.
Observé la pequeña y dura tarjeta de plástico impresa en tipografía cursiva.
Además era apropiada para portar en la cartera.
.En ese instante no la leí, pero después, al conocer los conceptos ahí sintetizados, hallé en su simpleza y brevedad la guía para una superación radical, no sólo familiar sino estrictamente personal.
Debo mencionar incluso que las mejores y más importantes decisiones, así como los más loables y trascendentales actos de mi vida, han estado regidos en forma evidente por alguna de esas cinco sentencias.
La tarjeta decía:
I.-EJEMPLARIDAD
Si quiero ser de utilidad para el mundo y para las personas que me rodean, empezaré por superarme YO MISMO con constancia y tesón.
II.-AMOR INCONDICIONAL
No amaré a los demás en función de sus aciertos o errores. Los aceptaré sin juzgarlos y lucharé por mi pareja antes que por nadie.
III.-DISCIPLINA
Estableceré y respetaré un código de normas que me guíen por el sendero del trabajo y del bien.
IV.-COMUNICACIÓN PROFUNDA
No usaré máscaras ante las personas que amo. Les daré mi intimidad hablándoles frecuentemente con el corazón.
V.-DESARROLLO ESPIRITUAL
Viviré en comunión con Dios y estaré continuamente receptivo para llenarme de su infinito amor.
-¿Crees que Yolza aceptaría venir a casa de la tía Lucy para hablar con mamá?
-¿Tú crees que no?
Nuestras últimas palabras habían sido dichas con voz muy suave dado que por la cercanía de nuestros cuerpos no se requería hablar muy alto. Ella estaba recargada de espaldas en la reja de su casa y yo me apoyaba en la misma con la mano derecha, pasando el brazo sobre su hombro. Repentinamente nos dimos cuenta de tan singular postura. Habíamos llegado a ella de modo natural, casi sin darnos cuenta. No fue necesario que Sahian respondiera sí deseaba o no ser mi novia. Las vibraciones hablaban por sí solas con toda sinceridad. Envueltos en un hálito de dulzura y amor, permitimos que la inercia de ese extraño magnetismo nos moviera y casi sin que interviniera en ello la voluntad, nuestros labios se encontraron en un beso cálido, suave pero apasionado, cargado tanto de sensualidad como de espiritualidad. Un beso que marcaría el comienzo de un amor como el que nunca soñé que llegaría a vivir.
Cuando llegué a la casa subí directo al cuarto de papá. Lo encontré con aspecto de terrible desolación hundido en un sillón. Y sentí tan enorme pena que no pude menos que tomarle una mano y decirle con voz suplicante pero firme que las cosas no debían continuar así, que mamá necesitaba ayuda, que él no podía dejarse vencer por lo ocurrido, que aún tenía dos hijos deseosos de vivir y que él era el único que estaba en posibilidad de darnos esa oportunidad.
Le hablé de nuestro plan de reunirnos en casa de tía Lucy: todo estaba arreglado. Mi tía saldría con su esposo e hijos la noche del próximo viernes y nos dejarían solos para que pudiéramos hablar. Sahian se pondría de acuerdo con Laura y planearía los detalles.
Fue más fácil de lo que creí.
Papá aceptó ir a la cita sin hacer cuestionamientos. El, más que nadie, necesitaba ser perdonado por sus seres queridos y rescatar lo que pudiera de su vida matrimonial.
Por primera vez después de tres semanas de disgregación, mi familia volvió a unirse.
Eran las siete de la noche cuando papá y yo tocamos a la puerta.
Ambos estábamos nerviosos. Muy nerviosos.
Laura salió a abrir y se echó cariñosamente en brazos de su padre. Luego en los míos.
Pasamos a la sala y nos sentamos.
La casa había sido aseada por Laura. Ni mis tíos ni mis primos estaban, así que no se escuchaba el menor ruido.
-Ahora vuelvo. Voy a buscarla.
-No le digas que somos nosotros.
-Por supuesto, ya lo habíkha pensado. La tía Lucy dejó el horno encendido y yo no lo sé apagar … -nos guiñó un ojo.
A los pocos minutos mamá salió de su habitación y fue directo a la cocina pasando junto a la sala sin percatarse de nuestra presencia.
-El horno está apagado, Laura … ¿Qué te pasa? ¿Por qué me hiciste salir …?
Y su vista se detuvo en nosotros.
Se quedó de pie mirándonos con los ojos llenos de enfado.
Laura apareció entonces y mamá la recriminó de inmediato.
-¿Qué te has creído niña tonta?
-Quieren hablar contigo.
-Yo no tengo nada que hablar con ellos.
Nos pusimos de pie y nos acercamos un poco a ambas.
-Tenemos que definir lo que va a ocurrir con la familia -dijo papá.
-¿Definir? No seas ridículo. Lo único que hay que aclarar es la forma en que no vuelva a verte jamás.
-¿Y tú crees que a mí me entusiasma buscarte? Eres una mujer histérica y rencorosa.
-Y tú un asesino.
Esa palabra congeló a mi padre y elevó su adrenalina al grado que sus ojos parecieron a puntos de salirse de su sitio.
-Ambos tenemos culpa de que Saúl haya muerto. Tu viste cómo decaía y no hiciste nada por él.
-Pero tú lo mataste.
-¡Cállate!
Mamá se quedó mirando a mi padre de una forma terrible. Papá le dio la espalda y caminó hacia la puerta. Laura y yo cruzamos miradas angustiadas.
¿Por qué los Yolza tardaban tanto en llegar?
Mi madre ya no traía puesta la misma ropa de hacía días. Se veía acabada pero firme como un roble. Papá ya había salido de su encierro y parecía dispuesto a emprender el vuelo hacia otro árboles que no crujieran así.
Era inútil. Nunca se reconciliarían. Mi familia estaba destinada a la extinción.
¡El timbre!
Laura corrió hacia el exterior haciendo a un lado a nuestro padre, que estaba a punto de irse. El corazón comenzó a latirme a toda velocidad … Aún quedaba una pequeñísima posibilidad …
Desde la puerta mi hermana anunció con una gran alegría matizada de ansiedad:
-Tenemos visitas … Pasen, pasen. Los estábamos esperando.
No hubo tiempo de aclarar nada.
Tadeo Yolza y su esposa Helena entraron con gran desenvoltura.
Venían vestidos de modo informal pero elegantemente.
La señora no era muy bonita, pero su porte distinguido y gentil le daban un aspecto atractivo. Era una bella pareja.
-Buenas noches, señora Hernández.
-Buenas noches -sonrió mi mamá comprometida.
-Es el director de mi escuela y su esposa -comenté-. ¿Los conocías?
Asintió.
-Siéntense, por favor. Están en su casa.
Laura tomó la mano a papá.
El ambiente te volvió en extremo tenso, pero Yolza, actuando muy naturalmente, comenzó a platicar con mi padre como lo haría con un gran amigo y a éste no le quedó más remedio que sentarse a conversar.
-¿Desean algo de tomar? -preguntó Laura diligente.
-Un refresco estará bien.
-Yo le ayudaré a servirlos, señora -se levantó Helena Yolza.
Y a mi madre no le quedó más remedio que ir a la cocina a preparar las bebidas.
|