
COSTUMBRES
CORAYA
Volver al lugar de nacencia, aunque mas no sea un momento, para trastocar el sentimiento más hondo del ser hombre, y recordar los senderos recorridos cuando niño, es vibrar inmensamente en un gozo excepcional e indescriptible. Coraya, casería rural enclavado en los cerros azul-grises de la gran cadena montañosa oriental.
Coraya, en otrora floreciente conglomeración rural con rastrojos cultivados, verduzcos de alfalfa, grisáseos de flor de papa, verdeazulados de maizales que ondulan al soplo del suave viento de verano.
Coraya, de las llamadas de son metálico de un hierro que pende del campanario tosco en capilla de la mama Nicanora..., misachicos en mis sueño de niño, sendero del viento, cuesta arriba ¡jadeo de un viejo!
Volver y transitar los caminos, que con mi tata muchas veces los hicimos, con los labios partidos por el implacable ventarral agostino, es como beber la savia que hace circular por mis venas la potencia del ancestro que anida en las alturas disonantes de los cerros.
Si Ud. quiere despejar su mente temática, su preocupación horaria, su ansiedad por su asignación periódica y consecuente, el escape a su sistema de finanzas..., véngase un rato a compartir con hombres provistos de todo ese agobio y volcados a un hacer totalmente libre y natural.
¡véngase! y, conozca a Leandro Salas, vecino de cardos y tolas, socio de la Pachamama, amigo del Coquena, confidente de perdices y vizcachas de Toyonzo. Leandro Salas, jamás estuvo atado a un horaio, él conversa con sus chivas que le brincan, y le dan la subsistencia del día, él está mimando a las chitas que nacieron el día anterior, él tiene en sus manos la música que regala una flauta o un erquencho ronquizco, él amasa las tortillas que aplacan la hambruna de sus guaguas... y allí, tiene todo, sus papas, sus chalonas, sus habas, tiene el sol para él solo, el cielo de las noches estrelladas, la luna entera de las claras madrugadas y el sentimiento puro del colluno.
Leandro Salas, es dueño de los cerros de Coraya, donde alguna vez fuí niño y donde de vez en cuando me llego para hablar con él, que vive con su mujer sumisa y callada que cuida la tierra de sus antepasados, la cultiva y la recorre en toda su extensión y la está guardiando noche y día.
Al centinela impago de Coraya, al runa que un día de patria coloca la bicolor en un palo de cacala, al gendarme sin uniforme, al soldado sin nombre, al único tal vez, que va quedando en Coraya, el pago que retiembla en mis entrañas, a él simplemente con ansias, le deseo que la Patria, alguna vez con justicia reconozca sus servicios.
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Agregado el 10-10-2008 - Digitalizado el 22-07-2010

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