Sven estaba en Londres desde hacía dos semanas. Era la primera etapa de su viaje. No conocía Londres, pero había hallado refugio junto a unos amigos, una pareja de hippies alemanes, que lo familiarizaron con los lugares simpáticos de la ciudad. Estos habían ido a Londres porqué era la ciudad de la juventud, pero él había salido de su casa para ir mucho más lejos.

Todas las tardes iba a Hyde Park, se sentaba al pie de un árbol y disponía alrededor de él sobre el césped imágenes de flores, de pájaros, del Buda, de Jesús, de Krishma, de la media luna musulmana, del sello de Salomón, de la swástica, de la cruz egipcia y de otros rostros o símbolos religiosos dibujados por él mismo sobre papeles de todos colores, así como una foto de Krishnamurti joven, hermoso como Rodolfo Valentino, y una de Gourdieff con su cráneo desnudo y sus bigotes de cosaco. Esos papeles multicolores parecían la hierba florecida alrededor de él, y testimoniaban a sus ojos la multiplicidad florida y alegre de las apariencias de la Verdad Única. Una verdad que sabía que existía y quería conocer. Era su razón de vivir y el motivo de su viaje. Había dejado Noruega para ir en busca de Katmandú. Londres era su primera etapa. Katmandú se encontraba al otro lado de la Tierra. Para proseguir su viaje le faltaba, al menos, un poco de dinero. En medio de sus papeles floridos colocaba un cartel con esta inscripción: “Tomad una imagen y dad una moneda para Katmandú”. Sobre el letrero ponía una caja de conservas vacía, se sentaba con la espalda apoyada en el tronco del árbol y comenzaba a cantar canciones que inventaba acariciando su guitarra. Eran canciones casi sin palabras, en las que algunas siempre se repetían: Dios, amor, luz y los pájaros y las flores. Para él todos esos términos designaban la misma cosa. El rostro común de todos ellos era lo que esperaba descubrir en Katmandú, la ciudad más santa del mundo donde todas las religiones del Asia lindaban y se confundían.

Los londinenses que pasaban no sabían dónde quedaba Katmandú. Algunos creían que el nombre que leían sobre el cartel era el de ese muchacho de barba rubia y largos cabellos, hermoso como debió serlo Jesús adolescente, durante los años misteriosos de su vida, cuando nadie sabe dónde estuvo, y cuando quizá simplemente te ocultaba para protegerse mientras florecía, demasiado tierno y demasiado hermoso, antes de convertirse en un hombre lo bastante duro para ser crucificado. Durante algunos instantes escuchaban la canción nostálgica de la cual sólo comprendían algunas palabras, contemplando a ese muchacho tan bello y tan luminoso, con su corta barba de oro rizada y sus largos cabellos, y su guitarra cuya madrea estaba gastada en el lugar donde se movían los dedos de la mano derecha, y las flores de veinte colores posadas alrededor de él. Comprendían que ellos no comprendían, que algo, ahí, se les escapaba. Sacudían un poco la cabeza, experimentaban una especie de remordimiento y dejaban algunas monedas antes de irse y olvidar muy pronto la imagen de ese muchacho y el aire de su canción, para que tales cosas no perturbaran sus vidas. Los que adquirían uno de los papeles floridos lo miraban al irse sin saber qué hacer. Separado de los otros, el papel les parecía menos alegre. Era como una flor cortada al pasar, entre otras flores, y que de pronto, en la punta de los dedos, no es más que una cosita insignificante, y que muere. Lamentaban haberlo comprado, no sabían cómo deshacerse de él, lo plegaban y lo metían en su bolsillo o en su cartera, o bien lo arrojaban rápidamente en un cesto de desperdicios.

Las mujeres, a veces -algunas mujeres fatigadas y ya no muy jóvenes-, contemplaban a Sven largamente y envidiaban a su madre. Y se inclinaban para deslizar en la caja una moneda de plata.

La madre de Sven ignoraba dónde estaba su hijo. Tampoco se preocupaba por saberlo. Ya tenía edad para ser libre y hacer lo que quisiera.

Aquella tarde estaba sentado en el lugar de costumbre, había dispuesto sus dibujos floridos, su cartel y su caja vacía, y había comenzado a cantar. La niebla le cayó encima de golpe. Recogió su jardín, se puso el capuchón de su duffle-coat , y siguió cantando, no con la esperanza de recoger algunas monedas, sino porque también hay que cantar en la niebla. La humedad distendía las cuerdas de su guitarra, y por fracciones el tono descendía a la melancolía del menor. El fondo del río lento hizo surgir ante él el cuerpo de Jane. A la altura de sus ojos vio pasar el borde de su vestido de ahogada, sus largas piernas mojadas, una mano abierta que pendía. Miró hacia arriba, pero lo alto del cuerpo y la cabeza se fundían en el agua gris. Cogió la mano helada en el momento en que iba a desaparecer, extrajo el cuerpo y descubrió el rostro de Jane. Era como una flor que se abre después del crepúsculo y que cree que sólo existe la noche. Sven comprendió al instante que debía enseñarle el sol. Se quitó el duffle-coat, se lo colocó sobre los hombros y lo cerró cuidadosamente alrededor de ella y del calor que le daba.





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Agregado el 03-07-2006