UNA TEORIA
Mirada retrospectiva - El viejo de la Isla de Fatu Hiva. - Vientos y corrientes. - En busca de Tiki. - ¿Quién pobló la Polinesia?. - El enigma de los Mares del Sur - Teorías y hechos. - Leyenda de Kon-Tiki y de los misteriosos hombres blancos. - Viene la guerra.
Sucede a veces que, gradualmente y en la forma más natural, se va siguiendo una trayectoria sin haberse detenido a pensar siquiera cuál ha sido su punto de partida, hasta que, de pronto, sobrevienen las más extrañas situaciones y sólo entonces, como despertando de un sueño, se pregunta uno a sí mismo, cómo ha podido llegar a ellas. Si, por ejemplo, se encuentra uno por propia voluntad en alta mar, flotando a la deriva en una balsa de madera, con cinco compañeros de viaje y un loro, es inevitable que tarde o temprano vuelva en sí, quizá después de un descanso más largo que de ordinario, y comience a pensar en por qué está allí.
En una mañana así, estaba yo sentado en un madero empapado por la humedad, escribiendo lo siguiente en mi diario de viaje:
"17 de mayo: día de la Independencia de Noruega. Mar gruesa. Viento favorable. Hoy me toca ser el cocinero y he encontrado siete peces voladores en la cubierta, un pequeño octópodo en el techo de la cabina y un pez desconocido junto al saco de dormir de Torstein..."
Aquí se detuvo el lápiz. Se interpuso aquel mismo pensamiento entre mis ojos y la página del diario; y me dije: éste es ciertamente un extraño 17 de mayo, y en verdad, no sólo este día, sino que lo es asimismo en conjunto toda nuestra peculiar existencia. ¿Cómo ha principiado pues todo esto?
Si volvía los ojos a la izquierda, tenía una visión sin obstáculos del amplio mar azul, lleno de olas que pasaban rodando junto a nosotros, unas tras otras, en la eterna persecución de un horizonte permanente en retirada. Si los volvía a la derecha, podía ver en la penumbra en la cabina que nos servía de hogar común, a un individuo barbudo, quien echado de espaldas leía a Goethe mientras jugaban descuidadamente los dedos de sus pies desnudos en el tejido de bambú del bajísimo techo de la primitiva cabina.
-Bengt- llamó, al mismo tiempo que ponía a un lado al loro, que se afanaba en trepar sobre mi libro diario-. ¿Me quieres decir cómo y por qué demonios hemos llegado a hacer este viaje?
Desapareció Goethe debajo de la barba rojiza.
-Tú debes saberlo mejor -continuó- porque fue tu maldita idea; pero... de todas maneras, creo que ésta ha sido grandiosa.
Llevó los dedos de los pies tres cañas mas arriba y siguió leyendo imperturbable. Afuera, otros tres sujetos trabajaban bajo un sol abrasador en la cubierta de bambú. Estaban medio desnudos con la piel bronceada y la barba crecida; tenían estrías de sal en las espaldas y parecía como si nunca hubieran hecho otra cosa que navegar en balsas hacia occidente a través del Pacífico.
En aquel momento apareció Erik, escurriéndose entre los mil obstáculos de la cubierta. Llevaba en las manos un sextante y un montón de papeles.
-¡Muchachos! -dijo-. Estamos a 98º 46' oeste y 8º 2' sur..., hemos hecho un gran recorrido desde ayer-. Tomó mi lápiz e hizo con él un pequeño círculo a continuación de otros diecinueve que formaban una cadena que se curvaba hacia el noroeste desde el Callao, en el Perú. Herman, Knut y Torstein se apiñaron también ansiosamente alrededor del mapa para ver el emplazamiento del nuevo círculo, que nos colocaba cuarenta millas más cerca de las islas del Mar del Sur que la última marca de la víspera.
-¿Lo veis, muchachos?, -decía Herman orgullosamente-. Esto significa que estamos a ochocientas cincuenta millas de la costa del Perú.
-Y que tenemos que recorrer Knut añadió socarronamente- otras tres mil quinientas para llegar a la más cercana de las islas.
-Y para ser más preciso -dijo Torstein-, estamos a cinco mil metros sobre el fondo del mar y a unas cuantas brazas debajo de la luna.
De manera, pues, que en aquel instante todos sabíamos dónde estábamos y yo podía seguir especulando sobre la razón y el por qué de esta situación. El único que no participaba de esta preocupación era el loro, cuyo solo deseo era hacer piruetas entre las cuerdas y los maderos.
El mar seguía tan redondo como siempre, en una eterna superposición de azul sobre azul con el del cielo.
¿Dónde había, pues, comenzado esto? Quizá fue durante el invierno anterior, en la oficina de un museo de Nueva York; o tal vez surgió en mi mente diez años atrás, en una pequeña isla del Archipiélago de las Marquesas, en medio del Pacífico. Era posible que arribáramos a la misma isla, a menos que el viento del nordeste nos arrojara más hacia el sur, en dirección de los Archipielagos de Tahití o de Tuamotú.
Con los ojos de la mente en los ya lejanos recuerdos de entonces, podía ver claramente aquella pequeña isla con sus rugosas montañas de color rojizo, y su vegetación selvática que descendía por las laderas hasta el mar, y sus esbeltas palmeras balanceándose a todo lo largo de la costa. La isla se llamaba Fatu Hiva; no existía tierra alguna entre ella y el lugar en que estábamos flotando ahora, a miles de millas. Yo podía ver el estrecho valle de Ouia que se abría hacia el mar y recordaba perfectamente cómo nos sentábamos en la playa una y otra noche mirando ese mismo mar sin fin. Estaba entonces acompañado de mi esposa, no como ahora por cinco piratas barbudos. Habíamos ido hasta allí a coleccionar toda clase de ejemplares vivos, de imágenes y otras reliquias de una cultura desaparecida.
Recordaba particularmente una noche. El mundo civilizado parecía incomprensiblemente remoto y utópico. Vivíamos en la isla desde hacía casi un año, habiendo abandonado por nuestra propia voluntad las cosas buenas y malas de la civilización. Éramos la única gente blanca del lugar. Habitábamos una pequeña cabaña construida por nosotros mismos bajo las palmas, a la orilla de la playa y nos alimentábamos de lo que la selva tropical y el Pacífico tenían para ofrecernos.
Esa noche, estábamos sentados -como lo habíamos hecho antes a menudo- a orillas del mar, bajo la luna. Plenamente conscientes y en medio del ambiente propicio al romance que nos rodeaba, no dejábamos escapar ninguna impresión; nos llenábamos respirando el aroma de la selva exuberante y del mar salado y oíamos el murmullo del viento entre las hojas y los penachos de las palmeras. A intervalos regulares, todos los ruidos eran dominados por las grandes olas que llegaban de mar adentro y se estrellaban espumantes contra las rocas de la costa, deshaciéndose en círculos blancos. Allí había estruendo, rumor y murmullo entre los millones de piedras brillantes, hasta que todo quedaba en calma otra vez cuando el mar se retiraba para acopiar nueva energía y lanzar un nuevo ataque a la costa invencible.
-Es extraño -decía mi esposa-, pero no hay rompientes con éstas al otro lado de la isla.
-No -le dije-, éste es el lado que se enfrenta al viento. El mar y el viento vienen siempre de ese lado.
Permanecimos sentados allí admirando el mar, que parecía empeñado en demostrar que venía del oriente, del oriente...,siempre del oriente. Allí estaban también presentes los vientos eternos del este, los alisios que mueven la superficie del mar y la levantan y la enroscan hacia adelante desde el horizonte oriental hasta aquí, hasta las islas. Aquí, el nunca perturbado avance del mar era finalmente detenido y desmenuzado contra el acantilado y los arrecifes, mientras el viento, rozando apenas la costa, las selvas y las montañas, continuaba imperturbable su rumbo al occidente, de isla en isla, hacia donde se pone el sol.
Así, desde la mañana del tiempo, las olas y las altas nubes que corren sobre ellas han avanzado siempre del oriente. Los primeros habitantes de las islas sabían esto cuando llegaron, y lo saben también los habitantes de ahora. Las aves marinas, de gran autonomía de vuelo, van siempre hacia el este en su diario viaje de pesca, para facilitar el regreso cuando, con el buche lleno y las alas cansadas, aprovechan el viento de levante, a su regreso al atardecer. Hasta los árboles y las flores dependen de las lluvias producidas por los vientos orientales y toda la vegetación crece en función de estos últimos. Nosotros, sentados en aquella playa, sabíamos que allá lejos, detrás del horizonte, hacia el oriente, se extendía la costa abierta de la América del Sur y que entre ella y nosotros no existía nada, solo cuatro mil millas de mar.
Mientras contemplábamos abajo el mar plateado por la luna y arriba el correr de las nubes, escuchábamos a un viejo medio desnudo que, sentado delante de nosotros, junto a las brasas de una hoguera casi extinguida, decía quedamente:
-Tiki... era jefe y era Dios. El trajo a mis antepasados a estas islas donde ahora vivimos. Antes, vivíamos en un gran país, allá, detrás del mar.
Movía con una caña los carbones para avivarlos y sentado en cuclillas seguía pensando. Vivía espiritualmente de antiguas tradiciones y seguía firmemente encadenado a ellas. Adoraba a sus antepasados y las hazañas que de ellos conocía, siguiéndolos hacia atrás en línea ininterrumpida hasta el tiempo de los dioses; y miraba hacia adelante con la esperanza de reunirse alguna vez con ellos. El viejo llamábase Tei Tetua y era el único sobreviviente de todas aquellas tribus extinguidas de la costa oriental de Fatu Hiva; no sabía su edad, pero su piel gruesa y morena surcada de arrugas parecía curtida por el sol y el viento durante cien años. Era uno de los pocos que en aquellas islas recordaba todavía las historias legendarias que sus padres y abuelos contaban del gran jefe y dios de la Polinesia, Tiki, Hijo del Sol.
Cuando aquella noche mi mujer y yo volvimos al lecho en nuestra pequeña cabaña, continuaban bullendo en mi cerebro, acompañadas por el rugiente estruendo del mar en la distancia, las historias del viejo Tei Tetua sobre Tiki y la tierra lejana de ultramar, cuna de los primeros habitantes de las islas.
El mar sonaba como una voz de tiempos remotos y parecía querer decir algo allá en el misterio de la noche. No pude dormir. Me parecía que el tiempo ya no existía y que Tiki y sus marinos estuvieran desembarcando en aquel momento en la superficie de la playa cercana.
De pronto se apoderó de mi un pensamiento y le dije a mi mujer:
-¿Te has fijado en que las grandes figuras de piedra de Tiki en la selva tienen marcada semejanza con los monolitos dejados por las extinguidas civilizaciones de la América del Sur?
Yo estoy seguro de que un rumor de aprobación llegó hasta mí desde las rompientes y se fue apagando lentamente cuando al fin me quedé dormido.
* * *
De manera, pues, que quizá fue así como comenzó esta aventura; pero en todo caso, así principiaron una serie de eventos que terminaron con nuestro embarque y el del loro a bordo de una balsa en las costas de la América del Sur.
Recuerdo el disgusto de mi padre y el asombro de mi madre y mis amigos cuando regresé a Noruega y después de entregar al Museo Zoológico de la Universidad mis frascos llenos de insectos y peces llevados de Fatu Hiva, manifesté que deseaba abandonar mis estudios sobre zoología para empezar el de los pueblos primitivos. Me habían fascinado los misterios aún no resueltos de los mares del sur, para los cuales debe existir una solución racional y me tracé un objetivo: la identificación del héroe legendario Tiki.
En los años que siguieron, las rompientes y las ruinas arqueológicas de la selva fueron para mí como un remoto y utópico sueño que formaba el telón de fondo y el acompañamiento de mis estudios sobre los pueblos del Pacífico. Aún cuando los pensamientos e inclinaciones del hombre primitivo no pueden ser juzgados apropiadamente por un estudiante de escritorio, se puede, sin embargo, a través de los anaqueles de libros y los mapas, viajar más amplia y libremente, más allá del tiempo y del horizonte, de lo que pudiera hacerlo un explorador moderno.
Los trabajos científicos y diarios de viaje de la época de las más antiguas exploraciones conocidas y las interminables colecciones de los museos de Europa y América, ofrecían una gran riqueza de material que podía ser utilizada en la solución del enigma que yo me había propuesto resolver. Desde que los hombres de nuestra propia raza llegaron a las islas del Pacífico después del descubrimiento de América, los investigadores de todas las ramas de la ciencia han acumulado un bagaje de información casi infinito sobre los habitantes de los mares del sur y de todos los pueblos que viven allí; pero jamás ha habido un acuerdo sobre el origen de los primeros habitantes de estas islas solitarias o la razón por la cual ese tipo se encuentra desparramado solamente sobre las islas de la parte oriental del Pacífico.
Cuando los primeros europeos se aventuraron a cruzar éste que es el más grande de todos los océanos, descubrieron con sorpresa que justamente en su área central había un cierto número de islas montañosas y chatos arrecifes de coral, aislados unos de otros y del resto del mundo en general, por vastas extensiones de mar. Cada una de estas islas estaba habitada por gentes que habían llegado antes que ellos; eran altos de talla y hermosos de tipo; salían a recibirlos a las playas acompañados de sus perros, y tenían junto a sus cabañas cerdos y gallinas. ¿De dónde habían venido? Hablaban un lenguaje que ningún otro pueblo conocía; y los hombres de nuestra raza, que descaradamente se llamaban los descubridores de las islas, encontraron campos cultivados y ciudades con templos y cabañas en cada una de las islas. Mas aún, en algunas de ellas encontraron viejas pirámides, caminos pavimentados y estatuas labradas en piedra, tan altas como un edificio de cuatro pisos. ¿Quiénes eran, pues, estas gentes y de dónde procedían? Faltaba la explicación a este misterio.
Se puede decir, sin temor a equivocarse, que las respuestas a tales enigmas son tan numerosas como los trabajos que se han hecho tratando de resolverlas. Los especialistas en los campos más diversos de la investigación han elaborado incontables teorías, pero sus afirmaciones han sido desmentidas posteriormente con argumentos lógicos, presentados por los expertos de otros sectores de investigación.



Se ha llegado a señalar seriamente como origen de las razas primitivas de la Polinesia a China, India, Japón, Arabia, Egipto, el Cáucaso, la Atlántida, y aun Alemania y Noruega; pero en cada caso ha surgido algún reparo de carácter decisivo que deja nuevamente la cuestión en toda su intrincada complejidad.
En el punto en que se detiene la ciencia, comienza el trabajo de la imaginación; y así, los misteriosos motolitos de la Isla de Pascua y todas las otras reliquias de origen desconocido encontradas en esta pequeñísima isla situada en el más completo aislamiento a la mitad de la distancia entre la más oriental de las islas del Pacífico y las costas de la América del Sur, han dado origen a toda clase de especulaciones. Muchos investigadores han hecho la observación de que lo encontrado en la Isla de Pascua recuerda en muchos aspectos las reliquias de la civilización prehistórica de la América del Sur. ¿Quién sabe si alguna vez existió un puente de tierra sobre el mar, que se hundió después? Quién sabe si la Isla de Pascua y las demás islas de los mares del sur que tienen monumentos de la misma clase, son lo único visible hoy de lo que fuera otrora un continente hundido en el Pacífico?
Esta última ha sido una teoría muy popular y desde luego una explicación aceptable para el hombre vulgar; pero los geólogos y otro hombres de ciencia no la favorecen. Algo más: los zoólogos prueban en la forma más simple, mediante el estudio de los insectos y caracoles encontrados en las islas de los mares del sur, que ellas han estado a través de toda la historia tan completamente aisladas una de otra y de los continentes que las rodean, como lo están al presente. Por consiguiente, sabemos con absoluta certeza que la raza original de la Polinesia debe haber venido alguna vez, voluntaria o involuntariamente, a estas remotas islas, flotando a la deriva o navegando a la vela. Un examen cuidadoso de los habitantes de los mares del sur muestra que no pueden haber pasado muchas centurias desde que ocurrió tal cosa porque aun cuando los polinesios viven desparramados sobre un área de mar cuatro veces más grande que Europa entera, no han cambiado, sin embargo, de lenguaje en las diferentes islas. Hay miles de miles de millas de por medio entre Hawai en el norte y Nueva Zelanda en el sur, desde Samoa en el oeste hasta hasta la isla de Pascua en el este; y, sin embargo, todas estas tribus aisladas hablan dialectos de un leguaje común, que nosotros hemos llamado polinesio.
La escritura era desconocida en todas las islas, con excepción de algunas tablillas encontradas en la isla de Pascua, donde hay grabados jeroglíficos incomprensibles que los nativos han conservado cuidadosamente, a pesar de que ni ellos ni nadie ha podido descifrarlos. Por otro lado, ellos tenían escuelas cuya función esencial era la enseñanza poética de la historia que, en Polinesia, era lo mismo que la religión. El pueblo adoraba a sus antepasados en sucesión retrospectiva hasta Tiki, del cual se decía que había sido hijo del sol.
Casi sin excepción, en cada una de las islas, los hombres ilustrados podían enumerar los nombres de sus jefes hasta el momento de su población original. Para ayudar su memoria usaban un complicado sistema de nudos hechos en cuerdas retorcidas, tal como lo hacían en el Perú en el tiempo de los Incas. Hombres de ciencia modernos han coleccionado estas diversas genealogías locales de cada isla y han encontrado que están de acuerdo con asombrosa exactitud, tanto en los nombres como en el número de generaciones; y así se ha podido elegir, tomando como promedio de una generación polinesia veinticinco años, que las islas de los mares del sur no estaban pobladas quinientos años antes de la era cristiana. Una nueva ola de cultura y una nueva cadena de jefes demuestra que otra migración posterior llegó a las islas a los mil cien años de nuestra era.
¿De dónde podían haber llegado estas migraciones? Muy pocos investigadores parecen haber tomado en consideración el factor decisivo de que estos pueblos que llegaron a las islas en fecha tan tardía eran gentes de la más pura Edad de Piedra. A pesar de su inteligencia y de su elevada y sorprendente cultura en muchos otros aspectos, estos hombres del mar trajeron consigo cierto tipo primitivo de hachas y otras herramientas características de la Edad de Piedra, que esparcieron en todas las islas a donde llegaron. No debemos olvidar esto, pues aparte de pequeñas tribus aisladas que habitaban las selvas primitivas y de ciertas razas retrasadas, no había en el mundo entero culturas de alguna capacidad reproductiva que estuvieran aún en la Edad de Piedra de quinientos a mis cien años de la Era Cristiana, como no fuese en el Nuevo Mundo. En él, aún las más altas civilizaciones indias eran totalmente ignorantes en el uso del hierro y utilizaban, en el tiempo de las exploraciones, hachas de piedra y herramientas del mismo tipo de aquellas usadas en las islas de los mares del sur.
Estas numerosas civilizaciones indias eran, hacia el oriente, los vecinos más cercanos de los polinesios. Hacía occidente vivían solamente los pueblos primitivos de piel obscura de Australia y Melanesia, parientes distantes de los negros; y todavía más lejos, estaban la Indonesia y las costas del Asia, donde la Edad de Piedra había ya pasado mucho antes quizá que en ninguna otra parte del mundo.
Así, pues, mis sospechas y mi atención fueron abandonando más y más el viejo mundo, donde tantos han buscado y nadie ha encontrado nada, dirigiéndome entonces a escudriñar en las en las conocidas y desconocidas civilizaciones de América que nadie hasta aquí había tomado en consideración. En la costa más cercana hacia el oriente, donde se levanta la República sudamericana del Perú desde el Pacífico hasta las altas montañas y más allá, no faltan ciertamente datos si uno se da el trabajo de buscarlos. Allí ha vivido alguna vez un pueblo desconocido, el cual estableció una de las más extrañas civilizaciones, desapareciendo de pronto mucho tiempo atrás, como si hubiera sido barrido de la superficie de la tierra. Ese pueblo dejó detrás de si enormes estatuas de piedra labradas en forma de imágenes humanas que recuerdan aquellas encontradas en Pitcaum, en las Marquesas o en la Isla de Pascua. Dejó también grandes pirámides construidas en escalones como aquellas de Tahiti y Samoa. Estos artífices cortaban de las altas montañas grandes bloques de piedra del tamaño de vagones de ferrocarril y de pesos monstruosos con simples hachas de piedra, y los transportaban por muchos kilómetros a través de los campos, colocando las estatuas de pie y los bloques uno sobre otro para formar portadas, muros enormes y terrazas, exactamente como las encontradas en algunas de las islas del Pacífico.
Los Incas tenían su gran imperio en ese país montañoso cuando los primeros monumentos colosales que permanecían abandonados en el paisaje, habían sido erigidos por una raza de dioses blancos que vivieron allí antes de que los Incas mismos se hubieran convertido en gobernantes. Describían a esos desaparecidos arquitectos como hombres sabios, pacíficos instructores que, habiendo venido originalmente del norte muchos siglos atrás, en la mañana del tiempo, habían enseñado a los primitivos antepasados de los Incas arquitectura y agricultura así como también modales y costumbres. Se diferenciaban de los otros habitantes por su piel blanca y luengas barbas y por que eran también más altos. Finalmente, decían que desaparecieron tan repentinamente como habían llegado; sólo entonces tomaron los Incas el poder en el país y los maestros blancos partieron para siempre desde las costas del Pacífico, huyendo hacia el occidente a través del océano.
Ahora bien, cuando los europeos llegaron a las islas del Pacífico, se quedaron sorprendidos de que muchos de los nativos tuvieran la piel casi blanca y fueran barbudos. En muchas de las islas había familias enteras notables por la marcada palidez de la piel y por el color del cabello que variaba de rojizo a rubio, ojos grises azulados y narices en gancho casi semíticas. En contraste con éstos, los genuinos polinesios tienen la piel oscura y bronceada, cabello negrísimo y la nariz más bien achatada. Los individuos de cabello rojizo se llamaban ellos mismos "urukehu" y decían que eran descendientes de los primeros jefes de las islas que fueron entonces dioses blancos, tales como Tangaroa, Kane y Tiki. En toda la Polinesia existen leyendas de los misteriosos hombres blancos de los cuales descendían originalmente los isleños. Cuando Roggeveen descubrió la Isla de Pascua en 1722, se quedó sorprendido por lo que él mismo llamó los "hombres blancos", entre aquellos que salieron a recibirle en la playa. Los habitantes de la Isla de Pascua podían seguir la cuenta de sus antepasados de piel blanca, sin interrupción, hasta el tiempo de Tiki y Hotu Matua que decían haber venido navegando a la vela a través del mar, desde "un país montañoso en el oriente el cual estaba calcinado por el sol".
A medida que continuaba mi investigación, encontré en el Perú rastros sorprendentes de cultura, mitología y lenguaje, que me empujaban a seguir investigando más y más profundamente y con mayor concentración en mi empeño de identificar al dios Tiki de las tribus de la Polinesia.
Un día encontré lo que estaba buscando. Estudiaba las leyendas incaicas del Rey-Sol Viracocha, el personaje supremo del fabuloso pueblo blanco del Perú, cuando me di con lo siguiente:
"...Viracocha es un hombre inca (quichua) y por consiguiente de una época relativamente reciente. El nombre original del Dios-Sol Viracocha, que parece haber sido usado en el Perú en los tiempos antiguos, fue Kon-Tiki o Illa-Tiki, que quiere decir Sol Tiki o Fuego Tiki. Kon-Tiki era sumo sacerdote y Rey-Dios de los legendarios hombres blancos de que hablaban los Incas, que habían dejado ruinas ciclópeas en las orillas del Lago Titicaca. La leyenda cuenta que los misteriosos hombres blancos de las barbas fueron atacados por un jefe llamado Cari, quien llegó del valle de Coquimbo y que en una batalla librada en una de las islas del Lago Titicaca, esta raza magnífica fué destruida, pero que Kon Tiki mismo y sus más cercanos compañeros, escaparon y bajaron más tarde a las costas del Pacifico, desde donde finalmente desaparecieron, yendo hacia occidente por el mar..." Entonces, ya no tuve más dudas de que el Jefe Dios blanco, Tiki, hijo del sol, a quien según las declaraciones de los Incas, sus antepasados habían arrojado del Perú hacia el Pacífico, era idéntico al Jefe-Dios blanco Tiki, hijo del sol a quién adoraban los habitantes de todas las islas del Pacífico y consideraban como el fundador original de su raza. Más aún, los detalles de la vida de Sol-Tiki en el Perú y los nombres de antiguos lugares alrededor del Lago Titicaca, crecian y tomaban nueva vida en las leyendas históricas que corrían entre los nativos de las islas del Pacífico.
Encontré en toda la Polinesia indicios de que la raza pacífica de Kon-Tiki no habría sido capaz por sí sola de mantener sus islas por largo tiempo. Había indicaciones de que canoas guerreras tan grandes como los barcos de los Vikings, acopladas de dos en dos, habían llegado trayendo indios del noroeste del Nuevo Mundo a través del mar hasta Hawaii y más hacia el sur a todas las otras islas. Estos nuevos invasores mezclaron su raza con la de Kon Tiki y trajeron una nueva civilización al reino de las islas. Este fue, pues, el segundo pueblo de la Edad de Piedra que llegó a Polinesia sin metales, sin arte cerámico, sin la rueda, sin telares, ni cultivo de cereales alrededor de los mil cien años de nuestra Era Cristiana.
Estaba yo en la costa noroeste de la Columbia británica, en Canadá, excavando en un paraje habitado por indios estatuas de piedra labrada de estilo polinesio antiguo, cuando los alemanes invadieron Noruega en 1940.
* * *
Después... ¡flanco derecho! ¡flanco izquierdo! ¡de frente! ¡marchen!... Lavado y fregado de las escaleras y cuadras del cuartel, limpieza de botas, escuela de radio, escuela de paracaídas y finalmente un día, el convoy de barcos de Murmansk a Finnmark donde el dios de la guerra técnica reinaba en ausencia del dios sol durante todo el invierno.
Llegó al fin la paz y un día completé mi teoría. Para llevarla adelante, debía ir a América...
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