CAPITULO II

NACE UNA EXPEDICION

Entre especialistas. - En el Hogar de los Marineros. - Ultimo Recurso. - El Club de los Exploradores. - El nuevo equipo. - Encuentro un compañero. - Un triunvirato. - Un pintor y dos saboteadores. - A Washington. - Conferencia con el Departamento de Guerra. - Un desiderátum. - Problemas económicos. - Con diplomáticos de las Naciones Unidas. - Volando al Ecuador.



La primera idea de la expedición había surgido, pues, diez años atrás; junto a una hoguera, en una pequeña isla del Pacífico del Sur, donde un viejo nativo se sentaba a contarnos leyendas e historias de sus tribu. Muchos años después, me sentaba yo con otro viejo, pero esta vez, en su obscura oficina situada en uno de los pisos altos de un gran museo de Nueva York.

Alrededor nuestro, en cajas de vidrio muy bien ordenadas, había fragmentos de cerámica del pasado, huellas conductoras hacia la penumbra de la antigüedad. Las paredes se veían repletas de libros. Algunos de ellos escritos por un hombre y tal vez apenas leídos por diez. El viejo que no sólo los había leído a todos sino escrito algunos de ellos, estaba sentado detrás de su mesa de trabajo; tenía la cabellera blanca y una bondadosa expresión de buen humor. Sin embargo, esta vez yo habría asegurado que su estado de ánimo era poco acogedor, pues de pronto asiéndose de los brazos del sillón, me miró nerviosamente como si lo hubiera interrumpido en un juego de solitario y me dijo:

-¡No..., nunca!

Yo me imaginé que sería igual la reacción de Papá Noel si alguien le dijera que la Pascua debía ser en julio.

-Está usted equivocado..., absolutamente equivocado -dijo moviendo la cabeza con indignación, como si quisiera arrojar la idea muy lejos.

-Pero no ha leído usted todavía mis argumentos -le dije señalando lleno de esperanza el manuscrito que estaba sobre la mesa.

-¿Argumentos...! -repitió.- No es posible tratar problemas etnográficos como si se tratara de una novela policial.

-¿Por qué no? -le dije. -Yo he basado mis conclusiones sobre mis propias observaciones y sobre hechos que la ciencia ha comprobado.

-La finalidad de la ciencia -me contestó tranquilamente- es la investigación pura y simple y no el tratar de probar esto o aquello.

Empujó suavemente a un lado el manuscrito e inclinándose sobre la mesa me dijo:

-Es verdad que la América del Sur ha sido la sede de algunas de las más extrañas civilizaciones de la antigüedad y que nosotros no sabemos ni quiénes fueron sus hombres ni por dónde desaparecieron cuando los Incas se apoderaron del país; pero sí sabemos una cosa con certeza, y es que ninguno de esos pueblos de la América del Sur llegó a las islas del Pacífico.

Me miró inquisitivamente y continuó:

-¿Sabe por que?... La respuesta es suficientemente simple... ¡Ellos no podían llegar porque no tenían barcos!

-Tenían balsas -le dije con cierta vacilación-. Bien lo sabe usted; tenían embarcaciones hechas de madera de balsa.

El viejo se sonrió y dijo con toda calma:

-Bueno, si quiere, puede intentar un viaje del Perú a las islas del Pacífico en una balsa.

No encontré nada que decirle. Estaba atardeciendo y nos levantamos ambos. Palmeándome bondadosamente en el hombro mientras me despedía, me dijo el viejo que si deseaba ayuda no tenía sino que volver a verlo, pero que debía en el futuro especializarme en Polinesia o América y no mezclar estas dos áreas antropológicas. Regresó hacia la mesa diciéndome:

-Ha olvidado esto-, y me entregó mi manuscrito. Miré el título, "Polinesia y América. Un estudio sobre relaciones prehistóricas". Puse el manuscrito bajo mi brazo y salí a la calle mezclándome con la multitud.

Aquella misma tarde fui a llamar a la puerta de un antiguo departamento en un rincón apartado de Greenwich Village. Cada vez que mi vida se encontraba atormentada por mis pequeños problemas, me gustaba llevarlos allí en busca de consejo.

Un hombrecito pequeño de nariz aguileña entreabrió la puerta y al reconocerme la abrió de par en par con una amplia sonrisa, y me hizo pasar. Me llevó directamente a la cocina donde me hizo arreglar platos y cubiertos mientras él mismo doblaba la cantidad de un menjunje indefinible, pero de olor apetitoso que estaba preparando en la cocina de gas.

-Muy amable por venir a verme -me dijo-. ¿Cómo va eso?

-Pésimamente -le contesté-, nadie quiere leer el manuscrito.

Sirvió el menjunje y comenzamos a saborearlo.

-Así son las cosas -dijo-. Todas las personas que ha visto usted creen que su idea es simplemente pasajera. Aquí en América..., la gente concibe tantas ideas extrañas.

-Y además hay otra cosa -dije yo.

-Sí -dijo interrumpiéndome-, la forma como ha enfocado el problema. Ellos son especialistas..., la totalidad de ellos... y no creen en un método de trabajo que toque todos los campos de la ciencia desde la botánica hasta la arqueología. Los americanos limitan su propio campo, con el fin de hacerse capaces de hurgar en las más remotas profundidades con más concentración en busca de detalles... La investigación moderna exige que cada ramo especial haga excavaciones en su propio agujero y no es cosa común que alguien tome el producto de todas esas indagaciones y trate de arreglarlas en un conjunto.

Se levantó y tomó un pesado manuscrito.

Mire esto -dijo-. Mi último trabajo sobre el diseño de los pájaros en los bordados de los aldeanos chinos... Me costó siete años, pero fue inmediatamente aceptado para su publicación. Aquí necesitan la investigación especializada.

Carl tenía razón; pero resolver los problemas del Pacífico sin arrojar sobre ellos luz desde todos los ángulos era, o por lo menos a mi me parecía, como tratar de resolver un rompecabezas utilizando solamente las piezas de un mismo color.

Limpiamos la mesa y siguiendo una vieja y equitativa costumbre americana, lo ayudé a lavar y secar los platos.

-¿Nada nuevo de la Universidad de Chicago?

-No.

-¿Pero qué le ha dicho hoy su viejo amigo en el museo?

-Ni siquiera estaba interesado -murmuró-. Me ha dicho que puesto que los indios tenían solamente embarcaciones de balsa, era pueril considerar la posibilidad de que hubieran podido descubrir las islas del Pacífico.

El hombrecillo comenzó súbitamente a refregar furiosamente un plato como dándose valor y dijo finalmente:

-Si..., para decirle la verdad, a mi también me parece una objeción muy seria y práctica a su teoría.

Miré tristemente al pequeño etnólogo en quien yo creía contar con un aliado decidido.

-Pero no me interprete usted mal -se apresuró a decir-. En cierta forma yo creo que usted tiene razón, pero por otra parte parece la cosa tan incomprensible... Mi trabajo sobre diseños está en apoyo de su teoría.

-Carl, le dije, estoy tan seguro de que los indios cruzaron el Pacífico en sus balsas, que ardo en deseos de construir yo mismo una de la misma clase y cruzar el mar, justamente para probar que es posible.

-¡Está usted loco!... ¿Una balsa?

No sabía qué decirme y se limitaba a mirarme con extraña expresión, como esperando siquiera una sonrisa que le mostrara que yo estaba bromeando.

Pero no vio ninguna. Quedé convencido de que en la práctica nadie aceptaría mi teoría debido al aparentemente infinito espacio de agua entre el Perú y la Polinesia, que yo estaba tratando de cruzar sin ninguna otra ayuda que una balsa prehistórica.

Carl me miró lleno de incertidumbre y me dijo:

-Ahora nos vamos afuera a tomar un trago.

Fuimos efectivamente y tomamos cuatro.

* * *

Aquella semana no pude pagar el alquiler de la casa y al mismo tiempo recibí una carta del banco de Noruega informándome de que no podría recibir más dólares por restricciones de cambio. Tomé, pues, mis maletas y me fui en el subterráneo a Brooklyn, dirigiéndome al "Hogar de los Marinos Noruegos" ("Norwegian Sailors' Home"), donde la comida era buena y sustanciosa y los precios de acuerdo con mi bolsillo. Alquilé un pequeño cuarto en el segundo o tercer piso, pero hacía mis

comidas con todos los hombres de mar en un gran comedor del piso bajo.

Los marineros entraban y salían. Había una gran variedad en su tipo, en su estatura y en el grado de sobriedad, pero todos tenían una cosa en común: cuando hablaban del mar, sabían ciertamente lo que estaban diciendo. Yo aprendí de ellos que las olas y las bravezas no se aumentaban ni con la profundidad del mar ni con la distancia de la costa; que al contrario, los chubascos eran más traicioneros a lo largo de la costa que en mar abierto; y que los bajíos y resacas o las corrientes oceánicas cerca de la playa podían formar un oleaje embravecido que era raro encontrar en alta mar. Un barco que puede mantenerse bien a lo largo de la costa, puede hacerlo igualmente bien afuera. También aprendí que en alta mar los grandes barcos tenían tendencia a cabecear, embarcando grandes masas de agua que al correr sobre la cubierta torcían las barras de acero como si fueran alambre, mientras que una embarcación pequeña en el mismo mar sufría a menudo mucho menos porque tenía cabida entre las líneas sucesivas de olas bailando libremente sobre ellas como las gaviotas. Hablé con marineros que habían salido con bien en pequeños botes después que las olas habían hundido sus grandes barcos.

Pero estos hombres sabían muy poco de balsas. Una balsa que no era propiamente un barco, no tenía quilla ni mamparos de defensa, era algo destinado simplemente a flotar y en donde podía uno salvarse en caso de emergencia hasta que fuera recogido por alguna otra embarcación. Uno de aquellos hombres, sin embargo, tenía un gran respeto por ese tipo de embarcaciones en alta mar; había estado flotando durante tres semanas, después que un submarino alemán hundió su barco con un torpedo en medio del Atlántico.

-Pero, no se puede dirigir una balsa -decía-. Se va de costado o hacia atrás o se da vueltas, según como la toma el viento.

En la biblioteca me puse a escudriñar entre los informes dejados por los primeros europeos que habían llegado a las costas del Pacifico en la América del Sur. Allí en realidad no faltaban diseños o descripciones de las grandes embarcaciones de madera de balsa de los indios. Estas tenían una vela cuadrada, una orza de deriva y un gran remo timón en la popa, de manera que podían ser maniobradas.

Pasé varias semanas en el Hogar de los Marinos sin recibir respuesta de Chicago o de otras ciudades a las cuales había copias de mi manuscrito. Nadie lo había leído.

Entonces, un sábado, me armé de valor y me dirigí a la tienda de un abastecedor de buques en Water Street. Allí, después de comprar una carta de piloto del Pacífico, fui políticamente tratado de "capitán". Con la carta enrollada bajo el brazo, tomé el tren suburbano a Ossining donde yo era huésped habitual en los fines de semana de una pareja de noruegos recién casados, quienes tenían un sitio encantador en el campo. El dueño de casa había sido capitán de mar y ahora era gerente de oficina de la Fred Olsen Line en Nueva York.

Después de un refrescante baño en la piscina, la vida de la ciudad quedaba olvidada por el resto del fin de semana; y cuando Ambjorg trajo la bandeja con los aperitivos, nos sentamos en la piedra bajo el ardiente sol. No pudiendo contenerme por más tiempo, extendí en el suelo el mapa y le pregunté a Wilhelm si creía que una balsa podría llevar hombres con vida desde el Perú hasta las islas del Mar del Sur.

Cogido de improviso, me miró más que al mapa, pero replicó inmediatamente en forma afirmativa. Me sentí tan aliviado de peso como si hubiera dejado caer de mis hombros un fardo de cien kilos, pues yo sabía que para Wilhelm todo lo que se relacionaba con la navegación y el mar era a la vez su trabajo y su ocupación favorita. Le hice conocer inmediatamente mis planes; pero, con gran asombro de mi parte, me declaró que la idea era una perfecta locura.

-Pero tu me acabas de decir que creías que era posible-, le dije interrumpiéndole.

-Ciertamente, -admitió-; pero las posibilidades de fracasar son igualmente grandes. Tú jamás has estado en una embarcación de balsa y de pronto se te ocurre cruzar el Pacífico en una. Qué puedas realizarlo, quizá no. Los antiguos habitantes del Perú tenían generaciones de experiencia en su construcción. Tal vez diez balsas se iban al fondo por cada una que lograba pasar o tal vez cientos en el curso de centurias. Como tu mismo dices, los Incas navegaban en el mar abierto con flotas completas de estas embarcaciones de madera de balsa, y en esta forma, si algo iba mal, los náufragos podían ser salvados por la balsa más cercana. Pero a ti ¿quién te va a recoger en medio del océano? Aun si llevaras aparato de radio para usarlo en caso de emergencia, no creas que sería fácil localizar una pequeña balsa entre las olas a miles de millas de la costa. En una tormenta puedes ser barrido de la cubierta y hundido cien veces antes de que nadie llegue hasta ti. Mejor será que te quedes tranquilo aquí hasta que alguien tenga tiempo de leer tu manuscrito. Escríbeles otra vez animándoles; sería bueno que no lo hicieras.

-No puedo esperar más tiempo. Muy pronto ya no me quedará un céntimo.

-Entonces, vienes a esta casa y te quedas con nosotros. Y a propósito: ¿Cómo piensas que puedes organizar una expedición desde la América del Sur sin dinero?

-Es más fácil interesar a la gente en una expedición que en un manuscrito que no ha sido leído.

-Pero, ¿qué vas a ganar con eso?

-Destruir uno de los argumentos de más peso contra la teoría. Esto aparte de que la ciencia le prestará alguna atención a este asunto.

-Pero, ¿y si las cosas van mal?

-En ese caso, no habré probado nada.

-Entonces arruinarías tu propia teoría ante los ojos de todo el mundo, ¿no es cierto?

-Tal vez; pero es lo mismo. Uno de cada diez puede haber pasado antes que nosotros, como tú lo dices.

en eso llegaron los niños a jugar "croquet" y no discutimos más el asunto aquel día.

Al siguiente fin de semana regresé a Ossining con el mapa debajo del brazo. Cuando volví a la ciudad, había en el mapa una larga línea trazada con lápiz desde el Perú hasta las islas de Tuamotú en el Pacífico. Mi amigo el capitán, perdida la esperanza de hacerme abandonar la idea, se había sentado conmigo durante varias horas trabajando sobre la probable velocidad de la balsa.

-Noventa y siete días -dijo Wilhel-, y recuerda que esto es sólo teóricamente en condiciones ideales, con viento favorable todo el tiempo y dando por seguro que la balsa pueda ir a la vela como dices que puede hacerlo. En realidad, tú debes en definitiva habituarte a la idea de hacer el viaje en cuatro meses y estar preparado para un buen número de días más.

Muy bien, -dije con optimismo-; vamos a poner cuatro meses por lo menos, pero lo vamos a hacer en noventa y siete días.

Mi cuartito del Hogar de los Marinos me pareció aquel día el doble de acogedor cuando al regresar esa noche me senté al borde de la cama con la carta marina. Medí con mis pasos todo el espacio que dejaban libre la cama y la cómoda. "¡Oh, si, la balsa será mucho más grande que este cuarto!" Y me asomé a la ventana para echar una mirada al cielo estrellado de la remota gran ciudad que solo podía ver hacia arriba en el espacio limitado por las altas paredes del patio. Si no hay ás que un espacio muy pequeño en la balsa, de todas maneras habrá sitio para mirar al cielo y todas sus estrellas sobre nosotros.

En el lado oeste, en la calle Setenta y dos, cerca del Parque Central, está uno de los clubes más exclusivos de Nueva York. Para mostrar a los viandantes que dentro de esa casa hay algo fuera de lo común, no hay sino una pequeña y bien pulida placa de bronce que dice: "Club de los Exploradores". Pero una vez adentro, parecía que uno ha dado un salto en paracaídas sobre un mundo extraño, a miles de kilómetros de las líneas de automóviles que flanquean los rascacielos de Nueva York. Cuando la puerta que da a la ciudad se cierra detrás de uno, el visitante se siente sumergido en una atmósfera de cacería de leones, de alpinistas escaladores de montañas y de vida polar. Cuando los miembros del club se reúnen para comer o para oír conferencias sobre países lejanos, están rodeados de trofeos, de hipopótamos y renos, fusiles de caza mayor, colmillos, tambores de guerra y lanzas, alfombras indias, ídolos y modelos de barcos y banderas y fotografías y mapas.

Después de mi viaje a las islas Marquesas, fui elegido miembro activo del club; y como socio más joven, rara vez perdía una reunión si estaba en la ciudad. Así pues, cuando esta vez entré al club en una noche lluviosa de noviembre, no me sorprendió en absoluto encontrar el club preparado para una de estas extrañas sesiones. En el centro del piso había una balsa de caucho inflada conteniendo raciones y accesorios, las paredes y mesas estaban cubiertas de paracaídas, vestidos de caucho, chalecos salvavidas y equipos polares. Había también balcones para destilación de agua y otras curiosas invenciones. El Coronel Haskin que acababa de ser elegido miembro del club y que pertenecía al Laboratorio de Equipo del Comando de Material del Aire, iba a dar una conferencia y a demostrar cierto número de nuevas investigaciones militares las cuales, pensaba, serían en el futuro de gran utilidad en las expediciones científicas tanto en el hemisferio norte como en el sur.

Después de la conferencia hubo una acalorada discusión. El bien conocido explorador polar danés Peter Freuchen, alto y fornido, se levantó con una escéptica sacudía de su gran barba. Dijo no tener fe en esas patentes noveleras. Personalmente, él había usado una vez uno de esos botes de caucho en una de sus expediciones en Groenlandia, en lugar de utilizar un "kayak" y un "igloo" esquimal, y por poco le había costado la vida. Primero, se había helado casi hasta morir en una tormenta de nieve cuando el cierre relámpago para clausurar la tienda se heló impidiéndole penetrar a ella; en otra ocasión, habiendo salido a pescar, el anzuelo perforó el bote de caucho inflado, al cual vio desaparecer bajo sus pies como una alfombra. Con un amigo esquimal lograron llegar a tierra, esta vez en un "kayak" que vino en su ayuda. Estaba seguro de que no había un inventor moderno que pudiera sentarse en su laboratorio y pensar en algo mejor que lo que la experiencia de miles de años había enseñado a los esquimales para usarlo en sus propias regiones.

La discusión terminó con un sorprendente ofrecimiento del Coronel Haskin. Los miembros activos del club, en sus próximas expediciones, podrían usar si lo querían cualquiera de las nuevas invenciones que les había mostrado, con la sola condición de que hicieran conocer a su laboratorio lo que pensaban de ella a su regreso.

Aquella noche fui el último en abandonar las salas del club. Me pasé mirando hasta el mínimo detalle de esta novísimo equipo que había caído tan repentinamente entre mis manos y que estaba a mi disposición con sólo solicitarlo. Era exactamente lo que yo necesitaba; un equipo con el cual podríamos probar de salvar nuestras vidas si, contrariamente a nuestras expectativas, la balsa mostrara signos de romperse y no hubiera otras embarcaciones iguales juntos a nosotros.

Mis pensamientos estaban todavía ocupados en este equipo a la hora del desayuno en el Hogar de los Marineros a la mañana siguiente, cuando un joven muy bien vestido y de aspecto atlético entró llevando una bandeja con su desayuno y se sentó en la misma mesa que yo. Principiamos a conversar y resultó que él tampoco era un hombre de mar, sino un ingeniero educado en la Universidad de Trondheim que había venido a América para comprar maquinaria, repuestos y adquirir experiencia en la técnica de refrigeración. Vivía bastante cerca de allí y a menudo iba al Hogar de los Marineros solamente atraído por la buena calidad de la cocina noruega en ese lugar.

Me preguntó lo que estaba haciendo, y entonces le hice un breve resumen de mis planes. Le dije que si no recibía una respuesta definitiva sobre mi manuscrito antes del fin de semana, daría los pasos necesarios para comenzar mi expedición en la balsa. Mi compañero de mesa no decía gran cosa pero me escuchaba con gran interés.

Cuatro días más tarde nos volvimos a encontrar en el mismo comedor.

-¿Decidió usted ya, si va a hacer el viaje? -me preguntó.

-Sí, -le dije, me voy.

-¿Cuando?

-Tan pronto como sea posible. Si pierdo más tiempo ahora, principiarán las tormentas del Antártico y también la estación de los huracanes en las islas. Yo debo salir del Perú en unos pocos meses, pero antes tengo que conseguir dinero y dejar todo este asunto debidamente organizado.

-¿Cuántos hombres habrá en la expedición?

-He pensado en llevar un total de seis. Esto dará cierta amplitud a nuestra sociedad a bordo de la balsa, y es el número indicado para los cambios de cuatro horas de guardia durante las 24 horas.

Se quedó pensando uno o dos minutos como si estuviera madurando una decisión y de pronto dijo enfáticamente:

-¡Demonios, cómo me gustaría estar allí! Yo podría encargarme de tomar medidas técnicas y hacer las pruebas. Naturalmente, hay que apoyar las experiencias con mediciones precisas de los vientos, de las corrientes y las olas. Recuerde que va a cubrir vastas extensiones de mar que son prácticamente desconocidas, puesto que quedan fuera de las rutas marinas. Una expedición como ésta puede hacer interesantes investigaciones hidrográficas y meteorológicas. Yo puedo hacer un buen uso de mi termodinámica.

Yo no sabía nada de este hombre, sino lo que podía decirme la franca expresión de su cara. Pero ello era bastante.

-Muy bien, -le dije, nos iremos juntos.

Se llamaba Herman Watzinger y era tan hombre de mar como yo.

Unos pocos días después llevé a Hernán al Club de los Exploradores, y una vez allí nos dirigimos directamente al explorador polar Peter Freuchen. Freuchen tenía la bendita cualidad de no desaparecer jamás entre una multitud; tan alto como la torre de una iglesia y con una espesa barba, parecía un mensajero de las llanuras de Siberia. Lo rodeaba una atmósfera especial; era como si llevara dentro de sí un gigantesco oso pardo.

Lo llevamos hasta un enorme mapa que colgaba de la pared y le dijimos de nuestros planes para cruzar el Pacífico en una balsa india. Sus ojos azules de niño crecían de entusiasmo a medida que nos escuchaba. Entonces, golpeó el suelo con el pie y se ajustó el cinturón varios puntos.

-¡Muchachos del demonio! Me gustaría ir con vosotros.

El veterano viajero de Groenlandia, llenó nuestros vasos de cerveza y principió a hablarnos de su confianza en las embarcaciones de los pueblos primitivos y en la habilidad de éstos para sacar ventaja, adaptándose a la naturaleza, en el mar y en la tierra. El mismo había viajado en balsas a favor de la corriente en los grandes ríos de Siberia y había también remolcado nativos en balsas detrás de su buque a lo largo de las costas del Ártico. A medida que hablaba, se acariciaba la barba y nos decía que íbamos ciertamente a tener un viaje entretenidísimo.

Con el decidido apoyo de Freuchen a nuestro plan, el engranaje de este asunto comenzó a marchar a una peligrosa velocidad y muy pronto llegó hasta las páginas impresas de la "Scandinavian Press" y justamente a la mañana siguiente oí que golpeaban violentamente a la puerta de mi cuarto en el Hogar de los Marineros; se me solicitaba en el teléfono que estaba en un corredor del primer piso. El resultado de la conversación fue que, esa misma tarde, Hernán y yo tocábamos el timbre a la puerta de un departamento en un barrio residencial de la ciudad. Fuimos recibidos por un joven muy bien vestido que usaba unas zapatillas de charol y llevaba sobre un traje azul una bata de seda. Daba una impresión de delicadeza y nos presentó sus excusas pues, estando resfriado, llevaba con frecuencia un pañuelo perfumado a la nariz. Sin embargo, sabíamos que este muchacho se había hecho un nombre destacado en América por sus hazañas como aviador durante la guerra. Además de nuestro dueño de casa aparentemente delicado, había allí dos enérgicos y vivaces periodistas que rebosaban actividad y daban ideas. Nosotros conocíamos a uno de ellos como hábil corresponsal.

Nuestro invitante nos explicó mientras consumíamos una botella de whisky, que estaba interesado en nuestra expedición y nos ofreció conseguir el capital necesario, si nosotros consentíamos en escribir artículos para los periódicos y dar conferencias en distintos lugares a nuestro regreso. Llegamos finalmente a un convenio y bebimos una última copa por la cooperación entre los que respaldaban la expedición y aquellos que tomarían parte en ella. Desde entonces todos nuestros problemas económicos estarían resueltos; nuestros protectores se encargarían de ellos sin dejar que siguieran atormentándonos. Herman y yo debíamos principiar inmediatamente a reclutar la tripulación, conseguir el equipo, construir la balsa y partir antes de que principiara la estación de los huracanes.

Al día siguiente Herman renunció a su colocación y principiamos a trabajar seriamente en nuestra empresa. Yo había ya obtenido la promesa del laboratorio de investigaciones del Comando de Material del Aire, de enviarme todo lo que yo quisiera y más, por intermedio del Club de los Exploradores. Ellos decían que una expedición como la nuestra era ideal para la prueba de su equipo. Esto era un magnifico principio. Nuestros pasos más importantes debían ser por ahora cuatro hombres que quisieran ir con nosotros en la balsa y obtener aprovisionamiento para el viaje.

Seleccionar un grupo de hombres que debían convivir en una balsa, era asunto muy importante, de otra manera, podría haber dificultades a aun motines después de un mes o más de aislamiento en el mar. Yo no deseaba tripular la balsa con hombres de mar; estos apenas podrían saber algo más que nosotros en lo relacionado con la navegación de una balsa y no deseaba tener discusiones posteriormente cuando hubiéramos terminado el viaje. Desde luego, hacíamos esto porque nos considerábamos mejores hombres de mar que los viejos constructores de balsas en el Perú. Sin embargo, deseábamos tener a bordo a un hombre que en cualquier momento pudiera manejar un sextante y marcar nuestro curso en una carta como base de todos nuestros informes científicos.

-Yo conozco a un magnifico sujeto, un pintor, -le dije a Herman-. Es un buen muchacho que puede tocar la guitarra y es muy divertido. Pasó por la escuela de navegación y ha navegado alrededor del mundo varias veces antes de quedarse e su casa ocupado con la paleta y los pinceles. Lo he conocido desde que éramos niños y hemos estado a menudo en paseos campestres en las montañas de nuestra patria. Le escribiré preguntándole y estoy seguro de que vendrá con nosotros.

-Creo que eso estaría bien -asintió Herman-, y después, necesitamos alguien que pueda manejar el aparato de radio.

-¡Radio! -dije, horrorizado-. ¿Qué demonios vamos a hacer con eso? Eso está enteramente fuera de lugar en una balsa prehistórica.

-De ninguna manera; es una precaución de seguridad que no tendrá ningún mal efecto en tu teoría, mientras nosotros no tengamos que enviar un S. O. S. pidiendo socorro. Además, necesitaremos la radio para enviar nuestras observaciones sobre el tiempo y otra clase de datos. Por otra parte, no nos será de ninguna utilidad en la recepción de informaciones sobre la aproximación de tormentas, porque no hay información alguna en esas regiones del océano y aún si las hubiese ¿de qué nos podrían servir en una balsa?

Sus argumentos calmaron todas mis objeciones, la principal de las cuales era mi falta de afición a pasar las horas empujando botones y dando vueltas a los sintonizadores.

-Es cosa curiosa, -dije admitiendo el hecho-. Me sucede que he logrado las mejores conexiones de radio a través de grandes distancias con equipos pequeños. Yo he estado en una sección de radio durante la guerra. Como tú sabes …, cada hombre en el sitio más adecuado. Ciertamente les escribiré unas notas a Knut Haugland y a Torstein Raaby.

-¿Los conoces?

-Sí, conocí a Knut en Inglaterra en 1944. Acababa de ser condecorado por los británicos por haber tomado parte en la expedición de paracaidistas que detuvo a los alemanes en su esfuerzo por conseguir la bomba atómica; él fue, como tú sabes, el radio-operador en el sabotaje de Rjukan contra el "agua pesada". Cuando le conocí, acababa de llegar de Noruega al término de otra empresa; la Gestapo lo había cogido con un aparato de radio que tenía montado dentro de una chimenea en la Clínica de Maternidad de Oslo. Los Nazis lo habían localizado por medio del DF ("Direccional Finder" . Buscador de Dirección) y todo el edificio fue rodeado por soldados alemanes con puestos de ametralladoras en cada una de las puertas. Fehmer, el jefe de la Gestapo, Estaba apostado en persona en el patio, esperando que le trajeran a Knut detenido, pero sucedió que no fue éste sino los propios hombres de Fehmer los que fueron batidos, pues Knut se abrió paso con su pistola desde el último piso hasta el sótano y desde allí hasta el patio posterior, donde desapareció saltando sobre la pared del hospital en medio de una lluvia de balas. Lo conocí en una estación secreta en un viejo castillo inglés; había regresado a organizar el enlace subterráneo entre más de cien estaciones transmisoras en la Noruega ocupada. Yo había terminado mi entrenamiento como paracaidista y nuestro plan era saltar juntos en Nordmark cerca de Oslo. Pero justamente entonces los rusos marcharon a la región de Kirkenes y se envió un pequeño destacamento noruego de Escocia a Finmark para hacerse cargo de las operaciones o por decirlo así, para "hablar" desde el ejercito ruso mismo. Así pues, en lugar de nuestros planes originales, fui enviado con dicho destacamento y allí conocí a Torstein.

Había entonces un verdadero invierno ártico en aquella zona y la aurora boreal resplandecía en el cielo tachonado de estrellas que se extendía sobre nosotros con negrura permanente día y noche. Cuando, cubiertos de pieles y amoratados por el frío, llegamos a los montones de cenizas dejados por los nazis en el área de Finmark, un compañero entusiasta de ojos azules y cabello enmarañado salió de una pequeña cabaña en las montañas; era Torstein Raaby. Cuando la invasión nazi, escapó primero a Inglaterra donde pasó por un entrenamiento especial y después regresó clandestinamente otra vez a Noruega a través de algún sitio cerca de Tromso. Allí permaneció escondido con un pequeño transmisor cerca del acorazado Tirpitz y durante diez meses estuvo enviando diariamente informes a Inglaterra sobre lo que pasaba a bordo. Enviaba sus informes de noche conectando su transmisor secreto a una antena receptora puesta por un oficial alemán y fueron sus informes regulares los que guiaron a los bombarderos británicos que acabaron al fin con el Tirpitz.

Torstein escapó a Suecia, yendo de allí otra vez a Inglaterra y entonces hizo otro salto en paracaídas con un nuevo aparato de radio detrás de las líneas alemanas en las desoladas regiones de Finmark. Cuando se retiraron los alemanes, se encontró situado detrás de nuestras propias líneas y salió de su escondite para ayudarnos con su pequeño equipo de radio, pues nuestra estación principal había sido destruída por una mina. Yo apostaría que tanto Knut como Torstein están aburridos de permanecer en casa y que estarían encantados de hacer un pequeño viaje a bordo de una balsa.

-Escríbeles preguntándoselo, -sugirió Herman.

Así, pues, les escribí unas cortas líneas a Erik, Knut y Torstein sin tratar de decir en ellas nada que significara un deseo oculto de persuadirlos.

"Voy a cruzar el Pacífico en una balsa de madera para apoyar la teoría de que las islas de los Mares del Sur fueron pobladas desde el Perú. ¿Vendríais? No les garantizo sino un viaje gratuito al Perú, a las islas del Mar del Sur y regreso, pero encontraréis una oportunidad de hacer buen empleo de vuestras habilidades técnicas durante el viaje. Contestad inmediatamente."

Una respuesta fue: "Voy, Torstein." Los otros también contestaron afirmativamente.

Como sexto miembro del grupo teníamos unos días un hombre y otros uno distinto, pues cada vez surgía algún obstáculo. Al mismo tiempo, Herman y yo tuvimos que abordar el problema de los aprovisionamientos. No queríamos comer carne seca de llama o las patatas secas "Kumara" durante el viaje, puesto que no se trataba de demostrar que nosotros mismos habíamos sido indios alguna vez.

Nuestra intención era probar la resistencia y las cualidades de una balsa prehistórica peruana, sus condiciones marineras en el mar y su capacidad de carga, y comprobar si los elementos nos empujarían realmente a través del mar hasta Polinesia con la tripulación todavía a bordo. Nuestros antecesores nativos pudieron ciertamente haberse agenciado para vivir a bordo, carne seca, pescado y patatas "Kumara" puesto que esta era su dieta habitual en tierra. También íbamos a tratar de encontrar, en un viaje efectivo, si ellos podía haber obtenido aprovisionamiento adicional de pescado fresco y agua de lluvia durante el cruce del mar. Para nuestra propia alimentación, yo había pensado en la dieta simple de las raciones de campaña del ejército ya que las conocíamos desde la guerra.

Justamente en aquella fecha llegó a Washington un nuevo oficial ayudante del Agregado Militar noruego. Yo había sido segundo en el comando de su compañía en Finnmark y sabía que el hombre era un cartucho de dinamita, al que le gustaba el ataque y el resolver con energía salvaje cualquier problema que se le pusiera por delante. Bjorn Rorholt pertenecía a ese tipo de hombres llenos de vitalidad, que se sienten hundidos en el vacío si al resolver un problema no tienen otro inmediatamente por delante.

Le escribí explicándole la situación y pidiéndole que usara su gran sentido del olfato para buscar un hombre que sirviera de contacto con los del Departamento de Intendencia del Ejército de los Estados Unidos. La cuestión era que ellos estaban experimentando nuevas raciones de campaña que nosotros bien podíamos probar, en la misma forma que íbamos a ensayar el equipo para el Laboratorio de la Fuerza Aérea.

Dos días después, Bjorn nos telefoneó desde Washington. Se había puesto en contacto con la Sección de Enlace Extranjero del Departamento de Guerra y allí deseaban conocer todo lo relacionado con nuestro asunto.

Herman y yo tomamos el primer tren para Washington.

Encontramos a Bjorn en su escritorio en la oficina del Agregado Militar.

-Yo creo que esto saldrá bien, -nos dijo-. Seremos recibidos en la sección de Enlace Extranjero mañana, si conseguimos una carta apropiada del Coronel.

El Coronel era Otto Munthe-Kaas, Agregado Militar noruego. Estuvo éste muy bien dispuesto y más que deseoso de darnos una buena carta de presentación, tan pronto oyó cual era nuestro proyecto.

Cuando a la mañana siguiente fuimos a recoger el documento, se levantó de pronto y nos dijo que pensaba que sería mucho mejor si él mismo iba con nosotros. Nos dirigimos en el automóvil del Coronel al famoso Edificio Pentagonal (Pentagon Building) donde funcionan las oficinas del Departamento de Guerra. El Coronel y Bjorn iban sentados en los asientos delanteros, luciendo sus elegantes uniformes, mientras Herman y yo, desde el asiento posterior, mirábamos a través del parabrisa el enorme edificio del Pentágono que se levantaba en la llanura delante de nosotros. Este edificio gigantesco con sus treinta mil empleados y sus veintisiete kilómetros de corredores, iba a ser el teatro de nuestra inminente conferencia sobre la balsa, con las "altas autoridades" militares. Nunca antes ni después nos ha parecido a Herman y a mi tan desesperadamente pequeña aquella balsa.

Luego de un caminar sin fin por rampas y corredores llegamos a la puerta de la oficina de enlace extranjero y muy poco después, rodeados de flamantes uniformes militares, nos encontramos sentados alrededor de una larga mesa de caoba en cuya cabecera el jefe de la Sección de Enlace Extranjero en persona, presidía la reunión.

El robusto y severo oficial de West Point, que sobresalía por su estatura al extremo de la mesa, tuvo al principio cierta dificultad para comprender cuál podía ser la conexión entre el Departamento de Guerra de los Estados Unidos y nuestra balsa de madera, pero las bien meditadas palabras del Coronel y el favorable resultado del torrente de preguntas de los oficiales sentados alrededor de la mesa, lo llevaron gradualmente de nuestro lado y leyó con interés la carta del Laboratorio de Equipo del Comando de Material del Aire. Entonces, se levantó y dio a sus asistentes una concisa orden para ayudarnos a través de los canales apropiados y deseándonos buena suerte, salió de la oficina. Cuando la puerta se hubo cerrado detrás de él, un joven capitán me susurró al oído:

-Le apuesto que voy a conseguirles lo que quieren. Esto suena como una pequeña operación militar, y trae un leve cambio en la diaria rutina de nuestra oficina en tiempo de paz; además, será una buena oportunidad para hacer una prueba metódica del equipo.

La oficina de enlace arregló inmediatamente una entrevista con el Coronel Lewis en el laboratorio Experimental de la Intendencia General, y Herman y yo fuimos llevados hasta allí en un automóvil.

El Coronel Lewis era un afable gigante, oficial de porte sencillo y acogedor. Inmediatamente llamó a los hombres encargados de los experimentos en las diversas secciones. Todos estuvieron amistosamente dispuestos e inmediatamente sugirieron las cantidades de equipo del cual querían que hiciéramos una prueba completa. Ellos excedieron nuestras más amplias aspiraciones a medida que iban nombrando casi todo lo que podíamos necesitar, desde raciones de campaña, hasta pomadas para las quemaduras del sol y sacos de dormir a prueba de humedad. Probamos raciones especiales en elegantes paquetes; probamos fósforos que prendían aun después de haber sido sumergidos en el agua, nuevas cocinillas "Primus" y barrilitos para agua, sacos de caucho y botes especiales, utensilios de cocina, cuchillos capaces de flotar y en fin, todo lo que una expedición pudiera necesitar.

Le eché una ojeada a Herman. Parecía un buen niño y tenía la expresión de avidez con que caminaría dentro de una tienda de chocolates un chico acompañado por una tía rica. El Coronel caminaba delante mostrándonos todas estas delicias, y cuando terminamos la inspección y los empleados habían tomado nota de las cosas y cantidades que necesitábamos, yo creí que la batalla ya estaba ganada y solo sentía la necesidad de correr a casa y tomar la posición horizontal para pensar en todo esto lenta y ordenadamente. Entonces el alto y amistoso Coronel dijo de pronto:

-Bien; ahora debemos ir y tener una conversación con "El Jefe"; es él quien tiene que decidir si podemos o no daros estas cosas.

Sentí que el corazón se me iba a los pies. De manera, pues, que deberíamos comenzar nuevamente a usar toda nuestra elocuencia del principio al fin y sólo Dios sabía qué clase de hombre era "El Jefe".

Nos encontramos con que "El Jefe" era un oficial de pequeña estatura que tenía un aspecto de gran seriedad. Estaba sentado detrás de su escritorio y nos examinó con sus penetrantes ojos azules en el momento en que entrábamos a su oficina; nos invitó a tomar asiento.

-Bueno … ¿Qué es lo que desean estos caballeros?, -le preguntó secamente al Coronel Lewis sin apartar sus ojos de los míos.

-Oh, unas cuantas pequeñas cosas, -se apresuró Lewis a responder y le explicó a grandes rasgos todo nuestro asunto mientras el jefe escuchaba pacientemente, sin mover ni un dedo.

-¿Y qué nos van a dar ellos en cambio?. -preguntó sin haber sido, aparentemente, impresionado en absoluto.

-Bien, -dijo Lewis en tono conciliador-, nosotros esperamos que quizá la expedición sea capaz de escribir informes, sobre las nuevas provisiones y algún equipo, basados en las severas condiciones en las cuales van a ser usados.

El serisimo oficial se echó hacia atrás en su silla sin ninguna afectación con los ojos todavía fijos en los míos y yo sentí que me hundía hasta el fondo de la silla de cuero en que estaba sentado, cuando dijo fríamente:

-No veo absolutamente cómo pueden ellos darnos algo en cambio.

Hubo un silencio de muerte en el cuarto. El Coronel Lewis pasaba nerviosamente los dedos por su cuello y ninguno de nosotros decía palabra.

-Pero -dijo el jefe de pronto, y entonces ví aparecer un relámpago en sus ojos-, el coraje y el espíritu de empresa también cuentan. Coronel Lewis… ¡déles las cosas que piden!

Estaba tranquilamente sentado en el taxi que nos llevaba al hotel, medio intoxicado de alegría, cuando Herman estalló a reír sin motivo alguno al lado mío.

-¿Estás borracho? -le pregunté con ansiedad.

-No, -me contestó descaradamente-, pero he estado calculando que entre las provisiones están incluidas 648 cajas de piña, y ése es mi plato favorito.

Hay mil cosas que hacer y la mayor parte al mismo tiempo cuando se debe reunir a seis hombres, una balsa y su carga, en algún sitio de la costa del Perú y sólo teníamos tres meses sin tener, por cierto, a nuestra disposición la lámpara de Aladino.

Volamos a Nueva York provistos de una carta de presentación de la Oficina de Enlace para entrevistarnos con el Profesor Behre de la Universidad de Columbia, quien era el jefe del Comité de Investigación Geográfica del Departamento de Guerra, y fue él quien, presionando un botón mágico, entregó a Herman todo el valioso conjunto de instrumentos para sus mediciones científicas.

De allí volamos a Wáshington para entrevistarnos con el Almirante Glover en el Instituto Hidrográfico Naval. El bondadoso viejo lobo de mar llamó a todos sus oficiales y, señalando hacia una carta del Pacífico que pendía en la pared, nos sentó a Herman y a mí.

-Estos jóvenes desean detallada información de nuestros mapas de corrientes … ¡Ayúdadles!

Cuando el engranaje de nuestro proyecto había avanzado, el Coronel inglés Lumsden convocó a una conferencia en el local de la Misión Militar británica para discutir nuestros futuros problemas y las posibilidades de un resultado favorable. Recibimos muchos buenos consejos y una selección de equipo británico traído en vuelo desde Inglaterra para ser probado en la expedición de la balsa. El oficial médico británico era un entusiasta abogado de cierto misterioso polvo "anti-tiburón"; nosotros debíamos echar un poco de esos polvos en el agua si algún tiburón se acercaba demasiado y éste desaparecería inmediatamente.

-Señor, -le dije-, ¿podemos realmente confiar en estos polvos?

-Buenos, -respondió el inglés sonriendo-, eso es precisamente lo que queremos averiguar nosotros mismos.

Cuando el tiempo es corto y el avión reemplaza al tren y el automóvil se encara del relevo de nuestras piernas, la cartera se encoje como una flor disecada entre las páginas de un libro.

Cuando habíamos gastado hasta el costo de mi pasaje de regreso a Noruega, fuimos nuevamente a llamar a la puerta de nuestros protectores para arreglar nuestras finanzas; allí encontramos con sorpresa problemas desconsoladores. El caballero que manejaba nuestras finanzas estaba enfermo en cama con fiebre y sus dos colegas parecían no tener autoridad hasta que estuviera restablecido. Ellos se mantuvieron firmes en nuestro convenio, pero mientras tanto no podían hacer nada. Se nos propuso que pospusiéramos el asunto, proposición inútil, puesto que no podríamos detener el engranaje en marcha, que iba a toda velocidad. Nosotros ya no podíamos sino seguir adelante; era demasiado tarde para detenerse o abandonar el proyecto. Nuestros amigos acordaron, pues, disolver el sindicato a fin de dejarnos en libertad para actuar rápida e independientemente sin ellos.

Así pues, aquel día, nos encontramos en la calle con las manos en los bolsillos.

-Diciembre, enero, febrero … -dijo Herman.

-Y unos días de marzo, -añadí yo-. Pero no hay más que principiar.

Mas si bien todo parecía absurdo, había en cambio una cosa clara para nosotros o sea que, el nuestro, era un viaje con un objetivo y no queríamos ser clasificados en la categoría de acróbatas como aquellos que se arrojan en un barril desde las Cataratas del Niágara o se sientan en el remate de un asta de bandera durante diecisiete días.

-Nada de cosas sin seriedad -dijo Herman-. No podemos servir de propaganda para obtener el respaldo de casas productoras de chicle o maíz tostado-. Y en este punto, estábamos en el más profundo entendimiento.

Nosotros podíamos conseguir dinero noruego, pero esto no resolvía nuestros problemas en este lado del Atlántico. Podríamos solicitar la garantía de alguna institución científica; pero apenas cabía esperar su apoyo tratándose de una teoría en discusión; después de todo, ésta era precisamente la razón por la cual intentábamos esta expedición. Al poco tiempo nos dimos cuenta de que ni la prensa ni promotores privados se atreverían a poner dinero en una empresa que ellos mismos y las compañías de seguros miraban como un viaje suicida. Naturalmente, si volvíamos sanos salvos, ya sería cosa distinta.

La situación parecía demasiado sombría y durante muchos días no vimos ni un rayo de esperanza y fue entonces que el Coronel Munthe-Kaas entró nuevamente en acción.

-Estáis paralizados, muchachos. -nos dijo-, Aquí tenéis un cheque para principiar; me lo podéis devolver cuando regreséis de las islas del Mar del Sur.

Muchas otras personas siguieron su ejemplo y mi empréstito privado fue muy pronto lo suficiente grande para levantarnos sin necesidad de la cooperación de agentes u otra clase de ayuda. Ya podíamos volar a la América del Sur y comenzar la construcción de la balsa.

Las viejas embarcaciones peruanas estaban construidas con madera de balsa, la cual, cuando está seca es tan liviana como el corcho. El árbol de balsa crece en el Perú, pero solamente al otro lado de la Cordillera de los Andes, de manera que los marineros del tiempo de los Incas y los pre-incas iban a lo largo de la costa hasta el Ecuador donde derribaban grandes árboles de balsa justamente a la orilla del Pacífico, y decidimos hacer lo mismo.

Al presente, los problemas de viaje son distintos a los de aquellos días. Ahora tenemos aviones, automóviles y agencias de viaje, pero para no hacer las cosas tan fáciles, hay también impedimentos llamados fronteras con oficiales uniformados que ponen en duda nuestros comprobantes, maltratan nuestro equipaje y nos abruman con papeles sellados …; esto, si uno es lo suficientemente afortunado para lograr pasarlo todo. Fue el temor a estos hombres con botonaduras doradas lo que nos decidió a no llegar a la América del Sur con grandes cajas cerradas y baúles llenos de extraños objetos e instrumentos, pues pensamos que de hacerlo así y tomar la actitud de quitarnos políticamente el sombrero, pidiendo en mal español que nos dejaran entrar y salir después en una balsa, podía conducirnos a una inesperada permanencia en la cárcel.

-No -dijo Herman-. Necesitamos una presentación oficial.

Uno de nuestros amigos del siduelo Triunvirato era corresponsal de las Naciones Unidas y nos ofreció llevarnos en automóvil hasta allí. Fuimos gratamente impresionados cuando llegamos al gran hall de la Asamblea, donde hombres de todas las naciones sentados en bancas lado a lado, escuchaban silenciosamente el torrente de palabras que pronunciaba un ruso de cabellos negros delante de un gigantesco mapa del mundo que decoraba la pared del fondo.

Nuestro amigo el corresponsal se agenció en un momento de quietud para acercarse a uno de los delegados del Perú y más tarde a otro del Ecuador. En un gran sofá de cuero, en una antecámara, escuchaban ellos nuestro plan de cruzar el mar para apoyar la teoría de que hombres pertenecientes a una antigua civilización de sus propios países habían sido los primeros en llegar a las islas del Pacífico.

Ambos nos prometieron informar a sus respectivos gobiernos y nos garantizaron que contaríamos con el apoyo respectivo cuando llegáramos a sus países. Trygvie Lie que pasaba por la antesala se acercó a nosotros al enterarse de que éramos sus compatriotas y alguien propuso que él mismo debería ir con nosotros en la balsa, pero el Secretario de las Naciones Unidas ya tenía suficiente oleaje en tierra. El Subsecretario de la Organización Mundial, Dr. Benjamín Cohen, de Chile, era un bien conocido arqueólogo aficionado; y siendo amigo personal del Presidente del Perú, me dio una carta de presentación para él. También encontramos en el hall al embajador noruego Wilhelm von Munthe de Morgenstierne, quien desde aquel día prestó un valiosísimo apoyo a la expedición.

Compramos, pues, dos pasajes y volamos a la América del Sur. Cuando los cuatro motores principiaron a rugir uno después de otro, nos hundimos agotados en nuestros asientos. Teníamos un indecible sentimiento de alivio pensando en que la primera parte del programa estaba terminada y que ahora ya nos íbamos de frente hacia la aventura.





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