CAPITULO III

HACIA LA AMERICA DEL SUR

Sobre el Ecuador. - Problemas de balsa. - Por avión a Quito. - Bandidos y mercaderes de cabezas reducidas. - Sobre los Andes en un "jeep". - En las profundidades de la selva. - En Quevedo. - Derribamos árboles de balsa. - Aguas abajo del Palenque en balsa. - La magnífica Estación Naval. - En el Ministerio de Marina en Lima. - Con el Presidente del Perú. - Viene Damelsson. - De regreso a Wáshington. - Veinticinco libras de papel. - El bautismo de fuego de Herman. - Construímos la balsa en la Estación Naval. - Advertencias. - Antes de la partida. - Bautizo de Kon-Tiki. - Adiós a la América del Sur.

Cuándo nuestro avión cruzaba la línea ecuatorial, principió un suave descenso a través de la capa lechosa de nubes que hasta entonces se había extendido debajo de nosotros como un manto brillante de nieve bajo el ardiente sol.

El tenue vapor se pegó a las ventanillas hasta que disolviéndose lentamente nos dejó ver el techo verde brillante de una selva con ondulaciones de mar. Volábamos sobre la República sudamericana del Ecuador y aterrizamos en el puerto tropical de Guayaquil.

Llevando al brazo nuestros abrigos, casacas y chalecos muy necesarios la víspera para hacer frente al crudo invierno del norte, entramos en la cálida atmósfera de una casa donde encontramos joviales sureños vestidos con ropas tropicales y sentimos que nuestras camisas se pegaban a la espalda como papel mojado. Fuimos atendidos por oficiales de la aduana y el departamento de inmigración y casi llevados en peso a un taxi, el cual nos dejó en el mejor hotel de la ciudad, mejor dicho, el único bueno. Una vez allí nos dirigimos rápidamente a nuestros respectivos baños y dejamos que cayera sobre nuestras espaldas el agua fresca de la ducha. Habíamos llegado al país donde crece el árbol de balsa y donde íbamos a comprar la madera para construir nuestra embarcación.

El primer día lo pasamos aprendiendo el sistema monetario y el idioma español suficiente para poder regresar al hotel. El segundo día, al salir de éste, nos fuimos aventurando a dar vueltas más y más amplias y, cuando Herman había satisfecho un deseo de su niñez de tocar una verdadera palmera y yo estaba ya como un pote ambulante de ensalada de fruta, decidimos ir a negociar la madera de balsa.

Desgraciadamente esto era más fácil decirlo que hacerlo. Nosotros habríamos podido, ciertamente, comprar balsas en cantidades, pero no en la forma de trocos enteros como lo queríamos. Ya pertenecían al pasado los días en que se podía conseguir árboles de balsa a la orilla del mar; la última guerra había terminado con ellos; habían sido derribados por millares y embarcados a las factorías de aviación porque la madera era gaseosa y ligera. Se nos dijo que el único lugar donde crecían grandes árboles de balsa era en la selva del interior del país. Así, pues, nos dijimos:

-Tendremos que penetrar en el interior y tumbarlos nosotros mismos.

-Imposible -nos dijeron las autoridades-. Las lluvias acaban de empezar y los caminos y la selva toda están intransitables por las inundaciones y el espeso barro. Si queréis madera, debéis regresar al Ecuador dentro de seis meses; para entonces habrán terminado las lluvias y estarán secos los caminos.

En tales circunstancias fuimos a ver a Don Gustavo von Buchwald, el rey de la balsa en el Ecuador, y Herman empaquetó sus diseños de la embarcación en los que se podían apreciar los maderos que necesitamos. El pequeño rey de la balsa tomó decididamente el teléfono y ordenó a sus agentes que se pusieran a trabajar en busca de la madera, y éstos encontraron tablones y vigas livianas y retazos aislados de madera en todos los aserraderos, pero no pudieron hallar ni un solo tronco utilizable. Había dos grandes troncos secos como yesca entre los desperdicios del aserradero del propio Don Gustavo, pero eso sólo no nos llevaría muy lejos; estaba pues claro que la búsqueda era inútil.

-Pero un hermano mío tiene una gran plantación de balsa -dijo Don Gustavo en forma alentadora-. Su nombre es Don Federico, y vive en Quevedo, una pequeña ciudad de la selva arriba de la región. El puede daros todo lo que necesitéis tan pronto podamos ponernos en contacto con él después de la estación de lluvias, pero ahora sería inútil por las grandes lluvias de la parte alta de la selva.

Si Don Gustavo decía que algo era inútil, todos los expertos en balsa del Ecuador dirían también que todo era inútil. De manera, pues, que nos encontrábamos en Guayaquil sin madera para la balsa y sin posibilidades de ir a cortar los árboles nosotros mismos hasta varios meses después, cuando ya sería demasiado tarde.

-El tiempo apremia-, dijo Herman.

-Y tenemos que conseguir la balsa -dije yo-. La embarcación debe ser una copia exacta o no tendremos garantía de salir con vida.

Encontramos un pequeño mapa de escuela en el hotel, en el cual estaba marcada en color verde la selva, en marrón las montañas y, delimitadas por una línea, las zonas deshabitadas; esto nos indicaba que la selva se extendía en forma ininterrumpida desde el Pacífico hasta el pie de la gigantesca cordillera de los Andes y tuve una idea. Era claramente impracticable ir en esta época desde la zona de la costa a través de la selva hasta los árboles de balsa de Quevedo, pero supongamos que pudiéramos llegar hasta los árboles por el otro lado, entrando a la selva desde las desiertas montañas nevadas de la cordillera de los Andes. Allí había una posibilidad, desde luego la única que existía.

En el aeropuerto encontramos un pequeño avión de carga que estaba listo para llevarnos hasta Quito, la capital de este extraño país, situada en el altiplano de los Andes a tres mil metros sobre el nivel del mar. Entre un apiñamiento de paquetes y muebles, tuvimos oportunidad de dar un vistazo a la selva verde y los ríos plateados, antes de desaparecer entre las nubes. Cuando salimos sobre ellas, las tierras bajas quedaron ocultas, pero al frente los áridos contrafuertes y los desnudos barrancos emergían de este mar blanco, levantándose hacia arriba hasta el brillante cielo azul.

El aeroplano subía, siguiendo el perfil de las montañas como si lo hiciera sobre un invisible funicular y aun cuando la línea ecuatorial misma estaba debajo de nosotros, al fin veíamos campos de nieve brillante a nuestros costados. Entonces, deslizándonos entre las montañas, entramos en una rica planicie vestida de verde primaveral, en la cual aterrizamos cerca de la capital más rara del mundo.

La mayor parte de los 175.000 habitantes de Quito son indios puros de las montañas, o mestizos, pues ésta fue la capital de sus antepasados mucho antes de que Colón y nuestra propia raza conociera América. La ciudad está llena de antiguos monasterios que contienen tesoros artísticos de valor inconmensurable y otros magníficos edificios que datan del tiempo de los españoles, los cuales se yerguen sobre los techos de las bajas casas indígenas, construidas de adobe secado al sol. Por un laberinto de callejuelas estrechas, entre las paredes de adobe, transitaba un enjambre de indios de la montaña con sus ponchos de tonos rojizos y grandes sombreros hechos en la región. Algunos iban al mercado llevando burros cargados, mientras que otros, sentados y encorvados a lo largo de las tapias de adobe, cabeceaban bajo el ardiente sol. Unos cuantos automóviles llevando aristócratas de origen español, que iban a media velocidad haciendo sonar incesantemente las bocinas, conseguían abrirse paso a lo largo de las callejuelas de tránsito en un solo sentido entre burros, chicuelos e indios descalzos. El aire allá arriba en el altiplano era de tal brillantez y cristalina diafanidad, que las montañas que nos rodeaban parecía que entraban a formar parte del cuadro de la calle contribuyendo a crear esa atmósfera de un mundo distinto.

Jorge, nuestro amigo del avión de carga, apodado "el loco volador", pertenecía a una de las viejas familias de Quito; él nos instaló en un anticuado y divertido hotel y enseguida se echó a la calle, unas veces con nosotros y otras solo, tratando de conseguir transporte para llevarnos por las montañas y después hacia la selva hasta Quevedo.

En la noche, nos reuníamos con él en un viejo café español; llegaba siempre lleno de malas noticias; debíamos quitarnos en absoluto de la cabeza la idea de ir a Quevedo. No conseguiríamos ni hombres ni vehículos para llevarnos por las montañas y menos hasta la selva donde las lluvias habían principiado y donde, además, había el peligro de ser atacados, si nos quedábamos empantanados en el barro. Solamente el año anterior, un grupo de diez ingenieros petroleros americanos había sido encontrados muertos por flechas envenenadas en la zona oriental del Ecuador, donde todavía muchos indios vagan completamente desnudos y cazan con flechas embebidas de curare.

-Algunos de ellos son cazadores de cabezas -nos dijo Jorge con voz cavernosa, viendo que Herman se servía, imperturbable, más carne y más vino tito.

-Creeréis que yo exagero -continuó en la misma voz baja-, pero aun cuando está estrictamente prohibido, todavía hay gente en este país que se gana la vida vendiendo cabezas humanas reducidas; es imposible controlarlo y, en estos tiempos en que vivimos, los indios de la selva entre otras tribus nómadas acostumbran cortar las cabezas de sus enemigos. Trituran los huesos del cráneo y los remueven, llenando luego la piel vacía de la cabeza con arena caliente, en tal forma, que toda la cabeza se encoje hasta quedar apenas del tamaño de la de un gato, sin perder su forma ni las facciones. Estas cabezas reducidas de sus enemigos eran, antes, valiosos trofeos y ahora son objetos raros en el mercado negro de artículos prohibidos. Los mestizos se las arreglan de forma que pueden venderlas a los compradores de la costa quienes, a su vez, las venden a los turistas a precios fabulosos.

Jorge nos miró triunfalmente; no sabía que Herman y yo habíamos sido llevados ese mismo día detrás de una puerta donde se nos había ofrecido dos de esas cabezas por mil sucres cada una. Estas cabezas, en la actualidad, son a menudo falsas, hechas con cabezas de mono, pero aquellas dos que nos fueron ofrecidas era genuinas de indios y tan bien disecadas que conservaban perfectamente todas las facciones. Eran las cabezas de un hombre y una mujer, ambas del tamaño de naranjas; la mujer era verdaderamente bonita, aun cuando solamente las pestañas y el largo cabello había conservado su tamaño natural; naturalmente, me estremecí con la advertencia y el relato de Jorge, pero le expresé mis dudas sobre la posibilidad de que existieran cazadores de cabezas en el lado occidental de las montañas.

-Uno nunca puede saberlo -decía Jorge tristemente-. ¿Y qué diría usted si su amigo desapareciera y un día encontrara su cabeza en miniatura en el mercado? Esto le pasó una vez a un amigo mío, añadió mirándome porfiadamente.

-Cuéntenos eso -dijo Herman, que seguía masticando lentamente su bistec sin gran entusiasmo.

Puse mi tenedor cuidadosamente a un lado y Jorge nos contó su historia. Estaba viviendo una vez con su mujer en un puesto avanzado de la selva, lavando oro y comprando el que le traían otros lavadores. La familia tenía en aquel tiempo un amigo nativo que traía su oro regularmente y lo cambiaba por diversos artículos. Un día, este amigo fue asesinado en la selva. Jorge persiguió al bandido hasta encontrarlo y lo amenazó con matarlo. Ahora bien, el asesino era uno de esos sospechosos vendedores de cabezas humanas reducidas y Jorge le prometió salvarle la vida si le traía la cabeza de su amigo. El criminal sacó inmediatamente la cabeza del amigo de Jorge, tan pequeña en ese momento como el puño de un hombre. Jorge se quedó impresionadísimo al verla, porque no había cambiado, sino que simplemente se había achicado. Profundamente emocionado, tomó la cabeza y se la llevó a su esposa quien, al mirarla, se desmayó, y Jorge se vió precisado a esconderla en un baúl; pero había tanta humedad en la selva que se formaron capas de moho verde en la cabeza, de manera que Jorge tenía que sacarla una que otra vez al sol para secarla. Quedaba muy cuando la colgaba de los cabellos en una cuerda de secar ropa, pero la mujer se desmayaba cada vez que la veía. Un día, un ratón logró penetrar en el baúl e hizo tal destrozo en su amigo, que Jorge, mortificado, enterró la cabeza con todas las ceremonias del caso en un pequeño agujero en la parte alta del campo de aterrizaje.

-Porque, después de todo era un ser humano -dijo Jorge al terminar.

-Muy buena comida -comenté, para cambiar la conversación. Cuando ya a obscuras regresábamos a casa, tuve una impresión desagradable, viendo que el sombrero de Herman le había entrado hasta las orejas; creí que se le estaba achicando la cabeza, pero no era nada sino que él mismo lo había forzado para protegerse del viento helado de las montañas, en la noche.

Al día siguiente estábamos sentados con nuestro Cónsul General Bryhn y su señora bajo los árboles de eucaliptos, en su gran casa de campo fuera de la ciudad. Bryhn no creía mayormente que nuestro proyectado viaje selvático hasta Quevedo nos llevaría a un cambio drástico en el tamaño de nuestros sombreros, pero en aquellas regiones que habíamos pensado visitar había ladrones. Nos enseño recortes de los periódicos locales anunciando que se iban a enviar soldados cuando llegara la estación seca, para exterminar a los bandidos que infestaban las regiones alrededor de Quevedo. Ir ahora allá era la más perfecta locura y nunca conseguiríamos ni guías ni transporte. Mientras estábamos hablando con él, vimos un "jeep" de la oficina del Agregado Militar americano que pasaba corriendo por el camino y esto nos dio una idea. Fuimos a la Embajada Americana acompañados por el Cónsul General y pudimos ver al Agregado Militar en persona; éste era un joven pulcro, de aspecto simpático, vestido de caqui con botas de montar, y nos preguntó sonriéndose lo que hacíamos en lo alto de las montañas, cuando los diarios locales decían que debíamos estar en el mar en una balsa.

Le explicamos que la madera estaba todavía erguida sobre sus raíces en la selva de Quevedo y que nos encontrábamos en la parte más alta del continente sin poder bajar hasta ella. Le pedimos al Agregado Militar alternativamente ya fuera que: a) nos prestara un avión y dos paracaídas; o b) nos prestara un "jeep" con chofer que conociera el camino.

Al principio el Agregado Militar se quedó sin habla ante nuestra seguridad, y luego sacudió la cabeza con resignación y dijo sonriendo:

-Puesto que no me dejáis una tercera solución, prefiero acceder a la segunda.

A las cinco y cuarto de la mañana siguiente, se detuvo un "jeep" a la puerta de nuestro hotel y un capitán ecuatoriano de ingenieros saltó de él y se puso a nuestras órdenes. Sus instrucciones eran llevarnos en el "jeep" hasta Quevedo, hubiera o no hubiera barro. El "jeep" fue cargado con latas de gasolina, puesto que no habían grifos proveedores de esta ni siquiera huellas de ruedas por el camino que íbamos a seguir. Nuestro nuevo amigo, el Capitán Agurto Alexis Alvarez, estaba armado hasta los dientes con cuchillos y armas de fuego, debido a los informes sobre los bandidos. Habíamos llegado al país en pacífico viaje de negocios, dispuestos a pagar al contado por la madera allá en la costa y, por eso, todo nuestro equipo a bordo del "jeep" consistía en un saco con alimentos conservados en latas, y algunas cosas más que habíamos comprado apresuradamente; una cámara fotográfica de segunda mano, un par de pantalones fuertes para cada uno de nosotros. Además, el Cónsul General nos había dado su enorme revólver con una fuerte dotación de municiones, para exterminar todo lo que se cruzara en nuestro camino. El "jeep" se abrió paso zumbando por las callejuelas desiertas donde la luna se reflejaba pálidamente en las paredes de adobe pintadas de blanco, hasta que salimos al campo donde empezamos a correr hacia el sur a tremenda velocidad en un buen camino de arena a través de la región montañosa.

Fue magnífico ir a lo largo de la cordillera hasta la ciudad de Latacunga, donde las casas sin ventanas de los indios se agrupan alrededor de una iglesia rural pintada de blanco, en una plaza con palmeras. Aquí cambiamos, para seguir a lo largo de un camino de herradura que ondulaba y se retorcía en dirección al oeste sobre el valle y las colinas hacia los Andes. Era el verdadero mundo de los indios en las altas montañas, más cerca del sol y de la luna fuera del tiempo y más allá del espacio. Durante todo el viaje no vimos un carruaje ni una rueda. El tránsito consistía en pastores de cabras, con las piernas desnudas y ponchos de alegres colores, que arreaban desordenados rebaños de llamas de patas tiesas y aire de dignidad. De cuando en cuando pasaban también por el camino familias enteras de indios. El padre va generalmente delante, montado en una mula, mientras su diminuta mujer le sigue llevando una colección entera de sombreros sobre la cabeza y el hijo más pequeño a la espalda; mientras camina al paso de la mula, va retorciendo incesantemente sobre los dedos el huso con que fabrica los hilos de lana. Burros y mulas avanzan pesadamente zangoloteando sus cargas de leña, carrizos y cerámica.

A medida que avanzábamos, iba disminuyendo el número de indios que hablaban español y pronto la capacidad lingüística de Agurto se volvió tan inútil como la nuestra. Los grupos de chozas se juntaban aquí o allá en la montaña; cada vez había menos hechas de barro y, en cambio, iban en aumento las de caña con techos de paja seca. Tanto las chozas como la gente morena de cara arrugada parecían haber crecido de la tierra misma, como fruto del efecto calcinante del sol en la pétreas murallas de los Andes. Ellos pertenecen a las rocas y al precipicio y a los abismos profundos como la hierba misma, que crece en las empinadas laderas. Pobres en bienes y pequeños de estatura, los indios de las montañas tienen la férrea dureza de los animales salvajes y la alegría pueril de los pueblos primitivos y, mientras menos pueden hablar, más pueden reír. Todos los que veíamos al pasar levantaban hacia nosotros la cara radiante mostrándonos sus dientes blancos como la nieve. No había nada allí que indicara que el hombre blanco hubiera ganado o perdido un céntimo en estas regiones. No se veían carteles de anuncios o señales en los caminos y si una lata de estaño o un pedazo de papel caía del "jeep" al lado del camino, lo recogían inmediatamente como un artículo de valor para su uso doméstico.

Seguíamos subiendo por las laderas castigadas por el sol sin encontrar un árbol ni maleza, y bajando por áridos valles donde no había sino arena y cactus, hasta que por fin llegamos a las crestas más altas donde la nieve cubría los picos y el viento frío azotaba con tanta fuerza que tuvimos que disminuir la velocidad para no congelarnos, pues solo llevábamos las camisas que nos iban a servir en el calor de la selva.

Teníamos a veces que atravesar grandes extensiones de terreno pedregoso entre las montañas, y otras veces pasar por laderas tapizadas de hierba menuda, en busca del interrumpido camino, pero cuando llegamos a la parte más occidental donde la muralla de los Andes desciende bruscamente hacia las tierras bajas, el camino de herradura estaba tallado en la roca como una repisa y, alrededor nuestro, no veíamos sino peñascos escarpados y gargantas profundas. Habíamos puesto toda nuestra confianza en el amigo Agurto quien , aferrado a la rueda de la dirección, viraba cada vez que nos acercábamos demasiado al precipicio. De pronto, nos alcanzó una violenta racha de viento; habíamos llegado a la cresta más alta de la cadena de los Andes, donde la montaña cae bruscamente en una serie de precipicios hasta la selva baja, en un abismo sin fondo a cuatro mil metros debajo de nosotros. Pero quedamos desilusionados en nuestra esperanza de ver el mar verde de la selva pues apenas llegamos al borde, espesos bancos de nubes nos envolvieron como si fuera el vapor de una caldera encantada. Ahora nuestro camino descendía sin obstáculos a la profundidad; siempre hacia abajo, en curvas pronunciadas a lo largo de gargantas y peñascos y riscos escarpados, mientras el aire se volvía más y más húmedo y caliente, y siempre lleno de la pesada soporífera atmósfera de invernadero que se levantaba desde el mundo de la selva, allá en el fondo del abismo. Entonces, principió la lluvia; primero suavemente, después en torrentes que golpeaban el "jeep" como un redoble de tambor y, pronto, por donde volviéramos los ojos, veíamos el agua de color chocolate corriendo entre las rocas. Nosotros bajábamos también casi como un torrente, dejando atrás las áridas llanuras del altiplano, dirigiéndonos hacia otro mundo donde las piedras y el barro de la pendiente eran más suaves y flojos por el musgo y el césped. Aparecieron las hojas; al poco tiempo eran ya hojas gigantes que pendían como verdes paraguas que goteaban a los lados del camino; después vinieron los primeros y debiluchos puestos avanzados de la arboleda de la selva, con sus franjas y velos de musgo y plantas trepadoras que colgaban de ellos; por todas partes habían lodazales y, a medida que la pendiente se iba haciendo más suave, la selva iba creciendo rápidamente como un ejército de gigantes verdes más y más grandes que iban tragándose el pequeño "jeep" a medida que avanzaba por el camino cenagoso de greda lleno de agua. Estábamos en la selva; el aire era húmedo, caliente y pesado, con un olor penetrante de vegetación tropical.

Había descendido ya la oscuridad cuando llegamos a un grupo de cabañas que se levantaban en una colina. Goteando agua tibia, bajamos del "jeep" para pasar una noche bajo techo. Las hordas de insectos que nos atacaron en la noche en la cabaña desaparecieron al día siguiente. Con el "jeep" lleno de bananas y otras frutas tropicales, seguimos bajando la pendiente a través de la selva en un descenso interminable. Cuando creíamos haber llegado al fondo mismo del infierno verde, el sendero nos conducía más y más hacia abajo; el barro hacía cada vez más difícil el avance del "jeep", pero no nos detuvo y los ladrones, si los había, se mantuvieron a distancia desconocida. Sólo interrumpimos nuestra marcha al hallarnos bruscamente frente a un ancho río de agua barrosa que bajaba hacia la selva. Nos quedamos plantados súbitamente sin poder seguir adelante o regresar a lo largo de la orilla del torrentoso río. En un claro, se levantaba una cabaña donde unos indios mestizos estaban estirando con estacas una piel de jaguar en una pared, mientras perros y gallinas se divertían caminando sobre almendras de cacao extendidas para secarlas al sol. Cuando el "jeep" llegó dando saltos y tumbos, el lugar pareció cobrar vida y algunos nativos que hablaban español nos informaron que ése era el Río Palenque y que Quevedo quedaba justamente al otro lado. Allí no había puente y el agua del río era veloz y profunda, pero ellos se manifestaron deseosos de llevarnos a nosotros y al "jeep" en una balsa al otro lado. El extraño artefacto estaba allí en la orilla; grandes y retorcidos troncos del grosor de nuestros brazos estaban amarrados con fibras vegetales y bambúes para formar una endeble balsa que era dos veces más larga y ancha que el "jeep". Poniendo una tabla debajo de cada rueda y con el corazón en la boca, llevamos el "jeep" sobre los troncos y aun cuando la mayor parte de éstos casi desaparecía debajo del agua barrosa, nos sostuvieron al "jeep", a nosotros tres y a los cuatro hombres de color chocolate medio desnudos que comenzaron a empujar la balsa apoyándose en cuatro largas varas de madera (tánganas).

-¿Balsa? -preguntamos Herman y yo con la misma ansiedad.

-Balsa -asintió uno de ellos, dando un irrespetuoso puntapié a uno de los troncos.

Nos tomó la corriente llevándonos río abajo mientras los hombres asidos a sus largos palos, los apoyaban en los sitios precisos de manera de mantener un curso diagonal constante a través de la corriente hasta llegar al agua más quieta del otro lado. Este fue nuestro primer encuentro con el árbol de balsa y nuestro primer viaje en una embarcación de esta clase. La balsa fue llevada con toda seguridad hasta la otra orilla y llegamos triunfantes en el "jeep" a Quevedo.

Toda la ciudad estaba constituida por dos hileras de casas de madera alquitranada que formaban una especie de calle, y en cuyos techos de palmas permanecían inmóviles unos buitres negros (gallinazos). Los habitantes dejaron en el suelo todo lo que llevaban y, negros y blancos, jóvenes y viejos, aparecieron en puertas y ventanas y corrieron a recibir el "jeep". Una amenazante y parlanchina marea humana se arremolinó alrededor del vehículo y mientras Agurto hacia maniobras desesperadas con la dirección, nosotros manteníamos una estrecha protección sobre nuestras terrenas riquezas. De pronto, una de las llantas sufrió un pinchazo y el "jeep" quedó cojo. Habíamos llegado a Quevedo y teníamos que resignarnos al abrazo de bienvenida.

La plantación de Don Federico quedaba a poco distancia río abajo; cuando el "jeep" llegó dando tumbos hasta el lugar, a través de un sendero orillado de árboles de mango, con Agurto, Herman y yo, aquel delgado y antiguo habitante de la selva salió a recibirnos apresuradamente, acompañado de su sobrino Angelo, un pequeño muchacho que vivía con él en las afueras de Quevedo. Le dimos los mensajes de Don Gustavo y muy pronto el "jeep" se quedó solo en el patio, recibiendo la fresca ducha tropical que caía sobre la selva. Hubo comida de fiesta aquella noche en el bungalow de Don Federico; cochinillos y pollos jugosos crepitaban en una hoguera mientras nosotros, sentados alrededor de una fuente llena de fruta tropical, explicábamos el motivo de nuestra venida. La lluvia de la selva que caía a torrentes afuera, nos enviaba rachas de viento cargado del perfume de la tierra mojada y hojas frescas, a través de la tela metálica de la ventana.

Don Federico estaba lleno de alegría como un niño. Sí, por supuesto, él había conocido las balsas desde que era pequeño. Cincuenta años atrás, cuando vivía a orillas del mar, los indios del Perú acostumbraban todavía venir en grandes balsas a lo largo de la costa para vender pescado en Guayaquil; ellos podían cargar hasta un par de toneladas de pescado seco en una cabaña de bambú que construían en el centro de la balsa o traían a bordo a sus mujeres e hijos, perros y gallinas. Pero esos enormes palos de balsa que ellos entonces para construir sus embarcaciones, sería muy difícil conseguirlos ahora en la estación de lluvias, porque las inundaciones y el barro hacían imposible el viaje, ni aún a caballo, hasta la plantación de balsa, allá en la foresta. Sin embargo, Don Federico haría lo más que pudiera; decía que aún debían existir algunos árboles aislados de esos que crecen silvestres en la cercana selva del bungalow y nosotros no necesitábamos muchos.

Ya avanzada la tarde, cesó la lluvia por un rato y fuimos a dar un paseo bajo los árboles de mango que rodeaban el bungalow. Don Federico tenía todas las variedades de orquídeas silvestres del mundo en macetones hechos de cocos cortados por la mitad y colgados de las ramas de los árboles. Estas raras plantas, al contrario de lo que sucede con las cultivadas, exhalan un maravilloso perfume y Herman estaba tratando de meter la nariz en una de ellas, cuando algo como una anguila larga y brillante emergió de entre las hojas sobre su cabeza; centelló un latigazo como un relámpago; era el fuste de Angelo, y cayó al suelo retorciéndose una serpiente, un segundo después, ya la tenía pegada al suelo con una varilla de madera en forma de horquilla sobre el cuello, al mismo tiempo que le machacaba la cabeza.

-Mortal, -dijo Angelo, mostrándonos los dos ponzoñosos colmillos encorvados para probar lo que decía.

Después de esto, nosotros creíamos ver culebras venenosas acechando por todas partes en el follaje y deslizándose entre la casa o colgando sin vida como un trofeo en el bastón de Ángelo. Herman se sentó para disecar la piel del bicho, mientras Don Federico nos iba contando fantásticas historias relacionadas con serpientes venenosas y boas tan gruesas como el diámetro de un plato.

De pronto, notamos la sombra de dos enormes escorpiones en la pared, tan grandes como langostas. Corrían uno detrás del otro empeñados en una lucha a muerte con sus tenacillas; llevaban la parte trasera levantada en alto y la encorvada y ponzoñosa lanceta de la cola lista para asestar el golpe mortal. Era un espectáculo horrible y hasta que no movimos la lámpara de aceita, no nos dimos cuenta de que estábamos viendo la sombra agrandada de dos escorpiones de tamaña natural, más o menos siete centímetros, que estaban luchando en el borde del armario.

-Dejadlos hacer, -dijo Don Federico riendo-, uno va a matar al otro y nosotros necesitamos al sobreviviente en la casa para que mantenga alejadas a las cucarachas. Los único que hay que hacer es mantener el mosquitero bien ajustado alrededor de la cama y sacudir las ropas antes de ponérselas, y así no os pasará nada. Yo he sido picado a menudo por escorpiones y todavía no he muerto, -añadió el viejo riéndose.

Dormí bien, pero despertaba pensando en bichos venenosos cada vez que una lagartija o un murciélago lanzaba un chillido o volaba demasiado ruidosamente cerca de mi almohada. A la mañana siguiente nos levantamos temprano para ir en busca de árboles de balsa.

-Mejor será que sacuda damos nuestra ropa, -dijo Agurto, y al mismo tiempo que hablaba, salía de la manga de su camisa un escorpión que se estrelló contra el suelo.

Poco después de la salida del sol, envió Don Federico sus hombres a caballo en todas direcciones para buscar árboles de balsa accesibles a lo largo de los senderos. Nuestro propio grupo constaba de Don Federico, Herman y yo, y muy pronto encontramos nuestro camino hacía un lugar abierto donde había un viejo árbol gigante que Don Federico conocía. Sobresalía entre los otros árboles alrededor y su tronco era de casi un metro de diámetro. Al estilo polinesio, bautizamos el árbol antes de tocarlo; le pusimos el nombre de "Ku" en honor de una deidad polinesia de origen americano. Entonces comenzamos a dar hachazos mientras que nuestros golpes en el tronco eran repetidos por el eco de la floresta, pero golpear en el tronco jugoso de un árbol de balsa es como tratar de cortar un corcho con un cuchillo mellado; el hacha simplemente rebotaba y muy pronto Herman tuvo que relevarme. El hacha cambiaba de manos una y otra vez mientras las astillas volaban y el sudor nos chorreaba con el ejercicio y el calor de la selva.

Ya avanzado el día, "Ku" se mantenía todavía erguido como un gallo parado en una pata, estremeciéndose bajo nuestros golpes; poco tiempo después se tambaleó y cayó pesadamente sobre la arboleda colindante, arrastrando en su caída grandes ramas y árboles pequeños. Habíamos quitado las ramas del tronco y estábamos principiando a cortar la corteza en zig-zag al estilo indio, cuando Herman repentinamente soltó el hacha y dio un salto en el aire como si estuviera haciendo una danza guerrera polinesia, apretándose con la mano una pierna; de entre el pantalón cayó al suelo una hormiga reluciente tan grande cómo un escorpión con un largo punzón en la cola; debió tener un cráneo duro como la tenaza de una langosta porque fue casi imposible machacarlo bajo el tacón en el suelo.

-Un "Kongo" -explicó, apenado, Don Federico-. Estos pequeños brutos son peores que los escorpiones, pero no son peligrosos para un hombre sano.

Herman estuvo varios días adolorido y molesto, pero eso no le impidió galopar a caballo con nosotros a lo largo de los senderos en busca de más árboles gigantes en la foresta. De tiempo en tiempo, oíamos crujir y derrumbarse con sordo rumor algo en alguna parte de la jungla. Don Federico asentía con la cabeza con aire satisfecho; eso quería decir que sus indios de media sangre habían derribado un nuevo coloso para nuestra balsa. En una semana siguieron a Ku: Kane, Kama, Ilo, Mauri, Ra, Rangi, Papa, Taranga, Kura, Kukara y Hiti, doce enormes troncos de balsa todos bautizados en honor de las legendarias figuras polinesias cuyos nombres habían pertenecido alguna vez a los que emigraron con Tiki desde las costas del Perú. Los troncos brillantes por la savia fueron arras-





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