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Mientras tomaba la pluma, sosteniéndola momentáneamente en suspenso sobre la página en blanco -con fecha 15 de agosto- del diario, contempló su mano surcada por las venas, y en la que se entrecruzaban las delicadas arrugas de la vejez, y se sorprendió de su firmeza. Hubiera debido estar temblando de emoción. ¿Acaso Arquímedes, al observar mientras se bañaba que subía el nivel del agua y descubrir así el principio del desplazamiento de los líquidos, no había saltado de la bañera y había echado a correr desnudo por las calles de Siracusa gritando: <<Eureka!>>¿ Sin embargo, a diferencia de Arquímedes, él había visto acercarse su descubrimiento a cada mes que pasaba. Al principio con incredulidad, y después con dudas cada vez menores, había visto cómo iba ocurriendo. Y al final , hacia quince minutos, el proceso había concluido definitivamente. La absoluta certeza. La confirmación.

Eureka!

Acercó con segura mano la pluma al papel y empezó a anotar rápidamente el trascendental acontecimiento, tal vez el mayor hallazgo en toda la epopeya de la raza humana. Escribió:

Lo que Ponce de León buscó tan desesperadamente en la tierra de Bimini, lo he encontrado yo en el Cáucaso.

Tras doce años de incesantes investigaciones y experimentos en mi Londres natal, en mi Nueva York adoptiva y en lugares tan remotos como Vilcabamba, en Perú, y Hunza, en Pakistán, lo he encontrado en mi laboratorio de las afueras de Sujumi, en la región de Abjasia de la Georgia soviética. A las cinco y cuarto de esta tarde, he tenido la seguridad. Ha sido como si hubiera encontrado la llave, la hubiera girado en la cerradura y se hubiera abierto la puerta de la prolongación de la vida. A partir de hoy, mi fórmula, a la que he denominado C-98, extenderá la longevidad de todos los seres humanos de la tierra desde un promedio de setenta y dos años a un promedio de ciento cincuenta. Tal vez sea éste el primer paso en el camino de la inmortalidad. Pero, de momento, ya es suficiente. Poder duplicar con creces la duración de la vida de todos los hombres, mujeres y niños de la tierra... sin duda, el más significativo, el más deseado y tal vez el mayor descubrimiento de la historia de la ciencia.

Comprendo ahora que estoy aterrado, anonadado por la inmensidad de lo que acaba de ocurrir. Estoy empezando a darme cuenta. Tengo que dejarme de reflexiones. Ha llegado el momento de celebrarlo. Le diré a Vasily que traiga el champán que llevo tanto tiempo guardando para este día. Informaré a Leonid y le pediré que brinde conmigo. Y la semana que viene, en el Congreso Internacional de Gerontología de París, lo anunciaré al mundo.

Había empezado a temblarle la mano, y dejó la pluma.

Para ser un hombre de setenta y cuatro años, que además sufría de una ligera artritis en las rodillas, se levantó del sillón del escritorio con gran rapidéz y vigor. Se sentía más alborozado que nunca.

-¡Leonid! -gritó súbitamente hacia el otro lado del salón-. ¡Leonid, lo he encontrado!

El profesor Davis MacDonald se hallaba profundamente hundido en el sofá marrón parduzco, sosteniendo en la mano la copa vacía y tratando de enfocar a los dos Leonids sentados en el sillón que tenía enfrente, al otro lado de la mesita.

Llevaba medio siglo sin emborracharse así, exactamente desde aquella noche de su juventud en que había abandonado Oxford para trasladarse a Londres. Resultaba agradable sentirse tan aturdido, olvidar los miles de pensamientos que hasta entonces habían agobiado su cerebro y que en aquel instante se habían disipado en las brumas del champán.

-Leonid -se dirigió a su ayudante de laboratorio.

-Sí, profesor.

MacDonald forzó la vista y logró por fin distinguir a un solo Leonid, sosteniendo también una copa y esperando atentamente sus palabras. Contempló a su ayudante con cariño. Aquel judío ruso de treinta y dos años, con su despejada frente, sus pobladas cejas y sus delicados labios, era una de las pocas personas de la URSS, en aquel alejado rincón del país junto al Mar Negro, en quien podía confiar y con quien se sentía cómodo. Seis años antes, tras haber sido invitado a pronunciar una conferencia en el Instituto de Gerontología de Kiev, MacDonald había solicitado permiso para realizar investigaciones en la República de Abjasia, en la que, según tenía leído, sobre una población de medio millón de habitantes, se registraba la considerable cifra de cinco mil centenarios en perfecto estado de salud. Le habían concedido el permiso, al igual que solían hacerlo con otros gerontólogos extranjeros que estaban dispuestos a compartir sus descubrimientos con la Unión Soviética y los científicos de todas las naciones. MacDonald se había trasladado a Sujumi, la capital de Abjasia, una tranquila ciudad portuaria de cien mil habitantes, en las afueras de la cual había alquilado una espaciosa casa, transformando la mitad en laboratorio. Durante su primera semana de estancia, en una visita al Instituto de Gerontología de Sujumi, había conocido a Leonid; como el joven era de su agrado, tras solicitar la correspondiente autorización le había contratado. Poco después, un funcionario gubernamental insistiría en que debía tener a alguien que cuidara de la casa, enviándole para ello a Vasily, un alto y silencioso georgiano de cerca de treinta años, con cara de momia egipcia. Tanto Leonid como Vasily hablaban inglés. Sin embargo, a diferencia de Vasily, seleccionado por otros, Leonid había sido elegido por el propio MacDonald, quien, por esta causa, había confiado en él desde un principio.

-¿Sí. profesor¿ -oyó que repetía Leonid.

Trató de recordar lo que había querido decirle a su ayudante, y por fin lo consiguió.

-El champán, Leonid. ¿Queda algo¿

Leonid se incorporó y tomo la botella que había sobre la mesa.

-Más que suficiente para otra ronda.

-El profesor levantó en alto la copa vacía y Leonid se la llenó. La mirada de MacDonald siguió la botella hasta la mesa.

-G. H. Mumm y Compañía -dijo-. Buen champán.

-Muy bueno -convino Leonid.

Mientras tomaba un sorbo, MacDonald pudo distinguir confusamente la hora en su reloj de pulsera. Habían transcurrido más de dos horas. Llevaban sentados allí todo aquel tiempo, bebiendo y celebrándolo. Trató de evocar lo ocurrido no mucho antes. Se encontraba en el laboratorio con los animales de prueba. Los primeros ratones y cobayos inyectados con C-98 hacía cuatro años habían muerto a primeras horas de la tarde. El ciclo vital medio de un ratón era de menos de dos años, y de dos años justos el de un cobayo. Sin embargo, ambos grupos de animales de experimentación, tras ser inyectados con su fórmula, habían vivido en perfectas condiciones de salud a lo largo de un período dos veces superior a sus ciclos vitales normales. Incluso los animales de la sección especial, los aquejados de enfermedades mortales artificialmente provocadas, desde distintas formas de cáncer hasta dolencias cardíacas, habían sobrevivido igualmente un periodo de tiempo dos veces superior. En todos los casos, los cánceres habían remitido, las enfermedades cardíacas se detuvieron y otras dolencias acabaron por desaparecer, y los animales habían seguido viviendo. Las nuevas pruebas habían confirmado finalmente lo increíble. Inyectados con la misma fórmula, los seres humanos, cuyas expectativas de vida eran de sesenta a setenta y dos años, podrían tener ya la certeza de vivir, salvo casos de accidente, hasta los ciento cincuenta años.

La magnitud de su descubrimiento no le había alcanzado plenamente hasta anotarlo en su diario. Sólo entonces se vio conmovido y emocionado. Recordó haber llamado a Leonid, para inmediatamente hacerle partícipe del acontecimiento. Su intención era celebrar en privado aquel momento histórico, antes de que toda la humanidad le aclamara.

Tras dirigirse a la cocina, le había pedido a Vasily la botella de dos litros de champán que tiempo atrás comprara en París y que tenía guardada para aquella ocasión una ocasión desde siempre considerada como más allá de las esperanzas de cualquier científico. Una vez hubo comprendido los mecanismos de las moléculas del ADN -ácido desoxirribonucleico- que habitan en todas las células, y después de caer en la cuenta de que los seres humanos estaban programados para morir a causa del envejecimiento de los genes, había adoptado la decisión de dedicarse a la ingeniería genética. Y allí en Abjasia, entre el Mar Negro y la cordillera del Caucazo, en el curso de sus investigaciones para tratar de establecer el factor en común de todos los habitantes que contaban de cien a ciento treinta y cinco años de edad, llegó por fin a dar con el secreto. Con vistas a su experimento denominado C-98, había conseguido aislar los singulares componentes del agua potable del Caucazo. Añadidos a su fórmula hacía cuatro años, permaneció desde entonces aguardando y observando, sin perder las esperanzas. Y finalmente, desde hacía sólo unas horas, la confirmación era un hecho. De entre todas las fórmulas, en medio de incesantes pruebas y errores, aquélla había demostrado ser la definitiva. Acababa de descubrir el «manantial de la juventud».

Y lo había querido celebrar con una pequeña fiesta antes de que el mundo se enterara y se volviera loco de alegría. Al tomar la botella de champán que le ofrecía Vasily, no dejó de observar en su flemático rostro un extraño interrogante. Él no había contestado a la tácita pregunta; no quiso informarle del motivo de la celebración. A Vasily no se lo podía explicar. No dejaba de tener presente que no había sido seleccionado por él, que era un enviado de otros.

MacDonald, una vez de regreso en el salón, había permitido que Leonid descorchara la botella.

Su ayudante había brindado por él y por la suerte de todos los vivientes cuya existencia se podría ya prolongar, y acto seguido ambos empezaron a beber juntos. Su intención en principio no era sino tomar una copa, tal vez dos. Pero en aquel momento la botella estaba ya casi vacía Y a lo largo de todo el rato, arrastrando pastosamente las sílabas, MacDonald había hablado, había hablado tal vez más de lo que jamás lo hiciera con otro ser humano. Como de costumbre, pero en aquella ocasión quizá más que nunca, Leonid demostró ser un oyente ávido y respetuoso.

MacDonald estuvo hablándole a su ayudante de muchas cosas, pero no le confió su secreto. Jamás había comentado sus fórmulas con Leonid ni con ninguna otra persona. Su ayudante llegó a conocer el fin, pero no los medios por los cuales se había alcanzado aquel fin. MacDonald ni siquiera tenía por escrito la valiosa fórmula. Se la había aprendido de memoria. Sólo a la semana siguiente, tras haber sorprendido y emocionado al mundo con su electrizante anuncio en el Congreso Internacional de Gerontología de París, la plasmaría sobre el papel para toda la humanidad, la cual se iba a sentir arrastrada no por la fiebre del oro sino por la fiebre de la vida... un ansia de prolongar la propia vida que dominaría a todos los habitantes de la tierra.

En su lugar, MacDonald se había pasado el atardecer y parte del anochecer recordando sus primeros años, su interés por la geriatría con anterioridad a la muerte de su madre y su decisión de especializarse en gerontología a raíz del luctuoso acontecimiento.

-Son muy distintas, ¿sabe¿ -llegó a explicarle, innecesariamente, a su ayudante-. La geriatría es el estudio de las enfermedades de la vejez. La gerontología, en cambio, es el estudio de los medios destinados a evitar que la gente envejezca.

Durante casi cincuenta años estuvo inmerso en todos los aspectos de la gerontología. Había abandonado su laboratorio de aquella ciudad del Cáucaso únicamente en tres ocasiones en los últimos seis años, y de la última vez hacía ya más de veinticinco meses. Admiraba y estimaba a los cordiales y longevos habitantes de Abjasia. Vivían del esfuerzo de sus manos en el trabajo del campo. Todas sus casas disponían de un viñedo, y bebían diariamente vino y vodka de uva. Se alimentaban de queso de cabra y tortas de harina de maíz cocidas con adición de condimentos picantes, suero de leche diluido en agua y largas barras de pan. Vivían plácidamente y sin tensiones en estrechas unidades familiares, y en su lenguaje no figuraban las palabras «retiro» ni «anciano». Y en aquel diminuto lugar había cinco veces más centenarios que en todo el territorio de los Estados Unidos.

Por medio de ellos había descubierto la fórmula que concedería el don de la larga vida a toda la humanidad.

-He hablado demasiado -dijo de repente.

Mientras apuraba las últimas gotas de champán, se vio reflejado en el cristal de la librería que protegía sus libros científicos. Por regla general, no le importaba contemplar su propia imagen. Teniendo en cuenta los setenta y cuatro años con que contaba, se encontraba en bastante buena forma. Su cara redonda, rematada por un corto cabello blanco, con algunas zonas de calvicie, estaba relativamente lisa. El caballete de su nariz sostenía unas extravagantes gafas de montura metálica. Su corto pero poblado bigote blanco ofrecía un aspecto muy distinguido. Y en cuanto a la figura -sólo setenta y dos kilos, y el vientre plano-, de metro setenta y tres, la mantenía muy erguida. Pero, en aquel momento, lo que aparecía en el cristal de la librería no era más que el resultado del exceso de trabajo y del champán. Los azules ojos estaban acuosos e hinchados. El bigote, en parte mojado y en parte seco, aparecía torcido. Y su sempiterna corbata de pajarita se veía al sesgo. Se dirigió de nuevo a su ayudante.

-Nos llevará unos días prepararnos, pero la semana que viene estaremos en París con nuestro secreto. Usted vendrá conmigo, Leonid.

-Olvida usted, profesor, que soy judío -dijo Leonid, negando tristemente con la cabeza-. No me dejarán salir del país.

-Y usted olvida, Leonid -replicó MacDonald, frunciendo los labios-, que yo soy el nuevo <salvador> de la humanidad. Harán cualquier cosa por mí.

-Así lo espero, profesor.

-Si, la semana que viene, a París -MacDonald dejó el vaso sobre la mesa y se levantó medio tambaleándose-. Pero ahora, a la cama. Tengo que dormir un poco para que se me pase el mareo. Dígale a Vasily que no cenaré; yo mismo me prepararé un bocadillo más tarde -encaminándose hacia el dormitorio, añadió-: Este es un gran día para la humanidad, amigo mío.

-Mi más cordial enhorabuena, profesor.

-Enhorabuena a todos nosotros.

Había llegado a la puerta del dormitorio y estaba ya empezando a abrirla cuando, inesperadamente, acudió de nuevo a su mente algo que había leído en el Boletín de los Científicos Atómicos, una afirmación de Kenneth Boulding que le había producido una gran inquietud: <Tal vez la mayor amenaza para la humanidad en estos momentos no sea tanto el arma nuclear cuanto la posibilidad de eliminar el proceso de envejecimiento>.

La afirmación volvió a inquietarle una vez más.

Se sentía demasiado cansado para estudiarla entonces, demasiado cansado para analizar sus implicaciones. Ofrecerle a la gente el supremo don de vivir el doble: eso era muy bueno; ¿qué otra cosa podía ser mejor¿

En aquel preciso instante, sólo el sueño.

Quitándose la arrugada y ligera chaqueta de color beige, se dejó caer en la estrecha y blanda cama, quedó tendido y cerró los ojos y la mente al milagro y a la gloria.

La presión en el hombro le despertó de su profundo sopor. Había estado soñando que se encontraba en un remoto lugar entre el cielo y la tierra, hincado de rodillas ante un trono dorado en el que aparecían sentados Einstein, Pasteur y Newton, cuando una mano incorpórea había colocado una corona cuajada de joyas sobre su cabeza; pero la corona, resbalando bruscamente, se había alejado de pronto dando tumbos por el espacio, y él se disponía a levantarse para tratar de recuperarla y... entonces había experimentado aquella presión en el hombro, con el cual el sueño se evaporó y él quedó despierto, con los ojos cerrados.

Lo que le oprimía el hombro -era una mano- empezó a sacudirle, y una voz le susurró al oído:

-Profesor, despierte. Por favor, despierte.

Abrió los pesados párpados y distinguió la cabeza de su ayudante cerca de la suya.

Cuando estaba empezando a mover los labios, la mano de Leonid se apartó rápidamente de su hombro y le cubrió la boca.

-No hable -le dijo Leonid en voz baja-. Es necesario que él no se entere. ¿Está usted completamente despierto¿

MacDonald asintió con la cabeza.

-Entonces escuche -su ayudante retiró la mano-. Vasily se lo ha dicho. Ha averiguado lo de su descubrimiento y ha informado al KGB.

El KGB, el Comité de Seguridad del Estado. MacDonald se encontraba ya no sólo completamente despierto, sino también en un estado de alerta.

-Sospeché desde un principio que Vasily era un confidente que nos habían colocado -prosiguió diciendo Leonid-. Si usted recuerda, se lo advertí. En cualquier caso, nuestra celebración le habrá infundido sospechas. Cuando usted se ha retirado a descansar y yo me he ido al laboratorio, debe de haberse dirigido al salón en busca de su diario, donde habrá leído la última anotación que usted ha hecho acerca del descubrimiento, acerca de la C-98. Yo he entrado por casualidad en la cocina y le he oído hablar por teléfono desde su habitación. Entonces me he acercado a la puerta para escuchar lo que decía: estaba llamando a la central del KGB en Odesa. Ha hablado con alguien de allí, alguien llamado Boris Kedrov, el jefe, creo, y le ha comunicado la noticia de su descubrimiento. Al parecer, el tal Kedrov preguntaba por usted, pues Vasily ha dicho que el profesor estaba en la cama, durmiendo profundamente. Entonces Kedrov ha debido de informarle de que vendrían inmediatamente, porque él estaba contestando que les esperaría y que, entretanto, le vigilaría a usted hasta que ellos llegaran, cuando he abandonado inmediatamente la cocina...

-¿Por qué vienen¿ ¿Qué quieren de mí¿

-Su descubrimiento. Lo quieren para ellos solos.

-No -dijo MacDonald, asustado-. No, eso no debe ocurrir jamás.

-Y no ocurrirá, si hace usted lo que yo le diga -replicó Leonid-. He organizado su fuga -se miró el reloj de pulsera-. Tenemos que actuar con rapidez. He llamado al aeropuerto de Sujumi, el aeropuerto militar que se encuentra cerca de aquí. Me han dicho que hay tres vuelos esta noche, dos interiores y uno internacional. Este último es el SU-509, un Tupolev que traslada a Venecia a una delegación cultural cuyos miembros van a reunirse con sus recién elegidos camaradas del Partido Comunista italiano. Hay plaza para usted en el vuelo, siempre y cuando sus documentos estén en regla.

-Mis documentos están en regla. Gracias a mis viajes de investigación, dispongo de un visado permanente.

-El avión despega dentro de cuarenta y cinco minutos. Tenemos que darnos prisa.

MacDonald se levantó de la cama y permaneció de pie un instante, momentáneamente desconcertado.

-Mis cosas -murmuró por fin, dirigiéndose hacia la puerta.

-Por favor, no... -dijo Leonid, asiéndole del brazo.

-Pero el diario, los gráficos de las pruebas de los animales, los...

-No necesita nada de eso -le interrumpió Leonid en tono apremiante-. Lo único que necesita es la cabeza. No puede correr el riesgo de que Vasily le vea; si sospechara que quiere usted irse, podría retenerle aquí con una pistola... o, por lo menos, avisar al aeropuerto, en cuyo caso no le autorizarían a tomar el avión. Créame, profesor.

MacDonald asintió. Recogió la chaqueta y empezó a ponérsela.

-Su documentación para el viaje... ¿se encuentra en esta habitación¿

El profesor volvió a hacer un gesto afirmativo. Se acercó a la cómoda color marrón oscuro, abrió el cajón superior y sacó el pasaporte, su permiso de viaje Intourist para personalidades y dos talonarios de cheques de viaje.

-Abriré la ventana de atrás y saltaré primero -dijo Leonid, situándose a su lado-. No hay mucha altura; le ayudaré a bajar. El coche se encuentra aparcado más allá del jardín, junto a la carretera. Vasily no se enterará, creerá que sigue usted dormido.

-Leonid -dijo MacDonald de pronto, deteniéndose junto a la ventana-, ¿qué le ocurrirá a usted¿

-No se preocupe, ya me las arreglaré. Me inventaré alguna historia. Lo importante ahora es que salga usted de aquí antes de que lleguen. Muy pronto, esta misma noche, se encontrará ya en Venecia, libre. Mañana estará en París, y entonces su descubrimiento pertenecerá al mundo...

-Cuando era joven, solía rezarle a Dios -dijo el profesor, sonriendo tristemente-. Espero que ahora se acuerde.

-Vamos -dijo Leonid, levantando despacio y sin ruido el cristal de la ventana-. No hay ni un segundo que perder.

 

Habían transcurrido más de tres horas cuando Vasily acudió a abrir la puerta principal. La mantuvo abierta de par en par, franqueando el paso a los cinco hombres.

El que con toda evidencia era el jefe, un rechoncho individuo de mediana edad, de uniforme pero con la cabeza descubierta, con el cabello cortado al rape, ojos muy juntos, ancha nariz y labios abultados -rasgos casi mongólicos-, echó un vistazo al salón y después clavó la mirada en Vasily.

-¿Es usted Vasily¿

-Sí, señor -contestó el criado con voz casi inaudible, haciendo una leve inclinación.

-Buen trabajo. Soy el comandante Boris Kedrov. Vienen conmigo dos de nuestros más destacados científicos, Grigori Kapitin y Vladimir Petrovsky, del Instituto de Gerontología de Sujumi, con el fin de comprobar si se trata de un auténtico hallazgo o bien no es más que una patraña. Nos acompañan dos de mis agentes del KGB, Yagoda y Shvernik. El profesor... ¿está todavía durmiendo¿

-Sí, señor -respondió de nuevo Vasily, señalando la puerta del doritorio.

-Excelente. No perdamos el tiempo. Antes de despertar al profesor MacDonald, vamos a comprobar si su descubrimiento es genuino. Aparte de sus sospechas, ¿qué otros indicios tenemos de que el profesor ha descubierto el secreto de la prolongación de la vida¿

-Su diario personal, comandante. Ya le he hablado de él por teléfono...

-Sí, el diario.

-Está encima del escritorio -dijo Vasily-, todavía abierto por la página en la que ha hecho su última anotación, esta misma tarde.

-¿Hay alguna otra cosa... -preguntó el comandante Kedrov con cierto desdén- alguna otra prueba¿

-Su laboratorio -contestó el criado, señalando hacia el pasillo que se abría junto al rincón del salón destinado a comedor-. Allí están los animales de prueba, los ratones y los cobayos. Leonid llevaba los registros...

-¿Leonid¿ -preguntó el comandante bruscamente-. ¿Quién es Leonid¿

-Su ayudante de laboratorio. Un joven judío.

-¿Se encuentra en la casa¿

-Sí, señor.

-¿Dónde¿

-Probablemente en su habitación, cerca de la mía, más allá de la cocina -levantó el brazo para indicar la dirección-. Al otro lado.

-Yagoda... Shvernik... -dijo el comandante Kedrov, haciendo una seña a sus hombres- búsquenle -mientras los silenciosos agentes se encaminaban apresuradamente hacia la cocina, él se volvió a los demás-. Doctor Kapitin, creo que usted sabe inglés; ehche un vistazo al diario del profesor y dígame qué piensa. En cuanto a usted, doctor Petrovsky... Vasily le acompañará al laboratorio. Vea si hay una prueba fehaciente.

El comandante Kedrov observó cómo Kapitin se acercaba al escritorio y tomaba el diario, al tiempo que Petrovsky seguía al criado por el pasillo. Durante un rato permaneció inmóvil, contemplando fijamente la puerta del dormitorio de MacDonald. Al cabo de unos tres o cuatro minutos, empezó a pasear describiendo un pequeño círculo.

De pronto, el doctor Kapitin se interpuso en su camino obligándole a detenerse. El científico sostenía en la mano el diario de MacDonald.

-Aquí está -dijo Kapitin cautelosamente-. El profesor afirma haberlo descubierto. Se muestra muy explícito -abrió el diario y buscó el pasaje, leyéndolo en voz alta-. «A las cinco y cuarto de esta tarde ... A partir de hoy, mi fórmula, a la que he denominado C-98, extenderá la longevidad de todos los seres humanos de la tierra desde un promedio de sesenta y dos años a un promedio de ciento cincuenta.»

-¿Será posible¿ -dijo el comandante Kedrov, evidentemente asombrado.

-No podría asegurarlo repuso Kapitin, arrugando la frente-. Se han hecho grandes progresos en este campo, pero ni siquiera los más optimistas esperaban que pudiera producirse el descubrimiento antes de cuarenta o cincuenta años -dio unas palmadas sobre el diario-. Naturalmente, cabe la posibilidad de que esto no sea más que el delirio de un anciano o una simple estupidez romántica, producto más del deseo y la esperanza que de auténticos hechos reales, o la consecuencia de algo que le haya inducido a llegar a unas conclusiones prematuras -vacilo-. No obstante, la labor del doctor MacDonald no me es desconocida. Aunque a él sólo le conozco superficialmente, de las muchas visitas que ha realizado al instituto, he leído sus trabajos. Es muy respetado a nivel internacional, y ocupa un alto lugar en su especialidad. Pero esto... -cerró el diario y acarició la cubierta con gesto pensativo-. Es imposible dar una opinión definitiva. Tendríamos que conocer más datos...

-Conocemos más datos -le interrumpió una voz. Era la del doctor Petrovsky, que se acercaba con un montón de gráficos fijados a una tabla. Vasily apareció detrás de él-. Estos meticulosos registros de las pruebas efectuadas por MacDonald con sus animales de laboratorio son concluyentes. El grupo concreto al que inyectó una especie de fórmula denominada por él C-98 ha sobrevivido durante un período dos veces superior a su ciclo vital normal. No me cabe la menor duda: el profesor MacDonald ha hecho un descubrimiento trascendental, tal vez uno de los más importantes de todos los tiempos... Un descubrimiento de tal significación y magnitud que resulta prácticamente imposible saber los efectos que pueden ejercer sobre la raza humana.

-A mí no me interesa la raza humana -dijo el comandante Kedrov categóricamente-. A mí sólo me interesa, por encima de todo, el bienestar de la Unión Soviética, nuestra querida patria.

-Claro, claro -se mostró de acuerdo el doctor Kapitin.

-Bueno, puesto que ya sabemos que se trata de una realidad -dijo el comandante, contemplando una vez más la puerta del dormitorio-, ha llegado el momento de que felicitemos al profesor MacDonald.

Al ver que los tres se dirigían hacia el dormitorio, Vasily se les adelantó rápidamente. Giró el pomo y abrió la puerta, apartándose para ceder el paso a sus superiores.

El comandante Kedrov metió la cabeza, encendió la luz y entró. Inmediatamente se detuvo en seco, contemplando la vacía cama con ojos desorbitados. Mirando a su alrededor, se acercó lentamente al armario y abrió y cerró la puerta. Fue luego hacia otra puerta que había al lado, la abrió e inspeccionó el interior del cuarto de baño. Retrocediendo, estudió una vez más la estancia, y fue entonces cuando observó el detalle de la ventana abierta.

-Vaya, vaya -dijo entre dientes. Se volvió a medias y miró a Vasily fijamente, con los ojos entornados-. ¿Está seguro de que se fue a dormir¿

-Leonid me dijo que el profesor iba a echar una cabezada... -contestó el criado nerviosamente.

-¿Podría estar en algún otro sitio de la casa¿

-No, señor. He estado todo el tiempo pendiente de esa puerta.

-La ventana, ¿la dejaba siempre abierta cuando dormía¿

-No... no recuerdo. Creo que no.

Shvernik apareció de nuevo en la puerta del dormitorio.

-Mi comandante...

-¿Sí¿

-Hemos encontrado al ayudante, a Leonid, en su habitación. Se estaba desnudando para acostarse. Le hemos interrogado acerca del descubrimiento, y afirma no saber nada al respecto. Dice que su misión consistía únicamente en mantener en orden el laboratorio y cuidar a los animales de prueba...

-Miente -le interrumpió Vasily-. Él y el profesor se han pasado dos o tres horas en el salón bebiendo y celebrando algo. Tiene que saber lo que ha sido del profesor.

-Sí, creo que el tal Leonid puede contarnos algo más... -convino el comandante Kedrov. Y dirigiéndose a su agente, dijo-: Shvernik, el profesor MacDonald ha desaparecido. Tenemos que averiguar cuanto antes dónde se encuentra. Sugiero que usted y Yagoda interroguen a ese hombre con más insistencia. Lleguen hasta donde sea necesario; quiero una respuesta, la verdad, antes de cinco minutos.

Tras retirarse el agente, el comandante inspeccionó una vez más el dormitorio, y a continuación se acercó a la cómoda y empezó a abrir los cajones uno tras otro,examinando la ropa y todo lo que contenían. Al terminar fue hacia la cama, abrió el cajón de la mesilla de noche y lo volvió a cerrar.

-Dónde diablos tendrá el pasaporte -murmuró-. No se encuentra en esta habitación.

Perdido en sus pensamientos, abandonó el dormitorio y regresó al salón. Los otros tres le siguieron. Al llegar junto a la mesita de café, Kedrov se detuvo, se sacó una cajetilla del bolsillo y extrajo un cigarrillo. El doctor Petrovsky se apresuró a darle fuego.

Desde detrás de una nube de humo, el comandante Kedrov dijo en tono sereno:

-Tal vez me haya alarmado innecesariamente. A lo mejor nuestro huésped sólo ha salido a dar un paseo y va a regresar de un momento a otro. Es posible que haya una explicación inocente. No quisiera que su desaparición obedeciera a alguna otra causa. Miren...

Le distrajo momentáneamente un agudo y prolongado grito, que procedía de más allá de la cocina. Mirando en aquella dirección, prestó atención y escuchó unos gemidos y unos confusos murmullos de protesta, y, súbitamente, volvió a escuchar otro grito.

El comandante se encogió ligeramente de hombros y continuó hablando a los dos angustiados científicos que tenía delante.

-Miren, señores, considero que ésta es la misión más importante de mi carrera. No habría explicación aceptable para el Kremlin en caso de que no consiguiéramos entregar al profesor MacDonald con su C-98. La posesión exclusiva de la fórmula por parte de la Unión Soviética cambiaría la historia futura. Ante todo, el propio primer ministro cuenta setenta y cinco años de edad, y no goza de muy buena salud. Ya pueden ustedes imaginarse la extraordinaria importancia que revestiría para él personalmente el poseer una pócima que le permitiera vivir otros setenta y cinco años -dio una chupada al cigarrillo y añadió-: Más aún, piensen lo que el descubrimiento, en nuestras manos, podría significar para la Unión Soviética. Significaría que nuestros dirigentes, los miembros del Politburó, nuestros más sabios inventores, los generales, los economistas, los artistas... seguirían viviendo mientras sus colegas de los Estados Unidos y otras naciones, limitados a ciclos vitales normales, se fueran muriendo y esos países tuvieran que empezar otra vez con gente nueva en todos los campos. Nuestra ventaja nos permitiría dominar el mundo en todos los sectores imaginables; ésta iba a ser la opinión inmediata de nuestros dirigentes. No puedo fallarles.

Otra serie de gritos le indujo a detenerse. Después, se hizo el silencio.

El comandante Kedrov hizo un gesto afirmativo con aire de experto y examinó las expresiones de los rostros de los doctores Kapitin y Petrovsky.

-No se preocupen, señores -dijo-. En mi trabajo, el resultado siempre justifica cualquier acción que se emprenda. Recuerden simplemente una cosa: este descubrimiento se ha realizado en la Unión Soviética, merced a la hospitalidad de la Unión Soviética; es lógico por tanto que pertenezca a la Unión Soviética. En consecuencia, deben ustedes...

-¡Comandante Kedrov! -dijo el agente Shavernik, acercándose a toda prisa-. Ha confesado... ha reconocido que el profesor MacDonald ha abandonado el país...

-¿Que ha abandonado el país¿ -repitió Kedrov, con una expresión de incredulidad en su rostro.

-Exactamente -afirmó Shavernik sin resuello-. Según Leonid, el profesor se ha enterado de que había un vuelo especial que salía del aeropuerto de Sujumi a primeras horas de esta noche y ha reservado plaza en él. Luego ha ido en busca de su ayudante y, encañonándole con una pistola, le ha obligado a llevarle en el coche al aeropuerto. Al principio, no quería confesarlo porque temía que no creyéramos que había sido obligado a hacerlo. Pero bajo la presión del interrogatorio...

-No importa -dijo el comandante Kedrov con aspereza-. ¿Adónde diablos se ha ido, cuál era el destino del vuelo¿

-Italia, señor. Venecia.

-¿Venecia¿ No tenemos ningún asunto en Venecia.

-El Partido Comunista italiano... -...ha conseguido que fuera elegido su candidato a la alcaldía -terminó la frase Kedrov-. Ya recuerdo. Mire, Shvernik, llame por teléfono al aeropuerto de Sujumi. Tengo que estar seguro de que existía ese vuelo y de que MacDonald se encontraba en el avión.

El hombre del KGB corrió al teléfono y efectuó la llamada; tras identificarse, habló con el director de vuelos. ¿Había habido aquella noche un vuelo especial a Italia¿ En efecto... el vuelo SU509, un Tupolev con destino a Venecia. ¿Figuraba en la lista de pasajeros un inglés o norteamericano, un tal profesor MacDonald¿ Sí. tenía los papeles en regla y se encontraba a bordo cuando el aparato despegó.

-Un momento -dijo el comandante antes de que Shvernik pudiera colgar-. Pregúntele otra cosa. ¿Dónde está el avión en estos momentos... es posible ordenar su regreso¿

El agente repitió la pregunta por el teléfono. Aguardó hasta recibir la respuesta y luego dijo:

-Comprendo. Muchas gracias -colgó el aparato-. Lo siento, mi comandante. El Tupolev está sobrevolando el norte de Italia y aterrizará dentro de poco. No dispone de suficiente combustible para el regreso, no se le puede ordenar que vuelva.

El comandante Kedrov golpeó con la palma de la mano la superficie de la mesita.

¡Maldita sea! -exclamó, poniéndose en pie; después empezó a pasear alrededor de la mesa, mientras reflexionaba intensamente-. El avión iba a Venecia porque... -levantó la mirada-. Los comunistas italianos controlan la ciudad. Bien, eso ya es algo -se dirigió con aire decidido hacia el teléfono y lo descolgó-. Señorita, aqué el comandante Kedrov, del KGB. Llamada de urgencia. Quiero una conferencia...

 

Hasta que el Tupolev no alcanzó la pista del aeropuerto Marco Polo -en medio de brincos y sacudidas, y con el impulso del tren de aterrizaje hidráulico empujándole contra el cinturón de seguridad-, más aún, hasta que no aminoró gradualmente la velocidad, dirigiéndose hacia la terminal, la tensión no empezó a abandonar poco a poco el cuerpo del profesor Davis MacDonald.

Ni siquiera cuando estaban volando ya sobre la ciudad, y había contemplado desde arriba las guirnaldas de alegres luces en aquella noche sin nubes, se había sentido seguro. Se encontraba todavía en el interior de un avión ruso, gobernado por dos pilotos y un ingeniero soviéticos, y sus compañeros de viaje eran treinta y cinco ruidosos burócratas rusos que no cesaban de beber. Puesto que la capacidad del aparato era de ciento veintiocho plazas y sólo iba ocupada algo más de la cuarta parte, había podido disponer de tres asientos para él solo en el extremo de atrás, aislándose en cierto modo de los restantes pasajeros. Sin embargo, mientras se encontró en el aire, no había dejado de tener la impresión de ser un prisionero de los rusos y de estar amenazado.

Pero en aquellos momentos, cerrando la marcha de los viajeros que abarrotaban el pasillo en su avance hacia la parte anterior para descender del avión estaba empezando a sentirse mejor. Unos instantes después se encontró junto a la portezuela. Una azafata le expresó sus mejores deseos y le dio la bienvenida a Venecia; MacDonald le dio las gracias, improvisando a su vez un cumplido, y pisó la plataforma metálica de la escalerilla portátil. Asiendo la barandilla, empezó a bajar.

Un poco más y sus pies andarían sobre suelo italiano.

Los latidos de su corazón se aceleraron: libre al fin. A salvo, con el secreto que asombraría al mundo entero.

Frente a él se encontraba aguardando un autobús de color amarillo. Los miembros de la delegación cultural soviética estaban subiendo al mismo, y él hizo lo propio y se agarró a la barra que corría por encima de su cabeza, sin prestar atención a los demás. A los pocos segundos, las puertas del vehículo se cerraron. El autobús cruzó la pista y, unos minutos después, se detuvo ante un edificio brillantemente iluminado.

MacDonald se había acercado a la portezuela más próxima y fue el primero en descender. Mientras los demás pasajeros abandonaban el vehículo, él permaneció inmóvil, observando con deleite la terminal. Era un edificio blanco y azul, de dos plantas, la segunda de las cuales había sido construida un poco más retrasada con respecto a la primera. En la parte alta había un letrero azul de grandes proporciones con una palabra escrita en letras blancas iluminadas: VENEZIA.

La seguridad, pensó. Gracias a Dios.

Delante de él pudo ver a los miembros de la delegación rusa caminando a lo largo del edificio de la terminal para dirigirse a la entrada posterior. MacDonald se puso a andar, reteniendo el paso para que una corta distancia se interpusiera entre él y los soviéticos. En cierto modo, aquella separación le proporcionaba una mayor sensación de seguridad y libertad.

Mientras andaba lentamente, recordó por primera vez que había estado allí en otra ocasión... no en aquel aeropuerto, sino en Venecia, en una época que en aquellos momentos se le antojaba muy remota. Parecía increíble pero habían transcurrido más de cincuenta años. Fue durante las vacaciones estivales de su primer año de medicina, cuando aún tenía las ideas muy confusas acerca de su futuro. Había acompañado a su madre, viuda ya por aquel entonces -en aquella época resultaba de buen tono viajar con la propia madre, sobre todo siendo la suya una célebre física a la que se recibía en los mejores hogares-, desde Londres a París, utilizando el transbordador de Dover a Calais. Después, tras pasar una extraordinaria semana en París, habían tomado un tren nocturno en dirección a Venencia, donde pensaban estar tres días, antes de seguir viaje a Florencia y Roma. Un recuerdo de Venecia había perdurado siempre en su memoria: el del momento en que, al salir de la estación, se había encontrado bajo el cálido y resplandeciente sol. De pie en lo alto de la escalinata, había contemplado boquiabierto el ancho y luminoso canal lleno de góndolas y lanchas motoras, asombrándose ante la vasta extensión de agua color añil que se extendía en ambas direcciones hasta donde la vista alcanzaba. Había tenido la impresión de hallarse en un mágico y líquido país de hadas.

Otro recuerdo: su madre se había sentido indispuesta en su segundo día de estancia en Venecia. Pese a ello, se habían trasladado a Florencia. Allí, ella se encontró ya terriblemente enferma. El resto del viaje había sido cancelado y él la había tenido que acompañar de nuevo a Londres. A las dos semanas, su madre moría de cáncer. Un par de meses más tarde, él había decidido que, cuando finalizara sus estudios de medicina, se especializaría en gerontología, atraído por la idea de poder prolongar el ciclo vital humano.

Su mente había vuelto a Venecia. Aparte del recuerdo del primer panorama que admiró desde la escalinata de la estación, ¿qué otros fragmentos quedaban en su memoria¿ La Piazza San Marcos, con sus palomas, sus vendedores ambulantes y sus cafés. El Campanile, o campanario, elevándose al cielo en la Piazza. El insólito pero delicadamente armonioso Palazzo Ducale, o palacio de los dux, con su arquitectura bizantina y árabe (con elementos góticos y renacentistas), la estructura a la que Ruskin, había calificado como el edificio central del mundo. ¿Dónde se habían alojado¿ Era un hotel de nombre familiar... Sí, ya recordaba: el Grand Hotel. Pensó otra vez en su madre. Si él hubiera descubierto la C-98 antes de aquella lejana visita a Venecia, su madre hubiera podido estar en aquellos momentos allí recibiéndole, viva y en perfecto estado de salud, a la edad de ciento un año más o menos... Bueno, el pasado no tenía remedio. Sin embargo, para todos los mañanas de la humanidad, él tenía un regalo. Casi todas las madres de la tierra vivirían hasta los ciento cincuenta años, pudiendo disfrutar del placer de contemplar a sus tataranietos.

Se percato de que acababa de llegar a la puerta de la terminal. La cruzó y enfiló un largo pasillo, al final del cual los rusos estaban siendo despachados por un robusto funcionario italiano que, vistiendo una camisa deportiva de cuello desabrochado, se hallaba sentado sobre un taburete detrás de un mostrador. Cuando el último de sus vecinos de viaje siguió adelante, doblando a la izquierda y perdiéndose de vista, MacDonald se acercó al funcionario.

-Pasaporte, por favor, y carta di sbarco -le pidió el italiano.MacDonald recordó que había rellenado la tarjeta de desembarco a bordo del avión. Se la sacó del bolsillo junto con el pasaporte y entregó ambas cosas al funcionario. Éste se quedó con la trajeta de desembarco y después abrió el pasaporte, estudió la fotografía, miró a MacDonald y se lo devolvió.

-Muéstreselo a la señorita de la puerta antes de abandonar la terminal -le dijo en inglés.

-Gracias -dijo él.

Continuó adelante y, girando a la izquierda, entró a un amplio vestíbulo dividido por una barandilla metálica más allá de la cual se podía ver una plancha giratoria de equipajes a cuyo alrededor se arracimaban todos los viajeros. MacDonald hizó ademán de dirigirse hacia el paso de la barandilla para unirse a ellos, pero entonces se dio cuenta de que no llevaba equipaje. Frente a él, dos italianos enfundados en unos arrugados uniformes se encontraban de pie junto a una baja y larga plataforma de madera sobre la que había un rótulo en el que se leía: DOGANA DOUANE/ZOLL CUSTOM. MacDonald dedujo que debían de ser los inspectores de aduanas. Más allá, había un mostrador detrás del cual se hallaba sentada una rubia y rechoncha joven italiana, con una blusa de color azul claro. Por encima de ella, un letrero rezaba: INFORMAZIONI.

Antes de seguir adelante, MacDonald trató de organizar mentalmente lo que haría a continuación. En el mostrador donde tenía que enseñar el pasaporte, preguntaría si había algún avión con destino a París aquella noche. No era muy probable a aquella hora, pensó, pero lo preguntaría de todos modos. Si era demasiado tarde para coger un avión, iría a Venecia y trataría de localizar el Grand Hotel -o cualquier otro, con tal de que fuera bueno- y tomaría una habitación hasta la mañana siguiente. Tras reservar plaza en el primer vuelo, telefonearía al hotel Piazza Athénée de Paris, en el que se alojaba su colega Edwards, para anticiparle la increíble noticia de su descubrimiento. A continuación, después de pedir que le sirvieran una cena ligera en la habitación, se acostaría para conciliar un buen sueño, pues le hacía mucha falta. Aquel día trascendental -la emoción del descubrimiento, la celebración con champán, la espantosa huida de los rusos, el viaje en avión- había representado para él un terrible esfuerzo, y le dolía todo el ser a causa del agotamiento. Iba a tratar de dormir todo lo que pudiera tanto aquella noche como durante la siguiente semana, en que escribiría su trabajo, puesto que, cuando compareciera ante el congreso de gerontología, para el que faltaban seis o siete días -ya no estaba seguro de cuándo era exactamente-, y leyera su trabajo a los delegados y al mundo, ya no volvería a conocer el descanso, la soledad ni la paz.

Con el pasaporte en la mano, MacDonald se encaminó hacia los funcionarios de aduanas. Le observaron con interés -tal vez porque no llevaba maletas- y uno de ellos, con la cara muy seria, le hizo señas de que pasara. Se dirigió entonces al mostrador de la joven y rubia italiana.

-¿Su pasaporte, signore¿ -le dijo ella, sonriendo. MacDonald le entregó el pasaporte. Ella lo abrió y lo examinó; contempló la fotografía y después le estudió el rostro para ver si correspondía-. ¿Es usted Davis MacDonald¿

-Sí.

-Muy bien. Ya puede pasar.

Mientras se guardaba el pasaporte en el bolsillo, MacDonald preguntó en tono vacilante:

-Señorita, ¿puede usted decirme si hay algún vuelo a París esta noche¿

-No, no. Ya no hay salidas; todo está cerrado. Podrá conseguir usted un vuelo mañana por la mañana.

-Gracias. ¿Cómo puedo trasladarme a Venencia¿ ¿Hay taxis ahí afuera¿

-Taxis acuáticos -contestó ella-. Motoscafi, lanchas motoras. Son veinte minutos por el canal -le indicó hacia la izquierda-. ¿Ve usted aquellos hombres¿ Cualquiera de ellos le llevará a Venecia.

Al pasar de la terminal a otro espacioso vestíbulo, le abordaron dos jóvenes que había junto a la entrada; uno de ellos era de baja estatura y vestía un arrugado traje marrón, y el otro, de fuerte complexión, llevaba una gorra, camisa blanca y pantalones grises.

-¿Va usted a Venecia, signore¿ -le preguntó el bajito.

-Sí.

-Tenemos un taxi acuático. Venga con nosotros. ¿Lleva equipaje¿

-No.

Macdonald salió con ellos a una plazuela asfaltada en cuyo centro había un parterre semicircular de césped con caléndulas y dragones. Los jóvenes le acompañaron a un pequeño embarcadero de madrera.

-Me gustaría ir al Grand Hotel -dijo MacDonald-. ¿Existe todavía¿

-Sí, sí. En el Gran Canal -le contestó el más bajo- Via Ventidue Marzo. Un hotel muy bueno.

-No tengo reserva -dijo él-. Bueno, ya veremos.

Junto al embarcadero, una vieja motora de color caoba y cromo, amarrada con una cuerda a uno de los pilotes se mecía suavemente sobre el agua.

El joven bajito descendió rápidamente a la lancha y después extendió la mano para ayudar al pasajero. MacDonald pisó con cuidado el borde de la embarcación y bajó los dos peldaños de madera. Por encima del hombro vio que el otro, el más corpulento, desataba la cuerda y saltaba a la motora.

-Usted entre ahí -le dijo entonces el bajito, indicándole la amplia cabina-. Póngase cómodo. En seguida llegaremos a Venecia.

MacDonald se agachó, entró en la iluminada y bien acondicionada cabina y se acomodó en un sofá de cuero. Observó con interés cómo el silencioso joven de la gorra se colocaba junto al timón, mientras su compañero permanecía de pie a su lado. El motor empezó a ronronear y la embarcación se puso en movimiento, se detuvo, describió un semicírculo y empezó a surcar suavemente las aguas.

MacDonald estaba impaciente por llegar a su hotel de Venecia, hacer la reserva para el vuelo de la mañana siguiente y telefonear a París para comunicar la tremenda noticia. Poco a poco, el ondulante ritmo de la lancha y el monótono ronquido del motor le fueron tranquilizando y al final se reclinó en el sofá. Buscó un puro en el bolsillo de la chaqueta. Había tres. Tomó uno, le quitó la funda, mordió la punta y sacó el encendedor de plata.

Mientras fumaba, se puso a mirar por la ventanilla de la lancha, cuyas azules cortinas estaban descorridas. A través de las finas salpicaduras de agua, muy cerca, pudo ver unos grupos regularmente espaciados de pilotes de madera -cada uno formado por tres pilotes rodeados por una abrazadera metálica-, todos ellos cubiertos de musgo, tranquilizadores, con una lucecita amarilla, como postes indicadores del camino a la ciudad. Más allá de los pilotes había unos muros de contención, e inmediatamente cenagales y verdes marismas cubiertas de hierba y maleza.

Al cabo de un rato -cinco minutos, tal vez diez-, MacDonald se dio la vuelta en el asiento, agachó la cabeza y miró a través de la ventanilla del otro lado. Había muchas más luces y se veían ya edificios: residencias, almacenes, un bloque de apartamentos con los cuadrados de las ventanas iluminados... Las afueras de Venecia, sin duda.

El canal se había ensanchado considerablemente y acababan de entrar en una amplia laguna. A la izquierda, una diminuta isla; a la derecha, la costa con más residencias -edificios de ladrillo, edificios de hormigón-, algunas de ellas ocultas entre las sombras de la noche.

De pronto entraron en otro canal, y poco después pasaban bajo un puente de hierro cuyo rótulo decía: PONTE VIVARINI.

Al salir de aquel canal, se encontraron de nuevo en una vasta extensión de agua. Súbitamente, al fondo del curvado paisaje, a la derecha, surgió un arracimiento de deslumbrantes luces, un gigantesco ramillete de luces, y él pensó que aquello debía ser el mismísimo centro histórico de Venecia -el corazón de la ciudad, su destino- y aguardó expectante a que la lancha virara en aquella dirección. Pero, en lugar de hacerlo, y dejándole un tanto perplejo, la motora siguió adelante en línea recta, aumentando la velocidad al tiempo que la proa se levantaba del agua a su paso por entre las columnas de pilotes de madera de ambos lados. Miró a la derecha, más allá de los dos hombres que se encontraban de pie junto a la proa, y vio que se estaban dirigiendo sin lugar a dudas hacia el centro de la enorme laguna, en la que hileras de luces formaban estrechos senderos a través del agua.

MacDonald no tenía la menor idea de dónde se encontraba, pero estaba seguro de que el conductor conocía el camino de Venecia y de que, de un momento a otro, darían media vuelta en dirección a la concentración de luces de la ciudad. Mientras aguardaba el feliz instante de desembarcar, se reclinó en el sofá y siguió fumando tranquilamente.

A los pocos minutos, la lancha aminoró la velocidad, empezó a balancearse y, deslizándose sobre el agua, golpeó súbitamente contra algo de madera, se estremeció y se detuvo. El reloj le indicó que habían transcurrido treinta y dos minutos. En el aeropuerto, la muchacha de los pasaportes, le había dicho que el trayecto duraría veinte minutos. Bueno, pensó, en Italia nunca son puntuales, o al menos eso es lo que él había leído.

Escuchó entonces las voces de sus acompañantes, llamando a alguien de arriba.

MacDonald se asomó una vez más por la ventanilla. Había unos peldaños que conducían a un embarcadero, y algo más allá podía verse la silueta de un gran edificio de dos plantas, varias de cuyas ventanas aparecían iluminadas.

-Signore -oyó que alguien le llamaba.

Era el joven de baja estatura, que mantenía abierta la puerta de la cabina.

Agachándose, MacDonald abandonó el pequeño camarote. Una vez en la parte de la embarcación el más corpulento de sus conductores extendió el brazo y le ayudó a subir los dos peldaños de la lancha para pasar a la parte más baja del embarcadero. En lo alto de este, seis o siete peldaños más arriba, se encontraban dos hombres, uno en traje de calle y el otro de uniforme; el primero de ellos le estaba haciendo señas para que subiera.

Confuso y perplejo, MacDonald se dio media vuelta y les dijo a los jóvenes que le habían llevado hasta allí.

-¿Dónde estoy¿ Esto no es Venecia.

-Arrivederci -grito el joven de la gorra, impulsando la lancha para apartarla del embarcadero.

La motora se puso en marcha y MacDonald vio, presa del pánico, que la brecha de agua que se abría ante él y la embarcación era demasiado grande como para poder saltar.

Se volvió entonces hacia los peldaños del embarcadero, con el corazón latiéndole apresuradamente.

Aguardó.

-Suba -oyó que alguien le ordenaba-. Lo tenemos encañonado con una pistola.

Con las piernas como de plomo, MacDonald empezó a ascender lentamente los peldaños. Al llegar arriba, se encontró directamente con los dos hombres. El más achaparrado, que vestía un uniforme caqui con una correa blanca cruzándole el pecho desde el hombro a la cadera, un italiano sin lugar a dudas, posiblemente un miembro del cuerpo de carabinieri, le estaba apuntando con una pistola de pequeño calibre. El otro, un individuo de negro cabello rizado, ojos como abalorios y una nariz puntiaguda en un rostro eslavo, enfundado en un pulcro traje oscuro de doble botonadura, le miraba con expresión afable.

-¿Qué es esto¿ -preguntó MacDonald con voz temblorosa-. Tendría que estar en Venecia. ¿Dónde estoy¿

-Se encuentra usted en la isla de San Lazzaro -le contestó el del traje con un leve asomo de acento ruso-. A ocho minutos de Venecia.

-¿Y eso qué significa¿ ¿por qué estoy aquí¿

-Por su propia seguridad, amigo mío. Es usted demasiado valioso como para que se encuentre en otro lugar que no sea éste.

-¿Qué van a hacer conmigo¿ -preguntó MacDonald, aterrado.

-Vamos a mantenerle bajo custodia, profesor. Después, al cabo de unos días, le devolveremos a casa. Sí, a casa. Le devolveremos a la Unión Soviética.

 

A la mañana siguiente, ni la cálida luz del sol que se filtraba a través de las enrejadas ventanas ni el delicioso desayuno que le habían servido media hora antes fueron suficientes para consolarle. El frío hecho de su situación seguía estando presente: no había huido, no se encontraba en libertad; era un prisionero.

MacDonald, con la camisa sucia y los pantalones arrugados, sentado todavía frente a la bandeja del desayuno, colocada sobre una especie de mesa plegable, se sentía confuso y desvalido. Él era un hombre normalmente tranquilo y pacífico, que abordaba todas las nuevas experiencias de la vida con espíritu reflexivo y lógico, y que jamás en toda su existencia había sufrido o disfrutado de los efectos de una coyuntura altamente dramática. Exceptuando sus visitas al extranjero y sus entrevistas con los octogenarios de los distintos lugares, su actividad era en buena parte mental y sus costumbres más bien sedentarias. Los acontecimientos de las dieciséis horas transcurridas desde que había descubierto la C-98 -su huida de Sujumi, su secuestro en Venecia- eran algo que él siempre había considerado más propio de las películas o de las novelas de intriga que de la vida real. Y el hecho de que le hubieran ocurrido nada menos que a él resultaba casi demasiado inverosímil como para poder aceptarlo.

Y, sin embargo, allí estaba él, un inocente e inofensivo científico en cuya cabeza se encerraba uno de los más grandes secretos de la historia, mantenido en cautividad por una nación extranjera en un monasterio medieval de una isla italiana. Las consecuencias de aquel cautiverio -encarcelamiento de por vida en un país extraño- eran demasiado aterradoras como para que pudiera siquiera imaginarlas.

Recordó que la noche anterior había sido conducido a punta de pistola desde el embarcadero, cruzando un patio, hasta la entrada de lo que le habían dicho que era un monasterio. Empujándole, le obligaron a subir los cuatro breves tramos de escalera de piedra que daba acceso al segundo piso. Allí, tras avanzar por un largo pasillo cuyas paredes estaban recubiertas con tapices enmarcados, le había llevado hasta una puerta dorada junto a la cual otro miembro armado del cuerpo de carabineros, con unos bigotes impresionantes, montaba guardia. MacDonald había cruzado aquella puerta seguido por el ruso.

-Esto es la biblioteca; aquí se guardan manuscritos armenios así como otros tesoros de gran valor -le había dicho su secuestrador-. Le resultará espaciosa y cómoda. Hemos colocado un catre para usted, y un monje le servirá aquí las comidas. Si necesita ir al excusado, tire del cordón de la campanilla que hay en aquel rincón; acudirá el monje a cuyos cuidados está encomendado y le acompañará. Puesto que nos preocupa muchísimo su salud, será escoltado fuera dos veces al día para que pueda pasear y disfrutar del aire libre. No cometa la insensatez de intentar otra fuga: se encuentra en una isla, en medio de una laguna, y se hallará bajo constante vigilancia. Nuestros aliados italianos nos han facilitado ocho carabineros, cuatro de los cuales se encuentran en el edificio y los otros cuatro en el exterior, con el fin de que le vigilen. En cuanto a esta habitación, puede ver que las dos ventanas están protegidas por barrotes, y le comunico que ambas puertas serán cerradas con llave. Acepte su destino y procure disfrutarlo. No tema el futuro: si colabora, se convertirá en un héroe de la Unión Soviética. De momento, bien venido a San Lazzaro. Que descanse. Nos veremos mañana.

Y aquel «mañana» ya había llegado. Y él no había podido descansar.

Levántandose de la silla, MacDonald miró una vez más a su alrededor. Colgaba del techo una recargada araña de bronce. A ambos lados de la segunda puerta, libros antiguos protegidos por cristales. En el otro extremo, un busto de mármol blanco sobre un pedestal, y, muy cerca, una vitrina conteniendo un manuscrito del Corán, del siglo VIII, regalado a San Lazzaro por uno de los científicos de Napoleón Bonaparte. Y, junto a él, el bajo catre en el que había dormido.

Contemplo entonces las dos ventanas. Ambas estaban protegidas por gruesos barrotes. En el antepecho de una de ellas, había en aquel momento cuatro grises palomas de gran tamaño. MacDonald recordó, de su primera visita, la gran cantidad de palomas que picoteaban granos de maíz en la Piazza San Marco. Aquellas cuatro, pensó debían estar de vacaciones.

A falta de otra cosa mejor que hacer, se acercó a la bandeja del desayuno, tomó un panecillo, partió un pedazo y lo desmenuzó en migas mientras se dirigía a la ventana. Ésta se encontraba cerrada con una aldaba y MacDonald la abrió. Las palomas, acostumbradas a los turistas, no levantaron el vuelo, sino que, al presentarles la mano llena de migas de pan acudieron inmediatamente a comer. Al terminar, dos de ellas se apartaron y, tras agitar un instante las alas, se alejaron volando.

MacDonald examinó los barrotes de hierro que protegían la ventana y asió uno de ellos. Era inamovible. Inclinándose hacia delante, con la frente pegada a los barrotes, pudo ver una gran explanada cubierta de césped, en lo que parecía ser la parte de atrás del monasterio. A su derecha, había un camino sin asfaltar que conducía hasta unos tres o cuatro escalones por los que se ascendía a una pequeña elevación, en la que dos hombres uniformados se hallaban sentados en un banco pintado de verde, bajo un frondoso olivo. Cada uno de ellos llevaba una correa blanca cruzándole del hombro a la cadera: carabineros. Y ambos estaban armados con los correspondientes fusiles.

Perdida toda esperanza, MacDonald se apartó de la ventana. Estaba claro que de aquel lugar no había forma humana de escapar.

En aquel momento, un ligero chirrido atrajo su atención hacia la mayor de las dos puertas. Se abrió ésta por fin y entró un alto y delgado monje de juvenil rostro y abundante cabello castaño. Vestía un hábito negro ceñido con un estrecho cinturón de cuero provisto de hebilla, y llevaba el almidonado cuello blanco desabrochado. Calzaba unas deportivas sandalias de cuero trenzado. No era el mismo monje que un rato antes le había servido silenciosamente el desayuno.

-He venido a por la bandeja del desayuno -dijo el monje en inglés, deteniéndose al llegar junto a MacDonald-. Soy el padre Pashal Nurikhan -añadió, con una expresión en la que se veía su deseo de ofrecer su amistad y de calmar los temores del preso-. Puede llamarme Pashal; es más fácil de recordar. Me han ordenado que le sirva las comidas y le acompañe en sus cotidianos paseos. En cuanto necesite algo, no tiene más que llamarme.

-Necesito información -dijo MacDonald, sometiendo a prueba al recién llegado-. ¿Dónde estoy¿ ¿Qué es esto¿ ¿Qué está ocurriendo¿ -se detuvo-. ¿O acaso no está autorizado a hablar¿

-Puedo hablar -dijo Pashal-, pero no estoy en condiciones de decirle gran cosa. Porque no sé nada, exceptuando el hecho de que observo que le retienen aquí por la fuerza. ¿Es usted un criminal¿

-¡De ninguna manera! -contestó MacDonald indignado-. Soy un científico, un científico muy respetado. Soy británico de nacimiento, aunque actualmente esté nacionalizado norteamericano. Me encontraba realizando unos experimentos en la Unión Soviética cuando... hice un importante descubrimiento. Los rusos lo querían sólo para ellos, y yo consideraba que pertenecía al mundo. Anoche abandoné la Unión Soviética, tomando el único avión que había, un avión que casualmente venía a Venecia. Al parecer, en cuanto ellos se enteraron del destino del aparato, establecieron contacto con sus camaradas venecianos, y, cuando descendí del avión, me estaban aguardando. Inmediatamente me condujeron hasta aquí, donde tienen intención de retenerme hasta que puedan llevarme de nuevo a la Unión Soviética. Los criminales son ellos. Usted parece una persona honrada, ¿cómo se ha mezclado con esta gente¿ O acaso es uno de ellos¿

-No, nosotros no tenemos nada que ver con los que le retienen -contestó Pashal, en tono claramente compungido-. Lo único que puedo decirle es lo que vi anoche y lo que he escuchado esta mañana. Tras una llamada telefónica a nuestro padre superior, el abad, vinieron en una lancha motora desde Venecia varias personas: el coronel Cutrone, comandante de los carabineros, el señor Ragazzi, disidente del Partido Comunista local, que ha ganado las recientes elecciones municipales, y el señor Aleksandr Veksler, agregado cultural soviético en Venecia, y a quien usted conoció anoche. Les acompañaba un destacamento de ocho carabineros. Nada más llegar, dijeron a nuestro padre superior que necesitaban de colaboración durante una semana. Le explicaron que un extranjero que había robado algo muy importante en la Unión Soviética se encontraba de camino hacia Venecia y que iban a atraparle en cuanto llegara. Habían decidido mantenerle prisionero aquí, en el monasterio mequitarista de San Lazzaro, hasta que pudiera ser devuelto a la Unión Soviética, y querían que el señor Veksler y los ocho carabineros se quedaran en la isla una semana para mayor seguridad. Además, ninguno de nosotros, los cuarenta y cinco monjes del monasterio, estaría autorizado a abandonar este lugar mientras el prisionero se encontrara aquí. A nuestro padre superior le aterró la idea de que el monasterio pudiera convertirse en una prisión, pero tuvo que acceder. Sinceramente, ¿qué otra cosa hubiera podido decir o hacer¿ Vivimos gracias a la tolerancia del municipio de Venecia, de modo que nuestro abad no tuvo más remedio que cooperar. Y eso es todo lo que sé acerca de las circunstancias. Lo lamento por usted.

-Comprendo -dijo MacDonald-. Ahora veo que se encuentra usted tan desvalido como yo -miró al monje-. ¿O no¿ ¿Podría sacarme de aquí y conducirme a tierra firme¿

-No; aunque me atreviera a hacerlo, no podría. No hay ningún medio. Durante toda esta semana, cada monje será también un prisionero.

-Sí, soy un estúpido -dijo MacDonald, lanzando un suspiro-. Creo que tendré que adaptarme a la situación lo mejor que pueda... -cuando el monje se disponía a recoger la bandeja del desayuno, le asió del brazo- Otra cosa. ¿Puede usted decirme algo sobre este lugar... San Lazzaro¿ ¿Qué es exactamente¿

Pashal Nurikhan pareció alegrarse de poder responder a aquella pregunta, cosa que hizo con la soltura de quien ha repetido el mismo relato cientos de veces ante los grupos de turistas procedentes de la ciudad.

-Nuestra congregación mequitarista, de católicos armenios, fue fundada por Maning di Pietro, conocido como el abad Mechitar, o el abad Consejero, en Constantinopla en 1701. Catorce años después, huyendo de la persecución turca, el abad Mechitar vino a Venecia, y a los dos años de su llegada el gobierno de la república le hizo donación de la isla de San Lazzaro. En la isla existía ya este edificio de dos plantas, que había sido un monasterio en el siglo XII, después había pasado a convertirse en una leprosería y más adelante había sido abandonado, pasando a convertirse nuevamente en monasterio con el abad Mechitar. A pesar de que la mayoría de la gente no sabe nada acerca de San Lazzaro, han sido muchos los visitantes célebres que han pasado por aquí en los dos últimos siglos. El más distinguido de ellos fue lord Byron, que vino a estudiar armenio y que escribió aquí una gramática armenia-inglesa.

-¿Qué hacen ustedes en la isla¿ -preguntó MacDonald.

-Somos uno de los principales centros armenios del mundo. Tenemos aquí una importante escuela. Tenemos una iglesia. Tenemos una imprenta... mejor dicho, dieciocho modernas imprentas, dirigidas por cuatro de los hermanos. Imprimimos guías de Italia, y también, y esto tal vez le resulte gracioso, tebeos y otras publicaciones infantiles, para allegar fondos con los que mantenernos. Por lo demás, éste es uno de los lugares más tranquilos de la tierra. En 1717, cuando entramos en posesión de la isla, ésta sólo tenía seis mil metros cuadrados de superficie. Pero, en 1850, el emperador de Austria, que controlaba Venecia, amplió la isla ganando terreno a la laguna, hasta alcanzar los treinta mil metros cuadrados con que cuenta actualmente. Pues bien, esos treinta mil metros cuadrados han sido hasta ahora un jardín. Ninguno de nosotros hubiera podido imaginar jamás que llegara a convertirse en una prisión. Espero...

En aquel preciso instante entró en la estancia Aleksandr Veksler, vestido con el mismo traje oscuro que llevaba la noche anterior aunque con una camisa deportiva de color rosa.

Al darse cuenta de que había interrumpido una conversación, frunció el ceño.

-Ahora ya puede irse, padre -dijo-. He de hablar con nuestro huésped, y es preciso que estemos solos.

El monje recogió apresuradamente la bandeja del desayuno y, saludando con una rápida inclinación a MacDonald, abandonó la biblioteca.

Veksler aguardó a que se cerrara la puerta, y entonces indicó a su prisionero la silla que tenía detrás.

-Creo que será mejor que se siente. Quiero sostener una breve conversación con usted.

MacDonald, que había adoptado una actitud desafiante, consideró la posibilidad de permanecer de pie, pero llegó a la conclusión de que sería una niñería y se sentó.

El ruso acercó otra silla que había junto a la ventana y se sentó frente a él.

-He sido autorizado a hacerle una propuesta, una propuesta muy generosa -MacDonald se percató entonces por primera vez del papel y la pluma que Veksler sostenía en una mano-. Le he traído papel y pluma -dijo el ruso poniendo ambas cosas encima de la mesa-. Se los voy a dejar aquí. En cuanto a la propuesta... -acercó la silla a MacDonald y se inclinó hacia adelante, hablando con suavidad-. La pluma y las cuartillas son para su fórmula C-98. Si, en los próximos días, usted nos anota la fórmula haremos que nuestros científicos la analicen inmediatamente por medio de un ordenador electrónico. En el caso de que ellos consideren que nos ha facilitado usted la auténtica fórmula y les parezca que ésta puede ser factible, es decir, capaz de duplicar el ciclo vital humano, será usted generosamente recompensado. Disfrutará usted de grandes comodidades y honores y de completa libertad de movimiento dentro de la Unión Soviética mientras nosotros efectuemos las pruebas en seres humanos. Nos comprometemos formalmente a ello.

-Dentro de la Unión Soviética -repitió MacDonald- ¿Lo dice usted en serio¿

-Nuestro primer ministro se muestra especial y personalmente interesado por usted y por su descubrimiento. Esas han sido sus propias palabras hace algunas horas.

-Soy inglés de nacimiento y estoy nacionalizado en Norteamérica -dijo MacDonald-. Trabajo en Nueva York, y mi casa se encuentra a una hora en coche desde la ciudad. Allí es donde quiero vivir. No tengo intención de pasarme el resto de la vida en Rusia.

Veksler adoptó inmediatamente una actitud tensa.

-Me temo que no tiene elección. Efectuó usted su descubrimiento en la Unión Soviética, y sólo la Unión Soviética tiene derecho a poseerlo y a utilizar la fórmula como le plazca.

-¡Eso es una locura -exclamó MacDonald, acalorándose-, tratar de monopolizar un descubrimiento que se hizo para toda la humanidad y que pertenece a todas las naciones y a todos los pueblos del mundo! Dios mío, ¿acaso no lo comprende¿ Ustedes obtendrán la C-98 de todos modos. Todo el mundo la obtendrá. No sólo los Estados Unidos y Gran Bretaña, sino también Francia, Alemania, España, Italia, Liechtenstein... y China, sí, también China, y el Japón y los países de África... y, claro está, La Unión Soviética. No puede pertenecer a ninguna nación, a ningún grupo en exclusiva. No, jamás lo permitiré.

-Yo en su lugar lo pensaría con mucho cuidado -Veksler había adquirido una expresión gélida-. Si no colabora, si opone resistencia, podría pasarlo muy mal. En cuanto regresáramos a la Unión Soviética, nos veríamos obligados a confinarle, y a utilizar... a utilizar cualquier medio a nuestro alcance para obligarlo a recapacitar.

MacDonald reflexionó un instante sobre aquella amenaza. En realidad, ¿qué podrían hacerle¿ ¿matarle de hambre¿ ¿Torturarle¿ ¿Llevarle al borde de la muerte¿ No, pensó, no se atreverían a correr semejante riesgo. Teniendo en cuenta su edad, temerían matarle. Solo podría serles útil manteniéndole vivo y en perfecto estado de salud, en la esperanza de que la situación de confinamiento, al final, le indujera a facilitarles la fórmula.

-No me asustan sus palabras -replicó muy sereno-. Lo tengo todo en mi cabeza. Mientras la fórmula siga aquí -añadió, llevándose el índice a la sien-, me necesitarán vivo y en buen estado. Si me mataran, matarán todas sus esperanzas... incluso la esperanza de compartir la longevidad con el resto del mundo.

-Tal vez se lleve una sorpresa...

Correré el riesgo.

Veksler se levantó y señaló el papel y la pluma.

-Piénselo. Y créame, si es sensato, nos facilitará la fórmula aquí mismo. Si espera a Regresar a la Unión Soviética, tal vez seamos menos generosos y menos tolerantes con usted.

-¿Cuánto tiempo van a mantenerme encerrado en este monasterio¿ -preguntó MacDonald, levantándose.

-Seis días, todo lo más. Habíamos pensado enviarle mañana en un avión especial, pero la idea ha sido vetada. No nos interesaba darle la menor oportunidad de que divulgara la situación en que se encuentra... ya fuera durante el trayecto hasta el aeropuerto o bien en el mismo aeropuerto. En su lugar, hemos desviado de su ruta un buque de carga y le hemos ordenado que fondee en el muelle de aguas profundas que hay cerca de San Lazzaro para recoger a un pasajero. Inmediatamente después, el barco zarpará de nuevo rumbo al Mar Negro y a Sujun -cruzó la estancia en dirección a la puerta y una vez allí, se volvió un instante-. Tome el camino más fácil, profesor: anote la fórmula. Créame, no lo va a lamentar. Le visitaré de nuevo dentro de unos días.

Se fue. Y MacDonald se quedó otra vez solo.

Recordó entonces el lejano día en que murió su madre. Recordó cómo el futuro se le había antojado muy negro. Y, en aquellos momentos, experimentaba la misma sensación de pérdida. Sólo que en esta ocasión era por su propia vida. Y el futuro... el futuro no existía en absoluto.

 

 

En aquel su tercer día de confinamiento, la soledad había llegado a resultarle ya agobiante, y, cuando apareció el monje Pashal Nurikhan con la bandeja del almuerzo MacDonald le preguntó si podía salir a tomar un poco de aire antes de comer.

Pashal no puso el menor reparo.

-Lo malo es... que la comida se va a enfriar -se limitó a decir.

-No importa -replicó MacDonald-. En realidad, no tengo apetito. Tal vez el paseo me siente mejor.

Hicieron exactamente lo miso que habían hecho en el transcurso de los dos días anteriores. Bajaron los cuatro breves tramos de la escalera y cruzaron la cercana puerta que daba acceso al claustro del monasterio. Una vez allí, comenzaron a pasear en silencio bajo el alero, pasando junto a unas sillas de metal pintadas de verde y rodeando el lujuriante jardín, con sus dos pequeñas palmeras, sus hortensias de color de rosa y la explosión púrpura de sus geranios.

Diez minutos más tarde, salieron del monasterio y se pusieron a caminar por el terreno que rodeaba la vieja edificación de rojo tejado. Era un mediodía sin viento y extraordinariamente claro. El sol brillaba con intensidad y prometía ser muy cálido. Mac Donald respiró hondo, pero el aire fresco no disipó la depresión que le embargaba.

-Es un día muy hermoso -dijo el monje.

-No para mí -contestó MacDonald con amargura.

Pashan intentó animarle de nuevo, señalando con el dedo hacia el este.

-La isla del Lido... Hoy se puede ver con toda claridad.

-¿El Lido¿ -repitió MacDonald con expresión distraída, como si no estuviera seguro de haber oído aquel nombre en su vida.

-Es la gran isla que se encuentra frente a Venecia. Hay una ciudad de veinte mil habitantes y gran cantidad de villas de italianos de la alta clase media. Allí es posible la circulación de automóviles, y, además del casino, hay muchos hoteles de lujo, de los cuales el Excelsior, con sus casetas de la playa, es el más conocido.

MacDonald pensó que hubiera debido mostrarse interesado, pero no hizo el menor esfuerzo; su estado de ánimo era demasiado bajo.

Avanzaron por un camino sin asfaltar que discurría entre el denso follaje y algún que otro árbol, siguiendo el contorno de la isla hasta la parte de atrás del monasterio. Allí, tan severamente aborrecibles como siempre, estaban los dos carabineros, cada uno de ellos con el fusil al hombro sobre la camisa caqui, y ambos sin quitarle la vista de encima ni por un momento. Algo más adelante se hallaban los peldaños que conducían a la elevación en la que estaban el banco verde y el frondoso olivo que mucho tiempo atrás plantara el propio lord Byron. Continuaron andando y pasaron junto al pequeño y tranquilo cementerio de los padres mequitaristas.

Después, doblaron una esquina y siguieron adelante entre la parte posterior del monasterio y el muro de metro ochenta de grosor que servía para contener el oleaje. De camino ya hacia la entrada principal apareció ante su vista la isla vecina, dominada por una enorme y fea construcción. MacDonald recordó que la isla se llamaba San Servolo y que el edificio era un hospital psiquiátrico.

-Ahí es donde voy a terminar... -dijo señalándolo con el pulgar- o en algún sitio parecido, sólo que en Rusia.

-No puedo creerlo -dijo el monje, tratando de animarle-. Más tarde o más temprano, tendrán que soltarle.

-¿Pondría la mano en el fuego¿ -preguntó MacDonald.

Pashal, muy nervioso, trató de cambiar de tema. Haciendo visera con la mano, miró a lo lejos y dijo:

-Fíjese, hoy se puede ver Venecia mucho mejor.

En efecto, a cierta distancia hacia el noroeste, como una aguja que se levantara hacia el cielo en la laguna, se podía ver el Campanile, y a su derecha se distinguía la majestuosa silueta del palacio de los dux.

Durante unos momentos, MacDonald estudió la miniatura de Venecia, puerto de libertad, su única esperanza... tan cerca -a ocho minutos en lancha motora- y, sin embargo, tan imposiblemente lejos y fuera de su alcance.

Luego, se volvió hacia el monje con desesperación.

-Pashal le dijo en voz baja-, tiene usted que ayudarme. En nombre de la humanidad, tiene usted que ayudarme a escapar.

Pashal retrocedió muy agitado.

-Yo no puedo hacer nada, profesor. Estoy prácticamente en la misma situación que usted.

-Pero podría ayudarme. Podría tenerme preparada una lancha y, cuando salieramos a dar el próximo paseo, yo podría echar a correr hacia la embarcación y escapar.

-Jamás lo conseguiría. Le atraparían con toda facilidad, y yo sería severamente castigado, tal vez encarcelado de por vida -el monje sacudió la cabeza-. No, por favor, no hay nada que hacer.

-Entonces, póngase en contacto con alguien en mi nombre -dijo MacDonald sin darse por vencido-. Hay teléfonos. Yo he observado que los usan. Cuando no le vean, llame al cónsul norteamericano en Venecia y expóngale mi situación. Él trataría de hacer algo. Puede usted intentarlo.

-Créame, profesor, es demasiado peligroso. Me atraparían y sería el final para mí. Lo siento, pero...

-Bien, no importa -dijo MacDonald secamente-. Lo comprendo. Volvamos a mi celda.

Minutos después, precedido por el monje, MacDonald llegaba a la puerta de la biblioteca. Cediéndole el paso, Pashal le dijo:

Permítame que me lleve la bandeja para calentarle la pasta e fasioi y el pollo.

Asintió con un gesto y el monje se adelantó para recoger la bandeja. En aquel instante se percató de que había una tercera persona en la estancia. De pie junto a una de las enrejadas ventanas, se encontraba el agregado cultural soviético, con las manos entrelazadas a la espalda y removiéndose inquieto. El ruso aguardó a que Pashal recogiera la bandeja y se retirara apresuradamente, y entonces se adelantó despacio para reunirse con MacDonlad junto a la mesa.

Veksler esbozó una leve sonrisa.

-Bueno, espero que el profesor ya se encuentre mejor.

MacDonald no hizo el menor comentario.

-Dispondrá usted siempre de esta misma libertad -prosiguió diciendo Veksler-, para ir donde le apetezca, para hablar con la gente, para hacer lo que guste... Todo eso lo tendrá usted en su nueva patria, tan pronto como decida colaborar.

Él continuó guardando silencio.

El ruso le miró brevemente y después extendió la mano y retiró la goma elástica que rodeaba las hojas de papel que había dejado allí tres días antes.

-Veo que las cuartillas siguen estando en blanco -dijo-. No ha escrito usted nada.

-Ni pienso escribir -dijo MacDonald.

-La obstinación puede ser un buen rasgo en un científico, profesor, pero a un prisionero le puede conducir a la muerte.

-No esté tan seguro -repuso Veksler-. Tenga la certeza de que pondremos en práctica distintos métodos de persuasión. Comete usted una estupidez al correr semejante riesgo. Recuerdo una ocasión, de ello hace ya varios años, en que tuvimos que interrogar a un científico disidente acerca de sus amigos. Nos ordenaron que utilizáramos todos los medios a nuestro alcance para obligarle a hablar, pero nos advirtieron de que le mantuviéramos vivo. Por desgracia, los interrogadores juzgaron erróneamente su resistencia, y nuestro científico se nos murió durante la segunda sesión. Como usted ve, profesor, no existen garantías.

-Yo si puedo garantizarle una cosa -dijo MacDonald-. Con independencia de lo que pueda ocurrirme, no van ustedes a conseguir arrancarme la fórmula... ni ahora ni más adelante.

-Ya veremos -dijo Veksler, encogiéndose de hombros y dirigiéndose hacia la puerta, justamente en el momento en que entraba Pashal con el almuerzo que acababa de calentar-. Vaya -murmuró deteniéndose para examinar el contenido de la bandeja-, sopa de judías, medio pollo, ensalada variada, pan tierno, mantequilla... No está mal, dadas las circunstancias -miró a MacDonald-. Lamento decirle que su menú a bordo del buque de carga, que viene a recogerle un día antes de lo previsto, no va a ser tan bueno. Sí, quería advertírselo: nuestro barco fondeará en las cercanías de San Lazzaro pasado mañana -observó al monje, que estaba colocando la bandeja en la mesa, y añadió-: Aún dispone de tiempo para reconsiderar cómo desea que le tratemos.

-Si anoto la fórmula -dijo MacDonald impulsivamente-, ¿dejarán que se vaya el buque de carga y me permitirán trasladarme a Paris¿

-No está usted en condiciones de negociar -le dijo el ruso.

-Tampoco ustedes -replicó MacDonald.

-No sólo es usted un insensato -concluyó Veksler-, sino también un estúpido.

Después, dio media vuelta y, siguiendo a pashal, abandonó la estancia.

MacDonald escuchó cómo se cerraba la puerta y el chirrido de la llave al girar en la cerradura, y entonces se dirigió tristemente hacia la mesa, en la que se encontraba la bandeja, y se sentó a comer. Cortó una rebanada de pan por la mitad, la mojó en la sopa y se la comió. Tomó después unas cuantas cucharadas más, y acabó llegando a la conclusión de que ya tenía bastante. Su estómago no estaba en condiciones de recibir comida mientras su cansada mente fabricaba fantasías -o tal vez realidades- acerca de lo que pudiera estar aguardándole en la Unión Soviética. Una vez más, tal como había estado haciendo casi sin cesar desde hacía tres días, sus pensamientos volvieron a centrarse en la idea de la fuga, dando vueltas a los numerosos planes descabellados que se encerraban en su cabeza de la misma manera que él se encontraba encerrado en aquella habitación.

Contempló la ventana en cuyo antepecho se agitaban las habituales palomas. Al fijarse en ellas, pensó en lo irónico que resultaba el que aquellas estúpidas aves fueran libres como el aire cuando él, a pesar de su brillante inteligencia, se encontraba encerrado en una jaula.

Si hubiera algún medio de ser tan libre como aquellas palomas, algún medio de huir volando desde allí hacia la libertad... o al menos algún medio de comunicar al mundo exterior su cautiverio, algo, alguien, alguna manera de enviar su grito de ayuda, de transmitir el mensaje de su situación... El mensaje... un mensajero...

¡Una paloma mensajera!

Dios mío. Había cultivado la amistad de aquellas malditas palomas de la ventana, les había dado fielmente de comer dos veces al día, y en consecuencia estaban en deuda con él.

Tal vez fuera una idea absurda e inviable, una idea ridícula y desesperada, pero era una idea allí donde antes no había ninguna. Las probabilidades de que diera resultado eran de mil -más bien de diez mil- contra una. ¿Serían aquellas palomas de la propia Venecia¿ ¿Tendrían la costumbre de ir y venir diariamente desde su hogar de la Piazza San Marco a las cercanas islas como San Lazzaro¿ Y aun si así fuera, ¿reconocería alguien en Venecia su angustiosa llamada de socorro¿ Era una idea lastimosamente romántica. Pero era una idea, un principio de acción. Era algo.

Echó un vistazo a las palomas. Había cuatro, revoloteando o bien posadas en el antepecho a la espera de las migas. Comprendió que sería mejor apresurarse mientras estuvieran allí.

Retiro la goma elástica de las hojas de papel que Veksler le había entregado. Dejándola sobre la mesa, tomó la primera de las cuartillas y cortó cuidadosamente una tira de algo más de un centímetro por la parte de abajo. Le pareció entonces que resultaría demasiado larga, y la cortó por la mitad.

Colocando la tira de papel sobre la mesa, se dispuso a redactar un SOS.

¿Qué decir que resultara lógico y se pudiera expresar en tres o cuatro líneas microscópicas¿

Estuvo unos cuantos segundos reflexionando acerca de ello. Tenía que identificarse. Tenía que explicar su situación, así como la importancia del factor tiempo. Tenía que pedir ayuda y rogar que se estableciera contacto con su colega Edwards en Paris.

¿Podría expresarlo en cuatro diminutas líneas de tal forma que resultara claro y legible¿ Había que intentarlo.

Llevó la pluma hasta la estrecha tira de papel y empezó a escribir: «Soy un científico británico ilegalmente encarcelado por los comunistas en San Lazzaro».

Se detuvo a pensar lo que tendría que decir a continuación, y, una vez decidido, lo estructuró mentalmente y reanudó su escritura miniaturizada. Por fin, el mensaje estuvo completo. Lo volvió a leer. Pues no, no lo estaba del todo. Tenía que facilitar alguna indicación acerca del motivo de su encarcelamiento, de la razón por la cuál los rusos pretendían retenerle, de por qué era necesario que le salvaran a toda costa. Apenas quedaba espacio más que para una leve alusión, para una frase de seis a diez palabras. Las buscó, las encontró y las escribió meticulosamente en el último espacio en blanco que aún quedaba en la tira de papel.

Dobló rápidamente la tira por la mitad, repitiendo la operación un par de veces más, y a continuación se la guardó en el bolsillo de la camisa junto con la goma elástica.

Partió entonces un pedazo de pan del que había en la bandeja y lo desmenuzó en migajas. Se levantó, tratando de no dar muestras de inquietud, y se acercó a la ventana, donde las nerviosas palomas le estaban esperando. Tal como había hecho los dos días anteriores, deslizó la mano derecha por entre los barrotes y depositó algunas migajas en el antepecho. Dos palomas se arrojaron inmediatamente sobre las mismas, y una tercera se les unió después. La cuarta, una paloma gris oscuro de gran tamaño, se quedó mirándole la mano. MacDonald alargó ésta hacia la paloma solitaria, ofreciéndole en la palma las migajas que le quedaban. La paloma se fue acercando despacio y, tras inclinarse, lanzó súbitamente el pico hacia las migajas y empezó a comérselas.

Con mucho cuidado, MacDonald pasó la mano libre por en medio del otro par de barrotes y la fue acercando hacia la distraída paloma.

Por un instante, MacDonald permaneció inmóvil. Después, con la máxima rapidez, bajó la mano izquierda y agarró a la paloma por la parte de atrás de la cabeza y por la pechuga. La sorprendida ave empezó a forcejear, tratando de librarse de la presa y huir, pero él le había inmovilizado las alas.

MacDonald introdujo rápidamente la paloma en la estancia y la sostuvo boca arriba, con las patas agitándose en el aire. Con la mano derecha, se sacó del bolsillo de la camisa la goma elástica y el cuidadosamente doblado mensaje.

La siguiente y última fase -fijar el trozo de papel a una de las patas de la paloma- fue la más difícil, pero él se aplicó a la tarea con torva concentración. Consiguió ajustar la tira alrededor de la pata del ave sin soltar la goma elástica, e inmediatamente colocó ésta y la fue doblando y retorciendo hasta irla dejando cada vez más apretada alrededor del papel y de la pata de la paloma. Al final, el mensaje había quedado bien sujeto.

MacDonald contempló su obra por espacio de un fugaz segundo: ya tenía una paloma mensajera. Rezó por que fuera una paloma de San Marco. Pero ¿podría alguien en un millón de años -y no digamos en dos días- descubrir el mensaje, recogerlo y actuar en consecuencia¿ Las probabilidades se le antojaron ridículas. Era el esfuerzo más inútil que jamás hubiera emprendido en su vida. Pero una idea alentaba su esperanza: minutos antes, el mundo había estado ciego y sordo a la noción de su descubrimiento y de su encarcelación; con aquella criatura alada, la noticia saldría de su celda por primera, última y única vez.

Asiendo con fuerza a la inquieta ave, MacDonald se dirigió de nuevo a la ventana. Sostuvo la paloma en alto y después la deslizó por entre los barrotes, disponiéndose a soltarla al aire libre. En aquel instante, con el rabillo del ojo, advirtió un movimiento en la explanada de abajo. Lo acababa de hacer uno de los carabineros: el guardia estaba levantando el fusil.

A MacDonald empezó a latirle con fuerza el corazón. Con un jadeo, extendió el brazo hacia adelante en rápido movimiento, abrió la mano y soltó la paloma. El ave descendió, agitó las alas y se elevó en el aire en dirección noroeste. Abajo, el carabinero se había colocado el fusil contra el hombro y estaba apuntando a la paloma en vuelo.

Sonó un disparo.

Casi simultáneamente, pareció como si la paloma estallara en el aire, en medio de un torbellino de plumas y alas. El ave se estremeció, vaciló y empezó a caer, batiendo débilmente las alas. Estaba descendiendo con gran rapidez cuando desapareció de la vista de MacDonald.

Entonces dirigió la mirada hacia el guardia una vez más. El italiano estaba agitando hacia él un puño inicialmente triunfal y después amenazador.

Abatido a causa del pesar y de la sensación de derrota, MacDonald se apartó de la ventana, regresó con paso cansino a la silla y se hundió en la misma con los ojos clavados en la puerta, aguardando a que vinieran a cubrirle la ventana con tablas.

Después, sólo habría oscuridad.

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Agregado el 05-06-2006