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Para Tim Jordan, el primer instante reparador (tras una mala noche, y sus noches estaban siendo cada vez peores) solía producirse en cuanto salía del hotel Danieli Royal Exelsior a la resplandeciente luz de Venecia y se enfrentaba con el comienzo de un nuevo día.

El hechizo de la ciudad le daba casi siempre resultado, y así estaba ocurriendo precisamente en aquel momento, mientras permanecía un tanto inseguro ante la entrada del hotel, en la bulliciosa Riva degli Schiavoni. Frente a él, un vaporetto lleno de gente acababa de llegar y estaba golpeando contra el flotante embarcadero de madera, que se balanceaba ligeramente debido al impulso de la embarcación. El autobús acuático comenzó a soltar inmediatamente toda una riada de pasajeros: venecianos y turistas alemanes, franceses y norteamericanos. Amarradas a ambos lados del tembloroso embarcadero, se podían ver varias lanchas motoras de alquiler, y un motoscafo estaba acogiendo a los últimos huéspedes del Danieli que buscaban los placeres de la playa del hotel Excelsior, en la isla del Lido, antes de la pausa del almuerzo.

Aunque aquello fuera para Tim Jordan el comienzo de un día, él sabía muy bien que la mañana ya había despertado hacía largas horas. Cuando podía, sobre todo si había estado bebiendo la noche anterior, dormía hasta bien entrada la mañana, no se incorporaba a la vida de la ciudad hasta el mediodía y no acudía a su despacho hasta la una. Aquella era pues una de las jornadas que empezaban a mediodía, porque la noche anterior había estado en vela hasta muy tarde, ocupado en beber y meditar en solitario y durmiendo después profundamente y de un tirón, sin haberse podido levantar de la cama hasta hacía menos de una hora. Y en aquellos momentos, ya por fin en la calle, estaba percibiendo en la frente la leve y temblorosa opresión de una resaca, y se notaba el cerebro en desorden y las piernas como de goma.

Aquella mañana, después de afeitarse, se había pasado un buen rato mirándose en el espejo del cuarto de baño, y lo que había visto no le había gustado. Recordaba cómo era al casarse seis años antes -su juvenil aspecto había quedado congelado en la fotografía de la boda que Claire tenía siempre sobre la mesita del tocador-, con su atlética y elástica figura de metro setenta y nueve. Durante el tiempo transcurrido desde la muerte de su mujer, pero sobre todo en los dos años que llevaba en Venecia, su cuerpo había experimentado una transformación, volviéndose un poco encorvado, panzudo y blando. Y no sólo el cuerpo, sino también la cara. ¡Qué biógrafo tan implacable era el rostro humano! El espejo del cuarto de baño le había leído la historia de sus años más recientes. Su cabello era todavía oscuro, con una pulcra crencha a un lado, y sus rasgos faciales seguían siendo estrechos y angulosos, pero todo lo demás reflejaba tres años de tristeza, de compasión de sí mismo, de hastío y de disipación. Había visto unos ojos castaños hinchados e inyectados en sangre, una frente arrugada, las mejillas como abotagadas y flojas (o eso le parecieron a él) y el sólido mentón menos firme. Y, por si aquella desintegración a lo Dorian Grey no hubiera sido suficiente, se había cortado mientras se afeitaba.

Recordando todo aquello, extendió las manos hacia adelante. Aún le temblaban. Mal asunto para un hombre que acababa de cumplir los treinta y ocho años, pensó. Sin embargo, los siete coñacs de la noche anterior y los tres inútiles años transcurridos le habían dejado una subrepticia huella. Le hubiera gustado decir a sus jefes, los directores del Comité para la Salvación de Venecia: «Señores, cambien de prioridades y sea la primera: salven a Tim Jordan». Sí, salven a Jordan, sálvenlo antes de que las aguas se lo traguen, salven a su experto en relaciones públicas que se está hundiendo en secreto.

Sonrió tristemente al pensar en semejante estupidez, sacudió la cabeza para librarla de las telarañas que la envolvían e inició su cotidiano paseo. Desde que se había trasladado a vivir a Venecia, hacía dos años -en realidad, veintiún meses-, había adquirido la costumbre de dar un tranquilo paseo de una media hora por la zona, terminando en un café de la Piazza San Marco para desayunar antes de ir al despacho. Incluso cuando llovía o se encontraba bajo los efectos de una fuerte resaca que apenas le permitían sostenerse en pie, jamás prescindía de aquel paseo, que siempre le resultaba beneficioso. Nunca se cansaba de admirar los antiguos edificios bizantinos y los monumentos medievales, de mezclarse con las inquietas muchedumbres de visitantes que llenaban las tortuosas calles, de intercambiar chismorreos con los muchos venecianos a los que había llegado a conocer. Todo aquello era importante y generador de vida. Y era, además, un ejercicio.

Subió por el arqueado Ponte della Paglia, empujado por las perennes hordas de gente que subían y bajaban; observó a los turistas de pie junto a la baranda de piedra con sus cámaras, fotografiando el pasadizo superior que unía el palacio de los dux con el de las mazmorras, conocido como el Puente de los Suspiros. Cruzado el canal, se dirigió hacia la Piazzetta, la diminuta plaza con sus columnas gemelas en honor de un protector de Venecia y de uno de sus santos patrones.

Mientras caminaba, Jordan echó una mirada hacia el arracinamiento de negras góndolas amarradas a unos postes de la laguna, bajo un letrero en rojo que decía SERVIZIO GONDOLE, para ver si estaba por allí Lugi Ciapolate, su gondolero preferido y compañero de bar. Localizó a Luigi justo en el momento que el gondolero le vio a él. Jordan agitó la mano y gritó:

-Strigheta!

Era el apodo de Luigi, y significaba «brujita»; le llamaba así a causa de su larga nariz y su curvado menton que parecían juntarse como los de una bruja.

-¡Timothy! -gritó el gondolero a su vez-. ¡Me alegro de verte tan temprano!

Jordan sonrió y consideró la posibilidad de detenerse a charlar unos minutos con su amigo. La idea era seductora. Luigi era uno de los gondoleros más interesantes, independientes y tradicionales. Sólo la mitad de los conductores de aquellas embarcaciones eran propietarios de las mismas, y Luigi se hallaba entre ellos. La góndola le había costado unos cinco millones de liras, con sus accesorios de acero inoxidable, aluminio y bronce, y sus asientos, sus cojines y su alfombra. Luigi era propietario también de su vivienda, adornada con una esposa y un hijo en el barrio de Dorsoduro, cerca de la antigua aunque recientemente restaurada iglesia de San Nicoló dei Medicoli. Por otra parte, se trataba de uno de los pocos gondoleros que seguían vistiendo el atuendo de rigor, consistente en un sombrero de paja, una camisa de marinero blanca de algodón sobre una camiseta a rayas y pantalones azules. Y se encontraba también entre los pocos que cantaban para sus clientes mientras el remo impulsaba suavemente la góndola por los tranquilos canales. Su repertorio estaba integrado por «O sole mio», «Santa Lucía» y «Ciao Venezia».

Cuando ya estaba a punto de acercarse a Luigi, Jordan vio la hora en el reloj de la torre y llegó a la conclusión de que, a poco que se entretuviera, llegaría demasiado tarde al trabajo. Volvió a saludar al gondolero con la mano y se encaminó hacia la Piazza San Marco. Mientras pasaba entre la librería Vecchia, con sus tiendas y el Gran Caffé Chioggia en la parte baja, y el deslumbrante palacio de los dux, procuró no distraerse. Muy pronto se encontró bajo la sombra del elevado Campanile, e inmediatamente la Piazza San Marco se extendió ante él.

El espectáculo era impresionante, y jamás dejaba de producirle asombro: la inmensa plaza, rodeada por la dorada basílica y los tres edificios porticados, sin carteles ni vehículos a la vista, los tres cafés, las tres orquestas, los animados grupos de visitantes, los numerosos vendedores, las palomas que había por todas partes...

Sintiéndose mejor, Tim Jordan siguió adelante, mientras las palomas revoloteaban para apartarse de su camino, hasta entrar en la oscura, angosta y abarrotada Mercerie, la principal arteria comercial de Venecia, que se prolongaba desde la Piazza hasta el centro mismo de la ciudad. Caminando muy despacio, y volviendo la cabeza de cuando en cuando para ver qué nuevos artículos exhibían las tiendas en sus escaparates, Jordan llegó a la primera esquina... y estuvo a punto de toparse con el sacerdote que acababa de aparecer por la calle lateral.

-Don Pietro -dijo Jordan, saludándole cordialmente. Pietro Vianello (el «don» era el título de cortesía que se empleaba en los sacerdotes) era uno de los interlocutores preferidos de Jordan-. ¿Qué está usted haciendo tan lejos de casa¿

Don Pietro tenía su parroquia en el barrio de San Giacomo, cerca ya de la estación de ferrocarril, la cual se encontraba en el extremo más alejado de la ciudad.

El sacerdote, calvo con la excepción de una franja de hirsuto cabello, querúbico y orondo, hizo una mueca desdeñosa, muy impropia de su carácter, y sacó un periódico doblado que guardaba en un pliegue de la negra sotana.

-He venido a San Marco para ver si aún nos quedaba algo de Venecia -respondió en tono burlón, al tiempo que desplegaba el ejemplar de Il Gazzettino-. ¿Ha visto el nuevo impuesto municipal que Accardi y su grupo de esbirros comunistas pretenden aplicar a los objetos de regalo¿ Como se salgan con la suya, eso va a significar el final del turismo y la muerte de Venecia. Y si esos fanáticos comunistas no hunden la ciudad, tal vez lo consigan los caracoles de su Comité para la Salvación de Venecia.

Aquellos eran los dos temas favoritos en la conversación de don Pietro. Era democratismo, desconfiaba de los socialistas y detestaba a los comunistas. Veneciano de nacimiento, temía también la destrucción de su ciudad por culpa de las anuales inundaciones de invierno.

-No tengo nada que hacer con respecto a los comunistas -replicó Jordan pacientemente-. Al fin y al cabo los eligieron sus feligreses.

-Mis feligreses no -dijo don Pietro.

-Bueno, pues alguien los elegiría...

-No los eligió nadie -sostuvo el sacerdote-. Robaron las elecciones. O al menos eso es lo que yo sospecho.

-En cuanto a nuestro Comité para la Salvación de Venecia -dijo Jordan afablemente, habiendo discutido a menudo aquel asunto con su amigo el cura-, tal vez sean unos caracoles, pero nos movemos. El invierno pasado instalamos el dique Pirelli a la entrada del Lido...

-Pero no lo utilizaron para contener la marea. En enero sufrimos una inundación.

-Aún no estaba listo... estaba instalado, pero no listo. Este invierno ya podrá utilizarse.

-Espero vivir para verlo.

-Lo verá, se lo prometo -dijo Jordan-. Ahora será mejor que me vaya al despacho.

-Le he echado de menos -dijo el sacerdote, suavizando la expresión de su rostro-. Venga a tomar el té una de estas tardes. Podremos discutir en serio.

Jordan se alejó. Aún no le apetecía acudir al despacho. Decidió pasear un poco más, por lo menos hasta la tienda de objetos de cristal de Nurikhan, antes de dar media vuelta para ir a desayunar. La modernizada tienda de Sembut Nurikhan se encontraba a dos pasos de allí, a escasa distancia del Ramo San Zulian, en la pequeña plaza denominada Campo San Zulian. Su propietario armenio era posiblemente el más viejo amigo de Jordan en Venecia. Poco después de llegar a la ciudad cuando aún le interesaba el llamativo cristal de Murano y estaba buscando un lugar de confianza en el que adquirir algunos regalos para su hermana y su marido, que vivían en Chicago, y para una anciana tía suya de Los Ángeles por la que sentía mucho aprecio, a Jordan le habían recomendado el establecimiento de Nurikhan. A pesar de que en su primer encuentro el propietario de la tienda, Sembut Nurikhan, un pulcro y bajito individuo de cincuenta y tantos años y aspecto profesoral, se había mostrado en cierto modo distante, Jordan se había sentido atraído por él. Era un caso insólito de honradez y seriedad, y, en el transcurso de los meses siguientes, le había visitado con frecuencia. Al final, Jordan había acabado cenando una vez al mes con él y su atractiva esposa egipcia, y las relaciones entre ambos se habían hecho más íntimas.

Acababa de llegar a la altura del establecimiento, que presentaba el exterior sus dos escaparates en carpintería de aluminio. Dispuestas en ellos, y realzado su efecto por medio de unos reflectores, colocados en la parte alta, se exhibían unas esculturas en cristal de Seguso y Nason sobre unas losas de mármol sueco de color negro. Jordan se acercó a la puerta y se asomó al interior. La tienda estaba llena de clientes; localizó al propietario bajo una araña de cristal veneciano, rodeado por un grupo de turistas japoneses. Todo lo que Jordan podía ver de Nurikhan era su cabeza, con el cabello gris muy bien cortado y las gafas de montura dorada descansando sobre su fina nariz, y su enorme corbata de pajarita a topos.

-Sembut -le saludó Jordan-. Sólo quería decirte hola...

El propietario del establecimiento apareció desde detrás de dos clientes.

-Tim, cinco minutos y estaré libre.

-Hoy no dispongo de tiempo. Tengo que ir al despacho. ¿Qué tal va todo¿

-Personalmente, muy bien. A mi hermano, no tanto. Ven a almorzar cuando puedas.

Jordan hizo un gesto afirmativo con la cabeza, dando a entender que lo haría y volvió sobre sus pasos para regresar a la Piazza San Marco.

Era la una menos cuarto cuando entraba de nuevo en la Piazza. Le compró el International Herald Tribune a Gino, el desharrapado vendedor del quiosco ambulante, y después cruzó la plaza bajo el sol, pasando junto a la terraza del Caffé Lavena y siguiendo hasta la de al lado, la de Quadri, más hacia el centro de la plaza. Aproximadamente un tercio de las pequeñas mesas circulares de color gris estaban ocupadas por los turistas, pero las de la primera fila se encontraban vacías.

Jordan apartó una silla amarilla de mimbre de la mesa más próxima y se sentó dispuesto a disfrutar del sol y un buen desayuno. Acercándose rápidamente por el pasillo, un camarero llegó hasta él y le saludó con familiaridad.

-¿Lo de siempre, señor Jordan¿

-Lo de siempre, sí, sólo que hoy tomaré primero el zumo de naranja.

En cuanto desapareció el camarero, Jordán se reclinó en la silla, cruzó las piernas y desdobló el periódico. El principal artículo de la primera página anunciaba que el papa había designado al cardenal Bacci para presidir el recién creado Consejo para la Propagación de la Fe, que se encargaría de controlar y seguir la actuación de aquellos elementos del clero que se estuvieran apartando en demasía de la línea ortodoxa. Mala noticia para los liberales. El cardenal Bacci era considerado como un severo Savonarola de la época moderna, como un personaje extremadamente fanático. Jordan detuvo la vista a continuación en una noticia que se publicaba al fondo de la página. Un lanzador del equipo de los White Sox de Chicago en su primer año, había lanzado la noche anterior un tiro impresionante contra los Yanquis de Nueva York.

De pronto, oyó que le llamaban y levantó la mirada. Hacia él se acercaba un delgado joven rubio de sensibles y delicadas facciones. Se trataba de un amigo suyo que tenía el extraño pero frecuente apellido veneciano de Memo -Oreste Memo-, y era el violinista de la orquesta del Quadri. Él y Jordan tomaban el aperitivo juntos aproximadamente una vez a la semana. Cuando la orquesta hacía una pausa, Oreste bajaba del estrado, se quitaba la ligera chaqueta veraniega y se sentaba con Jordan. Recordó que la última vez que habían estado juntos su amigo le había contado que estaba escribiendo la partitura de una pieza musical de carácter libre sobre Eleonora Duse, para la que un amigo suyo de Milán ya había escrito la letra.

-Hola, Oreste -le saludó Jordan-. ¿Te apetece tomar un té conmigo¿

-Qué más quisiera -contestó Memo sin resuello-. Llevo casi dos horas de retraso y no quiero que el jefe me despida. Ayer tuve un encuentro muy agitado, y la cosa duró toda la noche... una de esas universitarias vuestras, muy acrobática. Me cansé tanto que me he quedado dormido. Hubiera tenido que empezar a ensayar a las once, ¿sabes¿, así que el viejo no va a estar muy satisfecho. Ya nos veremos.

Memo se alejó corriendo por el pasillo en dirección al estrado, en el que los demás músicos se encontraban reunidos.

Entretanto, había llegado el camarero y estaba sirviéndole el desayuno. Jordan dobló el periódico, lo dejó en la silla de al lado y se bebió el zumo de naranja.

Después, empezó a extender mantequilla sobre los panecillos. Y, al hacerlo, se sintió transportado a otro tiempo y lugar. Era Claire quien siempre se encargaba de poner la mantequilla en las tostadas o los panecillos a la hora del desayuno. Lo había estado haciendo aquella misma mañana fatídica que acudía constantemente a sus pensamientos. Cerraba los ojos y la veía con toda claridad: cabello color miel, ojos azules, nariz respingona, dulces labios; inteligente, insegura, llena de amor y de necesidad de amor. Y, aquella mañana, embarazada de tres meses. Ambos abrigaban grandes esperanzas. Tenían previsto dejar el apartamento alquilado de Chicago y comprar una casa en los suburbios. Soñaban miles de cosas en relación con el hijo, con los hijos. Habían hablado de la conveniencia de que Jordan pudiera hacer lo que más le gustara. Él estaba trabajando como ingeniero en una importante empresa de Chicago, pero aquello le aburría, y por ello había empezado a escribir artículos de divulgación científica los fines de semana, cosa que le gustaba mucho, y esperaba poder dedicarse plenamente algún día a trabajar sólo en lo que le complaciera.

Se había dirigido al trabajo y, una hora más tarde había recibido la llamada de la policía: Claire se encontraba en una esquina de la avenida Madison, aguardando la luz verde del semáforo; un coche había perdido el control, había subido a la acera y la había arrollado, matándola en el acto. Así, por las buenas. Absurdo. Una locura. Claire, muerta.

Y casi a todos los efectos, él también había muerto.

Había pasado el tiempo, y allí se encontraba sentado, bajo el sol de la Piazza San Marco, contemplando ensimismado las palomas y los turistas que les daban de comer, mascando los panecillos, bebiendo el té, sin querer recordar los meses de desesperación y duelo que se sucedieron a continuación.

Pese a ello, no pudo dejar de seguir recordando su vida tras la muerte de Claire. Su abandono del trabajo en la empresa, su traslado a Nueva York, sin querer entregarse a la bebida, pero entregándose a la bebida, sin querer escribir, pero escribiendo. Sus artículos científicos habían acabado publicándose; gustaron y le permitieron ganarse más o menos la vida. Estaba medio muerto, sin ambición ni objetivos, cuando había asistido a una fiesta benéfica en el entresuelo del Plaza, acompañando a una mujer soltera, una fiesta patrocinada por una organización denominada Comité para la Salvación de Venecia. Jamás había estado en Venecia, ni en ninguna otra parte, y no sabía que se estuviera muriendo. Apenas había prestado atención a los célebres personajes que allí se encontraban, como tampoco al director del comité, que había hablado de las bellezas de Venecia que tal vez se perdieran muy pronto para la civilización, de la posibilidad de que la ciudad se hundiera en las aguas y de los efectos de la erosión que estaban padeciendo sus monumentos. Le habían presentado a alguien llamado Rinaldo, doctor Rinaldo, quien había reconocido su nombre por los artículos publicados y se había mostrado muy interesado por sus proyectos para el futuro. El hombre le había dirigido algunas preguntas acerca de su carrera y él se las había contestado medio en broma, en tono cínico y displicente. Súbitamente, el doctor Rinaldo le había preguntado:

-¿Le gustaría venir a Venecia a trabajar para nosotros¿ Necesitamos a alguien que se encargue de las relaciones con la prensa y demás medios de comunicación, y disponemos de fondos para el puesto. Me parece que resultaría usted la persona adecuada. ¡Imagínese, cobrar por vivir en Venecia! Pruébelo, pruébelo durante tres meses. Le encantará.

Así lo había hecho, y después de aquellos tres meses pasaron otros, hasta los veintiuno que ya habían transcurrido. Le había encantado y no le había encantado. Le hubiera podido encantar por entero, y apasionadamente, si hubiera estado con Claire. Pero no podía complacerle por completo sin ella, porque ya no se apreciaba a sí mismo.

Había una circunstancia consoladora, que duraba desde hacía once meses. Necesitaba un ayudante en la oficina de prensa del comité, instalada en el edificio de las Procuratie Vecchie, justamente detrás de donde se encontraba sentado en aquel momento, mirando a la Piazza San Marco. Le habían enviado a seis jóvenes candidatas, y a cinco de ellas apenas les había hechado una mirada, mientras las entrevistaba. En cambio, sí había mirado a la sexta, a Marisa Girardi, una extraordinaria belleza veneciana de cabello negro como ala de cuervo y ojos oscuros. Tenía veintiséis años, había estudiado en Padua y estaba trabajando en aquellos momentos como jefa de publicidad de la delegación local de una empresa internacional. Le había parecido inteligente, bien preparada, eficaz y atractiva, decididamente atractiva, y la había contratado sin pensarlo dos veces.

Al finalizar Marisa su primera semana de trabajo, la había invitado a cenar al Harry's Bar. Ambos habían comido muy poco -gambas a la plancha ella, escalopas de ternera él-, pero habían bebido whiskis antes, durante y después de la cena y se habían animado muchísimo, deslizándose hacia un terreno extremadamente íntimo y personal.

Al salir, tras cruzar las puertas oscilantes, ambos se habían quedado en la calle junto a la parada del vaporetto, inmóviles y sin saber qué hacer, él sabiendo lo que sentía pero sin saber cómo expresarlo.

Marisa le había dicho:

-Te invitaría a mi apartamento, pero vivo con mi madre y mi hermano. ¿Dónde vives tú¿

-Tengo una suite en el «Hotel Danieli». Vivo solo.

-¿Por qué no vamos allá¿

Tan pronto como entraron en el salón de la suite y él cerró la puerta a su espalda, ella se dio media vuelta, le echó los brazos al cuello y le besó con los labios carmesí separados, rozándole la lengua con la suya y comprimiendo contra él su firme y exuberante busto. Sus labios se desplazaron hacia su oído.

-Te quiero, Tim -le susurró.

Ya en el dormitorio, iluminado por una sola lámpara, él se había desnudado de espaldas a ella. Mientras se quitaba la última prenda, es decir, los calzoncillos, se volvió hacia la cama. Marisa se encontraba ya tendida sobre la misma, completamente desnuda. El tamaño de los dilatados pezones pardos de sus redondos pechos, la mórbida anchura de sus caderas y la prominencia de su alargado montículo vaginal le produjeron un efecto inmediato. Su miembro empezó a crecer, a hincharse y elevarse. En las varias docenas de encuentros sexuales que habían tenido lugar en el transcurso de sus seis años sin Claire, apenas había logrado estar a la altura de las circunstancias, experimentando casi tan poco entusiasmo como el que le inspiraban las carreras para mantenerse en forma. Aquella noche, sin embargo, alcanzó una plena erección.

-No pierdas el tiempo -le había susurrado ella, cuando él empezó a besarle los pezones.

Localizó su húmeda abertura vaginal y, mientras su miembro se deslizaba hacia adentro, murmuró:

-No voy a durar mucho.

Ella apoyó las manos sobre sus costillas y le atrajo hacia sí.

-Mañana por la noche será más largo -le dijo- y pasado mañana será todavía mejor. Oh, cariño, muy bien...

Marisa había estado en lo cierto: fue más largo y mejor, fue estupendo. Aquello había revestido carácter cotidiano por espacio de dos semanas, y después, al irse imponiendo una mayor familiaridad, lo habían dejado en un par de veces por semana. Él no estaba enamorado de Marisa, pero apreciaba el calor humano y la compañía. No sabía con certeza, cuáles eran los sentimientos de ella. Se había mostrado muy poco exigente con él. En los últimos tiempos, la había estado viendo cada vez con menos frecuencia fuera del trabajo. El carácter absurdo de su vida le había ido arrastrando a una especie de arenas movedizas emocionales, a una situación en la que uno deseaba encontrarse a solas con una botella de coñac hasta perder el sentido y hundirse en la oscuridad del sueño.

Abrió los ojos al sol de Venecia y a la irreal actividad y bullicio de la Piazza San Marco.

Observó que se había terminado el té y los panecillos, menos el que automáticamente reservaba siempre para las palomas. Ellas sabían que era su amigo y se acercaban a él cuando acababa de desayunar.

Desmenuzando el pedazo de pan, arrojó las migajas a sus pies. Después, se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó la bolsita de granos que había adquirido el día anterior en la tienda de comestibles que había cerca del Danieli, y distribuyó la mezcla de granos entre el pan. Observó con aire divertido cómo las palomas se congregaban rápidamente, en número de doce o catorce. Eran casi todas de color gris oscuro, con algunas manchas de un gris claro en la pechuga y la cola. Sus cabezas se movían con ritmo sincopado mientras picoteaban el pan o los granos y los engullían.

Las palomas de Venecia tenían fascinado a Jordan desde el mismo día de su llegada a la ciudad. Había tenido ocasión de conocer, sobre todo a través de Bruno, el hermano de Marisa, varias versiones acerca de cómo las palomas llegaron a asentarse en Venecia. Según una de ellas, en la época medieval, y en honor de la paloma que le había revelado a Noé el término del Diluvio, un dux había soltado un Domingo de Ramos varias palomas que se albergaban en el vestíbulo de la basílica. De acuerdo con otra tradición, los venecianos habían decidido importar palomas a la ciudad para celebrar el día del año 1204 en que una paloma mensajera había traído un mensaje desde Oriente en el que se describían las victorias alcanzadas por el dux Enrico Dandolo en la cuarta cruzada. Ya en tiempos modernos, las doscientas mil palomas de la ciudad habían sido alimentadas dos veces al día con granos de maíz por el conserje de la compañía de seguros Assicurazioni Generali, que ocupaba el edificio de la plaza situado en la parte de la torre del reloj. En 1971, la techumbre adornada con frescos de la iglesia del Angel Raffaele se había derrumbado por culpa de los excrementos y nidos de paloma que bloqueaban los canalones. En 1972, el alcalde de Venecia había decretado que, de las doscientas mil palomas, ciento cincuenta mil, fueran trasladadas a otras ciudades. Se trasladaron algunas, y los amantes de los pájaros vieron que su número se había reducido, pero la pérdida fue compensada rápidamente por la prolífera reproducción de las aves.

Y Jordan, por su parte, se alegraba mucho. Para él, las palomas eran sinónimo de Venecia, y en consecuencia formaban parte de su amor por la ciudad.

Siguió observándolas mientras acababan de comer las migajas y los granos. Al terminar, se fueron alejando de él, distribuyéndose por el centro de la plaza en busca de nuevos benefactores. Tres de ellas permanecieron unos momentos a sus pies; después dos levantaron el vuelo y quedó una sola. Ésta, de pronto, empezó a tambalearse y a temblar, e inmediatamente, de forma súbita e inesperada, cayó de lado como si estuviera muerta.

Jordan reaccionó con asombro. Jamás había visto nada semejante. Se inclinó hacia adelante en su silla de mimbre, se agachó doblando una rodilla y, asiéndose la paloma por el abultado vientre, trató de enderezarla, pero el ave cayó hacia atrás. En aquel momento, Jordan se percató de dos cosas: de que la paloma estaba muerta y de que él tenía la mano ensangrentada. Se puso en cuclillas para examinar mejor a la paloma y, a un lado del vientre, observó con toda claridad lo que parecía ser una herida de bala. Un instante después, vio otra cosa. Sujeta a una de las patas del ave había una tira de papel doblado precariamente y sostenida por una goma elástica.

Increíble. ¿Qué clase de juego era aquél¿ ¿O sería tal vez una paloma mensajera¿

Su mano se acercó a la inerte pata de la paloma, retiró la goma y tomó el papel. Sentándose de nuevo en la silla, desdobló cuidadosamente la tira de papel y la alisó sobre la mesa. Había algo escrito con caligrafía muy menuda. Lo examinó más de cerca y, con asombro, vio que el texto estaba escrito no en italiano, sino en inglés. Lentamente, leyó el mensaje:

Soy un científico británico, ilegalmente encarcelado por los comunistas en San Lazzaro. Proyectan enviarme a la URSS dentro de 2 días. Sálvenme. Llamen al Dr. Edwards Plaza Athénée París para comunicar noticia. Prof. Davis MacDonald, 18 agosto. He descubierto Manantial Juventud. Rojos lo quieren.

Jordan parpadeó, parpadeó no una sino dos veces, y, sin saber qué actitud adoptar ante aquella dramática llamada de socorro, volvió a leer el mensaje.

Redactado el 18 de agosto. Es decir, aquel mismo día.

Por parte de alguien que se encontraba en San Lazzaro... Conocía la isla, la había visto cientos de veces al dirigirse a la plaza del Lido. Por un tal profesor Davis MacDonald... Un nombre que no significaba nada para él, si bien le resultaba ligeramente familiar.

¿Quién era aquel MacDonald¿ ¿Qué era aquel llamado Manantial de la Juventud¿ ¿Qué clase de comunistas estaban tratando de enviarle a Rusia¿

Aquello era absurdo, a no ser que uno se lo tomara al pie de la letra. Que unos comunistas hubieran secuestrado a un profesor inglés allí en Venecia y le mantuvieran prisionero en San Lazzaro porque había descubierto el manantial de la eterna juventud: eso parecía absolutamente imposible, y desde luego, menos verosímil que cualquiera de los guiones que se urdían en Hollywood.

Entonces Jordan advirtió que, en efecto, había tomado el mensaje al pie de la letra, y pensó que era un estúpido. Con unas probabilidades de mil contra uno, de un millón contra uno, aquello no era más que una broma pesada de algún chiflado que no tenía otra cosa mejor que hacer. Una broma, sí, un engaño, y se avergonzó de habérselo tomado en serio aunque no fuera más que por un minuto.

Irritado consigo mismo, tomó el trozo de papel y se lo guardó en el bolsillo de la chaqueta, pensando en enseñárselo a Marisa para que se riera un poco. Pagó la cuenta, se levantó y estaba a punto de dirigirse a su despacho, instalado en el edificio que tenía a su espalda, cuando se acordó de la pobre paloma muerta. Se detuvo, asió la paloma con cuidado y avanzó con ella por el pasillo del Gran Caffé Quadri hasta el estrado de la orquesta. Consiguió localizar a su amigo el músico Oreste Memo, oculto por la hilera de verdes plantas que rodeaban el estrado. Memo estaba ocupado en la limpieza de su violín.

-Oreste -le llamó Jordan.

Al verle, el músico se levantó apresuradamente y se acercó a él con expresión inquisitiva.

-Oreste, he encontrado una paloma muerta -dijo Jordan-. ¿Qué hago con ella¿

-Dámela a mí. Yo la enterraré.

-Con cuidado -dijo Jordan, entregándole la paloma-. Está pegajosa alrededor del vientre. Alguien la ha matado de un disparo.

-Es terrible -dijo Memo, tomando el ave-. ¿Quién diablos puede haber hecho semejante cosa¿

-Cualquiera lo sabe. Gracias, Oreste. Ahora soy yo el que está llegando con retraso al trabajo.

Se encaminó hacia el oscuro portal que daba acceso a la escalera de piedra que conducía a las oficinas, acompañado por un pensamiento.

La paloma que portaba el desesperado mensaje... Si todo era una broma, ¿por qué hubiera querido alguien disparar contra la paloma que lo llevaba¿

Súbitamente, todo aquello ya no se le antojó gracioso.

Tal vez no fuera en absoluto una broma.

 

Mientras cruzaba la antesala pintada de amarillo, en la que cuatro commessi, o conserjes, estaban atendiendo a varias personas que aguardaban a ser recibidas, Jordan fue consciente una vez más de lo exótico del lugar en el que llevaba trabajando durante casi dos años. Aquel edificio renacentista del siglo XV que daba a la Piazza San Marco había albergado cinco siglos antes los despachos y residencias particulares de los antiguos procuradores de Venecia, los nueve hombres elegidos con carácter vitalicio para ayudar al dux en las tareas administrativas. En 1835, la Assicurazioni Generali, la compañía de seguros más importante de Italia, había adquirido el edificio para instalar en él su sede central. Hacía cinco años, poco después de constituirse el Comité para la Salvación de Venecia, la compañía había ofrecido doce de los despachos del edificio para uso del comité. Jordan ocupaba uno de aquellos despachos, Marisa otro y Gloria, la secretaria que ambos compartían, ocupaba el despacho intermedio.

Sin dejar de pensar en el mensaje que acababa de recoger, Jordan avanzó por el pasillo en dirección a la acristalada puerta de su despacho y entró en el mismo. Marisa, luciendo un ajustado jersey de color rosa y una falda azul acampanada, con el lustroso cabello negro derramándose por sus hombros, estaba examinando el contenido de unas carpetas junto a un cajón abierto del archivador verde. Al verle entrar, dio media vuelta e inclinó la cabeza hacia atrás para ofrecerle los labios. Él la besó distraídamente.

-¿Cómo estás, cariño¿ -le preguntó, dirigiéndose con aire pensativo hacia el escritorio de roble situado junto a una de las tres ventanas que daban a la Piazza.

-¿Cómo estás tú¿ -replicó Marisa, en tono inquisitivo-. ¿Tienes algo en la cabeza¿

-Siempre tengo algo en la cabeza -contestó él jovialmente al tiempo que empezaba a revolver los memorándums que había sobre el escritorio.

-A veces, abrigo la esperanza de que ese algo sea yo -dijo Marisa, acercándose.

-Perdona, Marisa. He estado muy ocupado últimamente. Quiero verte.

-¿Cuándo¿

-Pues... pues esta noche. Si esta estás libre, podemos cenar en el Harry's.

-Para ti, estoy libre.

-Muy bien. Ya lo decidiremos antes de que me vaya. ¿Algo urgente¿

-No, nada especial. Ha llamado el corresponsal del New York Times en Londres. Quería algunas fotografías recientes de nuestro dique hinchable en miniatura Pirelli-Furlanis, especialmente fotografías que lo mostraran en pleno funcionamiento. Ahora las estaba buscando. No ha querido decirme para qué las quiere.

-Muy bien. Sigue buscando.

-Algo te preocupa -dijo Marisa, mirándole fijamente-. ¿Puedo ayudarte¿

-Gracias, pero no. Te veré luego.

Marisa fue hacia la puerta. A punto de abandonar el despacho, él la llamó.

-Marisa, por favor, dile a Gloria que no me pase llamadas ni visitantes durante una hora. No quiero que me molesten.

Tan pronto como ella se hubo marchado, Jordan empezó a pensar de nuevo en el supuesto mensaje de socorro del supuesto profesor David MacDonald. Todo aquello se le antojaba ya más siniestro que gracioso. Y, sin embargo, sus derivaciones eran tan melodramáticas y estaban tan lejos de sus cotidianas actividades, que no podía aceptarlo como auténtico.

Introdujo la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó el mensaje. Acomodándose en el sillón giratorio, colocó la tira de papel encima del escritorio.

«Soy un cintífico británico ilegalmente encarcelado por los comunistas en San Lazzaro...»

Sus ojos saltaron a la frase: «Llamen al doctor Edwards, Plaza Athénée París para comunicar noticia.»

¿Por qué no¿ Lo peor que podía ocurrirle era que hiciera el ridículo. No sería la primera vez. Por otra parte... si el mensaje fuera auténtico...

El instinto le impulsó a actuar.

Apretó el botón del intercomunicador y llamó a su secretaria. Ésta le contestó inmediatamente.

-Gloria, póngame con el Hotel Plaza Athénée de París.

-¿Con alguien en particular¿

-No, simplemente con la centralita.

Jordan, manoseando pensativamente la tira de papel, observó cómo se encendía una luz en su teléfono y aguardó. Segundos después pudo escuchar la voz de Gloria:

-Señor Jordan, tengo el Plaza Athénée de París.

Jordan pulsó el botón iluminado y descolgó el aparato.

-Señorita, llamo desde Italia. ¿Tienen ustedes en su registro a un tal doctor Edwards¿ Si es así, quisiera hablar con él.

-Attendez -dijo la telefonista. Una pausa. Después-: Estoy llamando.

Dos, tres, cuatro timbrazos... ninguna respuesta. Un quinto timbrazo. Alguien se había puesto al teléfono en el otro extremo. Contestó una suave voz femenina:

-¿Diga¿

-Oiga -dijo Jordan-, quisiera hablar con el doctor Edwards. Es conferencia. ¿Se encuentra ahí¿

-Está hablando con la doctora Edwards -replicó la voz femenina, con un leve tono de exasperación-. Soy la doctora Elison Edwards.

Un tanto desconcertado, Jordan se disculpó inmediatamente.

-Lo... lo siento. No sé por qué pensé que se trataría de un hombre. En el mensaje del profesor MacDonald no se indicaba su nombre propio...

-¿Ha dicho usted el profesor MacDonald¿

-Sí, tengo un mensaje suyo para usted. ¿Conoce al profesor MacDonald¿

-Pues claro. Trabajo para él. Colaboro en sus investigaciones. ¿Le ha visto usted en Rusia¿

-No, no, no se trata de nada de eso -se apresuró a decir Jordan-. Llamo desde Italia, desde Venecia. Jamás he visto al profesor MacDonald. Pero tengo un mensaje suyo... o creo tenerlo, no estoy seguro.

En la voz de la doctora Edwards se advirtió un claro matiz de impaciencia:

-Me temo que no le entiendo, señor...

-Su voz se perdió.

-Me llamo Timothy Jordan -dijo él rápidamente-. Es un poco complicado. Será mejor que se lo explique. Por casualidad hoy, hace quince minutos, he recibido un mensaje firmado por el profesor Davis MacDonald, rogando a quien lo encontrara que estableciera contacto con el doctor, perdón, doctora Edwards en el Plaza Athénée de París.

-Pero ¿de qué está usted hablando, señor Jordan¿ Eso no tiene sentido.

-Lo tendrá o no lo tendrá cuando yo le cuente lo que ha ocurrido. Usted misma habrá de juzgar. Voy a explicarle todo esto. Yo soy un norteamericano que reside y trabaja en Venecia. Dirijo la oficina de prensa del Comité para la Salvación de Venecia...

-¿Cómo ha dicho¿ -le interrumpió ella.

-El Comité para la Salvación de Venecia, una organización que está tratando de salvar esta ciudad del hundimiento y la destrucción. Este mediodía, de camino hacia mi despacho, me he detenido en un café para tomar un té y he empezado a dar de comer a las palomas...

-Señor Jordan o quien quiera que sea, ¿me está usted gastando una broma¿ Si es así, no dispongo de tiempo.

-Por favor, escúcheme, se lo ruego -dijo él, en tono ligeramente molesto-. Esto podría ser serio. El profesor MacDonald podría encontrarse en dificultades. Por favor, escuche -se hizo el silencio en el otro extremo de la línea. Jordan siguió diciendo-: Estaba dando de comer a las palomas... sí, Venecia está llena de palomas... y lo que digo forma parte de lo ocurrido... Bien, el caso es que una paloma ha caído muerta a mis pies. Cuando la he examinado, he encontrado un mensaje sujeto a una de sus patas. La nota estaba firmada por el profesor Davis MacDonald. ¿Dice usted que trabaja para él¿

-En efecto. Es uno de los más destacados científicos del mundo. Pero usted me está hablando de palomas... de una nota que él ha enviado... de Venecia... Francamente no acierto a...

-Es la verdad, doctora Edwards. Ha ocurrido lo que le estoy diciendo. He leído la nota y... mire, la tengo aquí mismo, encima del escritorio. Se la voy a leer.

-Se lo ruego -dijo ella, con un asomo de perplejidad.

Con el aparato contra el oído, Jordan se inclinó sobre la tira de papel.

-Está escrito en tinta y dice... son palabras textuales: «Soy un científico británico ilegalmente encarcelado por los comunistas en San Lazzaro.»

-¿Ilegalmente encarcelado por los comunistas¿ ¿Dónde ha dicho usted¿ ¿San Lazzaro¿ ¿Y eso qué es¿

-Una pequeña isla con un monasterio a pocos minutos de la ciudad de Venecia. Permítame que le lea el resto. Escuche: «Proyectan enviarme a la URSS dentro de 2 días. Sálvenme. Llamen al doctor Edwards, Plaza Ahténée París para comunicar noticia.» Va firmado así: «Prof. Davis MacDonald. 18 agosto.» Después...

-Oiga, eso sigue sin tener sentido. El profesor MacDonald se encuentra en la URSS. Tuve noticias suyas poco antes de trasladarme a París. Estoy terriblemente desconcertada.

-Espere, doctora Edwards. Hay algo más en la nota. Otras dos frases. Permítame que se las lea. «He descubierto Manantial de la Juventud. Los rojos lo quieren.» -Jordan se detuvo-. Eso es todo lo que dice la nota que he encontrado. Por eso la he llamado.

-El Manantial de la Juventud... -dijo ella, bajando la voz-. Vuélvame a leer esa frase.

-«He descubierto Manantial de la Juventud.»

-Dios mío, si no es una broma, está tratando de decir... que ha realizado el descubrimiento.

-¿Qué descubrimiento¿ Ahora soy yo el que no entiende nada.

-El secreto de la prolongación de la vida humana, el secreto de la longevidad. El profesor es un célebre gerontólogo. ¿De veras no ha oído hablar nunca de él¿ Lleva doce años haciendo experimentos en ese sentido. Se encontraba actualmente en la Unión Soviética, en la zona de las montañas del Cáucaso, cerca del Mar Negro, realizando unas investigaciones... y ahora está diciendo... Dios mío, es una noticia extraordinaria, ninguna noticia del mundo podría ser más importante, si... si es que realmente ha escrito la nota...

-Si es que ha escrito la nota -repitió Jordan-. Ahí está la cuestión. ¿Hay alguien, aparte de usted y del propio doctor, que tenga conocimiento de esas investigaciones¿

-Desde luego. Muchas personas saben de ello por las publicaciones científicas y por los propios escritos del profesor.

Entonces cualquier otra persona puede haber escrito la nota para gastar una broma.

-Posiblemente. No obstante... -se percibió cierta vacilación en la voz de la doctora Edwards-. Señor Jordan, yo soy una científica. Poseo una mentalidad precisa y lógica. Antes de que analicemos la autenticidad de esa nota, vamos a pensar con lógica cómo hubiera podido el propio profesor escribir algo así, en el caso de que lo haya escrito. Déjeme reflexionar -se produjo un breve silencio-. Muy bien. Me parece que ya tengo un razonamiento lógico. El profesor se encuentra en la Unión Soviética. Realiza el descubrimiento. Los comunistas lo quieren, de hecho él dice en la nota que lo quieren, me imagino que para sí mismos. El profesor MacDonald lo quiere para el mundo. Eso resultaría más comprensible. Abandona la Unión Soviética con destino a cualquier sitio, en este caso, a Italia. Los rusos se enteran de que se ha ido. Le persiguen e interceptan cerca de Venecia. Le retienen en la isla antes de devolverle a la Unión Soviética. ¿Hay rusos en Venecia¿ ¿Le parece lógico eso¿

-Algunos, desde que Venecia eligió recientemente un municipio comunista.

-En esa nota... afirma que le han encarcelado los comunistas. ¿Podría referirse a los comunistas italianos¿

-Podría, sí -reconoció Jordan-, pero no parece probable. No me imagino a los comunistas italianos comportándose así. Es posible, pero difícil de creer.

-No obstante, si los rusos les hubieran hecho una promesa, si les hubieran dicho algo así como «Mirad, compartiremos con vosotros ese descubrimiento de la prolongación de la vida si le retenéis hasta que podamos devolverle a la Unión Soviética», hubiera podido ocurrir.

-En efecto, hubiera podido ocurrir -admitió Jordan-. Pero se me hace difícil de aceptar. Parece demasiado rocambolesco. Parece como si alguien hubiera querido tomarle el pelo a quienquiera que encontrara la nota.

-Pues a mí me parece muy real -dijo la doctora Edwards lentamente-. Todo lo que contiene el mensaje obedece a la verdad o es posible. Utiliza mi apellido. Sabe que voy a alojarme en el hotel en el que efectivamente me alojo en París. Anuncia el descubrimiento y lo cierto es que, en sus últimas cartas, aludía a algo muy importante. Me parece muy probable que el doctor MacDonald haya escrito la nota.

-Pero la información que contiene el mensaje... -replicó Jordan, mostrándose escéptico-. ¿Hay alguna otra persona que conozca esos mismos hechos¿ ¿Conoce alguien más su nombre o hay quien sepa que en estos momentos se iba a encontrar en el Plaza Ahténée de París¿ ¿Podría haber alguna otra persona que supiera que el profesor estaba a punto de realizar ese gran descubrimiento¿

-Sí, puede haber muchas personas que lo sepan.

-En ese caso, ¿podría alguien que se encontrara por esta zona haber escrito la nota¿

-Supongo que sí -repuso ella en tono vacilante-. Aunque no imagino por qué iba alguien a querer hacer semejante cosa.

-No trate de aplicar la lógica a los motivos humanos, doctora Edwards.

-Creo que tiene usted razón.

-En la nota se dice que le van a enviar a la Unión Soviética dentro dos días... o sea, pasado mañana -Jordan volvió a echar un vistazo a la tira de papel-. ¿Qué va usted a hacer¿

-No lo sé -repuso ella, dejando traslucir su desconcierto-. ¿Podría usted... puede usted acudir a la policía local de Venecia para que lo investigue¿

-No -contestó Jordan, tras pensarlo un poco-. No creo que eso fuera oportuno. Si es una broma, se burlarían de mí en toda Venecia. Estoy dispuesto a ayudar a una dama en apuros, pero no quiero hacer el ridículo hasta ese extremo. Por otra parte, si no es una broma, tal vez el profesor y yo corramos peligro en caso de que acuda a la policía italiana, la cual posiblemente haya colaborado con los rusos en el secuestro. ¿Y usted¿ ¿Por qué no recurre a las autoridades francesas¿ En la nota se da a entender que usted comunique la noticia al mundo.

La doctora guardó nuevamente silencio. Al final dijo:

-Vacilo porque... bueno, si resultara ser una broma, no me importaría el ridículo, pero lo que yo temo es que el profesor se encuentre todavía en la Unión Soviética desarrollando sus normales actividades, y, si esto trascendiera, la conspiración, el encarcelamiento, el audaz propósito... y no fuera cierto, tal vez se viera comprometida su situación allí. Y, por otra parte, si recurriera a la Sûreté, o la Interpol, o a alguna importante personalidad de las Naciones Unidas de las que conoce el profesor, y la noticia trascendiera... ello alertaría a los comunistas de San Lazzaro y tal vez le trasladaran a toda prisa a la URSS, antes de que se pudiera hacer algo, y afirmaran entonces que el profesor no estaba con ellos. Me parece que no existe ningún medio de actuar con prudencia.

-No, al menos mientras no sepamos si esta nota es auténtica o no.

-Ya sé lo que podemos hacer -exclamó la doctora Edwards, animándose repentinamente y hablando con decisión-. Voy a averiguar si la nota es auténtica.

-¿Cómo¿

-Echándole un vistazo, claro. Conozco la caligrafía del profesor MacDonald. Si veo la nota, sabré si la ha escrito él o no. Si la ha escrito alguna otra persona, todo será una tontería y podremos olvidarnos del asunto. En cambio, si puedo cerciorarme de que la nota ha sido escrita de su puño y letra, sabremos que todo es cierto y no tendremos que temer emprender acción alguna. Puesto que el factor tiempo es muy importante, tomaré el primer avión que salga hacia Venecia. Espere, voy a averiguar cuándo hay un vuelo. Se lo preguntaré al conserje por el otro teléfono.

Jordan se quedó con el teléfono en la mano, preguntándose por qué el destino le habría inducido a mezclarse en aquel improbable asunto con aquella extraña mujer.

Al cabo de un minuto, la doctora estaba de nuevo al aparato.

-Oiga, ¿sigue usted ahí¿

-Sí, dígame.

-Hay un avión que sale del aeropuerto De Gaulle dentro de dos horas. Alitalia. El vuelo de París a Venecia dura una hora y media. Llegaré a las cuatro y media. ¿Puede usted acudir al aeropuerto con la nota¿ Se lo agradecería mucho. Lo podríamos resolver todo allí mismo. Si el profesor MacDonald ha escrito la nota y ha realizado el descubrimiento, sería una cuestión de vida o muerte para todo el mundo.

-Allí estaré -dijo Jordan-. Oiga, ¿cómo la reconoceré¿

-Busque a la joven más guapa que descienda del aparato contestó ella, cortando la comunicación.

Jordan colgó también el teléfono, se quedó mirándolo unos segundos y después lo volvió a descolgar. Abrió el intercomunicador y pulsó el botón del número de Marisa.

-¿Marisa¿ Quería decirte que, respecto a la cena de esta noche, me temo que voy a estar ocupado... Un asunto urgente... tengo que acudir al aeropuerto para recoger a un huésped ilustre. ¿Que de qué se trata¿ Ya te lo explicaré con más tiempo. De momento, digamos que es alguien muy importante. ¿De acuerdo¿

 

 

Era, en efecto, la joven más guapa que descendió del aparato.

Antes al hablar con ella por teléfono y averiguar que era una científica que colaboraba con el profesor MacDonald en sus investigaciones, Jordan había evocado una imagen estereotipada. Se la había figurado como una fría y eficiente virgen de cuarenta y tantos años, con flequillo, gafas de montura de concha, labios apretados y mandíbula muy pronunciada. La imagen se desvaneció como el humo cuando, poco antes de colgar, ella le había revelado claramente que era bonita. En el transcurso de las siguientes horas que pasó en el despacho, haciendo tiempo a la espera del momento de reunirse con ella, había estado tratando de forjarse una nueva imagen y no lo había conseguido. De camino hacia el aeropuerto Marco Polo, había llegado a la conclusión de que se encontraría con una rubia glacial y tal vez agresivamente feminista.

Aguardando junto a la salida de la terminal, mientras fumaba una pipa, trató de identificarla entre los primeros pasajeros procedentes de París que comenzaban a pasar por la aduana con su equipaje de mano.

Y de pronto la vio. Estuvo seguro de que era ella porque poseía esa clase de belleza que le inducía a uno a volver la cabeza por la calle. Era más bien alta, tal vez un metro setenta de estatura, y se mantenía erguida, reposada y graciosa, vistiendo una corta chaqueta beige, una blusa de un tejido que se pegaba a sus puntiagudos y trémulos pechos y una falda corta. No era ni glacial ni rubia; era vivaz y trigueña. Llevaba el suave cabello muy corto, se cubría los grandes ojos con una exageradas gafas ahumadas de color lavanda, tenía una nariz respingona y unos labios rojos y debía de andar por los veinticuatro años. La había visto con anterioridad en media docena de llamativos cuadros de Boucher: Marie Louise O'Morphi.

Fue directamente hacia él, con un fin de semana de Hermès en una mano y un bolso de cuero marrón bajo el otro brazo.

-Señor Jordan -dijo sin tono de interrogación-. Soy Alison Edwards.

-Lo sé -dijo él-. Y usted, ¿cómo ha sabido que era yo¿

-Es tal como me lo había imaginado -replicó ella examinándole-. Tal vez un poco más fofo, menos musculoso.

-Bueno, pues usted no -dijo él, echándose a reír-. Quiero decir que no es como yo la imaginaba.

-El título de «doctor» en «Dr. Edwards» siempre desconcierta un poco a la gente; es algo que impone. Pero yo no. En estos momentos, estoy asustada y nerviosa y trato de disimularlo.

-No hay por qué preocuparse todavía. Déme su bolsa -la tomó-. Tengo una lancha aguardando. Creo que será mejor que nos demos prisa.

Una vez en el interior de la cabina de la lancha motora, sentados el uno frente al otro, la embarcación se puso en marcha, efectuó un viraje e inmediatamente empezó a surcar las aguas en dirección a Venecia.

-¿Tiene la... la nota¿ -preguntó ella, con expresión angustiada.

La he dejado en mi hotel. Me ha parecido mejor que la examinara y la discutiera usted en privado.

-¿Se le ha ocurrido alguna otra idea¿

-Si se me hubiera ocurrido -repuso él, mirando hacia el conductor de la motora-, no la comentaría aquí. Pero la verdad es que no. Todo depende de lo que usted opine de la caligrafía.

-Sí -dijo ella-. Eso nos indicará el camino a seguir.

-¿Ha estado alguna vez en Venecia¿

-No. Siempre había soñado con visitarla... en otras circunstancias. En realidad, ésta es la primera vez que salgo de los Estados Unidos -miró más allá de la proa de la embarcación-. ¿A dónde vamos exactamente¿

-Al hotel Danieli, en la misma Venecia. Tengo una suite alquilada todo el año. Le he reservado una habitación contigua.

-Oh, no creo que me quede aquí el tiempo suficiente como para utilizarla. Tengo reserva para el último vuelo a París, dentro de unas horas.

-Entonces, usted cree que todo es una broma y que su jefe se encuentra sano y salvo en... ¿dónde me ha dicho que estaba en la Unión Soviética¿

Ella eludió la pregunta.

-Le he puesto una conferencia para ver si estaba allí, en las afueras de Sujumi, una ciudad al oeste de Georgia. Ha sido inútil. Nunca se consigue. Lo he intentado otras veces, pero jamás he conseguido establecer comunicación con él. Mantenemos contacto por correspondencia -sus ojos, que él imaginó de color castaño, le estaban mirando fijamente a través de las gafas color lavanda-. Ficción o realidad. No sé qué pensar.

-Lo sabrá dentro de veinte minutos -dijo él, reclinándose en el asiento para seguir fumando, al tiempo que se preguntaba por qué estaría deseando ser menos fofo y más musculoso.

Veinte minutos después, según había predicho Jordan, llegaron al Danieli, dispuestos a enfrentarse con el momento de la verdad. Pisaron el embarcadero del hotel e inmediatamente entraron en el vestíbulo. Tras ascender por la ancha escalera de mármol, cubierta por una alfombra roja, hasta el primer piso, giraron a la derecha para tomar el tramo que conducía al segundo, lo subieron y junto a la escalera, llegaron a la suite 226.

El espacioso y familiar salón -alfombra a rombos marrones, paredes beige, verde sofá de tres plazas, dos sillones tapizados igualmente en verde, un pequeño frigorífico de color marrón con su bandeja de botellas y vasos, un escritorio con superficie revestida de cuero, otro sofá- se encontraba muy fresco y a oscuras, ya que la camarera había cerrado los pesados postigos de madera para evitar la penetración del sol. Mientras Alison Edwards se lavaba la cara y se retocaba los labios, Jordan depositó el fin de semana sobre la colcha marrón claro del dormitorio contiguo. Después, cruzó el salón para dirigirse a su propio dormitorio, abrió una maleta que se encontraba encima de la cama de matrimonio y sacó la nota firmada por el profesor MacDonald.

De nuevo en el salón, abrió los postigos de las ventanas para que entraran los últimos rayos solares del día. De pie junto a una de ellas, se protegió los ojos haciendo visera con la mano y miró en dirección a la isla de San Lazzaro, oculta por la isla que había delante. ¿Podría uno de los más destacados científicos del mundo, cuyo hallazgo sacudiría los cimientos de la humanidad, encontrarse prisionero en una isla en medio de aquella plácida laguna y de aquel bullicioso paraíso turístico¿ Parecía muy poco probable.

Al entrar Alison Edwards en la estancia, Jordan fue hacia su escritorio y le indicó un asiento.

-Bueno, pues aquí está -dijo.

Alison se había quitado las gafas de sol y sus grandes ojos castaños siguieron el movimiento de la mano de Jordan mientras depositaba ante ella la tira de papel.

Contemplándola como hipnotizada, la tomó con ambas manos por sus extremos y se la acercó a la cara. La estudió en silencio, con las facciones rígidas. Después, levantó la cabeza hacia él. Tenía el rostro más blanco que la cera.

-Es suya -dijo con voz apenas audible-. Es la letra del profesor y es su firma. He visto su caligrafía miles de veces. No hay posibilidad de error. Esta petición de socorro ha sido escrita por el profesor MacDonald y por nadie más. ¡Es auténtica!

La mano que en aquel momento sostenía la nota empezó a temblar, y pareció como si Alison estuviera a punto de hecharse a llorar. Jordan tomó suavemente la nota y se la guardó en el bolsillo.

-Se encuentra realmente prisionero en San Lazzaro -dijo ella, levantándose-. Le van a enviar a la Unión Soviética dentro de dos días. El mundo jamás volverá a verle ni sabrá de su secreto. Señor Jordan, tenemos que salvarle -asió a Jordan por el brazo-. ¿Qué podemos hacer¿

 

Media hora después, la pregunta seguía resonando en la cabeza de Jordan. ¿Qué podemos hacer¿

Podemos.

Cualquier compromiso con ella, cualquier participación en aquella misteriosa y potencialmente arriesgada empresa, le inspiraba recelos. Aquello no era lo suyo, y tanto menos en unos momentos tan delicados de su angustiosa vida. No quería comprometerse. Y, sin embargo, en algún oscuro rincón de su corazón, estaba buscando... algo.

-Doctora Edwards -había dicho-, déjeme pensarlo. Bajo un momento. Se me ha terminado el tabaco. No tardaré mucho, no más de media hora. Después nos sentaremos a discutir tranquilamente el mejor camino a seguir.

La había dejado sola y triste, sintiéndose como una especie de traidor porque iba a reflexionar acerca del papel que desempeñaría en el destino del profesor MacDonald y tal vez emitiera un veredicto por el cual la dejara abandonada y desvalida.

Muy turbado, bajó al vestíbulo y salió a la calle, comprando la cajetilla de tabaco, a pesar de que no le hacía falta, y dirigiéndose a continuación hacia la Piazzetta, para detenerse en el Gran Caffè Chioggia. Allí, sentado a solas en una de las mesas de la tercera hilera de la terraza, de cara a la fachada del palacio de los dux, resplandeciente todavía bajo los últimos rayos del sol, trató de no distraerse con las bellezas de Venecia y centró toda la atención en sus pensamientos.

Se imaginó a Alison Edwards y le gustó la imagen. Era una imagen incompleta, pero suficiente para atraerle. Su primer impulso fue el de ayudar a una mujer que era bonita y se sentía perdida. En cambio, no podía hacerse una idea demasiado clara del profesor MacDonald, como no fuera la de que se trataba de una especie de sabio, un confuso cruce entre Einstein y Schweitzer, que había realizado un extraordinario descubrimiento de vital importancia y que había sido encarcelado por ello, dando a conocer su terrible situación a través del medio más improbable que imaginar se pudiera.

Lo que más claramente había comprendido era la cuestión que estaba en juego.

El manantial de la Juventud, lo había llamado MacDonald en su nota.

Jordan pasó a plantearse una sola pregunta: ¿merecía la pena comprometerse y modificar sustancialmente su eufórica aunque insatisfactoria vida¿

Su mente rechazó de inmediato cualquier compromiso. Su egoísmo se lo impedía, y más tratándose de dos perfectos extraños. No quería cambios ni aventuras hacia lo desconocido. No quería emprender ninguna acción, ningún movimiento que hiciera más visible su presencia en Venecia; no quería emprender ningún esfuerzo susceptible de alterar la rutina de sus jornadas prácticamente vacías. Y, sobre todo, no quería desempeñar un papel en el que tuviera que adoptar decisiones por las que otras personas se vieran obligadas a depender de él.

En semejante estado de ánimo, empezó a reflexionar acerca de lo que estaba en juego y a dudar de su valor. No conocía ningún detalle, sólo sabía que lo esencial consistía en que el descubrimiento permitiría la prolongación de la vida humana. ¿Sería eso tan importante¿ El Dios del cielo o tal vez algún accidente de la naturaleza había concedido a los hombres setenta años de vida en la tierra, y nadie estaba en condiciones de afirmar que la vida podría mejorarse por medio de una manipulación. Si se hubiera realizado algún descubrimiento capaz de salvar a Claire de su absurda muerte, la cosa habría sido distinta... Pero aquello ya no podía afectarle a ella ni a nadie como ella. ¿Y a él, el superviviente, el superviviente de Claire¿ ¿Podría ser importante para él¿ La respuesta fue instantánea. Una respuesta ajustada a aquel momento. Para él, una prolongación de la vida no significaría más que una prolongación del dolor. Prefería que su hora llegara a los setenta a que lo hiciera a los cien o a los ciento setenta. Por lo que a él respectaba, el maldito descubrimiento sólo significaría que los viejos iban a ser más viejos. Con una salvedad... con la salvedad de que uno de los viejos hubiera sido su padre.

Su padre.

La cínica lógica de Jordan se desvaneció inmediatamente y fue sustituida por un sentimiento, por el otro dolor habitual de su corazón.

Había crecido en una pequeña y tranquila localidad de Wisconsin, a una hora de coche al norte de Chicago, siendo educado por su padre, Michael Jordan, el único de sus progenitores a quien había conocido, y a quien había admirado y amado. La madre murió de pulmonía al año de nacer él. Recordaba a las mujeres de la casa, su hermana mayor y una tía solterona, hermana mayor de su padre, siempre con un paño de cocina o una gamuza para quitar el polvo en la mano. Su padre, que le había engendrado cuando ya pasaba de los cincuenta, era muy entrado en años cuando Jordan inició sus estudios universitarios.

Jordan esbozó una sonrisa al recordar a su padre. El viejo era el profesor más popular del instituto local. Michael Jordan enseñaba inglés -no gramática sino literatura-, y todas las noches, siete noches a la semana, trabajaba en su obra La tierra de siempre jamás, la historia de la vida en una utopía del futuro. Durante la infancia de Jordan, que éste recordaba vagamente, y durante su adolescencia, que recordaba mejor, su padre se había dedicado a preparar notas acerca de su épica utopía y su historia. Cuando Jordan finalizó sus estudios en el instituto y se matriculó en la universidad, su padre ya estaba dispuesto a convertir su grandioso proyecto en novela y empezó a escribir.

En dos ocasiones, antes de terminar sus estudios universitarios, Jordan había solicitado leer lo que su padre llevaba escrito hasta aquellos momentos. La primera vez, su padre le dijo que el manuscrito aún no estaba en condiciones de ser leído. La siguiente, le aconsejó que leyera La república de Platón, la Utopía de Tomás Moro, La ciudad del sol de Tommaso Campanella y la Oceana de James Harrington, como medio de comparación antes de leer su propio libro. Jordan emprendió la tarea con entusiasmo. Había leído tres de las cuatro obras, con el creciente deseo de leer la obra de toda la vida de su padre, cuando una llamada telefónica a medianoche le hizo regresar a su casa de Wisconsin.

Aquella tarde, mientras regresaba en coche desde el instituto a su casa, Michael Jordan había sufrido una pérdida momentánea del conocimiento, abandonando el control del vehículo y estrellándose contra un árbol. Se recuperaría, pero ya no volvería a ser la misma persona. El diagnóstico del médico había sido un hasta entonces no detectado endurecimiento de las arterias cerebrales, cuya consecuencia sería la senilidad total posiblemente en el plazo de un año.

Su padre tuvo que dejar poco después su puesto de profesor, y jamás volvió a escribir. Jordan no tuvo valor para leer el manuscrito en aquellos momentos. El viejo languideció brevemente en un centro sanitario y después, a la edad de setenta y cuatro años, murió durante el sueño.

Después del entierro, Jordan se quedó una semana en la triste y como vacía casa, consolando a su hermana y a su tía y examinando los recuerdos de su pasado, y un día sacó fuerzas de flaqueza, tomó el inacabado manuscrito que permanecía en el escritorio del viejo y se tendió en la hamaca del porche dispuesto a leerlo.

Al anochecer, ya había leído todo lo que su padre había llegado a escribir, fascinado durante horas por la erudición, el ingenio, el empuje y la innovación que allí se encerraban, por aquel borrador de una nueva forma de vida, interrumpido bruscamente a media frase. Jordan permaneció tendido, como anonadado. Una obra impresionante, capaz de cambiar el mundo... y, sin embargo, sólo se disponía de la cuarta parte del manuscrito que jamás se terminaría, sin que hubiera en el mundo un cerebro capaz de proseguir el desarrollo de las ideas de su padre. La pérdida fue traumática para Jordan como la de su propio padre, a pesar de constarle que ambas pérdidas no eran más que una sola. Y allí se había iniciado el dolor de su corazón.

Si su padre no hubiera estado aquejado de senilidad a los setenta y dos años, si hubiera habido algún medio de prolongar su vida de tal manera que pudiera haber seguido siendo una persona sana y productiva, ¡cómo y cuán positivamente hubiera podido cambiar el mundo!

Entonces Jordan comprendió que, de igual modo, la obra del profesor MacDonald podría introducir también un cambio positivo en el mundo. De hecho, prolongaría las vidas de miles, de millones de Michaels Jordan que quizás estuvieran a punto de hacer algo susceptible de enriquecer a la humanidad.

Y él... seguía siendo una prolongación de su padre. Aún no era viejo, aún no había muerto, sólo que estaba deseando que ambas cosas le llegaran prematuramente. Si le prolongaran la vida, tal vez consiguiera hallar el medio de vivir su existencia sin Claire hasta el final. Con el tiempo, quizá se convirtiera en un gran escritor, como su padre lo había estado a punto de ser, y tal vez encontrara a otra mujer e incluso el hijo que había querido de Claire.

Había llegado el momento de adoptar una decisión, y las alternativas se habían simplificado.

Regresar junto a la joven del hotel, la doctora Alison Edwards, y decirle que no estaba en condiciones de embarcarse en aquel asunto. Decirle a regañadientes y con toda la amabilidad posible que se las arreglara sola. Aconsejarle que hiciera lo más sensato que se podía hacer, es decir, entregar la nota del profesor a la policía, a los carabineros, en la esperanza de que éstos fueran honrados y la ayudaran a salvar a MacDonald. Pero él sabía instintivamente que, de aquel modo, el descubrimiento del profesor no sería para el mundo.

O bien regresar junto a Alison y decirle que estaba dispuesto a ayudarla en todo lo humanamente posible, y confiar en que todo se resolviera satisfactoriamente.

Una remota posibilidad de salvar el Manantial de la Juventud.

Timothy Jordan se levantó, pagó la cuenta y abandonó el Gran Caffè Chioggia para regresar al hotel Danieli... y a su compromiso.

 

 

Habían permanecido sentados en el salón, discutiendo todas las posibilidades imaginables por absurdas que parecieran, y aún seguían sopesando las alternativas.

Alison, ya más tranquila, había recuperado el aplomo y estaba comportándose con mucha sensatez. En aquellos momentos, llevaban bebidos dos Bellinis cada uno -los habían pedido al servicio de habitaciones-, y aquella mezcla de champán y zumo de melocotón había contribuido a calmarles. Y él volvía a ser el Timothy de siempre, y lo mismo ocurría con Alison.

Ella se encontraba cómodamente sentada en el sofá y él ocupaba un sillón situado enfrente.

-Pobre hombre -estaba diciendo Alison-, en qué lío se ha metido usted, un inocente espectador, amante de las palomas...

-Por lo menos, es un reto -dijo él, sin mencionar para nada a su padre-. Tal vez sea lo que me estaba haciendo falta.

-Nadie necesita una cosa así -dijo ella-. Simplemente es demasiado.

Jordan la miró en silencio. No sabía casi nada de ella, y sin embargo, en el transcurso de la hora que llevaban juntos, se había sentido profundamente atraído por aquella hermosa desconocida.

Alison se irguió en el sofá y adquirió un aire muy de doctora Edwards, eficaz, inteligente, serena...

-Ya tengo las ideas muy claras -dijo-, y creo que hemos analizado suficientemente las posibilidades. Estoy dispuesta a elegir una alternativa, a adoptar una decisión. Si dejamos a un lado todas las elucubraciones románticas, me parece que nuestra conversación nos ha llevado a dos posibles acciones lógicas. ¿No lo cree usted así¿

-Explíquese, Alison. Vamos a ver si estamos en la misma longitud de onda.

-Muy bien. O acudimos a las autoridades, a la policía de Venecia, en la esperanza de que no tengan parte en el asunto y nos ayuden, o acudimos a los monjes de San Lazzaro y les mostramos la nota del profesor. Es posible que una de las dos acciones nos permita alcanzar un resultado. ¿Cuál de ellas sugiere usted¿

-Ninguna de las dos -contestó Jordan.

-¿Ninguna de las dos¿

-En mi opinión, tanto en uno como en otro caso el presentar la nota sería inútil. Tan inútil como recurrir a una organización exterior como la Interpol. Hemos convenido en que, si usted llamara a la Interpol o a alguna otra organización, nadie podría venir aquí sin más y entrar en San Lazzaro. Una persona de fuera establecería contacto primero con los soviéticos o los italianos, los cuales negarían el secuestro y se llevarían secretamente a MacDonald, invitando después a los investigadores extranjeros a que se cercioraran personalmente. Pues bien, lo mismo ocurriría si nosotros acudiéramos a la policía o a los monjes armenios. Nadie podría secuestrar a alguien como MacDonald aquí en Venecia y mantenerle prisionero sin la complicidad de la policía y la colaboración voluntaria o involuntaria de los monjes. Por consiguiente, si acudiéramos a cualquiera de los dos sitios con la nota, nos dirían que es falsa y que desconocen el paradero del profesor, le sacarían de San Lazzaro y nos invitarían a que nos cercioráramos personalmente. En el mejor de los casos, la policía podría simular que investiga el asunto y decirnos después que no ha encontrado trazas del profesor MacDonald, ni prisionero ni en libertad. No, Alison, el enfrentamiento directo no dará resultado.

-Pero tenemos que hacer algo -dijo Alison, desesperada-. Se nos está acabando el tiempo.

Jordan empezó a reflexionar. Poco a poco, empezó a exponer sus puntos de vista.

-Es inútil acudir a la policía. Olvidemos esa posibilidad. Nos quedan los monjes de San Lazzaro. Lo sé todo acerca de ellos. Son gente honrada, cordial y caritativa. He estado en el monasterio y he visitado a algunos de ellos. Además, uno de mis mejores amigos aquí en Venecia, un armenio propietario de una tienda de objetos de cristal, tiene un sobrino que es miembro de la congregación de San Lazzaro y siempre dice... -Jordan dejó de hablar bruscamente a media frase. Se irguió en el sillón y miró a Alison-. Dios mío -dijo, tal vez ése sea el camino. Sembut. Sembut Nurikhan.

-¿Qué está usted diciendo¿ -preguntó Alison, perpleja.

-Escuche -dijo Jordan muy excitado, levantándose casi del asiento-, tengo aquí un amigo armenio, un buen amigo, que se llama Sembut Nurikhan. Tiene un hermano mayor en Mestre, la más próxima localidad en tierra firme, un hermano que ha estado muy enfermo. El hijo menor de este hermano se hizo monje de la congregación mequitarista de San Lazzaro. Por su hermano y porque quiere mucho al chico, Sembut se mantiene en estrecho contacto con el sobrino y le ayuda con dinero y por otros medios. ¿Acaso no lo comprende, Alison¿ Eso nos ofrece un contacto con San Lazzaro -Jordan se levantó-. Me consta que Sembut telefonea a su sobrino por lo menos una vez a la semana, para informar al muchacho del estado de su padre y para saber cómo se encuentra él mismo. Eso significa que se puede telefonear a San Lazzaro. Acudiré a Sembut y le expondré la situación honradamente. Le diré lo que ha ocurrido.

-¿Puede usted confiar en él¿ -preguntó Alison, interrumpiéndole-. Al fin y al cabo...

-Totalmente -dijo Jordan-. Le pediré a Sembut que llame a su sobrino y que trate de averiguar lo que está ocurriendo... y si existe alguna posibilidad de que su sobrino pueda ayudarnos o conseguir que alguien nos ayude...

-¿Podrá hablar por teléfono¿ -preguntó Alison, todavía preocupada.

-Vamos a verlo.

-¿Cuándo¿

-Ahora mismo -contestó él, tomándola del brazo.

 

 

Estaba empezando a caer la noche cuando subieron apresuradamente por el Ramo San Zulian en dirección a Campo Zulian. Los escapartes de las tiendas de la pequeña plaza comenzaban a iluminarse con vistas a la venta del anochecer, pero Jordan pudo ver que el establecimiento de objetos de cristal de Nurikhan estaba a oscuras. En aquel momento, Sembut Nurikhan salió de la tienda a la calle y empezó a bajar la cortina metálica que protegía la entrada.

Asiendo a Alison del brazo, Jordan llamó a su amigo y aceleró el paso.

El armenio se detuvo, se ajustó las gafas de montura dorada para ver quién le había llamado y esbozó una sonrisa.

-Ah, Tim, eres tú. Estaba cerrando la tienda más pronto para ir a Mestre a ver a mi hermano. Por desgracia, sigue guardando cama, y le gusta la compañía. ¿Venías a verme¿

-Sí, tengo que hablar contigo, Sembut. Lamento entretenerte, pero necesito tu ayuda. Se trata de un asunto urgente.

-No faltaba más...

Los ojos de Sembut, agrandados por las lentes de las gafas, se clavaron en Alison.

-Sembut -dijo Jordan-, quiero presentarte a una querida amiga mía de Nueva York, la señorita... la doctora Alison Edwards.

-Mucho gusto en conocerla -dijo el tendero galantemente, al tiempo que estrechaba la mano de Alison-. Bueno, entrad para que podamos hablar.

Jordan y Alison aguardaron a que el armenio abriera el candado de la puerta y después entraron con él en la tienda. Nurikhan cerró la puerta por dentro y pidió disculpas por la falta de iluminación.

-No quiero que nos moleste algún cliente. ¿Queréis sentaros¿

-No hace falta, Sembut. Permíteme ir al grano.

-Te lo ruego.

-Hoy me ha ocurrido una cosa muy extraña en el Quadri, al terminar de desayunar...

Con tanta concisión como pudo, Jordan le expuso los acontecimientos del día desde el instante en que había encontrado la nota del profesor MacDonald sujeta a la pata de la paloma muerta hasta el momento en que la doctora Alison Edwards había llegado de París y había verificado la autenticidad de la nota.

Mientras el armenio escuchaba, su rostro, habitualmente flemático, dejó traslucir claramente una expresión de asombro.

-Así pues -terminó diciendo Jordan-, los monjes mequitaristas tienen al profesor MacDonald preso en San Lazzaro, y va a ser devuelto a la Unión Soviética pasado mañana. Ahora ya conoces la situación.

El propietario armenio escudriñó el rostro de Jordan.

-¿Acaso me estás tomando el pelo¿

-¿Por qué iba a hacerlo, Sembut¿ No, todo lo que te he dicho es verdad. Han secuestrado y tienen prisionero a ese hombre.

El escepticismo del propietario resultaba evidente.

-No puedo creerlo. Tiene que haber un error. Yo acudo con frecuencia a San Lazzaro para visitar a mi sobrino Pashal, y conozco a todos los monjes. Son unos amables seres humanos que viven recluidos y cuya única preocupación es el Señor. No serían capaces de secuestrar a nadie. No podrían tener encarcelada a una persona.

-Espera, Sembut -le interrumpió Jordan-. Yo no digo que los monjes tengan que ver con el asunto. Sospecho que todo ha sido obra de los comunistas locales, para hacerles un favor a sus camaradas de Rusia. La doctora Edwards y yo no sabemos exactamente lo que ha ocurrido, pero creemos que los comunistas de aquí debieron de buscar un lugar en el que poder mantener oculto al profesor hasta que se le pudiera enviar de nuevo a Rusia y eligieron San Lazzaro porque es un sitio aislado que no suele visitarse a menudo, obligando al abad y a los pocos monjes a colaborar. Ya sabes tú lo mucho que depende el abad del municipio.

-Eso es cierto -convino el armenio; buena parte de su inicial escepticismo se había desvanecido-. Pero ¿por qué diablos iba alguien a querer secuestrar y retener a un hombre al que tú calificas de eminente científico anglo-norteamericano¿

Al contar la historia, Jordan había omitido deliberadamente toda referencia a la especialidad del profesor MacDonald y a su trascendental descubrimiento. Vaciló. El instinto le aconsejaba no hablar de ello ni entonces ni nunca, a menos que no tuviera más remedio. Miró a Alison y le pareció entender que ella había adivinado sus pensamientos y se mostraba de acuerdo con ellos. Jordan decidió contestar a la pregunta de su amigo de la manera más ambigua posible.

-Están reteniendo al profesor porque ha realizado un descubrimiento secreto en el campo de la biología. Los rusos desean retenerle porque ellos pretenden que su hallazgo sea exclusivamente para ellos.

Sembut Nurikhan pareció darse por satisfecho con la explicación.

-¿Y yo¿ ¿Qué papel juego yo en todo eso¿

-Alguien tiene que liberar al profesor. No podemos acudir a los carabineros; es probable que estén colaborando con los rusos. No podemos solicitar una intervención exterior, porque, tan pronto como los comunistas se enteraran, sacarían al profesor de San Lazzaro y sabe Dios adónde le llevarían. Nuestra única esperanza es que alguno o algunos de los amables monjes de la isla se comporten compasivamente y ayuden al prisionero a escapar. No conozco lo suficiente a ninguno de ellos, y he pensado en que tú...

-Quieres que mi sobrino Pashal os ayude, ¿no es así¿

-Sí, eso es.

El armenio se manoseó nerviosamente la corbata de pajarita.

-Quieres que telefonee a San Lazzaro y... ¿qué¿ ¿Que solicite hablar con mi sobrino y le pregunte si está ocurriendo algo insólito¿

-Algo así -dijo Jordan, asintiendo-. Si puede hablar, averigua si MacDonald se encuentra efectivamente confinado allí. En caso de que tu sobrino lo sepa o te lo confirme, pregúntale si tiene acceso al prisionero o si conoce a alguien de la isla que pueda tenerlo. A partir de ahí, podríamos actuar en consecuencia -Jordan rodeó brevemente con el brazo los hombros de su amigo-. Sería un favor muy importante, Sembut. Ya sabemos que es muy difícil, pero no se nos ocurre ninguna otra cosa. Y... bueno... nunca se sabe.

-Señor Nurikhan -dijo Alison, adelantándose-, se lo agradeceríamos muchísimo.

-Lo intentaré -dijo el tendero armenio, haciendo un gesto como de rendición-. Venid conmigo.

Les acompañó por entre las mesas sobre las que se exponían los objetos de cristal hacia la trastienda y la pequeña estancia que le servía de despacho. Encendió la luz, se sentó detrás de un escritorio de tapa corredera y acercó hacia sí el teléfono. Jordan y Alison se aproximaron.

El tendero estiró el cuello y sus ojos se encontraron con los de Jordan.

-Si lo que me has dicho es cierto, Tim, esto va a ser muy difícil -se encogió de hombros-. Vamos a verlo -descolgó el aparato y marcó cuidadosamente un número, escuchando a continuación-. Está sonando -dijo; aguardó un instante y después se irguió: alguien había contestado-. Buenas noches -saludó en inglés-. Soy Sembut Nurikhan, desde Venecia. Yo... -se detuvo, escuchando-. Ah, sí. Me alegro de hablar con usted, Vartan. Quisiera hablar con mi sobrino, el padre Pashal, si es posible. Quiero hablarle de su padre... Gracias. Espero -Nurikhan cubrió el teléfono con la mano, al tiempo que se volvía a hacia Jordan-. Era un amigo de Pashal. Ha ido al refectorio a buscar a mi sobrino. Por lo menos, contestan el teléfono -sostuvo de nuevo el auricular con fuerza y se lo comprimió contra el oído. Súbitamente, el armenio se incorporó en su asiento-. Ah, eres tú, Pashal. ¿Cómo estás¿

Mientras su sobrino contestaba desde el otro extremo de la línea, Nurikhan le hizo señas a Jordan de que escuchara con él. Apartó el auricular algunos centímetros de su oído, tiró de la manga de Jordan y le hizo situarse a su espalda de tal manera que se encontrara cerca del aparato y pudiera escuchar la voz.

-Bueno, mientras tú estés bien, Pashal... -estaba diciendo el propietario de la tienda-. Te diré la razón de mi llamada. He estado hablando de tu padre con el doctor Scarpa. Se le ha recomendado un nuevo tratamiento cardíaco. He pensado ir mañana a San Lazzaro para hablarte de ello.

Jordan pudo escuchar la juvenil voz desde el otro extremo de la línea... estridente, nerviosa:

-Imposible, tío Sembut. El abad no permite visitas ni mañana ni pasado mañana. Cuando se vuelvan a autorizar ya te avisaré.

-¿Que no permite visitas mañana¿ Jamás había oído cosa semejante. ¿Y eso a qué se debe¿

-No puedo hablar de ello ahora -replicó el sobrino, bajando la voz.

Nurikhan miró de soslayo a Jordan, y éste asintió con la cabeza. El tendero hizo a su vez un gesto afirmativo y dijo:

-Tal vez yo sí pueda hablar de ello. Basta que me confirmes si estoy en lo cierto o si me equivoco. He sabido que tenéis a un preso en San Lazzaro.

Se hizo el silencio en el otro extremo de la línea. Después, Pashal pronunció una sola palabra:

-Sí.

-¿Un profesor británico¿

-Sí.

-¿Lo sabe la policía¿

-Sí.

-¿Quieres decir que tiene parte en el asunto¿

-Sí -contestó Pashal, en tono vacilante.

-Un momento, Pashal -dijo Nurikhan-, no te retires cubrió el aparato con la mano libre y miró a Jordan-. Ya lo has oído, Tim. Es lo que tú suponías. ¿Qué le digo ahora¿

-Pregúntale -contestó Jordan rápidamente-, pregúntale a tu sobrino si él o algún otro miembro de la congregación tiene acceso al preso.

El armenio apartó la mano del aparato y continuó hablando:

-¿Tienes tú acceso al prisionero, Pashal¿

Una larga pausa.

-A veces -otro silencio-. Dos de nosotros tenemos acceso a él.

-¿Será el prisionero accesible esta noche a tu sobrino¿ -susurró Jordan.

El tendero repitió la pregunta a través del teléfono, y Jordan pudo escuchar la respuesta.

-No. Esta noche me han encomendado otra tarea.

-¿Y mañana por la noche¿ -le susurró Jordan a Nurikhan, que repitió inmediatamente la pregunta.

-Sí -contestó Pashal.

Jordan asió el hombro de su amigo.

-Pregúntale si, en caso de que yo me trasladara discretamente allí mañana por la noche, me podría entregar al profesor en el portal o bien en el embarcadero.

Turbado, Nurikhan vaciló. Al final, dijo a través del aparato:

-Si alguien acudiera discretamente a San Lazzaro mañana por la noche, ¿podrías entregarle al profesor¿

Jordan vio que Alison estaba conteniendo la respiración. Después, se inclinó hacia el auricular y pudo escuchar claramente la voz de Pashal.

-No, no puedo. Demasiado peligroso.

Jordan hubiera deseado arrebatarle el teléfono a su amigo e insistir ante el joven, explicarle el secreto que poseía MacDonald y lo que dicho secreto podría significar para el propio Pashal y para su padre. Para su padre. Jordan asió de nuevo a su amigo por el hombro y le atrajo parcialmente hacia sí.

-Escúchame, Sembut. Ni tú ni tu sobrino sabéis lo que está en juego. Será mejor que te lo diga. Tú estás preocupado por tu hermano, el padre del muchacho, porque se encuentra gravemente enfermo. ¿Qué darías por salvarle¿ Puedes salvarle. Se te ofrece la oportunidad. Puedes darle a tu hermano muchos más años de salud y vida.

Miró a Alison con expresión vacilante y desesperada...

-Otros setenta años de vida -dijo Alison rápidamente-. Éste era el objetivo del profesor MacDonald. Hablaba de la posibilidad de duplicar el ciclo vital humano.

-Ya lo has oído -le dijo Jordan a Nurikhan-. Alison es la colaboradora del profesor MacDonald. El profesor es uno de los más destacados gerontólogos del mundo. ¿Por qué piensas que los comunistas le mantienen prisionero en San Lazzaro¿ Porque acaba de descubrir el medio de prolongar la vida humana. Los comunistas quieren el secreto para ellos solos. El profesor lo quiere para todos los seres humanos de la tierra, incluido tu hermano, el padre del chico. El profesor podría salvarle.

Olvidándose del teléfono, Nurikhan se quedó mirando a Jordan.

-¿Es posible¿ -preguntó al fin, con expresión incrédula.

-Es la verdad -afirmó Jordan-. Un hecho comprobado. Si tu sobrino nos ayuda, te aseguro que su padre será uno de los primeros hombres que reciban el tratamiento del doctor MacDonald.

-¿Me lo garantizarías¿ -le preguntó Nurikhan, sin dejar de mirarle.

-Tienes mi palabra -contestó Jordan con vehemencia.

El armenio parpadeó, llevó la mirada de Jordan a Alison y, al final, contempló el teléfono que no se había molestado en cubrir y habló a través del mismo.

-Pashal -dijo suavemente-, ¿lo has oído¿ Mi amigo es un hombre sincero y honrado.

Después, estuvo escuchando a su sobrino durante unos instantes. Cuando habló de nuevo, lo hizo en armenio, y a continuación se pasó un rato escuchando y asintiendo en silencio. Una palabra más en armenio y colgó lentamente el aparato.

Se volvió hacia Jordan y le dijo:

-Correrá el riesgo. Acude al embarcadero de San Lazzaro mañana por la noche exactamente a las diez en punto.

 

 

A lo largo de todo el día, Jordan había tratado de no pensar en el intento de rescate que iba a tener lugar aquella noche. No era ni un hombre de acción ni un aficionado a la aventura. En su calidad de ingeniero convertido en escritor y en experto en relaciones públicas, era esencialmente un soñador y una criatura sedentaria. Detenerse a pensar en el rescate que con tanta temeridad se había comprometido a llevar a cabo le hubiera sumido en un estado de profunda angustia.

Pero en aquellos momentos, mientras, llevando el bolso de fin de semana de Alison, seguía a ésta a través de la puerta giratoria del hotel Danieli y se dirigía hacia la lancha motora que había alquilado para él su amigo el gondolero Luigi Cipolate, la realidad de la situación volvió a asaltarle y se sintió invadido por el temor.

Vio al gondolero de pie junto a la lancha, y se miró el reloj.

-Las diez menos cuarto -le dijo a Alison-. Vamos bien de hora, pero no podemos perder un momento.

Se acercaron al veneciano y Jordan le saludó y después examinó la lancha. Era una alargada embarcación de forma ahusada, con capacidad para seis pasajeros.

-¿Le gusta¿ -preguntó Cipolate-. Es la lancha más rápida que he podido encontrar.

-Strigheta, viejo amigo, muchas gracias.

El gondolero ayudó a Alison a saltar a la embarcación y después hizo lo mismo con Jordan, asiéndole del brazo.

-Aún puede cambiar de idea, Timothy -le dijo a éste-. Llevar a una dama a dar un paseo en una motora no es romántico. Venga, les llevaré en mi góndola.

-En otra ocasión, amigo -replicó Jordan, sonriendo.

Vio que Alison se encontraba cómodamente sentada y se situó detrás del timón, poniendo en marcha el motor mientras Cipolate desataba el cabo que mantenía amarrada la lancha a un pilote y lo arrojaba al interior de la misma-. Nos veremos dentro de una hora, más o menos -prometió al veneciano, haciendo retroceder a la embarcación por entre los pilotes para adentrarse en la laguna.

Rápidamente puso rumbo a San Lazzaro e iniciaron la travesía. Tras aminorar la velocidad para dejar paso a un vaporetto que cruzaba por la proa, Jordan aceleró y el morro de la embarcación se levantó al tiempo que ésta se disparaba rozando apenas la superficie de la laguna.

A pesar de que la noche conservaba el calor del día, las salpicaduras del agua refrescaron a Jordan, haciendo que todos sus sentidos se agudizaran.

Con el rabillo del ojo, miró a Alison y siguió sorprendiéndose de su aplomo y serenidad. Una típica personalidad científica, pensó... reposada y fría. Llevaba una gorra azul, una camisa a rayas de gondolero y unos pantalones vaqueros nuevos, todo ello adquirido en el transcurso de su primer paseo por Venecia durante el tiempo que él la había dejado sola para encargarse de los necesarios preparativos. Jordan no quería que ella le acompañara en aquel intento de rescate, pero, a medida que elaboraba el plan de la fuga, fue comprendiendo que su presencia sería necesaria.

Había revisado el plan con ella dos o tres veces. En un principio, dado que no había ningún vuelo a París a aquella hora, había pensado en la posibilidad de instalar a Alison y al profesor MacDonald en un tren que saliera a última hora hacia París. Pero no había sido posible; el último tren salía más temprano. Sólo quedaba un medio para poder huir rápidamente y con seguridad: un coche alquilado. Resultó que Alison disponía de automóvil en los Estados Unidos y tenía por costumbre conducir constantemente. Al final, Jordan comprendió que aquel sistema del coche alquilado era precisamente el único medio de huir con posibilidades de éxito. De haber habido un tren, la policía hubiera podido atraparles en su compartimiento del coche cama.

El plan era muy sencillo, y su puesta en práctica dependería enteramente de una buena coordinación. Suponiendo que Pashal entregara al profesor en el embarcadero de San Lazzaro, tal como había prometido, y suponiendo que no se registraran inesperadas interferencias o demoras, se dispondría del tiempo justo para que la pareja se instalara en el Fiat alquilado y saliera a toda velocidad antes de que la policía pudiera bloquear la fuga. Jordan había tratado de prever lo que ocurriría a partir del momento en que tuviera al profersor MacDonald en la lancha y cruzara velozmente Venecia en dirección al Piazzale Roma, donde los esperaba el vehículo que les llevaría por carretera hasta la localidad de Mestre, en tierra firme. Había sido difícil calcular el tiempo, porque Jordan no sabía cómo estaba organizada la vigilancia de MacDonald. Si nadie le vigilaba durante la noche, su desaparición no se descubriría hasta la mañana siguiente, y para entonces él ya se encontraría sano y salvo en Francia. En cambio, si alguien acudía a su celda o habitación durante la noche, su desaparición tal vez se descubriera al cabo de media hora, o de una hora, o de varias horas; pese a lo cual, dispondrían de suficiente ventaja como para estar ya en Mestre cuando las rápidas lanchas de la Guardia di Finanza se pusieran en estado de alerta para interceptar la embarcación.

Jordan se había pasado el día ocupado con los preparativos.

Por la mañana, en primer lugar, había telefoneado a la oficina para decirle a Marisa que tenía cosas que hacer y no podría acudir al trabajo, asegurándole, sin embargo, que al día siguiente no dejaría de ir por su despacho. Después, tras facilitarle instrucciones a Alison acerca de los lugares más adecuados para efectuar sus compras, se había dirigido en vaporetto al Piazzale Roma con el fin de adoptar las necesarias disposiciones para que el Fiat estuviera listo a las diez y media en punto de aquella noche.

De regreso en el hotel, había llamado al servicio de habitaciones para que le sirvieran un bocadillo de queso, aprovechando mientras comía para echar un vistazo a la edición del día anterior del International Herald Tribune. Al reanudarse el servicio de motoscafi entre el hotel Danieli y el hotel Excelsior del Lido, había tomado el primero de ellos para efectuar la corta travesía. Cuando, hacia la mitad del trayecto, la lancha pasaba frente a la pequeña extensión de tierra de la isla de San Lazzaro, Jordan, de pie en la cubierta de la embarcación, entre el timonel y el toldo de la parte de atrás, estuvo examinando la isla con más detenimiento de lo que había tenido por costumbre hacer en el transcurso del último año. Allí estaba el antiguo monasterio de dos plantas, con su rojo tejado y sus sólidos muros en medio del silencio, sin el menor signo de vida en la fachada. La entrada del edificio se encontraba a unos quince metros de distancia -tal vez más- del embarcadero de madera, en el que se veían unos escalones que conducían a una plataforma situada ligeramente por encima de la superficie de agua.

Una hora más tarde, al regresar del Excelsior al Danieli y pasar de nuevo frente a San Lazzaro, había estudiado la disposición del lugar una vez más y, para cuando ya hubo perdido de vista la isla, creyó tener claramente grabado en el cerebro su destino de aquella noche.

Ya en el Danieli, otra cuestión llegó a causarle verdadera angustia. La sola idea de ello, el melodrama que aquello entrañaba, le producía un gran malestar, pese a comprender que se trataba de algo necesario. Acercándose al mostrador de conserjería, había aguardado a que su buen amigo, y en ocasiones confidente, Carlo Fabris, el jefe de los conserjes, terminara de hablar por teléfono.

Al final, el conserje había terminado.

-¿Sí, señor Jordan¿

Jordan había bajado la voz para que los turistas que se arracimaban alrededor del mostrador no pudieran oírle.

-Señor Fabris, quiero una pistola prestada o de alquiler... que sea pequeña y compacta, una automática, con un cargador completo. ¿La podré tener antes de las seis¿

En el cordial, bronceado y mofletudo rostro del señor Fabris no se había dibujado la menor expresión de sorpresa o curiosidad.

-¿Tiene usted alguna preferencia especial¿

-Ninguna en absoluto.

-Entonces no habrá problema. La tendrá usted en su suite a las seis en punto.

A pesar de que Fabris, conserje perfecto, jamás hacía preguntas acerca de las peticiones insólitas de los clientes del hotel, Jordan pensó que aquella petición tan extraña se merecía alguna clase de explicación.

-El arma... es para un concurso. Unos amigos míos de Mestre han organizado un concurso de tiro.

-Espero que gane -había contestado Fabris, esbozando una benévola sonrisa.

El arma estaba ya en la suite de Jordan, discretamente protegida por una bolsa de papel marrón, a las seis menos cuarto.

De eso ya hacía varias horas.

Y en aquellos momentos, al timón de la lancha lanzada a toda velocidad hacia San Lazzaro, siguiendo la iluminada vía de la laguna, Jordan acercó una mano al bolsillo de la chaqueta y acarició el tranquilizador bulto de la pistola. No se imaginaba que fuera a utilizarla, pero cabía la posibilidad de que tuviera que hacerlo. Dentro de unos minutos entraría en la vigilada guarida de los agentes comunistas que mantenían cautivo a un genio del mundo libre. Si todo se desarrollaba sin contratiempos, tal como abrigaba la esperanza de que ocurriera, el arma sería absolutamente inútil. Pero, en caso de que algo fallara... bueno, pues él dispondría al menos de un arma defensiva.

Su mirada se cruzó un instante con la de Alison. Sonrió y ella también lo hizo, pero Jordan comprendió que ambas sonrisas habían sido más bien unas muecas nerviosas.

Hacia su izquierda, más allá de la amarillenta iluminación de la vía de tráfico de la laguna, vio acercarse la mole de un edificio.

-San Servolo -le dijo a Alison-. La isla que se encuentra frente a San Lazzaro. Estaremos allí dentro de pocos minutos.

Recordó que el edificio que había en San Servolo era un manicomio y que, siempre que había pasado por allí a bordo de alguna embarcación, ésta había aminorado la velocidad. Suponiendo que debía de tratarse de alguna ordenanza veneciana, redujo rápidamente la velocidad de la lancha.

En cuanto dejaron atrás San Servolo, apareció frente a él la isla de San Lazzaro y dirigió la lancha directamente hacia ella conservando la baja velocidad. Se miró el reloj: eran las diez menos seis minutos.

Distinguió el embarcadero de madera proyectándose sobre el agua.

-Ya hemos llegado -le dijo a Alison en voz baja.

Apagó el motor y dejó que la embarcación se deslizara hacia adelante, situándose junto a la borda para asir un pilote y evitar que la lancha llegara a golpear; luego hizo fuerza y la impulsó hasta tocar suavemente la plataforma inferior del embarcadero.

-Muy bien, adelante -le dijo a Alison.

Ella ya se encontraba de pie a su espalda, dispuesta a hacer lo que ambos habían ensayado aquella tarde. Tomó la cuerda, la pasó alrededor del pilote y la anudó sin apretar.

A la escasa luz de la bombilla eléctrica que brillaba sobre el embarcadero, Jordan volvió a mirar el reloj una vez más.

-Tres minutos -dijo, notando cómo el corazón le latía apresuradamente-. Espere aquí junto a la cuerda. Tan pronto como MacDonald y yo regresemos, desátela. Yo me encargaré del resto.

Calzaba zapatillas deportivas y saltó desde la lancha a la plataforma sin producir el menor ruido. Subió cautelosamente los resbaladizos primeros peldaños, y ya con más soltura los demás. Cuando faltaban dos para llegar arriba, se detuvo. Volvió a mirarse el reloj. Dos minutos. Menos.

¿Saldría Pashal con el profesor MacDonald¿

¿Cómo se las apañaría¿

¿Estaría alguien más sobre aviso¿

Contuvo el aliento y clavó la mirada en el portal del monasterio. Con la excepción de los grillos y de un pájaro, la noche estaba silenciosa y tranquila. Se quedó inmóvil, expectante.

Súbitamente, una franja, un rayo de luz atravesó la semioscuridad de la fachada. La puerta se estaba abriendo. Una figura se deslizó fuera, seguida inmediatamente por otra, mientras la puerta se cerraba otra vez casi del todo.

Subiendo los peldaños que faltaban, Jordan llegó a lo alto del embarcadero y lo cruzó rápidamente en dirección al patio frontal del monasterio. Se reunieron con él en el final mismo del embarcadero.

El monje, alto y delgado, llegó delante; en su garganta, la nuez se movía incesantemente.

-¿Pashal¿ -murmuró Jordan.

-Sí.

-¿Le trae¿

-Aquí está el profesor MacDonald.

El monje se apartó a un lado y reveló la presencia de un anciano bastante más bajo, con el cabello canoso, gafas de montura metálica, blanco bigote y un rostro que era una mezcla de confusión y temor.

Jordan tomó al profesor por el brazo, empujándole hacia el extremo del embarcadero.

-Vaya hasta el final y baje los peldaños... con cuidado, están mojados. Salte a la lancha. La doctora Edwards está aguardando -se volvió rápidamente hacia el monje-. Pashal, no sabemos como darle las gracias. Nunca sabré cómo lo ha hecho, pero su acción merecerá para siempre la bendición de Dios. Adiós.

Mientras Jordan daba media vuelta para marcharse, la vigorosa mano del joven monje le asió el hombro.

-Espere -musitó Pashal Nurikhan.

-¿Qué ocurre¿

-Tengo que poder dar alguna explicación -dijo el monje en tono apremiante-. He tenido que acompañarle al lavabo; así es cómo he conseguido salvar la barrera de Antonio, el carabinero que vigila su habitación. Para regresar sin el profesor... me he inventado una historia... y tiene usted que ayudarme...

-Dígame, pero dese prisa.

-Diré que un desconocido armado con una pistola se nos ha acercado cuando salíamos del cuarto de baño y me ha obligado a venir hasta aquí con él y el profesor. Que yo he tratado de luchar y él me ha derribado al suelo ha huido con el profesor en una lancha. Así que, vamos, golpéeme, por favor, para que parezca real... adelante...

-¿Golpearle sin más¿ -preguntó Jordan, retrocediendo-. No puedo...

-Tiene que hacerlo -susurró Pashal enérgicamente-, tiene que hacerlo para protegerme. Luego, yo regresaré a trompicones y gritaré lo que ha ocurrido y me desplomaré al suelo.

-Oiga, un momento -dijo Jordan-. Si alerta usted a todo el maldito monasterio, no me dará tiempo a trasladarles al Piazzale Roma y no podrán abandonar el país. Tan pronto como usted grite, se dará aviso a las lanchas patrulleras de Venecia...

-Lo que ocurra cuando ustedes se hayan ido no es cosa mía. Hemos hecho un trato: MacDonald salvará a mi padre si yo salvo a MacDonald entregándoselo a usted. Yo he cumplido mi parte.

-Sí, Pashal, pero ¿acaso no comprende que sacarle de Venecia también era...¿

En aquel instante, la pequeña franja de luz de la puerta principal del monasterio se intensificó y les alcanzó como si fuera el foco de un reflector. Aterrorizados, ambos se volvieron hacia la fachada del monasterio.

En la puerta, ocupándola casi por completo, se encontraba un corpulento hombre uniformado con un fusil al hombro. El hombre se acercó la mano a la boca.

-¿Qué ocurre ahí¿ -gritó.

El monje asió frenéticamente a Jordan por las solapas.

-Golpéeme -imploró.

En una especie de acción refleja, Jordan introdujo la mano en el bolsillo, saco la pistola y golpeó la cabeza de Pashal con la culata de la misma. El monje lanzó un grito de dolor, se acercó la mano a la ensangrentada sien y se desplomó de rodillas entre gemidos.

Jordan levantó la vista durante una fracción de segundo. El hombre uniformado había gritado: «¿Quién va¿», y en aquel instante se acercaba corriendo al tiempo que se descolgaba el fusil del hombro.

Dio media vuelta en dirección al borde del desierto embarcadero, guardándose la pistola en el bolsillo. Cruzó apresuradamente el corto espacio que le separaba de la escalera y comenzó a bajar, agarrándose a la barandilla mientras descendía los peldaños resbaladizos. La lancha estaba allí, balanceándose sobre el agua; Alison se encontraba junto a la cuerda y MacDonald se había acomodado en un asiento.

-¡Vamos! -gritó Jordan, saltando a la lancha y situándose tras el timón mientras Alison soltaba la cuerda.

El motor empezó a rugir y rugir y por fin se puso en marcha. Jordan hizo retroceder a la embarcación giró fuertemente el timón y consiguió que la lancha se apartara de la plataforma del embarcadero. Puso rumbo hacia las luces de Venecia y aceleró.

Con la motora ya volando prácticamente sobre las aguas, Jordan volvió la cabeza y vio al carabinero en el embarcadero, con la culata del fusil apoyada en el hombro.

-¡Agáchense, agáchense! -les gritó a Alison y MacDonald.

Los otros dos se tendieron en el fondo de la embarcación y Jordan dobló una rodilla mientras la primera bala pasaba silbando por encima de su cabeza. Después, hubo un segundo disparo, y un tercero, resonando como aplausos.

Volaban hacia Venecia, y lo último que Jordan pudo ver de San Lazzaro fueron las luces que empezaron a iluminar todas las ventanas del monasterio. A los pocos segundos, la isla se perdió de vista.

Jordan se levantó tras el timón y les hizo señas a los otros para que hicieran lo mismo.

-Le hemos sacado de allí -le dijo sin resuello al profesor-, pero no tengo la menor idea de lo que va a ocurrirle a continuación.





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Agregado el 05-06-2006