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El ayuntamiento de Venecia, ubicado en el Gran Canal -había que pasar por delante de él de camino al arqueado puente de Rialto-, ocupaba dos palacios, el palacio Loredan, construido en el siglo XII, y el palacio Farsetti, construido en el siglo XIII, por el dux Enrico Dandolo y convertido posteriormente en residencia de la aristocrática familia Farsetti. Los edificios estaban unidos por un pasadizo cubierto sobre la calle Loredan, que se interponía entre ambos.

En el transcurso del siglo largo que llevaban constituyendo la sede del municipio, ambos palacios habían sido escenario de muchos acontecimientos históricos. Pero tal vez ninguno superase en importancia a la reunión de urgencia convocada por el sindaco Accardi -el alcalde de Accardi-, tan recientemente elegido para la alcaldía de aquella ciudad de cien mil habitantes por parte de los sesenta concejales de Venecia, cuarenta y uno de los cuales pertenecían al Partido Comunista local y habían sido elegidos por el pueblo en las últimas elecciones municipales.

Eran las cuatro en punto de la madrugada, poco antes del amanecer, y las luces más intensas entre las que iluminaban parcialmente el oscuro Gran Canal procedían del despacho del alcalde, instalado en el primer piso del palacio Farsetti. En aquel espacioso despacho, se encontraban reunidos seis hombres y una mujer, varios de ellos recién levantados de sus camas. El último en llegar había sido Aleksandr Veksler, el agregado cultural de la Unión Soviética, acompañado por una especie de toro de rostro mongólico llamado Boris Kedrov, que había aterrizado hacía menos de media hora en el aeropuerto Marco Polo tras un vuelo especial en un aparato militar soviético que el propio ministro había puesto a su disposición.

El despacho del alcalde Accardi no parecía muy adecuado para una reunión como aquélla. Era un lugar exquisito y delicado, como concebido más bien para la charla intrascendente y las largas y ligeras anécdotas. En las paredes revestidas de fieltro floreado colgaban tres cuadros enmarcados: un retrato de Catón y otro de Marco Antonio y Cleopatra, ambos de Molinari, y un retrato del podestá Angelo Corner, obra de Maganza.

El alcalde Accardi, de cincuenta y cinco años, corpulento y con papada, poseía un rostro tan suave y redondo como el trasero de un niño de pecho. Llevaba el escaso cabello aplastado hacia atrás y tenía por costumbre sonreír incluso cuando no le apetecía. Se hallaba sentado en su sillón giratorio de alto respaldo tras el reluciente escritorio del siglo XIX, desembarazado de papeles, aguardando a que los demás se sentaran en semicírculo frente a él. Momentáneamente aturdido, el primer teniente de alcalde, Santin, casi todo nariz y casi sin barbilla, colocó un gigantesco plano de Venecia y alrededores, fijado a una tabla de madera, en el sólido atril que tenía a su izquierda. Al terminar, Santin tomó el puntero y regresó a su silla tapizada de rojo.

Todos los convocados se encontraban allí. Accardi examinó a los presentes uno por uno de izquierda a derecha. Estaba su secretaria, la señora Rinaldo, una insignificante viuda con el cabello canoso implacablemente recogido en un apretado moño y la pluma en ristre sobre su cuaderno de taquigrafía. La siguiente silla estaba ocupada por el teniente de alcalde. A su lado se sentaba el coronel Cutrone, comandante de los carabineros; una figura impresionante: abundante cabello, moreno y atractivo, recordaba a un bajo de ópera en el papel de militar. A la izquierda del coronel, removiéndose inquieto en el asiento, se encontraba el questore Trevisan, jefe superior de la policía local; era un hombre bajito, patizambo, con un par de ojos semejantes a huevos pasados por agua como rasgo más acusado en su inexpresivo rostro. Junto a él, fumando incesantemente, se hallaba el jefe oficioso del Partido Comunista de Venecia, Ragazzi, de porte sereno y aspecto vehemente y meditabundo, con unos músculos como barras de acero. Después estaban los dos extranjeros, los rusos: Aleksandr Veksler, contemplando cejijunto el plano de Venecia, y el recién llegado comandante Boris Kedrov, a quien se veía indudablemente incómodo enfundado en un traje marino muy mal cortado.

El alcalde Accardi apartó a un lado la lámpara de sobremesa, estudió una vez más al grupo y, por fin, se dirigió a los reunidos en tono familiar:

-Señores, todos ustedes saben por qué nos hemos reunido aquí a una hora tan intempestiva. Estamos aquí para analizar lo ocurrido en relación con el asunto del profesor Davis MacDonald, para comentar las medidas que ya se han tomado y para decidir qué nuevas acciones hemos de emprender. Normalmente, esta reunión hubiera estado presidida por el prefectto Gasparini, pero al encontrarse de viaje internacional sobre medidas de orden público que se está celebrando en Chicago, el ministro del Interior me ha autorizado a mí para dirigir nuestra actuación.

»Veamos, pues. He reunido de la mejor manera posible los datos más significativos relacionados con este caso, y paso ahora a exponérselos brevemente. Tal como todos ustedes saben, el profesor MacDonald, súbdito norteamericano naturalizado, era huésped de la Unión Soviética cuando realizó un sorprendente y trascendental descubrimiento: el medio de prolongar la vida humana, de aumentar el ciclo vital humano desde un promedio de setenta años a una probabilidad de ciento cincuenta.

-Descubrimiento realizado -dijo el comandante Kedrov, interrumpiéndole- gracias a la colaboración de los científicos de la Unión Soviética.

-Exactamente -dijo el alcalde Accardi, apresurándose a convenir con él-. Sin embargo, en lugar de compartir su hallazgo con la Unión Soviética, el tal profesor MacDonald huyó del país con el propósito de entregar el descubrimiento a sus amos norteamericanos, para que éstos dispusieran de él a su gusto y conveniencia. Nuestros camaradas de la Unión Soviética -hizo un gesto afable con la cabeza en dirección a Veksler y Kedrov- se sintieron lógicamente molestos y preocupados a causa del injusto y hostil comportamiento del profesor MacDonald. Sabían que MacDonald había utilizado un vuelo especial soviético con destino a Venecia. Recurrieron entonces a nosotros, en calidad de aliados y amigos, con el fin de que retuviéramos al profesor en cuanto llegara. Nosotros accedimos gustosamente a colaborar con nuestros camaradas, y yo solicité que el coronel Cutrone detuviera a MacDonald y le mantuviera en prisión preventiva hasta que nuestros aliados pudieran devolverle a la Unión Soviética y convencerle de que su país había participado en el descubrimiento y merecía compartirlo.

»El coronel Cutrone hizo bien su trabajo. MacDonald fue detenido y quedó bajo vigilancia en San Lazzaro, en espera del momento en que pudiera ser devuelto a la Unión Soviética. Entonces, por un medio u otro (y aquí he de decir que aún no conocemos qué medio con exactitud, si bien se ha hablado de una paloma mensajera, lo cual parece altamente improbable), el profesor pudo informar de su situación a algunas personas del exterior y conseguir que éstas organizaran su huida de San Lazzaro. La puesta en práctica del plan para ayudarle a escapar se realizó hace seis horas. El señor Veksler se encontraba en el monasterio cuando tuvo lugar la huida -el alcalde inclinó amablemente la cabeza hacia el ruso-. Tal vez pueda usted exponernos directamente los detalles, señor Veksler.

El ruso, incorporándose en el asiento, se dispuso a informar a los demás.

-Habíamos acordado con el abad armenio que nos facilitaría dos jóvenes monjes con el fin de que atendieran al profesor MacDonald... ello aparte del destacamento de carabineros que tan amablemente nos ofreció el coronel Cutrone. Puso pues el abad a nuestra disposición los monjes más fieles y obedientes para que cuidaran del profesor, le sirvieran, le acompañaran en sus paseos y le condujeran al cuarto de baño del final del pasillo cuando tuviera necesidad de utilizarlo. Anoche, aproximadamente a las diez menos cinco, el profesor tocó la campanilla para llamar al monje y pidió ser acompañado al cuarto de baño. El carabinero que montaba guardia junto a la puerta vio a MacDonald y al monje caminar por el pasillo y doblar la esquina para dirigirse al cuarto de baño. Según lo que he podido reconstruir, cuando ambos salieron del cuarto de baño, una figura enmascarada surgió repentinamente de las sombras y encañonó las costillas del monje con una pistola. Ordenó entonces a Pashal, así se llama el monje, que les condujera al exterior del edificio siguiendo un camino por el que los guardias no pudieran verles. Al oponer resistencia Pashal, el intruso enmascarado le dijo que le mataría. Temiendo por su vida, el monje les acompañó a la puerta principal y salió con ellos hacia el embarcadero, donde estaba aguardando una lancha motora. Entretanto, el carabinero de guardia en la puerta de la habitación de MacDonald empezó a preocuparse. La norma era que el profesor tenía que estar de regreso en su habitación a los cinco minutos, y se dio cuenta de que habían transcurrido ya más de diez. Decidió entonces averiguar el motivo de la demora de MacDonald y el monje, pero no les encontró ni en el cuarto de baño ni en ningún otro lugar de la planta. Bajó inmediatamente las escaleras y vio la puerta principal abierta -el ruso se detuvo y estiró el cuello en dirección al comandante de los carabineros-. Creo que tiene usted el informe relativo a lo que ocurrió después, coronel Cutrone.

-Sí -dijo el coronel Cutrone, hablando en tono mesurado-. Antonio, el guardia, se acercó a la puerta y miró al exterior. Vio en el embarcadero al monje Pashal con otro hombre. El profesor MacDonald no estaba allí. Antonio les llamó, pero ninguno de los dos le contestó. En su lugar, el otro hombre, el desconocido, golpeó con la pistola a Pashal, derribándole en el acto. Antonio se apartó el fusil del hombro y echó a correr hacia ellos. El desconocido huyó inmediatamente, cruzando el embarcadero, y saltó a la lancha que le estaba aguardando. Cuando Antonio llegó al borde del embarcadero, la lancha ya había puesto rumbo a Venecia...

-¿No existe ninguna posibilidad de que la lancha no se dirigiera a Venecia? -preguntó el comandante Kedrov, interrumpiéndole.

-Ninguna en absoluto contestó el coronel Cutrone-. Antonio apuntó con el fusil y efectuó tres disparos antes de que la lancha se perdiera de vista en la oscuridad.

-¿Alcanzó a alguno de ellos? -preguntó Kedrov.

-No lo sabe. En realidad, había tres personas en la lancha... Tres hombres, le pareció a él. Todos se agacharon mientras la embarcación se alejaba. A uno de ellos lo identificó claramente como el profesor MacDonald, porque le conocía muy bien.

-¿Se sabe algo de los otros dos? -siguió preguntando el comandante.

-Muy poco. El guardia no les pudo identificar. Todo ocurrió con demasiada rapidez. Era noche cerrada y la iluminación resultaba muy escasa. La lancha se alejó en un instante, en medio de un torbellino de espuma. El monje Pashal, sin embargo, cuando recuperó el conocimiento facilitó una vaga descripción del que le había encañonado con el arma. Hasta que llegaron al embarcadero no pudo echarle un buen vistazo a causa del miedo que sentía. Dijo que el desconocido tenía la nariz aguileña y los labios abultados y que hablaba con cierto acento, posiblemente alemán.

-¿Era alto o bajo? -inquirió Kedrov, impacientándose.

-Más bajo que Pashal. No es una gran información, pero ya es algo.

-No me fío de la descripción de ese monje -dijo entonces el comandante-. Sería una pérdida de tiempo andar buscando al secuestrador. A quien hay que buscar es al profesor MacDonald. Sabemos exactamente cuál es su aspecto -dio unas palmadas a una cartera que había en el suelo, apoyada contra su silla-. Tengo aquí la fotografía del profesor, sacada de nuestros archivos.

-¡Podemos utilizarla inmediatamente! -exclamó Trevisan, el jefe superior de la policía local.

-Ya se la entregaré -dijo Kedrov, y se dirigió de nuevo al coronel Cutrone-. Quiero saber el resto de lo ocurrido anoche. Tras efectuar el guardia los disparos, ¿qué sucedió?

-Todo se desarrolló con mucha rapidez -contestó tranquilamente el coronel Cutrone-. Antonio ni siquiera se molestó en atender al monje herido. Regresó corriendo al interior del monasterio y despertó al señor Veksler, quien inmediatamente me telefoneó a mi casa de Venecia. Comprendí al instante la gravedad de la situación. Se trataba de unos minutos muy peligrosos, en los que tal vez MacDonald consiguiera escapar. Lo importante era retenerle en Venecia. Establecí rápidamente contacto con las stazioni (nuestros puestos y destacamentos de carabineros) de Mestre, Lido, Cannareggio, Castello... de todas partes. Alerté a nuestros cuarteles de San Zaccaria. En quince minutos, tal vez menos, ya habíamos organizado una red alrededor de Venecia. A las diez y media teníamos bloqueadas todas las salidas: el fugitivo no podría huir en automóvil desde el Piazzale Roma, ni en tren desde la estación, ni en avión desde el aeropuerto Marco Polo, ni por mar desde el Lido, o cualquier otro sitio. Nuestras patrullas marítimas se distribuyeron casi inmediatamente por todas partes. Señores, tenemos a nuestro profesor atrapado en esta ciudad.

-Ahora hay que apresarle -dijo Kedrov.

-Lo haermos -contestó el coronel Cutrone-. Por eso es por lo que llamé a nuestro alcalde y le sugerí la conveniencia de convocar esta reunión urgente. Con el fin de organizar una acción concertada que nos permita apresar a nuestro... nuestro fugitivo.

El comandante Kedrov se levantó y miró a los demás.

-¿Comprenden todos ustedes la importancia del secreto que posee el profesor MacDonald?

-Sí, comandante -contestó el alcalde Accardi, acercando el sillón giratorio al escritorio-. El señor Veksler, por medio del coronel Cutrone, nos ha dado a conocer los detalles del descubrimiento.

-MacDonald ha descubierto el medio de eliminar las principales enfermedades de curso fatal -prosiguió diciendo Kedrov con gran vehemencia- y de retrasar el proceso de envejecimiento de las células mediante la administración de una fórmula que él llama C-98. Jamás ha habido nada parecido en el mundo. Imagínense, si pudieran ustedes vivir hasta la edad de ciento cincuenta años...

-Quienes vivirán hasta dicha edad serán ustedes -replicó mordazmente el alcalde Accardi-. Quieren a MacDonald y su fórmula en exclusiva, ¿no? Eso les hará felices a ustedes -hizo un amplio gesto con las manos-. Pero ¿y nosotros? -después añadió rápidamente-: Desde luego, colaboramos con ustedes de buen grado porque somos aliados políticos, camaradas. Pero, a cambio de esta prueba de amistad, ¿qué recibiremos nosotros?

La pregunta quedó flotando en el aire unos instantes. Todos los ojos se habían concentrado en el comandante Kedrov. Éste miró fijamente a Accardi y se acercó al escritorio.

-Ustedes serán tenidos en cuenta -dijo-. Todos los que se encuentran en este despacho gozarán de una especial preferencia. Tan pronto como MacDonald les facilite la fórmula a nuestros científicos y nuestros dirigentes, el primer ministro, los miembros del Politburó, los ganadores del Premio Lenin... sean tratados con ella, ustedes serán los siguientes en beneficiarse. Al decir que el descubrimiento pertenece a la Unión Soviética, queremos referirnos también a los aliados y amigos de la Unión Soviética. No se preocupe. Le doy mi palabra.

-Así lo entiendo, y lo acepto -dijo el alcalde.

-Repito que la verdadera cuestión que se plantea -dijo el comandante Kedrov, dirigiéndose a los demás- es la de apresar a MacDonald. ¿Cómo proponen ustedes que lo hagamos?

-Yo le contestaré -dijo el coronel Cutrone, levantándose. Tomó el puntero de manos del alcalde y se acercó al plano-. Lo primero que hay que hacer es procurar que Venecia quede herméticamente cerrada. Anoche, mientras trabajábamos contra reloj, bloqueé todas las posibles salidas, lógicas, visibles. Pero hay que tener en cuenta dos hechos. El primero de ellos es que Venecia posee otras muchas salidas bastante menos obvias. Miren... -el puntero señaló rápidamente distintos puntos del plano- aquí y aquí y aquí. Y el segundo hecho que no hay que olvidar es que nos enfrentamos con un enemigo muy hábil y atrevido. Las personas que han organizado el rescate de anoche son muy inteligentes; no hay que subestimarlas. Por consiguiente, si existe algún agujero en nuestra red, tengamos por seguro que en seguida lo descubrirán -miró al comandante ruso-. Nuestra principal tarea inmediata, por tanto, es la de procurar que MacDonald no se nos escabulla. A tal fin, pienso en adoptar medidas tan pronto como sea de día. Llamaré al ministro del Interior y le pediré refuerzos; obetendré contingentes de carabineros de todas las ciudades cercanas: Padua, Milán, etc. Hacia el mediodía, o algunas horas más tarde, cualquier posible salida por tierra, mar o aire se habrá bloqueado. Y a MacDonald le resultará absolutamente imposible escapar.

El coronel Cutrone se apartó del plano, le lanzó el puntero al teniente de alcalde Santin y se acercó al escritorio.

-Señor alcalde -dijo-, para retener a MacDonald, y más importante aún, para retener su secreto (es decir, para procurar que no lo envíe al mundo exterior por algún otro medio), me temo que será necesario cierto sacrificio por su parte, por parte de los consejales y por parte de los comerciantes de la ciudad -se detuvo un instante-. Todo el tráfico de entrada y salida de Venecia ha de interrumpirse al rayar el alba.

-¿Qué está usted diciendo? -exclamó el alcalde Accardi, sobresaltándose-. ¡Eso no puede ser!

-Tiene que ser -dijo Cutrone con decisión-. Nadie podrá abandonar Venecia a partir de ese momento. Podemos vigilar la posible presencia del profesor en alguna salida, pero no habría forma de evitar que alguna persona desconocida sacara la fórmula. Nadie podrá marcharse hasta dentro de cinco o seis días; tal vez apresemos a MacDonald en ese plazo, incluso antes, con un poco de suerte, pero nadie podrá abandonar la ciudad. Y en ello se incluye a los turistas que deseen regresar a su casa, a los obreros que van a las fábricas de Mestre... todo el mundo tendrá que quedarse aquí hasta que autoricemos la salida.

-Se producirán disturbios.

-Pues que se produzcan disturbios. Se podrá conceder una autorización especial a alguna persona que conozcamos, una autorización directa y por escrito, firmada personalmente por usted. Pero, en general, nadie podrá salir de Venecia hasta que el asunto se haya resuelto. Y eso no lo es todo. No se permitirá la entrada a nadie...

-¡Eso es una locura, Cutrone! -exclamó el alcalde Accardi, levantándose-. Va usted demasiado lejos. Estamos en plena temporada; nuestra economía se basa en los turistas: ¡si no se les permite entrar, nos arruina usted!

-No, en absoluto. Cinco o seis días no representarán la ruina para nadie.

-Pero ¿cuál es la necesidad de una medida así? Que la gente no pueda salir, lo comprendo. Pero ¿que no pueda entrar...?

-Hay muchas razones. Podrían acudir a Venecia algunos importantes amigos de MacDonald, y en tal caso, no habría forma de impedir que le ayudaran y anunciaran su descubrimiento al mundo. Por otra parte, si en estos días entraran miles de personas en nuestra ciudad, no podríamos permitir que salieran de ella mientras dure la operación, y el hecho de controlarlas nos iba a suponer un trabajo excesivo. Señor alcalde: o se hace a mi manera, o no hay nada que hacer.

El alcalde Accardi se hundió de nuevo en su sillón, sacó un pañuelo y se enjugó la húmeda frente.

-Muy bien. Así se hará -lanzó un suspiro-. Esto ha llegado al colmo de la complicación...

-Cutrone -dijo alguien del semicírculo. Era Ragazzi, el dirigente comunista local-. ¿Cómo va usted a explicar todo eso a la gente... a nuestros cien mil venecianos, a los cincuenta mil o más turistas que de pronto se verán confinados aquí? No se les puede decir que andamos buscando a un científico que ha descubierto el secreto de la longevidad. El mundo capitalista se nos echaría encima y nos obligaría a ponerle en libertad. ¿Qué les dirá? Hay que darles una explicación razonable para esta absurda cuarentena. ¿Cuál será su explicación?

-Sí -dijo el coronel Cutrone-, ya he pensado en ello. Me he estado devanando los sesos en busca de alguna excusa verosímil. Al principio me parecía que no habría más que decir que buscamos a un desdichado que ha robado una de nuestras obras maestras de incalculable valor, un Ticiano, tal vez, y que tenemos que apresarle antes de que pueda huir. Después, he llegado a la conclusión de que la gente consideraría que semejante robo no justificaba unas medidas tan drásticas. He rechazado esa posibilidad, y se me ha ocurrido otra excusa que, en mi opinión, resultará adecuada -miró a los demás-. Un espía norteamericano que estaba operando contra nuestra administración comunista nos ha robado los planos relativos a un arma secreta, a un arma defensiva, un dispositivo antimisiles. Y ha...

-Un momento -le interrumpió Kedrov-. No me gusta lo de «espía norteamericano». Eso podría provocar investigaciones por parte del Gobierno y de la prensa de los Estados Unidos.

-En los Estados Unidos no se enterarán.

-¿Está sugiriendo la imposición de un bloqueo informativo? -preguntó el ruso.

-Un bloqueo absoluto de las comunicaciones. Esta semana no saldrán de Venecia ni cartas ni telegramas. No habrá ningún tipo de transmisión. Creo que en esto podremos estar todos de acuerdo.

-Pero ¿y después? -insistió Kedrov-. Hemos de prever las consecuencias. Cuando hayamos apresado a nuestro supuesto espía, y se levanten las prohibiciones de tráfico y comunicaciones, se divulgará la noticia de que era norteamericano. Y es muy posible que ello suscite la curiosidad del Departamento de Estado y del Pentágono de los Estados Unidos. No, eso no me gusta.

-Muy bien -dijo el coronel Cutrone-. Digamos que nuestro fugitivo es un espía extranjero de nacionalidad desconocida, un espía que se hacía pasar por científico norteamericano.

-Eso ya está mejor.

-Así que el tal espía extranjero ha robado los planos de una importante arma secreta italiana -reanudó su historia el coronel-. Se había trasladado a Venecia para reunirse con su contacto. Entretanto, nosotros nos enteramos de lo ocurrido, acorralamos al espía y ahora le tenemos atrapado aquí. Pedimos la paciencia y la colaboración de toda la población y todos los visitantes hasta que consigamos detenerle. ¿Qué les parece?

-Me gusta -contestó el comandante Kedrov-. Es verosímil.

-Sí -dijo el alcalde Accardi-. La seguridad nacional. Muy bien -su rostro se ensombreció de pronto-. Una sola cosa me preocupa. Con la ciudad cerrada y sin ninguna comunicación, ¿qué pensará el mundo exterior? Tenemos que decírselo, a la prensa mundial, a los otros gobiernos... tenemos que decirles algo.

-Ya lo había pensado -le tranquilizó Cutrone-. Tenemos que decir lo menos posible, pero... sí, tenemos que decir algo. Al amanecer, se divulgará un breve comunicado, minutos antes de que se establezca el bloqueo de las comunicaciones. El alcalde Accardi anunciará al mundo que se acaban de adoptar ciertas medidas especiales de urgencia: prohibición del tráfico de entrada y salida de Venecia durante los próximos días, bloqueo de las comunicaciones, etc., hasta que se consiga detener a un espía extranjero que se encuentra atrapado en la ciudad, un espía del que se sabe que ha robado unos planos de defensa militar italianos. Tan pronto como sea detenido, Venecia quedará de nuevo abierta. Eso tranquilizará a casi todo el mundo.

-Pero no a todo el mundo -dijo el alcalde Accardi-. La prensa extranjera...

-Que se vaya al diablo la prensa -le interrumpió Cutrone-. En estos momentos, no es nuestra máxima preocupación.

-Estoy de acuerdo -dijo Kedrov.

-Bueno, volvamos al más inmediato de los asuntos que tenemos entre manos -el coronel Cutrone se alisó con los dedos el abundante cabello, reflexionando, mientras se acercaba lentamente hacia el plano-. En cuanto amanezca, nuestra actividad se desarrollará en dos sentidos. En primer lugar, reclutaremos a la población para que colabore con nosotros en la búsqueda. Comunicaremos nuestra historia a la prensa y procuraremos que corra de boca en boca por la ciudad. Un espía que se ha apoderado de un secreto italiano: eso estimulará el fervor patriótico de toda la población. Distribuiremos también la fotografía del profesor que el comandante Kedrov ha traído consigo. Haremos varios miles de copias; para nuestros guardias de los puestos de control, para los comerciantes, los conserjes de hotel... para toda persona que pueda sernos útil. Imprimiremos asimismo carteles con la fotografía de MacDonald, para que la población pueda verlos por todas partes... -vaciló-. Hay un problema.

-¿Sí? ¿De qué se trata? -preguntó el alcalde Accardi.

-Del nombre, de MacDonald -contestó Cutrone-. ¿Cómo le identificaremos ante el público? ¿Diremos que es el profesor Davis MacDonald, que utilizó su labor de gerontólogo como tapadera para sus actividades de espionaje? ¿O le llamaremos de otro modo?

Durante algunos segundos no hubo respuesta a sus preguntas.

-No veo ninguna ventaja en la utilización de su verdadero nombre -contestó por fin el comandante Kedrov-. Veo más bien inconvenientes. Cabe la posibilidad de que algunas personas le conozcan y sepan de su fama, lo cual arrojaría dudas sobre nuestra historia. Además, si la explicación trascendiera a la prensa extranjera, los importantes amigos de MacDonald refutarían todo el asunto.

-No tiene que trascender nada, si se interrumpen las comunicaciones -afirmó el coronel Cutrone. Miró a Kedrov-. Así, pues, ¿hemos de asignar otro nombre al fugitivo?

-Es imprescindible.

-Muy bien. Otro nombre, un nombre similar pero distinto... Yo tenía un amigo extranjero, un oficial de policía británico que ya ha muerto, apellidado MacGregor. ¿Qué les parece si nuestro espía se llama MacGregor... E. MacGregor?

La conversión de MacDonald en MacGregor fue aprobada por unanimidad.

-De todos modos -dijo Trevisan, el jefe de la policía de Venecia-, siempre cabe la posibilidad de que alguna persona reconozca el rostro de los carteles como perteneciente a MacDonald.

¿Y qué más da -replicó Cutrone-, estando interrumpidas las comunicaciones? Más tarde, se podrá decir que hubo un error en la identificación del espía extranjero como MacDonald.

-Sí, claro -convino el jefe de policía.

-Por consiguiente, nuestra primera ofensiva de hoy contra MacDonald consistirá en atraernos la colaboración del público -prosiguió diciendo el coronel-. Tendremos así a la inmensa mayoría de nuestros cien mil habitantes y a muchos turistas dispuestos a establecer contacto con nosotros tan pronto como descubran a MacDonald en cualquier punto de la ciudad. Nuestra segunda ofensiva, se desarrollará aquí... -su dedo describió un lento círculo alrededor del perímetro de Venecia-. Una ciudad de algo más de tres kilómetros de longitud; se tarda simplemente una hora y media en cruzarla despacio. Y tenemos la ventaja de los setenta y siete canales, un total de cuarenta y cinco kilómetros en los que no será necesario buscar a MacDonald con demasiado detenimiento. Las embarcaciones cubiertas son relativamente escasas. Por otra parte, hay unas tres mil calles y callejuelas, que suman en conjunto alrededor de ciento cuarenta kilómetros. Tenemos en contra el factor tiempo; ¿habremos de registrar las callejas y los domicilios particulares uno a uno? No podría decirlo exactamente, pero hay como unos treinta mil números de casas en la ciudad. Aquí ven ustedes nuestra arteria más transitada, el Gran Canal, que divide de parte a parte a la ciudad. Mide más de tres kilómetros. Se patrullará centímetro a centímetro. Señores, hay ciento cincuenta mil carabineros en Italia. Entre mañana y pasado se encontrarán en Venecia tantos como hayamos pedido para buscar a nuestro hombre -retrocedió, contempló el plano y después se volvió hacia los demás-. Bien. Los carabineros se unirán a los questurini de Trevisan, así como a los agentes de policía de otros lugares que hoy serán trasladados aquí y, exceptuando a los individuos que se encuentren de guardia en las diferentes salidas, utilizaremos este pequeño ejército para que se desplace desde la periferia de la ciudad hacia el centro. Nuestras patrullas de vigilancia registrarán metódicamente todas las viviendas, comercios, cafés, palacios y edificios públicos. La operación se efectuará sin solución de continuidad y se irá estrechando hasta que consigamos apresar al profesor MacDonald -miró por la ventana-. Está amaneciendo. Ya es hora de empezar. No fallaremos.

 

 

Cuando Tim Jordan se despertó, la habitación se encontraba completamente a oscuras, y él creyó que era todavía de noche. Sin embargo, al tomar el pequeño despertador de viaje que tenía sobre la mesita de noche y ver la hora, comprobó que eran las diez y cinco de la mañana. Se dio cuenta entonces de que, si la oscuridad reinaba en el dormitorio, era porque había corrido los pesados cortinajes de color verde, tras cerrar los postigos de madera, para impedir que el sol turbara su sueño.

De pronto, con un sobresalto, recordó los acontecimientos de la noche anterior, y se acordó también de que el profesor MacDonald había compartido su cama. Se volvió y observó que la otra mitad de la cama estaba vacía. Aquello significaba que MacDonald se había levantado más temprano; esperó que no hubiera cometido ninguna imprudencia.

Preocupado, Jordan se puso en pie inmediatamente y, sin la chaqueta del pijama y descalzo, fue hacia la puerta que daba acceso al salón y abrió un resquicio. Acercando el oído al mismo, pudo escuchar la voz de Alison y después la del profesor y respiró aliviado.

-¡Eh, oigan! -dijo a través de la puerta-. ¿Están bien los dos?

-Estupendamente -le contestó Alison.

-¿Ya han desayunado?

-Le estábamos esperando a usted.

-Pidan algo para los tres -dijo Jordan-. Llame al servicio de habitaciones, Alison. Y que el profesor no se acerque al teléfono. Es más, en cuanto haya llamado, ocúltele. En su cuarto de baño. No conviene que le vea el camarero. Pida para mí zumo de naranja, huevos revueltos, té caliente y panecillos.

-Muy bien -dijo Alison-. ¿Qué piensa que habrá ocurrido ahí afuera desde anoche... desde que... bueno, qué le parece?

-No sé, pero me lo imagino. Mire, llame mientras me ducho. Estaré con ustedes dentro de un momento. Entonces organizaremos las cosas.

Se acercó al balcón y tiró del cordón para descorrer los cortinajes. Después abrió la ventana de doble hoja y los postigos. Lo que pudo ver de Venecia fue un cielo encapotado, un día sombrío, una laguna picada, unas embarcaciones que se balanceaban violentamente amarradas a los embarcaderos y el agua barriendo la calle de abajo.

Más tarde, de pie sobre la esterilla de goma de la bañera, vigorizado por la ducha, empezó a pensar en los acontecimientos de la noche anterior. El rescate había sido fructífero y decepcionante a un tiempo. Fructífero porque había dado resultado y habían conseguido liberar a MacDonald, pero decepcionante porque los secuestradores del profesor, enterados enseguida del hecho, habían bloqueado cualquier posibilidad de que pudiera huir tranquilamente de Venecia. Tras abandonar San Lazzaro bajo los disparos, Jordan había llevado a MacDonald y a Alison directamente al embarcadero del hotel Danieli. Puesto que no tenían que atravesar más que un pequeño rincón del vestíbulo, supuso que nadie les vería. Les dijo, pues, que se dirijieran a toda prisa a su suite del piso de arriba y, una vez se hubieron marchado, dio la vuelta a la embarcación y fue a entregársela de nuevo a Cipolate. Al reunirse con MacDonald y Alison en la suite, había encontrado al profesor muy nervioso a causa de la experiencia, y para tranquilizarle le había ofrecido un poco de coñac y había comenzado a hablarle de Venecia sin referirse para nada a la apurada situación en la que todavía se encontraba, consiguiendo así por fin que se acostara. Tras retirarse también Alison, Jordan permaneció despierto hasta muy tarde, bebiendo y pensando en la situación de peligro en la que se hallaba ya implicado, al haberse comprometido en aquel asunto con un hombre del que apenas sabía nada. Después de unas cuantas copas, sus pensamientos se habían centrado en Alison, dándose cuenta de lo poco que sabía de aquella mujer y lo confusamente atraído que se sentía hacia ella. Al final, vencido por el cansancio y el coñac, se había acostado durmiéndose inmediatamente.

Y allí estaba por la mañana, bajo la ducha, consciente de que iba a ser el responsable de sacar a MacDonald de Venecia sano y salvo... y sin la menor idea de las dificultades concretas que aquello pudiera suponer.

Se secó y se vistió, eligiendo una camisa deportiva azul, unos pantalones azul marino de tela ligera y unos zapatos con suela de crepé.

En el salón, encontró a Alison apoyada en el extremo del escritorio, observando cómo el camarero colocaba la bandeja del desayuno sobre la mesita de café. A MacDonald no se le veía por ninguna parte. Jordan le dirigió a Alison un guiño de aprobación.

-Vuelvo enseguida -dijo. Voy a por el periódico, a ver qué noticias trae.

Bajó a toda prisa y se dirigió al mostrador de conserjería. Fabris, el jefe de los conserjes, y dos de sus ayudantes se hallaban inclinados sobre un periódico italiano.

-Buenos días, señor Fabris. ¿Tiene el Herald Tribune?

-Buenos días, señor Jordan. Me temo que todavía no. Se ha vuelto a retrasar. Hasta con los comunistas tenemos huelgas -Fabris señaló el periódico que sus ayudantes estaban leyendo-. Hoy se ha armado un gran revuelo. La prensa italiana no habla de otra cosa. ¿Ha visto Il Gazzettino?

-No. Acabo de levantarme.

Fabris extendió la mano bajo el mostrador y sacó un ejemplar doblado. Al depositarlo sobre la superficie de madera quedó sólo visible la parte superior de la primera plana. El impresionante titular medía más de cinco centímetros de altura. Jordan lo tradujo mentalmente:

ESPÍA MILITAR BUSCADO EN VENECIA

Una segunda serie de titulares casi tan grandes como el primero decía:

LA POLICÍA DECLARA EL ESTADO DE URGENCIA EN LA CIUDAD.

HA QUEDADO INTERRUMPIDO TODO EL TRÁFICO DE ENTRADA Y SALIDA DE VENECIA.

SE BUSCA AGENTE EXTRANJERO EN CUYO PODER SE HALLAN SECRETOS DE DEFENSA

Confuso ante aquella información relativa a un asunto de espionaje, y respirando aliviado por el hecho de que su propia aventura no hubiera trascendido a la prensa, Jordan tomó el periódico y lo desdobló para ver toda la primera plana. Una enorme fotografía, ocupando toda la mitad inferior de la página, le azotó en pleno rostro: era un retrato ampliado del profesor Davis MacDonald. El llamativo pie decía lo siguiente:

SI VEN A ESTE HOMBRE, AVISEN A LA POLICÍA

Fotografía reciente de E. MacGregor, el extranjero

que se hizo pasar por científico norteamericano con

el fin de robar los planos de un dispositivo antimisiles

italiano de reciente invención. MacGregor se encuentra

atrapado en Venecia y es el objetivo de la más vasta

operación de búsqueda que jamás se haya dado en

la historia de Italia.

 

Jordan emitió un suave silbido. Comprendió inmediatamente lo que había ocurrido. Las autoridades, considerando conveniente ocultar la identidad de MacDonald, la noticia de su fantástico descubrimiento y el motivo por

el cual se le buscaba, habían forjado deliberadamente y dado a conocer aquella falsa historia.

-Menuda cosa, ¿eh? -dijo Fabris.

-¿Quiere decir que mantendrán cerrada toda la maldita ciudad por culpa de un espía?

-Lea la segunda página. Las medidas más drásticas que he visto en los cuarenta y cinco años que llevo viviendo aquí. Nadie podrá entrar ni salir de Venecia hasta que apresen al criminal. Nadie podrá marcharse; ¿sabe lo que significa eso? ¿Sabe lo que nos va a suceder cuando nuestros huéspedes, norteamericanos, ingleses, franceses, alemanes, japoneses, y todos los demás, se enteren de ello? No podrán proseguir sus vacaciones. No podrán regresar a casa. Tendrán que quedarse aquí cualquiera sabe por cuánto tiempo. Se nos echarán a cientos, protestando como locos. ¿Y qué vamos a decirles nosotros?

-No puedo creer que no dejen salir a nadie -dijo Jordan.

-Pues lea toda la historia -replicó el conserje-. Hablan en serio.

-Me lo llevo -dijo Jordan, doblando el periódico-. Cárguelo en mi cuenta.

Subió apresuradamente las escaleras con la cabeza dándole vueltas ante la magnitud del problema en que se hallaban metidos.

Entró en la suite, hizo caso omiso de MacDonald y Alison, que estaban desayunando, con la bandeja sobre la superficie de cristal de la mesita de café, y dirigió toda su atención a la placa de plástico blanco de la parte interior de la puerta. Oprimió el interruptor y en la placa se iluminaron inmediatamente las palabras:

Non Disturbare

Don't Disturb

Pas Déranger

Nicht Stören

 

-Con eso se enciende una placa similar en la parte exterior de la puerta -explicó Jordan-. No conviene que nos sorprenda la camarera o cualquier otro miembro del personal.

Se percató de que Alison estaba escudriñándole el rostro.

-¿Qué ocurre, Tim? -le preguntó ella por fin.

-Esto es lo que ocurre -contestó Jordan, desdoblando el periódico y mostrándoselo a ambos.

-¡Mi fotografía! -exclamó MacDonald con un jadeo-. ¿Cómo han...? Ah, claro, la fotografía del pasaporte. Los rusos se quedaron con una copia cuando pedí el visado.

-¡Oh, no! -gritó Alison-. Parece la fotografía de una persona buscada por el FBI. ¿Qué dicen esas palabras en italiano?

Jordan se acomodó en un sillón frente a ellos y leyó lentamente la historia, deteniéndose de vez en cuando para traducirles la esencia de cada párrafo. Al terminar, arrojó el periódico sobre el sofá y les miró a los ojos. A pesar de su aplomo, Alison daba la impresión de estar asustada. MacDonald no podía ocultar su inquietud.

-¿Qué significa todo eso? -preguntó el profesor.

-Significa que harán cualquier cosa con tal de apresarle -contestó Jordan en tono sombrío.

-Tim... -dijo Alison-. Tenemos que hacer algo. ¿Qué podemos hacer ahora?

-No lo sé. No... no puedo pensar con el estómago vacío. Denme...

Alison le pasó el plato de huevos, los panecillos y la mantequilla.

Jordan empezó a comer mientras repasaba mentalmente lo que acaba de leer en voz alta. Levantó los ojos.

-¿He dicho que no lo sabía? Lo sé... sé exactamente lo que hemos de hacer ahora. Tenemos que mantener oculto al profesor. Nadie, absolutamente nadie debe saber que está aquí -se detuvo bruscamente, contemplando la bandeja del desayuno-. Alison, ¿no habrá pedido para tres personas, verdad?

-He pedido para dos, Tim. Concédame un margen de inteligencia. He pedido doble de lo que yo quería y le he dado a Davis la mitad.

-Es usted muy lista. No volveré a subestimarla -Jordan se dirigió a MacDonald-. Su única oportunidad consiste en permanecer oculto hasta que encontremos el medio de sacarle de la ciudad.

-Haré lo que usted diga -afirmó el profesor.

-En primer lugar, tiene usted que quedarse en esta suite mientras buscamos la manera de liberarle. No debe abrir nunca la puerta, ni siquiera cuando esté solo. Ahora le voy a informar de lo que suele pasar por aquí. En cuanto al servicio de habitaciones, siempre que tenga que venir el camarero, se encerrará usted en el cuarto de baño. Por lo que respecta a la lavandería devuelven la ropa lavada depositándola en el dormitorio; ya me encargaré de que no sea así. Una camarera y un mozo acuden diariamente para hacer las camas, dejar toallas limpias, ponerlo todo en orden y barrer. También daré orden de que no se haga. Aparte de dejar encendida la luz roja de afuera, lo cual quiere decir que nadie debe turbar la intimidad del cliente, hablaré con la gobernanta y le diré que no entre nadie en mi suite ni en la habitación de Alison hasta que no lo autoricemos.

-¿No recelará? -preguntó Alison.

-No lo creo. Le diré que estoy trabajando en unos proyectos de ingeniería altamente secretos para el Comité para la Salvación de Venecia, y que tengo los planos diseminados por todas partes y no puedo permitir que nadie los vea. Le diré que deje las toallas y la ropa de la cama junto a la puerta.

-¿Cómo explicará la orden de que nadie entre en mi dormitorio?

-Muy fácil. Es usted una ninfómana. Cuando no está usted acostada conmigo, lo está con algún otro.

-¡Pero, Tim, por favor! -exclamó Alison, ruborizándose.

-Es la única idea graciosa que se me ha ocurrido hoy. Bueno, le diré a la gobernanta que es usted mi colaboradora y me ayuda en los proyectos, y que también trabajamos en su habitación. En fin, tengamos todos muy presente la necesidad de adoptar tantas precauciones como sea necesario para que el profesor MacDonald no sea visto por nadie.

-Es usted muy amable, señor Jordan -dijo MacDonald, al tiempo que dejaba la taza de café-. No me conoce, no me debe nada, y sin embargo está perdiendo el tiempo conmigo y corriendo toda una serie de peligros. No tiene por qué hacerlo, y no obstante... -vaciló e hizo un amplio gesto con las manos- si no lo hiciera yo estaría perdido. Supongo que me atraparían antes de que terminara el día. Le agradezco su rasgo de buen samaritano.

-No soy un buen samaritano -replicó Jordan, sonriendo-. Me temo que no soy bueno en nada. No se deje agobiar por un sentimiento de culpabilidad: me he comprometido en esto por tres buenas razones. En primer lugar, quería hacer algo para librarme del aburrimiento. Por otra parte, en cuanto vi a su colaboradora me gustaron sus piernas. Y, por último, la tercera razón, y tal vez la más importante, es que creo que su descubrimiento pertenece a toda la humanidad.

-Gracias -dijo MacDonald.

Jordan acabó de comer y se bebió el té. Entonces le dijo a MacDonald:

-Una cosa, profesor. Puesto que estoy implicado en ello, me gustaría saber por qué estoy luchando. A pesar de nuestra conversación de anoche y de las ligeras alusiones que Alison me ha hecho, no tengo más que una idea muy vaga de lo que usted ha descubierto y del porqué de su persecución por los rusos. Me gustaría saber algo más.

-¿Se refiere usted a cómo llegué a descubrir la C-98?, que es como se denomina la fórmula? -preguntó MacDonald.

-No -repuso Jordan-. Estoy seguro de que eso es demasiado complicado como para que un pobre profano lo comprenda.

-Pues sí, a menos que no sea usted científico, es extremadamente complejo...

-Lo que en realidad me gustaría saber es qué se puede conseguir con su fórmula. Y asimismo qué es lo que puede suponer.

El profesor MacDonald reflexionó unos segundos. Luego dijo:

-Trataré de simplificárselo al máximo. Las inyecciones de C-98 en un ser humano eliminarán o detendrán el curso del cáncer, las enfermedades cardíacas, las afecciones pulmonares y tal vez otras cien o más dolencias. Y, por encima de todo, atacarán a los llamados «genes de la muerte», que causan la degeneración de las células y el proceso de envejecimiento. Estoy seguro de que la fórmula no podrá contrarrestar indefinidamente la acción de esos genes, pero, sobre la base de mis experimentos con animales, las inyecciones podrán garantizarle a una persona que tal vez viviera normalmente setenta años un ciclo vital de ciento cincuenta. Y otro importante factor es que ejercerán una acción rejuvenecedora. Aunque la vejez se produzca a los ciento veinte años, los ancianos no ofrecerán un aspecto senil, no estarán ni achacosos ni decrépitos: alcanzarán sus últimos años llenos de salud y vigor. Cómo es lógico, mi fórmula no impedirá que la gente muera joven como resultado de accidentes, asesinatos o suicidios. Las inyecciones evitarán que la gente se muera a causa de las enfermedades y la vejez, por lo menos hasta una edad aproximada de ciento cincuenta años.

Jordan se quedó aturdido ante la inmensidad del descubrimiento.

-Absolutamente increíble -musitó.

-¿Verdad que sí? -dijo Alison-. Yo creo que es el descubrimiento más importante de toda la historia de la humanidad.

-Las diferentes consecuencias de un medio capaz de prolongar la vida humana son interminables -dijo MacDonald-. Las personas dispondrán de más tiempo para disfrutar de la vida, de sus compañeros, de sus hijos, de sus amigos. Habrá más tiempo para aprender, para desarrollar las propias aptitudes, para explorar y conocer nuevas especialidades. Aumentarán las posibilidades de ayudar a los demás, de mejorar el ambiente, de adquirir una mayor sabiduría que nos reportará más inventos. Todo el mundo dispondrá de un siglo y medio para volar al espacio exterior. Los más viejos no serán rechazados como si fueran leprosos, sino que gozarán de salud y fuerza para existir en pie de igualdad y para competir en las mismas condiciones que los jóvenes. La revolución que el proceso de prolongación de la vida suscitará en el mundo no tiene límites -se detuvo-. Pero la cuestión es: ¿podrá llegar esa revolución a todos los habitantes de la tierra?

-Eso es lo que voy a tratar de averiguar hoy mismo -dijo Jordan, levantándose.

-¿Cómo? -quiso saber Alison.

Jordan empezó a recoger los platos del desayuno y a colocarlos sobre la bandeja.

-Voy a explorar la ciudad y a tratar de ver hasta qué punto son estrictas las medidas de seguridad adoptadas por la policía. A veces, los italianos pueden ser notablemente ineficaces y desorganizados, por sublimes que sean sus planes. Quiero comprobar hasta qué extremo se muestran rígidos en cuanto a no permitir que la gente abandone Venecia. Alison, usted puede ayudarme. Usted no conoce la ciudad, pero puede obtener información. Voy a decirle cómo. Le alquilaré una lancha motora y podrá trasladarse al aeropuerto y observar lo que está haciendo allí la policía. Yo me encargaré de la estación de ferrocarril y del Piazzale Roma, que es donde se inicia todo el tráfico automovilístico. En cuanto a la posibilidad de sacar de aquí al profesor... bueno, conozco a muchos venecianos y voy a decirles a algunos de ellos que necesito trasladarme a París en viaje de trabajo, y les rogaré que me sugieran algún medio, el medio que sea, para abandonar Venecia.

Se encaminó con la bandeja hacia la puerta, la depositó en el pasillo y regresó con aire pensativo.

-Profesor -dijo mirando a MacDonald-, tengo una tarea para usted. Es posible que tardemos varios días en poder sacarle de aquí. Tendrá que permanecer oculto. Dispondrá de mucho tiempo, y me gustaría que lo aprovechara. Quisiera hacerle una sugerencia.

-Lo que usted diga.

-Esta fórmula suya, la C-98, ¿la tiene por escrito?

-No, no me pareció prudente.

Jordan se acercó al escritorio, tomó la petaca y la pipa, lleno ésta y la encendió. Al final dijo:

-Pues yo no lo veo así. No me parece una imprudencia el ponerla por escrito, quiero decir. Cierto que con ello se corren determinados riesgos. Pero, si tenemos en cuenta las circunstancias actuales, lo considero más bien una buena medida.

-¿Quiere que la escriba?

-Creo que sería una buena idea -contestó Jordan-. Permítame que se lo explique. Nosotros queremos sacarle de aquí, y vamos a intentarlo. Pero ¿y si fallamos? ¿Y si los comunistas lo apresan? Si todo lo conserva en su mente, teniéndole a usted, tendrán el secreto para sí mismos. En cambio, si lo que usted conserva en la mente se encuentra también por escrito y en poder de Alison o mío, pues... bueno, en caso de que le apresaran, nosotros podríamos facilitar libremente la fórmula al mundo. Ello frustraría los propósitos de los rusos. Todo el mundo estaría en posesión de la fórmula. Y, una vez que todos contaran con ella, los rusos ya no tendrían ningún motivo para mantenerle prisionero.

-Es muy sensato -reconoció MacDonald, tras reflexionar unos instantes.

-Y lo es también por otra cosa que se me ha ocurrido. ¿Y si en los próximos días se registrara una situación de tablas? Es decir, ¿qué pasaría si ni ellos pudieran apresarle ni usted pudiera salir? Se me ha ocurrido pensar que si no nos fuera posible sacarle de aquí físicamente, quizá pudieramos hallar por lo menos el medio de enviar un trozo de papel. Una vez el papel hubiera llegado al Congreso de gerontología o a manos de alguna persona determinada y se anunciara su contenido, el secreto se habría divulgado. Su fórmula pertenecería al mundo y usted se encontraría a salvo. ¿Qué le parece?

-Tiene usted razón. Lo haré.

-Hay papel y pluma en el cajón del escritorio. ¿Cuánto tiempo cree que tardará?

-¿En poner por escrito la C-98? Pues... como ya le he dicho, es complicado; lo es incluso para otro gerontólogo. Digamos tres, cuatro, tal vez cinco días de concentración.

-Espero que hayamos podido sacarle de aquí antes... Pero, por si acaso, ¿ocupará muchas hojas?

-Necesitaré bastante papel para desarrollarla. Pero la fórmula en sí no creo que ocupe más de una o dos páginas.

-Muy bien -dijo Jordan con expresión complacida-. Cuanto antes empiece, mejor. Por lo que respecta a usted, Alison... -se miró el reloj de pulsera-. Pediré una lancha motora para que la recoja dentro de media hora frente a la entrada del vestíbulo que da al canal. Cuando llegue al aeropuerto, diga al barquero que aguarde y dedíquese a recorrer a pie la zona durante media o una hora. Observe hasta qué punto son estrictas las medidas de seguridad y el número de guardias que haya. Vea si aterrizan o despegan aviones y si hay viajeros por allí. Recoja tanta información como le sea posible.

-Así lo haré.

-Puesto que el profesor no podrá pedir que le sirvan nada mientras nosotros estemos fuera, será mejor que le dejemos algo para comer -añadió Jordan sacando la cartera-. Tal vez pueda usted ir a comprar, Alison, y guardar lo que sea en el frigorífico. Saliendo del hotel, la primera calle a la derecha, más bien una callejuela, está llena de tiendas, algunas de ellas de comestibles -le ofreció dinero, pero ella lo rechazó. Volvió a guardarse la cartera en el bolsillo del pantalón-. Bueno, yo me voy. Ya nos veremos más tarde.

Al salir de la habitación, se tropezó con el mozo y le dijo que no se molestara en hacer la limpieza de la suite. Después le preguntó por la gobernanta, y el hombre le indicó el rellano de abajo. Allí, Jordan encontró a la rolliza gobernanta y le rogó encarecidamente que nadie entrara en sus habitaciones durante aquella semana. Ella se sorprendió muchísimo; dijo que en su vida había oído cosa semejante y que ello era imposible por contravenir las normas del hotel. Jordan insistió, explicándole con todo lujo de detalles que en su suite y en la habitación de la doctora Edwards se guardaban unos planos secretos muy importantes y, al final, la gobernanta se sintió intimidada y accedió a dar inmediatamente la orden de que nadie entrara allí bajo ningún pretexto.

Ya más tranquilo, Jordan se dirigió hacia la escalinata de mármol para bajar al vestíbulo, y una vez en éste... se encontró como en una casa de locos.

A medida que se acercaba al mostrador de recepción del vestíbulo gótico-oriental, su asombro iba en aumento ante la gran cantidad de clientes del hotel que allí se arracimaban: personas de todas las edades, aspectos y nacionalidades. Lo enfurecidos turistas andaban de un lado para otro, quejándose de la insensatez de las autoridades de la ciudad al confinarles allí, impidiéndoles abandonar Venecia. La mayor concentración de rebeldes se observaba alrededor del mostrador de conserjería. Carlo Fabris y sus cuatro ayudantes estaban siendo sometidos a un verdadero asedio.

Abriéndose paso entre aquella multitud, en un intento de llegar al jefe de los conserjes, Jordan pudo escuchar fragmentos de protestas en inglés, alemán y francés. «Pero es que nosotros seguimos un viaje programado. ¡En una semana vamos a perdernos cinco ciudades!» «¡Yo tengo que irme! ¡Mi marido me espera en Berna!» «¡Tengo que asistir a una fiesta en Roma mañana por la noche!» «¡No podemos quedarnos! ¡Nuestro vuelo charter sale de París mañana...!»

Consiguió por fin llegar a uno de los extremos del mostrador. Al verle, Fabris se apartó de cinco o seis furibundos clientes y se acercó a él, enjugándose la sudorosa frente.

-Esto es el infierno de Dante -dijo el conserje.

-No se lo puede reprochar -replicó Jordan.

-Y no lo hago, no lo hago -afirmó Fabris-; pero ellos tampoco deberían echarnos la culpa a nosotros.

-Señor Fabris, necesito una motora dentro de media hora para la doctora Edwards.

-Cosa hecha.

-Ida y vuelta al Marco Polo.

-¿Está seguro? Hoy no aterrizan ni despegan aviones. No hay nada allí.

-Es que se dejó una maleta.

-Ah, muy bien.

Al dar media vuelta, Jordan vio a una mujer tipo zepelín saliendo trabajosamente de la cercana cabina telefónica y asió la puerta, entrando de un salto antes de que alguien pudiera adelantársele.

Marcó el número de su despacho y le pidió a su secretaria que le pusiera con Marisa Girardi.

-¿Marisa?

-¿Eres tú? Me preguntaba qué te habría ocurrido. ¿Has visto en tu vida algo semejante? Todo el mundo está furioso...

-Lo sé. Estoy en el Danieli. Esto parece una casa de locos.

-No lo entiendo. Por un simple espía. Están exagerando un poco, ¿no?

-Tal vez.

-Hemos perdido tres de nuestros cuatro reportajes. Mañana iba a venir un periodista de Munich. Pasado lo iban a hacer uno de Nueva York y otro de París. Ha quedado interrumpido el tráfico aéreo a Venecia. Ningún avión aterrizará aquí; todos los vuelos están siendo desviados a Milán.

-Es posible que mañana levanten la cuarentena... -dijo Jordan.

-No lo creo, a menos que atrapen al espía. No nos las estamos habiendo con venecianos corrientes: ésos son unos bonachones. Se trata en cambio de comunistas venecianos. Son tercos como mulos. ¿Vas a venir hoy?

-No puedo. Estoy ocupado. Por eso te llamo; quería pedirte que te encargases tú de todo.

-Desde luego Tim. Pero... ¿cuándo volveré a verte? Cancelaste nuestra cena de ayer. ¿No podríamos vernos esta noche?

-No... no estoy seguro. Tengo a unos amigos norteamericanos que se han quedado atrapados aquí. Supongo que esta noche habré de dedicarme a ellos.

-Es posible que tengan que quedarse bastante tiempo. Bruno le ha oído decir al alcalde que la cuarentena podría prolongarse varios días.

Jordan se alertó instantáneamente. Bruno, el hermano de Marisa, era el mejor fotógrafo de Il Gazzettino, el principal diario de Venecia.

-¿Qué está haciendo Bruno con el alcalde?

Se ha de pasar todo el santo día con el alcalde y el coronel Cutrone. Il Gazzettino le ha encomendado que cubra todo el asunto del espía.

-Tal vez sea cierto lo que tu hermano le ha oído decir al alcalde. A lo mejor mis amigos tienen que quedarse confinados aquí algún tiempo. Me parece que no será absolutamente necesario que les acompañe esta noche.

-¿Significa eso que podremos vernos? -preguntó ella en tono anhelante.

-Quiero verte. Vamos a cenar al Harry's Bar; a las ocho.

-Allí estaré.

-Por cierto, ¿puedes invitar a Bruno a cenar con nosotros? Me gustaría oír su propia versión de lo que está sucediendo.

-Es muy amable de tu aprte, Tim, pero estoy segura de que estará demasiado ocupado.

-Bueno, dile que al menos se reúna con nosotros a tomar una copa.

-Lo intentaré.

-Ahora tengo que dejarte.

-Ojo no vayan a detenerte -le dijo ella alegremente.

-¿Por qué iban a hacer una cosa así? -replicó Jordan, mirando con expresión sombría el aparato y colgando a continuación.

Abandonó la cabina telefónica, se abrió paso a codazos por el vestíbulo y emergió a través de la puerta giratoria del Danieli, encontrándose con un mediodía ventoso y nublado. Se encaminó hacia la parada del vaporetto, sacó un billete de mil liras de la cartera y se dirigió al empleado de la taquilla:

-Al Piazzale Roma, por favor.

-Lo siento, signore, hoy no hay servicio al Piazzale Roma.

Que Jordan recordara, jamás había ocurrido semejante csa. O sea que la policía estaba actuando en serio, y se mostraba eficaz y organizada.

Encogiéndose de hombros, se alejó de la parada y comenzó a caminar por el embarcadero. Los barqueros y gondoleros estaban ociosos, formando pequeños grupos y chismorreando. El negocio no iba muy bien. Por culpa del mal tiempo.

Jordan llamó por señas al hombre que se encontraba junto a la primera de las motoras. Le indicó la lancha y preguntó:

-¿Es suya?

-Sí.

-Lléveme a la estación de ferrocarril y al Piazzale Roma.

-Pierde usted el tiempo. Nadie puede marcharse.

-No quiero marcharme. Sólo quiero ver lo que ocurre.

-Suba -dijo el hombre, señalando la lancha con el pulgar.

Mientras surcaban la laguna y enfilaban el Gran Canal, Jordan abandonó el camarote y se sentó en la descubierta parte posterior de la motora. La embarcación se balanceaba en las picadas aguas y Jordan se asió a la borda, concentrándose en la actividad de la policía en el propio canal y en ambas orillas.

El tránsito era casi siempre muy intenso a aquella hora, pero lo que en seguida le llamó la atención fue el hecho de que la mayoría de las embarcaciones eran lanchas patrulleras. Jordan pudo distinguir las blancas y grises con la palabra POLIZIA a los lados pertenecientes a la Squadra Mobile de la questura local. Estaban también las patrulleras totalmente blancas de la Guardia di Finanza, las lanchas rápidas que solían prestar el servicio de vigilancia para la represión del contrabando. Y, finalmente, las motoras de suave color caoba de los carabineros. Todas las embarcaciones iban llenas de agentes fuertemente armados.

A su izquierda, frente a la Basilica della Salute, el enorme templo dedicado a la Virgen María, pudo ver una concentración de varias docenas de carabineros, todos con sus botas negras y sus uniformes caqui y armados con las Berettas de nueve milímetros. Observó la terraza del Palace Hotel Gritti: sólo un policía, los demás eran comensales. Jordan se dio cuenta de que estaban pasando ya bajo el primero de los tres puentes que cruzan el Gran Canal, el puente de madera de la Academia, y a su derecha distinguió la Casina delle Rose, donde Gabriele d'Annunzio había establecido su residencia en 1915. En el portal abierto del impresionante palacio Rezzonico, obra del siglo XVII, que fuera propiedad de Robert Browning y antigua residencia de James McNeil Whistler, había hombres uniformados. Igualmente, a la derecha, en el embarcadero situado frente a la Ca'Mocenigo, en la que lord Byron había vivido durante tres años, se veían agentes de la questura, la policía local, con sus uniformes azules y sus pistoleras blancas. En el embarcadero de al lado, junto a la Ca'Corner-Martinengo, donde James Fenimore Cooper se había alojado en 1938, numerosos policías de paisano, de siniestro aspecto y portando metralletas, vigilaban a los peatones.

Mientras cubrían el trayecto, Jordan siguió estudiando las orillas del Gran Canal. Lo que estaba viendo resultaba muy inquietante. Daba la impresión de que, de cada dos personas, una iba armada y vestía de uniforme.

Se reclinó hacia atrás, confuso, y pronto percibió la frialdad del puente de Rialto por encima de su cabeza. Observó luego el bullicio de la Peschería, la lonja del pescado de Venecia desde hacía cinco siglos. A su derecha, apareció el palacio Vendramin-Calergi, el edificio de estilo renacimiento veneciano en el que había vivido y muerto Ricardo Wagner. Pero a Jordan, en aquellos momentos, no le interesaba la historia pasada sino la actual. Estaba deseando ver lo que ocurría en los dos principales puntos de salida de Venecia.

La motora comenzó a reducir velocidad.

-Stazione! -gritó el barquero.

Jordan se levantó de su asiento en la parte trasera de la embarcación y, agachándose, cruzó el camarote y fue a situarse al lado del barquero.

-No voy a bajar -le dijo-. Pase por delante de la estación muy despacio.

En lo alto de la escalinata de piedra de la moderna estación de ferrocarril de Venecia, los agentes de policía montaban guardia separados entre sí por dos o tres metros de distancia. Los viajeros se acercaban a los guardias pedían ayuda, gesticulando y suplicando, y eran rechazados.

-Bueno, ya he visto lo suficiente -dijo Jordan-. Vamos ahora al Piazzale Roma.

Era allí, en aquella amplia plaza, donde la mayoría de la gente que abandonaba Venecia tomaba un automóvil, un taxi o un autobús para salir de la ciudad a través del llamado Ponte della Libertà, que conducía a Mestre y al interior de la península italiana.

Mientras la lancha adquiría de nuevo velocidad, Jordan le dijo al barquero:

-Acérquese al embarcadero cuando lleguemos. Daré un paseo de diez minutos.

Regresó al camarote y se sentó; sacó la pipa y se puso a fumar hasta que llegaron a su destino.

Una vez en tierra, Jordan pudo ver que la situación allí era desesperada. Había agentes de policía por todas partes. Se encontraban montando guardia frente al Garage Comunale, de propiedad municipal, y frente al Garage San Marco, sin permitir que saliera ningún vehículo. Siguió andando y muy pronto comprobó que el paso a la calzada de salida de Venecia estaba ocupado por la policía, que obligaba a dar vuelta a los conductores que trataban de abandonar la ciudad.

Desanimado, Jordan regresó al embarcadero, saltó a su motora y le dijo al barquero:

-Está bien. Puede llevarme de nuevo al Danieli.

Menos de una hora más tarde, Jordan entraba en la suite del hotel, encontrándose con el profesor MacDonald dormitando en el sofá y Alison sentada junto al escritorio, tomando notas.

-Hola -saludó Jordan-. ¿Ha conseguido llegar al Marco Polo?

-Ojalá no hubiera ido.

-¿Qué quiere decir?

-Es deprimente, Tim. Mientras nos dirigíamos hacia allá, han estado pasando constantemente embarcaciones de la policía, embarcaciones claramente identificadas como tales. Al llegar al aeropuerto, he empezado a pasear, simulando no saber lo que ocurría y pretextando que había acudido a recibir a un amigo de París. Todo el mundo me decía que se había declarado el estado de urgencia en la ciudad, y que todas las compañías aéreas habían sido advertidas y ningún avión tomaría tierra ni despegaría del Marco Polo. Eso resultaba evidente. Había unos cuantos aparatos de la Alitalia estacionados; no se veía miembro de tripulación alguno ni apenas personal en toda la zona. En cambio, había hombres uniformados y armados por todas partes. He empezado a contar agentes de policía y al llegar a cuarenta y dos lo he dejado. Debía de haber un centenar o quizá más.

-Nadie va a poder abandonar Venecia en avión, eso seguro -dijo Jordan. Se hundió en un sillón y sacudió la cabeza-. Ni tampoco en tren o en automóvil, acabo de averiguarlo.

-Lo que quiere decir que no nos quedan muchas opciones...

-Con carácter de inmediato, ninguna. No obstante, conociendo a esta gente, creo que tiene que haber algún medio de salir.

-El profesor ha estado tratando de pensar en alguien de fuera con quien pudiera establecer contacto para que viniera a ayudarle.

-Buena suerte -dijo Jordan. Después, se inclinó hacia delante-. ¿Disponen usted y el profesor de algún dinero?

-Yo tengo cuatro mil dólares en cheques de viaje y una cuenta corriente en Nueva York que puedo utilizar desde aquí. Tal vez unos seis mil dólares. Davis dispone de cerca de cinco mil dólares en cheques de viaje. ¿Por qué lo pregunta?

-Por si pudiéramos sobornar a alguien. Quería conocer con qué presupuesto de defensa podemos contar. Como es lógico, los cheques del profesor no sirven. No nos atreveríamos a cambiarlos. Quedamos usted y yo. Yo puedo reunir hasta veinte mil dólares.

-No queremos utilizar su dinero -dijo Alison.

-Tal vez no les quede otro remedio. Además, lo consideraría un anticipo a cambio de la posibilidad de vivir hasta la edad de ciento cincuenta años. Es posible que encuentre a alguien que quiera el dinero a cambio de sacar al profesor de aquí.

-Así lo espero, Tim.

-En realidad, esta noche voy a entrevistarme con cierta persona, una persona muy cercana a la policía que tal vez pueda facilitarnos más información. Siento no poder cenar con usted, Alison.

-No lo esperaba -se apresuró a decir ella.

-¿Qué va a hacer usted?

-Pensaba salir de compras hasta que cerraran las tiendas. Tengo que traerlo algunas prendas al profesor. Necesita de todo: pantalones, una chaqueta, camisas, ropa interior, calcetines... Estaba anotando las tallas que me facilitó antes de dormirse. Y me temo que necesitaré también alguna cosa para mí.

-No compre cosas demasiado caras -dijo Jordan, levantándose-. Porque, cuando se marchen de aquí, habrán de hacerlo probablemente con lo puesto.

-Lo tendré en cuenta -Alison vaciló-. Tim, ¿cree usted que podremos encontrar un medio de salir... antes de que ellos nos encuentren a nosotros?

-No lo sé -contestó él, encaminándose hacia el dormitorio para prepararse con vistas a la cena-. Lo único que sé, Alison, es que va a ser difícil. Muy difícil, me temo.

 

 

A las ocho y cinco de la tarde, Tim Jordan empujó las puertas oscilantes del Harry's Bar.

Como siempre, tuvo la impresión de haberse introducido en el escenario de un motín. Hacía tiempo que Jordan lo había catalogado como el mejor restaurante del mundo, pero hacía falta valor y energía para sobrevivir hasta que se conseguía una mesa. El Harry's Bar se encontraba siempre abarrotado de gente en plena temporada, pero aquella noche estaba lleno a rebosar debido a lo desapacible del tiempo. Las redondas mesitas lacadas, con sus diminutas sillas, parecían estar doblemente ocupadas, y los camareros, sosteniendo las bandejas en alto, trataban de abrirse paso a través de unos pasillos inexistentes. Inmediatamente a la izquierda, los parroquianos a la espera de mesa permanecían de pie en triple fila junto a la barra del bar.

El barman, Alberto, preparando un combinado, le vio y le dijo sobre el murmullo de voces:

-Buenas tardes, señor Jordan. ¿Lo de siempre?

-Lo de siempre -contestó él.

Se situó detrás de los demás junto a la barra aguardando a Marisa y, para hacer tiempo, comenzó a observar a la gente. Se trataba, en su mayoría, de personas acaudaladas y elegantes... numerosos personajes célebres, muchos rostros conocidos. La condesa Elvira De Marchi, descendiente de una de las más antiguas familias de Venecia, con su larga nariz y su barbilla semejando un collage sobre arrugado papel pergamino, había sentado sus reales en una mesa para ocho. Desde allí le envió un beso a Jordan, y éste le respondió de la misma guisa. Muy cerca, uno de sus amigos preferidos, el doctor Giovanni Scarpa, como un austero fugitivo de una pintura de Carpaccio, sentado con algunos de sus adinerados pacientes, saludó a Jordan con una insólita sonrisa. En otra mesa, Jordan reconoció la morena belleza, ya un tanto ajada, de la estrella cinematográfica italiana Teresa Fantoni, a quien no conocía personalmente pero había visto en las películas de la primera época de Fellini.

-¡Señor Jordan! -era Alberto, que intentaba pasarle su bebida por encima del mostrador. Jordan, extendiendo el brazo por entre las cabezas que tenía delante, consiguió alcanzar dificultosamente el vaso. El barman le señaló entonces hacia el fondo del local-. La señorita Girardi... allí... junto a la pared, guardando la mesa.

Jordan miró en la dirección que le indicaba y vio a Marisa con la mano levantada. Empezó a abrirse paso hacia ella por entre las mesas. Puesto que avanzaba muy despacio, tuvo ocasión de escuchar fragmentos de las diferentes conversaciones, y comprobó que en todos los casos el tema era el mismo: el cierre de la ciudad y la impresionante operación de búsqueda que estaba teniendo lugar.

Junto a Marisa había alguien en la mesa, y Jordan respiró aliviado al ver que el acompañante era su hermano Bruno. Había estado temiendo que el muchacho no acudiera, y presisamente el hablar con él constituía el verdadero objetivo de Jordan aquella noche. Además, Bruno le caía bien porque era menos temperamental que su hermana y más ambicioso y enérgico. Si se exceptuaban unas marcas de viruela que tenía en las mejillas, parecía un perfecto ángel de cabello rizado.

-Estás preciosa esta noche -dijo Jordan, inclinándose para besar a Marisa-. Hola Bruno. No pareces tú sin la cámara.

-Pues aquí la tengo -dijo Bruno, levantando del suelo su cámara protegida por una funda de cuero marrón y volviendo a dejarla en el mismo sitio.

Jordan se acomodó en una silla.

-¿Os apetece otra ronda? ¿Qué habéis tomado... Bellinis?

-Yo no voy a poder -contestó el muchacho-. Tengo que regresar al trabajo dentro de unos minutos.

-No seas aguafiestas -dijo Jordan, ingiriendo la mitad de su copa y llamando a continuación al camarero para indicarle por gestos que sirviera otra ronda. Luego se dirigió a Bruno de nuevo-. Marisa me dice que esta semana no te han enviado al Lido, a fotografiar bellezas en bikini...

-El periódico me ha encomendado el reportaje fotográfico de la persecución del espía. Con plena dedicación y en régimen de doble turno. Durante dieciséis horas al día, o estoy en el ayuntamiento o estoy en el cuartel de los carabineros.

-Tienes que estar agotado -dijo Jordan.

-En absoluto. Resulta muy emocionante. El mayor reportaje que me han encargado desde que trabajo para el periódico. Lo malo es que, en circunstancias normales, mis fotografías se hubieran transmitido a las grandes agencias de Francia, Inglaterra, Estados Unidos y demás, permitiéndome adquirir reputación, pero con la cuarentena han quedado interrumpidos todos los servicios telegráficos.

-¿Por qué razón?

-A mí tampoco me parece justo, Tim. Pero la orden es que no se envíen artículos ni reportajes fotográficos fuera de la ciudad. Y tampoco saldrá correspondencia de Venecia hasta que el espía sea apresado.

Jordan se terminó el whisky con agua mientras el camarero servía nuevas bebidas.

-¿Y si no apresaran al espía? -le preguntó al muchacho.

-Darán con él, tenlo por seguro -dijo Bruno alegremente-; sobre todo ahora que han distribuido su fotografía por todas partes. Están barriendo sistemáticamente la ciudad... casi habitación por habitación. Si no lo atrapan en un día, lo harán en tres o en cuatro a lo sumo. Las autoridades están recibiendo muchas presiones por parte de las compañías aéreas, las agencias de viaje, los periódicos del exterior, los hombres de negocio locales... todo el mundo quiere saber por qué se ha prohibido el tráfico. La policía tiene que apresar a ese hombre, y tiene que hacerlo enseguida.

-¿Está recibiendo la policía local alguna ayuda... de alguien de fuera de Italia?

-¿De fuera de Italia? ¿Y eso por qué?

-Pues no sé, pero los planos del arma defensiva que han sido robados podrían revestir mucho interés para algunos aliados de los comunistas italianos. Como los rusos por ejemplo. Yo creo que éstos les querrían ayudar.

-No, no he visto a ningún ruso -dijo Bruno, tomando un sorbo de su combinado de melocotón con champán-. Exceptuando, naturalmente, a los miembros de la delegación que se encuentra aquí para asistir al congreso cultural.

-Entonces, ¿tú no crees que el espía pueda huir?

-¿Cómo podría hacerlo? Hoy se ha triplicado el número normal de agentes de la policía. La ciudad está herméticamente cerrada. Nadie puede salir.

-¿Absolutamente nadie?

Bruno reflexionó.

-¿No me habías dicho que cabían algunas excepciones? -le dijo Marisa a su hermano.

-Sí, pero eso apenas cuenta. El alcalde Accardi ha dicho que, en ciertos casos, cuando alguien tenga algún asunto urgente fuera de la ciudad, y siempre que ese alguien sea conocido del alcalde y le solicite personalmente autorización, se concederá un permiso especial de salida. La cosa resulta muy limitada, ¿no te parece?

Jordan bebió un poco de whisky, al tiempo que trataba de hallar el modo de exponerle a Bruno lo que se le había ocurrido.

-Bruno -dijo para tantearle-, si mañana o pasado yo tuviera que trasladarme a París, ¿crees que me concederían una autorización?

-No creo.

-¿Por qué no? Conozco al alcalde. ¿Por qué no me iba a dejar salir?

-Porque podrías haberte aprendido de memoria los planos secretos que el espía ha robado.

-Comprendo. Bueno, vamos a plantearlo de otro modo. ¿Y si Marisa y yo tuviéramos que acompañar a algunos visitantes al Centro Sperimentale di Idraulica de Voltabarozzo, para mostrarles nuestra maqueta del dique hinchable Pirelli-Furlanis? Es algo que hemos estado haciendo regularmente hasta ahora. ¿Crees que nos permitirán salir?

-Tal vez eso sea distinto -dijo Bruno-. Está cerca de aquí. Es un lugar al que os habéis trasladado a menudo por motivos de trabajo. Podrían controlaros. Es posible que os concedieran un permiso especial para ir a Padua, aunque desde luego escoltados por agentes de policía.

-Pero ¿París, o algún otro sitio...?

-No. Por lo que he oído decir, no. Olvídate de París.

-No puedo olvidarme de París -dijo Jordan con resolución-. Ése es el verdadero motivo de que haya querido verte esta noche. Tengo un amigo, un antiguo compañero mío de estudios, que tiene que trasladarse a París esta semana. Para él, es cuestión de vida o muerte.

-Ya te he dicho... -empezó a decir Bruno, haciendo un gesto negativo con la cabeza.

-Un momento, escúchame -le cortó Jordan-. Mi amigo es el enlace de un movimiento separatista clandestino. Es portador de una considerable suma de dinero, dinero no declarado, claro está, con destino a un dirigente rebelde que sólo estará en París una semana. Si mi amigo se demora, se considerará que ha fracasado en su misión, con lo cual el dirigente desaparecerá y todo el movimiento quedará abandonado. Por consiguiente, mi amigo tiene que llegar hasta él. Es por una causa buena y justa. Yo pensaba que, con tus contactos en la policía, tal vez conocieras a algún guardia que quisiera hacerse el distraído...

-Imposible.

-...a cambio de diez mil dólares.

Bruno había dejado de mover la cabeza, y de pronto se quedó mirando a Jordan con los ojos muy abiertos.

-Sí -dijo Jordan rápidamente-, diez mil dólares norteamericanos. Cinco mil para el guardia y cinco mil para ti.

Marisa apoyó una mano sobre el brazo de Jordan, pero al hablar se dirigió a su hermano:

-Me da miedo, Bruno.

Él no le hizo caso y siguió mirando a Jordan.

-Eso es mucho dinero -dijo por fin.

-Sí, lo es.

-¿En efectivo? -preguntó Bruno.

-En efectivo.

Bruno bajó la mirada hacia la mesa, hablando en forma casi inaudible.

-No sé si podrá hacerse. Mis contactos con la policía... sí, tengo algunos amigos. Estoy pensando en uno en particular. Es el capitán que se encuentra al mando del destacamento de carabineros que vigila el Ponte della Libertà, el que conduce a Mestre...

-Y a París. Sería muy sencillo.

-No tan sencillo -replicó Bruno, mordiéndose el labio-; pero tal vez no fuera imposible. El hombre tiene una familia numerosa y se encuentra cargado de deudas. Su mujer está embarazada. Tiene muchas preocupaciones -Bruno se detuvo-. Tal vez le interesara.

-¿Lo intentarás?

Bruno se puso en pie, recogió la cámara fotográfica y se colgó la correa del hombro.

-Ahora tengo que irme a trabajar.

-¿Lo intentarás? -le repitió Jordan.

-No lo sé -respondió el muchacho-. Ya veremos.

Y, sin volver la mirada, abandonó el Harry's Bar.

 

Una vez solos, Marisa y Jordan se tomaron un par de copas más. Después pidieron la cena. Ambos eligieron tagliatelle verdi y cotoletta alla milanese.

Tras terminarse la chuleta de ternera, Marisa le dijo a Jordan:

-Lo siento, Tim, pero sigue sin gustarme que hayas mezclado a Bruno en ese asunto que te llevas entre manos.

-Es una buena causa, Marisa.

-No me importa. No quiero que Bruno se meta en líos.

-Bueno, ya es mayorcito. Es él quien debe decidirlo.

-Supongo que sí. Y supongo que una suma de dinero así será muy tentadora para él.

-Con los contactos que tiene, no me parece que sea muy peligroso -dijo Jordan, acabando a su vez la chuleta.

-El soborno es siempre peligroso -replicó ella, sin dejar de mirar a Jordan-. Escucha, Tim, yo no me creo en absoluto la historia que nos has contado. Eso de que tengas un amigo separatista que debe trasladarse a París. No sabes mentir bien. Te conozco demasiado. Tengo la sospecha, la simple sospecha, de que estás protegiendo al espía ese que todo el mundo anda buscando.

-Te juro que esto no tiene nada que ver con un espía -dijo él, levantando la mano derecha con gesto solemne.

-Pues entonces, no lo entiendo.

-No volveré a mentirte. Te diré únicamente que tengo a alguien muy importante que necesita ocultarse de la policía y salir de Venecia a la mayor brevedad posible. En cuanto pueda te contaré todo.

-Me parece muy bien. Tal vez Bruno pueda ayudarte.

-Así lo espero. Y ahora, Marisa, algo de postre. ¿Te apetece?

-Sí.

-¿Qué quieres?

-A ti.

-¿A mí? Pero ya has...

-Quiero hacer el amor contigo. Han pasado más de dos semanas desde la última vez. Mi cuerpo está hambriento de ti.

-Yo también quiero amarte -dijo él. Era en lo que menos había estado pensando, pero viéndola en aquel instante, e imaginando su voluptuoso cuerpo desnudo, empezó a desearla-. No podemos ir a mi suite. Mi amigo se aloja allí.

-El que no es el espía -dijo ella con una sonrisa-. Pero podemos ir a mi apartamento. No hay nadie. Como ya te he dicho, mamá está en el hospital para que le hagan unos análisis. Y Bruno tardará dos o tres horas en volver. Podremos estar solos -recogió el chal-. ¿Crees que podrás mantenerme ocupada durante dos o tres horas?

-La última persona en Venecia capaz de hacer semejante cosa fue Casanova -dijo él, levantándose-. Pero, aunque quede clasificado en segundo lugar, estoy dispuesto a intentarlo. Vamos.

 

 

A los pocos minutos de hallarse en el dormitorio a oscuras de Marisa, y después de haberse desnudado el uno al otro y haberse tendido en la amplia cama, él se incorporó, se colocó entre sus piernas separadas y la penetró lenta y profundamente.

A pesar del estímulo de su lubricada vulva, del movimiento de sus caderas y de sus progresivos jadeos, Jordan estaba tardando mucho, muchísimo rato, mucho más de lo que normalmente solía tardar.

De pronto, notando la humedad del sudor de su cuerpo y momentáneamente distraído, vislumbró vagamente la causa de su incapacidad. Se percató de que, si bien su cuerpo se había entregado, buena parte de sus pensamientos se encontraban en otro lugar, centrados en el problema de cómo salvar al profesor MacDonald.

El recuerdo de MacDonald suscitó otro por asociación.

Alison.

Percibió los suaves muslos de Marisa contra sus costados e inmediatamente se imaginó las largas y bien torneadas piernas de Alison conduciendo hasta su soberbio torso desnudo, y se vio a sí mismo entre aquellas piernas, en su interior, fuertemente aprisionado y encerrado cálidamente dentro de ella.

Aquel pensamiento y la intensa fricción de abajo se conjuntaron en una sola cosa, y Jordan se tensó, lanzó un jadeo y se fundió en un espasmo orgásmico.

Se dejo caer de lado sobre la cama y atrajo a Marisa hacía sí.

-¿Ha sido bueno? -le preguntó ella en un susurro.

-Estupendo -repuso él, tratando de recuperar el resuello y sintiéndose culpable por la imagen que había provocado su orgasmo.

-Tim, yo también estoy lista -dijo Marisa.

Jordan se separó un poco de ella y bajó la mano para acariciarle y frotar suavemente el dilatado clítoris.

Estaba lista. En los diez minutos siguientes, experimentó cuatro prolongados orgasmos, y al final, apartando la mano de Jordan, permaneció tendida, exhausta.

-¿Puedo decir que te quiero? -preguntó ella.

-No lo digas -repuso Jordan, extendiendo la mano para coger uno de los cigarrillos de ella y encendiéndolo-. Di simplemente que me tienes mucho aprecio.

-Te quiero -dijo Marisa-. Desearía que te quedaras aquí toda la noche. ¿Puedes? Bruno se va a la cama nada más llegar.

-No puedo -dijo él, levantándose-. Mi amigo me está esperando. Tengo que informarle de mi conversación con Bruno -la miró y vio que sus ojos estaban cerrados-. Marisa, ¿sigues despierta?

-Mmm.

-He olvidado una cosa al hablar con tu hermano. ¿Quieres preguntarle si la policía va a registrar los hoteles? Supongo que lo hará... De todos modos, en caso de que así sea, trata de averiguar por medio de él cuándo empezarán. ¿Te acordarás?

-Se lo preguntaré mañana por la mañana -contestó ella, abriendo los ojos.

-Quiero asegurarme de que mi amigo se encuentre a salvo hasta que Bruno consiga sacarle de la ciudad.

-En tal caso, dile a tu amigo que se abstenga de poner conferencias telefónicas. Bruno me ha dicho que están controlando todas las llamadas.

-Gracias, cariño -acercándose al borde de la cama, se inclinó para besarla. Mientras le devolvía el beso, Marisa extendió la mano y le acarició el miembro.

-Buenas noches, amor -le dijo, y cerrando de nuevo los ojos, se dio media vuelta disponiéndose a dormir.

Hasta cinco minutos más tarde -el tiempo que empleó en vestirse, salir del apartamento, descender la empinada escalera que conducía a la planta baja y dar los primeros pasos por la calle- no se le ocurrió. Al dejar a Alison horas antes, ella le había dicho: «El profesor ha estado tratando de pensar en alguien de fuera con quien pudiera establecer contacto para que viniera a ayudarle». Y Marisa acababa de decirle: «Dile a tu amigo que se abstenga de poner conferencias telefónicas... están controlando todas las llamadas».

Lo que de pronto se le había ocurrido era que, si MacDonald estaba buscando ayuda del exterior, lo más probable era que tratara de localizar por teléfono a algún amigo de Londres o Nueva York. Su llamada sería registrada y comunicada a la policía, y él sería localizado y apresado inmediatamente.

Tal vez ya hubiera ocurrido. O quizá todavía no.

Jordan echó a correr por la desierta calle en dirección al Danieli. Lloviznaba ligeramente y, a la altura de la Piazza, el suelo estaba tan resbaladizo que hubo de aminorar la velocidad en su rápido camino hacia el hotel.

Al llegar a la suite, irrumpió en ella de golpe. Alison, que se encontraba en el sofá leyendo un libro, se sobresaltó.

Tratando de recuperar el resuello, Jordan le preguntó con voz entrecortada:

-¿El profesor... ha llamado a alguien esta noche... ha puesto alguna conferencia?

-Estaba tratando de pensar en alguien a quien poder llamar, y precisamente ahora acaba de ocurrírsele. Está en el dormitorio intentando...

-¡No puede!

Jordan se lanzó hacia el dormitorio y empujó la puerta. MacDonald estaba sentado en el borde de la cama, con el auricular del aparato contra su oído. Oyó que decía:

-Señorita, quisiera poner una conferencia a...

Jordan cruzó la estancia y le arrebató el teléfono de la mano.

-Perdón, señorita, pero déjelo por ahora -dijo, y colgó el aparato con firmeza.

Desconcertado, MacDonald miró a Jordan, parpadeando.

-Estaba llamando... tratando de llamar a Nueva York...

-No se pueden poner conferencias, ni ahora ni nunca.

-Pero es la única oportunidad que tengo... -dijo MacDonald en tono suplicante-. Acabo de recordar a una persona, un amigo. Es delegado de Gran Bretaña en las Naciones Unidas y, si tuviera conocimiento de la situación en que me encuentro, podría alertar a la organización y todo el mundo se echaría sobre Venecia para ponerme en libertad. Los comunistas no podrían hacer nada.

Jordan le escuchó con paciencia.

-Lo siento, profesor, pero no daría resultado. Los comunistas no son tan estúpidos como para permitir que se efectúe una llamada como esa. Están controlando en estos momentos todas las conferencias que se ponen desde Venecia. Tan pronto como se dieran cuenta del tema de la conversación, comprenderían que la llamada era suya, con lo cual cortarían la comunicación, le localizarían y, cinco minutos más tarde, la policía acudiría aquí para detenerle. Estaría usted perdido. Me temo que, en vista de las circunstancias, no podrá comunicarse con nadie del exterior.

-¿Están controlando todas las conferencias telefónicas con el exterior? -dijo MacDonald, sin poder creerlo.

-Todas -contestó Jordan, para evitar precisamente que haga usted lo que ha estado a punto de hacer.

-En tal caso, me temo que mi situación es desesperada -dijo el profesor llevándose las manos a la cabeza.

-No del todo -replicó Jordan. Tomó suavemente a MacDonald por el brazo y le ayudó a levantarse-. Venga a la otra habitación y permítame que le prepare un trago. Les contaré lo que he estado haciendo.

Se encaminaron hacia el salón y se reunieron con Alison, que había estado escuchando desde la puerta.

-¿Ha encontrado algún medio? -preguntó ella con inquietud.

-Es posible -contestó Jordan, deteniéndose junto al pequeño bar que había encima del frigorífico-. Vamos a relajarnos un momento. ¿Qué van a tomar ustedes?

-Lo mismo que usted -respondió MacDonald.

-Yo también -dijo Alison.

Jordan llenó tres copas de coñac, ofreció una de ellas al profesor y dejó las otras dos sobre la mesita. Tomó asiento y aguardó a que los demás lo hicieran también.

-Muy bien. Permítanme informarles de una conversación que he mantenido esta noche -se detuvo-. Profesor, ¿le ha contado Alison lo que hemos hablado esta tarde acerca de la posibilidad de reunir dinero para un soborno?

-Aún no le he dicho nada -se apresuró a contestar Alison.

-Necesitaremos diez mil dólares -dijo Jordan-. Alison dispone de cuatro mil. Yo añadiré gustosamente los seis mil restantes... por favor, no proteste: tal como ya le he dicho a Alison, lo considero una opción a la posibilidad de vivir ciento cincuenta años. Bueno, ahora les voy a contar lo que ha ocurrido durante la cena...

Tras identificar a Marisa Girardi simplemente como una colaboradora suya y a su hermano Bruno como el principal fotógrafo de Il Gazzettino, refirió todo lo que pudo recordar de su conversación con el muchacho en el Harry's Bar.

Al término de su relato, MacDonald le preguntó:

-Entonces, ¿usted cree que hay esperanzas?

-Bruno no ha querido prometerme nada. Pero se ha mostrado interesado. Muy interesado. Y conoce bien a ese capitán que ostenta el mando de la compañía de carabineros que vigila la carretera de Mestre. Ha dejado perfectamente claro que el hombre está muy necesitado de dinero. Estoy seguro de que Bruno hallará el medio de abordarle. Pero lo que no sé es cuál va a ser su respuesta.

-¿Cuándo lo sabrá? -preguntó Alison, después de tomar un sorbo de coñac.

-No puedo decirlo. Bruno sabe que es urgente. Le he dicho que mi amigo tenía que estar en París antes de una semana.

-¿Y si ese capitán se niega a colaborar? -preguntó MacDonald en tono preocupado.

-Iré pensando en algún otro plan y seguiré haciendo averiguaciones. Confío en poder hallar una solución. Pero yo apuesto por Bruno. Tengo la impresión de que conseguirá la colaboración de su amigo.

-¿Dentro de unos días? -dijo MacDonald.

-Sí. Nuestra situación no es tan mala. Usted se encuentra a salvo aquí, profesor. Nadie sabe de su presencia. Por consiguiente, no tenemos más que permanecer aguardando hasta que llegue el momento en que podamos sacarle subrepticiamente de la ciudad. Y ahora, ¿le apetece otra copa?

 

 

Tim Jordan se encontraba tendido de lado en la cama, en posición fetal. Podía oír el rumor de la lluvia golpeando contra los postigos de madera al otro lado de la ventana. Estaba lloviendo a mares. De vez en cuando, se escuchaba el estampido de un trueno. A su lado, en la cama, otro rumor: los irregulares ronquidos del profesor. Y, sobre la mesita de noche, su despertador de viaje, emitiendo un suave tic-tac. La última vez que lo había mirado, el reloj le había dicho que eran las dos y dieciséis de la madrugada.

Tenía los ojos cerrados y se notaba los párpados pesados a causa del coñac y del cansancio.

Trató de borrar los pensamientos que flotaban por su mente y sumirse en un sueño no turbado por las pesadillas.

Pero se interpuso otro rumor.

Abrió los ojos con dificultad, prestó atención y levantó la cabeza. Era el teléfono de la mesilla de noche, situado a unos sesenta centímetros de distancia, sonando.

Extendió rápidamente la mano, descolgó el auricular y lo acercó hasta el borde de la sábana.

-¿Diga? -contestó, tratando de no levantar la voz.

-¿Tim? Soy Marisa. ¿Te he despertado?

-No. ¿Ocurre algo?

-Esta noche, antes de irte, me has pedido que le preguntara a Bruno por la mañana si la policía iba a registrar los hoteles de Venecia.

-Sí.

-Bruno ha vuelto hace un rato. Estaba cominedo algo en la cocina y yo me he despertado. Me he levantado para hablar con él y entonces he recordado lo que tú querías saber. Le he preguntado si sabía algo acerca de los hoteles, y sabe. He pensado que sería mejor decírtelo en seguida.

-¿Qué ha dicho, Marisa?

-Malas noticias para tu amigo. La policía ya ha empezado a efectuar registros por sorpresa en todos los hoteles de la ciudad. Al parecer tienen programado pasar por el Danieli y todos los hoteles de la zona a partir de las siete de la mañana.

-¿Mañana por la mañana?

-Quiero decir esta mañana, Tim. Dentro de cinco... de cuatro horas.

Jordan se reclinó contra la almohada, presa de la angustia.

-¿Está seguro Bruno?

-Completamente. El coronel Cutrone había encomendado esa misión hacía un rato a sus oficiales; Bruno ha podido oír cómo ellos la comentaban. A las siete en punto de esta mañana. Irrumpirán en el Danieli, no permitirán que salga nadie, interrogarán a todo el que se encuentre dentro; lo registrarán de arriba abajo. Será mejor que actúes con rapidez si quieres salvar a tu amigo.

-Sí, claro. Gracias Marisa.

Colgó el aparato, retiró la parte de ropa que le correspondía y de un salto, se levantó de la cama. Mientras se quitaba el pijama, pudo escuchar la intensa lluvia azotando aún con más fuerza la ventana. Trató de pensar el tiempo que se vestía apresuradamente. Abrochándose la camisa, rodeó la cama, encendió la lámpara de la mesita del lado de MacDonald y sacudió al profesor, que acabó por abrir los ojos.

-¿Ya está despierto?

-Creo que sí...

-Escuche. He recibido ahora mismo la llamada de una amiga. Me ha informado confidencialmente de que la policía va a registrar este hotel, el Danieli, dentro de unas horas, con el fin de interrogar a todos los clientes. Si le encuentran aquí, está perdido. Tengo que sacarle del hotel en las próximas dos horas.

-Pero ¿adónde? -preguntó MacDonald incorporándose, con un estremecimiento-. ¿Adónde puedo ir?

-No lo sé. Ya se me ocurrirá algo. De momento, vístase y haga la maleta. No se deje nada; le facilitaré una bolsa de lona. Y otra cosa, profesor... aféitese el bigote. Hasta el más pequeño detalle puede ser útil. Ahora dese prisa.

Salió del dormitorio, cruzó el salón, Abrió la puerta de la habitación de Alison y entró. Encendió la lámpara de la mesita. Su bello rostro aparecía hundido en la almohada y sólo se veía un hombro desnudo sobresaliendo de la sábana.

Le rozó el hombro y ella se despertó inmediatamente. En cuanto consiguió verle se incorporó en la cama, sosteniéndose la sábana hasta la altura del cuello.

-¿Qué hay, Tim? ¿Sucede algo?

Sin pérdida de tiempo, él le comunicó lo que ocurría.

-¿Qué puede usted hacer? -preguntó Alison angustiada.

-Voy a tratar de encontrar algún sitio en el que ocultarle. No puedo correr el riesgo de alojarle en otro hotel; tendrá que ser un lugar privado. No correremos ningún peligro en la calle. Está lloviendo a cántaros, y a estas horas las calles están prácticamente desiertas. Que se ponga mi impermeable y se cubra el rostro todo lo que pueda. Usted puede quedarse aquí.

No, prefiero acompañarles, si alguien accede a acogerme a mí también...

-Como quiera. Muy bien, vístase. Y revise con cuidado los dos dormitorios y el salón para cerciorarse de que no quede el menor rastro de la presencia del profesor.

Jordan abandonó el dormitorio y permaneció de pie en el centro del salón, tratando de aclarar sus ideas y de pensar en alguien que pudiera ayudarle y en quien pudiera confiar.

Necesitaba un escondrijo, un refugio.

Refugio.

Las iglesias siempre habían facilitado refugio.

Iglesia. Sacerdote. Amigo.

Su viejo amigo don Pietro Vianello, a quien precisamente había visto el día anterior en la Mercerie.

Jordan se dirigió hacia el teléfono.





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Agregado el 05-06-2006